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Miquel cerró las ventanas superiores del gallinero, que estaba situado en el patio trasero de la casa, en vista del mal tiempo que se avecinaba. Después se dirigió al ponedero, recogió los huevos que encontró y los depositó en una cesta de mimbre. Finalmente comprobó que los comederos y bebederos estuvieran bien abastecidos. Hacía una semana que había reparado y protegido el techo de madera del gallinero con el fin de aislar el interior de la humedad lo máximo posible. Miquel observó que todas las gallinas se habían acomodado sobre el aseladero juntándose unas con otras como si intuyeran el amenazante tiempo que se aproximaba. Tras echar un vistazo al inquietante cielo cubierto de grises nubes, entró en el interior de la casa.
Miquel dejó la cesta de mimbre sobre la mesa de
la cocina y colocó los huevos dentro de la nevera. Ya se disponía a
entrar en el comedor cuando dudó si había cerrado la puerta del
gallinero con pestillo, así que decidió salir a
comprobarlo.
No había recorrido un par de metros cuando
divisó varias plumas rodando por el patio al compás del creciente
viento que estaba arreciando. Miró hacia el gallinero y notó algo
extraño. Las gallinas ya no estaban sobre el aseladero y desde
donde estaba no lograba divisar ninguna de ellas. A medida que se
acercaba al gallinero el corazón le latía con más fuerza. Al llegar
junto a la puerta de alambre, que permanecía cerrada, un aterrador
escenario se descubrió ante sus desorbitados ojos. A lo largo de
todo el corral se extendían los restos de carne despedazada de lo
que fueran sus gallinas. Solamente una de ellas corría sin rumbo
fijo, con la cabeza del revés sujeta del cuello por un fino jirón
de piel. Parecía como si por allí dentro hubiera pasado una
apisonadora y hubiera arrasado con todo. Un espasmo sacudió su
cuerpo por entero cuando al alzar la vista pudo ver en el tablón
que cerraba la parte trasera del gallinero, unas palabras escritas
con sangre. Las piernas de Miquel perdieron fuelle y cayó al suelo
de culo mientras no dejaba de leer aquellas palabras escritas en
rojo: “Tutti i rossi fucilati”
Se levantó del suelo tropezando varias veces y
dando tumbos entró en la casa cerrando la puerta que daba al patio
tras de sí. Miquel se miró las manos y se dio cuenta de que no
paraban de temblar. Entró en el comedor y se dirigió a toda prisa
hacia el teléfono con intención de llamar al cuartel de la guardia
Civil. Descolgó el auricular y esperó a sentir el tono para marcar
sobre el dial. Una voz ronca y profunda se oyó al otro lado de la
línea.
—“Tutti i rossi
fucilati”
Miquel soltó el teléfono de golpe como si le
hubiera quemado en las manos y dando marcha atrás tropezó con la
silla de ruedas de su mujer cayendo de nuevo al suelo. Al mirar
hacía atrás pudo ver como la silla se desplazaba hacia el fondo de
la habitación hasta chocar contra la pared. María no estaba sentada
en ella.
Miquel se incorporó rápidamente y se dirigió
hacia la puerta de salida. Giró el picaporte pero la puerta no
cedió. El pánico se apoderó de él y el temblor que había comenzado
en sus manos se extendió por todo su sudoroso cuerpo. Estaba
encerrado en la casa y no podía escapar de allí. Se sentía como un
cervatillo, acorralado y sin escapatoria, atado a una estaca
esperando a que la fiera emergiera de entre la maleza para devorar
su blanda y jugosa carne.
Miró al fondo de la habitación y vio la silla
vacía de María. Miquel pensó que quién fuera que estuviera haciendo
todo aquello, seguro que ya habría dado cuenta de su mujer. Una
leve sonrisa se perfiló en su aterrorizado rostro al pensar que por
lo menos ya se habría librado de aquel trozo de carne inútil. Ahora
sólo tenía que salir de allí de la forma que fuera.
— ¡Socorro! —Gritó con toda la fuerza que le
permitieron sus cansados pulmones.
Nadie escuchó sus gritos, igual que nadie
escuchó nunca los gritos de María durante años. No podía seguir
allí dentro; tenía que encontrar otra salida. Miquel agarró una
silla que estaba tumbada en el suelo a tres metros de él y la alzó
sobre su cabeza con la intención de romper la cristalera del
pequeño invernadero situado junto a la puerta. Como si una
descomunal ráfaga de viento hubiera aparecido de la nada, la silla
salió disparada de sus manos y, volando a través de toda la
habitación, se estrelló contra la pared, junto a la puerta de la
cocina, estallando en pedazos. Justo en el umbral de la puerta se
encontraba María de pie; o algo que se parecía a
María.
Miquel no podía distinguirla muy bien. La luz
que emergía tras ella, desde el interior de la cocina, dibujaba una
desfigurada silueta de mujer, oscurecida por el efecto de
contraluz. Pero aquella mujer no podía ser María. ¡Estaba de pie!
Miquel observó que el contorno de su cabello suelto y encrespado
resaltaba como el perfil de los dientes de una sierra. Un sencillo
camisón blanco de tirantes mostraba a trasluz la deforme figura de
un cuerpo maltratado por el paso del tiempo. Tenía los pies
descalzos y perversamente desproporcionados. Pero lo que más llamó
la atención a Miquel eran sus manos grandes y enjutas provistas de
largas uñas que se asemejaban a las garras de un gran ave rapaz y
que llegaban a la altura de las rodillas.
Miquel se deslizó lentamente, de espaldas a la
pared, intentando llegar al cajón superior del canterano donde
guardaba una pequeña zoleta. Necesitaba algo para defenderse. A
medida que avanzaba de costado aquel espectro de mujer, que
permanecía bajo el marco de la puerta, seguía los movimientos de
Miquel con un giro lento pero constante de su cabeza. Aunque no
podía verla muy bien, Miquel pudo vislumbrar en su rostro un atisbo
de sonrisa que mostraba unos dientes largos y afilados. “Está
disfrutando con esto” pensó. Ya estaba a punto de alcanzar el cajón
cuando, sin motivo aparente, el mueble se desplazó varios
centímetros alejándose de él. Aquella caricatura de mujer emitió
una carcajada corta y repulsiva. Fue entonces cuando Miquel se dio
cuenta de que realmente era María. No sabía como, pero era
María.
Miquel volvió a moverse hacia el canterano que
se desplazó de nuevo. Otra vez la risa. En aquel momento Miquel
comprendió que no tenía salvación. El cazador estaba jugando con su
presa y, como siempre, al final acabaría con ella. Un grito de
rabia prolongado y creciente surgió de lo más profundo de la
garganta de María que comenzó a correr hacia Miquel arrasando a su
paso con la mesa del comedor y las sillas que salieron despedidas a
ambos lados. Al llegar donde estaba Miquel le agarró del cuello y
lo levantó del suelo zarandeándolo como si fuera un muñeco de
trapo. Miquel pudo ver de cerca aquellos ojos oscuros y sin vida en
aquel putrefacto rostro lleno de rabia. Y eso fue lo último que
vio.