16
Porto
Novo, Octubre de 1.936
Eran pasadas las diez de la noche cuando un
leve chasquido desvió la atención de Josep que estaba leyendo un
libro en su habitación bajo la tenue luz de un candil. Al acercarse
a la ventana, observó que alguien se escondía entre las sombras
nocturnas de los casi imperceptibles almendros que rodeaban la
posesión de sus padres. Solamente cuando aquella figura dio varios
pasos hacia el frente pudo distinguir que se trataba de Carlos. Una
ligera sonrisa iluminó su cara mientras abría la ventana.
— ¡Carlos¡ ¿Qué quieres? —Dijo Josep en voz
baja para que sus padres no le oyeran.
— Tengo que hablar contigo. —Contestó Carlos en un susurro casi imperceptible.
Josep sabía que Carlos lo estaba pasando muy
mal desde lo ocurrido con su mujer. No había hablado con él desde
hacia más de una semana cuando le dio el pésame. El toque de queda
que las tropas nacionalistas habían impuesto en el pueblo a partir
de las nueve de la noche y la fuerte represión que estaban
ejerciendo en los habitantes de Porto Novo, a veces de forma
gratuita y por pura diversión, había menguado considerablemente las
ocasiones en que podía reunirse con sus amigos. Pero si Carlos le
necesitaba, él acudiría a la hora hiciera falta. Así que no lo dudo
ni un momento cuando decidió bajar de la habitación agarrado al
grueso canalón que estaba sujeto a la pared junto a la
ventana.
— ¿Qué haces aquí? ¿No sabes lo del toque de
queda? —Masculló Josep mirando alrededor para cerciorarse de que
nadie los estaba observando.
— Necesito tu ayuda. —Contestó Carlos.
— ¿Mi ayuda? ¿para qué?
— ¡Sígueme! —Le ordenó Carlos.
Ambos se dirigieron hacia la parte trasera de
la casa y atravesaron el extenso campo de almendros que la rodeaba.
Seguidamente cruzaron los terrenos de “Can Mesies” hasta llegar al
inicio de “Cala Murta”. Agazapados detrás de una roca Carlos señaló
hacia “La torre dels Falcons”. La antigua fortaleza se mostraba
imponente a la luz de la luna. El suave oleaje del mar componía una
hermosa melodía al golpear dócilmente sobre las rocas situadas en
la base del acantilado sobre el que se elevaba la antigua
fortaleza.
— ¿La torre? ¿Estás loco? —Reprendió Josep a
Carlos al sospechar lo que pretendía.
Desde que habían ocupado la isla hacía dos
meses, las fuerzas nacionalistas habían entrado en las casas del
pueblo llevándose la mayoría de las subsistencias alimenticias, así
como oro, joyas y pertenencias de valor, en nombre del glorioso
alzamiento nacional. La mayoría de los habitantes de Porto Novo no
sólo entregaron la práctica totalidad de los alimentos que tenían
en sus despensas; también tuvieron que ceder la mayor parte de la
producción de sus tierras que cada vez se volvían más estériles por
la falta de suministro de abonos. El hambre resurgió de nuevo en
Porto Novo después de largos años de ausencia. La gente se
congregaba en la plaza y la puerta de la iglesia pidiendo
comida para alimentar a sus familias. Muchas madres, e incluso
hijas, se vieron obligadas a prostituirse a cambio de conseguir un
trozo de pan. Aunque las autoridades habían difundido que en poco
tiempo se volverían a retomar los contactos comerciales con el
resto de la península, mejorando el reaprovisionando en la isla de
materias primas para activar la producción agraria, la gente
desconfió de la palabra de aquellos que habían traído la desgracia
a Porto Novo. Todo el mundo pensaba: “Si no puedo conseguir
alimentos por las buenas; los conseguiré por las malas”. Los hurtos
y el pillaje se pusieron a la orden del día, así que las
autoridades tuvieron que tomar cartas en el asunto. Necesitaban una
víctima a quien dar un escarmiento delante de todo el pueblo para
acabar de la forma más rápida posible con tanta
desobediencia.
Hacía una semana que los “Dragones de la
Muerte” habían entrado a la fuerza en casa de Jaume “Es Drapaire”.
Tras poner la casa del revés, encontraron, tras el falso
fondo de un armario, una pata de jamón serrano de la que apenas
quedaba el hueso. Don Alfonso Riusech, perteneciente a una de las
familias más ricas de la comarca, y que, según se comentaba, había
apoyado económicamente el ataque de los hidroaviones italianos
contra el bando republicano, se había quejado de que le habían
desaparecido tres piezas de Jamón. Al parecer algún vecino había
denunciado a Jaume de robar una de las piezas. Las denuncias contra
los que robaban o las acusaciones contra “rojos”, constituían un
buen medio para conseguir una compensación alimenticia a cambio.
Muchas veces aquellas acusaciones se hacían simplemente por pura
envidia o por viejas rencillas entre familias, y este parecía ser
el caso de Jaume. La condena por robo era la cárcel, sin
posibilidad de juicio. Pero en el caso de Jaume la pena fue
peor.
Josep no podía apartar de su mente la imagen de
Jaume descalzo y en paños menores, tirado por una cuerda atada a la
parte trasera de un carro y exhibido en procesión por todo Porto
Novo, con el hueso de jamón encontrado en su casa sujeto en la boca
como si fuera un perro. Su espalda, cubierta por completo de
sangre, mostraba surcos en carne viva a causa de los múltiples
latigazos que había recibido previamente. Nadie en el pueblo pudo
verter una lágrima por él bajo represalia de ser castigado si lo
hacía. Nadie excepto su mujer y sus dos hijas que iban en la parte
trasera del carro que tiraba de Jaume. Los desgarradores llantos de
las hijas y la infructuosa compasión suplicada por la mujer de
Jaume se perdían en saco roto ante la impasibilidad de sus
verdugos. El recorrido concluyó en la plaza del pueblo donde un
“Dragón de la Muerte” montado a caballo lo desató del carro.
Seguidamente, sin bajarse del caballo, agarró la soga que sujetaba
a Jaume por ambas muñecas y se acercó al pozo que había en la parte
exterior de la plaza. Jaume, exhausto, se apoyó sobre el brocal que
le llegaba a la altura de la cintura.
— ¡Dadle de beber! —Ordenó el “Dragón” que
estaba montado a caballo.
Un soldado se acercó al pozo y extrajo un cubo
lleno de agua que acercó a Jaume. Cuando estaba a punto de tocar el
agua con sus labios el “Dragón” montado a caballo volvió a enviar
el cubo a las profundidades del pozo de una patada.
— ¿Tienes sed? —Gritó el Dragón a Jaume con
intención de que todos los allí presentes le oyesen.
Jaume se dio la vuelta y, apoyando la espalda
sobre el brocal, miró a su mujer que seguía en la parte trasera del
carro junto a sus dos hijas. Fue en ese momento cuando Jaume supo
que no las volvería a ver nunca más, pero también supo que ni
muerto se arrepentiría nunca de haber robado aquel jamón para dar
de comer a sus hijas y que lo volvería a hacer un y mil veces más
si hiciera falta.
— Pues si quieres beber agua te vas a artar –
Terminó diciendo el “Dragón” y sacando su arma de la cintura
disparó a bocajarro sobre la frente de Jaume.
El impulso de la bala empujó el cuerpo sin vida
de Jaume hacia atrás cayendo irremediablemente dentro del pozo. Su
mujer intentó gritar pero la atrocidad de aquel acto sólo le
permitió emitir leves y afónicos gemidos dando la impresión más
bien de que se estuviera ahogando. El dolor fue tan intenso que no
pudo aguantar consciente y se desmayó entre los inconsolables
lloros de sus hijas.
— Y ahora. El que tenga cojones que vuelva a
robar —gritó el “Dragón de la muerte” desde lo alto del caballo
dirigiéndose a los allí presentes—. Quedan más plazas libres dentro
del pozo.
Después de aquello los altos mandos del
ejercito Nacional decidieron trasladar parte de los víveres
incautados a “La torre dels Falcons” pensando que al estar rodeada
por un acantilado sería más complicado de asaltar, pues sólo se
tenía acceso por la parte delantera.
— Te repito que estás loco —insistió
Josep.
— Sólo tienen dos soldados apostados en la zona delantera – Señaló Carlos.
— Exacto. Con dos Mauser cargados de balas hasta la trancas y no estoy dispuesto a recibir ninguna de ellas. —Replicó Josep.
— ¡Escúchame! —Le calmó Carlos – ¿Te acuerdas cuando éramos niños y veníamos a jugar a la torre?
— Sé por donde vas Carlos. Pero ya no tenemos diez años.
— Podemos hacerlo. No es tan difícil.
— ¡No que va! —Protestó Josep – Sólo tenemos que deslizarnos por el acantilado y entrar por un hueco de dos metros de diámetro hasta el interior de la torre. Eso claro, suponiendo que el hueco todavía exista.
— Escucha. A comienzos de verano, antes de empezar todo, estuve dentro de la torre y vi la entrada. Me costó encontrarla porque estaba cubierta de hierbajos. Pero seguía allí. Te digo que no se han dado cuenta.
— ¿Estás seguro? ¿No tienes en cuenta que Pere está con los “Dragones”? El conoce la existencia de esa entrada. Está claro que les habrá avisado y la habrán sellado.
— El Conde y los “Dragones” abandonaron el pueblo hace cuatro días y la decisión de trasladar los víveres a la torre se tomó antes de ayer, así que Pere no les ha podido avisar. No saben nada de la medida adoptada por los militares que han quedado en Porto Novo.
— Y quién nos dice que no hay alguien dentro.
— No hay nadie. Llevo los dos días vigilando desde aquí y nadie entra en la torre más que para sacar o entrar víveres.
— Carlos. Si lo que necesitas es comida yo…
— ¡No! —Le cortó Carlos—. No necesito la caridad de nadie. Lo que hay allí dentro es nuestro y esos cabrones nos lo han quitado.
— ¡Pero mira lo que le pasó a Jaume!
— Precisamente por Jaume. Para que su muerte no sea en balde. Tienen que entender que no nos van a amedrantar.
— No sé Carlos. Es muy peligroso y yo…
— Escucha. —Dijo Carlos con los ojos vidriosos y colocando la mano sobre el hombro de Josep – Si tu no me ayudas, yo no sé si podré hacerlo solo. Es muy difícil salir del hueco hasta el borde del acantilado con las manos ocupadas. Pero si decides no venir lo entenderé. Yo voy a intentarlo de todos modos. Ahora necesito saber si me vas a ayudar o me vas a dejar solo en esto.
Después de pensarlo un momento Josep asintió
con un gesto. La verdad es que no habría podido decirle nunca que
no a Carlos; y él lo sabía.
— ¡Sígueme! —Le ordenó Carlos.
Deslizándose entre la maleza bajaron por la
ladera de la cala y, atravesando una pequeña playa de escasos
metros, llegaron a la falda del acantilado en cuya cumbre se
encontraba la ansiada torre. Apoyando la espalda contra las rocas
del acantilado, se desplazaron a través de un estrecho saliente que
a penas daba para poner un pie tras otro. Tuvieron suerte que el
cielo estuviera despejado y la brillante luz de la luna les
permitiera asegurar cada paso que realizaban. Bajo ellos el mar
estaba en calma y las olas acariciaban mansamente los cimientos del
abrupto relieve. Tras situarse a seis metros bajo la torre, Carlos,
que iba delante, hizo una señal a Josep para que se detuviera.
Seguidamente trepó unos tres metros y separó un conjunto de ramas
que ocultaba una abertura angosta entre las rocas. Extendiendo la
mano, Carlos indicó a Josep que le esperase mientras se adentraba
en la hosca cavidad.
Habían pasado al menos cinco minutos y Carlos
todavía no había reaparecido por la obertura. Josep permanecía
inmóvil observando, frente a él, aquel inmenso mar en el que el
reflejo de la luna parecía perderse tras el horizonte. De repente
le sobrevino un inquietante pensamiento: “¿Y si habían cogido a
Carlos?”. Las piernas le temblaron y por un momento perdió el
apoyo. Con un rápido y hábil movimiento, se agarró con fuerza a un
saliente entre las rocas. El corazón se le aceleró de
golpe.
— ¡Josep! — Susurró Carlos desde el hueco
entre las rocas—. Ya está.
— Venga. Pásame lo que sea y vámonos de aquí antes de que nos pillen. —dijo Josep tranquilizándose al volver a oír a su amigo.
— ¡Agárrala! Es una caja y pesa un poco.
Josep alzó la vista y pudo observar como Carlos
deslizaba una caja de madera estrecha y de un metro y medio de
largo sobre su cabeza.
— ¿Estás loco? —Le reprendió Josep - ¡Nos vamos
a matar!
— ¡Cógela joder que no pesa tanto!
Josep agarró la caja de un extremo mientas
Carlos la bajaba del otro, ayudándose de una cuerda, hasta apoyarla
en la base del saliente.
— Sujétala contra la pared – Dijo Carlos, y
comenzó a deslizarse hacia abajo.
Una vez llegó a posar los pies en el saliente,
agarró el extremo de la caja que estaba en su lado e indicó a Josep
que empezara a bajar por la ladera del acantilado.
— ¡Ostras como pesa! —Se quejó Josep - ¿Qué hay
dentro? ¿piedras?
— No lo sé. —contestó Carlos - El la tapa ponía “víveres”. Estará bien repleta. ¡Ten cuidado!
Volver a recorrer el mismo camino hasta la
playa de la cala, a través del estrecho saliente, les llevó el
doble de tiempo que durante la subida. Una vez en la playa Josep
soltó la caja sobre la arena húmeda.
— Se me ha dormido el antebrazo – Dijo
frotándoselo con la mano.
— Vamos. Sólo nos queda subir la ladera – Le animó Carlos – El resto del camino es fácil y no estará tan vigilado.
Volviendo a cargar con la caja se dispusieron a
subir la pendiente a través de la maleza. La angustia de Josep se
transformó en euforia al darse cuenta que estaban logrando su
objetivo con éxito. Ya habían alcanzado la cima cuando Carlos
indicó a Josep que parase. Seguidamente se dirigió hasta un arbusto
a pocos metros y extrajo de la parte trasera una pequeña carretilla
de madera.
— Bueno Josep. Aquí nos separamos. Yo seguiré
bordeando la costa hasta llegar a casa. La maleza me ocultará sin
problemas. Cuando llegue abriré la caja. No te preocupes. Guardaré
tu parte y …
— ¿Mi parte? —Le recriminó Josep enfadado— Yo no he hecho esto por mí. Tú me has pedido un favor y yo, como amigo tuyo que soy, te lo he hecho. No quiero nada a cambio.
— Gracias —Dijo Carlos dando una palmada en el brazo de Josep – No olvidaré nunca lo que has hecho por mí.
— Para eso están los amigos. Bueno mejor que nos separemos —prosiguió Josep que empezaba a sentirse incómodo por tanto agradecimiento— Ya nos veremos.
Josep se despidió con una sonrisa, contento por
haber ayudado a un amigo. Sobretodo a un amigo que acababa de pasar
por un trance muy doloroso y que iba a necesitar todo el apoyo del
mundo para seguir adelante. El plan de Carlos había salido con
éxito y se sentía satisfecho de haber formado parte de él. Nada
hacia suponer a Josep que las intenciones del plan ideado por
Carlos eran totalmente distintas de las que él pensaba.