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El edificio donde se encontraba el alojamiento que la oficina de infraestructuras había asignado a Alex, constaba de dos plantas y cuatro viviendas. Estaba situado frente al paseo marítimo en primera línea de mar, a cien metros escasos del club de pesca de Porto Novo. Cuando Alex llegó eran ya cerca de las diez de la noche. No observó ninguna luz encendida a través de los balcones, así que pensó que sería el único morador del edificio; al menos esa noche. La entrada estaba protegida por una verja de hierro que daba acceso a un pequeño patio. A continuación un largo pasillo conducía hasta una sala adornada con varios cuadros de colores cálidos. Un aplique situado en la pared, que simulaba un candelabro de tres velas, iluminaba pobremente toda la planta baja. La escalera que estaba situada al principio de la sala conducía a las dos plantas superiores. Junto a las escaleras se encontraba el ascensor en cuya puerta un folio, sujeto con cinta adhesiva, indicaba que estaba averiado. Alex se colgó la bolsa con el equipaje a la espalda y subió con resignación por las escaleras hasta llegar al rellano del segundo piso. Una vez allí tomó el pasillo de la derecha hasta llegar a la puerta “D”. 

La vivienda era un estudio que constaba de una sala principal y un baño. La sala era de forma rectangular, de unos veinte metros cuadrados con una gran cama de ciento treinta y cinco de ancho situada en el centro. Delante de ella había un pequeño televisor de veinte pulgadas sobre un mueble que albergaba una pequeña nevera en la parte inferior. Dos grandes correderas situadas al fondo daban paso a un balcón, tan ancho como la misma habitación, con unas esplendidas vistas orientadas directamente al mar. Junto a la puerta de entrada se encontraba el baño que tenía un gran plato de ducha que Alex estaba deseando utilizar. Primero llamaría a casa; necesitaba escuchar la voz tranquilizadora de su mujer. 

Alex soltó su equipaje en el suelo y se sentó en el borde de la cama, junto a la mesilla donde se encontraba el teléfono. Descolgó el auricular y comprobó que había línea. Tras marcar el número de casa y esperar varios tonos, una voz contestó al otro lado.

— ¿Diga?

— Hola cariño. Soy yo.

— ¡Alex por fin! ¿Cómo te ha ido el día? —preguntó María.

— Pues la verdad es que ha sido un día bastante loco. Al final infraestructuras me ha localizado un piso disponible en Porto Novo. Te estoy llamando desde la habitación.

— Debes estar agotado.

— Te mentiría si te dijese que no.

— ¿Vendrás mañana?

— No lo sé. Depende de cómo avance el día. 

— Tu hija se va a llevar una gran decepción. Me ha preguntado si ibas a venir con el abuelo. ¿Has pasado a verle?

— Si. Hemos estado comiendo juntos.

— ¿Cómo se encuentra?

— Le he visto bastante bien. Tiene una nueva compañera.

— ¿Cómo…? ¿una nueva compañera? —preguntó María desconcertada.

— ¡Tranquila! Es una perra. Se llama Karina. ¿Qué te parece?

— ¿Karina? ¿Cómo la cantante?

— Como la cantante —afirmó Alex.

— ¿Y tú como estás?

— Pues la verdad es que un poco cansado. Como te he dicho el día ha sido…

— No me refiero a eso —le interrumpió María.

— ¡Ah! —Alex permaneció en silencio un  par de segundos— Bueno. Se me hace raro no encontrar a mi madre en casa. La verdad es que este extraño caso ha hecho que no pensara mucho en ello. El tener la cabeza ocupada me distrae por completo de mis propios pensamientos. Pero hay momentos en los que cualquier cosa me recuerda a ella y entonces… Al final no hemos hablado de ello. No sé quizá mañana…

— Alex. No te preocupes. Tómatelo con calma. Pero piensa que Bernat está mayor y te necesita a su lado. Tienes que hablarlo y arreglarlo con él. Si no lo haces, vas a perder también momentos junto a tu padre de los que luego te arrepentirás.

— Los mismos momentos que perdí para estar junto a mi madre por su culpa. —protestó Alex sin poder reprimir más tiempo la verdadera razón del rencor hacía su padre— ¡María! ¡me ocultó su enfermedad! Cuando me contó la verdad mi madre ya estaba en los últimos momentos de su vida. No pude hablar con ella. No llegó a saber que estuve junto a ella cuando más me necesitaba.

— Alex ya lo hemos hablado muchas veces. Sabes que él sólo hizo lo que tu madre le obligó a prometer. Ella no quería que la vieras en aquel estado. No quería hacerte sufrir. 

— No hicieron lo correcto.

— Puede ser. Pero equivocándose o no, hicieron lo que pensaron que era mejor para ti. No les culpes por ello.

— Lo sé María… Lo sé —repitió Alex—. Pero no sé… de verdad que hoy intenté hablarlo con él pero evitó el tema. 

— Has de decirle lo que sientes – Le aconsejó.

— Se me hace difícil María. Todavía hay algo que me impide olvidar lo que pasó… 

— Son viejos resentimientos que tendrás que enterrar cariño.

— ¿Pero cómo lo hago?

— Simplemente perdonando. —contestó María—. Tranquilo. Lo superarás. Eres un tío fuerte. Oye… tu hija hace un rato que me está estirando del brazo. Quiere hablar contigo.

— Pásame con ella.

Alex esperó un par de segundos hasta que escuchó la voz de su hija Ana.

— Hola Papá.

— Hola princesa ¿Cómo estás?

— Bien. ¿Vendrás mañana con el abuelo?

— No lo sé cariño, pero haré todo lo posible ¿vale?

— Vale. Marina me ha dicho que ya han montado la feria. ¿Cuándo iremos?

— ¿Quién es Marina?

— Mi mejor amiga de clase. Ella ya ha ido con sus papás.

— Bueno. Mira haremos una cosa. No se si volveré mañana o no, pero cuando vuelva lo primero que haremos será ir a la feria. ¿Qué te parece?

— De acuerdo. —Asintió Ana.

— Pásame con mamá otra vez y no te vayas a dormir tarde que mañana tienes escuela.

— Vale. Adiós papá. —Respondió Ana soltando el teléfono sin darle tiempo a Alex de despedirse.

— ¿Alex? —Dijo María al otro lado de la línea.

— Oye mañana te llamo para decirte como ha ido la cosa.

— No te preocupes. Ten cuidado.

Después de facilitarle el número de teléfono que estaba escrito en el centro del dial a María, Alex se despidió y colgó.

Seguidamente marcó el número escrito en la nota que el sargento Sergi le había entregado. La voz del Jordi Martorell sonó al otro lado de la línea.

— ¿Sí?

— Buenas noches Doctor. Soy el teniente Alex. Disculpe que le llame tan tarde, pero es que ha sido un día muy complicado. ¿Tiene algo para mí?

— Buenas noches Alex. —Contestó Jordi – He realizado la autopsia esta tarde y la verdad es que estoy un poco perplejo pero…

— ¿Pero qué?

— Recibí por fax el resultado del análisis realizado por el laboratorio de química sobre los restos de tejido de la ropa de Carlos y no se encontró ningún residuo de carburante que hubiera podido provocar la incineración. 

— Entonces podemos considerar que la combustión fue provocada por alguna fuente de calor externa.

— Yo no estaría tan seguro.

— ¿Qué quiere decir? —Preguntó Carlos extrañado por la observación de Jordi.

— El mismo informe indica que el tinte utilizado en la confección del tejido estaba más deteriorado en la parte interna que en la parte externa. Es como si el fuego se hubiera concentrado más en el cuerpo de Carlos que en la ropa.

— ¿Dónde quiere llegar? 

— Alex… —Comenzó Jordi titubeando— ¿Ha oído usted hablar de la combustión espontánea?

— ¿Combustión espontánea? Venga doctor, no me venga con ese cuento.

— Bueno. Existe un gran escepticismo sobre el tema pero últimamente se han ideado multitud de hipótesis que podrían explicar el fenómeno. Las características de nuestro caso presenta una serie de elementos comunes con otros incidentes que han sido catalogados como combustiones espontáneas. 

— Explíquese. —requirió Alex.

— Como debe usted saber, la combustión espontánea se produce cuando una persona viva se incendia sin una fuente externa de ignición aparente. En nuestro caso, todo hace indicar que el fuego se localizó en el cuerpo de la victima que, como en los sucesos de combustión espontánea, estaba mucho más carbonizado que en un incendio convencional. Por otro lado, los alrededores del sujeto no sufren daños debido a la concentración del fuego en su propio cuerpo. Eso explicaría porque no había indicios del incendio en el callejón. Se tiene conocimiento del caso de Nicolle Millet que fue hallada quemada sentada en una silla que permaneció intacta. También hay coincidencia en que las quemaduras no se distribuyen uniformemente. La parte que más daños sufre suele ser el torso, que puede incluso quedar reducido a cenizas. Sin embargo las extremidades suelen quedar indemnes o poco dañadas. Como en nuestro caso la cabeza. En la mayoría de los incidentes documentados las víctimas eran adultos mayores con algún tipo de trastorno o incapacidad.

— Como alcoholismo. —dijo Alex

— Por ejemplo, entre otros como obesidad, drogodependencia… —continuó Jordi.

— Me está usted diciendo que base todo este caso en la hipótesis de una combustión espontánea. ¿Y que pasa con la amputación de ambas manos? —dijo Alex algo exaltado.

— No lo sé. Lo único que estoy diciendo es que no encuentro ninguna otra explicación a lo ocurrido. Le he enviado el informe forense con todos los detalles de la autopsia. Como es de suponer en ningún momento he citado el tema de la combustión espontánea, pero he querido llamarle para que considere la posibilidad.

— Muchas gracias Jordi. —contestó Alex en un tono ahora más tranquilo— Y perdone si he sido un poco brusco, pero es que todo esto parece que se complica cada vez más  por momentos.

— La verdad es que en todos los años que llevo como médico forense nunca me había encontrado con un caso así. Si resuelve usted todo este embrollo le propondré para una medalla al mejor detective del mundo. 

— Ahora mismo estoy bloqueado —admitió Alex – En estos casos la experiencia me dice que lo mejor es dejarlo estar. Quizás mañana lo veamos desde otra perspectiva más clara. 

— Bueno. Si tiene alguna duda sobre el informe que le he enviado o para cualquier otra cosa que me necesite ya sabe donde encontrarme. 

— Gracias de nuevo y buenas noches doctor.

— Buenas noches. —Se despidió Jordi.

Alex colgó el teléfono y, echándose hacia atrás, se tumbó sobre la cama. La conversación mantenida con Jordi no había hecho más que confirmar lo que llevaba pensando todo el día; que este caso no tenía ni pies ni cabeza (ni manos). Mañana por la mañana examinaría el resto de informes e intentaría buscar un nexo común entre todos ellos para buscar una teoría más creíble que la de la combustión espontánea. 

En ese momento, Alex decidió salir un rato a la terraza para tomar el aire y despejar un poco la cabeza que parecía estar a punto de estallarle. Más tarde tomaría una relajante ducha de agua bien caliente y saldría a cenar algo. Al salir a la terraza, dejó las correderas abiertas para airear la habitación que olía a cerrado. La brisa fresca y la calma de la noche parecían ejercer un efecto relajante en Alex, que se deleitaba con la maravillosa vista que tenía ante él. El cielo nocturno estaba despejado y miles de lejanas estrellas brillaban con fuerza como si quisieran dejar evidente constancia de su existencia. De vez en cuando alguien pasaba bajo la luz de las farolas que iluminaban el solitario paseo marítimo reproduciendo en el silencio de la noche el rítmico sonido de los pasos al caminar. En el puerto las luces rojas, blancas y verdes, colocadas en los mástiles más altos de las embarcaciones, se reflejaban sobre la superficie del agua, como si fueran alargados muelles de colores. Agradables recuerdos de su niñez resurgían en la mente de Alex al contemplar aquel paisaje. La nostalgia de aquellos momentos, en los que su madre estaba presente, le hizo pensar en lo feliz que había sido en Porto Novo. Sin embargo toda esa calma no iba durar mucho.

Puerto rojo
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