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La iglesia de “La mare de Déu Crist”, situada tras la plaza del ayuntamiento y a una manzana del cuartel de la guardia civil,  había sido construida en Porto Novo a finales de siglo XIX gracias a las “leyes de colonización” promulgadas por Isabel II en 1.865. Se trataba de una iglesia basilical de una sola cámara, cubierta de una bóveda de cañón ligeramente apuntada. En su interior una gran nave central contenía dos hileras de bancos que miraban directamente hacia el presbiterio. No era una iglesia que destacase arquitectónicamente pero su fabulosa ornamentación, su magnífico retablo construido en madera de roble y la fabulosa representación de las catorce estaciones del vía crucis, la convertían en una iglesia muy interesante a la vez que acogedora. 

Don Venancio había sido nombrado párroco de la iglesia por el obispo diocesano Josep Miralles en 1.940, recién acabada la guerra civil. En sus primeros años en la parroquia tuvo que contemporizar con el régimen nacionalista, que ejerció un fuerte movimiento de represión en toda la zona, lo que le acarreó numerosas desavenencias con los vecinos de Porto Novo. Pero quien conocía realmente a Don Venancio sabía que su única intención era la de mantener viva la fe de todos sus fieles intentando en todo momento separar las asuntos de la iglesia de las pretensiones del estado, lo que a veces resultaba realmente difícil. Con el paso de los años Don Venancio llegó a convertirse en algo más que un mero predicador para los habitantes de Porto Novo, siendo una de las personas a la que más recurrían en caso de consejo o auxilio. 

Cuando Alex entró en la capilla encontró únicamente a Don Venancio junto al ambón hablando con un monaguillo sobre la celebración de la misa que tendría lugar en aproximadamente una hora. Cuando Don Venancio se dio cuenta de su presencia despidió al monaguillo e indicó a Alex que se acercara con un gesto. El monaguillo salió del templo por la puerta lateral que daba a un pequeño jardín de rosas. A medida que Alex se aproximaba a Don Venancio a través del pasillo que separaba las dos hileras de bancos, pudo comprobar que, desde la última vez que se vieron, el pastor no había cambiado su aspecto ni un ápice. A sus sesenta y ocho años, Don Venancio seguía manteniendo ese porte elegante y distinguido del que siempre había hecho gala y que casi se podría considerar como pecado en un hombre de su cometido. Lo que más destacaba de su físico era aquella prominente nariz aguileña que le daba un aspecto muy solemne. Lo único que quizás podía haber variado era el color grisáceo del escaso cabello del que siempre había gozado y que ahora se mostraba blanco como la nieve.

— Alex, hijo mío. ¡Cuanto tiempo! —dijo Don Venancio abriendo los brazos.

— ¿Vaya padre, por usted no pasan los años? ¿No habrá hecho usted un pacto con el diablo, verdad?

— Por el amor de Dios Alex. No hagas este tipo de bromas en la casa del señor. —le replicó Don Venancio con gesto serio.

Alex no dio importancia a la observación de Don Venancio y sonrió como si se hubiera tratado de un comentario jocoso sin ninguna mala intención.

— ¿Supongo que estás en el pueblo por lo de Carlos? —preguntó Don Venancio.

— Sí. —contestó secamente Alex.

Don Venancio le hizo un gesto con la mano ofreciéndole sentarse en uno de los bancos. 

— Pobre hombre con todo lo que ha sufrido en la vida. Dime. ¿Cómo ha sido? La gente comenta que lo han encontrado muerto en un callejón junto a la plaza. Parece ser que le apuñalaron.

— ¡Bueno!. No ha sido exactamente así pero mejor no entrar en detalles. Por lo que veo no hay nadie en el pueblo que no se haya enterado del suceso. Van a estropearle la noticia a los periódicos locales.

— Esta mañana han pasado por aquí a contármelo varios feligreses. Si sólo la mitad de los que han venido acudieran a la celebración de la misa, la iglesia no estaría tan vacía como de costumbre. Pero parece que puede más la palabra del chismorreo que la del señor. Esta tarde rezaremos unas oraciones por Carlos para pedir que Dios lo acoja en su seno. ¿Acudirás?

— No creo que pueda. Tengo todavía mucho trabajo que hacer.

Don Venancio hizo una mueca con la boca mostrando un gesto de desilusión.

— A propósito ¿como están tu mejer y tu niña? Dijo Don Venancio cambiando de tema.

— Perfectamente. La pequeña acaba de cumplir ocho años.

— ¿Ha hecho ya la comunión?

— Bueno eso es un tema que mi mujer y yo tenemos un poco en “Stand By”.

— ¿Cómo? —preguntó Don Venancio con sorpresa.

— Digamos que estamos en un proceso de decisión familiar.

— Bueno no te voy a insistir pero ten en cuenta que …

— Don Venancio. ¿Lo ve? Ya me está insistiendo. —le cortó Alex con una sonrisa.

— Perdona es la costumbre. —se excusó el párroco.

Alex miró alrededor y vio que nadie había entrado todavía en la iglesia. Con rostro serio miró a Don Venancio.

— Padre. Tengo entendido que tras la muerte de la mujer y el hijo de Carlos usted mantuvo conversaciones con él. No sé si actualmente también era así. Quizás podría contarme algo sobre él que me ayudase a esclarecer lo ocurrido.

— Hace mucho tiempo que Carlos renegó de Dios. El mismo tiempo que hacía que no hablaba con él. —dijo Don Venancio con tristeza—. La muerte de su mujer lo sumió en una dura depresión que hizo que se olvidara de que también tenía un hijo. Tras la muerte del pequeño Gabriel no dejó de echarse la culpa de lo sucedido y cualquier intento que hice por recuperar su alma fue inútil. El diablo nos ganó la partida y desde entonces siempre caminó lejos de la senda del señor. Te puedo asegurar que muchas veces intenté volver a razonar con él, pero… no sé, cuando le miraba a los ojos y le hablaba, te puedo asegurar que parecía que allí no hubiera nadie.

— ¿Cómo ocurrió lo de su mujer y su hijo?

Don Venancio entornó los ojos intentado poner en orden sus recuerdos.

— Cuando llegué aquí en el cuarenta la mujer de Carlos ya había fallecido hacía cuatro años. Por lo que sé, el parto del pequeño Biel fue muy duro para Xisca y tras dar a luz quedó muy debilitada y contrajo la fiebre tifoidea. Tanto la familia de Carlos como la de Xisca eran de origen humilde y no pudieron pagar ni la atención ni las medicinas necesarias para el tratamiento de su enfermedad. Finalmente fue ingresada en estado muy crítico en el hospital comarcal de Manacor, justo en el momento que estalló la guerra civil. Por entonces el pequeño Biel contaba con dos años de edad. Como sabrás durante el verano de 1.936 se produjo el desembarco de las tropas republicanas a lo largo de la costa, entre Porto Novo y Cap Vermell. El bando republicano fue repelido con fuerza por las tropas nacionales que recibieron ayuda de ejército italiano. Tras la retirada de los republicanos, que retornaron con su flota a Barcelona, muchos de sus heridos fueron abandonados en la isla. La mayoría de ellos fueron rematados en el mismo campo de batalla, otros fueron trasladados moribundos al mismo hospital donde se encontraba Xisca, creyendo que acabarían como prisioneros de guerra después de ser sanados. Nada más lejos de la realidad. La crueldad del ser humano puede llegar a veces a límites insospechados. Soldados adeptos al régimen siguiendo órdenes de los altos mandos, desataron su furia contra los heridos del hospital e irrumpieron con las armas, fusilando a todo aquel que había apoyado al bando republicano. La invasión en el hospital fue una masacre y como es de esperar arrasaron con la vida, no sólo de los soldados del bando enemigo sino también de gente inocente que se encontraba allí en aquel momento.

— Y entre esa gente inocente se encontraba la mujer de Carlos. —irrumpió Alex.

— Exacto. Seguramente hubiera muerto por la fiebre tifoidea. ¿quién sabe? Una de las veces que pude hablar con él me dijo que le dolió mucho el no poder reclamar su cuerpo para darle una sepultura decente. Según me contó todos los cuerpos sin vida de aquella masacre fueron posteriormente quemados por los nacionalistas en la plaza central de Manacor delante de sus habitantes como escarmiento y con el fin de demostrar su incuestionable autoridad. Seguidamente fueron enterrados conjuntamente en una fosa común en el antiguo cementerio de “Son Coletes”. Como te dije fue un golpe muy duro para Carlos y por si fuera poco cuatro años después sobrevino la muerte de su hijo.

— …Que ocurrió en extrañas circunstancias... —continuó Alex.

— Sí. Fue justo a mi llegada a Porto Novo. Encontraron el cuerpo de  Biel sin vida en el terreno que había donde ahora está el dique de “Es Martell”. Nadie pudo averiguar lo que pasó y se dio el caso por cerrado. Si hasta ese momento tuve alguna posibilidad de volver a hacer que Carlos tuviera alguna razón de vivir, esa razón se desvaneció con la muerte de su hijo. Luego de eso no hubo manera de volver a hablar con él.

— Una historia terrible. —Confirmó Alex.

— Y muy triste – Precisó Don Venancio - Pero eso no fue todo.

— Le escucho. —indicó Alex

— Antes de producirse la invasión republicana comandada por el capitán Bayo, los militares nacionales sublevados en Mallorca y dirigidos por el general Mola se dedicaron únicamente  a apoderarse de todos los centros de poder republicanos; sindicatos, sedes de partidos de izquierdas incluso la logia masónica de Palma. Se dio la consigna de que no se produjera ningún fusilamiento respetando la vida incluso de los carabineros que se mantuvieron fieles a la república. Como mucho se dedicaron a saquear bibliotecas y quemar algunos libros de ideología izquierdista. Pero tras la invasión republicana y sobre todo con la llegada del Conde Rossi las cosas cambiaron bastante. 

— ¿El conde Rossi? —preguntó extrañado Alex.

— Arconovaldo Bonaccorsi, más conocido como el Conde Rossi. Era un general fascista italiano que fue enviado como vicecónsul a la isla por Mussolini, con el beneplácito de Franco, tras comprobar que los militares mas moderados no podían controlar la situación. Desde el bando nacional se temía la formación de una “quinta columna”  republicana en el seno de la isla y se le encargó al Conde tomar las medidas que fueran necesarias para evitarlo. 

— Ahora que lo dice creo haber leído algo sobre él. Recuerdo una fotografía suya. —dijo Alex haciendo memoria— Parecía un tío elegante y bien parecido, pero… tenía la mirada de un verdadero psicópata. ¿Por qué acudieron a él?

— Necesitaban un asesino sin escrúpulos que no le importara arrasar con cualquier intento de resistencia contra el nuevo régimen; y quién mejor que alguien que no tuviera ningún lazo de unión con el pueblo Balear. Él Conde Rossi fue el verdadero responsable del inicio de la eliminación sistemática de los izquierdistas. Durante los tres meses que estuvo en la isla asesinó a más de dos mil personas sin causa ni delito. Por aquel entonces sólo había una manera de salvarse de la masacre iniciada por el Conde: demostrar que estabas con el movimiento nacional y que condenabas la república. La muestra más grande de tu lealtad era donar tus tierras y posesiones a favor del movimiento nacional. Si eras listo podías llegabas a un acuerdo con ellos y apalabrabas un porcentaje de las cosechas de tus tierras sin perderlas, en el peor de los casos, como le pasó a Carlos, las tierras eran directamente expropiadas. 

— Entonces a parte de perder a su mujer y su hijo también perdió sus tierras. —resumió Alex.

— Exacto —confirmó Don Venancio – Fue justo en sus tierras expropiadas donde encontraron a su hijo muerto. A los que no tenían tierras le quedaban dos opciones: o trabajar para el régimen franquista en condiciones infrahumanas bajo la ley de “Redención de Penas por el Trabajo”, como pasó en la construcción del dique, o coger un fusil y unirte a sus tropas. De una manera u otra siempre salías perdiendo.

— ¿Sabe usted de algún amigo o conocido de Carlos que todavía resida en Porto Novo?

— Que yo sepa Carlos no tenía amigos. Todo el mundo le rehuía. 

— Me refiero a antes de que ocurriera todo.

— Pues… la verdad es que no. Nunca me habló de ninguna amistad y nunca nadie me preguntó por él.

— Bueno Padre. Gracias por todo. No le entretengo más. —dijo Alex levantándose del banco— Si logra recordar algo que pueda considerar importante sobre Carlos hágamelo saber o comuníquelo al sargento Sergi en el cuartel. 

— De acuerdo. ¡A propósito! Si ves a tu padre dile que este domingo tendremos que posponer la partida. Hemos programado la jornada de confesiones y atención a los feligreses como preparativos para la semana santa, así que estaré todo el día muy ocupado.

— No se preocupe padre, se lo diré.

Alex se disponía a salir del templo cuando Don Venancio le llamó la atención.

— ¡Alex! Una cosa más que me ha venido a la mente. No se si será importante o no.

— ¿Si?

— Después de la muerte de Biel, como te he dicho, Carlos se sumió en una profunda tristeza y soledad. No quería hablar con nadie y repudiaba todo lo que tuviera que ver con la iglesia. Decía que si existía un Dios no entendía como había consentido que estallase la guerra y mucho menos como había permitido las muertes de Xisca y su hijo. Una de las veces que intenté hablar con él para hacerle entrar en razón, le comenté que tanto su mujer como su hijo estarían juntos en el reino de Dios y me contestó algo que me hizo cuestionar verdaderamente su cordura.

— Dígame padre —le instó Alex viendo que Don Venancio se había quedado pensativo

— Me dijo que su hijo no se había marchado. Que seguía aquí con él y que le estaba torturando por no haber sabido protegerlo. Cuando le pregunté que de “quién” tenía que haberlo protegido sólo le escuché murmurar palabras sin sentido. Que Dios me perdone pero creo que aquel hombre estaba muy asustado y no paraba de lanzar improperios y maldiciones contra su propio hijo.

Aquellas palabras hicieron que Alex se estremeciera. Ahora comprendía porqué no había encontrado una sola foto de Biel en casa de Carlos.

Puerto rojo
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