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El Teniente Alex llegó al lugar de los hechos sobre las nueve de la mañana; aproximadamente una hora después de que la unidad judicial de la guardia civil recibiera la orden de cooperación del juez. Según le habían informado, debía presentarse en Porto Novo, su pueblo natal, donde había sido encontrado el cuerpo sin vida de un hombre para ocuparse de la investigación.
Porto Novo era una modesta pero conocida
localidad costera ubicada en el levante Mallorquín de apenas cuatro
mil habitantes que pertenecía al municipio de Manacor. Su pequeña
bahía, que se abría hacia el sureste acogiendo las cálidas aguas
del mediterráneo, estaba custodiada a su derecha por la peña de “Es
morro de sa Carabassa”, donde se levantaba un antiguo faro
construido en 1.851, y a su izquierda por la “Punta de ses
Tenasses”. Era en este punto donde el “Torrent de Llebrona”, que
bañaba las fértiles tierras del interior, desembocaba sus aguas
pluviales mezclándolas con las del extenso mar. En uno de los
acantilados que daban a la costa se encontraba “La torre dels
Falcons” construida en el siglo XVI como puesto de vigilancia para
prevenir el ataque de los numerosos barcos piratas que por aquella
época surcaban sus aguas. Desde dicho emplazamiento se podía
obtener una hermosa vista de toda la bahía. Aunque toda la comarca
estaba repleta de calas, playas y miradores dignos de visitar, su
principal atractivo turístico era sin duda alguna las famosas
“Cuevas del Drach”, situadas en la en la finca de “Son Moro”, que
fueron descubiertas en 1.896 y que recibían cada año cientos de
miles de visitas llenando las arcas del
ayuntamiento.
Desde que en 1.888, Don Jordi de San Simón
Muntaner, Marqués del Reguer, crease la primera colonia en Porto
Novo, sus habitantes vivieron de la ganadería y de lo que las
fértiles tierras del interior les podían ofrecer. Fue a principios
del presente siglo cuando Porto Novo se convirtió en un gran pueblo
pesquero, convirtiendo su puerto en el principal centro neurálgico
de comercio de la región. En los últimos años Porto Novo había
experimentado un gran auge económico gracias al fenómeno del
turismo de masas duplicando su población durante los meses
estivales por la llegada de veraneantes en su mayoría proveniente
de otros lugares de la isla. Esto dio lugar a la construcción de
lujosos hoteles, centros de ocio, etc. Todo ello, acompañado de
varias reformas urbanísticas, cambió por completo la fisonomía
rural que había caracterizado al pueblo haciéndolo más acorde con
los tiempos que corrían.
Alex vivió en Porto Novo con sus padres hasta
los veinticuatro años, que fue cuando entró a formar parte del
grupo de homicidios de la guardia civil en Palma. Entonces decidió
trasladarse a vivir a la capital por cuestiones de movilidad. Allí
conoció a María, con quien se casó dos años más tarde, y tras el
nacimiento de la pequeña Ana decidieron establecerse
definitivamente en la ciudad. No había vuelto a Porto novo desde el
verano de 1.979, hacía ya más de seis años, cuando acudió al
entierro de su madre. Después de aquello, la relación con Bernat,
su padre, se enfrió bastante a causa de algunas desavenencias entre
ambos por las decisiones tomadas con respecto a la enfermedad de su
madre. Tanto fue así que permanecieron un largo periodo de tiempo
en el que no mantuvieron ningún tipo de contacto. Fue gracias a la
insistencia de su mujer que Alex se decidió a volver a hablar con
Bernat; aunque sólo fuera por teléfono. En las contadas ocasiones
que charlaron, ambos desviaron la conversación sobre temas
triviales evitando hablar sobre el conflicto que hubo entre ellos;
Bernat porque prefería olvidar lo ocurrido y Alex por no volver a
alimentar los profundos resentimientos que albergaba hacia su
padre. Cualquiera que los escuchara conversar diría que no había
ningún problema entre padre e hijo. Pero María sabía que no era
así. Ella conocía muy bien a Alex y podía ver perfectamente que la
confianza que siempre había mantenido con su padre había
desaparecido. “No por ignorar los problemas desaparecen por si
solos” le decía María, que le insistió varias veces en volver a
Porto Novo para arreglar sus diferencias de una vez por
todas.
Alex siempre se había auto convencido de que el
motivo de que no hubiese regresado por allí era que el trabajo y la
familia le mantenían muy ocupado. La distancia de setenta
kilómetros que separaba ambos puntos también era una razón, aunque
él sabía perfectamente que todos esos argumentos eran solamente
excusas. La verdad era que no podía soportar volver a Porto Novo,
donde había pasado una feliz infancia, y no encontrar allí a su
madre. Tenía miedo de que esa felicidad que todavía permanecía en
sus recuerdos quedase reemplazada por un sentimiento de soledad y
tristeza. Si no hubiera sido por el mandato del Juez quizás no
hubiera vuelto a Porto Novo en mucho tiempo.
Alex detuvo su Volkswagen golf frente al gentío
que se agolpaba en la entrada de la calle “Mont Verd”. Bajó de su
vehículo y observó que la mayoría de los comercios colindantes a la
plaza ya estaban abiertos, realizando su actividad cotidiana
habitual. Con paso firme se dirigió hacía la multitud que se apartó
ante su presencia. La zona de entrada a la calle estaba acordonada
y perfectamente custodiada por efectivos de la guardia civil de
Porto Novo. Sergi Llinás, sargento de la guardia civil de la
localidad, estaba situado detrás del cinturón de seguridad y cuando
se percató de la presencia de Alex le hizo una señal con la mano
para que se acercara. Mostrando sus credenciales al agente que
custodiaba la entrada, Alex alzó la cinta de protección y pasó al
otro lado.
— Hola Alex, ¡Cuanto tiempo! —dijo
Sergi.
— ¿Qué tenemos? —preguntó Alex sin dar importancia al saludo de Sergi.
— Será mejor que lo veas por ti mismo. Yo no sé darle una explicación.
Alex miró a Sergi con extrañeza. ¿Qué quería
decir con eso de “yo no sé darle una explicación”? Ambos se
dirigieron hacia el callejón que estaba situado a escasos
metros.
— ¿Ha llegado ya la comisión judicial y el
equipo de investigación científica? — preguntó Alex.
— Ya han llegado todos. —confirmó Sergi—. El juez Fernández no ha querido empezar hasta que tú estuvieras presente ¿Cómo es que han asignado este caso a la unidad de la guardia civil de Palma?
— Parece ser que los juzgados de Manacor están saturados de trabajo y el Ministerio del Interior ha decidido designarnos temporalmente como unidad adscrita hasta que la cosa se normalice.
Estacionados junto a la entrada del callejón se
encontraban un furgón perteneciente al equipo de investigación de
la guardia civil y un Mercedes 200 color verde oscuro preparado
para eventos fúnebres, enviado por el ayuntamiento de Manacor para
el traslado del cadáver. El conductor del Mercedes, un chico joven
y rubio vestido con traje negro y corbata, estaba sentado sobre el
capó con los brazos en cruz fumando un cigarrillo
— ¡Apague eso ahora mismo! —Le recriminó
Alex.
Era importante preservar la intangibilidad del
lugar de los hechos. Cualquier elemento extraño que pudiera
modificarlo, incluso una colilla, podría dificultar o equivocar el
diagnóstico sobre las pruebas del escenario. El chico rubio tiró el
cigarrillo al suelo y lo pisó para apagarlo. Luego miró a Alex
esperando algún gesto de aprobación.
Alex y Sergi se dirigieron hacia el callejón
que estaba custodiado por un segundo cinturón de seguridad. Tres
hombres, equipados con monos de protección y mascarillas, estaban
manteniendo una conversación ante la cinta de custodia. Junto a
ellos se encontraban el juez Fernández y otros dos hombres vestidos
de paisano. Uno de ellos, el más alto que debía tener cerca de
sesenta años, vestía una larga gabardina que le llegaba hasta los
pies y sujetaba un maletín en su mano derecha. El otro, bastante
más bajo, no debía llegar a los treinta años y portaba una cámara
de fotos colgada de una cinta sobre su hombro izquierdo. Alex
y el sargento Sergi se dirigieron hacia ellos.
— Buenos días Alex —le saludó el juez
Fernández.
— Buenos días Señor juez —dijo Alex mirando a las dos personas que le acompañaban.
— Les presento a Alex, agente judicial de la brigada de homicidios asignado al caso. —anunció el juez dirigiéndose a los hombres que vestían de paisano.
— Hola —saludó el más alto de los dos estrechando la mano de Alex – Jordi Martorell, médico forense.
— Juan Soler —dijo el otro hombre, que no debía alcanzar el metro sesenta, ofreciéndole también la mano—. Fotógrafo pericial.
Alex se dirigió hacia el equipo de
investigación.
— Buenos días – Saludó uno de ellos mostrando
su acreditación. —Pertenecemos al grupo de investigación criminal
de la guardia civil de Manacor. Mis compañeros Pedro; perito en
planimetría, Santiago; especialista en rastros y yo soy Andrés
perito químico.
Alex estrechó la mano a cada uno de ellos
dándose a conocer.
— Bueno Alex —dijo el juez Fernández – Todo
tuyo. Cuando quieras procedemos.
Alex asintió con la cabeza y después se aseguró
de que todos los asistentes le prestasen atención.
— Buenos días a todos. Aunque seguramente ya
saben como han de actuar en estos casos, el protocolo me obliga a
indicarles el procedimiento que vamos a seguir a partir de este
momento para la localización de indicios y la realización del
informe pericial. Antes de tocar el cadáver Juan realizará
fotografías de toda la zona colindante y de la posición exacta del
cadáver. Quiero una planimetría completa del lugar de los hechos
—dijo mirando al equipo de investigación—. Santiago realice un
rastreo completo del callejón en forma de abanico. Señalice cada
uno de los indicios que encuentre con marcadores de pie numerados y
con testigo métrico. Quiero que dentro del informe de registro cada
indicio que se encuentre se trate por separado sin olvidar la
referencia del lugar exacto donde se encontró. ¿Queda
claro?
Todos asintieron a la vez.
— Entonces pueden colocarse ya los guantes y
las mascarillas. —prosiguió Alex que extendió la mano hacia el
callejón a modo de invitación.
El callejón debía medir aproximadamente cinco
metros de anchura y unos diez de profundidad. Las paredes
laterales, que alcanzaban dos pisos de altura, pertenecían a las
viviendas que conformaban el propio callejón y eran totalmente
lisas, sin ventanas ni balcones. El muro del fondo que las unía,
debía medir tres metros de altura y su coronación estaba cubierta
por una acumulación de cristales cortantes que estaban sujetos con
cemento. En su base se podían observar varios enseres viejos y
rotos que estaban abandonados y amontonados de cualquier manera.
Como había ordenado Alex, el equipo de investigación comenzó a
realizar las tareas dictaminadas mientras que los demás se
acercaron junto a él al cadáver.
El cuerpo, cubierto totalmente con una vieja
manta de la guardia civil de color verde, se hallaba en la pared
lateral derecha del callejón. Juan realizó varias fotos de la
escena, hasta que Alex le hizo un gesto con la mano indicándole que
parase. Jordi se adelantó y se agachó ante el cuerpo, abrió el
maletín que traía con él y extrajo del interior unos guantes de
látex que se colocó en ambas manos. Con sumo cuidado y con los
dedos índice y pulgar de cada mano procedió a retirar la
manta.
La imagen que se exhibía ante ellos era atroz.
El cuerpo carbonizado de lo que una vez fue un ser vivo yacía
sentado y apoyado contra la pared frente a sus ojos. Tanto el juez
Fernández como Alex se percataron al instante de que en aquella
escena había algo fuera de lo normal. Juan se dio la vuelta a la
vez que se llevó el dorso de la mano ante la boca, exclamando un
ahogado ¡¡joder!! Alex comprendía ahora lo que el sargento Sergi
había querido decir con lo de que era mejor que lo viera por si
mismo.
El cuerpo estaba totalmente carbonizado excepto
la cabeza que permanecía intacta y ligeramente inclinada hacía
arriba. Tenía la sien derecha apoyada contra la pared y sus ojos
sangrantes y agrietados miraban al cielo con la vista perdida en el
infinito. Tanto el cabello, largo y oscuro, como la barba se
hallaban totalmente indemnes. La boca permanecía abierta con una
obertura excesivamente fuera de lo normal. Parte de la ropa, que
estaba hecha jirones, se fusionaba con la piel negra y quebradiza
endurecida por la acción del fuego. En las extremidades, tanto
superiores como inferiores, se apreciaban hendiduras irregulares
que mostraban los huesos y articulaciones más separados de lo
normal. La cavidad torácica presentaba una gran obertura que dejaba
entrever las costillas y un oscuro amasijo de carne descompuesta
que formaban las vísceras. Pero lo más extraño, a parte de que la
cabeza no hubiera sido afectada por el fuego, era que le faltaban
ambas manos de las que no había ni rastro.
— ¡Joder es Carlos! —dijo Alex con
repulsión.
— ¡Exacto! —confirmó Sergi—. Carlos Llompart.
Alex conocía a Carlos al igual que la mayoría
de la gente de Porto Novo. Pertenecía a la familia Llompart que
habían vivido en el pueblo desde hacía infinitas generaciones. Su
mujer murió durante la guerra civil y su único hijo varios años más
tarde en extrañas circunstancias. Biel, que era como se llamaba el
hijo de Carlos, no llegó a cumplir los diez años. Entonces Carlos
se dio a la bebida y desde aquel momento fue conocido como el
borracho del pueblo, aunque seguro que más de uno le podía disputar
aquella distinción.
— ¿Quién encontró el cuerpo?
—Preguntó Alex sin levantar la vista del cadáver.
Sergi hizo un gesto con la cabeza señalando la
casa de la derecha.
— María Perelló Escandell, la propietaria de la
casa. Le hemos tomado declaración. Oyó ruidos ayer por la noche y
no le dio mucha importancia. Pensó que podrían ser los gatos que
merodean por el lugar. Pero esta mañana sobre las seis sacó a
pasear al perro y el chucho se metió directamente en el callejón,
seguramente atraído por el fuerte olor. Fue cuando lo encontró.
Cogió el perro y luego llamó enseguida a la central …
— ¿Tocó algo el perro? —Volvió a preguntar Alex.
— Según ella, ni se le acercó. El perro se acojonó y sólo le ladraba a distancia. Vaya mier…
— Quiero copia de la declaración. —Le interrumpió Alex - La quiero localizable por si tengo que hablar con ella. Ah… intenta que no cuente a nadie lo sucedido, aunque creo que eso va ha ser difícil.
— De acuerdo. —asintió Sergi.
— ¡Suicidio descartado! —observó el juez Fernández.
— ¿Qué puede usted contarnos, Doctor? —preguntó Alex dirigiéndose al médico forense.
— Veo muchas cosas contradictorias. La obertura en la cavidad torácica me hace pensar que la temperatura alcanzada durante el proceso de incineración debió ser muy alta, probablemente a causa de la composición de los tejidos de las ropas. Es probable que se puedan alcanzar hasta los mil grados centígrados en algunos casos, pero sería imposible que alguna parte del cuerpo quedara intacta, como en este caso la cabeza. El simple calor provocado por la llama sería suficiente para calcinar cualquier miembro.
— ¿Podrían haber aislado la cabeza cubriéndola con algún tipo de bolsa ignífuga? —preguntó el juez Fernández.
— Posiblemente sea la única explicación, pero deberían haber quedado marcas en el cuello provocadas por el cierre de la bolsa. Ahora mismo es imposible detectar nada. Tendré que examinarlo con más detalle durante la autopsia. Pero… ¿por qué amputarle las manos?
— En algunos casos los criminales se deshacen de las manos para dificultar la identificación del cadáver - Observó el juez Fernández.
— En este caso es contradictorio eliminar las manos y hacer que el rostro quede intacto. —dijo Alex - Carlos era bastante conocido en el pueblo. Cualquiera podría identificarlo.
— ¿Entonces que explicación tiene lo de las manos? —preguntó el sargento Sergi.
— En según que organizaciones criminales, cortar la manos es señal de que la víctima robó a quién no debía. —explicó Alex - Pero me resulta difícil creer que Carlos estuviera relacionado con algún grupo de delincuencia criminal.
Alex miró a Sergi esperando que confirmara sus
palabras.
— No tenemos constancia de la actuación de
ningún grupo delictivo en la zona —comentó Sergi— pero
pediremos información …
— No te preocupes ya lo haré yo —le interrumpió Alex—. Por otro lado también cabe la posibilidad que le amputaran las manos para evitar que encontráramos restos incriminatorios entre las uñas.
— Quizás la causa más probable —reconoció el juez.
— No hay zonas afectadas por la acción del fuego. —Prosiguió Alex - Lo más lógico sería que la pared o el suelo estuvieran ennegrecidos. Tampoco restos de sangre provocados por la amputación de ambas manos.
— ¿Crees que lo mataron en otro lugar y que luego lo trajeron aquí? —Preguntó el juez a Alex.
— No encuentro otra explicación. ¿Algo más Doctor?
— Necesito hacer la autopsia. La mayoría de cadáveres carbonizados por motivos homicidas suelen ser asesinados mediante otros procedimientos antes de ser incinerados. Necesito descartar que la muerte haya sido provocada por cualquier otro motivo diferente a lo que estamos viendo a simple vista.
— De acuerdo, autorizaré el traslado del cadáver al instituto anatómico forense de Manacor para que pueda usted realizar la autopsia. —dijo el juez Fernández— Alex lo dejo todo en tus manos. Cuando lo consideres oportuno proceded al levantamiento del cadáver. Yo me marcho ya. Tengo un vuelo que coger a Barcelona. Estaré un par de días fuera por temas de trabajo pero estaré de vuelta para el fin de semana. Mándame copia de todos los informes realizados por los distintos departamentos de investigación a mi despacho en los juzgados. Nos reuniremos el próximo lunes.
— De acuerdo —asintió Alex.
Una vez el juez se hubo marchado, Alex se
acercó a Juan que se había apartado a un lado angustiado por la
escena.
— ¿Se encuentra bien?
— Si. No se preocupe. Sólo ha sido la impresión.
— Tome las fotos que le indique el doctor y envíeselas lo antes posible. ¿De acuerdo?
— Sin problema.
— Luego realice varias fotos del resto de la escena, no deje ningún rincón sin retratar.
Juan asintió con un gesto. Alex avisó a uno de
los investigadores.
— Quiero que tomen una muestra de los restos de
la tela carbonizada del cadáver. Necesito saber si se utilizó algún
tipo de combustible para incinerar el cuerpo.
El agente asintió y seguidamente se agachó
junto a un maletín de donde extrajo un tubo de vidrio protegido con
un tapón roscado. Después se acercó al cadáver y con unas pinzas
recogió una muestra de tela perteneciente a lo que debió ser la
camisa de Carlos. Acto seguido la introdujo dentro del tubo y se
apresuró a cerrarlo para evitar que el acelerante que había en su
interior se evaporara. Alex llamó al sargento Sergi que se acercó
presto hasta donde él estaba.
— Sergi quiero esta calle cerrada al público.
Quiero un hombre en cada uno de los extremos. Restringe la entrada
sólo a los residentes hasta nueva orden. No quiero que entre aquí
ni una mosca sin mi permiso.
— De acuerdo.
— ¿Tenemos constancia de algún testigo de los hechos? —Preguntó Alex
— Nada. —Contestó Sergi.
— ¿Algún familiar de Carlos con el que poder hablar? No sé. Un primo, un tío …
— Que sepamos era hijo único y no tenemos constancia de ningún familiar en el pueblo. De todas formas pediremos que nos envíen por fax desde la central los datos y antecedentes de Carlos que tengamos en la base de datos.
— ¿Dónde vivía?
— Dos entradas más abajo, a veinte metros. Ya hay un agente en la puerta y tenemos la autorización del juez para realizar el registro. Un cerrajero está en camino.
— Por lo que sé de Carlos se pasaba todo el día de un bar en otro. —prosiguió Alex - Quiero saber donde estuvo ayer. Quien fue el último que le vio, si discutió con alguien.
— Casi siempre solía estar en Bar de Toni. Empezaremos por ahí y luego …
— No. Ya me acercaré yo. Así lo saludaré. Hace tiempo que no le veo. Pregunta en otros bares. Nos vemos esta tarde en el cuartel.
— De acuerdo. Acompañaré al doctor hasta Manacor. —dijo Sergi.
Alex se acercó hasta donde se encontraba Jordi
y le estrechó la mano.
— Gracias por todo doctor. —se despidió Alex –
Cualquier cosa que considere importante hágamelo saber llamando al
cuartel. Espero su informe.
— No se preocupe —dijo Jordi – Me pongo a ello de inmediato.
Sergi habló con dos agentes que estaban
apostados ante el cordón de protección que procedieron a trasladar
el cadáver hasta el Mercedes que esperaba aún en la entrada. Una
vez lo introdujeron en el interior, el chico rubio arrancó el
vehículo y abandonó el lugar escoltado por el sargento Sergi y
Jordi en un todo terreno de la guardia Civil. Alex procedió a echar
un vistazo al callejón antes de dirigirse a la casa de Carlos.
Después iría a ver a Toni y, como no, también pasaría a visitar a
su padre.
Comenzó la inspección del lugar de los hechos
revisando los enseres que se encontraban abandonados en el fondo
del callejón. Después de hacer un inventario detallado de todos los
objetos en su libreta, describiendo el estado en que se encontraban
cada uno de ellos, y de asegurarse que Juan había dado fe de todos
ellos con su cámara, se dirigió hacia el lugar donde había sido
hallado el cadáver. La ausencia de indicios en el entorno no dejaba
lugar a dudas. Era imposible que Carlos hubiese sido incinerado en
aquél lugar. Tampoco se observaban restos de sangre, por lo que era
improbable que le hubieran amputado las manos allí mismo. El suelo
todavía permanecía frío y algo húmedo pues los rayos de sol aún no
habían invadido el área interior del callejón. Alex observó una
especie de pigmento marrón que se extendía entre la línea que
separaba el suelo y el muro exterior de la casa, justo detrás de
donde se había encontrado el cuerpo sin vida de Carlos. Extrajo del
bolsillo interior de su chaqueta una bolsa con cierre automático
para la recopilación de pruebas y con ayuda de una pequeña
espátula, introdujo una muestra de aquella sustancia en el
interior. Luego entregó la bolsa a uno de los agentes científicos
indicando donde lo había hallado.
— Coloque un marcador y que lo fotografíe. —Le
indicó señalando a Juan que estaba tomando instantáneas de los
enseres del fondo del callejón.
— De acuerdo.
— Pueden proceder al levantamiento de los indicios cuando acaben. Recolecten y embalen todo lo que consideren oportuno. Envíen cada prueba al laboratorio correspondiente y tengan sobretodo especial cuidado en no romper la cadena de custodia. Confío en ustedes.
— No se preocupe.
— Una vez tengan los resultados envíen una copia del dossier al cuartel y otra al despacho del juez Fernández en el juzgado de Manacor.
— Así lo haremos.
Alex se dirigió al agente local que estaba
vigilando el acceso al callejón y después de indicarle con un gesto
que permaneciera atento, partió en dirección a la casa de
Carlos. Quién iba a pensar que, después de tanto tiempo, volvería
al pueblo que lo vio nacer, no para tomarse unos días de relax,
sino para esclarecer un insólito crimen.