33
— ¡Mamá! ¡mamá!
El reloj de Mickey Mouse marcaba las diez y
media cuando Anita se despertó llamando a su madre insistentemente.
María entró en la habitación y, al encender la luz, se encontró a
su hija sentada sobre la almohada llorando a la vez que se frotaba
los ojos con fuerza. María se sentó junto a ella y abrazándola con
ternura intentó calmarla.
— Tranquila cariño. Ya ha pasado. —dijo
acariciando su largo cabello— ¿Quieres que te traiga un poco de
agua?
Anita no contestó y siguió sollozando agarrada
fuertemente a su madre. Durante algo más de dos minutos
permanecieron sentadas sobre el colchón sin pronunciar una sola
palabra. María esperaba que Anita se durmiera en sus brazos. Luego
la arroparía y volvería a su habitación.
— ¿Por qué quiere hacer daño a papá? —susurró
de repente Anita.
— ¿Cómo?
— El amigo del abuelo. ¿Por qué quiere hacer daño a papá? —volvió a preguntar.
No era la única vez que Anita se había
despertado asustada y gritando en mitad de la noche. La primera vez
ocurrió cuando tenía cuatro años y se repitió varias veces en un
corto periodo de tiempo por lo que. Alex y María decidieron
consultar a la pediatra. Después de examinar a la niña y escuchar
las explicaciones de los padres, la pediatra dictaminó que las
pesadillas que afectaban a Anita entraban más bien dentro del marco
de lo que se conocía como terrores nocturnos.
Mientras que las pesadillas ocurrían durante
una fase del sueño más profunda, conocida como fase REM, los
terrores nocturnos solían aparecer durante las dos primeras horas
después de que el niño se durmiera, tal como le ocurría a Anita.
Según la pediatra, las causas que originaban los estados de terror
podían ser muy diversas, comenzando desde una hiperactividad
provocada por el estrés infantil hasta razones hereditarias. María
recordó que de pequeña había tenido varios episodios de
sonambulismo, algo que según la pediatra podría estar relacionado
con lo que le ocurría a su hija. Al despertar al día siguiente,
Anita nunca recordaba lo ocurrido la noche anterior, lo que
reforzaba todavía más el diagnóstico de la doctora.
Sin embargo había algo que ni Alex ni María
habían comentado a la doctora, quizás porque no les hubieran tomado
en serio o por miedo de que quisieran realizar pruebas con la niña.
Cada vez que Anita tenía alguno de aquellos “episodios de terror”
solía venir acompañado de visiones premonitorias que al poco tiempo
se cumplían.
María todavía recordaba la primera vez cuando
Anita contaba con cuatro años. La niña se despertó gritando que
Toby, el perro del vecino, no cruzara la carretera. Al día
siguiente Toby encontró la muerte bajo las ruedas de un camión.
María pensó que podía ser pura coincidencia, aunque quizá
demasiada. Un año después Anita tuvo su segunda premonición. Esta
vez estaban completamente seguros que no fue ninguna casualidad,
sobre todo por la gravedad de los hechos.
Era una calurosa noche de verano de 1.983. Las
ventanas de las habitaciones permanecían medio abiertas para
aprovechar el tiro de aire que circulaba entre ellas. Como la vez
anterior Anita se despertó llorando, esta vez sin llamar a sus
padres. María, que solía tener el sueño más ligero que Alex, se
despertó y sacudió con fuerza a su marido que estaba acostado a su
lado.
— Creo que Anita está llorando. —dijo
levantándose de la cama y saliendo de la habitación.
— ¡Déjalo! Ya voy yo —señaló Alex, medio dormido, colocándose las zapatillas.
Cuando Alex llegó al cuarto de Anita, María ya
estaba sentada al borde de la cama abrazando a su hija que
pronunciaba en voz baja palabras ininteligibles. La habitación se
encontraba casi a oscuras, únicamente iluminada por un débil haz de
luz que se filtraba a través de las cortinas. Alex encendió la
lamparita que estaba sobre la mesita de noche, que emitía una tenue
luz blanquecina, con el fin de no molestar a su hija y que así
pudiera volver a dormirse sin problemas.
— ¿Qué dice? —susurró Alex.
María hizo un gesto, elevando ligeramente los
hombros, dando a entender que no la comprendía. De pronto Anita se
pronunció con más claridad.
— Los papás de Arón se van a poner muy
tristes.
— ¿Qué dices cariño? —preguntó María desconcertada.
Arón era el hijo mayor de Mateo, el vecino que
vivía en el cuarto piso, justo debajo de ellos. En aquellos
momentos se encontraba en Madrid de viaje de estudios. Acababa de
cursar octavo de EGB y entre rifas, subasta de objetos y venta de
bocadillos durante los recreos, su clase había recaudado el dinero
suficiente para costearse el viaje de fin de curso durante cinco
días en la capital.
— El fuego hace daño a Arón —prosiguió Anita
que seguía abrazada a su madre con la cara oculta entre sus brazos—
y no puede salir.
— ¿De dónde, cariño? —preguntó Alex.
María movió la cabeza hacia un lado indicando a
Alex que no le siguiera la conversación.
— De la jaula. No puede salir de la
jaula.
— Tranquila cariño —susurró María – Es sólo un sueño. Duérmete.
No le hubiesen dado más importancia a lo
ocurrido si no fuera porque al día siguiente, mientras desayunaban,
la radio anunció un grave accidente de tráfico en las carreteras de
Madrid. Al parecer un autocar y un vehículo se habían visto
envueltos en un grave accidente que provocó la caída del primero
por un barranco incendiándose al instante. En el autocar viajaban
un grupo de alumnos que se dirigían hacia la capital, de los cuales
doce quedaron atrapados entre el amasijo de hierros muriendo
carbonizados. Esa misma tarde los padres de Arón recibieron la
desagradable noticia de que su hijo era uno de ellos. Después de
aquello no se volvió a producir ningún episodio más de terror
nocturno y por lo tanto ninguna nefasta predicción tampoco. Claro,
hasta el día de hoy.
María notó que la respiración de Anita se había
vuelto más pausada. Después de comprobar que se había vuelto a
dormir, la recostó sobre la cama y la arropó con delicadeza.
Seguidamente salió de la habitación y se dirigió al teléfono. El
primer lugar al que llamó fue a casa de su suegro, pero no obtuvo
línea. Seguramente la tormenta que se había anunciado para el Norte
de la isla, y que todavía no había llegado a Palma, habría
provocado algún tipo de avería en la red telefónica. Seguidamente
marcó el número de teléfono que Alex le había facilitado del
apartamento. El resultado fue el mismo. Por último marcó el número
del cuartel de la guardia civil en Porto Novo y cruzó los dedos
para que la avería no fuese general. Aunque ya era cerca de las
once de la noche, quizás encontraría allí a su marido o por lo
menos sabrían donde localizarlo.
— Cuartel de la Guardia Civil de Porto Novo.
Dígame.
— Gracias a Dios —suspiró María – Soy la mujer del Teniente Alex Amengual. ¿Está mi marido ahí?
— El Teniente Alex no está aquí, lo siento —contestó la agente Nerea al otro lado de la línea—. ¿Puedo ayudarle en algo?
— Es urgente que hable con él. —respondió María - ¿Sabe usted dónde podría localizarlo?
— Ahora mismo no le se decir —dijo Nerea cumpliendo el protocolo según el cual no se podía facilitar la ubicación de ninguna unidad operativa a ningún personal no autorizado— Pero no se preocupe. Miraremos de contactar por radio a ver si le localizamos y le comunicaremos que ha llamado usted.
— Muchas gracias —dijo María – Dígale que me llame urgente… y disculpe las molestias.
Tras colgar el teléfono la agente Nerea se
dirigió a su compañero de guardia que estaba sentado frente a la
estación principal de radiocomunicación.
— Era la mujer del Teniente Alex —anunció Nerea
– Preguntaba por su marido. ¿Has podido contactar con el
sargento?
— No logro contactar con ninguna unidad a través del canal habitual de trabajo. —respondió el agente Gerard – La tormenta debe haber provocado la caída de algún repetidor. Estoy intentando sintonizar a través del canal de reserva.
— Sigue probando —indicó Nerea – Voy a intentar contactar con la oficina del párroco a ver si el teniente Alex sigue allí.
Nerea se acercó al teléfono y marcó el número
correspondiente a la iglesia que tenía anotado en la agenda
mientras el agente Gerard seguía intentando establecer contacto con
alguna unidad de servicio.
— Aquí unidad JK1. ¿Alguien está utilizando la
frecuencia de reserva?
— El teléfono comunica —dijo Nerea – ¿Has conseguido algo?
— Nada. —admitió el agente Gerard – Ninguna de las tres unidades que están de servicio contesta.
— Aquí unidad JK3 a la escucha —se oyó finalmente a través de la emisora.
— ¡Por fin! —dijo Gerard – Aquí central JK1. Indiquen situación y destino.