13

Porto Novo, Septiembre de 1.936.

Carlos corría todo lo deprisa que su extasiado cuerpo le permitía a través del denso bosque de pinos. Sólo algunos rayos de sol conseguían colarse a través del espeso follaje ofreciendo algo de luz al sombrío hábitat que lo envolvía. De vez en cuando se paraba a descansar varios segundos; los suficientes para recobrar el aliento y seguir de nuevo con su apresurada carrera. No hacía ni media hora que había salido de casa y calculaba que todavía le quedaba media más hasta llegar a su destino. Cuando por fin alcanzó la cima del monte pudo divisar, entre varios árboles, el edificio del hospital comarcal de Manacor iluminado por la purpúrea luz del alba. Ahora todo sería más fácil. La inclinada pendiente de la ladera le ayudaría a correr más rápido, aunque quizás no lo suficiente para llegar a tiempo. 

Mientras corría a toda prisa, no podía arrancar de su mente la frase que Manel, su vecino, había pronunciado cuando Carlos le abrió la puerta de casa ante su insistente aporreo.

“¡¡Los Dragones han asaltado el Hospital de Manacor!!”.

No hacía ni un mes que las tropas republicanas habían abordado las costas de Porto Novo para detener la  sublevación del ejército nacional en la isla. Aunque en un primer momento consiguieron gran ventaja sobre los insurrectos, su confianza ante una hipotética rendición les condujo al fracaso. La tregua que ofrecieron de cuarenta y ocho horas para que los rebeldes nacionalistas capitularan, fue tiempo más que suficiente para que varias familias acaudaladas y afines al alzamiento nacional financiaran la ayuda de la aviación italiana que repelió con dureza las tropas republicanas que se retiraron inmediatamente. Muchos soldados de la republica que estaban heridos no tuvieron tiempo de volver a los barcos en retirada y fueron hechos prisioneros y enviados al hospital de Manacor donde se encontraba Xisca, la mujer de Carlos. En un primer momento las órdenes fueron hacer prisioneros y respetar la vida de todos ellos, encerrándolos en cárceles con el fin de canjearlos por otros presos de guerra. Pero eso sólo fue así hasta la llegada del resto de tropas italianas enviadas por el Duche, con el beneplácito de Franco, para apoyar al ejercito nacional. Al mando de dichas tropas llegó aquél que en menos de un mes había difundido el terror y la desgracia en la mayor parte de la isla. Aquél que preconizaba que se debía hacer limpieza de personas y lugares infectos. Aquél al que todos llamaban “El Conde Rossi”. No menos temido era el grupo fascista que el Conde había creado a su llegada, compuesto por medio centenar de fanáticos soldados, dispuestos a realizar tantos asesinatos y ejecuciones como hiciera falta y que se hacían llamar “Los Dragones de la Muerte”. Pero lo más repugnante de todo es que aquel grupo lo formaban, en parte, jóvenes mallorquines que se habían declarado adeptos al nuevo régimen y que buscaban, a cambio de su alistamiento, condiciones de vida favorables para sus familiares. Otros simplemente pretendían hacerse un nombre. 

Si como había dicho Manel, los Dragones de la Muerte habían asaltado el hospital era prácticamente seguro que allí no iba a quedar títere con cabeza. Aunque Carlos no albergaba mucha esperanza, cabía la posibilidad de que Xisca hubiera abandonado a tiempo el edificio con ayuda de su hermano Joan que se había turnado con él para atenderla. El día anterior, Carlos salió del hospital y volvió a casa, donde su madre cuidaba del pequeño Biel. Acordó con Joan que descansaría esa noche y que se volverían a turnar la mañana siguiente para vigilar a Xisca, que cada vez parecía empeorar más. La fiebre tifoidea estaba consumiendo a su mujer y las esperanzas de vida eran cada vez menores.

Carlos se detuvo tras el grueso tronco de un pino que parecía alzarse hasta el infinito. Frente a él se extendían trescientos metros de terreno poblado de bajos arbustos y matojos que llegaba hasta el hospital. Desde donde se encontraba oculto podía escuchar espantosos gritos de terror, provenientes del interior del edificio, que se mezclaban con los atronadores disparos de los Mauser. Varias decenas de militares acompañaban a punta de fusil a enfermos y tullidos a los que colocaban en fila contra los muros del hospital. Al momento un pelotón de fusilamiento daba cuenta de ellos. Después los cuerpos inertes de los fusilados eran amontonados en la caja trasera de varios camiones como si fueran simples escombros. Carlos se tapó la boca con la mano para intentar amortiguar los llantos que brotaban continuamente de lo más profundo de su ser pero lo que no pudo evitar fueron las interminables lágrimas que corrían a raudales por su rostro. 

Un nuevo grupo de militares apareció apuntando con sus armas a un grupo de civiles que caminaba delante de ellos con paso lento y discordante. Entonces Carlos los vio. Joan caminaba abrazado a su hermana que prácticamente iba arrastrando los pies que estaban descalzos. Iban a ser los siguientes y Carlos estaba decidido a impedirlo a cualquier precio. En ese mismo instante un seco chasquido sonó a sus espaldas. 

— ¡Quieto! Date la vuelta con los brazos arriba. —Ordenó una voz.

Carlos obedeció y lentamente se volvió con las manos en alto. Un militar, que estaba a unos cinco metros, le estaba apuntando con su fusil Mauser directamente a la cabeza. Lentamente el soldado fue bajando su arma y Carlos pudo reconocer aquel rostro que le observaba con asombro.

— ¡Pere! —Dijo Carlos no menos pasmado que aquél soldado.

— ¿Carlos que haces tú aquí? —Dijo Pere dando un paso hacia delante.

— Xisca está… —dijo Carlos que de pronto recordó que no había tiempo que perder.

Cuando Carlos intentó darse la vuelta para salir en busca de Xisca, Pere volvió a alzar su fusil apuntándole de nuevo.

— ¡Quieto Carlos! —Gritó – Si das un solo paso te vuelo la tapa de los sesos.

Carlos miró directamente a Pere que se había acercado a dos metros de él y no dejaba de apuntarle. Entonces pudo ver que portaba un distintivo de color azul en su brazo derecho con una gran “D” en color negro. 

— ¿Los dragones? —Dijo Carlos estupefacto— La gente del pueblo me lo decía pero yo no lo quería creer.

— Pues créetelo, porque es así.

— Pero ¿por qué? —preguntó Carlos asombrado.

— ¿Por qué? Porque entraron en casa y nos dijeron que teníamos que escoger. O estás con ellos o estás contra ellos. Se han hecho los dueños de toda la isla. ¿No escuchas la radio? ¿No has visto las cunetas llenas de cadáveres? Maestros de escuela, sindicalistas, comunistas…cualquier sospechoso de ser contrario al régimen es llevado de “paseo”. Un “paseo” del que no vuelven. 

— Mira. No hay tiempo que perder. Xisca está …

— He dicho que te quedes quieto. Te aseguro que si mueves un solo pelo te mato. Hablo en serio Carlos. No me va a costar nada apretar el gatillo.

— ¿Lo harás, Pere? Porque vas a tener que hacerlo. 

— Te juro que lo haré. —dijo Pere sujetando el Mauser con fuerza.

— ¿A cuánta gente inocente que conocías has matado, Pere? ¿Dime? ¿A cuánta?

— A la que ha hecho falta para proteger a mi familia. He escogido el bando ganador

— ¿Y podrás vivir con ello? ¿No te das cuenta que eso es precisamente lo que quieren? Que nos matemos los unos a los otros. Esos tipos no son ni siquiera de aquí. Han venido de fuera y se van a hacer los dueños de la isla. Sólo te utilizarán hasta que dejes de hacerles falta. ¿Y entonces que pasará contigo y con tu familia?

— Mi familia está ahora protegida.

— Mira Pere – Dijo Carlos entre sollozos señalando al hospital - Xisca está allí y la van a fusilar. Así que voy…

— ¿Qué es lo que vas a hacer? ¿Crees que podrás detenerlos? Un hombre desarmado contra cien militares cubiertos de armas hasta los dientes. ¿Quién eres Hércules?

— Pero Xisca …

De pronto a lo lejos se pudo escuchar un grito al unísono que hizo que los dos desviaran la atención hacia el hospital.

— “¡¡Tutti i rossi fucilati!!”

Seguidamente un atronador estallido retumbó en el aire y se repitió interminablemente en la fría mañana como un eco sin fin. Seis cuerpos sin vida cayeron a tierra. Y entre ellos el de Xisca y Joan que iban cogidos de la mano.

— ¡Nooooo! —Gritó Carlos 

Pere golpeó la espalda de Carlos con la culata de su fusil haciéndolo caer al suelo. Después alzó la vista y pudo observar que un destacamento de soldados corría hacia donde ellos se encontraban.

— ¡Levanta! —Le ordenó Pere mientras le apuntaba con el fusil.

Carlos se puso en pie con el rostro encendido y cubierto de lágrimas.

— ¿Vas a matarme a mí también? —Dijo Carlos enfurecido mostrando los dientes.

— ¡Vete de aquí! —Dijo Pere a la vez que bajaba el fusil.

— ¿Qué me vaya? Se valiente por una vez. Ahora ya no importa nada. Acaba tu trabajo señor Dragón.

Pere agarró a Carlos fuertemente de la camisa y le miró directamente a los ojos.

— ¡Tienes un hijo del que cuidar! —Le gritó.

Carlos se quedó pensativo. Se había olvidado completamente de Biel. Ahora ya no tenía madre y dependía sólo de él. Miró hacia el destacamento de soldados que se acercaba y empezó a correr de nuevo hacia el bosque. No había dado un par de zancadas cuando se volvió hacia Pere.

— No te debo nada. Para mi estás muerto. ¿Me oyes? ¡Muerto!

— Y si no te vas, tú lo estarás pronto – Dijo Pere volviéndole a apuntar con su fusil.

Carlos dio media vuelta y se perdió en la espesura del bosque. No sería la última vez que se encontraran.

Puerto rojo
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