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El hermano Josep era el más anciano de los seis monjes que habitaban en el monasterio de San Salvador. A simple vista uno diría que si no tenía un siglo de vida, no estaría muy lejos de alcanzarlo. Su baja estatura, su cabeza completamente despejada y la larga barba blanca que ocultaba la parte delantera de su atuendo, sumado al encorvamiento de su contraído cuerpo, brindaban la imagen típica de un ermitaño. Pero lo que más llamaba la atención era la sensación de fragilidad que irradiaba al andar y al expresarse. A Alex le extrañó muchísimo que alguien tan mayor pudiera acordarse de acontecimientos que ocurrieron cincuenta años atrás, pero el hermano Samuel manifestó no haber conocido nunca a nadie con una memoria tan prodigiosa como la del hermano Josep.

— Es asombroso como puede recordar en muchos casos hasta el más mínimo detalle. —les había explicado el hermano Samuel – La verdad es que la vida dedicada a la contemplación y a la penitencia te ofrece mucho tiempo para pensar sobre tu pasado personal y eso refuerza tu capacidad de memoria. Aunque últimamente le veo un poco más dubitativo a la hora de precisar datos. Debe ser la edad

— Vamos, que tiene lo que se dice una memoria fotográfica —afirmó Sergi.

— No exactamente. —Corrigió el hermano Samuel—. Como le digo puede recordar con exactitud momentos de su vida personal pero no es capaz de memorizar libros o números largos, si se refiere a eso. Es un caso un poco especial. Para que me entienda; usted puede darle una fecha lejana y él le describirá lo que ocurrió ese día indicándole detalles aparentemente triviales que mucha gente no sería capaz de recordar. Le indicará que tiempo hacía; en que día de la semana cayó e incluso lo que comió.

Ahora, sentados los cuatro en una mesa de la posada del convento, Alex deseaba que todo lo que les había contado el hermano Samuel fuera realmente cierto. 

Un chico joven con una libreta en la mano y con una delgadez preocupante se acercó a ellos. 

— ¿Que van a tomar? —Preguntó guardándose la libreta en el bolsillo trasero del pantalón.

— Hola Mateo. —Le saludó el hermano Samuel – Yo y el hermano Josep tomaremos lo de siempre. ¿Y ustedes?— Preguntó dirigiéndose a Alex y Sergi.

— Yo tomaré un café solo, Gracias – Dijo Alex.

— Yo tomaré otro – Confirmó Sergi.

El chico dio media vuelta y cerró una de las tres ventanas que ofrecían una magnífica vista de los verdes campos que rendían pleitesía al monasterio a pie de  montaña. Luego se dirigió a la barra para preparar el pedido.

— Estos señores quieren hablar con usted – Dijo el hermano Samuel alzando levemente la voz. —Disculpen, pero es un poco sordo.

— No se preocupe. —Dijo Alex arrastrando la foto que cogió de la sala de exvotos hasta el centro de la mesa—, ¿Recuerda usted a estas personas?

El hermano Josep miró fugazmente la fotografía sin fijarse en la imagen y luego se dirigió al hermano Samuel.

— ¿Qué dicen? —preguntó con voz trémula.

— ¿Qué si conoce usted a esa gente? —le repitió el hermano Samuel— háblele un poco más fuerte. —dijo después dirigiéndose a Alex.

El hermano Josep cogió la fotografía y la observó con detenimiento.

— Hace mucho tiempo de esto —afirmó mirando a Alex.

— ¿Entonces recuerda usted esta gente? —insistió Alex está vez en un tono más alto.

— Faltan dos.

Alex y Sergi se miraron y no pudieron evitar reflejar un atisbo de satisfacción en sus semblantes. 

— ¿Puede usted contarnos algo sobre ellos? —Le pregunto Alex sin bajar el tono de voz.

El viejo monje observó de nuevo la fotografía y murmuró varías palabras incomprensibles mientras intentaba poner en orden sus recuerdos. Después de unos segundos dijo:

— Eran cinco amigos. Venían a celebrar algo, no recuerdo bien…

— El nacimiento de su hijo – Le recordó Sergi señalando a Carlos en la foto.

— Si – Confirmó el anciano monje – Este era el padrino – Dijo señalando al hombre que estaba en medio de la imagen. —Estaban muy contentos por el nacimiento pero preocupados porque la madre estaba enferma. Vinieron a dar gracias a la virgen por el niño y a rogar por la curación de la madre. 

— ¿Recuerda usted sus nombres? —Pregunto Alex.

En ese momento el escuálido camarero dejo sobre la pequeña mesa redonda cuatro tazas de café. Aunque el aroma que despedían resultó bastante reconfortante, Alex no pudo evitar pensar que había venido en el momento más inoportuno. 

— ¿Recuerda usted como se llamaban? —Repitió Alex cunado el chico se alejó.

El hermano Josep pasó su tembloroso dedo índice por encima de la fotografía murmurando palabras incomprensibles. Al ver que el anciano monje no se decidía el Sargento Sergi decidió tomar la palabra:

— Este de aquí se llamaba Carlos —dijo señalando al primer personaje de la imagen— ¿Recuerda usted el nombre de alguno de los otros dos? 

— Carlos, si claro… —dijo el hermano Josep que todavía parecía estar intentando recordar— Este del medio… no recuerdo, pero este se llamaba Josep como yo. —confirmó señalando al tercero.

— Dijo usted que vinieron cinco amigos —apuntó Alex - ¿Recuerda usted cómo se llamaban los dos que faltan en la foto? 

— Los dos que faltan… no me acuerdo. Hace mucho tiempo. Pero este es Josep. ¡Seguro! —insistió señalándolo de nuevo la fotografía.

— Como les dije se acuerda de los acontecimientos —dijo el hermano Samuel – Los nombres comienzan a fallarles, pero si les enseñaran una fotografía de ellos seguro que podría identificarlos.

— Eso es lo que nos gustaría tener a nosotros hermano. —apuntó Sergi.

— ¿Sabe usted si hay alguna fotografía más de ellos en la sala de exvotos? —preguntó Alex al hermano Josep.

— Había una fotografía con los cinco. Pero vino a buscarla años más tarde y se la llevó. —Explicó señalando a Carlos en la fotografía—. Esta foto no la debió ver.

— ¿Podría ser ésta? —dijo Alex mostrándole la fotografía deteriorada por el fuego que encontró en casa de Carlos.

— … Sí. —Afirmó el hermano Josep – Pero está quemada.

— ¿Por qué se la llevó? —preguntó Sergi.

— Cuando hablé con él estaba muy enfadado. Dijo que no tenía amigos y que ya no le importaba nadie. Este hombre perdió la fe en Jesucristo. 

— Muchas gracias hermano. —dijo Alex – Nos ha sido usted de mucha ayuda.

Después de terminarse el café y dar un generoso donativo para el monasterio, Alex y Sergi se despidieron de los dos monjes y se dirigieron al Land Rover que habían aparcado en la explanada. Sergi abrió una de las puertas traseras y dejó sobre el asiento los dos pesados libros que le había entregado el hermano Samuel. Una ligera brizna de lluvia, que parecía flotar en el aire, comenzaba a dejar sobre el parabrisas diminutas gotas de agua como preludio de la verdadera tormenta que se avecinaba. Una vez sentado tras el volante, Sergi cerró los ojos como intentando recordar algo.

— Déjame ver de nuevo la fotografía —pidió a Alex que se la entregó al instante.

— Josep…Josep…Josep – Repitió intentando recordar sin dejar de mirar la cara del tercer hombre de la fotografía. —¡Claro!— dijo al final – Josep el del videoclub.

— ¿El videoclub? —preguntó Alex extrañado. 

— Sí. Lo montó hace un par de años. Antes tenía la papelería y la tienda de revelado de fotografías.

— ¡Ah!. Sí —recordó Alex cogiendo la carpeta donde tenía el listado y comprobando que el nombre estaba apuntado— Josep Fiol… Ahora me acuerdo. De pequeño iba allí a comprar las golosinas. ¿Sigue teniendo el local en la calle Llimoner? —preguntó

— Sí – Afirmó Sergi.

— Pero… ¿No se tendría que haber jubilado ya? 

— ¿Jubilado? —dijo Sergi emitiendo una sonora carcajada—. Ese hombre no cerrará el videoclub a no ser que lo saquen con los pies por delante.

No sabía Sergi cuanta razón tenía.

Puerto rojo
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