6

No por mucho más tiempo

 

El final llegó, no con un estallido ni con un sollozo, sino con el parpadeo del icono del correo en su móvil. Estaba programado para que parpadeara una vez si había un mensaje, dos veces si había dos mensajes y así sucesivamente, hasta que alcanzaba una determinada masa crítica de mensajes y entonces parpadeaba sin parar, como una alita iridiscente que se agitara en la esquina del móvil. Más tarde Grace recordaría ese parpadeo, tan habitual que no le hizo caso durante los primeros pacientes de la mañana (una pareja que luchaba inútilmente por salvar su matrimonio), ni durante el segundo (un paciente que tenía desde hacía tiempo y estaba a punto de sufrir una crisis maniaca), y ni siquiera durante la pausa de la comida, que dedicó a preparar la entrevista con un productor del programa de televisión Today.

Habían transcurrido cuatro días desde la noche de la subasta, Una Noche por Rearden.

El productor le explicó a Grace que la entrevista no se emitiría hasta el próximo año, pero como estaban a punto de llegar las vacaciones intentaban adelantar el trabajo.

—¿Ya le han dado las preguntas que le harán?

Grace contestó que no, no se las habían dado. Pero era bastante obvio, ¿no?

—Sí, bueno, este tipo de historias pueden ir improvisándose sobre la marcha.

La entrevistadora se llamaba Cindy Elder. Grace se apuntó el nombre en una libreta, una costumbre que le quedaba después de años hablando con potenciales clientes. Irónicamente, Cindy Elder parecía muy joven, prácticamente recién licenciada.

—Si conociera a una persona interesante, ¿cuáles diría que serían las cosas importantes que tendría que averiguar sobre ella? —fue la primera pregunta.

—Más que hacer preguntas concretas sobre la infancia, o esos grandes temas en los que todos suelen centrarse cuando empiezan a salir con alguien, como el dinero o la religión —contestó Grace—, yo diría que es cuestión de escuchar lo que esa persona intenta decirnos. Los grandes temas son importantes, por supuesto, pero creo que es todavía más importante detectar lo que nos dice el comportamiento o el tono de voz de una persona cuando habla con los demás.

Grace oía de fondo el repiqueteo del teclado de Cindy Elder y los ajá que emitía de vez en cuando para demostrar que la escuchaba.

Ya había hecho suficientes entrevistas como para saber de qué lado soplaba el viento. Le gustara o no, Tú ya lo sabías se presentaría como un manual para encontrar la pareja ideal, y seguramente se expondría en las librerías junto al odioso Las reglas del juego y Relaciones para dummies. Sería imposible evitarlo si pretendía que su libro fuera un éxito, pensó Grace.

—Dígame algunas de las cosas que podemos detectar en el tono de voz de un hombre.

—Podemos detectar que habla con desprecio de sus ex parejas, o de sus colegas de trabajo, o de sus padres, de sus hermanos. Todos tenemos sentimientos negativos hacia alguien, pero si detectamos un patrón de hostilidad es que hay un problema. Y en los hombres, la hostilidad hacia las mujeres es una luz roja que nos alerta.

—Bien —prosiguió Cindy Elder mientras tecleaba en su portátil—. ¿Qué otra cosa es significativa?

—La falta de interés en los demás. Que hable de los demás como si solamente existieran en relación con él, y no como individuos con su propia vida. Esta actitud puede que nunca cambie, ni con el matrimonio ni con los hijos siquiera. No olvidemos que este hombre ha llegado a la edad adulta siendo así, que no cree que tenga que cambiar. Incluso puede mostrarse así ante una persona que no conoce muy bien y a la que en teoría está intentando impresionar.

—De acuerdo —dijo Cindy.

—Nuestra responsabilidad, sobre todo como mujeres, es prestar atención. A veces tendemos a ponernos las orejeras con un hombre, sobre todo si nos atrae sexualmente. Si la química de la atracción es lo bastante poderosa, puede anular otros receptores.

El tecleo se interrumpió.

—Hace que esto suene muy frío. ¿Es su intención?

—Bueno —respondió Grace—. Sí y no. Creo que es posible ser romántica sin perder de vista la realidad. No toda atracción tiene que llevarnos a una relación de por vida. El problema se presenta cuando nos sentimos tan atraídas por una posible pareja que hacemos oídos sordos a lo que nos está diciendo.

—¿Como por ejemplo…?

—Como por ejemplo… No me interesas como pareja. O no me interesa nadie como pareja. O, incluso, no me interesa ninguna mujer como pareja. O, sí que me interesas, pero sólo si haces lo que yo te diga, aunque esto te haga profundamente desgraciada.

—¡Vale! Creo que ya tengo suficiente —dijo Cindy.

—Muy bien.

Se dieron mutuamente las gracias. Grace colgó el teléfono y volvió a mirar su móvil. Un rato antes, mientras esperaba que la llamaran al fijo para su entrevista, echó un vistazo a los remitentes de los mensajes y decidió no hacer caso. El primero de la lista era de M-G, su abreviatura para Sally Morrison-Golden, que después de la subasta había desarrollado una actividad casi tan frenética como la de antes del evento. El segundo mensaje era del colegio de Henry, pero de ninguna persona en particular que quisiera comunicarle que su hijo estaba enfermo o que se había producido un problema académico o de conducta que requiriera una reunión con alguno de sus profesores. Era uno de los mensajes automáticos que indicaban no-conteste-a-este-mensaje que les llegaban continuamente de Rearden para informarles que mañana era el día de los disfraces o que la semana próxima los alumnos saldrían temprano porque los profesores tenían un curso de formación, o que se había confirmado un caso de piojos en la guardería. En invierno, había mañanas en que Grace recibía un mensaje de este tipo anunciándole que nevaría, y lo cierto era que habían caído unos copos esta mañana, un poco pronto para la época del año, pero tampoco tanto, y desde luego no requería respuesta. Siguió mirando la lista de mensajes. Sylvia Steinmetz. M-G. M-G. M-G.

Señoras, por favor, pensó Grace con exasperación.

Este sería el momento en que más adelante reconocería como «antes de».

Se dispuso a leer los mensajes.

Primero el de Sally: «Hola a todas. Todo el mundo me repite lo bien que estuvo el evento, y recibí algunas donaciones tardías. Tenemos que acabar algunas cosas, no es demasiado trabajo. Creo que lo podremos hacer en una hora, máximo en hora y media. Amanda ha sido tan amable de ofrecernos su casa. ¿Os va bien el jueves a las nueve de la mañana? Park Avenue 1195, apartamento 10B. Decidme algo cuanto antes».

Luego el del colegio: «Nos causa inmensa tristeza comunicar a los padres la tragedia familiar que ha sufrido uno de nuestros alumnos. Mañana unos psicólogos visitarán las aulas de los tres grupos del cuarto curso para hablar con los niños. Queremos pedir comprensión a todos los miembros de la comunidad escolar ante este trágico hecho. Muchas gracias. Robert Conover, director del colegio».

¿Qué quería decir con esto?, se preguntó Grace. El comunicado —o anuncio, mensaje o lo que fuera— se había redactado con tanto cuidado que no decía absolutamente nada. Parecía claro que había muerto alguien, pero no se trataba del alumno de cuarto curso, porque esto no se describiría como «tragedia familiar». Y en Rearden, como en todas partes, ya había habido «tragedias familiares». El pasado año habían fallecido dos padres de alumnos de secundaria, uno a causa del cáncer y el otro al estrellarse su avión privado en Colorado, y ninguna de estas muertes había dado lugar a un mensaje así, pensó Grace. Puede que fuera el suicidio de uno de los progenitores, o la muerte de un hermano. Pero en tal caso el hermano no iría a Rearden, porque el mensaje sería diferente. Le irritaba mucho, la verdad. ¿Para qué enviar un mensaje que daría lugar a todo tipo de especulaciones si lo que querían era que se tratara el asunto con delicadeza? Si no dices nada, ¿para qué te molestas en enviar un mensaje?

Estaba tan molesta que lo borró.

El mensaje de Sylvia: «El jueves me va bien. Puede que llegue un poco tarde porque tengo que llevarle al médico una muestra de orina de Daisy».

De Sally: «Asunto: tragedia familiar, cuarto curso. ¿Sabéis algo?»

Queda eliminado, pensó Grace, y borró el mensaje.

De Sally otra vez: «Grace, llámame en cuanto puedas».

De nuevo Sally: «Grace, se trata de Málaga Alves. ¿Te has enterado?»

Este mensaje no lo borró. Lo releyó una y otra vez, como si pudiera cambiar, o adquirir sentido. ¿«Se trata» de Málaga Alves? ¿Cómo que «se trata»?

El móvil que tenía en la mano sonó. Grace se sobresaltó, lo agarró más fuerte y lo levantó con pulso inseguro. Era Sylvia. Dudó sólo un momento en responder.

—Hola, Sylvia.

—Dios mío, ¿te has enterado de lo de Málaga?

Grace tomó aire. Explicar lo que sabía y lo que no le resultaba un esfuerzo demasiado grande.

—¿Qué ha pasado?

—Está muerta. No puedo creerlo. La vimos el sábado.

Grace asintió con la cabeza. Comprendió que tenía ganas de decir las frases habituales y dejar el tema. No tenía ganas de saber más, ni de preocuparse, ni de sufrir por este niño de cuarto curso o por la cría a la que habían visto tomar el pecho en una curiosa escena hacía apenas unos días.

—¿Qué es lo que sabes?

—El niño… ¿Cómo se llama?

—Miguel —le indicó Grace, sorprendida de saberlo tan bien.

—Miguel volvió a casa el lunes, porque su madre no fue a buscarlo. La encontró en el apartamento con la niña. Es terrible.

—Espera…

Grace intentaba encajar las piezas, y al mismo tiempo no quería saber.

—¿El bebé se encuentra bien?

Sylvia se tomó un momento para pensarlo.

—La verdad es que no lo sé. Supongo que sí. De otra forma habríamos sabido algo.

Ah, pensó Grace. De modo que ahora formaba parte de un grupo al que le interesaba saber.

—¿Has recibido el mensaje del colegio? —preguntó Sylvia.

—Sí, pero lo verdad es que no lo entiendo. Sabía que era algo muy malo, eso sí.

—Bueno, aparecía la palabra «tragedia» —dijo Sylvia en un tono que sonó lleno de sarcasmo.

—Sí, pero… no sé. Es como si prendieran un fuego y luego le arrojaran gasolina. ¿Por qué lo han hecho? Entiendo que es muy triste, pero ¿por qué no se han limitado a decir que ha muerto la madre de un alumno? Es lo que hicieron cuando el año pasado murió Mark Stern. Entonces no llevaron psicólogos a las aulas.

—Esto es distinto —replicó Sylvia secamente.

—¿Ha sido un paro cardiaco? ¿Un aneurisma? Tiene que haber sido repentino. La otra noche parecía encontrarse perfectamente.

—Grace…

Sylvia hizo una pausa. Más tarde, Grace decidió que su amiga estaba anticipando el placer de comunicarle la mala noticia.

—No lo entiendes. La han asesinado.

—La han…

Grace ni siquiera podía asimilar esta palabra. Pertenecía a las novelas policiacas en edición de bolsillo y al New York Post, que ella no leía en ningún caso. Las personas de sus círculos, aunque fueran conocidos como Málaga Alves, no morían asesinadas. Muchos años atrás, el hijo de la asistenta de su casa, una jamaicana llamada Louise, se metió en una banda y mató a alguien. Lo sentenciaron a cadena perpetua, lo que afectó seriamente la salud de su madre y le acortó la vida.

—Esto es… —Grace fue incapaz de decir qué era; era…—. Oh, Dios mío, el pobre niño. ¿La encontró él?

—La policía estuvo hoy en el colegio, en el despacho de Robert. Fue él quien decidió llamar a los psicólogos. No sé, ¿crees que es lo apropiado?

—Bueno, desde luego, espero que no les expliquen a los de cuarto curso que han asesinado a la madre de un compañero.

Grace hizo una pausa para imaginar esta terrible posibilidad.

—Desde luego espero que los padres no se lo digan a sus hijos.

—Puede que no se lo digan directamente —dijo Sylvia—. Pero se enterarán de todas formas.

Grace, por su parte, deseaba con todas sus fuerzas dejar de hablar del tema, pero no encontraba la forma de expresarlo.

—¿Cómo se lo dirás a Daisy? —preguntó, como si Sylvia fuera la experta en comportamiento humano y ella la que le pedía consejo, en lugar de ser al revés.

—Fue Daisy quien me lo contó —le espetó Sylvia—. Se lo contó Rebecca Weiss, quien lo había oído de su madre, quien a su vez lo sabía a través de nuestra amiga Sally Morrison-Golden.

—Mierda —rezongó Grace.

—Digamos que todos se han ido de la lengua.

—¿Crees que…? —Grace dejó la frase a medias, pero no hacía falta terminarla.

—Bueno, no lo creo. La verdad es que no espero mucho de Sally. Pero eso no tiene nada que ver. Sally tiene la madurez emocional de una niña de quince años, y puede que sea una bruja, pero no ha matado a nadie. Esto es una tragedia de todas formas, lo digas como lo digas. Y será terrible para todos, no solamente para los niños. Estoy pensando en la prensa, en las noticias que saldrán en plan «Asesinada la madre de un alumno de colegio privado». Aunque en realidad no fuera «madre de un alumno de colegio privado», ¿sabes?

Grace se quedó perpleja.

—Quieres decir… Espera, ¿qué quieres decir?

Oyó el bufido de exasperación de Sylvia.

Ya sabes, Grace. Quiero decir que el colegio costea la escolarización del niño. Una madre que llevaba a su hijo a Rearden por el precio de treinta y ocho mil dólares. Sí, ya sé que suena mal, pero es cierto. Se lanzarán contra el colegio, y en el último párrafo dirán que el niño era de una familia modesta y estaba becado, pero seguiremos siendo el colegio de un alumno cuya madre fue asesinada.

Grace comprendió que la irritación que sentía —por el egoísmo de Sylvia, el histrionismo de Robert y la torpeza y falta de conciencia de Sally al ir expandiendo la noticia— acallaba el horror por lo ocurrido. Esto le permitía mantener cierta distancia.

—No creo que ocurra eso —le dijo a Sylvia—. Sea lo que sea lo que haya pasado, no tiene relación con Rearden. En serio, deberíamos esperar a que se supiera algo más. Tendríamos que centrarnos en ayudar a los niños. A tu hija y a mi hijo no les afectará mucho, pero a los de cuarto curso…

Para esos niños sería un golpe terrible que uno de sus compañeros hubiera perdido a su madre de una forma repentina, y además violenta, pensó Grace. El impacto se transmitiría a los alumnos de cursos superiores, aunque tal vez no a los más pequeños, a los que (así lo esperaba) no se les diría nada. Pensó en Henry, que nunca había experimentado algo así (la madre de Grace murió antes de que él naciera, y los padres de Jonathan, aunque totalmente ausentes de su existencia, por lo menos estaban vivos). No sabía lo que contestaría cuando un día su hijo volviera del cole y le preguntara: «¿Te has enterado de que han asesinado a la madre de un niño de cuarto curso?»

—Estoy segura de que las madres de Dalton se están telefoneando unas a otras diciendo: «Aquí esto no habría pasado».

—Pero es que no ha pasado en el colegio —le recordó Grace—. No tenemos ni idea de cómo era la vida de Málaga. Nunca he oído nada de su marido. No estaba en la subasta, ¿no?

—¿Bromeas? ¿No viste cómo flirteaba con esos tipos?

—Eran ellos los que flirteaban con ella —puntualizó Grace.

—Oh, por favor.

Sylvia habló en tono de amargura, y Grace se preguntó por qué. Ninguno de los hombres que flirteaban con Málaga era su marido. ¡Sylvia ni siquiera tenía marido! Pero no quería molestar a su amiga, de modo que cambió de tema.

—Málaga estaba casada, ¿no?

—Sí. En el directorio de padres consta como Guillermo Alves y tiene la misma dirección. Sin embargo, nadie lo ha visto.

Grace se preguntó con cuántas personas había hablado Sylvia para mostrarse tan contundente.

—¿Tú lo has visto alguna vez? —preguntó.

—No —suspiró Grace.

—Ya. Le pega lo de llevar al niño al colegio cada mañana y sentarse en el parque con el bebé para luego volver a casa por la tarde.

Este comentario de Sylvia derribó la distancia que intentaba mantener Grace y depositó a sus pies la tragedia: una madre asesinada, unos niños huérfanos, pobreza (relativamente, claro) y tristeza. Era terrible, terrible. ¿Es que ni Sylvia ni Sally se daban cuenta de lo terrible que era?

—Vaya, tengo que irme. Acaba de llegar mi paciente de la una. Muchas gracias por explicármelo, Sylvia —dijo Grace sin entusiasmo—. Mejor que no digamos nada más hasta que la policía nos cuente qué ha ocurrido.

—Por supuesto —respondió su amiga, en el mismo tono. Y tal vez para tener la última palabra, añadió—: Te llamaré mañana.

Grace pulsó el botón para terminar la llamada y dejó el móvil sobre la mesa. Su cliente de la una no había llegado, pero llegaría de un momento a otro, y lo cierto era que no sabía qué hacer mientras tanto. Le habría gustado llamar a Jonathan, pero casi nunca le llamaba en horas de trabajo; ya tenía suficientes problemas e imprevistos como para que lo interrumpiera con tonterías. Y no quería que pensara que se trataba de una emergencia. Además, no estaba en el hospital, sino en Cleveland, en un congreso de oncología, y tendría el móvil apagado. Lo que significaba que podía llamarle y dejarle un mensaje sin miedo a interrumpir. Pero en realidad, ¿qué podía decirle?

Henry le había programado el móvil con iconos: un violín le representaba a él, un estetoscopio a su padre, un fuego encendido era el teléfono fijo de casa, un embarcadero el de la casa de verano en Connecticut. El padre de Grace estaba representado por una pipa (aunque hacía años que no fumaba) y Rearden por el escudo del colegio. Todo lo demás eran simples números. No cabía duda de que esas imágenes eran los pilares de la existencia de Henry, y probablemente también los suyos, pensó antes de pulsar el estetoscopio y llevarse el móvil al oído.

El buzón de voz de su marido saltó inmediatamente.

«Este es el teléfono de Jonathan Sachs. Ahora no estoy disponible, pero le llamaré en cuanto pueda. Si es un tema importante, llame al doctor Rosenfeld en el dos uno dos-nueve cero tres-uno ocho siete seis. Si se trata de una emergencia médica, marque por favor el novecientos once o vaya directamente a urgencias.»

Grace esperó al pitido para hablar.

—Hola, cariño. Estamos bien, pero ha ocurrido algo en el colegio. —Rápidamente añadió—: Henry está bien, no te preocupes, pero llámame cuando puedas. Espero que el congreso vaya bien. No me dijiste si volverías mañana o el viernes. Dímelo para que pueda confirmar a mi padre o a Eva si vendrás mañana a la cena. Te quiero.

Se quedó esperando como si Jonathan fuera a emerger por arte de magia desde el otro lado del buzón de voz, desde el cuarto de hierro fundido al que iban a parar las voces hasta que alguien pudiera oírlas…, como los árboles que caen en el bosque sin hacer ruido porque no hay nadie que los pueda oír. Se imaginó a Jonathan cómodamente sentado en un insípido auditorio de Cleveland, con una botella de agua todavía cerrada —regalo de alguna de las farmacéuticas que querían venderle sus productos— encajada en el portavasos, tomando notas de los decepcionantes resultados obtenidos en las últimas pruebas con el fármaco que tan prometedor parecía. ¿Cómo le iba a importar a Jonathan la muerte de una mujer adulta —a la que ni él ni su hijo conocían ni siquiera de vista— cuando se pasaba los días intentando ayudar a niños que tal vez sabían, o tal vez no, que se estaban muriendo, y a sus padres, quienes siempre eran conscientes de ello? Era como señalarle una mota de polvo a uno de esos «limpiadores extremos» que se encargan de hacer desaparecer la mierda y los residuos de esas casas convertidas en basurero. Grace pulsó el botón para terminar la llamada y dejó el móvil.

Ahora lamentaba haber llamado a su marido. Lamentaba haber cedido al impulso infantil de esperar que él la tranquilizara y le hiciera sentir mejor. Jonathan tenía cosas demasiado importantes que hacer para que lo distrajera en busca de —¿y por qué lo necesitaba, además?— unas palabras de apoyo y comprensión. Como todo el mundo —como Sylvia, sin duda—, Grace también se engañaba pensando lo de «esto-no-me-puede-pasar-a-mí». ¿Han violado a una mujer en Central Park? Es horrible, desde luego, pero me pregunto qué hacía corriendo por el parque a las diez de la noche. ¿Un niño que se ha quedado ciego a causa del sarampión? Lo siento, pero no sé en qué pensaban los padres si no lo vacunaron. ¿Unos turistas atracados a punta de pistola en Ciudad del Cabo? No sé de qué se sorprenden. ¡Estaban en Ciudad del Cabo! Aunque en el caso de Málaga Alves no podía formularse una crítica concreta. No era culpa suya que fuera de origen hispánico y seguramente pobre. Y desde luego nadie podría reprocharle que hubiera conseguido una beca para su hijo en uno de los mejores colegios de la ciudad. ¡Para eso estaban las becas! ¿Dónde se suponía que tenían que situar —la propia Grace entre ellos— la barrera que les separaba de esa pobre mujer?

Era cuestión de suerte. De pura suerte. Y de dinero, que en el caso de Grace también había sido cuestión de suerte.

Porque ella seguía viviendo en el mismo piso donde vivía de niña, un piso que no hubiera podido permitirse pagar ahora, y mandaba a su hijo —que no era más listo, aunque tampoco más tonto, que sus compañeros— al colegio de su infancia, que daba facilidades a los hijos de los ex alumnos. En ocasiones, su padre había tenido que ayudarle a pagar la escolarización de Henry, que era alucinantemente cara, y trabajar como psicóloga y como oncólogo infantil no era la mejor manera de acumular dinero en la ciudad de Wall Street. Pura suerte. No como Sylvia, que, aunque también se beneficiaba de su estatus de ex alumna, tenía que trabajar como una loca para llevar a su inteligentísima hija a Rearden y poder mantener su apartamento de un dormitorio. Tendría que mostrarme más amable con Sylvia, pensó Grace, como si fuera la señora de la casa. Tal vez se refería a que hubiera debido mostrarse más amable con Málaga, aunque ahora era fácil pensar así.

Oyó el zumbido del interfono y apretó el botón para abrir la puerta de la calle. A continuación escuchó las voces del matrimonio que se acomodaba en el vestíbulo. Hablaban con voz queda, tranquilamente, algo poco habitual entre sus pacientes, que por lo general venían dispuestos al ataque. Los miembros de esta pareja eran buenas personas, abiertas a la terapia, dispuestas a hacer un esfuerzo para cambiar. A Grace le caían bien, aunque sabía que ambos tenían tan profundas heridas de su infancia que en cierto modo era preferible que no tuvieran hijos. Algunas personas deberían tenerlos y no podían, y otras podían, pero no deberían. No era justo. Esta pareja tenía más suerte que otras, porque por lo menos se habían encontrado el uno al otro.

Ahí estaba, sentada ante su escritorio mirando el teléfono, como si así pudiera entender lo que acababa de ocurrir. En realidad podría concederles unos minutos extras al hombre y a la mujer que esperaban al otro lado de la puerta. Sería un gesto generoso de su parte. Podría haberse levantado a abrir y hacerles pasar un poco antes de la hora. Podría haberlo hecho, y tal vez hubiera debido hacerlo, pero por alguna razón no lo hizo. La manecilla del reloj siguió avanzando como si nada hubiera cambiado, y Grace continuó sentada como si nada hubiera cambiado, porque quería y podía hacerlo. Aunque no por mucho tiempo.