3

Esta no es mi ciudad

 

La escuela privada Rearden no siempre había sido el coto privado de los tiburones de las finanzas de Wall Street y demás reyes del universo. Se fundó en el siglo XIX para educar tanto a los hijos como a las hijas de los trabajadores. Hubo un tiempo en que se la consideraba una escuela de judíos ateos con hijos comunistas. Los padres que llevaban a sus niños allí eran periodistas y artistas, actores que habían estado en la lista negra del senador McCarthy y cantantes de canción protesta. Los alumnos de la generación de Grace explicaban con perverso orgullo que su escuela fue tachada de «bohemia» (por el Official Preppy Handbook*, nada menos). Desde hacía unas décadas, sin embargo, Rearden —como las demás escuelas de Manhattan, y algunas de Brooklyn— había tomado la dirección del dinero, no tanto en el sentido político, pero sí de forma general. Los padres de los actuales alumnos de Rearden ganaban dinero a partir del dinero; solían ser impetuosos, distraídos, riquísimos y casi nunca estaban en casa. En cuanto a las madres, habían sido abogadas o analistas financieras y estaban agotadas por el trabajo que implicaba llevar varias casas y supervisar la crianza de varios niños. Solían ser muy rubias y delgadísimas. Las veías ir corriendo a clase de gimnasia en SoulCycle, cargadas con el abultado bolso Barenia Birkin de puntadas blancas. Los alumnos eran sobre todo blancos (ya no necesariamente judíos), aunque había unos cuantos indios y orientales. En los folletos de Rearden se hacía especial hincapié en la existencia de este grupo de estudiantes, junto con el menos numeroso de alumnos negros e hispanos, y en cambio no se hablaba nada de los alumnos privilegiados; al contrario, más bien se ocultaba. Y estos eran los hijos de los antiguos alumnos de Rearden, hombres y mujeres que no eran titanes de la industria ni podían igualarles en riqueza, sino que trabajaban al igual que sus predecesores en las artes, el mundo académico o —como Grace— en profesiones relacionadas con la salud. Habían estudiado en Rearden antes de que la escuela se inundara de dinero y se diera estos aires de importancia.

La época de Grace, en la década de 1980, fue la última etapa de inocencia en Rearden antes de que los Másteres del Universo invadieran las escuelas independientes de la ciudad y tiraran a la vieja guardia por la ventana. En aquellos tiempos dorados, Grace y sus compañeros de clase sabían que no eran pobres, pero no se consideraban ricos. (Incluso entonces había niños ricos que llegaban al colegio en larguísimos coches conducidos por hombres con gorra, lo que daba pie a las consiguientes chanzas.) La mayoría de los alumnos vivían en los clásicos apartamentos de dos dormitorios y dos baños de Upper East y Upper West de Manhattan (en aquel entonces la mayoría de las familias donde el padre o la madre trabajaban —como médicos, contables— podían permitirse algo así), y sólo los más iconoclastas vivían en el Village o incluso en SoHo. Las vacaciones y los fines de semana solían pasarlos en casitas no demasiado confortables de Westchester o Putnam County. En el caso de Grace, en la modesta casa junto al lago de Connecticut que por alguna razón misteriosa adquirió la abuela (y tocaya) de Grace en plena época de la Depresión por la insólita cantidad de cuatro mil dólares.

Hoy, en cambio, los padres con los que Grace se encontraba en las reuniones la miraban con visible altanería cuando les decía que ella era psicóloga y su marido médico. Serían incapaces de entender cómo podían vivir en un abarrotado apartamento de tres dormitorios ni que viajaran hasta Connecticut si no era para alojarse en una mansión con su propia caballeriza, cancha de tenis y casa de invitados. Estos padres habitaban el mundo de los colosos de las finanzas y de las personas a su servicio que residían en la Quinta o en la Cuarta Avenida. Sus viviendas estaban constituidas de varios apartamentos unidos y ocupaban más de una planta, de modo que pudieran albergar al servicio (del que dependían por completo) y celebrar espléndidas fiestas. Cuando estas familias de Rearden salían un fin de semana, era para ir a una isla privada, una mansión en la montaña o un palacete en los Hamptons con caballos en los establos y embarcaciones amarradas en el embarcadero.

Grace intentaba no darle importancia. Era la experiencia escolar de su hijo, no la suya. ¿Por qué le afectaba tanto la diferencia entre los ricos y los asquerosamente ricos cuando el propio Henry era un chico afable y poco dado a la envidia? Era posible que sus compañeros vivieran en opulentas casas llevadas por una pareja (el hombre de mayordomo y la mujer de cocinera), y que tuvieran a un ejército de niñeras, tutores y entrenadores personales que los cuidaban. Tal vez tenían iPhones desde el parvulario y tarjetas de crédito antes de los diez años, pero esto no parecía afectar a Henry en lo más mínimo, de modo que Grace hacía esfuerzos para que tampoco le afectara a ella.

Hasta que un sábado sufrió un desaire que fue como si le dieran un portazo en las narices que acabó de una vez por todas con sus intentos de acercamiento a esa gente. Había llevado a Henry a una fiesta de cumpleaños en un ático de Park Avenue al que se accedía por un ascensor privado. El edificio daba a los cuatro vientos, y ya desde el vestíbulo con suelo de mosaico Grace pudo ver las magníficas vistas de las ventanas. Mientras esperaba, observó a los niños en el inmenso salón, al otro lado de la arcada de mármol, que seguían a un mago con bombín. Grace le entregó el regalo que había traído —un equipo de ciencia para niños— a una persona del servicio —(¿secretario?, ¿organizador de la fiesta?)— cuando la dueña de la casa pasó por delante de ella sin prestarle atención.

No sabía gran cosa de la anfitriona, salvo que se llamaba Linsey y era sureña. La había visto a la entrada del colegio. Era una mujer alta, esbelta, con los pechos sospechosamente altos y esféricos. Se dirigía a los amigos de su hijo con esa palabra —chicos— tan útil cuando no sabes los nombres. Tuvo que admitir que era una forma práctica de salir del paso. (Hacía tres años que Henry y el hijo de Linsey iban a la misma clase, pero Grace no estaba segura de que supiera su nombre.) El marido, un alto cargo en el banco de inversión Bear Stearns, tenía otros hijos de un matrimonio anterior. Grace reconoció que Linsey siempre se había mostrado amable, pero tras su fachada de educación no parecía haber nada más.

Otra cosa importante que había deducido de Linsey era que poseía una alucinante colección de bolsos Birkin de Hermès, un auténtico abanico de colores en piel de avestruz, cocodrilo y cuero. A ella le encantaban los bolsos Birkin. Tenía un Birkin Togo marrón de piel rugosa que le regaló Jonathan en su treinta aniversario. (El pobre Jonathan pasó por muchos aros en la tienda Hermès de Madison Avenue. En su ingenuidad, creía que bastaría con entrar y comprar el Birkin. Un encanto, la verdad.) Grace cuidaba el bolso con devoción. Lo guardaba en una estantería forrada de tela en su armario con sus distinguidas tías, los dos Hermès Kelly heredados de su madre. Grace se moría de ganas de ver los bolsos de Linsey, sobre todo in situ, dondequiera que estuvieran en aquel piso enorme (seguramente en su propio armario, ¡o en una caja fuerte!), y esperaba que le enseñara la casa.

—¡Hola!

Linsey saludó a Grace y a su hijo cuando los vio llegar. Henry corrió sin más preámbulos a reunirse con los niños en el salón. De pie frente a la anfitriona, la psicóloga se preguntó si le haría señal de entrar. A través de una arcada vio el largo comedor y la puerta abierta de la cocina, donde había mamás tomando café alrededor de la isla central. No le vendría mal un café, pensó. Por la tarde tenía que ver a una pareja en crisis, pero era sábado y tenía la mañana libre.

—¡Estoy encantada de que hayáis podido venir! —exclamó la anfitriona, tan amable como siempre.

La fiesta acabaría a las cuatro. Y si ahora Grace necesitaba un taxi, no tenía más que decírselo a uno de los porteros.

Podía decirle al portero que llamara a un taxi.

Algo aturdida, Grace se dirigió a la puerta y entró en el ascensor para iniciar el largo descenso. En el edificio donde vivía y donde pasó su infancia, los porteros eran sobre todo irlandeses, búlgaros o albanos, unos tipos simpáticos que participaban como voluntarios en la brigada de bomberos de Queens y le enseñaban fotos de sus hijos. Además te abrían la puerta y te ayudaban con la maleta, salvo que les indicaras que no era necesario. Y te paraban un taxi. Por supuesto. Grace no necesitaba que le dijeran lo que hacían los porteros.

Cuando salió a Park Avenue se sentía rara, como la niña del Mago de Oz cuando el tornado la transporta a un mundo en tecnicolor. El edificio de Linsay era famoso porque allí habían vivido algunos barones del hampa. El socio del bufete del padre de Grace también vivió allí muchos años, y de pequeña ella asistió a fiestas de Año Nuevo en su apartamento un poco más abajo del de Linsey. Había ido con un vestido elegido por su madre, zapatos de cuero comprados en Tru-Tred y un bolsito. El aspecto del vestíbulo ya no era el mismo, por supuesto; había sido redecorado varias veces desde entonces. Grace se dio cuenta de que ya no recordaba los detalles de la opulencia de la Era del Jazz que siempre había asociado con el edificio. El actual vestíbulo era de granito, mármol y brillante tecnología, con porteros de uniforme y guardias de seguridad lo bastante visibles como para que supieras que estaban allí. Y de este ambiente de riqueza protegida, inalcanzable, Grace emergió a la calle. Era primavera, y los bulbos plantados en las medianeras de Park Avenue —rosa intenso y amarillo intenso— se estaban abriendo, pugnando por el tímido sol. ¿Cuántas primaveras, cuántos bulbos había visto crecer en las medianeras de Park Avenue? ¿Cuántos años había visto el árbol de Navidad, las estatuas de Botero y la escultura de Louise Nevelson en la calle Noventa y dos, que se supone que representa a Manhattan? Incluso recordaba que los fines de semana, en lo que era entonces el edificio Pan Am (hoy Metlife) dejaban encendidas las luces de algunas oficinas para que se viera una cruz luminosa al final de la avenida. En aquel tiempo a nadie le extrañaba, y desde luego a nadie le podía escandalizar. Así de antiguas eran las memorias que tenía Grace de esta calle.

Podía decirle al portero que llamara a un taxi.

Esta no es mi ciudad, pensó. Salió a la avenida y se dirigió hacia el norte. Un día fue su ciudad, pero ya no. En realidad nunca había vivido en ningún otro sitio, salvo cuando fue a la universidad, y nunca se había planteado vivir en otro sitio. Claro que Nueva York no le daba importancia a esto. En este sentido era una ciudad curiosa: te aceptaba enseguida, desde el instante en que bajabas del autobús, o del avión, o del medio en que hubieras llegado, sin someterte a un periodo de prueba durante el que te consideraran extranjero, un recién llegado o un yanqui, hasta que tus bisnietos pudieran ser neoyorquinos. No, aquí te aceptaban desde el primer momento, siempre y cuando pareciera que sabías a dónde ibas y tuvieras prisa. En Nueva York no les importaba tu acento, ni si tus antepasados habían llegado a bordo del Mayflower. Bastaba con que quisieras estar aquí en lugar de ir a otro sitio (aunque la sola idea de que prefirieras otro sitio rozaba el absurdo). Grace, que nació en la calle Setenta y siete y se crió en la Ochenta y uno, que vivía en el mismo piso donde pasó su niñez, que llevaba a su hijo al colegio donde había ido ella, seguía llevando la ropa a la tintorería de su madre y comía en algunos de los restaurantes preferidos de sus padres, le compraba los zapatos a su hijo en Tru-Tred, la zapatería donde fue de niña (Henry se sentaba en la misma sillita que ella y le medían el pie con el mismo instrumento que emplearon para medir el suyo)… Era neoyorquina. Jonathan se crió en Long Island, pero se metamorfoseó en neoyorquino en el instante en que abrió la puerta de su primer apartamento en la ciudad, en un feo edificio de ladrillo blanco en la calle Sesenta y cinco Este, cerca del hospital Memorial Sloan Kettering. Pero para Linsey, que nada más llegar del brazo de su nuevo marido había ido a parar directamente a un magnífico piso en uno de los lugares legendarios de la ciudad, Manhattan era una suerte de salón de bienvenida a la Gran Manzana (esta tienda, este colegio, este salón de belleza, esta agencia de servicio doméstico). Linsey se relacionaba con otras esposas recién llegadas como ella y no entendía la ciudad como una historia que se inició mucho antes de su llegada y que seguiría (eso esperaba Grace) tiempo después de que ella se fuera, sino como el lugar en el que vivía ahora, que igual hubiera podido ser Atlanta, Orange County o uno de los suburbios elegantes de Chicago…, ¡y ella también era una neoyorquina, por todos los santos!

Sally tenía razón, por supuesto. Henry no necesitaba que lo llevara a la clase de violín, y mucho menos que fuera a recogerlo. Los niños neoyorquinos se movían solos por la ciudad a partir de los diez años, y la mayoría de los demás niños de doce años se molestarían si vieran a su madre esperándolos en el vestíbulo de mármol de Rearden School a las tres y cuarto. Henry, sin embargo, todavía la buscaba con la mirada cuando bajaba por la escalinata de piedra, y cuando veía que había ido a buscarlo, en sus ojos de largas pestañas se encendía una chispa de alivio. Aquel era para Grace el mejor momento del día.

Lo vio llegar con el estuche del violín colgando del hombro, lo que siempre le resultaba inquietante (un instrumento tan caro, y Henry lo llevaba de una forma tan descuidada). Él le dio un levísimo abrazo que era más un Salgamos de aquí cuanto antes que un Me alegro de verte. Grace lo siguió y reprimió la habitual advertencia de que se abrochara bien el abrigo.

Henry solía darle la mano a su madre cuando estaban a una manzana del colegio. Esta vez también lo hizo, y ella se esforzó por no estrechársela con fuerza. Le preguntó, en cambio:

—¿Cómo te ha ido el día? ¿Qué tal está Jonah?

Jonah Hartman había sido el mejor amigo de Henry, pero el curso pasado le anunció de repente que su amistad había terminado, y desde entonces no le dirigía apenas la palabra. Ahora Jonah estaba siempre con otros dos amigos.

Henry se encogió de hombros.

—Puedes encontrar otros amigos —sugirió Grace.

—Ya sé. Ya me lo has dicho.

Pero él quería a Jonah, claro. Habían sido amigos desde el parvulario, habían jugado juntos casi cada domingo. Todos los veranos Jonah pasaba unas semanas con ellos en la casa del lago, en Connecticut, y acudía con Henry al campamento local. Pero el año pasado la familia de Jonah se rompió. Su padre se marchó y su madre se mudó con los niños a un apartamento en el lado oeste. En el fondo a Grace no le sorprendía el comportamiento del chico; hacía lo posible por controlar las pocas cosas sobre las que podía decidir. Intentó hablar del tema con Jennifer, la madre de Jonah, pero sin éxito.

El profesor de violín de Henry vivía en Morningside Drive, en un deslucido edificio con un vestíbulo amplio y oscuro. La mayoría de los vecinos eran viejos refugiados europeos y profesores de Columbia. El edificio contaba en teoría con un portero, pero siempre estaba ausente cuando Henry y Grace llegaban, fuera la hora que fuera. Ella pulsó el botón del interfono junto a la puerta de la calle y esperó un par de minutos a que el señor Rosenbaum saliera del cuarto donde daba las lecciones y llegara al telefonillo de la cocina para abrirles la puerta. Una vez dentro del desvencijado ascensor, Henry sacó el violín del estuche que llevaba colgado y lo cogió debidamente por el mástil. Los últimos minutos los empleaba en prepararse para el exigente señor Rosenbaum, quien solía recordarles a sus estudiantes que otros —eso es, con más talento— ocuparían rápidamente el puesto de aquel que resultara menos dotado o no practicara con suficiente fervor. Henry sabía perfectamente —Grace se lo había explicado— que si podía estudiar con Vitaly Rosenbaum era debido a su talento natural, y curiosamente esto parecía importarle más a medida que pasaban los años. No quería perder este privilegio, no quería que tomaran las decisiones por él. Grace lo comprendía.

—Buenas tardes.

El profesor los estaba esperando en la puerta del apartamento, con el pasillo débilmente iluminado a su espalda. De la cocina emergía un inconfundible olor a col, uno de los platos del limitadísimo repertorio culinario judío que Malka Rosenbaum se había traído directamente de su aldea.

—Buenas tardes —respondió Grace.

—Hola —dijo Henry.

—¿Has practicado? —le preguntó Vitaly Rosenbaum.

El chico asintió.

—Pero esta mañana tenía examen de mates y tenía que estudiar. Anoche no pude practicar.

—La vida es un continuo examen —le reprendió el profesor, como era de esperar—. No puedes dejar de practicar por las matemáticas. La música es buena para las matemáticas.

Henry asintió. En los últimos años había oído que la música era buena para la historia, la literatura, la salud física y mental, y por supuesto para las matemáticas. Pero tenía que estudiar.

Grace no los acompañó al cuarto donde daban clase. Se sentó como de costumbre en la silla del pasillo, de asiento bajo y recargado respaldo de madera, residuo de una época en la que no importaba la comodidad del mobiliario, y sacó el móvil para comprobar si tenía correo. Había dos mensajes: uno de Jonathan diciendo que había ingresado a dos pacientes en el hospital y que llegaría tarde, y otro de una paciente de Grace diciendo que cancelaba la cita para el día siguiente, sin explicación y sin petición de nueva cita. Se preguntó si debía preocuparse por ella. Su marido confesó en la sesión anterior que lo que él denominaba «experimentos de juventud» con otros hombres no finalizaron al dejar la universidad, sino que se habían prolongado hasta la fecha. En opinión de Grace, eran algo más que experimentos. Sin embargo, llevaban ocho años casados y tenían unas gemelas de cinco. Grace buscó el número de teléfono de la mujer y le dejó un mensaje; quería hablar con ella.

Desde el otro extremo del pasillo le llegaba el sonido de la música: Sonata número 1 en sol menor para violín de Bach, el movimiento Siciliana. Escuchó hasta que la voz del señor Rosenbaum interrumpió tanto la melodía de su hijo como su ensoñación. Entonces volvió a su agenda y tachó la sesión que le habían cancelado. Llevaba ocho meses de sesiones con esa pareja, y desde el principio tuvo sospechas sobre la orientación sexual del marido. Prefirió no decir nada y esperar a que el tema surgiera solo, y así ocurrió. Hubo semanas y semanas de conversaciones sobre lo distante que se mostraba él, su falta de empatía y de comunicación, sesiones en que la esposa parecía una flor mustia en el sofá beis. Hasta que un día mencionó que, cuando empezaban a salir, él le comentó que había tenido una relación con un compañero de universidad. «Bueno, no sé por qué lo sacas ahora —dijo el marido—. Te dije que siempre había sentido curiosidad.»

Ping. Fue como el sonido de una campanilla.

Fue solamente con una persona. Sólo una relación importante. Los otros…

Ping.

Oh, por favor, pensó Grace, mientras dibujaba una caracola alrededor de la cita cancelada. En aquel momento, sentada en la incómoda silla del pasillo de Vitaly Rosenbaum, en el apartamento con olor a col de Morningside Heights, le invadió el mismo sentimiento de frustración que había experimentado horas antes en la oficina. Un sentimiento de frustración muy familiar.

Al marido le diría: He aquí las cosas que puedes y las que no puedes hacer si eres gay. Puedes: ser gay. No puedes: fingir que no lo eres. No puedes: casarte con una mujer y tener hijos con ella, salvo que ella sea perfectamente consciente de lo que eres y lo acepte.

A ella le diría: Si un hombre te dice que es gay, no te cases con él. Y no hay duda de que te lo dijo. A su manera, con medias verdades, de forma irresponsable. Pero no digas que no te lo dijo. ¡Tú ya lo sabías!

Cerró los ojos. Hacía ya ocho años que venía a este apartamento. Y cada vez que giraba la esquina de la calle Ciento catorce se acordaba de la tutora que tuvo en la universidad y que vivía en Morningside Drive, un par de manzanas más al norte. La doctora Emily Rose —o Mama Rose, como la llamaban todos, como ella insistía en que la llamaran, aunque Grace nunca entendió por qué— era una psicóloga de otra época: un tiempo de fuertes abrazos cuando llegabas y abrazos más fuertes cuando te ibas, de cogerte de la mano (literalmente) y otros gestos asociados a ese movimiento sobre el potencial del ser humano en el que había basado su trabajo académico de «psicología transpersonal». Mama Rose se reunía con sus alumnos en el mismo cuarto donde visitaba a sus pacientes, una sala luminosa que daba a Morningside Park, con las paredes llenas de esas plantas ornamentales que llaman cintas y pinturas abstractas sin enmarcar. El suelo estaba cubierto de inmensos cojines tipo kilim donde se suponía que todos se sentarían con las piernas cruzadas, y tanto las clases, como las reuniones de tutoría, y sin duda las sesiones terapéuticas, empezaban con ese deprimente abrazo (por lo menos lo era para Grace, que lo encontraba terriblemente invasivo). Durante mucho tiempo pensó en cambiar de tutora, pero al final se quedó, y por la razón más innoble: le dijeron que Mama Rose nunca había calificado a un alumno por debajo del sobresaliente.

Se oyeron unos apagados pasos al otro lado del departamento. Malka Rosenbaum se dejaba ver pocas veces, y casi nunca decía nada. Su marido llegó a Estados Unidos antes que ella, al acabar la guerra, pero ella se quedó años atrapada en la burocracia de la cortina de acero. Así perdieron la oportunidad de tener hijos, suponía Grace. Pero por alguna razón sentía menos simpatía por ellos que por los muchos clientes que había tratado, y que habían tenido que luchar o seguían luchando con la infertilidad. Vitaly era un buen músico con pasión por el violín, tal vez incluso por sus alumnos, pero era una persona sin alegría, y Malka ni siquiera era una persona. No tenían la culpa. Les habían robado, les habían herido profundamente, habían visto cosas terribles. Algunas personas encontraban razones para recuperar la alegría y el amor por la vida después de un trauma así, pero otras no. Estaba claro que los Rosenbaum no lo habían logrado. Cuando Grace se los imaginaba cuidando de un bebé, un niño pequeño, sentía la tristeza de una luz que se apaga.

La siguiente estudiante de Vitaly, una delgada chica coreana que llevaba una sudadera de Barnard y el pelo recogido en una coleta con una gomita rosa, llegó minutos antes de que acabara la clase de Henry y pasó por delante de Grace sin mirarla. Apoyada en la pared del estrecho pasillo, se puso a hojear sus partituras. Cuando Henry salió de la clase acompañado de Vitaly, los tres tuvieron que ejecutar un forzado baile para no chocar entre sí. Henry y Grace esperaron a estar en el descansillo para ponerse los abrigos.

—¿Ha ido bien? —preguntó ella.

—Bien.

Cogieron un taxi en Broadway, se dirigieron hacia el sur y atravesaron el parque para llegar a la parte este.

—Lo que he oído sonaba muy bien —dijo Grace, sobre todo porque quería que su hijo le hablara.

Henry hizo un gesto de indiferencia. Sus delgados hombros despuntaron por debajo del suéter.

—No es lo que opinaba el señor Rosenbaum.

—¿No?

Otro encogimiento de hombros. Una paciente le comentó a Grace en una ocasión que el encogimiento de hombros era el barómetro más certero de la adolescencia. Más de un encogimiento de hombros por hora señalaba el despertar de la adolescencia. Más de dos indicaba que estaban en la plenitud de la misma. Cuando el joven volvía a emplear palabras, si es que lo hacía, significaba que la etapa adolescente llegaba a su fin.

—Creo que piensa que le estoy haciendo perder el tiempo. No es que me diga que lo hago mal, pero está ahí aposentado con los ojos cerrados…

—Sentado —matizó Grace con suavidad.

—Sentado. Antes me hacía comentarios. ¿Crees que quiere que abandone?

Ella sintió un espasmo de preocupación. Fue como si le hubieran inyectado un líquido de contraste en las venas y le hubiera alcanzado el corazón. Esperó a tranquilizarse antes de contestar. Vitaly Rosenbaum tenía muchos años y una salud frágil. Era posible que quisiera desprenderse de los alumnos que no estuvieran a la altura de dar un concierto o de asistir al conservatorio, pero de momento no le había dicho nada a Grace.

—No, claro que no —respondió en el tono más animoso que pudo—. Cariño, no tocas para el señor Rosenbaum. Tienes que respetarlo y hacer lo que te dice, pero tu relación con la música es personal.

Pensó en los años que llevaba Henry tocando, en lo bien que lo hacía, en lo orgullosos que estaban ella y Jonathan. Y en el dinero que les había costado, Dios mío, muchísimo dinero. Ahora no podía dejar las clases. ¿Acaso no le gustaba la música, no le gustaba el violín? De repente comprendió que no lo sabía, y que no quería saberlo.

Henry volvió a encogerse de hombros, como era de esperar.

—Papá me dijo que podía dejarlo si quería.

Grace se quedó tan sorprendida que no supo qué decir. Delante de los ojos tenía la pantalla de televisión del taxi, sin sonido, donde aparecían los últimos anuncios de Zagat: L’Horloge, Casa Home, The Grange.

—¿Ah, sí? —murmuró.

—El verano pasado no me llevé el violín a la casa del lago, ¿te acuerdas?

Grace se acordaba. Le molestó mucho, porque significaba que su hijo no practicaría durante las tres semanas que estuvieran en Connecticut.

—Papá me preguntó si me seguía gustando el violín y le dije que no estaba seguro. Me dijo que la vida era demasiado corta para pasar tanto tiempo haciendo algo que no me gustaba. Insistió en que tenía que pensar en mí mismo, y que había muchísima gente que vivía su vida sin aprender a tocar el violín.

Grace estaba aturdida. ¿Tenía que pensar en sí mismo? ¿Qué quería decir con eso? Jonathan no podía decirlo en serio, con el trabajo que hacía. Él, precisamente, que se entregaba a los enfermos y a sus familias; él que respondía a sus llamadas a cualquier hora del día o de la noche y salía corriendo al hospital, que pasaba noches agotadoras buscando desesperadamente hasta el último momento una solución para el niño que se moría, como si fuera el abogado de un condenado a muerte en el día de la ejecución. Jonathan era todo lo contrario de un hedonista. Renunciaba a la mayoría de los lujos y placeres. Su marido, lo mismo que ella, estaba entregado a ayudar a personas que sufrían muchísimo, y como compensación tenía el cariño de su vida personal y familiar y los modestos placeres de un hogar confortable. ¿Tenía que pensar en sí mismo? Era imposible que le hubiera dicho eso. Grace se sintió como si la hubieran sacado a empellones del taxi. No sabía qué tema abordar primero: si su necesidad de corregir a su hijo cuanto antes (lo habría entendido mal), su propia sensación de culpa, su repentino enfado contra Jonathan, o lo extraño que le parecía su comentario. ¿Cómo se le ocurrió decirle esto a Henry?

—¿Quieres dejar el violín? —le preguntó, intentando que la pregunta sonara natural.

De nuevo el chico se encogió de hombros. Esta vez fue un gesto más lento, como si se hubiera cansado del tema. El taxi giró hacia el sur y enfiló por la Quinta Avenida.

—Te diré lo que haremos. Volveremos a hablarlo dentro de unos meses. Es una decisión muy drástica, y tienes que estar seguro. Tal vez deberíamos pensar en otras posibilidades, como un cambio de profesor. O puede que quieras probar otro instrumento.

Pero incluso esta posibilidad le resultaba dolorosa. Vitaly Rosenbaum era un hombre depresivo, antipático, pero era un excelente y reputado profesor de violín. Cada año, en agosto, llevaba a cabo una selección entre los numerosos niños y niñas cuyos padres habían oído hablar de él y lo querían de profesor para sus retoños. Rosenbaum aceptaba a unos pocos. Henry fue uno de los seleccionados. Entonces era un niño de cuatro años con las manos grandes para su edad, al que le faltaba un incisivo frontal, y dotado de un oído absoluto, una herencia genética que desde luego no venía de sus padres. En cuanto a cambiar de instrumento, lo cierto era que a Grace no le gustaba ningún otro. Tenían un piano vertical en el apartamento, recuerdo de las lecciones que le obligaron a tomar cuando era pequeña, pero el piano no le gustaba. En dos ocasiones quiso quitárselo de encima, pero no lo logró. (Curiosamente, nadie quería un piano desafinado y de marca desconocida de 1965, más o menos, y pagar para que se lo llevaran resultaba escandalosamente caro.) Los instrumentos de viento, los metales y los otros instrumentos de cuerda tampoco le gustaban. A Grace le gustaba el violín, le gustaban los violinistas porque desprendían un aire de serenidad y de concentración. Parecían inteligentes. Cuando ella iba al colegio, había una niña que se marchaba casi siempre temprano y se saltaba la gimnasia y las actividades sociales de después de clase. Pero no parecía importarle, y exudaba un aire de confianza y serenidad que a Grace le parecía admirable. Un día, cuando tenía unos diez años, su madre la llevó a una pequeña y lustrosa sala al lado de Carnegie Hall. Fueron con otras madres y otros compañeros de clase, y estuvieron una hora escuchando a esta niña interpretar una música de asombrosa complejidad, acompañada por un pianista gordo y calvo. Los niños se removían en sus asientos, pero las madres, en especial la suya, escuchaban con arrobo. Después del concierto, la madre de Grace fue a hablar con la de la niña, una mujer de aspecto regio, con un vestido Chanel. Ella se quedó en la silla, sin atreverse a felicitar a su compañera de clase. La niña dejó el colegio a los trece años para seguir los estudios en casa y dedicar más horas al violín. Grace le perdió la pista, pero cuando llegó el momento quiso que su hijo aprendiera a tocar el violín.

—Como quieras —dijo Henry.

O por lo menos eso le pareció oír a ella.

 

* Podría traducirse como «Cómo ser un Auténtico Pijo», un libro que tuvo mucho éxito en los años ochenta. (N. de la T.)