14
Carrera hacia el final
Grace consiguió dormir. Cuando despertó a la mañana siguiente descubrió que se había pasado de su lado de la cama al de Jonathan, como si en estas horas terribles y agotadoras hubiera empezado a dudar de su marcha y necesitara asegurarse de que allí no había nadie. Pero no había nadie, no había ninguna cabeza (de pelo negro y rizado, de negra barba incipiente) creando el acostumbrado hueco en la almohada, no había un hombro que subiera y bajara sobre el edredón, ninguna presencia en absoluto. Se despertó con las mismas ropas que se había puesto veinticuatro horas antes, cuando solamente estaba preocupada, inquieta. Qué maravilloso le parecía ahora aquel estado.
Eran poco más de las seis de la mañana. No había amanecido. Se forzó a levantarse y a hacer lo que tenía que hacer —vestirse y asearse— lo mejor posible. El dormitorio tenía un aspecto desaliñado: las sábanas y el edredón arrugados, los zapatos en el suelo. La extraña camisa y el condón envuelto en papel de aluminio rojo destacaban como objetos malignos desde donde Grace los dejó, frente al armario. Parecía que los hubieran silueteado —igual que se hace con un cadáver— con un marcador fosforescente. Los apartó a un lado, eligió la ropa que se pondría y la colocó sobre estos objetos para ocultarlos. Se puso un nuevo suéter y una nueva falda similares a los del día anterior (le resultaba doloroso pensar en ropa). Luego hizo un par de cosas que también eran dolorosas, pero que pensaba hacer cuando se quedó dormida y que recordó nada más levantarse. Tenía claro que debía hacerlo.
De modo que abrió el portátil y canceló las citas de este día y el siguiente, sábado por la mañana. No se atrevía a pensar más allá. Como explicación alegó una «enfermedad en la familia» y anunció que volvería a ponerse en contacto con ellos para buscar otras fechas. Luego, haciendo un esfuerzo por superar su propia resistencia, marcó el número de J. Colton y dejó un mensaje diciendo que esta tarde le sería imposible hablar con la persona de Cosmopolitan y que, por favor, no le preparara nada para la próxima semana porque tenía un asunto familiar. Se pondría en contacto con ella tan pronto como pudiera. «Muchas gracias», le dijo a la grabadora silenciosa, aunque por supuesto no era una grabadora. Ya no había contestadores de grabadora.
Tras hacer estas dos cosas se sintió tan exhausta como si hubiera estado horas trabajando sin parar.
Cogió la bolsa de deportes Puma, bajó al vestíbulo y salió al frío de la madrugada, todavía agotada pero totalmente despierta, una combinación tremendamente incómoda. Había ocho manzanas entre su apartamento y el de Eva y su padre. El aire helado le dolía en los pulmones, pero seguramente resultaba tan terapéutico como otras sensaciones horribles. Las calles estaban prácticamente desiertas. Frente al imponente E.A.T. había varias furgonetas y cocineros y pinches de cocina. Grace dirigió una mirada de ensoñación al local, como si le estuvieran vedados los placeres sencillos de la ciudad. Mientras esperaba al semáforo en la calle Setenta y nueve, vio las facciones casi olvidadas de Málaga Alves en la portada de un periódico dentro de un dispensador de metal. El titular no se veía. La luz cambió y Grace siguió adelante.
Eva la recibió con expresión tensa y severa y la llevó a la cocina, donde Henry estaba tomando cereales en una de las tazas de porcelana china de la madre de Grace. Que Eva eligiera (¿para esta ocasión?, se preguntó la psicóloga, ¿o era la que usaba cada día?) una taza de porcelana china de la boda de sus padres, alrededor de 1955, como recipiente para los cereales de Henry no era más que una advertencia. Pero incluso en estas circunstancias, tuvo que hacer un esfuerzo por callarse.
A Eva le gustaba la porcelana china desde que se casó con el padre de Grace, pero no tanto como para usarla en las ocasiones especiales, como la Pascua judía o la cena del sabbat. El clásico juego art déco de Haviland Limoges, con un delicado reborde verde, lo sacaba para las tostadas de las mañanas, para las galletas danesas que su padre tomaba antes de acostarse y para la sopa enlatada que tomaban los nietos de Eva (esto último irritaba especialmente a Grace). Lo sacaba también en la visita semanal de Grace y su familia, lo que desde hacía años atormentaba a su auténtica (en su opinión) propietaria. Había que decir que a su madrastra no le faltaban platos. Tenía dos juegos inmensos de su primer matrimonio con el padre de sus hijos (un banquero riquísimo que murió de apendicitis aguda mientras se encontraba en una isla cercana a la costa de Maine; una historia penosa). Uno de estos juegos era también Haviland (el menos formal) y el otro era de Tiffany y se usaba en ocasiones muy especiales. Eva guardaba además en sus armarios un juego de loza blanco de Conran que servía divinamente para las ocasiones normales en que uno no pensaría en utilizar la porcelana china. Y, sin embargo, siguiendo con una extraña lógica incomprensible, cada vez que ella iba a verla Eva se empeñaba en sacar los objetos de su predecesora.
A Grace le habría gustado tenerlos, por supuesto. Se había quejado a Jonathan de lo injusto que era que ella (¡la única hija!) no pudiera tener los juegos de porcelana, cuando lo que mandaba la tradición (la de Emily Post, por lo menos) era que ella se hubiera quedado con la porcelana en cuanto su padre y Eva unieran sus hogares. No, no estaba siendo mezquina, Y sí, su padre le había dado muchas cosas, sobre todo el apartamento y las joyas de su madre (de las que ya no tenía ninguna), pero ese no era el tema.
Henry levantó la cabeza cuando vio entrar a su madre en la cocina.
—Me olvidé de mi libro de latín —dijo el chico, después de tragar.
—Lo he traído.
Puso la bolsa de deportes Puma sobre la silla.
—Y también te he traído las mates.
—Ah, sí. Me olvidé de las mates. Y necesito ropa.
—Vaya, ¡qué coincidencia! —exclamó Grace sonriendo—. Te he traído ropa. Siento lo de anoche.
Henry arrugó la frente. Se le formó una línea de preocupación entre las cejas que era igual que la de Jonathan.
—¿Qué pasó anoche?
Grace se sintió agradecida por el narcisismo natural de los niños de doce años. ¿No era fantástico pensar tan poco sobre lo que había pasado y sobre lo que había por delante y alrededor que hasta el peor cataclismo, la peor ruptura en la tela de la vida apenas te producía un impacto inmediato? Si ella y Henry caminaran por un espacio ilimitado, él estaría bien mientras ella pudiera irle poniendo pedazos de masa sólida bajo los pies. Qué maravilloso debía de ser no darse cuenta de que algo se había torcido totalmente en el mundo. Por lo menos por ahora.
—¿Nana te dejó que te fueras a dormir tarde? —le preguntó.
—No. Pude ver la tele con ellos, pero solamente hasta las noticias.
Bueno, eso está muy bien, pensó Grace.
—Karl durmió en la cama conmigo.
—Oh, muy bien.
—¿Dónde está papá? —preguntó Henry, rompiendo el equilibrio.
Fue bonito mientras duró.
—Ojalá pudiera responderte —replicó ella—. Pero la verdad es que no lo sé.
—¿No está donde dijo que estaría? ¿En Iowa o donde sea?
—Ohio —le corrigió Grace. Echó una mirada a su espalda, pero Eva los había dejado solos.
—No lo sé. No puedo ponerme en contacto con él.
—¿Por qué no le envías un SMS? —preguntó Henry, con la lógica de la generación del iPhone.
Grace miró a su alrededor en busca de un poco de café. Afortunadamente, la cafetera estaba medio llena.
—Lo haría, pero por desgracia se ha dejado el teléfono en casa.
Se sirvió una taza de café (con una mezcla de sentimientos) utilizando una de las tazas de su madre.
—Estoy asustado —comentó Henry a su espalda.
Grace dejó la taza sobre la mesa y lo abrazó. Él se dejó abrazar. Ella intentó no traspasarle su miedo. Pensó: Yo me haré cargo de tu miedo. Dejó escapar un largo suspiro estremecido y pensó en algo que pudiera decirle, algo que fuera cierto y que le pudiera ayudar al mismo tiempo, pero todo lo que pensaba entraba en uno solo de estos atributos. Era cierto pero no ayudaba, o ayudaba pero no era cierto, pero pocas veces las dos cosas. En realidad, nunca ambas cosas. ¿Estarían bien? ¿Sabría ella qué hacer? ¿Sería capaz de cuidar de él? Ni siquiera estaba segura de que pudiera cuidar de sí misma.
Comprendió que se estaba aferrando a una fina capa de resistencia. Una capa que no estaba el día anterior en Territorio Hospital, cuando se encontró con Stu Rosenfeld, ni cuando estaba con O’Rourke y Mendoza en aquel cuartito de la Comisaría 23 con la calefacción demasiado alta. Y tampoco estaba mientras rebuscaba en sus armarios y cajones, furiosa y desconcertada por lo que encontraba y lo que no encontraba. De alguna forma, en esas horas terribles se había materializado algo: una capa de determinación, todavía frágil, pero tangible. Le hacía sentir… no exactamente fuerte. No se sentía fuerte en absoluto. No se veía capaz de asaltar barricadas ni de enfrentarse con las madres de Rearden. Pero se sentía más ligera, diferente. Porque, pensó, estrechando los finos hombros de su hijo y apretando la mejilla contra la suya, aspirando el aroma adolescente, vagamente nuevo de su piel, porque ahora tengo menos que proteger que antes. En cierto modo esto hacía que las cosas fueran más fáciles.
Salió con Henry del apartamento sin ver de nuevo a Eva o a su padre. Se encaminaron en dirección al colegio, sin hablar apenas. El chico parecía haber dejado atrás la turbulenta necesidad que tuvo hacía unos momentos y ahora parecía tan tranquilo y contenido como cualquier otra mañana. Al doblar la esquina vieron el colegio y comprobaron que la presencia de los medios se había intensificado de forma tremenda.
—Guau —dijo Henry.
Guau, sí, pensó Grace.
No quería pasar junto a las furgonetas.
Las puertas del patio, que siempre habían estado abiertas, estaban cerradas. Hoy tampoco abundaban las niñeras. Las mamás abarrotaban las calles y se alineaban frente a las puertas del patio, de espaldas al colegio. Sus hermosos rostros impasibles miraban a las cámaras. Eran hermosas y estaban dispuestas a todo, como una manada de elegantes hembras de mamífero, preparadas para huir, pero en realidad dispuestas a luchar. Al parecer esto ya no les hacía ninguna gracia.
Grace señaló con el dedo.
—Mira, ¿ves dónde está la señora Hartman?
Jennifer Hartman, la madre del que fuera en otro tiempo el mejor amigo de Henry, Jonah, estaba a la entrada del callejón que discurría por detrás del colegio. Sostenía un portapapeles de apariencia más o menos oficial.
De modo que Robert había activado la segunda entrada.
—Vamos —animó Grace a Henry, y lo cogió del codo.
Llegaron con otros dos o tres, y todo el mundo —lo que era extraño, dada la falta de precedentes— supo lo que tenía que hacer.
—Phillips —dijo la mujer que iba delante de Grace, y echó un vistazo por encima del hombro de Jennifer Hartman—. Aquí está, Rhianne Phillips, segundo curso.
—Muy bien —replicó Jennifer, poniendo una marca junto al nombre—. Entraréis por detrás. Es bastante improvisado, como podéis imaginar.
—Hola, Jennifer —saludó Grace—. Veo que te han reclutado.
Jennifer alzó la cabeza, y por un instante no pasó nada. Pero de repente fue como si hubiera caído una lluvia helada, tan helada que Grace fue incapaz de pronunciar palabra y la sonrisa se le congeló en el rostro. Miró a Henry, pero su hijo miraba a la señora Hartman, la madre de su antiguo amigo. Era una mujer de altura mediana, pero de gran porte, con pómulos altos y unas cejas varios tonos más oscuras que su pelo rubio ceniza. Había formado parte de la vida de Henry desde que su hijo Jonah y él iban juntos al jardín de infancia, ocho años atrás, cuando la consulta de Grace y la empresa de Jennifer (hacía publicidad para chefs y restaurantes) adquirieron auténtico peso. A Grace siempre le gustó Jennifer y confiaba en ella, por lo menos hasta que el matrimonio Hartman empezó a naufragar. Entonces intentó darle un poco de respiro a Jennifer y se ofrecía a quedarse con Jonah por la noche o el fin de semana, pero por esa época fue cuando el chico empezó a distanciarse.
Ahora Henry estaba a dos pasos de Jennifer, contemplando su rostro hierático. ¿Entendía algo? Jennifer Hartman lo había llevado muchas veces a parques infantiles y a ver películas de animación. Había sido la primera en invitarlo a pasar la noche en su casa; algunas veces con llamada a medianoche para asegurar que todo iba bien. Lo llevó en dos ocasiones a Cape Cod en agosto, donde los acompañó a él y a Jonah a visitar la fábrica de patatas fritas y la Plymouth Plantation. En una ocasión incluso lo acompañó a la sala de urgencias con un codo fracturado. Henry se había caído del muro de piedra que rodeaba Central Park. Y desde la ruptura, desde el divorcio de Jennifer (lo que era comprensible, porque era adulta y desgraciada en su matrimonio), y el rechazo de su hijo al que había sido su mejor amigo (cosa que no era tan comprensible, pero que una madre no podía evitar), ella y Grace mantenían una relación formal y civilizada, el tipo de relaciones que establecen dos países que fueron aliados en su momento y que podrían volver a serlo. Pero esto…
—Hola, señora Hartman —saludó el guapo hijo de Grace, su dulce, inocente y bienintencionado hijo.
Jennifer apenas le miró.
—Pasa —ordenó con rigidez, y bajó de nuevo la mirada.
Grace cogió rápidamente a su hijo del brazo y entró con él.
El callejón despedía un intenso olor a mierda de paloma. Grace iba detrás de Henry. A medida que avanzaban se desvanecía el tumulto de fuera. Delante de ellos, la niña del jardín de infancia y su madre se detuvieron delante de la puerta trasera del colegio y tuvieron que pasar un nuevo control, esta vez a cargo de Robert y su asistente, una joven con gafas estilo John Lennon y una trenza. «Bienvenidas, bienvenidas», oyó Grace que Robert le decía a la madre de la pequeña. Vio que le estrechaba la mano como si fuera un día normal; tal vez el primer día del año y la puerta del colegio no fuera la pesada puerta trasera de hierro de Rearden, que normalmente estaba cerrada, sino la puerta principal que daba al vestíbulo de mármol que tanto impresionaba a los posibles clientes. La pareja siguió adelante y subió por la oscura escalera de incendios.
—Hola, hola —dijo Robert cuando vio a Henry, y saludó a Grace con una inclinación de cabeza.
Ella inclinó la cabeza a su vez. Si había algún guión para esto, ninguno de los dos parecía conocerlo. Pero aunque Robert no había dicho nada, avanzó el pie y le obstruyó el paso. Grace miró el pie. Miró a Robert.
—¿Puedo subir a la clase? —preguntó horrorizada.
El director pareció pensarlo. Ella lo miraba desconcertada. No comprendía nada.
—Me pregunto… —aventuró Robert.
—¿Mamá?
Henry se volvió a mirarla. Ya estaba subiendo por las escaleras.
—Espera, ahora voy —le dijo Grace.
—Es que dadas las circunstancias —observó Robert—, creo que Henry tendría que subir solo.
—Mamá, no pasa nada, estoy bien —voceó el chico.
Parecía irritado y confuso a partes iguales.
—Robert, ¿qué demonios estás haciendo? —preguntó Grace.
Él inspiró largamente.
—Estoy intentando que superemos este momento de crisis. Procuro que todos salgamos adelante.
A ella le pareció verlo a través de una película, como si estuviera al otro lado de un cristal o un metacrilato un poco sucio. Sólo alcanzaba a ver su contorno.
—Grace —dijo Robert, que de repente parecía otra persona—. Creo que es mejor que no entres.
Ella bajó la mirada. El director la había agarrado. Le había puesto una mano en el antebrazo, entre la muñeca y el codo. No era un gesto exactamente posesivo, sino más bien confortador, o eso intentaba.
Y entonces Grace lo entendió, por fin, por fin. Robert lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Mendoza y O’Rourke se lo habían dicho. Él conoció antes que ella la historia entre Jonathan y Málaga Alves. Jonathan, su marido, y Málaga Alves, la fallecida. Robert sabía por lo menos algunas de las cosas que ella sabía. A lo mejor menos cosas. Y a lo mejor, pensó horrorizada, sabía más que ella. ¿Cuánto más? Ella ya había dejado de enumerar las cosas que sabía.
Lo miró a los ojos.
—¿Qué te han dicho? —le preguntó a bocajarro.
Entonces se acordó de Henry y echó un vistazo a las escaleras, pero su hijo ya se había marchado. La había dejado atrás.
Robert movió la cabeza. Grace le hubiera dado un tortazo.
—Quiero que sepas —respondió el director en voz baja— que Henry está a salvo aquí. Si necesita hablar conmigo, puede venir a verme al despacho siempre que quiera. Durante el recreo y después de las clases, por ejemplo. Y si alguien le dice algo, debería venir a verme directamente. He hablado con todo el mundo, y los profesores estarán atentos a su seguridad.
He hablado con todo el mundo. Grace lo miró con fijeza.
—Es un estudiante de Rearden. Y yo me tomo muy en serio a mis estudiantes —afirmó Robert.
La voz le flaqueaba un poco, como si supiera que Grace ya no lo tomaba en serio.
—Es para no empeorar las cosas… He visto cosas así. No a esta… escala, por supuesto. Pero he visto otros problemas en la comunidad escolar, y sé que es difícil pararlos una vez que se desencadenan. Es necesario culpar a alguien, ya sabes.
Grace casi se echó a reír. No entendía casi nada de lo que Robert le decía, salvo que era muy, muy malo y que tenía que ver con ella.
—De modo que yo en tu lugar no me acercaría por aquí. Y… si quieres recoger a Henry un poco más tarde para no encontrarte con todo el mundo, no hay problema. Él puede esperarte en mi despacho.
Grace guardó silencio. Estaba dividida entre las buenas maneras —sabía que Robert intentaba ser amable— y la más pura humillación. La humillación es un sentimiento que puede llevar a una persona a hacer cosas que la perjudican gravemente. Ella lo había visto muchas veces. Ahora había otros padres esperando detrás de ella.
—De acuerdo —contestó, y asintió con la cabeza—. Será… me parece una buena idea.
—Al final de la hora octava lo iré a buscar y lo llevaré a la oficina. ¿Por qué no me llamas cuando vengas de camino? Estaré aquí por lo menos hasta las seis.
—De acuerdo —repitió ella.
No logró darle las gracias. Dio media vuelta y se abrió paso entre las madres y los niños hasta llegar al callejón trasero, donde había más madres y más niños. La mayoría se apartaban amablemente para dejarla pasar, y nadie le prestaba demasiada atención. Pero entonces hubo un cuerpo que pareció quedarse rígido en el sitio y no se apartaba a un lado ni a otro. Grace alzó la mirada y se encontró con Amanda Emery flanqueada por sus hijas gemelas.
—Hola, Amanda —saludó.
Ella se limitó a mirarla.
—Hola, niñas —insistió Grace.
En realidad no conocía a las niñas Emery. Eran fornidas, con la cara redonda. Tenían el pelo castaño claro, que seguramente era el color natural del pelo de su madre. Amanda agarró con fuerza a sus hijas por los hombros, clavándoles unos dedos como garras. Grace casi dio un paso atrás. Una de las niñas miró a su madre con reproche. «Au, mamá», protestó. Era Celia, la que tenía el retrognatismo.
Grace vio la cola que se extendía hasta la esquina y desaparecía. Le produjo un inmenso temor.
—Adiós —le dijo como una tonta a Amanda Emery.
Qué tontería, ni que acabaran de tener un encuentro de lo más agradable. No tuvo más remedio que pasar entre la cola de madres y niños, y apretarse entre ellos. La mayor parte de las veces no le hacían caso, pero a veces sí. Había otras Amandas, algunas conocidas y otras nuevas para ella. Pero a medida que avanzaba, notaba sus exhalaciones a sus espaldas, y algo más que al principio no identificó, pero que era igual de ruidoso: el silencio que venía después del sonido. Un silencio que la seguía como una ola.
Por fin logró pasar por el control de Jennifer Hartman y llegar a la calle. Los periodistas formaban un semicírculo alrededor de la entrada trasera. Agachó la cabeza y se dirigió rápidamente a un extremo, pero los periodistas parecían preparados; no estaban dispuestos a dejarla pasar. Habían formado una suerte de rebaño, y a Grace le pareció que se habían repartido las tareas de gritar y de escuchar. Era como si supieran quiénes tenían que acercarse con los micrófonos y quiénes tenían que quedarse atrás comprobando el sonido de sus equipos o preparándose para escribir en sus libretas. Pero se comunicaban como una sola criatura, y lo que esta criatura quería de ella era algo que ella no les podía dar sin enloquecer: aquí mismo en la acera, aquí mismo a las ocho y veinte de la mañana con todo un largo día por delante.
—Perdonen —se excusó bruscamente—. Déjenme pasar.
Y para su sorpresa, la dejaron pasar, porque por algún milagro todavía no se habían dado cuenta de que era diferente de la siguiente madre que salía del colegio, a la que también rodearon y gritaron.
No por mucho tiempo, pensó. Puede que fuera la última vez que pasaba desapercibida. Pero de momento la dejaron marchar.
Entonces alguien la llamó por su nombre.
Grace agachó la cabeza y siguió andando.
—Grace, espera.
Una mujer pequeña se le acercó y la cogió por el codo. Era Sylvia, y parecía decidida a quedarse a su lado.
—Tengo que… —empezó a decir Grace.
—Vamos, aquí hay un taxi —propuso Sylvia.
El taxi se había detenido en un semáforo en la esquina con la Cuarta Avenida, pero con la visión periférica que necesitaban tener los taxistas de Nueva York, venidos de todas las partes del mundo, el hombre vio a dos mujeres que caminaban rápidamente en su dirección y puso de inmediato el intermitente de la derecha, con la comprensible consternación del taxista que iba justo detrás. Cuando Sylvia abrió la puerta, el segundo taxista ya había hecho sonar el claxon dos veces.
—No puedo —repitió Grace cuando ya había montado en el taxi—. Lo siento.
—No, no te preocupes —se limitó a decir Sylvia, y le indicó al taxista que las llevara a Madison con la calle Ochenta y tres.
En medio de la niebla causada por su irritación y su tremenda angustia, Grace intentó recordar qué había en Madison con esa calle, pero lo único que recordaba era una cafetería en la esquina. No recordaba el nombre, pero era donde se había apostado Meryl Streep para vigilar a su hijo en Kramer contra Kramer. Por lo menos allí tenían una foto enmarcada de la escena, en la pared frente al cajero. Se sorprendió un poco al saber que era exactamente allí donde Sylvia le pidió al taxista que parara.
Se había abstenido de hablar durante los cinco minutos que duró el trayecto, y Grace empleó sus escasas fuerzas en no venirse abajo mientras iba en el asiento trasero de un coche con una persona a la que no conocía muy bien, rumbo a un destino incierto para un propósito desconocido, y también guardó silencio. Cuando vio que Sylvia le pagaba al taxista, se preguntó si debería saber lo que estaba pasando.
—Ven —le dijo la mujer—. Creo que nos irá bien un café. Salvo que tú necesites una copa.
Para su propia sorpresa, Grace se rió.
—Bueno, mejor que te lo tomes así —comentó la otra.
Se instalaron en una mesa al fondo, justo debajo de un póster de la maniobra Heimlich. Sylvia le ladró al camarero: «Dos cafés, por favor», y el hombre respondió con el clásico gruñido neoyorquino. Grace no tenía nada que decir y no sabía a dónde mirar. El mero hecho de estar allí en compañía de Sylvia Steinmetz le parecía sorprendente. ¿Por qué ella? ¿Tal vez porque era la única que había hecho el esfuerzo?
Pero entonces se le ocurrió que esta Sylvia Steinmetz era lo que tenía como amiga en la vida. Parecía imposible, pero así era. No entendía cómo había llegado a este extremo.
Sylvia mencionó algo que Grace no comprendió. Le pidió que lo repitiera.
—Digo que no tenía ni idea de lo que te pasaba hasta esta misma mañana, cuando me lo contó Sally en un correo.
—A la mierda Sally —replicó Grace.
Volvió a reír, esta vez un poco fuera de tono.
—Bien, pero eso es irrelevante. Los periodistas no estaban allí porque Sally se lo hubiera dicho.
—Pero…
Grace hizo una pausa al llegar el camarero con dos tazas de café bastante llenas.
—Pero no creo que me conocieran. No me prestaron más atención que a cualquier otra persona.
Sylvia asintió.
—Esto no durará mucho. Creo que te quedan unas pocas horas. Yo no contaría con tener más tiempo.
Grace entendió entonces que estaba demasiado acostumbrada a pensar en su vida de una forma errónea, de una forma espacial que ya no era viable. Ahora no tenía importancia, por ejemplo, que se viera como parte de una pequeña familia formada por padres y colegas, luego por conocidos, y luego por la ciudad donde siempre había vivido. Que esta topografía fuera acertada era lo de menos, porque lo que contaba desde esta mañana era la realidad temporal, no la topográfica. Lo que importaba era el hecho de que su vida, la vida que tanto apreciaba, estaba llegando a su fin, estaba a punto de estamparse contra una pared, y no había nada que pudiera impedirlo.
—Lo siento —dijo Sylvia—. En una ocasión vi cómo le pasaba lo mismo a una clienta. En ese caso teníamos algo más de tiempo.
A Grace le daba vueltas la cabeza. Por lo general hubiera querido satisfacer primero su propia curiosidad. Sylvia era abogada de empleados que habían sido injustamente despedidos o que habían sufrido diversos tipos de acoso. ¿De qué clienta hablaba? ¿Qué había hecho, o qué le habían hecho? ¿Era algo que ella podía haber leído, en el Times o en la revista New York? Normalmente a ella le encantaban este tipo de historias. Eran fascinantes. Era fascinante ver los estropicios que hacían las personas con sus vidas.
Pero ahora no podía distraerse.
—¿Qué hicisteis? —preguntó.
Sylvia frunció el ceño.
—Bueno, le conseguimos una nueva casa. Cambiamos sus cuentas bancarias (tenía cuentas conjuntas con su socio), pero él desapareció con una gran parte del dinero. También contratamos para ella a una persona experta en crisis.
Miró a Grace.
—Pero es diferente. Ella ya era una persona conocida.
Grace nunca había oído a Sylvia hablar de su trabajo, o por lo menos contar detalles. La Sylvia que estaba sentada frente a ella vertiendo un poco de leche de una jarra metálica en su café hasta que casi se desborda era otra persona.
—¿Y cómo salió? —preguntó Grace.
—Fue un viaje muy largo. Pero es mejor no pensar en ello. Ahora tenemos que centrarnos en qué hacer.
Grace se estremeció. Se sintió como se había sentido durante un tiempo en la universidad, cuando la convencieron de que fuera el timonel del equipo femenino de remo. Era bastante buena fijando el rumbo, e incluso diseñando la estrategia de la carrera, pero no podía soportar la hora antes de empezar. Era una hora de puro terror, de absoluta convicción de que ella —y no cualquiera de las otras ocho tripulantes— lo echaría todo a perder.
Se inclinó hacia delante. Posiblemente fue el vaho del café, al entrar en contacto con los ojos, pero no sabía si estaba a punto de llorar o si ya estaba llorando.
—De acuerdo.
Respiró hondo y se incorporó. Sylvia parecía esperar su respuesta.
—Pero primero… —prosiguió Grace—, antes que nada, tengo que hacerte una pregunta. ¿Qué es lo que sabes?
Sylvia movió la cabeza con firmeza.
—No sé nada de nada. Tengo que ser clara en esto. De lo que me hayan podido comentar, no he dado nada por bueno. Yo necesito pruebas mucho más sustanciales que un comentario.
—De acuerdo —concedió Grace. Y le pareció apropiado añadir—: Gracias.
—Lo que me han dicho es que Jonathan tenía una relación con Málaga, y que la policía quiere hablar con él, pero que ha desaparecido. Y también dicen que tú sabes dónde está y no se lo dices. Esto no me lo puedo creer.
—Bien —dijo Grace, como si esto la aliviara.
—¿A qué te refieres? —preguntó Sylvia.
Abrió un sobre de sacarina y lo vertió en su café.
—Me refiero a que no te creas que yo sé dónde está y lo estoy escondiendo. No soy lo bastante valiente, o lo bastante loca para eso. No sé dónde está. Yo… esto es…
Dejó la frase inacabada.
—¿La conocía? ¿A Málaga?
—Bueno, el niño era un paciente del Memorial. Es lo que me dijeron, y supongo que es verdad. El resto es…
Grace no terminó la frase. ¿Era qué? ¿Una mentira? Sabía que no era así. Sabía que había más, aunque intentara asimilarlo todo lo lentamente que podía. Y no le diría a nadie que Jonathan era inocente. Que fuera él mismo quien lo dijera y se personara, muchas gracias.
—Bueno —comentó Sylvia—, esto tiene sentido.
—¿Lo dices en serio?
—Sí. Voy a contarte algo que tal vez ya sepas. Pero si no lo sabes, quiero que finjas que sí. Aquí estoy pisando un terreno muy delicado.
Grace la miró asombrada.
—¿Debería entender lo que me estás diciendo?
Sylvia suspiró.
—Supongo que no. Esperaba que lo entendieras, pero me temía que no.
—Estás actuando como una abogada —manifestó Grace.
La frase sonó poco amable, pero no se sentía amable en ese momento. La otra tendría que adaptarse.
Sylvia hizo girar la taza de café entre sus manos. Giró el asa hasta que quedó entre las diez y las dos.
—Jonathan me contrató el pasado mes de febrero.
—Te contrató a ti —dijo Grace con incredulidad.
Sonó como un insulto, y esto la incomodó.
—Sí, me llamó, me pidió una cita y firmó un documento para que le representara legalmente.
—Mierda —refunfuñó Grace—. En febrero.
—Tenía que presentarse ante un tribunal disciplinario. Quería consejo.
Sylvia tomó un trago de café e hizo una mueca de disgusto. Dejó la taza sobre la mesa.
—¿Tú sabías algo del tribunal disciplinario?
Grace negó con la cabeza.
Sylvia empezó de nuevo a hacer girar la taza entre las manos.
—Nunca le pregunté claramente si tú lo sabías. Durante estos meses, cada vez que nos encontrábamos o quedábamos para algo de la recaudación de fondos, me preguntaba qué sabrías. Pero no podía decir nada hasta que él te trajera a mi despacho. Era información privilegiada, ya entiendes.
Grace asintió. Lo entendía. Ella también tenía un acuerdo parecido con sus clientes. Pero no conocía a otras personas de su vida. No iba andando al colegio con ellos ni se sentaba con ellos en comités de recaudación de fondos. No era justo.
—Teóricamente sigue siendo información privilegiada —precisó Sylvia—. No debería mantener esta conversación contigo. El hecho de que ahora sea un sospechoso, o de que nosotras seamos amigas no es relevante. Y no puedo correr el más mínimo riesgo de que me inhabiliten.
Se detuvo, como si esperara una respuesta. Pero Grace no sabía qué debía decir.
—No puedo permitir que me inhabiliten. Soy madre soltera —dijo Sylvia.
De nuevo se quedó esperando. Grace la miraba.
—Grace, ¿quieres que siga?
—Oh. Ya lo entiendo. No te haría esto.
Sylvia suspiró.
—Está bien. Sólo vino a verme una vez. No le gustó el consejo que le di, que era pedir perdón a la administración del hospital y aceptar el trato que le propusieran. Cualquier cosa para evitar el despido. Pero esto no era lo que él tenía pensado.
—¿Y qué… era lo que tenía pensado?
—Quería atacar a sus jefes. Alegó que uno era un plagiador y el otro un pedófilo. Quería que yo les advirtiera que él hablaría con la prensa si seguían adelante con el tribunal disciplinario. Que era para eso para lo que me pagaba, que tenía que hacerlo. Es habitual que los clientes piensen esto —recalcó, intentando ser amable—. Pero aunque tuviera alguna prueba, aunque fuera relevante para su caso, lo que estaba claro que no lo era, yo no tengo estómago para hacer estas cosas. Necesito poder mirarme al espejo cuando me cepillo los dientes, ¿sabes?
Grace asintió, pero estaba perdiendo el hilo. ¿Quién era el plagiador? ¿Era Robertson Sharp el Zurullo? Era difícil creer que Jonathan, que no paraba de soltar diatribas contra Robertson Sharp, no hubiera mencionado nunca un delito tan clamoroso y fácil de demostrar como el plagio.
—Miré los documentos que me había traído y le dije que eran muchas cosas contra él. El hospital tenía lo suficiente para despedirlo, le dije. Habla con ellos y diles que irás a rehabilitación…
—¡Rehabilitación! —Grace casi gritó—. ¿De qué?
—De lo que ellos le pidieran —contestó Sylvia—. Como querían presentarlo como una incapacidad, sería ideal. Le estaban ofreciendo algo así, pero él no quería ni oír hablar del asunto. Me dijo…
Sylvia se detuvo. Inspiró profundamente, levantó la taza y la volvió a dejar sobre la mesa.
—De hecho —continuó, recordando una cosa graciosa, algo que no fuera tan terrible—, me espetó que me fuera a la mierda. Pero sé que estaba bajo una enorme presión. Le deseé buena suerte, y lo dije en serio.
Grace cerró los ojos con fuerza. Tenía que dejar de disculparse.
—Ni siquiera sé si se celebró el tribunal disciplinario —prosiguió Sylvia.
Grace respiró hondo.
—De acuerdo con la policía, lo despidieron —dijo. Y así dicho no parecía nada nuevo—. No supe nada hasta la noche pasada. Todos estos meses…
Tomó aire.
—Cuando me decía que estaba en el trabajo, no era verdad.
Qué frase tan lamentable, pensó. Era la frase más lamentable que había pronunciado jamás.
—No sé nada. No sé cómo voy a soportar esto.
—Bueno, deja que te ayude —propuso Sylvia—. Por lo menos puedo intentarlo. De modo que escúchame, porque tengo que decirte dos cosas. En primer lugar, si sabes dónde está, díselo a la policía.
Grace negó enérgicamente con la cabeza.
—No lo sé. No tengo ni idea. Ya se lo he dicho.
El camarero se les acercó. ¿Iban a querer algo más? Sylvia le pidió la nota y esperó a que se marchara para seguir hablando.
—Es importante que cooperes con ellos. Cuanto antes sepan que no estás implicada, mejor te tratarán los medios de comunicación.
—De acuerdo —replicó Grace, aunque detestaba la idea de «cooperar» con Mendoza y O’Rourke.
—Y la otra cosa, de hecho lo mejor que puedes hacer es marcharte de aquí con tu hijo.
Sylvia se inclinó hacia ella y colocó a un lado la taza de café.
—Jonathan ha decidido largarse. No tendrá que sufrir estar aquí cuando se desate el huracán esta noche o mañana a más tardar. Pero tú estás aquí, y ellos necesitan apuntar a alguien con la cámara. Coge a Henry y márchate lejos de aquí. Márchate de Nueva York.
—¿Por qué fuera de Nueva York? —preguntó Grace horrorizada.
—Porque por el momento es una historia de Nueva York. Y mientras sea una historia circunscrita a Nueva York, los periodistas de fuera de la ciudad no le prestarán demasiada atención. Y los medios neoyorquinos no enviarán periodistas a… Arizona, o a Georgia. Sobre todo por ti. Si él apareciera sería distinto, pero ahora no tienes que pensar en él.
Grace había seguido el discurso hasta el momento, pero aquí se perdió y le pidió a Sylvia que se explicara mejor.
—Quiero decir que cuando lo encuentren, y en algún momento lo encontrarán, el tema estará presente en todas partes. Tienes que… convertirte en otra persona hasta que pase esto, y que cuando pase te encuentre fuera de aquí.
Sylvia hizo una pausa.
—Me olvidaba. ¿Tus padres viven aquí?
—Mi padre —contestó Grace.
—¿Tienes hermanos?
—No.
—¿Amigos íntimos?
Vita, pensó Grace inmediatamente. Pero hacía tanto tiempo que no hablaba con ella. Y no había nadie más. ¿Cómo había llegado a esta situación?
—No, la verdad es que no. Siempre éramos…
Siempre éramos Jonathan y yo, quería decir. Yo y Jonathan. Habían estado casi veinte años juntos. ¿Quién llegaba a los veinte años hoy en día? ¿Quién tenía ahora esos matrimonios duraderos de los que disfrutó la generación de sus padres, con safaris a África con toda la familia, vacaciones familiares en el lago o en la costa y grandes fiestas de cumpleaños? Solamente las psicólogas matrimoniales, pensó con sorna.
—Pero… —empezó a protestar.
Estaba pensando en sus pacientes. No podía abandonarlos. Esto no estaba bien, no era ético. Lisa y su marido gay desaparecido, sus niñas que no comprendían nada. Sarah y su furioso guionista fracasado que había osado volver con ella. Tenía responsabilidades.
Y su libro. ¿Qué pasaba con su libro?
No podía soportar pensar ahora en su libro.
De repente se sintió como si hubiera destapado un frasco muy antiguo que estaba dentro, muy dentro de ella, y hubiera dejado que se escapara el contenido por una pequeña fisura. Pero incluso esta pequeña fisura era suficiente para tumbarla, porque por allí se había escapado la esencia más venenosa para el ser humano: la vergüenza. En unos instantes se sintió invadida de vergüenza.
—Lo siento —dijo Sylvia.
Pero si realmente lo sentía tuvo la delicadeza de no mostrar lástima.
—Escucha, Grace. Ya sé que no es que seamos grandes amigas, pero quiero que sepas que puedes contar conmigo.
Frunció el ceño y miró a la psicóloga a los ojos.
—¿Quieres que lo diga otra vez?
Grace hizo un gesto negativo, pero la verdad es que había dejado de escuchar y no estaba segura de nada.