Capítulo 13
DRACY conservó el aplomo, pero no le resultó fácil teniendo delante a lady May en todo su glorioso plumaje. Parecía casi aquel camafeo, pero más carnal y redondeada.
Y lo más carnal y atrayente de su cuerpo eran sus pechos, que sobresalían turgentes del apretado corsé de su abigarrado vestido. Un corsé que cubría sus pezones, pero sólo a duras penas…
De pronto un abanico de plumas de pavo real apareció ante sus ojos, impidiéndole ver.
Los levantó.
—Le pido disculpas, lady Maybury, pero ignorar tales bellezas sería imperdonable.
Ella tensó los labios y luego se echó a reír, apartando el abanico.
—Mire cuanto quiera, señor, aunque le advierto que si mira con tanto descaro a otras damas, podría salir malparado.
—Dudo que otras puedan compararse con usted en esplendor.
—¡Dracy! ¡Ha estado usted recibiendo lecciones de halagos!
—Sólo para usarlos con otras damas.
—Veo que se le ha afilado la lengua. Pero ¿qué me dice de su puntualidad? Llega usted tarde.
—Me ha entretenido la visita de un amigo. Le hizo gracia verme tan bien vestido.
—¿Un amigo de la Marina?
—No, de Devon. Está echando un ojo a Dracy Manor en mi ausencia y ha venido a informarme de que todo está tan mal como siempre.
Ella se rió como si fuera una broma, pero ésas habían sido las palabras exactas de Tom, con su reproche implícito. A Knowlton le preocupaba que estuviera alargando su estancia en Londres, y más aún le había preocupado encontrarlo vestido de gala y dispuesto a asistir a un baile celebrado por la hermana de Georgia Maybury. Dracy se había despedido de él apresuradamente, pero al día siguiente tendría que tranquilizarlo.
—¿Detecto un olor a nicotiana? —preguntó.
—¡He educado su olfato!
—Mi olfato le está humildemente agradecido.
Georgia volvió a reír. Era delicioso verla de tan buen humor. La fiesta debía de estar saliendo bien.
Pero ¿qué hacía entonces allí sola?
—Mi madre mandó semillas a mi hermana, pero el jardinero las plantó en un rincón oscuro. Creo que carece por completo de sentido del olfato.
—O puede que no frecuente el jardín cuando oscurece.
—No lo había pensado. Me están dando ganas de hacerle venir.
—Sin duda estará disfrutando de su merecido descanso, a la espera de tener que levantarse de nuevo al amanecer.
Estaba claro que Georgia tampoco había pensado en eso.
—Cuando nosotros, las criaturas frívolas, nos vayamos a la cama. Vivimos en mundos distintos, ¿no es verdad?
Una de las muchas cosas que le gustaban de Georgia Maybury era la agilidad con que su mente despierta saltaba de un tema a otro. A algunos les parecería una cualidad digna de una cotorra, pero sus cambios de tema siempre venían al caso.
—En la Marina rara vez podía uno dormirse en los laureles —señaló él. Y habría podido añadir: Ni cuando luchas por levantar una finca en estado ruinoso.
—Entonces está mejor fuera de ella —afirmó ella—. Dejaré que el jardinero disfrute de su sueño, sobre todo porque al final me hizo caso y plantó al menos una mata ahí abajo. Estaba intentando verla.
—Yo podría levantarla en brazos.
—¡No se atreverá!
—¿Me está desafiando, Georgia?
Ella levantó la barbilla al responder:
—Sí. —Pero le brillaron los ojos.
Seguramente quería que volviera a levantarla en volandas, lo supiera ella o no, así que Dracy se inclinó sobre la balaustrada para echar un vistazo.
—Hay dos especímenes, pero raquíticos.
—Porque las había plantado en mal sitio y seguramente las habrá trasplantado sin ningún esmero.
Dracy se incorporó.
—Tiene usted gran interés en que las cosas estén donde deben. Primero un caballo y ahora una planta.
—¿Y por qué no? Las plantas prosperan en unos sitios y se marchitan en otros.
—¿De veras le interesa la jardinería?
—La casa es responsabilidad de la señora que la habita, y un jardín embellece una casa. Pero no me imagine de rodillas escarbando en la tierra, como hace a veces mi madre, Dracy. Yo me limito a dar órdenes.
—Eso no me cuesta creerlo, pero ¿lady Hernescroft?
Ella se apartó de los escalones y siguió andando por la terraza.
—Me parece que encasilla usted demasiado a las personas.
—Estoy aprendiendo a no hacerlo. Su madre me prometió semillas, y mi casa necesita que la embellezcan, desde luego, pero yo no tengo terrazas.
—Pues construya una —repuso ella como si fuera tan sencillo como plantar semillas.
—Ahora mismo tengo cosas más urgentes en las que invertir mi dinero.
Georgia era tan transparente… Dracy notó que aquella idea le resultaba chocante y que sin embargo la aceptaba como si formara parte del mundo de él, un mundo muy distinto del suyo. Por suerte no tenía muchas esperanzas de que llegara a ser la señora de Dracy Manor.
—¿Y no hay parterres junto a la casa? —preguntó—. Así de noche podría entrar por alguna ventana abierta.
—En el dormitorio, quizá —respondió él. Donde tú y yo yaceríamos enredados entre las sábanas, felices y entrelazados. Quizás él también fuera demasiado transparente, porque ella volvió a desplegar su abanico y comenzó a agitarlo. Ése era siempre el parapeto de una dama, por endeble que fuese.
—¿Qué clase de casa es Dracy Manor? —preguntó.
Dracy le dijo la verdad:
—Una casa de campo sencilla y muy descuidada. Mi primo gastaba su renta en su casa de Londres.
—Vivía casi siempre allí, así que es comprensible.
—Pues no debería haber vivido casi siempre en Londres, teniendo que ocuparse de sus tierras y de una casa que necesitaba reparaciones.
Georgia se detuvo y lo miró a los ojos.
—¿Nos está criticando a mí y a mi marido, lord Dracy?
No había sido ésa su intención, pero había dado en el blanco.
—Parece que tenían ustedes aficiones muy parecidas a las de mi primo.
Ella se quedó boquiabierta.
—¿Que Cedric Dracy? Si hace comparaciones así, señor…
Él levantó una mano, riendo.
—No me rete a un duelo. —Caray, ya había vuelto a meter la pata—. ¿Por qué? ¿Dónde estriba la diferencia?
—¿Que dónde…?
—Veo que la he ofendido de veras. Le pido mis más sentidas disculpas. Desde que me fui al mar, sólo vi a mi primo una vez.
—Su primo, señor, era un mentecato de la peor especie. Confundía valor y precio y se permitía los mayores lujos. No tenía gusto, ni estilo y carecía del sentido común necesario para buscar el consejo de quienes sí lo tenían.
—¡Que me aspen! ¡Pobre Ceddie! Si no hubiera arruinado Dracy Manor, puede que hasta me compadeciera de él. Si hubiera llenado la casa de cuadros o estatuas, tal vez habría podido venderlas, pero gastaba su dinero en fruslerías y amigotes. Y ninguna de las dos cosas vale un ardite ahora.
—Me lo imagino. Es una lástima heredar esa carga.
Quizá sin darse cuenta había posado una mano sobre su manga.
Dracy procuró refrenar una oleada de puro deseo.
Porque le hubiera puesto una mano en el brazo.
Pero también por la preocupación sincera que veía en sus bellos ojos, unos ojos que lo miraban sin asustarse. Y luego estaba su perfume, y sus pechos…
—Milord —dijo ella, y apartó la mano.
Dracy levantó la vista, comprendiendo que había dejado entrever demasiado: su deseo, sí, pero quizá también sentimientos más hondos.
—Confío en que lo mucho que me agrada su compañía no le haya inducido a error, lord Dracy. Espero que seamos amigos, pero nunca podremos ser nada más.
—¿Nunca? —preguntó mientras intentaba disimular sus emociones.
—Nunca. Créame, se lo ruego. Y si eso es demasiado difícil para usted, ni siquiera podremos ser amigos. Yo no soy Barbara Allen.
Su franqueza conquistó el corazón de Dracy. Muchas beldades disfrutaban coleccionando conquistas y corazones rotos como si fueran trofeos, como la Barbara Allen de la canción. Georgia Maybury no. Ella evitaría su compañía si llegaba a convencerse de que su corazón corría peligro.
—Tiene usted razón —contestó Dracy—. No soy de los que mueren por amor, pero posee usted una rara belleza y una personalidad subyugante. No creo que ningún hombre con sangre en las venas, amigo o enemigo, sea inmune a eso.
—Confiaba en que usted sí lo fuera —respondió ella, inquieta todavía.
—Tal vez lo sería si llevara una venda sobre los ojos —bromeó él—, y si dejara usted de ponerse su perfume mágico.
Georgia pareció dudar, pero al fin se echó a reír meneando la cabeza.
—Mire e inhale, entonces, pero no se enamore. Tengo un empacho de admiradores inoportunos. Por pura amistad, pondré en peligro mis pies y bailaré con usted la próxima pieza.
—Le gusta vivir peligrosamente, ¿no es cierto?
—Con frecuencia, sí —contestó ella, y volvió a entrar en la casa con paso ligero y grácil, sin duda sonriendo.
Dracy la siguió sin despegar la vista de la bellísima espalda de su lujoso vestido, pensando en la conversación que acababan de tener.
Mundos distintos y corazones rotos.
¿Por qué abrigaba alguna esperanza?
Al menos había conseguido ponerla de buen humor. Al llegar, mientras había recorrido la casa en su busca, había oído rumores. Lady May, demasiado bella para su propio bien. O para el de su marido. Sin una pizca de vergüenza. A pesar de la atención que le prestaban los duques, había oído decir a la gente que ahora ya no podría atrapar a ninguno.
Le preocupaba especialmente aquel «ahora». Era como si el escándalo fuera reciente, como si no hubiera sucedido hacía un año. ¿Dónde estaban todos sus duques? Dracy no encontró rival alguno cuando se situó con ella en el centro del salón para el siguiente baile.
Georgia hizo una genuflexión, confiando en que Dracy no fuera muy mal bailarín. Necesitaba escapar de su conversación en la terraza y tarde o temprano tendría que bailar con él. Ello daría ocasión a sus detractores de reírse de nuevo por lo bajo, pero estaba dispuesta a soportarlo.
Al completar la primera vuelta, le lanzó una mirada sarcástica.
—Conque la giga, ¿eh?
Dracy le sonrió.
—Bailo muy bien la giga, pero no debería subestimar a un oficial de la Marina. A menudo nos vemos obligados a cumplir con nuestro deber en tierra firme.
—¿Y eso incluye bailar? —preguntó ella al volverse en la otra dirección.
—Complacemos a la población local lo mejor que podemos. Sobre todo, a las damas.
¡El muy truhán!
—Una en cada puerto, según tengo entendido —comentó, y se alejó bailando entre una larga hilera de señoras y caballeros cuyas manos tocaba a medida que se desgranaba la danza.
Maldición. ¿Pensaría Dracy que estaba celosa? Seguramente pensaría que había hablado así por pura exasperación. ¿Por qué esa noche nadie era como debía ser?
En lugar de ponerse pesado y mirarla con adoración, Sellerby se había vuelto amenazador. Y en lugar de estar envarado, Dracy estaba guapísimo, elegante y hasta encantador. Bailaba tan bien como cualquiera de los presentes, y muchas mujeres se habían fijado en ello. Si su cara las había asustado o repelido en un principio, lo habían olvidado. Sonreían, se sonrojaban y algunas se arrimaban a él más de lo necesario mientras bailaban. Georgia conocía la reputación de aquellas mujeres y no dudaba de que estarían maquinando para atraerlo a sus camas. ¡Y la gente la criticaba a ella tachándola de libertina!
No podía sentir celos de un hombre al que no deseaba, pero lo cierto era que las palabras de Dracy seguían bulléndole en la cabeza, al igual que sus implicaciones. Cuando el baile volvió a reunirlos, dijo:
—Imagino que los barcos no tocan tierra a menudo.
—Pero cuando lo hacen —repuso él, divertido—, pueden estar meses en un mismo puerto.
Para aumentar su desasosiego, vio que Sellerby estaba apoyado en la pared, mirándola con frialdad. ¡Santo cielo! Había rehusado bailar con él y había vuelto con otro. ¡Qué descortesía! ¿Cómo podía haber sido tan desconsiderada?
Cuando Dracy volvió a aparecer a su lado, él le preguntó:
—¿Qué sucede?
—Nada —contestó, y siguió bailando.
Al acabar la danza, sin embargo, él dijo:
—¿Una nada llamada Sellerby? No ha dejado de mirarla fijamente mientras bailábamos.
—No tiene importancia.
—¿La ha ofendido?
Parecía tan enfadado que Georgia lo agarró del brazo. Luego se apresuró a soltarlo. Había demasiados ojos fijos en ella.
—La culpa es mía. Me fingí indispuesta cuando se suponía que debía bailar con él. Y al volver me he puesto a bailar con usted. Bailaré con él la próxima pieza y le pediré disculpas dulcemente.
—Y obrará un hechizo para quitarle esa cara de enfado.
—¡Georgia!
Por suerte aquí venía Babs… pero tenía la vista fija en Dracy, y aquel brillo en los ojos.
Georgia sintió el impulso de avisar a Dracy, pero ¿avisarlo de qué? Babs era una coqueta y adoraba a los hombres guapos, pero amaba con pasión a su marido, pese a que era un hombre corpulento, paticorto y con cara de bulldog. Las cuestiones maritales nunca dejaban de asombrarla, lo cual era exasperante.
En todo caso, Dracy había tonteado con mujeres por todo el mundo. Sin duda podría arreglárselas.
—Lord Dracy, creo —dijo Babs con ojos brillantes.
—Señora —contestó él con una simple inclinación de cabeza—. Creo que no nos han presentado.
—¡Uy! Eso ha sonado a reproche. Preséntanos, Georgia. Quiero bailar con este hombretón.
Dracy pareció divertido a su pesar. A Georgia, en cambio, le dieron ganas de mandar a Babs al infierno. Les presentó con frialdad y añadió:
—¿Dónde está tu marido?
—Hablando de política —respondió su amiga, impertérrita—. Tu hermana y tu madre están intentando que más hombres cumplan con su obligación y salgan a bailar. Deberías pasearte por las puertas. Los atraerías como un imán a un montón de clavos. Yo me voy con mi presa.
Babs dio el brazo a Dracy y se marchó. Él se resistió un momento, quizá, pero no mucho. Babs era posiblemente el tipo de mujer que le gustaba, una mujer como ésas con las que había bailado y coqueteado en puertos de todo el mundo, y con las que sin duda también había hecho otras cosas. Los marineros tenían mala fama.
—¿A qué viene esa cara de enfado?
Georgia se volvió hacia Lizzie.
—Estaba pensando en los hombres, en el matrimonio, en todo.
—¡Pobre Georgia! Necesito hablar contigo un momento.
¿Y ahora qué? Lizzie parecía preocupada, pero Sellerby se estaba acercando. Georgia le debía un baile, pero Lizzie estaba primero.
Dedicó a Sellerby su mejor sonrisa.
—Le pido mis más sinceras disculpas, Sellerby. Mi amiga me necesita. El próximo baile… Se lo prometo. —Se giró hacia Lizzie—. Vamos a mi habitación.
Condujo a Lizzie fuera del salón y subió a su cuarto.
—¡Lord Sellerby parecía tener ganas de asesinarte! —exclamó Lizzie.
—No me extraña. Pero ya se calmará. ¿Qué ocurre?
—Sellerby, para empezar. Lo siento, Georgie, pero están dando a entender que estáis prometidos en matrimonio.
—¿Qué? ¡Que se vaya al diablo!
—¡Georgie!
—No me digas «¡Georgie!» Un buen improperio siempre despeja el ambiente. Ya me siento mejor. Debería volver al salón y negarlo.
—Sería difícil a no ser que alguien te lo preguntara directamente, por eso he ideado un plan. En cuanto estemos entre los invitados, sacaré a relucir lo del compromiso y tú te quedarás estupefacta.
—Gracias. ¡No sé cómo hacer entrar en razón a ese hombre!
—No estoy segura de que, tratándose de ti, sea capaz de actuar racionalmente.
—Necesita otro objeto de deseo. He intentado que se fijara en Eloisa Cardross.
—¿Tan fácilmente crees que puede dirigirse el amor?
—Sellerby no me ama. Si no, no me atosigaría tanto.
—Eso no tiene sentido —repuso Lizzie—. El atosigamiento es connatural al amor.
—Dickon nunca me atosigaba.
—No le hacía falta. Pidió tu mano y se la dieron.
—Bueno, la verdad es que me atosigaba con sus regalos —añadió Georgia—. Verdaderamente, Lizzie, creo que el mundo se ha vuelto loco. La gente piensa que me acostaba con Vance, Sellerby va por ahí soltando disparates y Babs babea por Dracy.
—A Babs le gusta coquetear con apuestos héroes de guerra, pero tú sabes que está locamente enamorada de Harringay. Lord Dracy es un apuesto héroe de guerra, ¿no? La cicatriz es muy chocante al principio, pero luego… luego ya no.
—Si tú también empiezas a coquetear con él, sabré que el mundo está del revés.
—Tú parecías muy contenta en su compañía.
—No —contestó Georgia—. Dracy tiene muchas virtudes, pero está descartado.
—¿Por qué?
—Porque es pobre, y además barón. Sé que suena frívolo, pero no podría ser feliz en esa situación, como no podría serlo si me casara con un obispo.
Su amiga se echó a reír.
—Confieso que me cuesta imaginar una esposa menos idónea para un obispo.
—¿Lo ves? Debo regresar y bailar con Sellerby.
—Pensaba que querías evitarlo —dijo Lizzie.
—Pero he sido muy descortés con él. Me negué a bailar con él pretextando que estaba indispuesta. La verdad es que me sentía preocupada por lord Dracy. Y luego volví a baile con Dracy…
—Ah, conque sí, ¿eh?
—Así que ahora tengo que bailar con él. ¡Qué lío es todo esto! Dime la verdad, Lizzie. ¿Cómo me ha visto la gente esta noche?
—Con gran interés. Estoy segura de que es muy incómodo, pero simplemente están satisfaciendo su curiosidad.
—¿Eso es todo? —preguntó Georgia, presintiendo que había algo más.
Lizzie hizo una mueca.
—Hay quien piensa que todavía deberías llevar luto.
—¿Después de un año? ¿Hasta cuándo debería llevarlo, según ellos?
—Sé que es un disparate, pero recuerda que en realidad nadie te ha visto de luto. Lady May desapareció y ahora regresa igual que antes.
—¡No lo había pensado! Hice lo que mis padres consideraron mejor.
—Y puede que lo fuera, pero la gente tardará algún tiempo en acostumbrarse. En cuanto te vean seria y comedida…
—Aburrida, quieres decir. Me parece tremendamente injusto. Dickon no habría querido que fuera así.
—La justicia no tiene nada que ver con esto.
—Pues debería tenerlo.
—Así es, pero ten mucho cuidado, querida.
Lizzie hablaba en serio, lo cual empeoró las cosas.
Georgia suspiró. Añoraba ser libre para actuar a su antojo, pero había perdido esa libertad, junto con todo lo demás, por el simple hecho de no tener un hijo varón.
Sabía que no era el momento más adecuado, pero tenía que hablar con alguien y Lizzie se marcharía al amanecer para regresar a su casa.
Se sentó delante del espejo como si se dispusiera a peinarse.
—Necesito volver a casarme, Lizzie, pero temo no poder tener hijos. ¿Y si es culpa mía? Los hombres quieren herederos, y no creo que pueda soportar esa desilusión otra vez.
—Es muy posible que fuera culpa de Dickon. Piensa en lady Emmersham. Diez años estéril mientras fue la señora Farrady, y cuando se casó con Emmersham tardó menos de un año en tener un hijo.
—Siete meses, concretamente —puntualizó Georgia—. ¡Santo cielo! —exclamó, y se volvió para mirar a su amiga—. ¿Crees que lo planearon así?
—¿Planear qué? ¿Esperar a que…? ¡Georgie!
—No me chilles. Es lógico. Emmersham necesita un heredero, y aunque estaba loco por ella no quería casarse con una mujer estéril…
—No —contestó Lizzie.
—Claro que sí, así que…
—Quiero decir que no debes hacerlo. Ni se te ocurra pensar en probar a un marido antes de casaros.
Georgia no lo había hecho antes, pero ahora…
—Si no me quedo embarazada, no habré perdido nada.
—¿Nada? Tu honor, tu virtud. No debes…
—¡Deja de decirme lo que no debo hacer! En todo caso sería más bien mi posible marido quien estaría poniéndome a prueba a mí. Piénsalo, Lizzie. En lugar de casarme y luego esperar todos los meses, y llevarme una desilusión cada mes y decepcionar a…
Lizzie corrió a abrazarla.
—Sabía que eso te preocupaba, querida, pero no hasta qué punto. Aun así no puedes… no puedes. Piénsalo despacio. Si no concibes con un hombre, ¿te quedarás conforme? Si la respuesta es no, ¿con cuántos hombres estarías dispuesta a pecar y durante cuánto tiempo antes de resignarte a ser estéril?
Qué palabra tan horrible, «estéril».
Se apartó de su amiga y se fingió atareada alisándose las faldas.
—No lo sé, pero si llega ese día, me casaría con un viudo que ya tuviera un heredero. Con lord Everdon, por ejemplo. Es rico y compartimos muchos gustos, y no es demasiado viejo. Ni siquiera tiene treinta años, creo.
—Pero puede que para entonces él no te quiera. Ni él, ni ningún otro hombre. Si tuvieras una retahíla de amantes, se descubriría. Podrías acabar tan salpicada por el escándalo que te sería imposible casarte.
—Entonces seré la escandalosa lady May toda mi vida, libre como un pájaro. Claro que —añadió, mirándose de nuevo en el espejo—, ¿acaso son libres los pavos reales?
—Son tontos, eso todo el mundo lo sabe, y tú no lo eres.
En vista de que Lizzie parecía sinceramente preocupada, Georgia se volvió hacia ella con una sonrisa de disculpa.
—Esta noche sólo digo disparates, ¿verdad? No temas, Lizzie. Estoy segura de que no es ésa mi intención. Vamos, debemos regresar abajo. Alguien podría malinterpretar mi ausencia si paso mucho tiempo fuera, y no me refiero sólo al pobre Sellerby.
Bajaron como si regresaran del tocador de señoras y al llegar al salón Georgia buscó con la mirada a Dracy, pero no lo vio. Intentó convencerse a sí misma de que Babs era de fiar, y en todo caso ella le debía aquel baile a Sellerby.
Pero ¿dónde estaba?
Stokesley invitó a bailar a Lizzie y Georgia se halló de pronto sola. No había a su alrededor ni un solo caballero deseoso de bailar con ella, cosa que no había sucedido nunca desde que tenía uso de razón. Hasta Sellerby se mantenía alejado. Lo vio al otro lado del salón, mirándola con extraña frialdad. Y no era el único.
Con las mejillas encendidas, se encaminó hacia las puertas abiertas procurando aparentar calma, pero sabedora de que la observaban con malos ojos. Cuando saludó a lady Landelle con una sonrisa y una inclinación de cabeza, la señora le correspondió con torpeza y se apresuró a desviar la mirada.
—Georgia, ¿tengo la buena fortuna de encontrarte libre?
Se volvió agradecida hacia lord Harringay.
—En efecto.
—El mundo se ha vuelto loco, por suerte para mí.
La condujo hasta el extremo de la larga fila de danzantes. Georgia procuró mantener la sonrisa, pero al mismo tiempo intentaba comprender ansiosamente qué estaba pasando. La gente la trataba con mayor frialdad que antes, eso saltaba a la vista. O, mejor dicho, había más invitados que se habían contagiado de aquella frialdad. Hasta la sonrisa de Richmond le pareció titubeante cuando sus miradas se cruzaron.
¿Por qué? ¿Porque había estado fuera, con Lizzie? ¿Creía la gente que se había ausentado en compañía de algún hombre?
Sintió el impulso de enfrentarse con ellos y quitarles aquella idiotez de la cabeza. Pero sonrió y bailó como si nada le preocupara. En cuanto acabara la pieza encontraría a alguien para explicárselo todo.
Pero quizá no fueran más que imaginaciones suyas, pues aquí venía Sellerby.
Georgia sonrió y le ofreció su mano.
—Le habría concedido ese baile, Sellerby, pero no lo encontré. El próximo es suyo.
—Tu deuda ha aumentado, Georgie. Exijo el baile de la cena.
La elección de pareja para el baile de la cena se consideraba significativa, y Georgia se acordó de la advertencia de Lizzie.
—Mis más sentidas disculpas, Sellerby, pero ya se lo he prometido a otro.
Su sonrisa se apagó.
—Deberías habérmelo reservado.
Maldito fuera, estaba hablando para la gente que había cerca.
A Georgia no le costó poner cara de perplejidad.
—¿Y eso por qué?
—Ya sabes por qué. Mi querida Georgie, nosotros…
—¿Nosotros qué, milord?
—Todavía es un asunto privado, lo sé, pero…
—Sus asuntos privados no me conciernen, señor. —Fue un error responder tan bruscamente. Intentó suavizar su tono—: Venga, nuestro baile está a punto de empezar.
Sellerby se inclinó ante ella con frialdad.
—Lo lamento, se lo he prometido a otra.
Le había respondido con la misma moneda. Georgia sonrió e hizo una genuflexión.
—Muy bien, señor. Más tarde, quizá.
Logró alejarse con calma, pero por dentro estaba que echaba chispas. Sellerby había convertido en una escena un asunto sin importancia, y quizá sus mentiras fueran las causantes de la frialdad que percibía a su alrededor. ¿Se había convertido de repente en una caprichosa sin corazón, además de en una adúltera malvada?
Winnie le salió al paso y masculló:
—¿Por qué siempre tienes que provocar una escena?
Georgia abrió de golpe su abanico.
—Ha sido todo culpa de lord Sellerby.
—Cuando se juega al gato y al ratón con un hombre…
—¡Yo nunca he jugado a nada con él!
—Todo el mundo sabe que era el favorito de tu presunta corte, y que te carteabas con él desde Herne cuando estabas de luto.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo comentó Millicent.
Su encantadora cuñada, que la vigilaba como un halcón, siempre atenta a cualquier traspié.
—Cometí el error de agradecerle que me defendiera delante de mi suegra. —Estaba harta de aquella conversación y vio una forma de escapar—. ¡Ah, Porterhouse! ¡Gracias!
Porterhouse parpadeó porque sólo pasaba por allí, pero era demasiado educado para rechazarla y la condujo junto al resto de los danzantes. Era un hombre tan bueno y amable que de buena gana se habría casado con él si hubiera tenido rango y fortuna. Aunque posiblemente en ese momento ni siquiera él la habría querido por esposa.
¿La frialdad que había creído percibir a su alrededor había sido fruto de su imaginación? No lograba estar segura. En casa de su hermana, estando presentes sus padres, que tanto poder tenían, muy pocos se atreverían a mostrarse abiertamente descorteses con ella.
Pero cuando se alejaron del centro del salón donde había tenido lugar el baile, Porterhouse le dijo:
—Creo que debo avisarla, lady Maybury.
—¿Avisarme?
La condujo a un rincón tranquilo del salón.
—La gente habla.
—Bueno, a eso ya estoy acostumbrada, amigo mío.
—Pero ahora corre un nuevo rumor. Sobre la carta de Vance, la que decía haber visto la difunta lady Maybury.
Georgia agitó su abanico y sonrió lo mejor que pudo, a pesar de que sabía que sus ojos la delataban.
—Una historia vieja, y además idiota.
—Georgie, hay alguien aquí que asegura haber visto esa carta. O conocer a alguien que la ha visto. El rumor es un tanto confuso…
—Como lo son siempre todos los rumores. Pero ¿aquí, esta noche? —Georgia no pudo resistirse al impulso de recorrer el salón con la mirada—. ¿Quién?
—No lo sé. Podría ser todo falso…
—Tiene que serlo. Esa carta no puede existir.
—Pero muchos creen lo contrario. Lamento disgustarla, querida mía, pero he pensado que debía saberlo.
Ella le sonrió con toda la calidez que pudo.
—Gracias. Entre Charnley Vance y yo no hubo nada, Porterhouse.
—Estoy seguro de que no —contestó, pero Georgia sospechó que hasta él tenía una sombra de duda—. Me temo que he de buscar a mi pareja para el baile de la cena. ¿Quiere que la lleve con su madre?
Refugio de pasmarotes y marginadas.
—Gracias, pero no. Tengo pareja para el baile.
Porterhouse hizo una reverencia y se alejó, y Georgia se sintió sola como no se había sentido nunca antes. Si la gente creía aquel rumor absurdo era porque estaba dispuesta a creerlo. Había pasado un año, pero el gran mundo seguía pensando lo peor de ella. Necesitaba regresar a la ciudad y recuperar su vida, pero por primera vez se preguntaba si la ciudad volvería a acogerla.
Y no tenía pareja para el baile de la cena.
Había tenido intención de concedérselo a Beaufort, pero lo vio emparejado con Lucy Pomeroy. Richmond parecía encantado con la linda señora Horstead. Y Sellerby la observaba con una sonrisa que sólo podía calificarse de burlona. ¿Se estaba preparando para ofrecerse como su única oportunidad?
Antes que aceptarlo, comería cristales.