Capítulo 12
AL día siguiente, estaba pensando qué adorno debía ponerse en el pelo cuando alguien llamó a su puerta. Rezó por que no fuera su madre.
Pero quien entró fue su amiga, lady Torrismonde, elegantemente vestida de seda amarilla.
Georgia se arrojó en sus brazos.
—¡Lizzie! ¡Qué maravilla verte por fin!
Lizzie Torrismonde se echó a reír mientras la abrazaba.
—Podrías haber venido a visitarnos en cualquier momento estos últimos meses, ¿sabes?
—Lo sé, lo sé, pero decidí quedarme en Herne hasta que acabara mi luto. ¡Qué buen aspecto tienes!
Lizzie no era una belleza, pero aun así era guapa, con el cutis muy fino y una densa cabellera castaña clara. Sus dos partos no habían alterado su esbelta figura, pero habían intensificado la alegría que irradiaba.
—Te has puesto el de pavo real —dijo—. Merece que lo luzcas otra vez. Creo que, de tus vestidos especiales, es mi favorito.
Georgia se giró para mostrarle la cola de pavo real plisada que remataba el vestido por detrás.
—Pero ¿crees que debo ponerme el penacho de plumas de pavo real, o algunas joyas aquí y allá?
Lizzie se acomodó en el canapé.
—Como si yo lo supiera mejor que tú o que Jane. ¿Qué te pusiste la última vez?
—Jane, ¿qué me puse en el pelo la última vez?
—El penacho, claro, señora.
—Entonces volveré a ponérmelo hoy. Qué lista eres, Lizzie. —Georgia se sentó para que Jane pudiera sujetarle el adorno, pero se giró en el taburete para mirar a su amiga—. Has entendido a la perfección lo que me propongo. Apareceré tal y como era, la misma de siempre.
—¿Estás lista para enfrentarte al mundo?
—Desde luego que sí.
—Entonces, ¿por qué estás tardando tanto en bajar?
—Por el pelo —contestó Georgia, pero luego hizo una mueca—. Me conoces demasiado bien. Estoy nerviosa. ¿Verdad que es absurdo? ¡Lady May, nerviosa por asistir a una fiesta! Pero es que la lista de invitados no es tan tranquilizadora como yo esperaba. Thretford se ha empeñado en invitar a varios políticos. Y a sus esposas.
—Ah.
—Sí. Va a venir lord North, y Anne North siempre me ha tenido manía, igual que lady Shelburne. Menos mal que Pranks se ha quedado en Herne, junto con esa amargada de su esposa.
—Georgia… —la regañó Lizzie.
—¡Lo es! Se aferra a cualquier chisme nuevo que se cuente sobre mí. Ha mandado a una delegada, ¿no es increíble? Su hermana, Eloisa Cardross, ha llegado hoy sin previo aviso, y está tan resentida conmigo como Millicent porque cree que rivalizamos en belleza. La pobre Winnie tiene tan pocas habitaciones que me propuso en voz baja que compartiera mi cuarto con ella, pero me puse firme y Eloisa está en una habitación minúscula destinada a una criada. Supongo que no debería haberme puesto tan tajante…
—Georgia, eres demasiado bondadosa. Cualquiera que se presente sin invitación y por sorpresa debería agradecer que no lo envíen a la posada más próxima.
—Puede que sí. Ha traído cartas de Millicent para todos nosotros. No sé qué decían las otras, pero en la mía me recordaba amablemente que había avergonzado a la familia y que era importante que evitara atraer sobre mí miradas impertinentes. Hasta me recordaba esa carta que esgrimió mi suegra, que según ella no debería haber caído en el olvido.
—¡Esa pérfida! —exclamó Lizzie, lo cual era un insulto extraordinario en sus labios.
—Sí. Y no voy a justificarla porque esté embarazada. Estoy segura de que el embarazo no la convierte a una en una arpía.
—Claro que no. Confío en que hayas quemado la carta.
—Al instante. Ojalá pudiera quemar todas esas inmundicias, pero los rumores y las habladurías no pueden quemarse.
—Pero pueden extinguirse —repuso Lizzie—. O morir, simplemente, por falta de alimento, como en tu caso. Sólo tienes que evitar dar un nuevo espectáculo esta noche.
—¡Qué aburrimiento! —exclamó Georgia instintivamente, pero luego arrugó la nariz mirando a su amiga—. Descuida, estoy decidida a ser el decoro personificado.
Lizzie se rió.
—Puedo serlo —protestó Georgia.
—¿Con ese vestido?
—Sólo tiene el escote un poco más bajo que el tuyo.
—Pero ese poco de más es esencial.
Georgia se giró para mirar su corpiño en el espejo. Sus pechos se alzaban, hermosos, sobre la pechera plana del vestido, y su delicado collar de zafiros atraía la atención sobre ellos.
—No tiene nada de escandaloso.
—Pero tanto como el decoro personificado…
Georgia se giró de nuevo hacia ella.
—Muy bien, no intentaré mostrarme decorosa, pero… Jane, ¿has acabado?
—No puedo hacerlo mejor si no para usted de moverse de acá para allá, señora.
—Y aun así haces milagros. Gracias. Ahora, la pulsera de luto, por favor.
Ya llevaba el medallón con el retrato de Dickon sujeto entre el encaje plateado que adornaba su peto. No era por aparentar, sino porque le apetecía tener a Dickon a su lado de algún modo. Sabía que, si podía, velaría por ella.
La pulsera negra y plateada no combinaba con su traje, pero así se notaría más. Hizo que Jane se la sujetase a la muñeca derecha y luego miró a su amiga.
—¿Así?
—Así —contestó Lizzie.
—¡Es maravilloso tener otra vez a mi lado a mi sabia amiga! ¿Te he dado ya las gracias por tus muchas cartas? Me has salvado de la locura.
—También para mí era un placer recibir tus cartas, sobre todo en invierno, cuando estaba enorme como una ballena, embarazada de Arthur.
—Ay, ¿cómo está? Debe de tener… Santo cielo, ¿ya tiene cinco meses? Estoy deseando verlo.
—Entonces debes venir a visitarnos. Ahora está en una fase deliciosa.
—Pero te retiene en el campo.
—Me gusta el campo, y cuando tengas hijos también te gustará a ti. Para ellos es mucho mejor.
Georgia evitó hablar de hijos poniéndose sus zapatos de seda gris. Si la naturaleza hubiera funcionado como debía, tendría al menos un hijo, y si hubiera sido un varón ella habría seguido disfrutando de su vida de antaño. La casa de Londres, Sansouci y Maybury Castle, arrendados al menos por veinte años.
De pronto preguntó:
—¿Por qué a algunas parejas les cuesta tan poco tener hijos, a veces demasiado poco, y otras no tienen ninguno? Es tan injusto…
—Es la voluntad de Dios —repuso Lizzie.
—¿Y por qué lo hace Dios, entonces?
Lizzie se levantó para darle un abrazo.
—Ésa es una pregunta demasiado profunda para mí, tesoro, pero cuando vuelvas a casarte estoy segura de que Dios proveerá.
—Espero que no sea con otra Anunciación.
—¡Georgia! —Luego, Lizzie la abrazó—. ¡Ah, no has cambiado, y no sabes cuánto me alegro! Si alguien se presenta en tu alcoba vestido de ángel, ten mucho, mucho cuidado.
—¿Crees que algún seductor habrá probado ese truco? Nuestro padre, por su parte, era el ángel Gabriel.
Rompieron las dos a reír, y Georgia pudo aferrarse a una sonrisa radiante cuando salieron de la habitación para enfrentarse a amigos y enemigos.
Bajó las escaleras hasta el vestíbulo charlando con Lizzie pero tuvo que esforzarse por parecer tan despreocupada como antaño, y no le resultó fácil, acribillada por las ávidas miradas de los invitados. Estaba acostumbrada a ser el centro de todas las miradas, pero no así. Muchas de aquellas personas no habían visto a lady May desde la muerte de su esposo, y todas se sentían en disposición de juzgarla.
¿Acaso esperaban que apareciera vestida completamente de luto, o de gris apagado? Se dio cuenta de que estaba tocando el medallón y apartó la mano, pero le reconfortaba pensar que tenía a Dickon consigo. Él no se había escandalizado por el vestido de pavo real, incluso le había dado su aprobación.
Maldición, no pensaba llorar.
Buscó a sus amigos allá abajo. Harringay se encontraba allí, hablando con Waveney, que pese a admirarla podía ser más un peligro que un consuelo ahora que estaba casado. Babs Harringay tenía que estar en alguna parte. Vio al duque de Bridgwater, un posible pretendiente. Pero no parecía prestarle ninguna atención. Seguramente estaba enfrascado en una conversación sobre canales.
La sonrisa del señor Porterhouse parecía sincera, así que le correspondió con otra. Porterhouse había sido uno de los miembros más agradables de su cortejo de admiradores. En él siempre podía confiar.
Y Dracy…
¿Dónde estaba Dracy?
El marido de Lizzie, un hombre cordial pero anodino, salió a su encuentro y dedicó a su esposa una tierna mirada de admiración. A su esposa, notó Georgia. No a un vestido espectacular, ni a una belleza espectacular, sino a Lizzie, tal y como era. ¿La había admirado Dickon más por sí misma o por su estilo…?
No, no se pondría a pensar en esas cosas, y menos allí, en ese momento.
¿Dónde diablos estaba Dracy?
No lo encontró al echar una rápida ojeada a su alrededor, y la afligió comprobar lo mucho que le importaba. Comprendió que había tenido la esperanza de que estuviera aguardándola como en las Escaleras de York, listo para acudir a su lado, para ser su amarra. Santo cielo, se estaba aferrando a los Torrismonde como una chiquilla asustada. Porterhouse conversaba con los Berrisford, y Waveney con su esposa.
Eloisa Cardross se acercó, ataviada con un vestido rosa de inmenso escote. Sonrió, zalamera.
—Qué casa tan encantadora, ¿no es cierto?
—Encantadora, sí —repuso Georgia.
—Los arreglos florales son exquisitos.
—Gracias.
Eloisa la miró, extrañada.
—He ayudado a mi hermana con las flores. Me alegro de que le gusten.
Eloisa pareció arrepentirse de lo que había dicho.
—Supongo que echa de menos tener una casa propia que administrar —comentó. Sus palabras podían haber sido reconfortantes, pero no lo fueron.
—Echo más de menos a mi marido.
—Pero sin duda está ansiosa por tener otro.
—Tan ansiosa como sin duda está usted por tener el primero —replicó Georgia en tono más desabrido de lo que pretendía, pero idéntico al que había puesto Eloisa en sus palabras—. Estoy segura de que tendrá mucho donde elegir —añadió para endulzar sus palabras.
—Si es que deja usted alguno para las demás —contestó Eloisa bruscamente, y se alejó.
Georgia se quedó mirándola. Sabía que Eloisa Cardross tenía celos de ella, pero no que fueran tan violentos. Indudablemente, debía marcharse de Thretford y regresar a Londres cuanto antes.
Para colmo de males, vio acercarse a lord Sellerby.
—Mi queridísima Georgia en todo su esplendor. ¿O en todo su plumaje, debería decir?
Ella tuvo que sonreír al oírle. Sellerby podía ser muy ingenioso.
—En todo caso, somos aves de la misma pluma, Sellerby —repuso, admirando su traje de seda lila—. Gracias por venir. Sé que usted no se enzarzará en una disputa política a la menor excusa.
—No, teniéndote a ti como imán —dijo con aquel brillo en sus ojos.
Georgia tenía que hacer algo al respecto.
—Usted sabe que no puede acapararme, Sellerby. ¿Puedo pedirle que sea amable con la señorita Cardross, que tal vez no conozca a muchos de los invitados? La recordará usted de la cena en Herne —añadió mientras avanzaba con él.
—¿Cómo iba a fijarme en otra en tu presencia? —murmuró él, pero era tan educado que se mostró encantado ante la idea.
Llegaron los Bryght Malloren y Georgia fue a saludarlos preguntándose si podría promover un enlace entre Sellerby y Eloisa. Eloisa era guapísima, y Sellerby daba mucha importancia a la belleza. Además, su dote sería muy razonable, y seguramente se conformaría con un conde. Sí, así mataría dos pájaros de un tiro.
El nombre completo de lord Bryght era Arcenbryght: una carga muy pesada para ponerla sobre un niño recién nacido, en opinión de Georgia. Un antiguo príncipe bretón o algo así. Lord Bryght tenía los hombros lo bastante anchos para soportar el peso de su nombre y era un caballero elegante y refinado, no como su esposa, Portia, una pelirroja menudita carente de belleza y de abolengo. Pero, pese a su extraño contraste, parecían una pareja enamorada.
Había emparejamientos tan extraños…
Georgia conocía a Portia Malloren a través de Danae House, pues también era patrona del asilo y cuñada de la fundadora, la marquesa de Rothgar. No la conocía muy bien, pues a los Bryght Malloren les gustaba tanto como a los Torrismonde la vida en el campo, pero en compañía de su marido y de ella no corría ningún peligro. Estuvieron hablando los tres de naderías como el tiempo y las perspectivas de la cosecha y luego Lizzie y su marido se reunieron con ellos.
Georgia se preguntaba si Lizzie revoloteaba a su alrededor intentando protegerla, pero al parecer Torrismonde quería hablar de la construcción de canales y lord Bryght era un conocido defensor de la iniciativa de Bridgwater. Pasado un rato, los dos caballeros fueron a hablar con el duque.
—¡Canales, canales, canales! —exclamó lady Bryght con cara de fastidio—. No oigo hablar de otra cosa.
—Por lo visto son importantes —comentó Lizzie.
—Y están dando beneficios, pero Bridgwater está obsesionado.
—Todos los hombres tienen sus obsesiones —repuso Lizzie—. Y hacer canales para que corra el agua parece bastante inofensivo. Ah, ahí veo a la señora Wayworth. Disculpadme.
Georgia sonrió a lady Bryght.
—Hablando de obsesiones, Lizzie y Maria Wayworth pueden hablar durante horas de invernaderos y del cultivo de frutas tropicales.
—Confieso que yo me conformo con mis robustas orquídeas y mis bayas. ¡Ojalá estuviera allí para ocuparme de ellas!
—¿Se han instalado en la ciudad? —preguntó Georgia—. Qué raro en ustedes.
—No nos ha quedado otro remedio. El caos político ha hecho estragos en el comercio y en la Bolsa, y Bryght opinaba que debía estar cerca para velar por los intereses de la familia. Yo estaba indecisa porque no queríamos traer a los niños a Londres, pero al final los dejé en el campo y vine con él. Espero que podamos volver pronto.
Hijos. La última vez que habían hablado, lady Bryght sólo tenía un hijo varón.
—Lo lamento, estoy muy desinformada. ¿Estaba usted encinta?
—Sí, di a luz en junio pasado, cuando no estaba usted para esas cosas. Mi más sentido pésame otra vez.
Portia le había escrito una nota de condolencia, al igual que todos sus amigos y conocidos. Una auténtica montaña de papel con el borde negro.
—Gracias. Fue una época muy mala. ¿Ha tenido un niño o una niña?
—Una niña, Joanna, y tiene el pelo oscuro de Bryght, no mi color zanahoria.
—No esperará que otra pelirroja sea tan desdeñosa con su pelo.
—Hay rojos y rojos —repuso Portia—. Su tono cobrizo es precioso.
Georgia sonrió y agitó su abanico. No quería seguir por ese camino, pues el cabello rojo de Portia Malloren era más bien naranja e iba acompañado de un sinfín de pecas.
—¿Y su hijo? —preguntó amablemente, aunque se preguntaba si no iba a oír hablar de otra cosa que de bebés y bebés toda la noche.
Tras hablar unos minutos de lo bueno, valiente y listo que era el pequeño Francis Malloren, Georgia sacó a relucir el único interés que tenían en común:
—¿Ha tenido ocasión de visitar Danae House estos días?
—Más que ocasión, necesidad. Diana ha tenido que irse al norte para ocuparse de un problema relacionado con sus fincas y me hizo prometerle que haría su inspección semanal. Si no fuera por eso… —Miró a Georgia con intensidad—. ¿No podría usted hacerse cargo de esa tarea?
—Desde luego que sí —contestó Georgia, y luego hizo una mueca—. Si no fuera porque estoy aquí varada.
—¿Y eso por qué?
—Mi madre opina que en Londres hay demasiados peligros.
—Sigue habiendo agitación, se lo aseguro, pero los tumultos parecen haber cesado. Naturalmente, estoy intentando convencerla por interés propio. Si pudiera hacerse cargo hasta que vuelva Diana, nosotros podríamos regresar a casa, a Candleford. Sólo estamos retrasando la vuelta por este asunto.
A Georgia le dio un vuelco el corazón. Tenía ante sí una excusa para visitar la ciudad cada semana. O incluso para mudarse a ella.
—¿Cuándo se espera que regrese lady Rothgar? —preguntó.
—Es imposible saber qué inconvenientes le habrán surgido o cuánto tiempo le llevará el viaje. ¡Y con un bebé! La verdad es que creo… Pero yo no soy quién para criticarla. Estoy segura de que regresará lo antes posible, ya que Rothgar se ha quedado aquí.
En efecto, los Rothgar parecían casi incapaces de estar el uno sin el otro. ¿Había sentido ella lo mismo por Dickon? No lo recordaba. Tocó el medallón con la sensación de haberle traicionado.
De pronto advirtió sobresaltada que lady Bryght seguía hablando sobre Danae House:
—… está especialmente llena. Son tan duros los tiempos… Es como si la guerra generara prosperidad y la paz pobreza y desempleo. Es como si todo estuviera del revés, pero… Ah, querida, no debería ponerme a hablar de cosas tan serias aquí.
Georgia confió en no parecer aburrida.
—No veo por qué no. La mayoría de los hombres está hablando de política. O de canales —agregó con una sonrisa.
—¿Y en cuanto a Danae House? —insistió lady Bryght—. ¿Hay alguna posibilidad de que…?
Georgia tomó una decisión.
—Sí. Antes, cuando estaba en Chelsea y la mayoría de las patronas se iban a sus casas de veraneo, también me ocupaba de ver cómo iba todo. En fin, la maldad y la locura no descansan en ninguna estación.
—¡Gracias!
Georgia temió por un instante que Portia fuera a abrazarla allí, en medio del salón.
—¡Qué peso me he quitado de encima! En cuanto a eso que dice de la estación, el amor tampoco sabe de estaciones.
—Ni las violaciones —contestó Georgia—, y las penas del verano vienen de ataques primaverales.
—Hay algunas que se descarrían por amor, como esa doncella que trajo usted. La verdad es que las compadezco. ¡Qué difícil ha de ser esperar durante años cuando el amor y el deseo te corren como fuego por las venas!
Georgia intentó encontrar una expresión acorde con su comentario, sobre todo por la mirada que lady Bryght había lanzado a su marido, pero sólo acertó a decir:
—Supongo que sí.
¿Cuando el amor y el deseo corren como fuego por las venas?
Georgia comprendió que nunca había sentido eso por Dickon. Nunca se le habían hecho insoportables los días que pasaban separados. De pronto, le dieron ganas de echarse a llorar.
—¡Georgia!
Se volvió, aliviada, hacia la oronda Babs Harringay, cuyos rizos oscuros brincaban alrededor de sus mejillas redondas, en las que se dibujaban profundos hoyuelos. Saludó a su amiga y presentó a las dos señoras, contenta de volver a asuntos mundanos. Unos minutos después, sin embargo, las dos madres se pusieron a hablar de niños, de sus ocurrencias y sus travesuras, de su alimentación y de la ropa, y de lo duro que era estar separadas de ellos.
Georgia se excusó y, mientras se alejaba sonriendo y saludando a los invitados, comenzó a buscar a Dracy minuciosamente. Él no se pondría a hablar de niños, de eso podía estar segura.
Salió del salón al vestíbulo, se detuvo a hablar con algunos amigos y a coquetear con varios caballeros mientras intentaba hacer caso omiso de las miradas curiosas que le lanzaban otros. En cuanto se acostumbraran a que fuera como siempre había sido, incapaz de un pecado mezquino, todo iría como la seda.
Acordándose de dónde había visto a Dracy por primera vez, salió a la terraza trasera. No lo vio inclinado peligrosamente sobre la baranda, pero allí no le haría falta hacerlo: la terraza apenas se levantaba un metro y medio del suelo, y la balaustrada sólo llegaba a la altura de la cadera.
Volvió cruzando la biblioteca, que había sido convertida en sala de naipes, pero tampoco allí lo encontró. Era imposible que se hubiera acobardado y hubiera decidido no ir. Un hombre como él no temía nada.
¿O era sencillamente que disimulaba muy bien su miedo?
Tal vez algunos de los presentes pensaran de ella que era una temeraria, y en el pasado habrían tenido razón. Ahora, en cambio, tenía al menos que reconocer que se sentía inquieta. La gente no le sonreía con la misma cordialidad, ni se precipitaba a salir a su encuentro. Aquél no era el mundo que recordaba.
¡Ah, Beaufort! Aquí venía, resplandeciente de placer, lo cual satisfizo su orgullo. Incluso se ruborizó ligeramente, de la manera más enternecedora, al besar su mano. Luego se les unió lord Everdon, tal vez con intención de cortejarla. Poco después, el duque de Richmond fue a engrosar su corte. Dos duques, aunque uno de ellos sólo tuviera diecisiete años. A fin de cuentas, todo iba bien.
Concedió a Richmond el primer baile (el minueto de rigor), sobre todo por provocar a los demás. Al dirigirse al centro del salón, vio que Sellerby pedía bailar a Eloisa, así que tal vez su plan estuviera funcionando. Y si Dracy llegaba por fin, la noche podía ser perfecta.
Sonrió a Richmond.
—Éste va a ser mi primer baile en un año, duque. Gracias por darme esta oportunidad.
Él se sonrojó.
—El placer y el honor son míos, lady May. Sin usted, la vida ha sido tan gris como el mes de noviembre.
—Una respuesta elocuente, duque, además de encantadora.
El joven se ruborizó más aún.
Comenzó a sonar la música y Georgia se dejó llevar alegremente por el placer de la ceremoniosa danza, sabedora de que ejecutaba sus pasos a la perfección. Satisfecha del primer baile, concedió la primera contradanza a Beaufort, que pareció casi aturdido por tanto honor. Bailó y giró, incapaz de dejar de sonreír. Lady May había vuelto, y su vida volvía a ser la de siempre.
Cuando acabó la contradanza, vio que se acercaba Sellerby. Tendría que concederle un baile, pero empezaba a estar preocupada por Dracy, así que se disculpó con una sonrisa y salió de nuevo en su busca. Al ver a su cuñado, le preguntó:
—¿Ha llegado ya lord Dracy?
—¿Dracy? —preguntó Thretford—. Ah, el protegido de tu padre, ese marinero. Ni idea, querida. Puede que se haya perdido, como no está acostumbrado a navegar en tierra firme…
Se rió de su propia broma y se alejó para saludar a un invitado que llegaba tarde. Pero no era Dracy. Georgia rodeó de nuevo la casa y cuando regresó al salón vio a Sellerby a un lado, esperándola. El conde la agarró de la mano.
—¡Qué festín para mis ojos, lady May!
La verdad era que a veces se ponía ridículo.
—¿Tienen dientes los ojos, Sellerby?
Él se echó a reír.
—Qué ingeniosa. Sólo pestañas.
—Para azotarme mejor, imagino. Vamos, vamos, esta conversación no tiene ni pies ni cabeza.
—Has saltado del festín a los dientes, mi querida Georgie, pero te aseguro que, si alguna vez tuviera que azotarte, sería con mucha ternura.
—¿Si tuvieras que…?
—Cuando seas mía. Pero ven, unámonos a esta danza.
Sus palabras, su modo de darle a entender que tenía algún derecho sobre ella, la hicieron rebelarse.
—Lo lamento, pero tendrá que disculparme, Sellerby. Algo me ha sentado mal…
Se alejó a toda prisa como si de pronto necesitara visitar el tocador, confiando en que su abrupta salida pasara desapercibida y no diera pábulo a nuevos rumores.
Recorrió un pasillo, pero la casa estaba llena a rebosar y el aire cargado de sudor y perfume comenzó a marearla. Salió a la terraza a respirar aire fresco y a calmar su corazón acelerado, pero procuró mantenerse alejada de las ventanas. Tal y como estaba, a Sellerby podía ocurrírsele seguirla, y la situación empezaba a incomodarla.
Habían coqueteado así muchas veces, pero ¿azotes? ¿Y «cuando seas mía»? Ella nunca le había dado motivos para pensar tal cosa.
Pero Sellerby no había querido decir nada, en realidad, y ella había sacado las cosas de quicio, abrumada por el baile. Aunque todo parecía ir bien, seguía sintiéndose observada. Compensaría a Sellerby a su debido tiempo. De momento, podía quedarse en la terraza desierta, respirando aire fresco, hasta que recuperara la compostura. Pronto algún admirador iría en su busca y tendría que regresar al baile, acompañada y de buen humor.
Era ella quien se había encargado de organizar las flores allí fuera, y estuvo observando su obra. Habían colocado jarrones en las esquinas con altas flores blancas y hiedra colgante. Los colores claros siempre daban buen resultado en las fiestas nocturnas pues reflejaban la luz, mientras que las flores de colores se volvían grises y anodinas en cuanto se ponía el sol. Para realzar el efecto, cada jarrón contenía además un farolillo alto con la pantalla esmerilada. Remansos de luz que sin embargo dejaban en sombras los rincones, tal y como aquél en el que se hallaba, y que por tanto propiciaban los escarceos amorosos.
Pero esa noche no habría escarceo alguno para ella, ni allí, ni en los jardines de más abajo.
Los farolillos de colores colgados de los árboles eran preciosos, pero Georgia no podía atribuírselos. No era la primera vez que Winnie los usaba, y sus sirvientes sabían a la perfección qué hacer con las luces del jardín y del estanque. Le apetecía ver el estanque ahora que estaba oscureciendo, así que se acercó al borde de la terraza. ¡Qué maravilla! Dentro de los farolillos de cristal de colores, las luces oscilantes eran como piedras preciosas sobre raso negro.
Pero ¿dónde estaban sus pretendientes? Desde el salón de baile se la veía perfectamente, y los caballeros deberían haber acudido a ella como un enjambre.
Pero eso era ridículo. Richmond y Beaufort sabían que no debían pedirle bailar de nuevo tan pronto, y Sellerby creía que no se encontraba bien. Habría elegido otra pareja de baile. Si Dracy hubiera estado allí…
Se acordó del tabaco perfumado. Había querido poner un poco en los jarrones, pero el jardinero le había dicho que sólo tenía dos plantas sanas. Georgia sospechaba que había estropeado a propósito las otras, pero no había forma de comprobarlo. Le había dicho que pusiera las dos plantas cerca de los escalones centrales que bajaban al jardín. Se acercó a ellos, pero no sintió el dulce perfume de las plantas. ¡Condenado jardinero! Luego, sin embargo, notó un aroma muy leve.
Puso la mano en la barandilla baja y se inclinó con cuidado.
—Dígame, se lo ruego, que no intenta quitarse la vida, lady Maybury.
Se incorporó rápidamente, pero no se volvió enseguida, consciente de que se le había acelerado el corazón.
Había venido.
Después, cuando se giró para mirarlo, su corazón comenzó a latir a galope tendido.
¡Santo cielo, qué guapo era! El traje gris bordado y la peluca empolvada realzaban en cierto modo su energía vital, tan extraña en el mundo elegante que habitaba ella. Hasta las cicatrices que, diáfanas y sin ningún maquillaje, daban a su rostro una expresión sardónica, realzaban su belleza en lugar de arruinarla.
Respira, Georgia, respira.