20

 

 

Ainsley quiso detenerse en un restaurante.

—Es demasiado tarde para que nos atiendan —repuso Daniel.

—Tonterías. Se encuentra junto a un club nocturno y sirve hasta altas horas de la noche. Además, tienen una tarta maravillosa; deberías probarla. La masa está compuesta de mantequilla refinada, con mermelada de frambuesa entre las capas y cobertura de chocolate.

Él la miró con cariño. Ainsley había sido su amiga desde el momento en que la conoció.

—Sin duda te encantan las tartas, mamá.

—Y a ti también, hijo. Recuerdo aquella vez que recorrimos los boulevards de París entrando en cada pastelería que encontramos. A Cameron casi le dio algo.

Él sonrió de oreja a oreja al acordarse de su padre gruñendo como un oso cuando ellos dos le arrastraron por todo París en busca de una buena tarta. Cameron se había quedado prendado de Ainsley desde el momento en que la vio, sin embargo había hecho todo lo posible para evitar admitirlo. Conseguir que acabaran juntos había sido una de las tareas más difíciles y agradables a las que había tenido que enfrentarse en su vida.

La tarta, como Ainsley había prometido, era excelente. Ella se dedicó, antes de nada, a saborear el postre en silencio. El local era un pequeño café con una ruidosa clientela, pero ellos se habían sentado en un mesa escondida junto al escaparate y disfrutaban de una relativa tranquilidad.

Cuando por fin dejó el tenedor sobre el plato y bebió un poco de vino, Ainsley apoyó los codos en la mesa y le miró.

—Y ahora, Daniel, cuéntame todo lo relativo a Violet.

Él metió de mala gana otro bocado en la boca.

—Sin duda, esto es todo un cambio. Por lo general me ruegas que no mencione nada relativo a mis mujeres.

Deseas que siga siendo el crío de dieciséis años que se escapó de la escuela y tú ayudaste. Debo recordarte que tampoco era tan inocente a los dieciséis; ya había tenido dos amantes y varios asuntos más breves.

—Por supuesto que no quiero que me cuentes eso.

Estoy preguntándote por Violet. ¿Y quieres saber por qué te pregunto? Porque la miras de una manera distinta a las demás. No me lo niegues. Así que ahora vas a desembuchar toda la historia.

Daniel puso el tenedor en el plato, un auténtico crimen porque la tarta era un placer divino.

—No hay ninguna historia. Un tipo me ofreció los servicios de Violet para pagar una deuda de juego. Luego, ella intentó matarme. La perseguí hasta Marsella, donde la llevé conmigo en globo y casi la maté. Así que estamos empatados.

Resultó muy difícil no reírse ante la expresión que puso Ainsley, pero lo consiguió. Tomar otra porción de tarta ayudó.

—¿Ves? —repuso ella tras una aturdida pausa—.

Sabía que había una historia. ¿Quién es? Sin duda es preciosa, incluso a pesar de los polvos teatrales. No es gitana, estoy segura. Es de Londres o yo soy holandesa.

—Tú eres una escocesa de pura cepa —dijo él—.

Ella procede del sur de Londres, aunque creo que su padre era francés. Si no, será verdad que se trata de una sirena rusa que se oculta en Francia de ciertas persecuciones; la bellísima princesa Ivanova. Está acompañada por su amiga la condesa Melikova; ambas pueden hablar con el Otro Lado —concluyó con un tono melodramático.

Ainsley detuvo la mano en el aire antes de que el tenedor tocara sus labios.

—¿Es ella? He visto los carteles por toda la ciudad.

El número está recomendado incluso en el hotel. ¡Oh, Dios! ¡Tenemos que asistir!

—Yo ya he ido. Es absoluta y completamente empalagoso. Son muy hábiles.

—Esto pinta cada vez mejor. Se lo diré a Cam.

Iremos todos. ¡Ay, qué impaciencia!

—Mañana tienen función —recordó él—. O más bien hoy, ya pasa de la medianoche.

Ainsley le miró fijamente.

—Lo que no me has dicho es si piensas convertirla en una mujer honrada.

Él rebañó lo que quedaba de chocolate en el plato y lo apartó a un lado.

—¿Por qué tanta ansia en que pase por el altar? ¿Tan ansiosa estás porque me convierta en un hombre honesto?

—Yo solo quiero que seas feliz. No haces más que viajar de un país a otro, de una carrera de caballos a una carrera de coches o a una carrera de globos, de ciudad en ciudad, de mujer en mujer… Es como si buscaras algo y no supieras qué.

—Estoy pasando el rato. Picoteando aquí y allí.

Aprendiendo. Quiero batir el récord de velocidad en un automóvil este año; a ver si lo consigo.

—¿Con Violet a tu lado?

Ainsley le tenía calado. Siempre sabía lo que encerraba su corazón. Cuando era niño, su padre se había puesto furioso cada vez que le pillaba haciendo una travesura o tenía que llevarle a casa cuando se escapaba; ahora sabía que realmente siempre había querido que le pillara. A pesar de los gritos que lanzaba, al menos cuando se enfadaba estaba prestándole atención.

Cuando Ainsley, una joven sencilla con preciosos ojos grises, entró en sus vidas, se dio cuenta al instante con astuta sagacidad de las verdaderas intenciones de sus vicios. Descubrió su juego al instante; la verdadera finalidad de tener ciertos amigos y líos de faldas. Él renunció a todo eso y se sosegó una vez que Ainsley se convirtió en su madrastra, más por complacerla a ella que por miedo a lo que le pudiera decir su padre.

Ahora, Ainsley tenía clavada en él aquella mirada conocedora que le invitaba a contar sus secretos.

Por supuesto que había planeado batir el récord de velocidad con Violet a su lado. Ninguna otra mujer había mostrado interés por sus proyectos y ambiciones. Violet miró sus bosquejos y dibujos comprendiendo de inmediato qué trataba de construir y, todavía más importante, por qué.

—Es una mujer valiente —comentó—. Gracias a Dios.

—Entonces, ¿qué será? ¿Tu esposa? ¿Una amante? Y

una vez que arruines su reputación, ¿qué harás?

Él se retorció las manos como si así pudiera encontrar algo de paciencia.

—Estás haciendo que parezca un seductor de melodrama.

—Eres un Mackenzie —le recordó ella—. Y digno hijo de tu padre. Como a Mac le gusta decir «los Mackenzie rompen lo que tocan», recuérdalo.

Ella tenía parte de razón. Se encogió de hombros.

—Es decisión suya. Violet puede tener lo que quiera.

Ella se inclinó hacia delante, bajando la voz.

—Daniel, eso nunca es decisión nuestra. Me refiero a nosotras, las mujeres. Los hombres hacéis lo que os sale de las narices y las mujeres tienen que luchar por cada paso que dan. Esa chica ha sufrido mucho, lo he notado.

No me importa si es adivina o actriz, o cualquier otra cosa, si te hace feliz. No me ha parecido que vaya detrás de tu dinero; he conocido a muchas depredadoras en mi vida… ¡Dios mío!, si tu padre estaba rodeado de ellas.

Violet no tiene esa mirada, al menos cuando te mira a ti.

Como ya te he dicho, he visto dentro de sus ojos.

Él esperó a que ella terminara su discurso.

—¿Has acabado ya?

Ella miró su plato vacío.

—Sí, creo que sí.

—Entonces voy a revelarte un secreto. Creo que esta vez, el que terminará con el corazón roto seré yo.

Ella le contempló con simpatía.

—Te ha dado fuerte, ¿verdad?

—Eso parece —convino él. Dejó que Ainsley le tomara la mano y apretara—. Eso parece, sí.

—Pobre Daniel. Bueno, ya sabes que contarás con mi ayuda. En cualquier momento y para lo que sea. Te debo una, ya lo sabes, y te quiero, mi pequeño Danny. —Volvió a apretarle la mano antes de soltársela—. Ahora, ¿te apetece probar otra tarta? O quizá prefieras llevarme a un club nocturno para ver bailar el cancán.

—La tarta —repuso él con rapidez—. Papá me mataría si te llevara a un club a contemplar mujeres desnudas.

—No seas tonto. Iría a ver el baile. No sé cómo pueden levantar tanto las piernas. Y, de todas maneras, eso no es sórdido, ¿no ves que llevan calzones?

—En algunos clubes, en especial cuando es tan tarde, no siempre llevan ropa interior.

—Ah… —Ainsley le miró consternada—. Ya entiendo. Sería un poco picante, tienes razón, en especial cuando comenzaran a levantar las piernas.

—Vamos a tomar otra tarta —la invitó él en tono firme, levantando la mano para llamar al camarero antes de que a ella se le ocurriera discutir más.

Violet flotaba. Sospechaba que el calor que desprendían los cuerpos que llenaban el teatro, el humo del incienso y la falta de sueño provocaba ese efecto.

El resto era provocado por la sensación de alegría.

Se movía por el escenario de manera mecánica, apenas consciente de la función, hablando casi sin saber lo que decía. Agradecía sobremanera llevar el velo, que escondería la mirada nublada de sus ojos y la expresión idiota de su cara.

Celine las había mantenido despiertas hasta las seis de la madrugada, presa de la histeria por unas visiones que incluían humo, fuego y un serio peligro. Según ella debían salir de Marsella de inmediato.

O quizá no. El verdadero problema de las visiones de Celine era que resultaban demasiado ambiguas. Su madre no estaba segura de dónde ocurriría el desastre. Si huían de Marsella, su destino podía estar esperándolas en Cannes, Montecarlo, Italia o en un ferry de regreso a Inglaterra.

La mayoría de las premoniciones de Celine no se hacían realidad, pero de vez en cuando, alguna se cumplía… y eso era suficiente como para que su madre se sintiera aterrorizada cada vez que tenía una. Para sus adentros, consideraba que Celine poseía una vívida imaginación que no se molestaba en controlar. Los desastres, ya fueran abrumadores o minúsculos, ocurrían todo el tiempo. Era inevitable. El mundo era un lugar peligroso, daba igual lo mucho que una intentara protegerse de ello.

Por otro lado, ser precavido tampoco era malo. Así que aseguró a Celine que revisaría la pensión y el teatro para comprobar que no había motivos para preocuparse.

Mary y ella consiguieron por fin que su madre se acostara y que durmiera con ayuda de unas gotas de láudano.

Celine estaba más calmada cuando despertó. Se desplazaron a continuación al auditorio, que seguía sólidamente erguido.

La sala estaba llena esa noche. Celine se metió en su papel mientras actuaba y la función transcurrió sin incidentes.

Ella seguía flotando. Daniel había avivado en su interior algo que quería examinar a fondo. Era nuevo, maravilloso y un poco desconcertante.

Él había prometido llevarla de vuelta a la posada.

Era posible que lo hiciera, o no. No importaba, tenía recuerdos más que suficientes que recrear.

A mitad de la función, lo vio deslizarse en la fila de atrás y ayudar a su madrastra a sentarse. En ese momento se quedó inmóvil y su atención se concentró en él.

Quizá aquel fuera el desastre que su madre había predicho; haberse enamorado de él de una manera profunda e irrevocable. La angustia la llevaría a un mar de dolor.

Daniel esperó a que Ainsley se sentara mientras sonreía a los hombres y mujeres que los rodeaban. Sin duda hechizándolos sin remedio. Notó que el padre de Daniel no les acompañaba; seguramente se habría quedado en el hotel para ocuparse de su hija. Si era así, resultaría ser un tipo de hombre bastante inusual.

Una vez que él se sentó, la miró con una sonrisa y ladeó la cabeza. Directamente a ella.

¡Qué dulces momentos! Siempre permanecerían en su corazón.

—Violet —siseó su madre a su espalda—.

Pregúntale a ese joven sobre su madre.

«¿Qué joven? ¿Daniel?».

No. Celine se refería al hombre que estaba sentado en la cuarta fila con cara de preocupación, esperando que ella le concediera la palabra a Celine, pero no lograba acordarse de una sola palabra sobre lo que el tipo acabara de decir.

—Perdón. —Se volvió hacia él forzando un tono ronco y tranquilo—. ¿Qué quiere saber sobre su madre?

La función continuó. Al final, cuando Celine se mostró exhausta, ella se presentó ante el telón.

—Les agradecemos a todos su asistencia, pero ha llegado el momento de que la condesa descanse.

En esta ocasión no fingió que alguien la llamaba desde el interior; parte de la audiencia había asistido también a la otra función y no le gustaba repetirse. Nadie debía considerar aquello como una obra de teatro. Tenía que ser natural, espontánea, durante todo el tiempo.

Lanzó una mirada al fondo y vio que Daniel se ponía de pie para aplaudir con ganas. Su madrastra estaba también de pie, junto a él, y también aplaudía satisfecha.

Lady Mackenzie era unos treinta centímetros más baja que Daniel, lo que enfatizaba su altura. Él le brindó a ella una sonrisa de aprobación.

Por mucho que quisiera quedarse entre los espectadores mirando a Daniel, sabía que no podía. Se despidió de la gente con un elegante gesto —una princesa no se inclinaba ante plebeyos— y se retiró detrás de las bambalinas.

Incluso presa de aquel entumecimiento, se acordó de coger la recaudación. Se apartó de su madre y de Mary y se dirigió a la entrada de actores a por el dinero. Luego regresó al camerino para cambiarse la ropa por una blusa y una falda más sencillas.

La última vez que abandonó aquel teatro, Daniel la estaba esperando. Su corazón se aceleró mientras se dirigía al exterior. Él no iba a estar allí esa noche; había acudido acompañado de su madrastra. Pero aún sabiendo eso, no pudo contener la anticipación.

Atravesó la puerta trasera y se giró para cerrarla.

Notó una mano firme en el hombro. Daniel la miró fijamente mientras la empujaba de nuevo al interior. Una vez en el pasillo, la rodeó con sus brazos y su boca cayó sobre la de ella.

La besó durante un buen rato, lentamente, sin frenesí, pero el beso contenía pasión y la dejó sin aliento.

Cuando se retiró, Daniel le rozó el labio inferior.

—¿Preparada?

Ella tragó saliva.

—¿Preparada para qué? —¿Para llevarla a su posada campestre? ¿Tan tarde? ¿O quería llevarla otra vez a su desordenado refugio, donde había comenzado a enseñarle la pasión?—. ¿Dónde está tu madrastra?

—Ahora mismo está de regreso al hotel, con su marido y su hija. Tú y yo, por otra parte, vamos a disfrutar de nuestra mutua compañía… A solas.

Ella sonrió.

—¿Vas a volver a llevarme en globo?

La sonrisa con la que él respondió la hizo arder.

—Quizá. No obstante, ¿quién sabe qué haré?

A ella se le secó la boca.

—Tengo que cerrar con llave. Ya no queda nadie.

Daniel la miró de arriba abajo.

—Estás preciosa, como siempre, pero si vamos a salir necesitarás ponerte algo un poco más formal.

—¿Vamos a salir?

—Sí. ¿Qué me dices de ese precioso vestido que llevabas en el escenario? ¿Lo tienes aquí contigo?

—Está en mi maleta de mano, pero no quiero ponérmelo cuando soy Violet.

—Claro, tienes razón. Pero esto es un teatro, ¿no tienes aquí algún otro vestido? ¿Uno que todavía no hayas usado?

—No…. Pero… —Ella tragó saliva, cada vez más excitada—. Hay un cuarto de vestuario.

—Vamos a echar un vistazo. —Él le hizo un gesto para que ella fuera delante.

La hora siguiente estuvo llena de risas. Daniel encendió todas las lámparas del cuarto y revisaron todas las prendas que había allí. La mayoría de los vestidos eran apropiados para dramas, comedias u operetas, y otros eran vestimentas tan escuetas que ella imaginó que serían el vestuario de las hadas en El sueño de una noche de verano.

Daniel tomó un diseño de noche compuesto de una túnica à l’anglaise propia del siglo anterior, llena de encajes y pasamanerías, con un corpiño estrecho y falda de mucho vuelo para llevar miriñaques debajo.

—Apropiado para la mismísima María Antonieta —aseguró él, alzándolo en el aire—. Estarías preciosa con él.

—Estaría ridícula si recorro Marsella con eso —repuso ella—. ¡Oh, mira este!

Le mostró un vestido de noche que había sido diseñado para una obra más moderna. La falda era de raso azul y el corpiño de terciopelo, con un escote que dejaba medio pecho al descubierto. Estaba bordado con cuentas de ónice y pequeñas piedras que brillaban con la misma intensidad que los diamantes. Sabía que no eran auténticos —los teatros solían carecer de fondos para que lo fueran—, pero resultaban una imitación perfecta.

El corpiño tenía pegadas unas pequeñas mangas abullonadas que dejaban los hombros al descubierto. Los brazos quedaban desnudos de manera que pudiera usarse unos guantes por encima del codo.

—Ponte ese —la animó él—, e iremos al restaurante más selecto de la ciudad.

Ella apretó el raso y el terciopelo contra su pecho.

—¿Quieres que robe el vestido? El gerente del teatro se daría cuenta y me obligaría a pagarlo. Eso si no le da por cancelar el contrato. Sí, seguro que pasa eso.

Daniel se acercó a ella, le quitó el vestido y se lo pegó al cuerpo.

—Quiero salir contigo. No puedes ir con una blusa de campo. Quiero que rivalices con las mujeres más hermosas de Marsella, ya sean respetables o no. Ponte el vestido o no salimos.

Ella se obligó a hablar con cierta provocación, aunque sentir el calor de Daniel a través de la tela borraba cualquier pensamiento de su mente.

—¿Iremos a algún sitio si no me cambio de blusa?

—No. Solo con el vestido. No te preocupes, lo devolveremos.

Sus ojos emitían el usual destello de picardía y, además, algo más profundo que ella no lograba descifrar.

Sabía que debería regresar a su pensión, contar la recaudación, tranquilizar a su madre y estudiar con sumo cuidado las peticiones de consultas privadas. No debería apropiarse de un vestido del equipo del teatro y salir del brazo de Daniel como si fuera una común cortesana.

Pero él había sido categórico; no quería pasar la tarde con una joven discretamente vestida. Si ella se negaba y regresaba a casa como una chica buena, la muchacha respetable que tanto le costaba ser, acabaría como siempre; sola, cansada y ocupándose del bienestar de todos, salvo de sí misma.

Ser una buena chica podía llegar a ser muy solitario.

Violet se giró con el vestido, y se metió detrás de un biombo. Se quitó la blusa y la falda para ponerse el vestido sobre el corsé y la ropa interior.

—Necesito una doncella que me abroche la espalda —dijo ella, sujetando el corpiño contra los pechos mientras asomaba la cabeza.

—A su servicio, señorita —repuso él, colocándose a su espalda y abrochando todos los botones de manera experta. Lo hizo con una rapidez y competencia que le indicó que estaba acostumbrado a ayudar a vestirse a las mujeres.

Ella recordó a las hermosas cortesanas con las que le había visto y tuvo que tragarse el repentino aguijón de los celos.

«No pienses en eso —se dijo a sí misma—. Esta noche estás con Daniel».

Encontró unos guantes, pero Daniel no le permitiría llevar esos prácticos zapatos que calzaba. Las botas de cordones no iban bien con el trémulo brillo del raso del vestido.

Buscaron hasta que encontraron unos escarpines de tacón alto que le gustaron. Ella sospechó que pertenecían al vestido estilo María Antonieta, pero no importaba. Eran de raso plateado, y quedaban perfectos. Una capa de terciopelo para resguardarla del frío completó el conjunto.

Daniel la ayudó a meter la ropa dentro de la maleta de mano, tomó la llave para cerrar la puerta del teatro y salió con ella por el callejón trasero.

El vehículo era otro suntuoso medio de transporte con incrustaciones de laca y suaves cojines. El conductor saludó a Daniel con cómoda cortesía.

Él la llevó al restaurante de moda en la ciudad, donde había un comedor gigante con el techo altísimo en el que destacaban lámparas de araña con cristales escalonados.

Los camareros vestidos de negro se deslizaban por la sala, abarrotada a esas horas. El vestido recibió muchas miradas de admiración cuando las cuentas brillaron con cada uno de sus movimientos.

Daniel pidió un festín. Le ofreció champán burbujeante, ensaladas, dulces exquisitos, asado de pichón en una salsa delicada y pescado en gelatina. Elegantes manjares para personas elegantes.

Después de la comida, Daniel pidió fresas, que les sirvieron en un tazón con chantilly. Él tomó una fresa, la sumergió en la nata e inclinó la cabeza para acercársela a la boca. Cuando lo vio cerrar los labios sobre la fruta y lamer la nata, pensó en lo sugestivo y pecaminoso que resultaba. Él tragó la fresa y la miró sonriente.

—Pareces conmocionada. —Daniel volvió a sumergir otra fresa en la nata—. ¿No sabías que soy un provocador nato? Venga, toma una.

Le tendió una fresa mojada en nata. Ella se inclinó y la tomó en la boca. Él no la soltó hasta que terminó el bocado.

Se sonrojó al notar que la gente que los rodeaba había clavado los ojos en ellos. Hubo alguna mirada de reprobación, pero otras fueron de indulgencia. La última, la de un matrimonio que les observaba como si estuvieran recordando sus días de cortejo.

Él le ofreció otra fresa que ella mordió. El contraste entre la dulce nata y la ácida baya era una combinación encantadora.

Ella se sintió más atrevida cuando terminó la fruta, y tomó otra que deslizó en el chantilly y le tendió a él.

Daniel cerró los ojos mientras la mordisqueaba y unas motitas blancas puntearon sus labios.

Él había descrito el deseo como una sensación profunda, que estremecía las entrañas y hacía que ardiera la sangre. Y eso era lo que ella sentía ahora, en mitad del restaurante, entre la multitud, mientras Daniel y ella se alimentaban el uno al otro con fresas. Cuando terminaron se rieron y tomaron un poco de intoxicante champán.

«Si esto es lo que se siente al ser mala, no quiero volver a ser buena».

Daniel conversó con ella. Una conversación de verdad, como si fueran amigos. Le habló de algunos de sus viajes y le preguntó sobre los de ella. Había actuado con su madre en muchas ciudades, especialmente en Francia, Italia, Baviera, Prusia y los Países Bajos. Él, por su parte, había hecho viajes mucho más largos, desde Rusia a través del Imperio Austríaco, hasta el Imperio Otomano, Grecia, Egipto y Constantinopla, así como otras partes de Oriente Medio.

—… me subí a bordo de un dhow y me dirigí a Esmirna, Acre, Jaffe —comentó él—. Si encontraba un nombre exótico, allá iba yo. Me interné por el Tigris hasta Babilonia y el corazón del Imperio Persa. Me enteré de que esos lugares son mucho más románticos cuando forman parte de las lecturas de un niño que cuando hay que comprobar que no se tiene escorpiones en las botas; aunque eso tampoco me detuvo.

Qué maravilloso era tener dinero y tiempo para ir a donde uno quería. Nada de tener que recurrir a una bolsa de agua caliente para alejar las preocupaciones; nada de mantener la calma delante de la gente, viendo brillar la esperanza en sus ojos mientras aguardaban para hablar con aquellos a los que no se resignaban a dejar marchar.

Ninguna pensión fría ni preocupaciones por pagar la renta, ni gerentes a los que no podía sacar el ojo de encima para asegurarse de que no las defraudaban.

Pero uno necesitaba dinero para disfrutar de esa libertad. Si ella tuviera todo el que tenía Daniel, se aseguraría de que su madre estuviera atendida por un montón de sirvientes y ella se escaparía para ver el mundo. Y sabía que viajar sería todavía mejor si Daniel la acompañaba.

Cuando terminaron el champán, Daniel la llevó a una obra teatral; una comedia ridícula y algo subida de tono.

Ella se rio tan fuerte como el resto del público cuando el héroe apareció en el escenario con un palo en la mano, aunque el ángulo hacía que pareciera que tenía una tranca sobresaliendo de los pantalones. La protagonista hizo unos sarcásticos comentarios sobre la rigidez, y los dos siguieron con una cadena de insinuaciones. Era una necedad, pero el público bien empapado en vino, champán y brandy, la encontraba hilarante.

Después fueron a un club nocturno. Ella observó a las bailarinas con fascinación —amaba cualquier clase de danza— mientras él permanecía de pie en el fondo del pequeño palco privado con un cigarro colgando en los dedos. La función no solo consistía en mujeres bailando, también había acróbatas, parejas danzando y dos tipos que contaban chistes muy graciosos. Ella se rio, aplaudió y bebió más champán. Durante el último acto, que consistió en otro baile, se inclinó hacia Daniel y compartió su cigarrillo.

Daniel la observó aspirar el humo y luego retiró el cigarro, se inclinó y le mordió el labio inferior. Fue ella la que intentó continuar el beso, pero él se alejó con una sonrisa, recuperando el cigarrillo.

Ella se estremeció, tenía más calor que nunca en su vida.

Quizá fuera la perversión. Todo aquel que presenció su intercambio debía suponer que era la amante de Daniel o su cortesana esa noche. Supuso que era cierto, y no se avergonzaba de ello.

Tampoco sentía miedo. Daniel no mantenía en secreto que quería ser su amante. El juego con los disfraces, el paso por el restaurante, la función en el club y el champán habían servido para relajarla. Cuando él se inclinó para apoderarse de su labio, fue lo más natural del mundo. Ella no sintió pánico, solo un escalofriante placer.

Cerró la mano sobre la de Daniel y él la miró de reojo con afecto antes de llevarse su mano enguantada a los labios para besarla. Su mirada estaba clavada en ella, no en las mujeres casi desnudas que había sobre el escenario.

El telón cayó al fin.

—Vámonos —la apuró.

La condujo fuera antes de que la gente saliera, la acompañó hasta el carruaje y la ayudó a subir.

—¿Adónde vamos ahora?

—preguntó ella, recostándose en los cojines y cerrando los ojos. Tras apenas haber dormido la noche anterior, las risas compartidas la habían dejado exhausta y relajada.

—Al hotel.

Ella abrió los ojos sorprendida.

—¿Dónde están tu padre, tu madrastra y tu hermanita?

—No es que no quisiera conocerlos… Le gustaba la madrastra de Daniel, de quien podría llegar a hacerse amiga, aunque jamás había tenido una antes, así que no estaba demasiado segura de cómo se hacía eso—. ¿No es demasiado tarde para una visita?

—No a ese hotel. Esta tarde reservé habitación en otro. Prefiero llevarte allí que volver a mi desordenado y polvoriento refugio. Lamento no haber tenido más remedio la noche pasada.

—Me gustó ver en qué trabajas. —Encontraba sus ideas

fascinantes—.

¿Cuántas

habitaciones

tienes

alquiladas en la ciudad?

—Algunas. Lo hago a menudo. Nunca sé dónde voy a tener que dormir. O dónde querré ocultarme durante unos días.

Ella meditó una vez más en que la riqueza permitía que un hombre hiciera casi cualquier cosa que quisiera.

El hotel era pequeño pero elegante, y también lo que ella entendía como discreto. El portero y los botones ni siquiera parpadearon cuando Daniel y ella accedieron al interior.

Daniel había reservado una suite, por supuesto, en el primer piso, tras una larga escalinata de escalones alfombrados. Una sala revestida con paneles de madera brillante y sillones con brocado azul y crema daba paso a un dormitorio con puertas dobles.

Ella miró hacia la cama mientras él cerraba la puerta de la suite; era muy ancha y tenía un armazón con cuatro postes labrados con cortinas de terciopelo. Parecía cómoda, un agradable nidito de ricos. Quizá ella misma averiguaría esa noche lo cómoda que era.

Aquel pensamiento le hizo ahogar un gemido; el pánico aparecía justo cuando quería que hubiera desaparecido para siempre. Ese era el principal problema, el terror aparecía en el momento más inesperado y la pillaba desprevenida. Su miedo al miedo era casi tan aterrador como el propio pánico.

Sintió de pronto las manos de Daniel en la cintura, alejándola de la puerta.

—Nos quedaremos aquí fuera, si es eso lo que prefieres. —Su mirada indicaba que había percibido su tensión—. Pero algún día te enseñaré que una cama es un lugar estupendo… y no solo para dormir.

Su rigidez comenzó a desaparecer cuando sintió los brazos de Daniel a su alrededor. Pensó en el beso que le había dado en el teatro; había sido muy intenso, pero no la hizo sentir miedo.

Asintió con la cabeza y él le besó la punta de la nariz.

—Muy bien —convino él.

La alejó de las puertas del dormitorio y la condujo hasta los sofás de la salita. Aquellos no eran los asientos tiesos y usados que se había encontrado en las pensiones que solía utilizar. Eran amplios y elegantes, con cojines lujosos, pensados para ser cómodos. Entre ellos había una mesita con un servicio de té esperando ser servido.

—Puedo pedir comida —sugirió él—. O más champán.

Ella se puso la mano sobre el estómago y sintió las frías cuentas bajo los dedos.

—Dios mío, no. Creo que estoy absolutamente saciada. Si bebo más champán, podría quedarme dormida.

O convertirme en una imbécil.

—Se supone que el champán… entontece. Es una bebida tonta. El whisky posee mucho más cuerpo. Te gustará el de los Mackenzie. Es rico, profundo… un sabor delicado. —Él le pasó el dedo por la mejilla—. Te diré lo que haré, cariño, pediré un poco de pudín… o como le llaman aquí, un dessert. Quizá más fresas… —propuso con una mirada sugerente.

Violet asintió con la cabeza.

—Creo que sí.

Daniel le guiñó un ojo, se dio la vuelta y llamó a un sirviente. Luego salió para hacer el pedido.

Poco después llegó otro criado con una jarra de agua y dos copas, así como un tazón con fresas cortadas y otro que se mantenía caliente sobre una llama diminuta. Daniel entregó al hombre una propina —ella logró vislumbrar un buen fajo de billetes— y el lacayo se retiró.

—Espero que no sea nata —dijo ella, sentándose ante las fresas—. Sobre una llama, se cuajará.

—Mejor. —Daniel se sentó junto a ella—. Es algo en lo que los franceses son auténticos maestros, y dejan a los pobres escoceses a la altura del betún. De hecho, a todos los británicos. —Levantó la tapa del segundo tazón—.

Chocolate.