19

 

 

Daniel se obligó a quedarse inmóvil. Violet volvía a mirarle con miedo otra vez, y tenía la mano quieta.

Él sabía que cualquier gesto equivocado podría ahuyentarla, destruyendo todo lo que habían avanzado esa noche. No importaba lo mucho que la deseara, tenía que ir a su ritmo.

—Haz lo que quieras —dijo, apartándole de la cara el pelo enredado—. Lo que te guste.

Ella mantuvo la mano en el mismo sitio, sin explorar pero sin apartarse. La indecisión y el terror eran evidentes en su mirada, pero él permaneció quieto. Era experto en tener

paciencia;

tanto

caballos

como

máquinas

necesitaban un buen alarde de estoicismo. Años tratando con unos y otras se lo habían enseñado.

Ella siguió mirándole a los ojos, intentando leer en él como hacía siempre; la vio fruncir el ceño al no conseguirlo.

Quiso decirle que no podía leer en su interior porque estaba totalmente abierto a ella; no tenía secretos. Las únicas ocasiones en que mantenía algún secreto era cuando la verdad podía dañar a alguien. Dicho de otra manera, no tenía profundidades. Ella podía indagar en su alma todo lo que quisiera, pero solo lo vería a él. No tenía nada que ocultar.

Ella apretó la mano en torno a él por encima del kilt, y su mirada se sosegó un poco cuando lo hizo. Él tuvo que contener un gemido.

—No sé qué hacer —susurró ella.

—Lo que sea, no tendrás que hacerlo durante demasiado tiempo.

La expresión de sus ojos le indicó que ella no estaba segura de qué quería decir. El hombre que le arrebató la inocencia le había arrancado también la confianza… la curiosidad… El deseo de estar con un hombre. Ese tipo pagaría cuando lo encontrara… y lo encontraría.

Ella volvió a mover la mano y él gimió antes de tomarle la muñeca con suavidad.

—Espera, cariño… —Soltó el alfiler de la cinturilla y tiró del kilt, que extendió sobre los dos, envolviéndolos con la lana—. Ahora, puedes. Explora a tu gusto.

Ella separó los labios, pero la decisión venció al miedo que había en sus ojos. Poco a poco le deslizó la mano por el torso, debajo del kilt.

Cuando rozó el pene con las yemas, contuvo el aliento y apartó el brazo. Sin embargo, no se dio por vencida. Extendió la mano otra vez, solo un roce rápido y luego otro, como haría una persona a la que preocupara sufrir una descarga eléctrica. Cada contacto duraba un poco más que el anterior hasta que, finalmente, los dedos de Violet descansaron sobre él.

Aquello era lo más difícil que él hubiera hecho nunca. Se mantuvo inmóvil, dejando que ella encontrara el valor para continuar. Tenía que hacerlo a su ritmo o siempre se mostraría insegura.

Él volvió a ver otra vez la llamarada de pánico antes de que ella respirara hondo y la dominara con maestría.

Al momento, cerró los dedos en torno a él con cierta vacilación.

Tuvo que contener un gemido y estirar los brazos hacia atrás, hacia el respaldo, con los puños y los ojos cerrados.

Ella seguía teniendo la cabeza apoyada en su hombro y movía los dedos muy despacio.

—Dime… Cuando hago esto, ¿sientes lo mismo que siento yo cuando tú me tocas?

Él se tragó otro gemido.

—Pues no he investigado el asunto desde un punto de vista científico, pero creo que sí.

—¡Oh!

—«¡Oh!» es una buena manera de expresarlo, sí. Vi, estás a punto de matarme.

Ella se quedó quieta.

—¿Quieres que me detenga? —La pregunta sonó inocente, pero él percibió en el fondo que estaba volviéndose más fuerte.

—¡No! —Se esforzó por contenerse—. Ten piedad de mí, no. Por favor. No me hagas suplicar.

Demasiado tarde, ya estaba rogándole. Abrió los ojos y se la encontró mirándole con fascinación. Le observaba de la misma manera que le había contemplado en el globo, cuando trasteaba en el motor.

Ojalá pudieran hacer eso en un globo…

¡Santo Dios! ¿Por qué tenía que ocurrírsele semejante aventura? En su imaginación, estaban surcando otra vez el aire por encima de los campos invernales, solo que esta vez el kilt cubría el fondo de la canasta y ella le sonreía con las manos llenas de él. Un poco después, Violet se deslizaba entre sus rodillas.

—¡Oh, Dios mío! —Él metió también su mano bajo el kilt, cubrió los dedos de Violet con los suyos y guió sus movimientos—. Así —la instruyó con la voz ronca—.

Así.

Ella volvió a quedarse quieta cuando él retiró la mano. Rezó para no haberla asustado. Él, por su parte, estaba a punto de desmayarse y caerse del sofá; así que no importaba si ella se detenía o no. La vio tomar aire antes de poner otra vez la cabeza en su hombro y apretar la mano alrededor de su miembro para comenzar a acariciarle como él le había enseñado.

Él se estremeció sin control. Aquella dulce fricción le aflojó todos los músculos. Los movimientos de Violet fueron torpes al principio, pero se hicieron más firmes cuando ella comenzó a ganar confianza.

Ante él se abrió un nuevo mundo. Conocía muy bien el placer carnal, pero la manera en que ella le había excitado y atrapado su corazón hacía que aquella fuera una experiencia totalmente diferente.

Su cuerpo comenzó a estar poseído por el deseo hasta tal punto que las sensaciones más comunes no existían. El olor algo rancio de la estancia, el calor del fuego, el zumbido de las actividades en la calle… todo desapareció. Él solo era consciente de Violet; de la calidez de su cuerpo contra el de él y de la belleza de sus caricias.

El clímax llegó antes de que estuviera preparado. La apartó bruscamente y, mientras ella soltaba un grito de alarma, tomó un pañuelo, se cubrió con él y derramó su semilla. Arqueó las caderas queriendo impactar contra ella, no contra la mano. Sin embargo, no la lastimaría por nada del mundo.

Luego la rodeó con un brazo y la atrajo hacia su cuerpo. El beso que siguió fue alocado y desesperado. Su sangre ardía como si sus venas hubieran sido contaminadas con una droga. Necesitaba a Violet, lo necesitaba todo de ella.

Violet le devolvió el beso con ferocidad. Su orgullosa y fuerte Violet.

Una vez que se deshizo de su semilla, se apretujaron abrazados en los confines de la chaise longue. Ella se recostó sobre él, que le acarició el pelo mientras la besaba. El silencio decía mucho más que cualquier palabra que pudieran gritar.

Violet se recostó contra el costado de Daniel en la cálida quietud de la estancia, y respiró llena de paz. Le agradó que él no quisiera hablar. Ella se conformaba con deleitarse con el calor que desprendía mientras él le acariciaba el pelo muy despacio. Y cuando se inclinaba para besarla, el beso era tierno, pero contenía todavía los restos de la pasión.

«Creo que me he enamorado de ti, Daniel —pensó para sus adentros—. No, no lo creo… Me he enamorado de ti».

Necesitaba grabar ese momento, esa felicidad absoluta, para siempre en su mente. Su vida no estaba llena de buenos momentos, así que atesoraba cada uno de ellos como si fuera una joya preciosa.

La paz que reinaba en el desordenado refugio de Daniel se vio desbaratada por un resuelto golpe en la puerta.

Él soltó un gruñido y tomó con rapidez el tartán que les cubría a ambos. Le movió los pies a un lado con suavidad y se levantó. Se envolvió las caderas con el kilt mientras se acercaba a la puerta.

—Malditos vecinos —rezongó él—. Seguramente vienen a pedirme algo prestado para poder echar un vistazo a la preciosa mujer que me acompaña. No te preocupes, los despacharé enseguida.

Volvió a escucharse un golpe.

—Daniel. —Era una voz de mujer, calmada pero decidida—. Sé que estás ahí.

La felicidad que ella sentía se disolvió como un azucarillo al caer en agua. Se inclinó, tomó los calzones del suelo y se los puso bruscamente antes de dejar caer las faldas para cubrirse las piernas desnudas.

—¡Estupendo! —musitó Daniel—. Justo lo que me faltaba para que la noche sea completa. Espero que no haya traído al gran jefe con ella.

Violet no entendió lo que quería decir, pero él parecía muy tranquilo para tener que abrir la puerta a una de sus amantes.

Él utilizó su cuerpo para bloquear la puerta mientras asomaba la cabeza.

—¿Y bien?

—Déjame pasar, Danny. Aquí fuera hace frío. Ya sé que has traído a la adivina contigo, así que si ambos estáis decentes, prefiero entrar. No tengas miedo, no pienso desmayarme.

Él miró por encima del hombro para comprobar que estaba vestida… y clavó los ojos en sus medias y zapatos, que ella empujó precipitadamente debajo del sofá. Luego, Daniel le lanzó una mirada de disculpa y abrió la puerta, dejando que entraran el viento y una mujer.

La mujer no era una cortesana. Aquello era peor, era su madrastra.

—Hola, cielo —dijo lady Mackenzie mientras Daniel cerraba la puerta y se apoyaba en ella—. Soy Ainsley Mackenzie. ¿Es usted Violet? —Ainsley atravesó la estancia con la mano tendida—. Su criada está buscándola. La espera en el carruaje.

—¡Oh…! —comenzó, pero Ainsley la interrumpió.

—Se me ocurrió que no era una coincidencia que Daniel abandonara la fiesta en el mismo momento que la comtesse perdía a su adivina. No me quedó más remedio que presionar al cochero hasta que me confesó haberos traído aquí. —Sonrió—. Adoro a las adivinas. ¿Posee usted un don de verdad o es una farsante?

Ainsley le sostuvo la mano con firmeza, mirándola a los ojos. Ella la evaluó con rapidez —no pudo evitarlo—

y supo que era una mujer en la que se podía confiar; con seguridad en sí misma, aunque no siempre había sido así.

Poseía una sombra en los ojos que hablaba de pérdidas sufridas; pérdidas que provocaban cierta preocupación por lo que deparaba el futuro. El miedo estaba enterrado profundamente pero, aún así, presente.

—¿Dónde está Gavina? —preguntó Daniel con aire precavido.

—En el hotel, durmiendo… O eso espero.

Seguramente estará interrogando a Cameron sobre lo ocurrido esta noche y qué hicimos en casa de la comtesse.

Sabía que te preguntaría sobre tu trabajo si la traía, por no mencionar que tendrías que explicarle qué haces aquí a solas con la señorita Violet y por qué ella lleva el pelo suelto y está descalza.

Ella, al oírla, ocultó los pies desnudos bajo la falda.

—¿Dice usted que Mary me anda buscando?

—Sí, desesperadamente. No os habría interrumpido por nada del mundo, pero me ha dado la impresión de que está muy preocupada. Lo cierto es que eso es lo que me hizo pensar que no era usted una cortesana, a pesar de que Daniel la hiciera parecer una cita. La criada de una cortesana la hubiera buscado con más discreción, no así.

Espero que no la ofendan mis palabras, querida.

—Mamá… —intervino Daniel.

—Da igual, Danny. Vístase, por favor, Violet, y la conduciré al carruaje. Sin embargo, si no le importa, esperaré aquí dentro. Se está mucho más caliente.

Ainsley, esposa del hermano de un duque y antigua dama de honor de la reina Victoria, se dejó caer en el asiento junto a la ventana y fingió interesarse por uno de los dibujos de Daniel.

Él se había agachado para recuperar sus medias y zapatos de debajo del sofá y luego se sentó junto a ella, para ocultarla mientras se los ponía. Daniel tuvo que atarle las botas porque a ella le temblaban tanto los dedos que no era capaz de hacerlo.

La mayoría de los botones de la camisa de Daniel habían rodado por el suelo cuando ella se la abrió, así que él tuvo que abrochar el chaleco y la levita para abrigarse.

Ainsley se levantó cuando estuvieron listos, y dejó a un lado el dibujo a plumilla que había estado estudiando.

Violet lanzó una mirada al dibujo. Las limpias líneas mostraban una sección transversal de alguna máquina, con anotaciones, letras y números. Estaba segura de que una de las partes eran unas alas.

—¿Qué estás diseñando? —preguntó con curiosidad.

—Solo apunto ideas que se me ocurren. —Daniel fue en busca del abrigo y se lo puso sobre los hombros.

Ainsley sonrió.

—Nuestro Danny es un pequeño genio, pero me temo que solo Ian comprende exactamente lo que hace.

—Ya te he dicho, mamá, que todo es muy sencillo.

—Sí, para ti que eres ingeniero. Yo no lo soy. ¿Nos vamos?

Daniel le pasó el brazo por los hombros mientras bajaban las escaleras y recorrían el corto trayecto a través de callejuelas y pasajes hasta la calle principal. Él no se mostraba avergonzado después de que su madrastra le pillara con ella. Caminó sin decir nada y las ayudó a ambas a subir al carruaje como si las hubiera estado escoltando tras una respetable noche en la ópera.

Mary esperaba en el interior del coche con los ojos muy abiertos. No dijo por qué había estado buscándola; de hecho, no dijo nada en absoluto.

Daniel tomó asiento junto a su madrastra y ambos iniciaron una animada conversación mientras el carruaje se ponía en marcha. Lo vio hablar con lady Mackenzie de una manera relajada, respondiendo con bromas a las pullas que ella le lanzaba.

Violet recordó la historia que él le había contado sobre su solitaria niñez, cuando esperaba que alguna de las mujeres que su padre llevaba a casa se quedara y fuera su madre. Era posible que no hubiera encontrado una madre, pero sí había descubierto una buena amiga en Ainsley; una dama a la que, sin duda, respetaba y admiraba. Y quería. Lady Mackenzie había llenado el vacío que Daniel tenía. Ambos mantenían una afectuosa relación que ella envidió.

El carruaje se detuvo ante la pensión demasiado pronto. Daniel se bajó de un salto y ayudó a salir primero a Mary y luego a Violet. La criada se lo agradeció y corrió hacia el edificio, abrió la puerta y se puso a esperarla.

Su tiempo con Daniel había acabado. Le devolvió el abrigo que le había prestado y sintió como si perdiera una parte de sí misma cuando se lo entregó.

Él le dirigió una sonrisa que hablaba de la sensualidad compartida esa noche que la hizo ruborizar.

Ella se recreó en el calor que produjo en su interior.

—No se te ocurra besarla delante de una pensión respetable, por Dios —advirtió lady Mackenzie desde el interior del carruaje—. Arruinarás su reputación.

Ella vio risa en los ojos de Daniel cuando le tendió la mano, estrechó la suya e hizo una reverencia.

—Hasta mañana, milady.

Ella no quería que se marchara. Daniel le había mostrado esa noche un nuevo mundo y no estaba preparada para abandonarlo.

Él le soltó la mano y ella se dio cuenta de que había estado aferrándose a él.

—Venga, ve —dijo él con ternura.

Ella tragó saliva, se las arregló para desearle buenas noches y siguió a Mary.

Intentó demorarse en la puerta para poder ver cómo él se subía al coche y se perdía en la noche, pero la criada la cerró en cuanto ella pasó, impidiéndole la vista.

—No sabía que fuera tan rico —comentó Mary cuando empezaron a subir las escaleras lentamente—.

Parece como si estuviera loco por usted, señorita. Si le atrapa, será la salvación de todas nosotras.

«Si le atrapa». Tras la hermosa noche que acababan de vivir, aquella frase resultaba fea y malsonante.

—No tengo intención de atraparle. —Tuvo que dejar que Mary sacara la llave de las habitaciones porque sabía que esa noche no tenía el pulso firme—. Lo más seguro es que cuando dejemos Marsella no vuelva a verle. —Y eso le dejaría un agujero en el corazón.

—Entonces será mejor que antes obtenga de él tanto dinero y joyas como pueda —aconsejó Mary, siempre práctica—. Y no se le ocurra dejar las joyas en depósito en el banco. Un caballero como él siempre podría conseguir que el banco se las devolviera.

La expresión de Mary era absolutamente inocente. No veía nada mal en que se convirtiera en la amante de Daniel; pensaba que era la solución perfecta para mujeres necesitadas de dinero.

Pero las palabras de la criada hicieron que viera la noche con más claridad.

—El señor Mackenzie no me regalará joyas —aseguró.

En el mismo momento que dijo aquello, se vio sentada ante un tocador, con Daniel a su espalda sonriéndole pícaramente, mientras le enseñaba un collar de diamantes. Él le ponía la joya sobre el escote y cerraba el broche con suavidad antes de inclinarse para besarla en el cuello.

Ella lo deseó con todas sus fuerzas. No la joya, sino la intimidad de la escena. Daniel eligiendo un regalo para ella y provocándola mientras se lo entregaba.

—¿Señorita?

Ella pegó un brinco y salió de su ensueño, encontrándose en la desvaída habitación de la pensión.

Cruzó el espacio hasta la ventana, pero una mirada al exterior le indicó que Daniel y su carruaje habían desaparecido.

—Lo siento, Mary. Ahora dime, ¿por qué te has puesto a buscarme de una manera tan… desesperada?

Mary la miró con preocupación.

—Es su madre. Ha sufrido una de sus premoniciones.

—¡Oh, cielos! —Su euforia desapareció. Su madre tenía a menudo horribles visiones de su futuro, las cuales, desafortunadamente, en algunas ocasiones resultaban ciertas—. ¿Se encuentra bien? ¿Se ha metido en cama?

—Sí, la ayudé a acostarse. Vio algo horrible. Me rogó que la buscara. Me aseguró que no podría tranquilizarse hasta que usted estuviera aquí a salvo. Vio algo malo esta noche. Previó toda clase de horrores para usted. Fuego, humo y muerte… Sin orden ni concierto.

Tiene mucho miedo, señorita.

—Ya veo… —Suspiró. Dio a Mary una palmadita en el hombro y le entregó la bolsa con las propinas obtenidas como adivina, cuadró los hombros y entró en el dormitorio de su madre.