14

 

 

Daniel contuvo la decepción al ver a la niña. Tomó una manta del respaldo del sofá y se la puso encima con cuidado. Si tenía suerte, continuaría durmiendo.

Los ojos de la chica se abrieron al instante, grises y llenos de picardía como los de su madre.

—¡Danny! —gritó al tiempo que se incorporaba, llena de deleite, en un tono que despertaría a la mitad del hotel—. ¡Estaba esperándote!

Él recogió la manta del suelo y volvió a ponérsela encima.

—Ya veo, canija. ¿Qué haces aquí? Si te has escapado de casa otra vez, tu madre nos va a matar a los dos.

—No me he escapado. —Gavina Mackenzie se alisó el pelo con un gesto demasiado maduro para su edad—.

Solo he bajado las escaleras. Estamos alojados en este hotel. ¿A que es estupendo, Danny?

—¿Alojados aquí? ¿Quiénes?

—Todos… Mamá, papá… y yo. Stuart se ha quedado con tía Eleanor, porque es muy pequeño para viajar hasta aquí. —Gavina parecía muy satisfecha de tener siete años y ser mucho más mayor que su hermano pequeño, que solo tenía cuatro y medio—. Mamá ha dicho que íbamos a darte una gran sorpresa.

Él se apretó el pecho con las manos.

—Considérame muy sorprendido.

Y un poco enfadado. Adoraba a su familia, pero con todos ellos rondando a su alrededor jamás podría ocuparse de lo que quería. Evidentemente, su madrastra, Ainsley, había hablado con Ian sobre el lugar al que se había marchado y había decidido correr a Francia para averiguar el motivo.

Sonó un ligero golpe en la puerta que, al instante, fue seguido por la propia Ainsley Mackenzie. Lucía un vestido de seda gris decorado con ribetes marrones y sus hombros desnudos sobresalían por encima de las mangas abullonadas. Entre sus cabellos centelleaban unos diminutos diamantes a juego con los que llevaba en el cuello. Las cortesanas de Richard, en contraste, parecían cubiertas de ellos de pies a cabeza.

Ainsley llevaba un moño sencillo, aunque se había vestido a la última moda. Sin embargo, jamás parecía recargada o fuera de lugar. Su esencia era su mayor brillo y él la adoraba; era la mujer que había logrado rescatar a su padre.

—Hola, Danny. Te vi llegar —informó antes de envolverle en un abrazo con olor a limón—. Gavina prefería esperarte aquí. Se lo prohibí, por supuesto, pero como es evidente logró darme esquinazo.

—Sin llave —repuso él—. ¿Qué has estado enseñándole, mamá? —Además de sus encantos femeninos, Ainsley sabía usar las ganzúas.

—Fue la doncella quien me dejó entrar —explicó Gavina—. Le dije que era tu hermana y le ofrecí una moneda.

Aquella cría aprendía rápido. Se inclinó hacia ella y la tomó en brazos. Cada vez era más alta y fuerte.

—No has contestado a mi pregunta —gruñó—. ¿Qué hacéis aquí, mamá, y no en Londres ayudando a tía Isabella con los eventos de la temporada? ¿Por qué no estáis en Berkshire para los entrenamientos? —Ainsley y su padre se desplazaban a Berkshire todos los años para que Cameron preparara a los caballos para la temporada de carreras. Después, en primavera, era tradición que el resto de la familia se uniera a ellos.

Ainsley le miró con el ceño fruncido.

—Estaba preocupada por ti, Danny. Nos enteramos de que recibiste una paliza y te encontraron tirado en una cuneta, sin embargo jamás nos dijiste nada. —Ainsley le rozó la mejilla donde las magulladuras todavía eran visibles, sobre todo después del aterrizaje en el globo—.

¿Qué te ocurrió?

—Nada interesante. Fue tío Ian el que me delató, ¿verdad?

—¿Ian? —Ainsley abrió mucho los ojos—. Sabes de sobra que nadie es capaz de sonsacar a Ian Mackenzie nada que él no quiera decir. No, logré que me lo dijera Beth. También está preocupada por ti.

—… y ella te dijo que estaba en Marsella —dedujo él mientras Gavina los observaba desde la seguridad de sus brazos. Era ya medianoche, pero la niña no parecía cansada.

—Beth no sabe por qué estás aquí —repuso Ainsley—. ¿Te has metido en problemas?

Él no pudo contener la risa.

—No me meto en problemas desde que salí de la universidad. Los evito. Mi amigo Richard Mason está aquí y he pasado algún tiempo con él. —No era mentira.

—¡Ah, ya! El joven que te preocupa que acabe consumido por la depravación… No dudo que lo meterás en vereda; eres hábil para ello. He oído también que hiciste un trayecto en globo, pero que acabó destrozado.

No, no parezcas tan sorprendido, los rumores se extienden con rapidez, en especial entre los ingleses que estamos en el Continente. —Ella le brindó una sonrisa cómplice—. Y

también me he enterado que estabas con una señorita cuando el artefacto se precipitó a tierra. Sin embargo, ahora no la veo contigo… ¿Ha decidido que andar en tu compañía encierra demasiados peligros?

—Algo parecido.

—Seguramente será lo mejor. —Ainsley tendió los brazos a Gavina y su hija le rodeó el cuello—. Si una mujer no es capaz de seguir el ritmo del hombre que ha decidido perseguir, será mejor que no lo intente siquiera.

Créeme, lo sé. Es así como acabé con tu padre.

Ainsley había demostrado que, definitivamente, era la pareja perfecta para Cameron, para sorpresa incluso de él mismo. El hombre que había excluido el amor de su vida, no logró que ella se quedara fuera.

—Es una suerte que estés aquí —prosiguió su madrastra—. Mi querida amiga Leonie ofrece un grandioso baile mañana por la tarde en su casa. Vamos a asistir y sé que a ella le encantaría que nos acompañaras.

Él contuvo un gemido. Leonie era la comtesse de Chenault, que se hizo amiga de Ainsley cuando ambas eran damas de compañía de la reina Victoria. Era rica, influyente y tenía una enorme mansión en las afueras de Marsella que se había puesto de moda.

—Me imagino para qué. Ya es malo que tía Eleanor y tía Isabella me presenten debutantes ambiciosas cada dos por tres, pero pensaba que tú tenías más corazón. No puedo creer que estés de acuerdo con sus planes para casarme.

Ella parpadeó con inocencia.

—¿He hablado yo de debutantes? ¿Ha salido esa palabra de mi boca?

—Pero a los grandiosos bailes que ofrece la comtesse solo asisten debutantes, ¿verdad? Debutantes que se ven impulsadas por el entusiasmo de sus madres.

¿Por qué tanta prisa por casarme? Los dos niños de Eleanor y también papá están delante de mí en la línea hereditaria del título, y todos gozan de buena salud, gracias a Dios.

—No estamos pensando en la sucesión del título —aseguró ella con cierta indignación—. Queremos que seas feliz, Danny. Que te asientes.

—Pues para mí, ser feliz y asentarse no es lo mismo.

Déjame disfrutar un poco de la vida y dile a mis tías que dejen de ofrecerme insípidas muchachas de dieciocho años.

—¿Dieciocho? —les interrumpió Gavina—. Las de dieciocho son viejas. Deberías casarte, Danny, y tener bebés con los que pueda jugar.

Ainsley lanzó a su hija una mirada de advertencia antes de proseguir.

—Sabes de sobra que soy la última mujer en el mundo que te diría que no sigas los designios de tu corazón pero, ¿cómo vas a encontrar una damita que te lo robe, si no quieres conocer a ninguna? Deberías intentarlo, ¿sabes? ¿Nos acompañarás al baile?

Ella le sostuvo la mirada con un atisbo de esperanza en sus ojos grises. Aunque Ainsley no compartía el acoso al que le sometían Eleanor e Isabella para que asistiera a cada fiesta, baile o cena, paseo en barco o reunión a la que acudieran jóvenes elegibles, él sabía que ella también deseaba verle felizmente casado. Quería que tuviera un matrimonio feliz e hijos propios. Sin embargo, él era reticente por lo duro que le había resultado crecer.

A pesar de todo, aquello era importante para Ainsley y ella era importante para él. Gracias a ella la suya era una familia feliz.

—Sí, de acuerdo —confirmó con resignación—, os acompañaré.

—Gracias. —Lo encerró de nuevo entre unos brazos, que ya estaban ocupados por Gavina, aunque la niña por fin comenzaba a parecer cansada—. Buenas noches, Danny. Nos vemos en el desayuno.

Gavina y ella salieron de la estancia, ambas lucían una sonrisa en la cara cuando él cerró la puerta.

Suspiró mientras se quitaba el abrigo y la corbata. Le había dicho a Simon que no le esperara, así que ahora tenía el dormitorio para él, siempre y cuando a Gavina no le diera por regresar sin que su madre se enterara. No sería raro que fingiera quedarse dormida en su cama y luego bajara allí otra vez.

Se sirvió un buen vaso de whisky y se dirigió al dormitorio con los pensamientos divididos.

Asistiría a aquel grandioso baile y se comportaría de manera educada. No se casaría con ninguna de las jovencitas que la comtesse le presentara, pero no le costaba nada ser educado.

Sabía que en aquella fiesta no le presentarían a su futura esposa, porque cuando se imaginaba entrando en una casa llena de sus inventos, perros y niños, veía a Violet a su lado con una claridad sorprendente. La veía alzando la cabeza para recibirle con una cariñosa y acogedora sonrisa.

—Señorita —llamó Mary, entrando en la oscurecida estancia donde ella permanecía en la cama—. ¿No piensa levantarse, señorita?

—¿Para qué? —preguntó ella, sin ganas de nada.

Violet se había dedicado a dormitar a ratos a lo largo de toda la tarde. Su terror por culpa de las acciones de Lanier, seguido por la sacudida emocional de ver a Daniel con una amante le había hecho pasar la noche en vela. Ya había amanecido cuando cayó en un sopor que no llegó a ser en ningún momento un sueño profundo, haciendo que ahora estuviera atontada y sin ganas de levantarse.

—Su madre está preocupada por usted —explicó Mary—. Y esta noche tenemos otro trabajo.

Ella se hundió más profundamente entre las almohadas, cediendo a su letargo.

—¿Por qué? —preguntó.

Monsieur Lanier nos sisó la mayor parte de los honorarios, ¿verdad? Su madre está muy cansada tras lo ocurrido la noche pasada y necesitamos ganar algo de dinero, lo sabe.

Ella se quedó inmóvil mientras el pesar y el cansancio se apoderaban de ella.

—¿De qué trabajo se trata?

—Actuar de adivina en una fiesta de sociedad.

Emitió un largo suspiro. Eso quería decir que debería vestirse de gitana y estar sentada ante una mesa durante horas, haciendo reír tontamente a las debutantes cuando les dijera que se casarían con hombres altos y guapos con los que tendrían muchos hijos. Ella tenía un talento natural para leer la palma de la mano, por lo que se ocupaba de los trabajos de adivinación tradicional.

En cualquier caso, Celine no creía en las adivinaciones. Consideraba que leer la mano, leer las cartas o mirar una bola de cristal eran auténticos disparates.

«Los espíritus se comunican directamente a través de mí cada vez que quieren —solía decir—. No puedo llamarlos con cartas ni mirando las líneas de la mano de nadie. Eso solo les hace reír».

Sin embargo, a Celine no le molestaba en absoluto que ella ganara alguna moneda con su habilidad. A pesar de lo espiritual que era, también poseía un lado práctico.

—No puedo —se disculpó, apenas capaz de hablar—. Mary, hoy no puedo. Estoy muy cansada.

—Necesitamos el dinero, señorita.

—Creo que deberíamos irnos de aquí —murmuró por lo bajo—. Irnos a algún lugar en el que no hayamos estado antes. —Un lugar al que Daniel y sus amigos no sintieran inclinación por ir—. A Canadá, quizá. He oído decir que Montreal es una ciudad magnífica. Allí se habla francés.

Mary meneó la cabeza.

—Sabe que madame no hará un viaje tan largo en barco. —Se acercó a la cama, se inclinó y alisó las sábanas—. Y tenemos contrato con el teatro hasta final de mes. Hasta entonces, debemos vivir aquí. —Mary, la morena, sencilla, amable y práctica Mary, que siempre decía lo que era necesario escuchar.

—Lo sé, ¡maldita sea!

Cerró los ojos y vio de nuevo la campiña francesa debajo del globo, escuchó el sonido del viento entre las cuerdas, el aroma del aire, el siseo de la máquina de Daniel y el calor de su cuerpo junto a ella.

La vida y sus mezquinos problemas quedaban atrás.

En lo alto, con el mundo a sus pies, podía ser Violet, no la imaginaria princesa Ivanova, mademoiselle Bastien o cualquiera de los demás personajes que se había inventado a lo largo de su vida.

En el globo había sido ella misma, alguien con quien no estaba desde hacía mucho tiempo. Daba igual lo que hubiera hecho luego, Daniel le había dado aquella oportunidad.

—Cuando cumplamos el contrato —decía Mary—, podremos irnos. —Le palmeó la rodilla por encima de la manta—. Iremos a algún lugar agradable. Quizá a algún pueblo alemán con balneario. Son preciosos.

Ella abrió los ojos con desgana, renunciando a su santuario.

—Gracias por intentar animarme, Mary. Dile a mamá que haré el trabajo.

Si lograba levantarse de la cama…

Las imágenes del vuelo en globo desaparecieron y sintió de nuevo el horror de las manos de monsieur Lanier sobre su cuerpo, la bofetada… Luego el brutal impacto que sintió cuando vio que Daniel se subía al carruaje con la cortesana, sonriéndole de la misma manera que le había sonreído a ella.

Ningún otro hombre la había hecho sentirse apreciada por ser ella misma. Hubiera jurado que Daniel conocía sus más íntimos pensamientos, incluso los temblorosos jirones de su alma. Y no se apartó asqueado, no la trató como la fulana que monsieur Lanier la había hecho sentirse.

Daniel la había tratado como a una amiga.

—¿Señorita? —la llamó de nuevo Mary en tono preocupado.

Ella abrió los ojos definitivamente y suspiró.

—Lo haré —afirmó con un susurro—. Ve a buscar mi ropa y ayúdame a vestirme.

Daniel pasó el día con Richard Mason. Mientras desayunaba con la familia, Simon apareció con una nota de Richard, en la que le rogaba lastimeramente que acudiera a su hotel.

Encontró a su amigo en la elegante suite de otro hotel, todavía en la cama, apático, febril, resacoso y desanimado. Richard parecía esperar que estuviera todo el día con él, leyendo periódicos y lamentándose del estado del mundo, ante un par de vasos de whisky, hasta que se sintiera mejor.

Pero él estaba impaciente por marcharse, quería ver a Violet. Todavía no había pasado suficiente tiempo con ella y necesitaba más.

Sin embargo, Richard parecía de tan mal humor y tan deprimido que se quedó con él. Sospechaba que le pasaba algo mucho peor que una fuerte resaca o demasiada depravación. Su amigo no dijo nada, pero se mostró cansado y caprichoso y sus palabras resultaron más afiladas que una navaja de afeitar. Comprendió lo que realmente ocurría antes de marcharse: Richard tenía sífilis.

—Tienes que decírselo a la mujer con la que estuviste anoche —le recomendó antes de marcharse, apagando el cigarro y poniéndose de pie.

Richard le miró sorprendido.

—¿Qué quieres que le diga?

—Háblale de tu enfermedad. Es justo que lo sepa.

—¿Qué? —Richard le miró fijamente con la cara roja.

—Tienes que buscar un tratamiento. Los médicos han avanzado mucho en ese tema. Hay un hombre en Munich, el doctor Shauman. Es un tipo listo y te curará de verdad, no te dará falsos remedios. Dile que vas de mi parte.

Richard le miró boquiabierto, cada vez más ruborizado.

—¿Te trató a ti?

—No. —Había sido lo suficientemente listo para evitar contagiarse—. Es amigo mío. Está tratando de encontrar la cura de muchas enfermedades horribles, incluida esa. Confía en mí, amigo. Ve. Y cuando lo hayas hecho y puedas volver a comportarte como el hombre razonable que eras, ponte en contacto conmigo.

—De acuerdo. —Richard volvió a hundirse en la silla con los ojos muy brillantes.

Una vida desperdiciada—. Gracias, Danny. Eres un buen amigo. No le dirás nada a nadie, ¿verdad?

—Por supuesto que no. —Tomó su sombrero y su abrigo de manos de un criado, que parecía aliviado de que alguien hubiera hablado sensatamente con su amo, y se marchó.

Regresó al hotel caminando, perdido en sus pensamientos. Se dio cuenta de que su padre estaba preocupado de que pudiera acabar como Richard; perdido en la decadencia. Enfermo, roto a una edad temprana. Y él le había dado razones más que suficientes para que se preocupara, pues había estado más interesado en naipes, mujeres y bebidas que en los estudios, y se había escapado más de una vez de la escuela para perseguir aquellos decadentes placeres.

Pero él solo había reaccionado al hecho habitual de que su padre le enviara con sus tíos o tutores mientras él se divertía con sus mujeres. Él siempre había supuesto que le alejaba porque no quería que le molestara.

Ahora comprendía que lo que más había temido Cameron era ser un mal padre, que él pudiera rechazarle si pasaban demasiado tiempo juntos. Su padre había sido un mujeriego y un bebedor que solo buscaba el placer. Lo único que le había salvado de acabar perdido en la disipación era su amor por los caballos, que cuidaba como si le fuera la vida en ello, y un hijo al que amaba pero al que no sabía cómo demostrárselo.

«Pobre papá. Te lo hice pasar mal, ¿verdad?».

Cuando llegó al hotel, se detuvo en la suite de su padre. Le abrió la puerta un criado y vio a Cameron junto a la chimenea, disfrutando de un cigarro.

—¡Hombre, Daniel! Quería preguntarte si…

Cam se interrumpió, sorprendido, cuando él le abrazó con fuerza.

—Lo hiciste lo mejor que pudiste, papá —aseguró—, pero yo era un monstruo ingrato.

Su padre le devolvió el abrazo con cierto atolondramiento y luego se echó hacia atrás para estudiarle con sus dorados ojos Mackenzie mientras el humo del cigarro les envolvía a ambos.

—Daniel, ¿de qué demonios hablas?

—De la gratitud de un crío ingrato. Tómala, lo hiciste bien.

—Debes estar borracho.

—Quizá un poco. Mientras estaba con mi amigo enfermo, fuimos consumiendo poco a poco una botella de whisky. Disponer de tiempo me hace pensar.

—Ya veo.

La agudeza que Richard había perdido seguía siendo afilada en Cameron. Su padre se había casado muy joven con el escándalo. Perder a su primera esposa en una situación trágica solo sirvió para incrementar la leyenda, pero había salido del paso de criar a un hijo él solo.

Encontrar a Ainsley le había dado la oportunidad de volver a intentarlo.

—¿Qué era lo que querías preguntarme? —inquirió.

—Era sobre un caballo. No importa. Me has hecho perder el hilo de los pensamientos.

—Lo siento. Te envolví en los míos.

—Ainsley me ha dicho que te convenció para que nos acompañes al baile de la comtesse —comentó su padre—.

Me gustaría darte un consejo; mantén la guardia con las debutantes. Bastará que hagas un comentario agradable sobre el clima para que ellas corran junto a su madre y digan que te has declarado. Algunas están desesperadas por pescar marido.

—Pobres criaturas si eso es cierto. A mí me gusta cómo piensa Bell; «una mujer puede ser algo por sí misma sin tener que casarse…».

Cameron resopló.

—«Pero cuando deje el colegio y un joven bien parecido le guiñe el ojo, cambiará de idea» —terminó Cam la cita.

Él sonrió de oreja a oreja.

—Pronto lo comprobarás con Gavina.

Su padre le dirigió una mirada sombría.

—No me lo recuerdes. —Suavizó la expresión al momento—. No es justo, ¿verdad? Fui muy duro contigo, pero a Gavina y a Stuart los malcrío de mala manera.

Casi habían perdido a Gavina una vez. Recordaba perfectamente una fría noche de invierno en la que la esperanza era todo lo que les quedaba, cuando pensó que tendría que ver cómo sus padres llorarían la pérdida de su amada hija de apenas dos años. Evitaron la tragedia, pero el miedo dejó su huella.

—No seas tan duro contigo mismo —dijo a su padre al tiempo que le daba una palmadita en el hombro—. Solo eres humano. Y no te preocupes, no permitiré que Gavina se convierta en un demonio. —Tomó aire y se alejó—.

Ahora, será mejor que me dé prisa y me vista para el baile, o Ainsley me calentará las orejas.

La mansión de la comtesse de Chenault se encontraba situada en lo alto de una colina a las afueras de Marsella.

En su interior hacía demasiado calor y había demasiada gente. Violet llevaba una hora sentada ante una mesa en una esquina de la salita, leyendo la buenaventura a los ansiosos invitados de la anfitriona.

Se había vestido con una falda amplia, una blusa suelta y un apretado corpiño negro. Llevaba la cabeza cubierta con un pañuelo y un largo collar de monedas tintineaba sobre sus pechos. Movía los naipes sobre una mesa camilla adornada con pañuelos de colores y encima del tablero había puesto una bola de cristal que encontró en una tienda de segunda mano en Liverpool.

Representaba a la perfección la imagen de una gitana, lo que jugaba a su favor; la gente ve lo que espera ver.

Todo había salido bien hasta ese momento. Se había metido en el personaje como en unos guantes usados, leyendo destinos con fácil aplomo, hasta que vio pasar a Daniel por el vestíbulo y el sufrimiento se apoderó de ella.

No pudo apartar la vista de él. A pesar de lo disgustada que estaba, necesitaba verlo, escuchar el sonido de su voz.

Observó que Daniel se detenía ante la puerta de la sala. Estaba hablando, y riéndose, con una mujer de pelo claro con un vestido gris de raso y un hombre enorme con un kilt con el mismo patrón que el suyo. La postura del hombre era muy parecida a la de él y cuando ambos se giraron para saludar a alguien, sus movimientos fueron idénticos.

Padre e hijo. Ella notó un extraño anhelo en el corazón. Quería conocer a Cameron Mackenzie, quería hablar con él y con su esposa, que le contaran todo lo que sabían de Daniel —¿Nos puede decir la buenaventura, señorita?

Tres jovencitas bloquearon la imagen de Daniel. Ella las había visto antes; destacaban con sus vestidos azul, verde y amarillo, cuando se desplazaban por las estancias con arrogante aplomo. Resultaba evidente que eran las líderes del evento, o al menos eso pensaban.

Dos eran inglesas y una francesa. Esta última era la hija de la comtesse. Las tres habían recurrido a diseños con mangas abullonadas, cinturas diminutas y faldas estrechas que no llegaban a ser ceñidas. Sus cabellos caían en rizos sueltos y entre ellos brillaban las gemas. La francesa y una de sus amigas eran morenas, la otra, lady Victoria Garfield, hija de un marqués, era rubia.

La inglesa del cabello oscuro se sentó.

—Yo primero.

Dejó caer una moneda en la taza que había sobre la mesa, se quitó el guante y expuso la palma con la mano hacia arriba. Era evidente que ya le habían leído la mano antes.

Violet se movió con elegancia y utilizó una voz ronca con un leve acento. Había permitido que Mary le impregnara la cara y las manos con polvos de teatro para oscurecer el cutis y un leve toque de kohl en el borde de los ojos, lo que hacía que sus iris parecieran más claros.

Tomó la mano de la chica y pasó un dedo por las líneas de la palma. No tenía que inventarse cosas para agradar a la gente, cada línea quería decir algo, así como el número de estas, la manera en que se cruzaban y hasta donde llegaban o se quebraban. Había aprendido de una gitana que tenía un raro talento natural para acertar con sus palabras. Aunque solo podía imitarla, si aquellos hechos se hacían luego realidad o no, no llegaba a saberlo nunca.

Antes de comenzar a hablar, estudió la mano de la joven durante un tiempo, dibujando las líneas en todas direcciones.

—Será bien amada. Su destino podría llevarla lejos de casa, pero el amor perdurará.

—¡Oh! —La chica se ruborizó—. Jamás me habían dicho eso antes, pero es posible que tenga razón sobre que mi destino esté lejos de mi casa; mi enamorado es oficial.

—Esta línea es larga —señaló, deslizando el dedo por ella—. Lo que quiere decir que su amor no morirá, a pesar de todo. No importa lo lejos que sean sus viajes.

La joven sonrió feliz y lanzó una mirada al otro lado de la estancia, donde un hombre con uniforme charlaba en un corrillo. Ella, mientras estaba sentada ante la mesa, le había escuchado confesar a un amigo que estaba locamente enamorado de la joven de cabello oscuro, pero le preocupaba que ella no le siguiera en la vida militar.

Ahora miró a aquella joven con nuevos ojos y supo que no tenía nada que ver con sus amigas. Seguiría a su soldado hasta el fin del mundo.

—Debería decírselo —aconsejó en tono misterioso—. Él necesita saberlo.

—Lo haré. Sí, lo haré. —Vio que a la joven se le llenaban los ojos de lágrimas—. Gracias.

—Ahora me toca a mí. —Lady Victoria se deslizó en la silla tras empujar a su amiga—. Quiero saber si también voy a tener un marido apuesto en el futuro. —Su mirada se volvió más ladina—. ¿Un escocés, quizá?

La chica francesa soltó una risita.

—Está indicándole que desea que le diga que se casará con un escocés en concreto, Daniel Mackenzie.

Está…, ¿cómo diríamos en inglés? Loca por él.

A ella se le secó la boca. Lady Victoria esbozó una sonrisa engreída, como si esperara que le dijera lo que quería oír. Solo tenía que tocar la palma de la mano de la chica y decirle que sí, que su marido sería alto, guapo y escocés. Después, lady Victoria se iría orgullosa y ella se quedaría sola.

Pero otro inoportuno vislumbre de Daniel hizo que se le apretara el corazón. Volvía a estar en el vestíbulo, ahora hablando con la anfitriona. Sin duda mostrándose encantador, eso se le daba bien, podía encandilar hasta a los personajes de los cuadros.

Se enfadó. Pasó el dedo ligeramente por las líneas de la palma de lady Victoria.

—Solo puedo decir lo que veo.

La joven se inclinó hacia delante, ansiosa. Al fondo, Daniel se rio; un sonido cálido y suave.

—No encontrará el amor donde supone —dijo, intentando contener la risa—. De hecho, quizá tarde en encontrar el amor y es posible que tenga que marcharse lejos para ello. Quizá pueda pensar que será difícil, pero de las adversidades sacará fuerzas.

Lady Victoria frunció el ceño, enfurecida, y recuperó su mano de un tirón.

—No me gusta lo que me ha dicho.

Ella encogió los hombros intentando parecer indiferente.

—Eso es lo que está escrito en su mano. —Era lo que en realidad había visto en la palma de la chica al leer las líneas según las enseñanzas de la gitana—. Lo que nos gusta o no, no interesa al destino.

Lady Victoria se levantó de mal humor.

—De todas maneras, todo esto no son más que tonterías. Le apuesto lo que quiera a que ni siquiera es gitana de verdad.

Ella se irguió con la misma dignidad que una matriarca gitana.

—Nací en el campo bajo el cielo de Rumanía. Mi madre era gitana. Mi padre… ¿quién sabe? Ese es mi linaje.

Lady Victoria tenía un brillo en los ojos que su amiga inglesa no notó, pero que sí percibió la hija de la comtesse. Mientras lady Victoria se alejaba airadamente, la francesa dejó caer dos monedas en la taza y le dio las gracias. La otra chica no se había molestado en dejar nada.

Cuando se fueron, ella cerró los puños sobre el regazo y respiró hondo. Escuchó de nuevo la risa de Daniel. Quiso apropiarse de aquel sonido y envolverse con él.

Durante un rato nadie se acercó a ella y aprovechó para cerrar los ojos e intentar tranquilizarse. No ganaba nada alterándose, el mundo no había cambiado para ella solo porque hubiera pasado un agradable día en globo.

Las jóvenes debutantes reunidas en aquel baile como si fueran una nube de mariposas eran el tipo de mujercitas con el que Daniel se casaría, y eso era todo. Las personas con título se casaban entre iguales, esforzándose en conservar el dinero y las propiedades en los mismos círculos. Arreglos de negocios. Las debutantes podían creer que un hombre se había enamorado de ellas, pero el caballero solía fijarse en la dote o el título, o quizá en la influencia de la familia.

Cuando una debutante seguía a su corazón y salía de aquel mundo privilegiado en pos de un hombre, la seguían el escándalo y la ruina. De la misma manera, cuando un caballero se casaba por debajo de sus posibilidades, aquella esposa nunca llegaba a ser bienvenida a su familia. Podían ridiculizarla y negarse a recibirla. Un padre particularmente severo podía desheredar a un hijo que no se casara según sus deseos.

Ella había visto ese tipo de cosas una y otra vez entre la gente que vivía en esas mansiones. El suyo era un mundo cerrado y los transgresores eran castigados con severidad.

Pero ser testigo de la manera en que encajaba Daniel, en especial cuando vio que la comtesse detenía a las tres chicas y se las presentaba, hizo que se pusiera enferma.

Si lograba superar esa noche, se esforzaría por recuperar la razón; por ser la princesa Ivanova hasta final de mes y luego decidiría adónde irían. Tendría recuerdos de dos días preciosos que saborear antes de que desaparecieran, perdidos en la neblina del «podría haber sido».

Abrió los ojos justo cuando dos jóvenes ansiosos se acercaban a ella. Les sonrió, metiéndose de nuevo en el papel.

—Prácticamente nos conocemos de siempre, ¿no cree?

—comentó lady Victoria Garfield por encima de la música mientras Daniel la hacía girar al ritmo del vals—.

Tenemos tantos conocidos en común, gente que yo conozco y que usted ha tratado durante toda su vida, que parece mentira que sea esta la primera vez que nos vemos.

Él había esperado que al sacarla a bailar, lady Vic dejara de decir tonterías, pero no había sido así. Aquella jovencita podía seguir hablando por encima de la artillería en una batalla.

Lo cierto era que debería sentir lástima por ella. La comtesse le había dicho a Ainsley que lady Victoria no había triunfado durante sus dos primeras temporadas, así que su madre la había enviado a Francia, a ver si allí tenía más suerte. Ver la alocada frialdad en sus ojos hizo que no culpara a los aristócratas ingleses de haber escapado de ella. En pocos años lady Vic sería una matrona temible, que dominaría a su marido con mano firme como si fuera un sargento mayor.

«Un hombre necesita ver un poco de calor en una sonrisa —quiso decirle—, no un evidente cálculo de lo que su propietaria espera ganar».

Comparar a la depredadora lady Vic con la espontánea Violet sería ser injusto con la pobre lady, pero no podía evitarlo.

¿Cuánto tiempo tenía que quedarse allí para que su marcha no fuera considerada de mala educación? No quería avergonzar a Ainsley, pero necesitaba escabullirse.

Bajaría andando al pueblo, golpearía la puerta de la pensión y se llevaría a Violet a dónde ella quisiera ir: un restaurante, un club nocturno, un teatro… Incluso podrían caminar por la calle y observar a los artistas callejeros.

No le importaba.

— L a comtesse ha traído a una adivina —estaba diciendo lady Vic al tiempo que le clavaba los dedos en el hombro—. ¿No quiere saber qué me ha dicho? ¿Será quizá sobre usted?

Todos sus pensamientos se agruparon en uno.

—¿Una adivina, dice?

—Sí, una gitana. Es una mujer orgullosa. Adivine lo que me ha dicho.

—¿Que viajará lejos y se casará con un hombre muy guapo? —repuso distraído.

—¿Cómo lo ha sabido? No me dijo en realidad un hombre muy guapo, sino un escocés muy guapo.

¿Acaso se podía ser menos sutil?

—¿Dónde está esa adivina?

—En la sala. —La sonrisa de lady Vic se hizo más ancha. Cuando terminó el vals, le puso los dedos en el brazo y prácticamente lo arrastró fuera de la pista de baile.

La adivina tenía la piel del color del té con leche, lucía una blusa suelta que ceñía a su cuerpo con un corpiño negro similar a un corsé y se había cubierto la cabeza con un enorme pañuelo rojo atado en la nuca.

Había muchos anillos de oro en sus delgados dedos y un collar de monedas alrededor del cuello.

Pero sus ojos poseían el mismo azul oscuro que la primera vez que los vio en la casa de Londres y sus manos eran tan suaves como cuando encendió aquellas velas.

Violet le vio, observó a lady Vic colgada de su brazo y no se perdió ningún detalle. Entonces les sonrió; una sonrisa oscura y misteriosa de gitana, y les indicó que tomaran asiento en las sillas.

—¿Quieren conocer su futuro? —preguntó ella con una voz ronca y susurrante—. Pongan una moneda en la taza y les revelaré todo.