5
Violet sacudió a Daniel, le dio palmaditas en las mejillas, intentó abrirle los ojos. Él no respondía a nada y su piel estaba cada vez más húmeda, fría y pegajosa.
—Mary —llamó a la criada que acababa de ponerse en pie presa del pánico—, ve en busca del médico.
—Ya es muy tarde para eso —gimió la chica con un hilo de voz—. Señorita, si le ha matado… ¡Oh, Dios mío!
Es un hombre muy rico y nosotras no somos nadie. Iremos a la cárcel. ¡Nos ahorcarán! —A Mary le temblaban las manos—. ¿Qué será de su pobre madre?
—¡Calla! ¡Calla! ¡Déjame pensar!
Pero no era capaz de hilar un pensamiento coherente.
Se sentó sobre los talones mientras la habitación seguía dando vueltas a su alrededor. Mary esperaba a su lado pacientemente, pero ella no sabía qué hacer.
Aquello era muy distinto a planear las sesiones de espiritismo o decirle a su madre que descansara y a dónde ir y qué hacer. Eso era algo que hacía desde que cumplió los siete años, cuando se dio cuenta de que su madre no tenía ni idea de cómo ocuparse de ella, ni siquiera de sí misma.
Se masajeó las sienes. Si había matado a Daniel Mackenzie —miembro de una de las más ricas familias de Gran Bretaña y sobrino de un poderoso duque—, aunque fuera de manera accidental, pagaría por ello.
Si aducía que había actuado llevada por el pánico, que Daniel la había atacado, la culparían por haberle abierto la puerta de su casa. Si se defendía diciendo que era Mortimer quien había llevado allí a Daniel y que había sido él quien se comportó de manera inadecuada, la culparían también por ejercer una profesión impropia de una dama. Después de todo, permitía que los caballeros accedieran a su casa a altas horas de la noche sin que estuviera presente una dama de compañía.
Incluso aunque despertara las simpatías del jurado, la castigarían por matarle o hacerle daño… si llegaba a recuperarse. La enviarían a prisión o la mandarían deportada a Australia junto con Mary y, probablemente, su madre. Ella había padecido de primera mano cómo perjudicaba la ley a las mujeres. Un jurado formado por hombres la condenaría antes de abandonar la sala del Tribunal. Hombres que irían directos a visitar a sus amantes, antes de acudir a la casa que compartían con sus esposas.
—Ayúdame a llevarlo a la carreta —apresuró a la criada—. Luego sube, despierta a mi madre y empaqueta todo lo que puedas. Nos vamos.
—¿Nos vamos? Pero señorita…
—No podemos arriesgarnos a quedarnos aquí, Mary.
Mortimer y sus amigos saben que el señor Mackenzie estuvo aquí esta noche. Incluso aunque solo le hayamos hecho daño, puedes estar segura de que los Mackenzie enviarán a los agentes de la ley. Será mejor que estemos muy lejos cuando aparezcan.
Lejos, en otro país, bajo otros nombres y personalidades. Y si esa noche no las visitaba nadie relacionado con Daniel y los demás caballeros, tanto mejor. Si acudiera alguien, ninguna de ellas tres estaría allí para responder preguntas embarazosas. Sí, sería lo más conveniente, que no estuvieran cuando la investigación comenzara. Además, su madre, que dormía gracias a una dosis de láudano, era realmente inocente de lo ocurrido.
Los trozos de florero tenían sangre, e indicó a Mary que metiera aquella pieza de cerámica quebrada en una caja que dejarían caer por la borda del buque que las llevaría a Francia. El señor Mortimer podía ponerse furioso, pero aquella era la menor de sus preocupaciones.
La siguiente hora fue la más difícil de su vida. El tiempo pareció arrastrarse al principio y luego volar.
Mary y ella llevaron el cuerpo del señor Mackenzie en la carretilla en la que llevaban los suministros del mercado. Cuando volvieron a abrocharle la ropa, descubrieron un grueso fajo de dinero en el bolsillo del abrigo.
Se miraron por encima de los billetes… Era una cantidad muy elevada.
—Cualquier ladrón se lo quedará si no lo cogemos nosotras —indicó Mary.
Pero si las pillaban los agentes de policía y llevaban el dinero del señor Mackenzie, no la creerían cuando les dijera que le había golpeado en defensa propia.
Tomó una decisión. Se quedó con los billetes más grandes y devolvió el resto al bolsillo del abrigo. A él no le hacía falta, ¿verdad? Y ella tenía que comprar los pasajes.
Se cambió lo que llamaba su ropa de sesiones por unos viejos calzones que cubrió con una falda de vuelo y una camisa de lino. Para terminar, se cubrió el pelo con un pañuelo. Cualquier persona que se cruzara con ella en la oscuridad, vería a una emigrante de edad avanzada, quizá a alguien que repartiera productos alimenticios o que se dispusiera a pasar el día en casa de su ama.
El señor Mackenzie permaneció inmóvil en la carretilla cuando lo llevó al diminuto patio que había en la parte trasera de la casa. Esa noche no había luna y la oscuridad caía sobre Londres como grueso carbón. Las nubes eran tan espesas que la luz de las estrellas no las traspasaba. Mejor que mejor.
Mary y ella cubrieron al señor Mackenzie con una arpillera y luego colocaron encima algunos sacos de carbón. La carretilla no era tan grande como para poder transportar a un hombre tumbado. Pero lo acomodó lo mejor que pudo.
Se alejó sola, guiando la carreta por calles secundarias mientras se desplazaba en zigzag con rapidez.
En un momento dado vio a un oficial de policía, pero él estaba mirando en otra dirección y no se percató de su presencia.
Tenía el estómago revuelto cuando decidió que ya había dejado suficiente rastro falso. Volvió sobre sus pasos hasta una calle tranquila y estrecha al este de Portman Square, donde sabía que vivía un médico. Se trataba de un hombre bondadoso que atendía a los más pobres del barrio sin cobrar. Si el señor Mackenzie no estaba muerto, aquel médico le ayudaría. Y si lo estaba, el hombre se aseguraría de que el cadáver fuera devuelto a su familia.
Esperó a que en la calle no hubiera oficiales de policía ni carruajes nocturnos. Aquel no era de los barrios más recomendables y las farolas estaban más espaciadas.
Se movió sigilosamente, feliz de tener la carretilla en buen estado, echó a un lado los sacos y volcó al señor Mackenzie en las sombras que formaba la casa en silencio.
En el momento en que el cuerpo aterrizó en la grava, contuvo un sollozo. Daniel había sido cálido y vibrante cuando la besó. La había mirado a los ojos a pesar de haber descubierto su fraude… Y es que ella era un fraude en todos los aspectos.
Él había llegado a su corazón como nadie antes. La había besado porque sabía que no era una dama respetable, pero no había sido más que tierno con ella.
Se le llenaron los ojos de lágrimas e intentó secarlas.
Llorar no servía para nada.
Se inclinó sobre el cuerpo inerte de Daniel y besó sus fríos labios.
—Lo siento —susurró, acariciándole el pelo—. Lo siento mucho.
Enjugándose las lágrimas, se puso de pie, volvió a colocar los sacos en la carretilla y se alejó, con el corazón en un puño.
Regresó a la casa alquilada por una ruta distinta.
Cuando estaba a medio camino, abandonó la carretilla y cambió sus ropas de campesina por la falda y la camisa que había llevado con ella. Recorrió el resto del trayecto tranquilamente, con una canasta bajo el brazo, como si acabara de completar un recado tardío.
Al llegar a la casa, su madre ya estaba levantada y exigía saber por qué tenían que marcharse. Ella había tomado la precaución de decirle a Mary que no contara lo ocurrido con el señor Mackenzie, pues sabía que su madre no resistiría la verdad. En vez de eso, improvisó la historia de que el señor Mortimer había acudido para reclamar el alquiler y, al no dárselo, las había echado.
Su madre la creyó sin problemas y estuvo preparada en un tiempo récord. Se movía con rapidez cuando la espoleaba el miedo a los alguaciles.
Todavía no había amanecido cuando las Bastien y su criada abandonaron su casa londinense con destino a Dover… y desaparecieron.
Daniel abrió los ojos con un gemido de dolor y los volvió a cerrar.
Algún idiota había dejado abiertas las cortinas del dormitorio y la
luz de la mañana le taladraba el cerebro.
Nunca las abría antes del mediodía, y eran muchas las veces que lo hacía mucho más tarde, todo dependía de la intensidad de la resaca.
La que estaba padeciendo en ese momento era monstruosa. ¿Qué demonios había bebido?
Dejó que pasara el tiempo. Cuando se obligó a abrir otra vez los ojos, la luz no era tan hiriente, aunque seguía haciendo que le doliera la cabeza.
Al principio no reconoció al hombre que avivaba el fuego en la chimenea, pero después recordó a Matthew Simon, el quebrantahuesos cobrador de deudas, que le había golpeado a conciencia antes de que él le doblegara.
Sin embargo, el golpe que hacía palpitar su cabeza no había provenido de Simon. Recordó de pronto todo lo ocurrido, tan claro como la luz diurna que entraba por la ventana.
—Señor Mackenzie… —Simon se acercó a la cama con un suspiro de alivio. El fétido aliento le hizo tomar nota mental de comprar a aquel hombre un cepillo de dientes y polvos dentífricos—. He llegado a pensar que no recuperaría el sentido.
—Soy un escocés robusto y saludable —adujo él, al tiempo que intentaba incorporarse. No tardó demasiado tiempo en decidir que las almohadas eran el mejor lugar para su cabeza—. ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué ha ocurrido?
—Un médico de Marylebone le encontró en el umbral de su puerta y llamó a un oficial de policía. Yo me puse a buscarle después de dormir un rato en casa de mi madre, para recordarle su oferta de trabajo. Pregunté donde vive y, como todo el mundo lo sabe, no fue difícil de encontrar.
Cuando llegué, un par de oficiales le estaban metiendo en casa. Les indiqué que era su nuevo hombre de confianza y que me encargaría de usted. No sabían qué le había ocurrido, solo en qué lugar apareció.
—Así que ella me dejó en la calle… —meditó, llevándose la mano a la sien. Tenía la piel sensible y el roce le dolió.
—El médico le ha dado algunos puntos de sutura —informó Simon—. Pero yo me ocuparé de todo. Mi hermano era boxeador antes de morir y me ocupaba de curar sus heridas. Me dijeron que, al principio, el médico pensó que estaba muerto cuando le encontró. Le golpearon hasta dejarle sin sentido, pero solo necesitaba algo de calor, descanso y unos golpes en el pecho.
—¿Qué quieres decir? —Alzó el cuello de la camisa y observó magulladuras del tamaño de un puño en el plexo solar—. ¿Por qué me has golpeado el pecho? ¿Es normal tomarla con un hombre cuando está inconsciente?
—No fui yo, sino el médico que le encontró… O eso me dijeron los policías. Algunas veces el corazón se olvida de latir, sin embargo el propietario todavía está vivo. En una ocasión, en una pelea de boxeo, el combatiente estaba fuera de combate y su entrenador le clavó el puño en el centro del pecho. El tipo se despertó al instante jadeando. El corazón necesita en ocasiones un pequeño estímulo.
—Cómo cuando empujas un coche para arrancarlo.
Muy bien, sea eso o no, aquí estoy.
—¿Qué ocurrió, señor? ¿Le asaltaron Mortimer y sus matones?
—No. —Intentó incorporarse de nuevo y esta vez lo consiguió. Apoyó la espalda en el cabecero y deseó estar en su dormitorio, allí sabía dónde encontrar su pitillera—.
Mortimer no tuvo nada que ver. Lo último que recuerdo, Simon, es que una hermosa mujer me estampó un florero mortal en la cabeza. ¿Alguna vez te ha golpeado una mujer por haberla besado?
Simon curvó los labios.
—Sí, señor.
—¿Y qué hiciste? —Se frotó la cabeza al tiempo que miraba a su alrededor en busca de un cigarro, una botella de whisky o cualquier otra cosa que eliminara el dolor.
—Besarla otra vez.
Él se rio.
—¿De veras? Pues yo no tuve la oportunidad.
Ayúdame a levantarme para poder vestirme. Tengo que ir a preguntar a una hermosa muchacha por qué sintió el irreprimible deseo de romper un florero en mi cabeza.
Una hora, un paseo lleno de baches y media botella de whisky Mackenzie después, Daniel estaba llegando a la casa de Portman Square donde había conocido a Violette Bastien.
La puerta estaba abierta de par en par cuando él detuvo el carruaje. Se aproximó.
La casa estaba fría y vacía. Una caja de cubertería ocupaba una mesa en el pasillo, cerca de la escalera, y una maleta de mano vacía parecía desamparada en los escalones. Escuchó ruido de pasos arriba y enfurecidas voces masculinas.
Recorrió el pasillo hasta el comedor, y no pudo más que recordar la primera imagen que tuvo de Violette, parada ante la mesa con un largo fósforo en la mano. La luz de la llama había iluminado una cara que le hizo contener el aliento.
Ahora, la estancia estaba fría y oscura, debido a las cortinas cerradas. Las abrió para dejar que entrara la luz solar que se colaba entre los edificios circundantes. Fue entonces cuando vio que los paneles habían sido arrancados y los artilugios de Violette habían desaparecido.
No le sorprendía. Estaba seguro de que ella preferiría recoger este tipo de artefactos y dejar atrás cosas más mundanas, como ropa y cubertería. Siempre podía comprar vestidos y cucharas nuevos, pero los dispositivos eran únicos.
Lanzó un suspiro, un poco sorprendido de sentirse decepcionado porque hubiera desaparecido. Violette debería ser solo una mujer más, una que ni siquiera era tan hermosa como la crupier del club de juego que visitó la noche anterior. Había tenido amantes en Francia e Italia mucho más bellas que mademoiselle Violette, pero ninguna de ellas era comparable; con su cabello despeinado, sus intrigantes dispositivos y sus arrogantes respuestas.
Violette Bastien —si es que ese era realmente su nombre— era una mujer que había vivido mucho más que cualquiera de las debutantes que le perseguían con determinación con fines matrimoniales. Era más atractiva que cualquiera de las cortesanas con las que había alternado. Sin duda, mademoiselle Violette no encajaba en un patrón.
«Búscala —le urgió una parte de su interior—.
Entérate de sus secretos y descubre por qué lo ha hecho».
Pero no tenía tiempo para correr tras una mujer que había engañado a un grupo de pipiolos con sus efectos dramáticos y había huido debiendo el alquiler. Bien por ella. Él solo había acudido al club para aclararse la cabeza. Los naipes, pensar en las probabilidades y los números, le ayudaba a solucionar dificultades mecánicas más complicadas. Aquello había terminado y tenía muchas cosas qué hacer.
Sin embargo, volvió a recordar el primer roce de los labios de Violette; cómo el sabor del humo se había visto realzado con el de ella. El siguiente beso, en el comedor, había avivado una necesidad que jamás había sentido antes. Había llegado a detectar el comienzo de la rendición de Violette, cómo se ablandaba y suavizaba su cuerpo.
De pronto, aquel impacto en la nuca mientras ella le miraba con absoluto terror. No había manera de malinterpretar aquel pánico ciego. Él la había asustado de muerte, por eso le golpeó con el florero.
Pero, ¿por qué? En la habitación del primer piso, ella le había deseado. En la planta baja, sintió terror. ¿Qué había pasado en aquel tramo de escaleras?
Quería saberlo, pero ella había desparecido.
—¡Búsquenlas, maldita sea! —El grito retumbó en las escaleras como si leyera su propios sentimientos, pero mucho más furioso. Reconoció la voz y salió del comedor para enfrentarse a su dueño.
—Su pájaro ha volado, ¿verdad, Mortimer?
—preguntó él.
Fenton Mortimer se dio la vuelta con tanta brusquedad que el abrigo ondeó a su alrededor. Estaba con él un oficial de policía y otro hombre con ropa de calle y sombrero hongo.
—¿Qué está haciendo aquí, Mackenzie? —exigió Mortimer—. Si tiene algo que ver con esto…
Su voz se desvaneció al ver la herida amoratada de su sien, y optó por no completar la amenaza. Chico listo…
—Estoy buscando a mademoiselle Bastien, igual que usted —informó—. Se ha marchado, ¿verdad?
— Madame Bastien y su hija deben a mi familia dos meses de alquiler. Por supuesto que se han marchado. No me importa lo buena que fuera la sesión de anoche, son unas farsantes y unas ladronas, y lo demostraré.
—No me diga que no cree en el mundo de los espíritus —se burló él—. Después de lo ansiosamente que me arrastró ayer hasta aquí.
—Pensé que le gustaría la chica y que me perdonaría la deuda si podía pasar la noche con ella. ¿Qué ha hecho para que se haya visto obligada a huir?
—Nada. —Pero de pronto, recordó el miedo que había leído en los ojos de Violette. Ella le había golpeado y luego había desaparecido.
Al parecer le había arrastrado por algunas calles antes de dejarlo donde pudieran encontrarlo. Por suerte para él, no le habían acuchillado, aunque sí había notado que el fajo de billetes que ganó la noche anterior había desaparecido. ¿Se lo había llevado un ladrón o la propia Violette antes de abandonarle?
Quizá todo lo ocurrido entre Violette y él había sido falso… La chispa de pasión, la leve rendición, el miedo.
Todo había sido orquestado para que ella pudiera hacer pedazos al ingenuo y rico Daniel Mackenzie, para poder robarle y largarse a disfrutar de una vida más benigna en otro lugar.
Violette Bastien había admitido ante él que usaba selectos dispositivos con los clientes, haciéndole sentir lástima al tiempo que admiraba su ingenio.
Pero quizá esa fuera su manera de trabajar, promover cierta confianza, sacar ventaja de su afán de protección y caballerosidad para obtener lo que quería. Y Daniel había picado con los ojos abiertos. No era menos idiota que Mortimer.
—Déjela en paz —ordenó—. Ahora estará ya muy lejos de aquí.
—¿Que la deje en paz? —Mortimer tenía los ojos rojos de ira—. Me debe dinero. Esa zorra va a pagar cada libra que le debo a usted. La encontraré, la meteré en prisión y conseguiré que la deporten.
Mortimer era un matón, sencilla y llanamente.
Recordó que Simon le había dicho que Mortimer debía dinero a un tipo muy malo, pero además, era la clase de persona que retorcía las cosas y volcaba su miedo y su cólera en aquellos que consideraba más débiles que él.
Violette Bastien podía haber pensado que él era un tonto, pero aún así seguía queriendo protegerla de un canalla de esa calaña.
—¿Cuánto dinero le debe? —preguntó.
—Cuarenta libras. Y quiero también que me dé las dos mil que le debo.
El hombre de traje se aclaró la voz. Los tres tipos presentes estaban fingiendo que no percibían las magulladuras y abrasiones de su cara, aunque el policía le estudiaba con interés.
—No se lo aconsejo —dijo el hombre a Mortimer—.
La ley le ayudará a recuperar el dinero del alquiler, pero no el otro.
Daniel sonrió de oreja a oreja.
—Decir que me trajo aquí anoche para que le perdonara su deuda a cambio de una chica le convierte en un proxeneta, Mortimer. No creo que sea lo más prudente que puede decir delante de un oficial y un administrador.
La cara de Mortimer se puso todavía más roja.
—No es eso lo que quería decir…
«Claro que lo has querido decir…». Solo que Mortimer no era capaz de autocontrolar sus palabras. Él sabía de sobra que su deudor había acudido allí por mucho más que el dinero del alquiler. Una deuda de cuarenta libras no le pondría tan colérico, sobre todo cuando debía cinco mil a otra persona. Mortimer estaba allí para molestar a Violette, para exigir otro tipo de pago.
Estaba seguro de que había llamado al oficial y al administrador solo después de encontrarse con que Violette había volado.
Daniel apretó los puños para no lanzarlos a la cara de Mortimer.
—Le voy a decir qué haremos —dijo, mirando la escalera hasta el piso superior antes de clavar los ojos en Mortimer—. ¿Cuánto cree que vale esta casa?
Su deudor entrecerró los ojos.
—¿Por qué?
—Se la compraré, a usted o a quién la posea de su familia. Así, madame Bastien me deberá a mí el alquiler.
Al precio que cree que vale, le restaremos las dos mil que me debe. Descuente también otras cinco mil y le compraré el pagaré que tiene pendiente con el señor… ¿Cómo se llama el tipo al que debe tanto dinero?
Mortimer lanzó una incómoda mirada a los otros dos hombres.
—Sutton —musitó en voz muy baja.
Aquello se ponía cada vez mejor.
—¿Se refiere a Edward Sutton? ¿Es idiota o solo le gusta el dolor?
—Eso no es asunto suyo —repuso Mortimer enfadado—. Tiene que ver con América, y es un tema que nos concierne al señor Sutton y a mí.
Incluso el oficial parecía divertido. No había ningún policía que se atreviera a pisar la casa de Edward Sutton en Park Lane para decirle que perdonara su deuda al pobre señor Mortimer, una deuda que sin duda sería ilegal. El administrador, por su parte, fingía no estar oyendo la conversación.
—Ponga precio a la casa y descuente las siete mil —sugirió él—. Luego yo me ocuparé de arreglar cuentas con Sutton.
Mortimer lo miró asombrado.
—¿Qué demonios…? ¿Por qué va hacer eso?
—Porque a cambio va a prometerme que renunciará a perseguir a mademoiselle Violette y permitirá que llegue a su destino.
Mortimer se erizó.
—Pero ella…
Él sostuvo la mano en alto.
—Compraré la casa, pagaré a Sutton por usted y, a cambio, dejará en paz a mademoiselle Violette. El precio de su orgullo es ese, la casa y la deuda. Acepte o le contaré a Sutton que posee esta encantadora casita.
Imagino que le gustará saberlo. Por supuesto, él no se la pagaría, y quizá su familia tuviera algo que decir. ¿Ve lo bien que se arregla todo gracias a mí? Soy su mejor opción.
El administrador volvió a aclararse la voz. Eso hacían todos los administradores, emitían una tos seca antes de soltar un sabio consejo. Debía ser lo primero que aprendían cuando entraban de aprendices: lecciones de carraspeo.
—La oferta del señor Mackenzie es muy buena, señor Mortimer —aseguró el hombre—.
Ventajosa
económicamente y le evita problemas.
La indecisión de Mortimer resultó casi cómica. Por una parte, era evidente que quería poner las manos sobre las Bastien para satisfacer su yo más matón, pero al mismo tiempo, temía la amenaza de Sutton. ¿Qué ganaría?
¿Someter a los más débiles o escapar de las zarpas del fuerte?
El miedo pudo más. Asintió con la cabeza.
—De acuerdo, mi abogado firmará el acuerdo. Mi padre no pondrá ningún inconveniente; hace años que desea vender esta casa.
—Excelente —se congratuló él—. Gracias, oficial.
Puede irse. Creo que su presencia ya no es necesaria.
El oficial se despidió con un gesto y retrocedió, feliz de marcharse. Daniel sacó una tarjeta del bolsillo y se la entregó al administrador de Mortimer.
—Concierte una cita con mi abogado y concluiremos este asunto. Entretanto, voy a visitar al señor Sutton.
—Mmm… —intervino Mortimer, mirándole con odio—. No se le ocurra jugármela, Mackenzie.
—He dicho que me hago cargo del pagaré y eso haré —repuso, tomando el sombrero que había dejado en el aparador—. Sutton le olvidará una vez reciba su dinero, así que no volverá a enviar a nadie. De cualquier manera, el último tipo que mandó trabaja ahora para mí.
Le gustó ver un atisbo de preocupación en los ojos de Mortimer. El lugar predominante que había ocupado Sutton, era ahora ocupado por él, y Mortimer —dada su manera de pensar— tenía ahora que aplacarle.
Por mucho que le gustara percibir aquello, Mortimer ya no era de su interés. Solo quería que se mantuviera alejado de Violette.
Salió de la casa y se dirigió al carruaje silbando.
Daniel no se demoró demasiado tiempo en casa de Edward Sutton. Había un bien definido contraste entre la sobrecargada sala de la casa de Mortimer y el elegante estudio donde Sutton le recibió en Park Lane. Líneas limpias y estilizadas, molduras realizadas por artesanos sin apenas productos en serie. Oleos de incalculable valor en las paredes…
Sutton, un tipo delgado de pelo cano y ojos penetrantes, se mostró encantado de que solventara la deuda de Mortimer y romper el pagaré.
—Gracias —dijo Sutton con una voz tan seca como el administrador de Mortimer—. No me agrada Fenton Mortimer y estaba harto de tratar con él. Me alegro de que haya venido. ¿Así que me ha birlado al tipo que mandé a por él?
Él se encogió de hombros, fingiendo no percibir a los otros matones que Sutton había colocado estratégicamente en la estancia.
—Necesitaba un hombre de confianza y este usa muy bien los puños. Llevo una existencia un tanto aventurera.
—Sin duda es cierto, si se dedica a tentar a los buenos sirvientes de hombres como yo. —Sutton le inmovilizó con la mirada—. Pero se lo cedo de buena gana, dado que ha pagado la deuda de Mortimer. Un consejo, señor Mackenzie, no se apresure tanto a librar de problemas a hombres como Mortimer, siempre vuelven a por más.
—No en este caso —repuso—. Y, como ya le he dicho, tenía mis razones.
—Que, estoy seguro, tienen que ver con una mujer —aseveró Sutton en tono todavía más seco—. Lo leo en sus ojos. Un motivo idiota, señor Mackenzie, pero dado que proviene de una familia de idiotas, no es de extrañar.
Una pena, eran formidables hasta que se ablandaron.
—Sin embargo, son felices, señor Sutton. Mis tíos son mucho más felices ahora, que se han convertido en padres de familia.
—Si usted lo dice. Vaya tras esa mujer, Mackenzie.
Y si alguna vez necesita algo que no esté relacionado con las féminas, acuda a mí. Me gusta tratar con hombres de honor.
Se mostró de acuerdo en considerarlo, pero no prometió nada. Sutton era el tipo de hombre capaz de conseguir que un favor se convirtiera en una esclavitud de por vida. Ni siquiera su tío Hart poseía tanta sangre fría como Edward Sutton.
Entró de nuevo en el carruaje, pero cuando el cochero le preguntó el destino, tuvo que pensar. ¿Qué podía hacer?
Si quería encontrar a Violette, tenía muchos recursos a su disposición. Hart Mackenzie, duque de Kilmorgan, poseía una red de contactos capaz de rivalizar con cualquier servicio secreto de Europa. Pero Hart, como cabeza de la familia Mackenzie, exigiría respuestas sobre por qué quería dar con las Bastien. Querría saber hasta el último detalle y no dejaría de presionarle hasta saberlo. Y
quizá, una vez que lo supiera, se negaría en redondo a ayudarle. Incluso aunque contara con su ayuda, su asistencia tendría un precio. Si Sutton era astuto, Hart Mackenzie era el diablo en persona. Solo Dios sabía qué podía pedir a cambio.
Luego estaba el inspector Fellows, otro tío suyo, tan tenaz en su cometido como cualquier otro Mackenzie.
Fellows podría dar con el escondite de Violette Bastien más rápido todavía que Hart.
El problema con Fellows era que no se salía de la ley y las Bastien era unas timadoras. Habían huido sin pagar alquiler después de desmantelar la casa, por no hablar de que Violette le había golpeado con un florero y luego le abandonó en la calle. Fellows las encontraría, las arrestaría y las entregaría a la justicia.
No, Fellows no debía enterarse de nada. Mac, su otro tío, haría tantas preguntas como Hart. Y Cameron, su padre, también. Es más, su padre se quedaría lívido al saber que alguien le había hecho daño, y no sentiría ninguna simpatía por los problemas de mademoiselle Violette.
El único miembro de la familia que era la discreción personificada era Ian. Ian jamás hablaba de nada si podía evitarlo.
El problema con tío Ian era conseguir que se interesara en el asunto. Una vez que Ian se veía atrapado por un acertijo intrigante, nada ni nadie podía evitar que lo solucionara. Por otra parte, si Ian decidía que algo no le interesaba, dejaba de existir para él y ningún tipo de persuasión le convencería de lo contrario.
Era un riesgo que no le importaba correr. Indicó al cochero que le llevara a Belgrave Square.