5
Protegido por su sufrimiento
Sábado, 23 de enero de 2016,
Santa Emerenciana, virgen y mártir
1
El rostro de la Virgen era un óvalo perfecto. Un rostro de alabastro levemente inclinado hacia un lado, buscando con la mirada la rosada figura de su hijo. El Salvador, rodeado de luz divina, alzaba el rollizo bracito de niño impartiendo bendiciones a pastores y viajeros que se inclinaban ante su presencia. Entre ambos aleteaba la luz, difusa y mística, del Espíritu Santo, bajo forma de una aureola dorada.
Giuseppe Notari, para todos Peppe el Cardenal, no lograba apartar los ojos de aquel cuadro, pero lo que lo encadenaba no eran los colores vívidos y cálidos de las pinceladas, los tupidos y mullidos drapeados de las vestiduras de la Virgen o la compuesta plasticidad de las formas, sino la absoluta, consciente devoción de aquellos hombres frente a lo divino.
Y era eso lo que él quería para sí.
Sumisión absoluta.
Había comprendido desde hacía tiempo que fuerza y violencia eran los guardianes ciegos del poder. Siempre dispuestos a dejar que se les escapara de las manos. El poder no podía ser solo impuesto, debía nutrirse de consenso, hundir las propias raíces en el interior del alma de sus afiliados, en el interior de la parte más íntima y oscura de cada cual, para guiarlos en la inquebrantable convicción de que él era el jefe. Solo así le guardarían obediencia.
Echó una última mirada al rostro adorador de los pastores, hizo una rápida señal de la cruz y se levantó de su reclinatorio personal. Había terminado sus meditaciones de la mañana.
La sala estaba envuelta en el tenue claror de los cirios votivos. Encendidos a decenas, creaban rincones de luces y sombras y las llamas danzaban a cada mínimo soplo de aire transformando las formas de la estancia. Un fuerte olor a cera mezclado con incienso flotaba por todas partes.
Giuseppe miró a su alrededor desbordante de orgullo. Estaba rodeado por una infinidad de cuadros, marcos dorados plagados de detalles preciosos, colores degradados por los siglos. Imágenes de santos y ángeles que lo miraban mudos mientras él, complacido, inclinaba la cabeza en señal de falsa humildad. Aquella era su colección personal de arte sacro, su mayor tesoro, una joya de belleza. Había hecho saquear decenas de iglesias para poderla reunir. Capillitas perdidas en pueblos humildes que custodiaban maravillas insospechadas, sin medida de seguridad alguna a no ser una portada maltrecha con un cerrojo herrumbroso. Los muchachos del clan se habían aplicado con celo y habían batido campos y suburbios a la búsqueda de las pinturas para después entregárselas en muestra del debido vasallaje.
Aquella Virgen con el Niño era el último presente de sus hombres. El más hermoso. Había merecido el lugar de honor frente al reclinatorio. Giuseppe se acercó a la pintura para poderla admirar una vez más. Alzó el brazo tratando de imitar el gesto de bendecir del Salvador y por un momento fantaseó con que los devotos pintados en el cuadro habían llegado desde quién sabe dónde para postrarse ante él. Se sacudió aquella imagen de la mente y esbozó una débil sonrisa, pensando no obstante que alguien estaba a punto de inclinar la cabeza ante él. Alguien… Michele Impasible.
Para Peppe siempre había sido una espina clavada. Desde niños, desde cuando fingía ser su amigo fiel, desde cuando todavía no era consciente del destino que le esperaba. Michele era un chulo presuntuoso y por eso merecía ser sacrificado en el altar de su poder, el suyo y el de Gennaro Rizzo. Juntos habían prendido la hoguera destinada a quemar a Michele Vigilante, y había sido magnífico.
Unos ruidos metálicos interrumpieron sus pensamientos. Alguien estaba bajando al Sanctasanctórum, el búnker secreto que se extendía bajo tierra mucho más allá del perímetro del edificio que se podía ver a nivel de la calle. Una red de salas y galerías donde se accedía por un garaje custodiado por dos hombres armados y un sistema de videovigilancia. Un muro de cartón piedra discurría sobre unos carriles escondiendo lo que parecía un simple trastero y sin embargo era el acceso a un refugio perfecto, inaccesible y seguro. Ni siquiera el Destripamuertos lograría nunca entrar allí.
En la penumbra Peppe vio avanzar a Salvatore Cuomo, uno de sus hombres más fieles. Fornido y con una calva reluciente, se había ganado el poco lisonjero apodo del Bola, pero al Cardenal le traían sin cuidado las apariencias, había encontrado en él obediencia y capacidad y había querido premiar ambas. Con el tiempo, el Bola había dejado de provocar risas y bromas, gracias al boss se había ganado el respeto en el barrio. Respeto que no obstante tenía que seguir ganándose todos los días.
—’Uaglio’, ¿pero tú no tenías que estar en Milán? —le preguntó el Cardenal.
Salvatore no dudaba de que el Don ya sabía, pero tenía que ser él quien se lo contara. Tragó fuerte buscando valor, los ojos fijos en el suelo de mármol.
—Acabo de volver…
—¿Y qué novedades hay?
—No buenas, Zio. No buenas.
Salvatore tuvo la impresión de volver a ser un crío, cuando ante el cura de la parroquia tenía que confesar sus pecados, pero esta vez la penitencia no se limitaría a cuatro avemarías y un padrenuestro.
—Impasible se ha escapado —dijo.
Don Giuseppe no replicó. Inmóvil en el centro de su reino, esperaba.
—Hice como me dijiste tú por teléfono. Les advertí a los calabreses de que estábamos buscando a Michele y de que iba a subir yo a despachar el asunto. Pero cuando llegué al apartamento del abogado me lo encontré vacío y patas arriba, con un emisario de Don Aldo haciendo guardia en el portal.
Por un momento el Cardenal perdió su imperturbabilidad.
—¿Y qué sabían los calabreses del abogado?
—No lo sé, Zio. Yo no les había dicho nada. Pero parece que De Marco se dirigió a ellos para venderles a Impasible. Pensaba que lo tenía cogido por las pelotas y quiso joderle con un tío del Este, pero Michele asesinó al eslavo y se escapó montando un cristo. En el barrio había policías por todas partes y no pude hacer nada.
—¿Y el abogado?
—Lo cogieron los calabreses. Traté de decirles que quería hablar con él, pero me dijeron que ni hablar. Y que a ese gusano le quedaba poca vida y entonces…
—¿Y entonces?
—Y entonces me volví, Zio. Michele ha desaparecido, nadie sabe dónde se esconde, ni los calabreses. Probablemente el abogado ya está bajo tierra.
El Cardenal sintió subirle la rabia por dentro.
—Hay una cosa que no entiendo, Zio —añadió el Bola—. ¿Qué tienen los calabreses contra Michele? ¿Por qué el abogado ha acudido a ellos?
—’Uaglio’, además de no haber hecho nada a derechas haces demasiadas preguntas. Y además estúpidas, empiezo a pensar que lo mismo te he sobrevalorado y no mereces mi amistad.
Salvatore sintió un escalofrío, aquellas palabras se parecían mucho a una condena y se apresuró a intentar recuperar la estima del boss.
—No, disculpa, Zio, tienes razón, como siempre. Me olvido de que solo debo hacer lo que tú me digas.
Giuseppe asintió satisfecho recordando los viajeros arrodillados. Hizo un gesto vago y distraído con el brazo, como espantando una mosca, aquella era la señal de que la conversación había terminado y el Bola podía irse. Pero el hombre estaba ansioso por mover el rabo frente a su patrón.
—Zio, fuera en la puerta está el ‘uagliuncello de costumbre. ¿Qué hago? ¿Le hago pasar?
—Es verdad, hazlo pasar. ¿No sabes que es lo más importante del día? Antes eras tú quien tenía que esperar fuera y no él.
Cuomo, bamboleando la panza blanda, corrió hacia las escaleras que conducían al piso de arriba y abrió la trampilla en el techo. Un chavalito de no más de doce años bajó los escalones rápido como un gato. Tenía el cabello negro y despeinado, una expresión seria y solemne y los ojos le brillaban de felicidad. Ocuparse de los asuntos de Don Giuseppe Notari era un gran honor; en el barrio ya se había corrido la voz y hasta su madre ahora lo miraba con orgullo y empezaba a tratarlo como a un hombre.
El chico llevaba los brazos extendidos y algo en el hueco de las manos cerradas. Se acercó al boss, que lo miraba con indulgencia.
—Ya estoy, Don Giuseppe. Disculpe el retraso.
—No te preocupes, ‘uaglio’, sé que no es culpa tuya. Todo bien, ¿verdad?
—Todo bien, Don Giuseppe. Con usted, siempre.
El chico abrió las palmas de las manos y apareció una cajita de metal, una antigua pitillera de oro y esmalte, finamente labrada, con una flor de lis grabada en el anverso. Don Giuseppe la cogió y le tendió al muchachito un billete verde de cien euros, que él cogió agradecido pero mostrando contención, luego se inclinó rápido a besar el anillo del Cardenal y le dio las gracias. Después, ágil como había entrado, salió del refugio subiendo de dos en dos las escaleras metálicas que llevaban arriba.
Giuseppe Notari quedó gratamente sorprendido por el gesto del muchacho. Muchos años atrás, tras una breve permanencia en la cárcel en que había corrido falsamente la voz de que había experimentado una crisis mística, el populacho ignorante y crédulo le había atribuido el apodo de Cardenal, sinónimo de respeto y poder, además de denotar una relación privilegiada con lo divino. Consciente de los beneficios de semejante creencia, había hecho de todo para alimentar las habladurías y así había nacido su notable y pública devoción. No se perdía ni una misa dominical, sentado en primera fila, hacía donaciones a la Iglesia preocupándose de que todo el mundo lo supiera, y no había procesión que no tuviese estación ante su casa para que él pudiera inclinarse.
Se miró la mano izquierda. En el meñique destacaba un grueso anillo de oro con un rubí rojo en el centro. Lo había visto en un cuadro en la mano de un antiguo purpurado y había decidido agenciarse uno idéntico. El orfebre le había pedido una cifra descabellada, pero él, en lugar de pegarle un tiro en la cabeza por la afrenta, le había pagado el doble a fin de que, por casas y callejas, corriera la voz de su magnificencia. En cualquier caso, unos meses después, esa misma joyería fue atracada, el hombre fue pateado hasta morir y sus propiedades habían terminado en manos del Cardenal.
Giuseppe pensó que el chavalillo prometía. Habría que supervisarle, podía empezar encargándole algunos trabajillos sin importancia. Y luego quién sabía…, lo mismo un día ocupaba el sitio del Bola, que todavía seguía allí con la mirada baja como un perro apaleado. Esas maneras desvalidas y sus fallos empezaban a hartarlo.
—Salvato’, ahora te vas todo buenecito a un rincón, que tengo que hacer. Y, para el futuro, recuerda que no quiero oír más excusas ni preguntas estúpidas.
Cuomo se marchó al fondo de la sala y se quedó de pie, quieto como un mendicante, esperando a que el Cardenal terminase con lo que estaba haciendo.
El Don necesitaba que el Bola se quedara allí mirándolo en silencio. Como antes el chavalillo, él era otra marioneta del guiñol que había orquestado con tanto esfuerzo y necesitaba un testigo dispuesto a hablar, a alimentar su imagen. Se volvió hacia el cuadro de la Virgen, abrió la pitillera de oro y sacó fuera el círculo blanco que contenía.
Era una hostia. Una hostia consagrada.
Todos los días el muchachito robaba una de la iglesia de Don Franco. Aquel miserable sacerdote que se había negado a ir a su casa para darle la comunión solo porque era lo que era, olvidándose de quién mandaba de verdad. En aquel momento no podía salir a causa del Sepulturero, tenía que permanecer a cubierto y resolver a su modo la situación. No quería, desde luego, tener el mismo final que aquellos dos hermanos retrasados, los Surace, que en paz descansaran. Así que había resuelto de aquel modo el asunto de la devoción, solo era un secreto para el cura, los demás todos lo sabían y lo apreciaban. Admiraban que ni siquiera frente a la muerte Don Giuseppe el Cardenal hubiera perdido la fe y la devoción. Y si no salía, si seguía atrincherado como una rata, no era solo por miedo, sino porque él era un capo y como tal tenía responsabilidades.
Se arrodilló frente a la imagen de la Virgen, se metió la hostia en la boca e hizo sobre el pecho la señal de la cruz.
Amén.
El Bola continuaba al fondo de la estancia, pendiente de no hacer ruido, de no chistar ante aquel canalla, conteniendo a duras penas una mueca que condensaba años de asco, hastío y rencor. Ciertos aires de príncipe de la Iglesia podían engañar como a un chino a las nuevas generaciones de la organización o a algunas viejas chochas de pueblo; pero él recordaba bien cómo era Giuseppe Notari de niño, cuando no pintaba un carajo y se cagaba ante Michele Impasible y Gennaro Rizzo. En cualquier caso, no era asunto suyo, así que más valía cuidarse de no decir ni hacer nada fuera de lugar. No quería problemas, y menos con Peppe.
Volvió a mirarlo con ojos dóciles y obedientes. Lo observó inclinarse en el reclinatorio. Cada vez más y más y más. Ahora ya estaba exagerando…
Giuseppe Notari, llamado el Cardenal, venerado y respetado, temido y odiado, cayó al suelo. Se desplomó, plegándose sobre sí mismo, un movimiento lento y fluido, como de un animal encogiéndose. Un lamento ahogado de dolor se extendió por la habitación.
El Bola tuvo un momento de incertidumbre, trastornado por lo que estaba viendo. ¿Formaba parte de la enésima puesta en escena del capo?
Hasta no ver el cuerpo sacudido por temblores incontrolados no corrió hacia él.
—Zio, ¿qué te pasa? ¡Zio, responde!
Le levantó la cabeza, que se movía a saltos. Le vio poner los ojos en blanco, la baba mezclada con sangre fluir de las mandíbulas contraídas. Se estaba mordiendo la lengua y los labios hasta hacerse heridas profundas. Tenía el busto rígido y las piernas coceaban frenéticas.
El Bola permaneció en silencio, fascinado por el espectáculo. En su interior sentía una íntima satisfacción mezclada con miedo y piedad. Probó a llamarlo otra vez, probó a sacudirlo, pero era inútil. Los lamentos aumentaron de intensidad y la sangre le manchó las manos.
Se incorporó de pronto, acordándose por fin de su deber de obediencia. Corrió hacia las escaleras, abrió la trampilla y gritó con todo el aliento que le quedaba.
—¡’Uaglio’, una ambulancia! ¡Llamad a una ambulancia! ¡Rápido, rápido, rápido! ¡Don Peppe está mal!
Oyó las voces de los chavales de guardia dando la alarma, bajó de nuevo a la sala y volvió junto al reclinatorio. En la penumbra de aquel subterráneo, entre las luces danzantes de las velas, el cuerpo tembloroso de Giuseppe Notari libraba una batalla invisible. El Bola lo miraba incrédulo, alzó la vista hacia la pintura de la Virgen con el Niño que, imperturbables y mudos, seguían acogiendo la devoción sincera de los viajeros.
Después hizo la señal de la cruz y escapó por las escaleras. Sentado en el último banco de la iglesia había un hombre. Miraba fijamente al vacío ante sí, sin ver el altar al fondo de la nave, sin oír la letanía inmóvil de las mujeres recitando el rosario. Había visto al chiquillo de pelo negro despeinado entrando de soslayo en la sacristía y lo había seguido con la mirada mientras, raudo y silencioso, salía de la iglesia desapareciendo en las callejas del barrio.
Ahora esperaba.
Esperó hasta que el ruido lejano de las sirenas de las ambulancias estuvo cada vez más cerca. En ese momento se levantó del banco de madera, se acercó a una de las pequeñas capillas laterales y encendió una vela como acto de devoción. Luego, a paso lento, se dirigió hacia la entrada, y, cuando estuvo fuera, vio a una pequeña multitud agolparse en la calle, frente a la casa de Don Peppe el Cardenal. Pero no se volvió, no sintió curiosidad ni aminoró la marcha. En silencio desapareció por una de las callejas laterales.
2
El sueño de la razón produce monstruos y la convivencia forzada en la prisión produce extrañas amistades. Michele y Olban, a lo largo de años de compartir talego, se habían ignorado felizmente, por indiferencia el primero y temor reverencial el segundo. Pero la zurra a Imed los había obligado a su pesar a tomar conciencia el uno del otro, a mirarse a los ojos, a desafiarse.
Las palabras cargadas de odio y de rabia retumbaban en los corredores de la sección, amplificadas por las miradas de los otros internos, y la olla de barro de su indiferencia se había agrietado y estaba a punto de hacerse pedazos.
Todos sabían que el italiano no le había perdonado. Los años detrás de las rejas le habían cambiado, quizá le habían serenado, pero el talego no tolera debilidades y él seguía siendo Zio Michele. Todos sabían y esperaban el ajuste de cuentas.
A Impasible aquello le cargaba, estaba cansado de tanto cuento de deberes y obligaciones, falsos honores y certezas evanescentes, pero sabía que no podía echarse atrás. Y si debía, más le valía hacerlo cuanto antes y quitárselo de la cabeza. Había pasado solo un día desde la agresión al chaval, pero para él ya era demasiado, tenía prisa por volver a la normalidad, cualquiera que fuese. Instintivamente miró el libro abierto sobre su mesilla, un hombre con mirada decidida lo observaba desde la portada… A veces la venganza es algo necesario.
Se hizo la cama pendiente de dejar las sábanas como a él le gustaban, un rápido afeitado para estar presentable y se encendió un pitillo. El primero del día, un par de caladas mirando el habitual paisaje enmarcado por las rejas: colinas verdes, casas en construcción y vidas que no le pertenecían. Unos instantes de contemplación para decidir qué hacer, después puso el café.
El aroma denso y perfumado llenó la celda mientras él no apartaba los ojos de la cafetera. Se lo sirvió en un vaso de plástico y se lo bebió hirviendo, solo y amargo. Las voces de los otros internos marchándose al patio llenaron la sección. Volvió a escrutar la cafetera sobre el hornillo ya apagado. Se acordó de Pinochet. Le faltaba su serena aceptación de la existencia. Le faltaba su mentor…, pero ya era tarde. Sabía que él no lo habría aprobado, ya no. En todo caso, habría comprendido. Ciertas cosas se deben hacer, sin juicios y sin rémoras. Simplemente hacerlas.
Cogió la cafetera todavía caliente y la enfrió bajo el chorro del grifo. La desenroscó y quitó los posos. Le dio un secado para hacerla menos escurridiza y metió tres dedos por la parte inferior. Dobló la mano colocando el fondo de metal en la palma.
Iba bien. Como siempre.
Se metió la mano en el ancho bolsillo del mono y salió de la celda. Se dirigió a la escalera que llevaba al patio de paseo, sabía dónde encontrar lo que buscaba. Estaba al final de la cola, pero los demás intuyeron todo por su paso ligero y los hombros contraídos, y le dejaron pasar.
Michele enfiló el primer tramo bajando los escalones de dos en dos. Nada. Bajó el segundo. Nada. Tenía que apresurarse antes de que le diera tiempo a asomarse al patio de paseo, donde había vigilancia. Al enfilar el tercer tramo encontró a Olban. Le daba la espalda y estaba hablando con el interno de delante. Este se encontraba girado para mirarle y, al verlo llegar, se echó a un lado con cara aterrorizada. Olban se volvió instintivamente. Un gran error, de haber corrido hacia la salida habría llegado. Michele sacó del bolsillo la mano armada y lanzó el primer golpe hacia la cara del gitano. Pero este reaccionó veloz, además de aterrado, se apartó a un lado y el puño lo pilló de refilón. El borde de la cafetera le abrió un tajo en el pómulo y le empujó la cabeza contra el muro del corredor. Olban trató de escabullirse, pero el segundo golpe lo alcanzó en la boca del estómago. Le cortó la respiración y se quedó sin aire en los pulmones. Michele tenía cintura ágil y se aprovechó. Otro golpe en el costado mientras el gitano lanzaba puñetazos a ciegas. A su alrededor no quedaba nadie. Rápidamente y en silencio todos habían desaparecido. Habían comprendido lo que estaba sucediendo y para ciertas cosas no se necesitan testigos. Algunos se habían ido al patio de paseo a encenderse un cigarrillo y a esperar el resultado de la contienda. Otros habían vuelto a subir a la sección para ver la televisión en sus celdas.
Olban sabía que tenía que perder, se había pasado con Zio Michele y los demás internos de Alta Seguridad no le hubieran perdonado otra afrenta. Trató de defenderse, golpear y esquivar, pero lo hizo sin convicción, solo para mantener una pizca de honor. Probó a hacer un poco de teatro. Reaccionar, combatir. Pero estaba torpe e inútil. Esperaba ser golpeado, recibir el justo castigo.
Michele le volvió a golpear en el estómago, Olban se dobló de dolor. Con una rodilla en tierra y la cabeza alzada. Ambos se miraron a los ojos. El italiano preparó la patada y el gitano esperó el impacto. Podía bastar. Habían representado la última escena de aquel mundo suyo cerrado e impenetrable, de aquella institución que los poseía por completo.
Impasible se paró a mirar a su alrededor. No había nadie. Se volvió hacia el otro, que estaba en el suelo. Lo sorteó para acercarse a una de las ventanas de las escaleras. Tiró fuera la parte inferior de la cafetera manchada de sangre y se encaminó hacia su celda.
—Y acuérdate de que me debes una cafetera —le dijo a Olban, que se incorporaba incrédulo.
Pasaron los días y el orden natural de las cosas se restableció. Quien debía ser castigado lo había sido, quien debía demostrar algo lo había hecho y la vida de la sección podía volver a discurrir tranquila, con los horarios marcados y las jerarquías inmutables. Nadie dijo una palabra de nada. Nadie felicitó a Michele, había hecho lo que tenía que hacer. Nadie tomó el pelo a Olban, se había comportado como un hombre… y los demás internos lo habían valorado.
Michele estaba tumbado en su catre. Inmerso en las páginas de un libro, se sentía lejos de aquel lugar, libre de los muros de hormigón, de las rejas azules, de los barrotes de las ventanas, de las llaves de latón. Estaba en otro lugar, en otro tiempo, en vidas que no le pertenecían pero que llenaban la suya, dando un sentido a lo que quizá ya no lo tenía.
Oyó unos pasos acercándose a su celda, pero no les hizo caso, eran lejanos y desconocidos. Los pasos se pararon. Instintivamente alzó los ojos y vio a Olban que con su mole ocupaba la entrada de la celda, los brazos a lo largo de los costados. Ambos se miraron en silencio. El gitano avanzó. Michele posó el volumen dispuesto a cogerlo por donde le habían interrumpido. Pero el hombre delante de él alzó una mano mostrando una vieja cafetera. Había venido a pagar su deuda. La dejó sobre la mesilla y se giró para salir de la habitación. Michele hizo algo que jamás hubiera imaginado.
—¡Espera!
Olban lo miró con aire interrogativo.
—¿Te hace un café? —dijo Michele bajando del catre.
El gitano tenía una expresión incierta y cautelosa. No se fiaba. No podía ser verdad.
—OK.
Michele cogió la cafetera. No era como las napolitanas, pero daba igual. La desenroscó dándole un rápido enjuagado en el lavabo, cogió el bote de plástico del café y empezó a llenarla. Olban había entrado y se había sentado en una de las banquetas de madera. No sabía qué decir, le había pillado desprevenido y se limitaba a mirar la alta ventana y los barrotes azules.
—Tienes una buena vista desde aquí.
—Sí —admitió Michele encendiendo el hornillo—, aunque antes era mejor. Hasta hace cinco o seis años no había todas esas casas y solo se veían las colinas verdes. Pero qué quieres, el tiempo pasa y las cosas cambian.
El gitano se vio a sí mismo sentado en la celda de Zio Michele, hablando del paso del tiempo con un boss de su calibre y tuvo que admitir en alto:
—Es verdad, las cosas cambian.
Ninguno de los dos lograba comprender el porqué de aquella situación, pero en aquel momento, en el silencio de la celda, ambos se encontraron mirando al cielo y las nubes al otro lado de los barrotes. No tenían necesidad de decirse otra cosa, de inventar discursos o dar explicaciones. Sus respectivas vidas les importaban un bledo, eran demasiado diferentes como para fingir que tenían algo en común.
El ruido del café subiendo los sacó de sus pensamientos.
—¿Cuánto azúcar? —preguntó Michele.
—Dos, gracias.
El gitano dio el primer sorbo mirando a todas partes en la habitación.
—Tienes muchos libros —dijo.
Michele se limitó a encogerse de hombros, como si fuese algo inevitable a lo que no daba importancia.
—¿Ahora estás leyendo ese? —preguntó Olban señalando al libro que había quedado abierto sobre la cama. En la portada figuraba un dibujo antiguo, el rostro de un hombre que observaba con mirada firme y decidida, algo inquietante.
—Sí —se limitó a responder Michele terminándose el café.
Pero Olban estaba decidido a no soltar su presa. No es que quisiera congraciarse con Zio Michele o que se interesara por sus cosas, sino que de pronto quería saber de quién era el rostro que lo estaba mirando.
—¿Qué libro es?
Michele se volvió con curiosidad, no se esperaba más preguntas.
—El conde de Montecristo.
—¿Es bonito?
—Mucho. Si quieres, cuando termine te lo presto.
—No sé leer.
Michele pensó que aquello zanjaba definitivamente la conversación. Se volvió para tirar el vaso de plástico vacío.
—¿Pero de qué trata?
Vaya día de sorpresas. Un gitano analfabeto que se interesaba por la literatura.
—¿De verdad te interesa?
—Sí, el de la tapa tiene una cara rara.
—Entonces vamos a necesitar otro café. ¿Te hace?
Olban asintió, sacó un paquete de cigarrillos y le ofreció al anfitrión. Michele lo aceptó y se puso a trastear con el hornillo de gas.
—Es la historia de uno al que meten en el talego siendo inocente.
—Igualito que nosotros —comentó Olban.
Michele sonrió.
—Evidentemente… Pero él logra fugarse, se hace rico y decide vengarse.
—Ahora sí que me gusta. ¿Y luego?
—Más o menos eso es todo.
—¿Cómo que «eso es todo»? ¡Pero si es un ladrillo! ¿Qué más pasa? ¿Y él cómo se llama?
Michele reflexionó sobre la aventura, el odio, el amor, la venganza, el perdón y la sed de redención que rezumaba la obra de Dumas. Tomó aliento y comenzó.
—Se llama Edmundo Dantès, es un marino y ama a la bella Mercedes…
—Como el coche.
—… pero hay uno que lo odia, Danglars, jefe de cargamento del navío, quien organiza un complot para meterlo en la cárcel.
—Pero qué hijo de zorra.
Michele asintió. Un comentario cuanto menos acertado. Puso otro café para el gitano, que entretanto se había encendido un cigarro. Se bebió el suyo, amargo e hirviendo, y se tumbó en el catre encendiéndose otro él. Olban estaba pendiente, totalmente concentrado. Las preguntas flotaban en el aire estancado de la celda. ¿Por qué Danglars lo odiaba? ¿Cómo hace Edmundo para huir? ¿Por qué le llaman conde de Montecristo? ¿Y qué ha sido de la bella Mercedes? Y sobre todo la venganza…, ¿cómo será la venganza?
Michele sonrió fumando relajado. Con el libro en las manos comenzó de nuevo el relato.
Ninguno de los dos volvió a mirar el paisaje al otro lado de las rejas.
3
Desde la ventana de aquel apartamento no se veía nada, ni colinas verdes, ni casas en construcción, ni cielo azul moteado de nubes. Solo edificios todos iguales y grises, cientos de balcones y ventanas como montones de ojos abiertos de par en par.
Michele no había estado nunca antes en Génova, pero aún recordaba alguna cosilla de los negocios de Olban de las largas charlas en la celda, y estaba casi seguro de que se encontraban en la zona de Ca’ Nuova, en el antiguo distrito de viviendas protegidas, es más, casi seguro que aquel debía de ser uno de los apartamentos construidos por el ayuntamiento en los años setenta. Comprado u ocupado por Giorgio, poco importaba; junto a la chica era siempre una fuente de ingresos.
Debía de ser pronto por la mañana, el cielo ofrecía una luz fría y lechosa y Michele aún se sentía aturdido, confuso, con la cabeza pesada. De todos modos, estaba mejor. Las curas del médico, los extraños medicamentos chinos y una noche de sueño profundo habían hecho el milagro, el dolor del brazo ya no era un latido obsesivo sino una sorda y controlada molestia. Probó a abrir y cerrar la mano, a mover el brazo. No era para tanto. Nada que no se pudiese soportar.
El resplandor de la mañana apenas iluminaba la habitación y el techo era de un blanco borroso. Una tela blanca sin pasado. Michele decidió que ya no podía seguir más en aquella cama. Todavía estaba vestido con la ropa del abogado, el hombro vendado, las mantas hechas un gurruño a sus pies y un olor a sudor y sangre que le revolvía el estómago. Se incorporó para sentarse. La cabeza le daba vueltas, la habitación se movía. Cerró los ojos tratando de recobrarse, los abrió de nuevo y los muebles volvían a estar en su sitio. Inspiró tres veces, como antes de realizar un gran esfuerzo, y se puso de pie. Apoyó rápido la mano en la pared para no caerse. Una precaución inútil. Las piernas aguantaban y solo tenía mucha sed. Llegó hasta la puerta, la abrió y echó un vistazo a la otra habitación.
Una cocina ordenada y limpia, muebles económicos. Una mesa y un par de sillas, cuatro cacharros secándose en la repisa. Solo un plato y un vaso. Un sofá de dos plazas pegado a la pared de frente; en él, acurrucada bajo una manta y abrazada a un cojín, estaba la chica.
Michele pensó que estaba durmiendo, pero luego vio que dos ojos inquietos lo miraban.
—Agua —se limitó a decir con la voz ronca y pastosa.
Ella abrió más los ojos y se levantó retirándose las mantas. No tenía la gruesa capa de maquillaje de la noche anterior, evidentemente todavía era pronto para su jornada de trabajo. Nada de tacones de vértigo ni minifalda, sino un par de zapatillas y un pijama rosa con algún gracioso muñeco dibujado. Aparentaba menos de veinte todavía.
Abrió corriendo el frigorífico, como si hubiese recibido una de las órdenes de Olban, sacó una botella y cogió un vaso limpio. Michele estaba sorprendido de tanto cuidado, él se hubiera tirado al cuello de la botella y se la hubiera soplado de un sorbo.
Beber fue una bendición, sentía que el cuerpo recuperaba fuerzas, que se limpiaba de aquellos días en la carretera y de las horas de dolor. O al menos durante un momento pudo hacerse la ilusión de que era de verdad así.
La chica lo miraba con una mezcla de curiosidad y temor. El pelo suelto le caía desgreñado sobre los hombros. Seguía siendo precioso, y él no lograba apartar los ojos de aquella mata castaña que le traía recuerdos dolorosos. Trató de desviar la mirada y alejarse del pasado. Pero en aquel momento la muchacha se echó el pelo para atrás, atusándoselo después de haber pasado toda la noche en el sofá. Se lo acarició, se pasó la mano rápido, con una mezcla de timidez y coquetería. Él trató de concentrarse en el vaso vacío.
—Soy Yleana.
—Michele —respondió apoyando el vaso.
—Vengo de Moldavia. Al lado de Rumanía. ¿Lo conoces?
—No —respondió seco. Para él aquellos países eran todos iguales, una fuente casi inagotable de armas y mujeres.
—Eres amigo de Olban. ¿Lo conoces de hace mucho?
—Oye, no tengo ni ganas ni tiempo de conversación. Estoy cansado, tengo hambre, apesto y me duele el hombro. Así que vamos a concentrarnos solo en las cosas que hay que hacer. Lo primero, la ducha. Lo segundo, ropa limpia. ¿OK?
Ella enmudeció. En su vida debía de haberlas pasado de todos los colores, pero por algún motivo no se esperaba aquella respuesta, una auténtica bofetada en plena cara sin motivo. Bajó la mirada con un mohín infantil, el cabello se le movió al asentir obediente.
Michele se daba cuenta de que se había pasado, pero esa era su intención: si la trataba mal, quizá su mente dejara de fantasear. Él era Michele Impasible, tenía que llevar a término su viaje y aquella era solo una prostituta del Este que se lo hacía con un gitano. Tenía que dejar las cosas claras, sobre todo para sí mismo.
—¿Tienes papel film?
La muchacha no respondió. No había comprendido.
—Papel film. Película transparente. La que se pone en las sobras de la comida.
Ella asintió y corrió a cogerlo de un cajón de la cocina. Hacía las cosas sin hablar. Olban la había educado bien, mejor no saber el modo, no era asunto suyo.
—Busca algo limpio para ponerme.
Michele fue al baño dando por descontado que le encontraría algo de ropa de Olban, o cualquier cosa que se hubiera dejado un cliente despistado. Seguramente había tenido docenas entre aquellas paredes. Docenas que se habrían tumbado sobre aquel cuerpo joven, que habrían retozado entre las sábanas con aquel pelo castaño y aquellos ojos atemorizados. Jóvenes, viejos, gordos, delgados, obreros, profesionales, buenos, malos.
Michele cerró la puerta del baño y empezó a desnudarse. Tiró al suelo la ropa del abogado, como una serpiente que muda de piel. Se miró en el espejo del lavabo: tenía el rostro pálido y demacrado, más que cuando estaba en la cárcel, las ojeras cada vez más profundas y la piel de la cara tensa y blanca como la de una calavera. Era obvio que aquella muchacha debía de temerle. Tenía los ojos rojos por el cansancio y los medicamentos, pero las pupilas…, no, seguían siendo negras y profundas. Michele hizo una mueca, su cara no le gustaba, tenía un algo de enfermo, de huidizo.
Envolvió con la película transparente el hombro vendado y la cortó con los dientes fijándola cuidadosamente. Más tarde pensaría en las vendas. Ahora tenía necesidad de agua. Otra agua.
Se metió bajo la ducha. Estaba fría, casi helada. Le sacudieron una sucesión de escalofríos, era eso lo que necesitaba. Lo que había visto en el espejo era un muerto, un cadáver que andaba, respiraba y hablaba. Sin embargo, él deseaba sentirse vivo, al menos un poco más.
Se tomó su tiempo, dejando correr el agua sobre su cuerpo hasta que salió tibia, luego caliente y luego hirviendo. Estaba apoyado en los azulejos de la ducha con los brazos estirados y los ojos fijos en las juntas. Concentrado en desterrar cualquier duda, en no dejarse vencer por el dolor, el cansancio, la muchacha, él mismo.
Se secó, tiró la toalla al suelo y salió desnudo del baño, tenía claro que la muchacha no se iba a escandalizar. Nada que no hubiera visto cientos de veces.
Entretanto Yleana había estado ocupada, había cambiado las sábanas y las mantas de la cama. Ahora ya no era la caseta de un perro. Sobre una silla había un chándal, unos vaqueros y una camiseta violeta de hijo de papá. Había también ropa interior limpia, evidentemente Olban se dejaba ropa de repuesto para cuando iba a ver a su amiguita. Optó por el chándal, tenía ganas de estar cómodo, y la idea de volverse a meter en la cama no le disgustaba para nada. Sueño atrasado le sobraba.
La muchacha entró llevándole un vaso de agua y un puñado de las píldoras dejadas por el médico. Michele no se dignó a mirarla. Cogió las píldoras y ella salió en silencio. Callada y obediente. Perfecto.
Las sábanas estaban frescas y limpias y los medicamentos empezaban a hacerle efecto. Tenía el hombro dolorido por la cuchillada recibida y las manos entumecidas por los puñetazos que había dado. Sentía el cuerpo pesado y embotado pero el contacto con el colchón blando que lo acogía era una sensación fantástica. Por fin se sentía a gusto. Trató de vaciar la mente, de quitarse de encima cualquier pensamiento, duda, remordimiento, para por fin gozar un poco del merecido descanso. Había bajado las persianas y en la semioscuridad de la habitación veía su sombra reflejada en el espejo del armario, tendido inmóvil en la cama, los pies delante, las manos abandonadas a ambos lados. Un cadáver. Un magnífico ejemplo de muerto querido, a la espera de su nueva morada, un elegante ataúd de nogal con el interior de seda bordada, algo de mucha clase, digno de él. Solo faltaban a su alrededor algunos cirios encendidos y un enjambre de parientes plañideros, y el cuadro de su fantasía hubiera estado al completo. Aunque él parientes no tenía. Estaba solo. Y sin embargo se imaginaba un gran funeral.
El funeral que Milena nunca había tenido.
Trató de apartar aquel pensamiento. Estaba agotado, necesitaba descansar y sobre todo aún no tenía fuerzas para recordar. El resultado fue que su mente, impregnada de aquellas medicinas de dudosa procedencia, siguió flotando en un inquieto duermevela donde las imágenes del pasado se perseguían, desordenadas y trémulas, como las escenas de una película muda.
Lo había programado todo. Sabía qué hacer.
Vio de nuevo el viejo caserío donde habían llevado a Milena después de haberla raptado. Estaba casi en ruinas, aislado, decrépito. Había sido la casa de un pobre desgraciado que soñaba con criar búfalas para hacer mozzarella, pero que no quería pagar la protección, así que alguien le había envenenado a los animales y quemado los establos y él, que era pobre y pobre se quedó, huyó a Alemania a trabajar de obrero.
Habían dejado a la muchacha, atada y vendada, en un viejo colchón que apestaba a meados, encerrada en una de las estancias del caserío, con ventanas atrancadas y paredes desconchadas por la humedad. Los hermanos Surace eran los encargados de vigilar. En pocas palabras, pasaban los días en el sofá roto de la vieja sala de estar esnifando coca y jugando a las cartas, no eran el culmen de la eficiencia ni de la profesionalidad, pero a Michele no le preocupaba. La cosa duraría poco. Franco, el novio de Milena, entendería la lección, volvería de rodillas pidiendo perdón y les devolvería lo que era de ellos. En un arranque de magnanimidad y grandeza Michele imaginaba el momento en que desataría a la muchacha y, con la mirada orgullosa y decidida del capo, le diría que podía irse…, que era libre. Probablemente después mataría a Franco, pero esa era otra historia. Un compromiso del que no podía, y en el fondo no quería, sustraerse. Y luego, una vez resuelto lo del traidor, quizá pudiera quedarse con la chica, convertirla en su mujer. Tenía algo que lo removía por dentro, que le hacía fluir la sangre a la cabeza, y no solo. Quizá esa mirada orgullosa, esa sonrisa feliz que había destrozado, ese pelo castaño. Ese pelo castaño…
Michele se revolvió incómodo en la cama, abandonó la posición inmóvil de cadáver y empezó a agitar frenético las piernas. Había empezado a sudar, sentía que las mantas le pesaban como un sudario. Era consciente de dónde se encontraba, de aquella habitación, de aquella cama, pero no lograba salir del pasado.
Las cosas no habían ido como había previsto.
Franco, aquel bastardo traidor, aquel bellaco, aquel tío mierda, no había dado señales de vida. Había desaparecido, se había escondido quién sabía dónde, ayudado por quién sabía quién. De lo que les pertenecía a ellos no había ni rastro y se habían quedado allí como cuatro estúpidos, mientras la gente empezaba a hablar.
Las noticias viajan veloces y las malas tienen un carril preferente. Lo que debía haber sido su afirmación, su hacerse fuertes y poderosos, se estaba volviendo su ruina. En los bares, en las calles, en los barrios, la gente, la que contaba algo, empezaba a murmurar, hablaba sottovoce y… se reía. Se reía de ellos.
Cuatro ’uaglioni que se habían dejado joder.
Milena se quedó donde estaba. Sobre aquel viejo colchón tirado en el suelo que apestaba a meados. Los días pasaron y todo se volvía complicado. Su rabia y su maldad crecían. Al volver al viejo caserío encontró a los hermanos Surace con aire insólitamente satisfecho, fumando, bebiendo y esnifando coca, sin quejarse por que los hubieran dejado allí día y noche, vigilando a la prisionera. Ella seguía con la venda en los ojos y los brazos atados a la espalda, en el cuello el moratón azulado de la mano de Michele, en la cara señales profundas de nuevas magulladuras. Sangre seca y coagulada en la boca y la nariz. Los rizos del pelo un montón de greñas sucias. Un cubo y una botella de agua a sus pies. Tenía la ropa descolocada y los pantalones desabrochados. Michele miró a los hermanos Surace formulándoles sin palabras la pregunta.
Ambos sonrieron cohibidos, asegurándole que no lo habían hecho… todavía. Que solo le habían echado un vistazo para ver qué tal estaba. Y debía creerlos, estaba realmente buena. Puede que alguna caricia le hicieran, lo justo para mantenerla a raya.
Michele señaló la sangre seca de la cara. Estaba cabreado. Con ellos, con el bastardo de Franco, con aquella situación de mierda que no se resolvía. Pero no dijo nada. No era el momento de discusiones, tenían que permanecer unidos. Y si ellos se querían divertir un poco con aquella pobrecilla, pues que lo hicieran, no era asunto suyo. Pero alguien tenía que pagarlo. Pagarlo muy caro.
Michele quería alejar aquellas imágenes. Empezó a sacudir la cabeza sobre la almohada. Cada vez más fuerte, hundiéndola más a cada instante, mientras la respiración se le volvía afanosa y un lamento profundo salía a golpes de su garganta. La chica de Olban abrió la puerta preocupada y se quedó mirándolo en la penumbra.
Ahora sí que tenía problemas.
La noticia había llegado rápido a su destino. Sin juegos de palabras, sin medias sonrisas. Solemne y directa como una condena a muerte. «Los calabreses querían el dinero». Su dinero. No habían añadido nada más, no hacía falta. Michele y los otros no tenían aquel dinero y Franco había desaparecido con el cargamento de droga. Evaporado en la nada importándole un carajo su novia. De modo que lo único que el gran Impasible tenía en las manos era una chica maltratada y sometida, mientras el plazo del pago se acercaba. Probó a recurrir a quienes estaban por encima de él, pero fue inútil. La iniciativa y la arrogancia solo gustan cuando llevan a buen fin; un joven presuntuoso que se equivoca no le gusta a nadie. Las palmadas en la espalda y las grandes sonrisas que veía un joven en ascenso, un nuevo boss poderoso, se transformaron de pronto en silencios y miradas huidizas de quienes no querían tener nada que ver con él. No podían arriesgarse a comprometer los negocios entre las dos organizaciones a causa de un solo hombre. Un hombre era sacrificable y a nadie le supondría un problema. De modo que aquella podía ser una lección para quien se creía ya grande mientras que en realidad era solo un ’uaglione demasiado sobrado. Pero también en aquel caso, también en aquel momento, nadie tuvo el valor de decírselo directamente a la cara a Michele…, le seguían teniendo miedo. Un animal herido muerde sin piedad.
Y eso se sentía él, un león desangrándose lentamente. Había comprendido demasiado bien lo que estaba sucediendo y no veía la salida. Todo su castillo de naipes, orgullo y poder, estaba cayéndose miserablemente y él buscaba satisfacción, buscaba a alguien con el que desfogar su rabia incontrolable. Encontró a una muchacha humillada y sometida tumbada en un viejo colchón maloliente.
Michele se agarraba a la sábana. Apretaba con fuerza los puños, pero ni siquiera el dolor del hombro lo apartaba de aquellas imágenes. Los lamentos se hicieron cada vez más profundos e intensos. La estancia en torno a él había desaparecido y no reparó en la muchacha que en el umbral empezó a desnudarse.
Tenía demasiada rabia en el cuerpo.
Rabia y mucho más. Eran días en que tomaba anfetaminas para mantenerse despierto, para encontrar una solución que no existía. Todos le habían vuelto la espalda y la cocaína había sido su respuesta. Mucha. Demasiada. Estaba acelerado, y los otros con él. Seguían ciegamente al capo y en aquellas circunstancias tampoco se iban a echar para atrás. En el viejo caserío el miedo y la tensión habían dejado paso a la euforia y al delirio de la omnipotencia, fruto del polvo blanco. Incluso Peppe el Cardenal, que se cagaba hasta de su propia sombra, se había puesto chulo y gritaba colérico imaginando las posibles torturas que iba a infligirle al miserable de Franco. Los otros reían y asentían satisfechos. Así se hablaba. Y cada vez más rápido se inclinaban sobre la mesa del cuarto de estar y hacían desaparecer una tras otra las rayas de coca que los hermanos Surace habían alineado como soldaditos. Una larga fila interminable, perfecta, precisa, como les había enseñado su mamá. Hasta Giovanni Morra, apodado Bebè, y Vittoriano el Mariscal se habían sentido fuertes, aunque no pintaran un carajo y no se les permitiera decir una palabra. Droga y miedo habían hecho el milagro y los habían transformado en lo que no eran.
Michele, hundido en el viejo sofá, reía divertido. Le parecía estar en el zoo frente a un montón de monos amaestrados. No lograba controlarse, se le iba la cabeza y todo giraba a su alrededor. Imágenes, sonidos, colores, amplificados y obsesivos, y decidió dejarse llevar, soltar las bridas y dejarse caer en el pozo oscuro de la inconsciencia. Sin frenos, sin pensar, sin buscar soluciones a lo que se había vuelto más grande que él. Vio a Gennaro Rizzo que le miraba divertido. Era el único que contaba algo, el único amigo verdadero que tenía entre aquellos cuatro tarados, el único que podía decirle que se equivocaba, el único que tenía cojones para hacerlo. Pero Gennaro no dijo nada, se reía con él y gritaba con los demás. Gennaro reía, Gennaro aplaudía, Gennaro estaba con él. Como siempre.
Yleana estaba desnuda. Sus ropas estaban caídas a sus pies. Miraba a Michele que seguía retorciéndose en la cama. Suave y flexible se metió bajo las mantas acercando su cuerpo joven a la angustia de él.
Los Surace tenían razón. Milena estaba buena.
Necesitaban desfogarse. Desfogarse de la rabia, la excitación del miedo, la euforia de la droga. La idea había sido de los hermanos, que seguro que ya habían probado el plato del día, la habían tenido al alcance de la mano durante demasiado tiempo como para haberse resistido de verdad. Los demás habían acogido con entusiasmo la propuesta, a Michele le importaba un carajo y además tenía a su lado a Gennaro, que asentía convencido. Que así fuera. Si todo iba a irse al infierno, más valía divertirse. Además, no podían sacarla de allí viva, hubieran sido el hazmerreír.
Milena gritaba desesperada. Gritos feroces, dañinos, de los que destrozan las cuerdas vocales y queman por dentro. Los Surace la tenían aplastada contra el suelo mientras el cobarde de Peppe le arrancaba el pelo por el solo gusto de hacerle daño. Giovanni y Vittoriano hicieron trizas la blusa dejando al aire una piel inmaculada. Gennaro le incitaba…, él era el jefe, debía ser el primero. Michele se reía, sentía la coca subiéndole. Cada vez más arriba, hasta el cerebro, hasta el último atisbo de lucidez que se apagó con los gritos de la muchacha.
Michele sintió las manos de Yleana, que le acariciaban dulcemente tratando de calmarlo. Cálidas y suaves le recorrían el pecho. Oyó una voz que le susurraba palabras incomprensibles en una lengua desconocida, se agarró con todas sus fuerzas a aquella voz que lo arrastraba fuera de sus recuerdos. Y se sintió agradecido.
Abrió los ojos y en la penumbra de aquella desolación vio el rostro de Yleana inclinado sobre él. Y luego los ojos de Milena gritando su dolor. Los rostros de las muchachas se superpusieron. Una, dos, tres veces. Hasta que solo quedó el presente y los ojos tristes y asustados de la muchacha del Este. Percibió el calor de su desnudez, el tacto leve y decidido de las manos, quedó suspendido entre dos tiempos, entre dos lugares, mientras trataba de recuperar el control sobre sí mismo.
Se le acercó al oído.
—Chsss…, regalo de Olban.
Por un momento Michele vio la cara del gitano, con su sonrisa resplandeciente y maliciosa que se confundía y cambiaba, transformándose en la carcajada vulgar de Gennaro Rizzo incitándolo. Gritándole que era el capo, que debía ser el primero, y luego todos los demás.
Impasible empezó a temblar. Dolor, cansancio, miedo. No quería olvidar. No podía olvidar.
Se volvió de pronto soltándose de aquel abrazo. Le dio la espalda y no pudo ver la mirada de estupor de Yleana.
No era así como hubieran debido suceder las cosas. Nunca antes le había pasado. La mujer, acostumbrada a la sórdida rutina de sus clientes, no sabía qué hacer. Lo estrechó por detrás sintiendo a aquel cuerpo desconocido temblar ante sus fantasmas. Lo sujetó mientras él trataba aún de soltarse. Hasta que el temblor pasó. Hasta que el pasado no se desvaneció en el presente.
Entonces Michele lentamente se volvió, el calor de aquel cuerpo inocente estaba deshaciendo su hielo. Inseguro y confundido le devolvió el abrazo y allí siguieron, en un triste apartamento iluminado por la luz tenue del día. Tratando de derrotar a sus soledades.
Inmóviles. Envueltos el uno en la otra.
4
Lopresti conducía como un autómata, movimientos mecánicos y mirada fija al otro lado del parabrisas. Tenía solo una vaga percepción de lo que le rodeaba. El tráfico congestionado en la carretera de circunvalación, la luz fría del cielo nublado y las palabras amortiguadas de su compañero al lado. Pero estas ya no le molestaban, se habían convertido en una apacible música de fondo. Cualquiera que fuera esta vez el tema de conversación —la pensión, la mujer, los compañeros, la pesca—, él se limitaba a asentir dándole la razón a lo que decía, aunque seguía resbalándole como la lluvia sobre un impermeable. No es que no apreciara la compañía de Corrieri, qué va; al contrario de lo que hubiera podido imaginar al principio de aquella movida, se encontraba bien con él. Su calma, el que fuera un gris y metódico burócrata, su inmutable cotidianidad hecha de horarios fijos, llamadas a casa, preocupaciones sencillas habían servido de contrapunto a su vehemencia, su desordenada vida hecha de añoranzas y remordimientos, le habían ayudado a tener una perspectiva distinta, una visión nueva de sí mismo, del pasado y, por qué no, del futuro. Con él se sentía extrañamente tranquilo, de algún modo sosegado, aunque fuera en una investigación como aquella que no le estaba llevando a ninguna parte.
El inspector volvió a asentir a algo que no había escuchado y se puso las gafas de sol, modelo cojonudo de telefilm, pero no era para darse importancia, como en jefatura delante de las empleadas próximas a la jubilación. Era por culpa de aquella luz blanca y dañina, un mar lechoso que se filtraba a través de las nubes y le dañaba los ojos y la cabeza. Aquella mañana se había despertado con un dolor sordo que le latía en un rincón perdido del cerebro, se había sentado en la cama destrozado, con la cabeza entre las manos y ante los ojos el vago recuerdo, la impalpable imagen, del rostro de Martina.
Sonriente y feliz, como tal vez nunca había llegado a estarlo junto a él.
Se había sentido embargado por una amargura desconocida, dolorosa y al tiempo hermosísima, a la que sin embargo no podía abandonarse. Tras la fachada orgullosa y segura que ostentaba con todos estaba intentando reconstruir su vida paso a paso. Un frágil castillo de naipes que podía derrumbarse de un momento a otro, en el que aquellos ojos luminosos podían ser un terremoto que lo arrastrara de nuevo a las drogas y el alcohol, y entonces, otra vez más, debía separarse de ella. Se pasó la mano por la cara, en un vano intento por ahuyentar la última imagen de aquel sueño que seguía escapándosele, y se había metido bajo la ducha con un monstruoso dolor de cabeza. Ni siquiera la continua letanía de las palabras de su compañero lograban mitigar aquel dolor, ni sus omnipresentes referencias a su querida mujer podían quitarle aquel sordo martillear en las sienes. Es más, la aparición, otra vez, del recuerdo de Martina desde el pasado tenía que ver justamente con Corrieri y su idílica vida familiar. Con aquel amor incondicional que duraba desde hacía casi cincuenta años y que él, ahora estaba dispuesto a admitirlo, envidiaba.
Decidió que, entre la luz molesta, el compañero charlatán y la migraña, un cigarrillo era un premio que se merecía. Bajó un poco la ventanilla mientras encendía el mechero.
—¿Pero qué haces, abrir? —le espetó Corrieri.
—Sí, claro, por el humo. ¿Por qué?
—Soy de naturaleza enfermiza. Me soplan un poco y ya he cogido una bronquitis.
—Perfecto, así te pones malo y te quedas unos días en casa con tu mujercita.
Corrieri se quedó pensando, como si la ocurrencia fuera una opción posible en la que nunca había reparado.
—Aumentemos el riesgo. ¿Quieres uno? —preguntó Lopresti ofreciendo el paquete a su compañero.
—Pero qué dices… Hace veinte años que lo dejé. Ya sabes lo que pasa, a mi mujer le molestaba y al final… De todos modos es malo.
—¿Pero tú haces siempre lo que ella te dice? —preguntó el inspector sin malicia. Solo sentía curiosidad por sus dinámicas familiares, pero por su silencio percibió que el otro lo había interpretado mal—. No me hagas caso, es una pregunta estúpida. Volvamos a lo nuestro, ¿qué me estabas diciendo antes de que pusiera tu vida en peligro bajando la ventanilla? —Acompañó sus palabras con una sonrisa sincera.
—Reflexionaba en voz alta sobre el hecho de que Annunziati y Morganti son dos capullos.
—Es verdad, ya ves que cuando te lo propones dices cosas muy atinadas.
Corrieri soltó una carcajada y siguió hablando:
—No sé por qué ni tampoco me interesa, pero la tienen tomada contigo. Si no, no se explica su salida delante de Taglieri para hacernos quedar como dos cretinos.
—Perdona, pero ¿por qué justo conmigo? ¿No podría ser que fuera contigo? —Lopresti sabía perfectamente que era imposible.
—¡De qué y de cuándo! Tú eres el niño mimado de la prefectura, yo solo soy el rajado, el enchufado que ha hecho carrera regalando mozzarella de búfala y que dentro de nada se jubila sin pena ni gloria. Yo ni pincho ni corto.
Lopresti se quedó en silencio, tanta honestidad le había impactado.
—¿Qué pensabas —siguió Corrieri con amargura—, que no sabía lo que se dice de mí? ¿Que nunca había advertido las medias sonrisas ni los ojos en blanco de los compañeros cuando me conocen? Créeme, puedo ser un cobarde, pero no un estúpido.
—De eso ya me he dado cuenta. —El reconocimiento de Lopresti fue inmediato. Corrieri lo apreció.
—Solo he escogido una opción diferente a la de muchos otros. Una opción que pone en primer plano a la familia. Para mí la familia lo es todo.
—Te entiendo. —Carmine estaba siendo sincero. Le sorprendía a sí mismo, pero estaba siendo sincero.
Corrieri asintió frotándose las manos. Empezaba a tener frío, pero evitó protestar. El inspector tenía derecho a fumarse su cigarrillo y a él un poco de aire fresco no le iba a sentar mal.
El coche salió de la carretera de circunvalación y se adentró en el caótico tráfico de la ciudad, entre aparcamientos en triple fila y escúteres con tres a bordo sin casco. Todo normal. Aparte del silencio que se había hecho dentro del coche. Corrieri había enmudecido, como si estuviese reflexionando sobre sus propias palabras, y también Lopresti decidió no romper aquella tranquilidad, aquella extraña complicidad que tanto se parecía a una amistad.
Se detuvieron en el primero de una larga serie de semáforos. Lopresti tiró el cigarrillo por la ventanilla, las brasas habían llegado al filtro y empezaban a escocerle los dedos. Fue a cerrar.
—Deja abierto, un poco de aire es agradable.
—Vaya, nos hemos vuelto temerarios…
Corrieri hizo una mueca.
—No, es que me ayuda a pensar mejor. Me despeja la cabeza y me hace reflexionar sobre cosas extrañas.
—¿Como qué?
—Como que Annunziati y Morganti nos llamaron por lo de las escuchas a Peppe el Cardenal y nos hicieron ir sobre la pista de los Surace justo a tiempo para cargarnos encima los dos asesinatos. A nosotros nos han hecho hacer un ridículo espantoso y a ellos les ha faltado tiempo para irse a Milán en busca de Michele Vigilante.
—¿Y qué?
—Pues no lo sé, pero nunca he creído mucho en las coincidencias y las sincronías no me gustan. El caso pasa a nosotros y de repente el Destripamuertos entra en acción. Me parece de lo más extraño.
Lopresti se volvió a mirar a su colega con ojos atónitos y la voz en tensión.
—¿Estás pensando en el topo que hay en la jefatura?
Corrieri pareció reflexionar.
—No creo. No los creo capaces de hacer una cosa semejante. Sería demasiado incluso para ellos. Pero, en cualquier caso, nunca se puede decir. Y, si fuese así, explicaría por qué vamos siempre un paso por detrás del Sepulturero.
—¿Y entonces qué propones? ¿Se lo decimos al comisario jefe Taglieri?
—¿Y qué le decimos? ¿Que somos dos gafes que en cuanto damos con alguien lo matan de inmediato? No, no podemos ir al jefe. No todavía, sin tener nada concreto.
—¿No todavía? ¿En qué sentido? —Lopresti aminoró la marcha y se encendió otro cigarrillo, el asunto empezaba a ponerse interesante.
—Como buen rajado a salvo en las oficinas conozco un poco a la gente. Ya sabes cómo es, a fuerza de regalar mozzarella… Y también conozco al encargado del servicio de nóminas y cotizaciones de la jefatura, y casualmente me encontré con el expediente de Morganti, y también casualmente me fijé en la filial del Crédito Cooperativo a través de la que le pagan el sueldo, y…
—¿Y también casualmente…?
—Exacto. También casualmente… —Corrieri sonrió— conozco a un tipo en ese banco que podría darnos una idea de la situación económica de nuestro querido colega. De modo informal, solo por encima, al menos para saber cómo anda de dinero, deudas, seguros, posibles ingresos irregulares y demás. Sin indagar, solo por hacernos una idea.
—Solo por hacernos una idea —repitió Lopresti pensativo.
—Sí. ¿Qué me dices? —Corrieri lo miraba ansioso, con el rostro en tensión, no sabía si había ido demasiado lejos.
—Digo que cada vez me gustas más. Con permiso de tu mujer, obviamente.
El rostro de Corrieri se relajó y mostró una amplia sonrisa.
—Tranquilo, no es celosa. Y ahora sube la ventanilla.
—Se notan los achaques de la edad, eh…
—No, es que hemos llegado.
—Ah, coñ…
Lopresti viró de pronto, metió la marcha y detuvo el coche delante de una de las entradas del hospital.
La fachada era solemne. Blanca y roja, con grandes columnas que daban una sensación de poderío y control. Evitaron la entrada de urgencias, aunque desde allí había acceso directo a los pabellones, porque la idea de permanecer atrapados en aquella barahúnda de camillas abandonadas, goteros y viejos olvidados no los cautivaba.
Disponían de poco tiempo y tenían que espabilarse.
La noticia del ingreso en urgencias de Peppe el Cardenal había llegado a la comisaría a través de una avalancha de voces, confidencias e indiscreciones, hasta el propio Lopresti había recibido una llamada telefónica de un atento Genny B preocupado especialmente en demostrar que no se había olvidado de la promesa de darles novedades. A pesar de que, como en aquel caso, se tratara de una noticia que cinco minutos después de que saliera la ambulancia de casa de Peppe ya conocía todo el mundo. Pero daba igual, Genny había hecho la llamada y él a su pesar se lo había agradecido, poniendo especial atención en utilizar un tono de voz frío.
Entraron por la puerta principal fingiendo no reconocer a un agente de la División de Investigaciones Generales y Operaciones Especiales, que les devolvió el favor fingiendo que seguía leyendo el periódico deportivo, pero sin perder nunca de vista la puerta de acceso principal.
Los pasillos del hospital eran de un desvaído celeste muy de los años setenta y el intrincado laberinto de pabellones viejos y nuevos no ayudaba a encontrar lo que buscaban, esto es, los servicios de anestesiología y reanimación y cuidados intensivos. Lopresti estaba a punto de pedir información a un guardia jurado de aire cansado y aburrido cuando Corrieri le agarró por el antebrazo y, con una señal de la cabeza, le indicó el rápido cortejo de recaderos cargados de flores que avanzaban raudos por el pasillo a su derecha.
En un instante se entendieron y se sumaron a la perfumada procesión.
El vestíbulo de cuidados intensivos era un espectáculo surrealista. Una decena de ancianas congregadas en un rincón en sillas desparejadas recitaban una letanía de lamentos con los ojos bajos y rosarios bien a la vista. Hombres de mediana edad con la cabeza inclinada apretaban pañuelos blancos y se intercambiaban palmadas recíprocas de consuelo, meneando la cabeza casi fundidos en sagrado dolor. Los ganapanes se agolpaban en la puerta cerrada del servicio solo para ser rechazados por los inflexibles enfermeros que remachaban que únicamente podían pasar de la puerta los familiares, en horario de visita y de dos en dos. Los recaderos desconsolados dejaban las flores en el suelo junto a la puerta, que ya se estaba transformando en un parterre artificial cargado de un perfume intenso y dulzón. Alguien había encendido entre las flores un par de lamparillas rojas y en medio de un montón de rosas destacaba una foto enmarcada de Peppe el Cardenal.
Ya se había levantado el altarcillo pagano y la liturgia había comenzado. Todos querían dejarse ver, rivalizar en las muestras de dolor y duelo, en busca de la magnanimidad del Zio.
Lopresti había visto de todo a lo largo de su carrera: procesiones dirigidas ante la casa de los bosses, jarrones lanzados desde los balcones durante los arrestos, besos y abrazos al afiliado que se llevaban esposado, selfies con el prófugo, gente golpeada a muerte que se obstinaba en decir que había sido un accidente. Pero aquella escena de sufrimiento colectivo le resultaba nueva. Por un momento tuvo el impulso de dejarse llevar, gritar como un loco, emprenderla a patadas con aquellas flores hediondas y echar a todo el mundo. Pero su compañero, que en pocos días había aprendido a conocerlo, le puso una mano en el hombro. Un apretón fuerte y decidido, necesario para hacerle entrar en razón. Estaban allí por un motivo preciso.
Avanzaron hasta el centro del vestíbulo. Se sentían observados. No querían que se supiera que eran policías. Sintieron el murmurar de las mujeres entre un avemaría y otro.
Corrieri miró el retrato de Peppe rodeado de rosas y lamparillas, lo vio sonriente y magnánimo, con la mirada compasiva de una estampa, y pensó en toda la gente a la que había matado con sus manos, a la que había ordenado disparar, a la que había suministrado una jeringa hasta los topes, a la que había sumido en la desesperación, a la que había hecho desaparecer en el silencio más ensordecedor.
Esta vez fue Lopresti quien le llamó al orden, un ligero golpe en el codo para hacerle comprender que habían encontrado a su hombre.
Salvatore Cuomo, apodado el Bola, los miraba desde una esquina del amplio vestíbulo, de pie junto a un joven mazas con cuello de toro y estúpida mirada bovina. Se dirigieron a él, el joven dio un paso adelante amenazador, pero el Bola lo detuvo. No había necesidad de bronca en aquel momento.
Lopresti miró a su alrededor y vio que había otros muchachotes meritorios del clan de Peppe que controlaban las esquinas del vestíbulo y el acceso a los distintos corredores de la sección. Un servicio de vigilancia atento y discreto, que también permitía continuar con aquella payasada. Ningún médico ni enfermero habría tenido el valor de obligarles a desmontar el tenderete.
El Bola fue a su encuentro, con gesto en la cara de artificial y profundo dolor. Con aire contrito susurró:
—Buenos días. Perdonen el atrevimiento, pero es un momento de recogimiento para parientes y amigos.
Lopresti sonrió, inclinó la cabeza susurrando también él.
—Boli’, esto es un hospital público y, si no quieres que os echemos a la calle a patadas en el culo, es mejor que no te hagas demasiado el señor.
El Bola asintió manteniendo la expresión solemne. Los demás habían seguido con su actividad de llanto y oración y, aunque no lograban oír lo que se estaba diciendo, no perdían detalle del encuentro.
—Estaría bien que encontráramos un sitio tranquilo para hablar —intervino Corrieri.
—Me parece una idea estupenda. Por aquí. —Salvatore Cuomo los condujo como el más desenvuelto y formal de los anfitriones. Era consciente de tener todos los ojos sobre él y también de que ponerse a la cabeza, más que nunca en aquel momento, era fundamental. Abrió sin llamar la puerta de la sala de enfermeros, dentro había dos mujeres que tomaban café y buscaban un momento de tranquilidad en el caos de su trabajo. El Bola hizo un gesto con la cabeza y las mujeres salieron sin decir una palabra, llevándose consigo el café.
Salvatore cerró la puerta y se volvió hacia los policías.
—¿Se puede saber qué cojones quieren?
Lopresti sonrió.
—Oh, ahora sí que te reconozco, Boli’.
—¿Quién ha envenenado a Peppe el Cardenal? —intervino perentorio Corrieri, que empezaba a estar bastante harto de aquella comedia y quería irse pronto a casa.
—¿Pero qué veneno ni qué ocho cuartos…? Don Peppe ha sufrido un desmayo. Una cosa de nada. Pero la gente le quiere y se ha producido una pequeña aglomeración.
—Sí, claro. ¡Y Cicciolina es virgen! Boli’, no nos tomes por gilipollas, sabemos que el Cardenal tiene un lugar reservado en el cementerio. Puede que se haya librado por un pelo, pero, si quieres que siga vivo, tienes que decirnos algo que nos sirva.
Salvatore Cuomo no respondió. Miraba a un punto indefinido a la espalda de Lopresti.
—Si es que quieres que siga viviendo —puntualizó Corrieri con voz persuasiva.
El hombre del clan sacudió la cabeza como si hubiese recibido una bofetada en la cara, como si le hubiesen leído en su interior.
—Claro que quiero que siga vivo. Yo le tengo apego a Don Peppe, le debo todo, es un gran hombre. —Fue una defensa de oficio pronunciada con tono débil.
—Estamos seguros —siguió Corrieri—, pero si todo el mundo supiese que has hecho de todo para salvarlo, para detener al Destripamuertos, hasta hablar con los maderos, entonces la gente sabría que tú también eres un gran hombre, en cualquier caso al final de la historia tú saldrías ganando. Si Peppe se salva, te estará en deuda. Si en cambio, Dios no lo quiera, va a ocupar su plaza en el cementerio, ¿quién sino tú, el hombre fiel y devoto, el amigo sincero y honesto, podría ocupar su puesto? Boli’, tienes que entenderme, no se trata de hacer de soplón y hablar con los maderos, se trata de querer el bien de tu jefe. Y seguro que todos sabrán de tu sacrificio.
Lopresti estaba atónito, estuvo a punto de aplaudir a su compañero. En aquel momento comprendió por fin las palabras del comisario jefe Taglieri cuando le había impuesto trabajar con Corrieri, y de nuevo volvió a sentirse un estúpido.
El Bola por su parte, en principio hostil y perplejo, había asentido con decisión al final de la parrafada. Aquel madero sabía lo que se hacía. Sabía hacer su trabajo. Suspiró como si se preparara para un gran sacrificio, aunque inevitable.
—¿Qué quieren saber?
—Dónde está Michele Impasible. Y cuál es la relación entre él y Peppe el Cardenal —contestó rápido Lopresti.
—¿Y qué tiene que ver Michele?
—Boli’, venga, ¿empezamos de nuevo? Esta historia comenzó poco antes de que Michele saliera de la cárcel. Sabemos que ha huido a Milán y que tú acabas de volver de allí. Así que empieza a hablar y déjate de historias. Y además, acuérdate, como dice mi compañero, lo haces por Peppe.
Salvatore estaba satisfecho. Ahora los dos policías le habían dado la seguridad que quería.
—Si supiera dónde está Michele Impasible seguramente no me encontraría aquí hablando con ustedes, sino que me estaría encargando de devolverle su alma al Padre Eterno. —Acompañó la frase con una veloz señal de la cruz con beso final.
Los policías se miraron, el razonamiento era impecable, y honradamente no esperaban obtener mucha información en aquel sentido, pero en cualquier caso había que intentarlo.
—¿Impasible y el Cardenal? —preguntó tranquilamente Corrieri.
—Don Peppe y Michele crecieron juntos de guaglioni. Empezaron haciendo los primeros trabajitos en el barrio. Al principio por su cuenta y luego dentro del sistema, entrando en el clan. Y tuvieron una carrera veloz, en particular Michele.
—Y con ellos estaban también Vittoriano Esposito, Giovanni Morra, los hermanos Surace y Gennaro Rizzo. Todos los de las lápidas.
—Exacto. Habían subido desde San Giuliano Campano y se habían abierto camino juntos. Y, cuando ya no eran unos niños, también siguieron haciendo negocios juntos.
—¿Qué tipo de negocios?
—Al principio un poco de todo. Resolvían algunos problemas, como «regalar zapatos» a alguien que se lo merecía, convencer a otro de que no protestara. Luego empezaron con la droga, pero no tráfico a pequeña escala, eso se lo dejaban a otros, a gente como yo. Ellos apuntaban más alto, no tenían paciencia y querían subir deprisa.
Lopresti y Corrieri sabían que con «regalar zapatos» el Bola se refería a asesinatos por encargo, ejecuciones con miras a restablecer las jerarquías entre los clanes y mantener el orden, pero dejaron pasar por alto aquella información, estaban centrados en los otros negocios del grupo y no querían interrumpir aquella interesante charla.
—Intentaron actuar por su cuenta y se hicieron cargo de un gran cargamento de cocaína. Un asunto a lo grande, directamente de Sudamérica. Tenían un acuerdo con otro clan, gente que como ellos estaba haciendo carrera deprisa. Ellos suministraban la droga a un precio razonable, los otros se encargaban del tráfico pagando una cifra enorme y cediendo un par de puntos de venta. En pocas palabras, se estaban haciendo su propio clan, dinero, territorio, droga y armas, lo tendrían todo. Pero después las cosas se complicaron.
—¿En qué sentido?
—En el sentido de que la droga llegó, pero el dinero no. El otro clan no pagó la mercancía y ellos se encontraron sin droga y sin dinero, y a los calabreses no les gustó.
—¿Y ahora qué pintan aquí los calabreses? —preguntó Lopresti.
El Bola lo miró cómo si acabara de decir la mayor de las chorradas.
—Inspector, pero ¿usted en qué trabaja? ¿No sabe que sin la cobertura de los calabreses algunos cargamentos de droga no se mueven? Los colombianos siempre quieren que al menos un calabrés haga de fiador. Único responsable del negocio.
—¿Y cómo lograron cuatro ’uaglioni que les ayudara la ’ndrangheta?
—Por Michele. Fue él. Conocía a alguien de no sé qué sitio que se fiaba. Uno que creía que aquel muchachito se iba a convertir en un capo y que podrían hacer grandes negocios juntos. Pero luego le jodieron, como a todos.
—¿Y qué sucedió después?
—¿Y qué quiere que sucediera? Que se armó la de Dios. Cuando se dieron cuenta de que la droga había desaparecido y que el dinero no estaba, Michele, Don Peppe y los demás entraron en pánico. Alguien habló, contó el asunto y la idea de crearse un territorio propio, y los otros clanes no se lo tomaron a bien. Los calabreses amenazaron con interrumpir todos los cargamentos si no les daban compensaciones. Y al final la tuvieron.
—¿Qué sucedió?
—El pequeño clan que les había jodido la droga fue exterminado.
—¿Y por qué no se supo nada?
—Porque se hizo con discreción. Los calabreses querían eso: satisfacción, pero sin alboroto, porque no es bueno para los negocios. Los otros clanes se coaligaron para resolver el problema. Una cosa hecha deprisa, una decena de homicidios en una semana. Todos ellos fueron apresados y llevados a un lugar tranquilo y preestablecido. Hicieron desaparecer los cuerpos, pero antes fotografiaron a los cadáveres. Fotos con las polaroid, que enviaron a los calabreses para asegurar que se habían restablecido las normas.
Los policías empezaban a ver una luz en aquella oscuridad.
—¿Y a Michele y los demás?
—Los habían engañado. Querían hacer carrera, pero no habían robado la droga de otros. El grupo entero dijo que había sido una idea de Michele. Suya y nada más. Y así los calabreses sabrían con quién tendrían que emprenderla, pero, justo cuando estaban listos los zapatos para Michele, alguien se fue de la lengua con los maderos sobre una cuestión de hacía algún tiempo, un guaglione estúpido al que Michele había disparado en un depósito abandonado. Así fue arrestado y encarcelado, y, al final, también tuvo suerte. De algún modo, en vista de que él ya no estaba disponible, la emprendieron con el hermano, le clavaron una jeringa en el brazo y lo dejaron en una alcantarilla para que se muriera. No es que fuese una gran pérdida, ya era un yonqui desahuciado, y antes o después se hubiera matado solo.
—O sea que detrás de esta historia, detrás de las lápidas del cementerio, ¿están los calabreses que quieren terminar el trabajo que no pudieron concluir hace veinte años? —preguntó Lopresti.
—Eso no lo sé. Aunque me parece extraño. Es verdad que son rencorosos, pero ha pasado demasiado tiempo…, y después de la movida fueron compensados por los demás clanes que habían tomado el control de los puntos de trapicheo de los miserables asesinados. Y luego este follón, las lápidas, la puesta en escena, los periódicos hablando de ello…, no es su estilo. Estos líos no son buenos para los negocios.
—¿Y tú cómo sabes estas cosas? —preguntó Corrieri seco.
Al Bola pareció irritarle la pregunta.
—Lo sé porque no acabo de llegar. No soy el último de los cojones. Y lo sé porque los dos tarados de los hermanos Surace, que en paz descansen, no sabían guardar un secreto, y porque…
—¿Por qué?
—Se jactaban de haber sido ellos quienes habían clavado la jeringa en el brazo del hermano de Michele por orden de los calabreses.
Lopresti trató de asimilar aquella nueva información, de encajar la enésima pieza en un mosaico que no terminaba de componerse. ¿Quizá Michele se había enterado de quién había matado a su hermano? ¿Quizá quería vengarse de sus antiguos compañeros? ¿Quizá los calabreses habían decidido cerrar el círculo? ¿Quizá tras el Sepulturero se escondía todavía algo, algo que seguía moviéndose entre pasado y presente, verdad y mentira?
—¿Y qué ha sido de Gennaro Rizzo? —preguntó, mientras con la mente daba vueltas a mil consideraciones.
—¡Quién sabe! Hace ya diez años que no lo ve nadie. Lo mismo está muerto, o se ha ido a América. No lo sé seguro. Pero quizá la única persona que puede saberlo es justo Don Peppe, que el Señor lo proteja. —El Bola exhibió otra señal de la cruz con beso final. Se estaba convirtiendo en un profesional.
—¿Qué más te contaron los Surace de este asunto? —insistió Corrieri desentendiéndose de la suerte de Gennaro Rizzo, al que con un poco de suerte lo mismo lo habían matado hacía ya diez años.
—Nada importante.
—¿Cómo puedes decir nada importante? Tiene que haber algo más. —Corrieri estaba perdiendo la paciencia.
—No hay nada. Y punto. Es todo lo que sé. De quién pueda ser el Destripamuertos no tengo la menor idea, y, honradamente, tampoco lo quiero saber, solo estoy contento de que mi nombre no esté en esas putas lápidas. Pero si lo quieren pillar, tienen que buscarlo en aquella historia de hace veinte años. No sé más, y hasta aquí todo lo que tenía que decirles.
Corrieri estaba nervioso. Su perenne calma tan apreciada por su colega Lopresti se había esfumado. El viejo rajado de la oficina era un manojo de nervios, su rostro había adquirido un peligroso tono color rojo fuego. Ni siquiera se dio cuenta de la llamada que recibió su compañero, estaba demasiado concentrado en Salvatore Bola. Le miraba a los ojos, a ver quién bajaba antes la mirada.
Lopresti se retiró a un rincón de la habitación para responder al teléfono. Mientras los otros dos se observaban amenazantes, él escuchó atentamente todo lo que le decían, murmuró un par de rápidos monosílabos y cortó la comunicación. Se volvió a los otros y…
—Boli’… Vete a tomar por culo con tus amigos. Hemos terminado.
—¿Pero cómo? —dijo Corrieri.
—Tenemos que irnos —se excusó Lopresti.
—Bueno, pues entonces, mis mejores deseos. Y por favor, sobre esa cuestión, lo de que he hecho de todo por Don Peppe, ¿estamos de acuerdo?
—No problem, Boli’.
El hombre le midió con mirada torva.
—Inspector, ustedes ven demasiada televisión. —Se giró y salió rápido de la habitación para volver a su carnaval de devociones hecho de flores marchitas y lamparillas de cementerio.
—¿Pero qué te ha dado? —preguntó Corrieri mientras las venas del cuello le volvían a la normalidad.
—No, ¿qué te ha dado a ti? Parecías un loco. Primero te haces el diplomático, que con la charla te lo camelas como quieres, luego te pones a hacerte el duro, que por momentos parecía que la ibas a emprender a porrazos. Amigo, tenemos que ponernos de acuerdo sobre quién hace de poli bueno y quién de malo, porque empiezo a no entender una mierda.
Corrieri bufó con una media sonrisa y se pasó la mano por la cara sudada.
—Tienes razón, perdóname. Es que me he dado cuenta de que no nos lo había contado todo, y que uno así me joda no lo aguanto, me desquicia los nervios.
—¿Te desquicia los nervios? Querido colega, ganas puntos a cada momento que paso contigo. En todo caso, creo que lo que nos ha dicho es bastante, hay que informar al jefe y tenemos que espabilarnos. Hay mucho que hacer.
—¿La llamada?
—¡Tenemos una pista!
Corrieri se quedó boquiabierto esperando explicaciones.
—El comisario jefe Taglieri envió una orden interna al comandante de la cárcel para averiguar con quién socializaba en la celda nuestro Impasible en los últimos tiempos, y por el registro que llevan las secciones resultó que pasaba mucho tiempo con un gitano, un tal Olban. Un tipo que vive en un campamento nómada en la zona de Génova.
—¿Y qué?
—Que nos vamos a Génova, compañero. La pista de Milán está abrasada y a Annunziati y a Morganti les han dado por el culo.
Corrieri se quedó pensativo. La rabia y la tensión de unos momentos antes se habían esfumado y ahora parecía un saco vacío a punto de desinflarse.
—Bueno, ¿y qué te pasa ahora?
—Nada, pensaba en mi mujer. Tengo que avisar en casa. Así como así, no sé si puedo.
—Nada de peros. ¡Ahora es nuestro momento!
Corrieri asintió a duras penas. Trató de esbozar una sonrisa, pero solo consiguió poner una mueca triste. Lopresti no sabía qué hacer, estaba luchando entre mostrar empatía o mandarlo a la mierda. Trató de cambiar de conversación.
—¿Y con la promesa hecha al Bola de hacer correr la voz cómo lo hacemos?
Corrieri se puso rígido como si hubiera recibido un latigazo.
—Lo hacemos arrestando a ese gilipollas lo antes posible.
Domingo, 24 de enero de 2016,
San Francisco
5
Michele tenía hambre. El dolor y el cansancio habían desaparecido dejándolo confuso y vacío. Se levantó de la cama deslizándose fuera de las sábanas arrugadas. Sintió el suelo frío bajo sus pies. Un escalofrío que le hizo suspirar. Le gustaba el frío, le gustaba la piel de gallina que se le ponía por todo el cuerpo. Cualquier cosa con tal de sentirse vivo.
Fue a la cocina y abrió al azar cajones y armarios. Rebanadas de pan de molde integral, galletas integrales, pan integral…, todo integral. Qué cojones, se comía mejor en el talego. Se rindió y le dio un mordisco a una rebanada de pan de aspecto chicloso. Bocado a bocado se fue dando cuenta del hambre que tenía. En aquel viaje comer no había sido una prioridad y su cuerpo, entre heridas y privaciones, había estado a punto de sucumbir. Pero al final había resistido, todavía estaba vivo. Sintió un arrebato de orgullo abrirse camino en su interior, entre mordisco y mordisco. Terminó la primera rebanada y de seguido le hincó el diente a la segunda. Miró el reloj colgado en la pared, la esfera era una imagen estilizada del skyline de Nueva York, mil luces y rascacielos, sobre los que se movían las agujas recordando que el tiempo pasaba y que tenía que espabilarse. Era casi la hora de comer y todavía tenía que…
—¿Pero qué haces medio desnudo? Vas a coger frío —le dijo Yleana con voz aguda.
Había aparecido en el umbral de la cocina y se acariciaba el largo cabello castaño. Se había vuelto a poner el pijama con los estrafalarios muñecos y las zapatillas azules. Michele tuvo una fugaz visión de su cuerpo, de aquel abrazo prolongado y dulce que lo había arrancado del dolor. De esa noche transcurrida como nunca hubiera imaginado, durmiendo entre sus brazos, aferrados el uno a la otra como náufragos. Como pecios de sus propias vidas.
La observó con mirada alucinada, sin comprender si era real o no. Ella no le hizo caso y se acercó alegre.
—Ve a ponerte algo, yo mientras preparo café.
Se puso a su lado, al menos veinte centímetros más baja que él, y empezó a trastear con la cafetera y el grifo, mostrando una falsa indiferencia por aquel desconocido que la estaba escrutando. Michele se enderezó tirando a un rincón el trozo de pan que sobraba y se dispuso a volver a la habitación, pero ella fue más rápida. Se arrimó pegándose a él, apresándole las caderas con las manos, y poniéndose de puntillas le dio un beso en los labios. Rápido, inmediato. Una cosa de niños, con leve sabor a melocotón. Luego sonrió y volvió a llenar la cafetera.
Michele no reaccionó, no sabía qué decir, era todo demasiado alejado de su vida para que pudiera ser verdad. Demasiado distante de los últimos veinte años, de los registros, del reparto de comida, de las horas libres en el patio. Demasiado diferente del futuro que había imaginado tumbado en el catre, perdido en las manchas de moho del techo.
Entró en la habitación para vestirse y, mientras lo hacía, volvió a mirarse en la gran luna del armario. Un hombre como tantos otros vistiéndose con calma un domingo por la mañana, después de haber dormido con su compañera, mientras se hace el café y llega la hora de comer. Luego la charla, el partido en televisión, sacar a pasear el perro, los pagos de la hipoteca, lavar el coche…
Hizo una mueca. Él no era un hombre normal, no lo había sido nunca y seguro que ahora tampoco lo iba a ser. Y la que preparaba el café canturreando no era su compañera, sino solo la puta de Olban. Se puso el jersey con rabia y se pasó las manos por la cabeza rapada.
Estaba cabreado. La duda trae debilidad y él tenía que estar fuerte. Nada de incertidumbres.
Volvió a la cocina con gesto resuelto y expresión dura. Yleana fingió no darse cuenta, había servido café en dos tazas blancas y verdes con motivos geométricos de una porcelana inmaculada. Debía de ser el juego de las grandes ocasiones, el que sacaba con los clientes más generosos. Michele se sentó a la mesa y bebió con ímpetu.
—Cuidado, está caliente.
Se había inclinado sobre la mesa para detenerle el brazo. Sus rostros estaban próximos y Michele vio que estaba realmente preocupada por él.
—¿Te has quemado? ¿Quieres agua fría?
Impasible se sintió vacilar, de nuevo la realidad se le hizo trizas. El café hirviendo le había quemado, pero no se había dado cuenta, de pronto se sentía frágil como la taza de porcelana.
Negó con la cabeza, mientras una voz en su mente le advertía de que, cuando él entró en el talego, ella todavía no había nacido.
—¿Qué quieres para comer? ¿Te gusta la pasta con setas y aceitunas?
Él se encogió de hombros.
—¿Sabes que desde que te has levantado no has dicho una palabra? Eso no está bien… —Le miraba con los brazos cruzados fingiendo estar enfadada, pero era evidente que entre mohín y mohín le estaba sonriendo.
Michele estaba confuso, por primera vez en muchos años no sabía cómo actuar. Su mundo hecho de reglas y horarios había sido sustituido por una realidad fluida y enormemente impredecible. Estaba convencido de haberle dejado las cosas claras a la chica, la había tratado mal, la había humillado y ofendido. Le había hecho inclinar la cabeza ante él. Ante el boss. Pero luego había tenido lugar esa noche entre sudor y medicinas. Esa noche con los gritos de Milena resonando en un rincón remoto de su mente. Esa noche con Yleana rescatándolo de sus recuerdos.
Decidió dejar de pensar y olvidarse de sí mismo.
—No me gustan las setas —se limitó a gruñir.
—¡Vaya! ¡Si hablas! Hablas. —Sonrió, divertida—. Si no te gustan cambiamos. ¿Te gusta la panceta?
—Pero bueno, lo tienes todo integral, el pan, la pasta, las galletas… ¿y me ofreces panceta?
—¡¡¡Sí!!! Pero no se lo diremos a nadie. Será nuestro secreto, ¡de Michele e Yleana! —Se rio.
—De todas formas, sí. Me gusta la panceta, aunque todo depende de cómo hagas la salsa.
—Vale, entonces me echas una mano.
Michele se levantó lentamente de la mesa, como si no estuviese muy seguro de lo que estaba haciendo. Ella en cambio se movía ágil por la cocina, abriendo y cerrando armarios, sacando ollas y sartenes, cucharones y cuchillos. Agarró un delantal verde que estaba colgado en la pared y se lo metió a Michele por la cabeza, luego le echó los brazos al cuello y le volvió a besar. Esta vez él le devolvió el beso. Hondo, profundo, generoso. Cuando se soltaron, ella le acarició la mejilla, marcada por los años y por una barba gris y dura.
—Venga, vamos a hacer la comida, que me muero de hambre.
Se pusieron a cocinar, hombro con hombro, riendo y bromeando. Hablando de todo cuanto se les pasaba por la cabeza.
El reloj de la pared seguía marcando el tiempo.
Ella había cocido la pasta. Él había preparado una salsa magnífica. Como tenía que ser. Comieron uno frente al otro, Yleana que no paraba de hablar, Michele que se sentía flotar. Lejos del pasado y del futuro, encerrado y protegido en una burbuja hermosísima, ligera, resplandeciente, pero frágil, a punto de estallar al menor roce con la realidad. Pero allí, en aquel lugar, en aquel momento, la realidad parecía desvanecerse y él no quería romper la burbuja.
Después de comer, lo llevó a la habitación y le hizo sentarse en la cama y quitarse el jersey. Le retiró con delicadeza el vendaje del hombro, con cuidado para no hacerle daño. Preparó el material de curas dejado por el doctor, gasas limpias, algodón y un frasco de desinfectante. Destapó la herida, los puntos con sangre coagulada se clavaban en la carne macerada, pero tenía un aspecto decididamente mejor que el día anterior. Se arrodilló y empezó a limpiársela. Él cerró los ojos, abandonándose a sus cuidados. A pesar del leve dolor, la sensación fue agradable. Permanecieron en silencio unos minutos, que parecieron eternos. Uno frente al otro, con las mentes flotando, acercándose hasta rozarse. Michele sentía su olor y la suavidad de sus manos sobre la piel. Las palabras de la chica se confundieron en su mente y tuvo que repetirle la pregunta.
—¿Dónde irás cuando te cures?
Michele abrió los ojos y la miró. La chica tenía la cabeza baja, mezcla de temor y vergüenza por haber hecho esa pregunta.
—Tengo cosas que hacer —respondió sin siquiera darse cuenta.
—¿Qué?
—Mejor que no lo sepas. Es mejor para los dos.
—¡Llévame contigo!
Yleana alzó la cabeza mirándolo fijamente. Michele la observó y vio en sus ojos dulzura, tristeza y resignación. Y una desesperada necesidad de encontrar a alguien. De huir, de vivir, de olvidar, de abandonarse por fin.
—Olban es malo, no ayuda a nadie. Si te ha ayudado a ti quiere decir que eres importante, quiere decir que te teme… Si nos vamos juntos, nos dejará en paz.
Michele Impasible sintió que su mundo volvía a tambalearse. Su férrea obsesión, su inquebrantable destino vacilaban. Miró a Yleana y comprendió que se habían encontrado quién sabía por qué absurdo azar de la vida y se estaban aferrando el uno a la otra para resurgir de los escombros de sus vidas.
Eran de verdad dos náufragos, perdidos en aguas profundas.
Pero el mar y la vida no saben de sentimientos. Sube la marea, crecen las olas y te tragan. Y, al final, todo lo que queda es un leve encrespamiento en la piel del agua.
Michele sintió que lo arrastraban. No pensó en nada, se dejó llevar por la corriente. Esta vez fue él quien se acercó a Yleana. La besó suavemente. Una caricia, sin pasión ni deseo. Ella abrió los ojos de par en par preguntándose el sentido de aquel beso. Mientras la burbuja que los había envuelto se desvanecía en la realidad.
El timbre sonó con fuerza. Un sonido prolongado e insistente. Luego dos golpes rápidos seguidos.
Yleana se puso rígida, los ojos esperanzados de hacía unos instantes se hicieron fríos y lejanos. Sabía quién era. Tenía llaves, pero siempre llamaba para evitar molestarla cuando estaba con un cliente.
Se alzó de golpe y se agazapó en un rincón de la habitación como un animal atemorizado. La puerta del apartamento se abrió, pasos rápidos en la cocina y luego el hijo de Olban apareció en el cuarto. El chico sonrió malicioso al ver a Michele con el pecho desnudo y miró fijamente a Yleana, que trataba de hacerse aún más pequeña contra la pared. A Impasible no se le escapó aquella mirada cargada de excitación y comprendió que la muchacha no era divertimento exclusivo de Olban sino también de su hijo. Vio los ojos de ella fijarse en las manos grandes del chico, que se agitaban nerviosas. Evidentemente pegarle era un placer al que era difícil renunciar y contenerse no era en realidad una de las cualidades del joven gitano.
El italiano sintió cómo le invadía un fogonazo de su antigua maldad, del verdadero Michele Impasible, y barría aquel día absurdo hecho de falsa intimidad y fantasías irrealizables. Percibió el aire frío en la piel caliente, la sordidez de aquel apartamento y el miedo. El miedo de Yleana.
Se levantó de la cama. Hizo ostentación de su cuerpo herido, las mandíbulas apretadas, las palabras duras.
—¿Qué cojones haces aquí? No han pasado los dos días y yo no os he llamado.
El joven fingió no oírle. Seguía mirando fijo a la moldava, imaginando con alegría el castigo que le iba a infligir.
—Te he preguntado qué cojones haces aquí —repitió Michele.
Olban hijo se giró insolente, dispuesto a responder en consonancia, pero se quedó sin aliento porque su percepción de peligro fue inmediata. Aquel hombre rapado al cero, con el pecho desnudo, con un hombro macerado y recosido estaba dispuesto a matarlo. Sus ojos eran pozos negros que no dejaban lugar a dudas. Ahora el miedo de Yleana se había vuelto su miedo.
—Mi padre me ha dicho que viniera a buscarte —dijo dócil.
—¿Por qué?
—Porque han telefoneado.
—¿Qué cojones significa eso?
—Alguien ha llamado a mi padre y le ha dicho que la policía va a registrar el campamento, y allí te ha visto demasiada gente. Alguien podría hablar y traerlos hasta aquí. Tienes que irte. Rápido.
—¿Quién ha llamado?
—No lo sé y mi padre tampoco. Pero sabían que estabas con nosotros. Él ya se ha marchado y ahora debes irte tú.
Michele se tomó unos instantes para sopesar aquellas palabras. Un instante para poner cada cosa en su justa perspectiva y devolver su vida a los cauces que él había decidido.
—Fuera de aquí. Los dos. Tengo que vestirme.
Hubo un momento de indecisión en el gitano y en Yleana, que no se daba cuenta de lo que estaba sucediendo.
—¡Fuera, rápido! —gritó Michele rabioso.
Ambos salieron en silencio. Se vistió con mucho cuidado para que no se le saltaran los puntos del hombro. Cogió de su vieja ropa ensangrentada el dinero que se había llevado del apartamento del abogado, se quedó con mil euros y el resto lo metió en la caja que había dejado el doctor, cogió los blísteres y metió la caja en el cajón de la mesilla. Quitó la funda a una de las almohadas y metió dentro un jersey limpio, las medicinas y las vendas. Se lavó la cara en el lavabo, suspiró profundamente y salió de la habitación.
El joven Olban lo esperaba listo junto a la puerta, manteniéndose a la debida distancia de Yleana. Aquel chico era menos estúpido de lo previsto, pensó Michele. La moldava estaba sentada a la mesa de la cocina, donde habían comido juntos poco antes. Entrelazaba nerviosa los dedos. Su pequeño sueño de libertad había muerto y no le quedaba otra que resignarse a los palos de los Olban e hincarse de rodillas ante la habitual fila de clientes.
Michele no quería perder tiempo, algunas cosas es mejor hacerlas cuanto antes.
—Podemos irnos —dijo al gitano, que abrió la puerta y comprobó el descansillo.
Se acercó deprisa a Yleana, que, con la cara cárdena y los ojos rojos, se levantó para despedirse.
—Gracias por haberme curado y por darme las medicinas —dijo en voz alta de manera que el gitano lo oyera.
Luego la abrazó, le dio un beso fraternal en la mejilla y le susurró al oído:
—Creo que tú también deberías tomar mis medicinas. Están en el cajón de la mesilla.
Ella estaba confundida.
—¿Me has entendido?
La muchacha asintió haciendo un mohín, tratando de no romper a llorar ni a gritar.
Michele se reunió con el gitano en la puerta, lanzó una rápida mirada a sus espaldas para contemplar su grácil figura y su melena de pelo castaño y por fin se marchó.
Subieron a otro coche. No al habitual Mercedes, sino a uno más discreto. Era un Yaris común gris, aunque por el ruido se veía que el motor estaba trucado. Salieron de Génova en dirección a Savona, en unos instantes Michele perdió la orientación y, honradamente, se la sudaba saber exactamente dónde pudiera encontrarse. Cogieron la autopista y una sucesión infinita de túneles iluminó de luces trémulas el interior del coche.
Impasible cerró los ojos y se recostó en el asiento, necesitaba no pensar en nada. Aunque solo fueran cinco minutos, cinco minutos de no pensar en nada en absoluto.
—Vamos a la frontera con Francia —le dijo el hijo de Olban.
Michele volvió a abrir los ojos resignado a no tener paz, se dio cuenta de que no conocía el nombre del muchacho, pero decidió no preguntárselo. No era necesario saberlo. Y él tenía que limitarse solo a lo necesario. Cortar las ramas secas y todo aquello que le ralentizaba, le pesaba o le distraía de su objetivo. Todo. Cualquier maldita cosa.
—¿Cuánto queda para llegar?
—Dos horas para el sitio que te digo. Cruzamos la frontera, tú te bajas y yo me vuelvo, que como mínimo la policía ahora mismo está destrozando mi campamento buscándote.
Había rencor en las palabras del muchacho, pero a Michele ni le importaba una mierda ni mucho menos le hacía sentirse culpable. Así que el deseo de pegar a aquel capullito que se divertía atemorizando a Yleana volvió a abrirse paso con fuerza en su interior.
—¿Te ha dado algo tu padre para mí?
—En la guantera.
Michele abrió. Estaba envuelta en un paño de cocina. Una pistola, calibre 9, número de registro raspado, culata desgastada y rayada. Daba la impresión de que en vez de haberla usado para disparar lo habían hecho para clavar clavos. Una mierda, pero tenía que aguantarse. Con el pulgar presionó el botón sobre la culata, justo bajo el seguro, y sacó el cargador. Una rápida mirada a través. Lleno. Quince balas. Perfecto. Al menos esto iba bien.
Otra cosa. Junto a la pipa había un sobre de plástico transparente con un billetero de piel artificial. Dentro, un carné de identidad estropeado y gastado, expedido a nombre de un tal Lorenzo Bacchi, empleado de Avellino. Estatura, ojos y color de pelo se correspondían, pero Lorenzo Bacchi no tenía cara.
—¿Y con esto qué cojones quieres que haga?
—La foto te la iban a hacer mañana, cuando ya no tuvieras pinta de cadáver, pero no ha dado tiempo. Tranquilo, no es nada grave. El carné es bueno, original, te haces una foto de carné en Francia, en las máquinas automáticas. En el billetero tienes también los pequeños pernos de cobre que usan los ayuntamientos para fijar las imágenes al papel. Y tienes la película adhesiva para poner sobre la foto. Si te esfuerzas, el trabajito artesanal lo puedes hacer tú mismo. No será de primera, pero para andar por Francia basta y sobra. Y te aconsejo que estropees la foto un poco, si no, parecerá demasiado nueva.
Michele no estaba para nada convencido, pero no tenía elección. Por otra parte, en absoluto lo necesitaba para subir en un avión. Lo del vuelo a España era solo una capullada que se había inventado para distraer al abogado y sus ganas de charla. Su objetivo siempre había sido otro y ahora se estaba acercando.
Envolvió de nuevo la pistola y los documentos en el paño de cocina y lo metió todo en la funda que había cogido en casa de Yleana.
Una vez en Francia tendría que tratar de adecentarse si no quería que la policía le tomara por un mendigo y le pararan cada cinco minutos. Debía ponerse a tono para el gran final.
Se dejó llevar suspirando profundamente y al fin se relajó. La oscuridad lo envolvía todo y tenía algo de tranquilizador, como si no poder ver supusiera una ventaja. Una intangible protección en espera del futuro. El joven encendió la radio y, sin decirlo en voz alta, ambos pasajeros decidieron que no se hablarían más hasta llegar. El coche avanzaba veloz hacia la frontera.