5 de mayo de 1875. Delfina Ortíz está en el trance del parto. Se encuentra preocupada, pues ya ha perdido tres hijos: su primogénito, bautizado con el nombre de su padre, murió antes de cumplir dos años; y unos gemelos que murieron casi al nacer. Ya tuvo un varón, bautizado también con el nombre de su padre. Y ahora está a punto de dar a luz un bebé más.
Sabe Delfina que su vida está en peligro, por lo que manda a su marido, en ese entonces presente en casa, a buscar a la partera. En esta zona de Veracruz, hay pocos médicos. De cualquier modo, muchos confían más en la medicina tradicional que en la moderna.
El esposo de Delfina va buscando a la partera. María Auxiliadora no está en la casa en la que vive y atiende. No le dan razón de dónde localizarla. Se preocupa. Ve pasar una niña y le pregunta si sabe dónde está. La niña lo niega, pero dice que le preguntará a su abuela, que espere. Entra en una de las pequeñas casas del pueblo, contigua a la casa de la partera. La espera le parece interminable.
En este día de primavera hace calor. La vegetación ha crecido y floreado con el cambio de estación. Los intensos aromas de las plantas, en particular los de la huerta, llegan hasta la calle. La tardanza, incómoda, se suaviza ante este ambiente.
Sale la niña.
—“Señor, que dice mi abuela que le dijo María Auxiliadora que iba a atender un parto acá cerca, pasando el río, por si alguien la buscaba con urgencia. ¿Quiere que lo lleve?”.
—“Estaría bien, hijita”.
—“Venga, sígame”.
Y allí tienen a aquel hombrón, preocupado por su esposa parturienta, siguiendo a una niña que no tiene prisa al caminar. El hombre se desespera, pero sabe que le están haciendo un favor de vida o muerte, así que procura serenarse. No le es fácil, porque sabe que el tiempo apremia.
Llegan a la casa en donde dicen que está María Auxiliadora. Toca el hombre a la puerta, y no pasa nada. Se desespera, y vuelve a tocar. Nada. Le dice la niña:
—“Déjeme ver por qué no abren”.
Y con su finita complexión, se cuela entre la casa y la huerta, pasando en medio de las plantas que hacen las veces de barda. Se pierde al fondo de la casa.
El hombre espera afuera, nervioso. No deja de caminar de lado a lado frente a la puerta.
Tras un rato que parece eterno, la puerta se abre. Sale una señora.
—“Dispense la espera, pero María Auxiliadora está ayudando en un parto ahorita mismo y no puede salir. Dice que acabando acabando, se va con Usted. Que no se mueva. Aquí está su hija”. La niña sale con un pan en la mano.
—“Oiga, ¿y no puede venir ahora mismo? Mi esposa está en peligro y yo creo que puede esperar un poco este caso”.
—“No sea imprudente, en cuanto acabe se va con usted. Y disculpe que no lo deje pasar, pero habemos puras mujeres y además una está en trabajo de parto. No es propio que un señor entre en la casa en estas condiciones, y menos que vea eso. Aquí espérese y no moleste”.
El hombre hace una mueca de disgusto, pero aún así le azotan la puerta en la cara. No le quedará más que esperar. Repara en la pequeña niña que le ha servido de guía y está parada entre él y la puerta que se acaba de cerrar.
—“Toma hija, gracias por tus servicios” —y le da una pequeña moneda de cobre.
—“No es necesario. Debemos ayudarnos unos a otros. Eso dice la tradición”.
—“Insisto, por favor. No sabes lo importante que es para mí esto. Ya hemos perdido tres hijos y no creo que mi esposa aguante que perdamos otro. Hasta nos fuimos de mi Oaxaca natal, por si era el clima lo que nos afectaba” —y metiendo la mano a la bolsa, sacó más monedas.
—“Gracias señor. Que su hijo nazca con bien y viva una vida larga y feliz”.
Al escuchar la bendición de la pequeña, se conmueve. Recuerda que el peligro de que su bebé muera es real; y le mueve el corazón la actitud de la niña.
—“Espero que sea una niña tan dulce y buena como tú. Gracias en verdad”.
La niña le sonríe y se aleja rumbo a su casa. Le sorprende al hombre que una pequeñita así esté sola en la calle, y más a estas horas. ¿No debería estar en la escuela?
Sigue haciendo guardia frente a la casa por mucho tiempo. Recuerda sus tiempos de soldado, en los que mantenerse firme por horas era parte del trabajo. Se inquieta y se acerca a la puerta; quiere tocar, para preguntar si falta mucho. Pero se acuerda de la actitud de la mujer que le atendió: no le gustaría volver a hacerla enojar.
A lo lejos por la calle aparece un anciano. A paso cansino se va a acercando. Para el varón que espera, ese caminar le hace angustiarse más: es más lento el anciano que el reloj, y vaya que este camina muy poco a su parecer.
El anciano se acerca despacio al hombre, y le lanza una larga mirada. Éste la corresponde, primero como reto, y luego con curiosidad. ¿Qué tanto le ve el viejecito?
—“Te estaba esperando”, le dijo.
—“¿Perdón? Yo estaba aquí, y usted va llegando. No sé por qué dice que me espera o qué quiera de mi”.
—“Te estaba esperando. Te busqué en Oaxaca, y me dijeron que habías venido a Veracruz. Que tu esposa cree que tus hijos han muerto porque ustedes son primos y no obtuvieron la dispensa adecuada. Así que vine a buscarte aquí. Ha sido un largo tiempo”.
El hombre cambió la actitud. Estaba sorprendido.
—“¿Y por qué me espera?”.
—“En realidad no es a ti, sino a alguien como tú. ¿Serás tu a quien debo esperar, o es a otro?”.
—“No le entiendo”.
—“Es porque no conoces. Y los que no conocen buscan y buscan, y no encuentran. Tú no has encontrado aún”.
—“¿Y cómo sabe que no conozco, igualado?”.
—“Porque si supieras el valor que tienes, lo harías valer”.
La frase, cual acertijo, lo dejó confundido.
—“Por mucho tiempo has buscado quién eres y qué tienes que hacer. Has sido seminarista y abogado, soldado y político. Haz sido patriota y liberal. Te ofrecieron ser diplomático y no quisiste. Has destacado a nivel local y nacional, y aún así nada te llena”.
El hombre estaba sorprendido. ¿Quién era este personaje que tenía enfrente?
—“¿Y sabes por qué? Porque olvidas quién eres. Porque no quieres reconocer quién eres”.
—“¿Y quién soy yo? Y peor, ¿quién es usted que me increpa así?”.
—“Yo soy uno de los cuatro Guardianes de la Tradición. Cuido el saber ancestral de nuestro pueblo Mixteca. Y tú has olvidado que eres uno de nosotros”.
El hombre voltea a verlo con otra actitud. Se nota más reservado, pero también con un dejo de respeto que no había mostrado.
—“Yo no he olvidado de dónde vengo”.
—“Entonces demuéstralo. Demuéstramelo a mí, al mundo… y a ti mismo. Si eres un Guerrero Mixteco, tiene que notarse. Debes luchar por lo correcto y lo justo, no solo por riquezas o por gloria. Eso pasa. Lo que hagas de bien por los demás, queda. Y si tu deber es dar ejemplo, ¡deberás darlo!”.
—“¿Cómo es eso?”.
—“Mira a Cuauhtémoc. Sabía que estaba arruinado. Que iba a perder la guerra. Que su pueblo iba a sufrir. Que iba a ser torturado y humillado antes de morir. Pero no dejó de guiar. Hizo aguantar a su pueblo lo más posible. Los impulsó. Y, lo más importante, no dejó que se perdiera su cultura y tradición. Dio ejemplo. ¿Puedes tú hacer lo mismo?”.
El hombre bajó la cabeza. Cerró los ojos.
—“Está bien. Lo haré”.
Al ver el cambio de actitud del soldado, el anciano tomó un aire grave, y empezó a tratar con más distancia y dignidad a su interlocutor.
—“Ahora, con convicción. Aunque lo derroten, aunque falle, ¡luche! No se rinda, no se deje derrotar. No viva triste y apocado. ¡Viva conforme a su destino!”.
—“¡Está bien, lo haré!”.
El hombre se veía transformado, era otro. Rememoraba sus momentos de triunfo. Como cuando apoyó al general Zaragoza en la batalla del 5 de mayo de 1862. O como cuando guió al Ejército Mexicano a una victoria sobre el invasor francés el 2 de abril de 1867. Se notaba que sería un gran líder.
El Guardián de la Tradición Mixteca le dice al General:
—“Tendrá una niña. Llámela Luz Victoria, en recuerdo de la victoria del 5 de mayo en Puebla y en previsión de las victorias que vienen. Esa será una gran conmemoración nacional y para los mexicanos más allá de las fronteras. Este impulso que es su nueva hija le traerá mucha luz, si lo hace bien. Podrá lograr nuevos triunfos. Piense en Luz Victoria cuando lo haga. Trabaje por ella y por todas las nuevas generaciones. Y no olvide, General Porfirio Díaz, que usted ayudó a salvar la identidad nacional, al evitar la invasión francesa. Conozca más los valores y tradiciones de nuestras culturas nativas, y aplíquelos. Recupere la memoria del pueblo Mixteco, al que usted pertenece. Recuerde a los mayas, a los olmecas, a los aztecas. Conozca sus principios. No deje que se olvide el ejemplo de Cuauhtémoc. Él fue derrotado y padeció afrentas y suplicios en sus últimos años, pero hoy su legado sigue presente. Vea la bandera por la que usted luchó y ganó: tiene el águila azteca en su centro. Sus enemigos no lograron que se olvidara nuestro pasado. Ese esfuerzo extraordinario en condiciones difíciles es un gran legado. No lo olvide. Trabaje por el futuro. Hay en su legado una gran fortuna para quien lo encuentre. Busque el tesoro de Cuauhtémoc. Le garantizo mucho éxito si lo hace” —terminó el anciano antes de marcharse.
El General quedó como ausente. La reflexión del anciano lo dejó pensando, sin preocuparse de nada más. No supo cuánto tiempo quedó allí, en la calle, viendo al anciano alejarse.
Salió María Auxiliadora de la pequeña casa.
—“Todo estuvo bien. Es un niño. Venía de nalgas, pero pude acomodarlo y sacarlo con bien. Ahora sí, ¿a dónde dice que tenemos que ir, señor?”.
El 10 de enero de 1876 Porfirio Díaz emitió el denominado Plan de Tuxtepec, llamando a una revuelta en contra del Presidente Sebastián Lerdo de Tejada, alegando (acá transcrito respetando la ortografía original):
“Que la República Mexicana está regida por un gobierno que ha hecho del abuso un sistema político, despreciando y violando la moral y las leyes, viciando á la sociedad, despreciando á las instituciones, y haciendo imposible el remedio de tantos males por la vía pacífica; que el sufragio público se ha convertido en una farsa, pues el presidente y sus amigos por todos los medios reprobados hacen llegar á los puestos públicos á los que llaman sus "Candidatos Oficiales", rechazando á todo ciudadano independiente; que de este modo y gobernando hasta sin ministros se hace la burla más cruel á la democracia que se funda en la independencia de los poderes; que la soberanía de los Estados es vulnerada repetidas veces; que el Presidente y sus favoritos destituyen á su arbitrio á los Gobernadores, entregando los Estados á sus amigos, como sucedió en Coahuila, Oaxaca, Yucatán y Nuevo León, habiéndose intentado hacer lo mismo con Jalisco; que á este Estado se le segregó para debilitarlo, el importante cantón de Tepic, el cual se ha gobernando militarmente hasta la fecha, con agravio del pacto federal y del derecho de Gentes; que sin consideración á los fueros de la humanidad se retiró á los Estados fronterizos la mezquina subvención que les servía para defensa de los indios bárbaros; que el tesoro público se dilapida en gastos de placer, sin que el Gobierno haya llegado á presentar al Congreso de la Unión la cuenta de los fondos que maneja”.
Imposible no coincidir con la molestia porfirista —y más tras notar que, casi 140 años después, la cosa ha cambiado relativamente poco en todo lo que critica.
Aunque el Plan de Tuxtepec directamente no tuvo éxito, sí contribuyó casi un año después a la renuncia de Lerdo de Tejada y a que se convocara a una elección presidencial extraordinaria. Por tercera vez, Porfirio Díaz se postularía como candidato. Y, por primera vez, ganaría el cargo por la vía democrática. En buena medida, porque otro famoso oaxaqueño, Benito Juárez, había muerto y no pudo postularse. Él le había ganado en las dos ocasiones anteriores.
Posteriormente, el 5 de mayo de 1878, tras celebrar el segundo cumpleaños de su hija Luz Victoria en su casa de la calle de Moneda número 1, el entonces presidente Porfirio Díaz asistió a la ceremonia de colocación de la primera piedra del Monumento a Cuauhtémoc, que tardaría otros nueve años en construirse.
Con ese acto buscaba tres cosas: consagrar el 5 de mayo como conmemoración nacional, en recuerdo de la Batalla de Puebla, que había ayudado a ganar durante la Intervención Francesa; conmemorar un año exacto de su primer gobierno tras haber ganado la elección extraordinaria de 1877 y festejado su toma de posesión el 5 de mayo de 1877 (aunque tomó la oficina desde febrero)… y cumplir su compromiso con el anciano guardián de la tradición de honrar la memoria de Cuauhtémoc y de utilizar su legado en la construcción de un mejor país.
Por su parte, la pequeña hija de Don Porfirio, Luz Victoria Díaz Ortíz, nacida aquel 5 de mayo de 1875, viviría hasta los 90 años de edad y dejaría nueve hijos.