CAPÍTULO OCHO


—“No es posible… no es posible… No entiendo qué hicieron…” —Moctezuma sigue contrariado, dando vueltas al interior del Palacio de Axayácatl. Sabe que fuera del palacio hay una multitud molesta, dudando si debe asaltar el edificio y sacar a los españoles allí escondidos, o respetar la decisión del Huey Tlatoani. También sabe que, dado que fue un ataque a traición contra población desarmada, es una violación del marco legal. No puede dejarla impune. Pero tampoco se quiere enemistar con Cortés, quien regresó con más tropas y mejor equipado. Y si bien recibió noticias de que estaba desautorizado para negociar a nombre del Rey, la verdad es que en estos meses de convivencia la elocuencia del personaje le ha conquistado.

Ahora, si es incapaz de controlar a sus propias tropas, es demasiado débil para tomarlo en serio. Y si lo hicieron de mutuo acuerdo, aprovechando la ausencia de Cortés para poder esquivar la responsabilidad si algo saliera mal, es una fuerte traición. El Huey Tlatoani se debate sobre lo que debe hacer.

—“Que venga mi Cihuacóatl”.

El Cihuacóatl es el principal consejero real. La etimología del término es “mujer-serpiente”, porque se dice que debe ser tan dulce y suave como la mujer (cíhuatl), y tan astuto y mortal como la serpiente (cóatl). En los tiempos de su antecesor, Moctezuma Ilhuicamina, fue Tlacaélel, su Cihuacóatl, el que logró conformar la Triple Alianza, hacer una reforma religiosa y hasta definir la estética del arte azteca, pues influyó en la creación de trabajos monumentales, como el Calendario Azteca Tonalpohualli o Piedra del Sol y la Coatilcue, entre otras. 

Pero también Tlacaélel colaboró con el diseño del Imperio Azteca propiamente dicho: creó el esquema de que los aliados tributaban al imperio, preservando parte de los pagos en graneros y bodegas locales, para atender a los aliados en caso de desastre; y el modelo de ir elevando el pago entre más se oponían a aliarse al imperio, incluso llegando a arrasar hasta la muerte a pueblos enteros, con mujeres y niños incluidos.

Tras la fuerte presión, muchos optaban por aceptar su incorporación al imperio muy rápido y sin uso de tropas. No de balde logró en menos de 30 años crear un dominio que abarcaba desde el Trópico de Cáncer hasta Nicaragua, y cubriendo de costa a costa a toda Mesoamérica. Testimonio de ello es uno de los pocos códices que quedaron, la “Matrícula de Tributos” o padrón de los pagos que cada pueblo aliado o capturado debía enviar al Imperio Azteca. Y aunque había bastas zonas del territorio en que no tenían dominio pleno, presencia si tenían.

—”Señor, a sus órdenes”.

—“Sabes que estoy perplejo por lo que ha pasado. No entiendo porqué el Señor Malinche se atrevió a hacer lo que hizo. No lo entiendo”.

Curiosamente a Hernán Cortés le llamaban “Señor Malinche” y no por su nombre; tal vez porque La Malinche siempre estaba junto a él. Y más ahora que casi dominaba el idioma español, por lo que rara vez ya estaba con ellos Jerónimo de Aguilar. Vaya que la influencia de Malinalli era fuerte.

—“¿Cree Usted que él lo hizo, Señor?”.

—“¿Quién si no?”.

—“Usted es hombre sabio y justo. Sabe auscultar los corazones y las mentes de los hombres”.

—“Pero ellos son muy distintos a nosotros”.

—“Aún así, no dejan de ser hombres. Observe y piense, mi señor… ¿Quién se beneficia con esto?”.

—“Pues… nadie. ¿Quién puede beneficiarse con esta atrocidad?”.

—“Si hubiera salido bien, en ausencia del Señor Malinche, alguien tendría ahora el mando y el oro. Y si sale mal, la culpa es del Señor Malinche. Alguien trató de ganar traicionando”.

—“¿Es posible eso?”.

—“Entre nosotros, no. Pero ellos tienen a su Dios principal muerto en una cruz, y lo entregó uno de sus amigos. Sí que los creo capaces…”.

—“Eres hábil, mi Cihuacóatl”.

—“Estoy para servirle, Mi Señor. ¿Ya sabe qué hará?”.

—“No. Pero sé que puedo actuar como si el Señor Malinche no fuera culpable directo, aunque sí es el responsable. Mándalo traer”.

—“Enseguida, señor”.

La verdad es que el propio Moctezuma tenía miedo de perder la confianza en Cortés. Ya, incluso, había consentido dejar bautizar a una de sus hijas, Ichcaxóchitl Tecuichpo —la que después sería conocida como Isabel Moctezuma, quien se casó cinco veces, dio a luz una hija ilegítima de Cortés (Leonor Cortés Moctezuma), e incluso se le llegó a reconocer un tiempo el cargo de Emperatriz de los aztecas, aunque sin mando. Esta noche ella tiene 9 años, y poco después contraerá matrimonio con su tío Cuitláhuac. Pero hoy es solo la mayor preocupación de su padre el Huey Tlatoani: teme por la vida de su hija consentida.

—“Majestad, dígame en qué puedo servirle”.

—“Señor Malinche, Usted sabe por qué quiero verlo”.

—“No lo sé, pero aquí estoy” —mintió.

—“Sabe Usted lo que pasó este día en nuestro Templo. Fue mancillado y agredido, y muchos de mis súbditos murieron”.

—“Estoy enterado, sí, Señor”.

—“Quiero que nos entregue al responsable de esta masacre. Será juzgado y pagará con su vida”.

—“¡No puedo consentir eso! Será castigado, pero por nosotros”.

—“Es Usted un embajador, y sabe que eso le obliga a acatar nuestras leyes. Entregará al responsable y se le castigará conforme a la ley. Esa es mi voluntad”.

—“Majestad, eso no puedo consentirlo”.

—“Está bien, si esa es su decisión, deberá abandonar de inmediato nuestra ciudad y nuestro territorio. Ya no será bienvenido aquí. Hemos terminado las relaciones de nuestros dos reinos”.

Cortés crispó los puños. No podía consentir hacer eso, pero tampoco tenía la fuerza suficiente para oponerse a ello. A cambio de salvar sus planes aceptó, con mucho trabajo, la propuesta que le hacía Moctezuma.

—“Está bien, Señor, le entregaré al capitán Pedro de Alvarado para que sea juzgado. Pero tengo una condición a cambio de ello”.

—“No sea insolente, no está en posición de condicionarme nada. ¡Le recuerdo que soy el Huey Tlatoani!”

—“Disculpe, Señor. Es una petición, no una condición”.

—“Dígame y veré si le concedo la gracia que me pide”.

—“Debe calmar al pueblo. Debe decirles desde la azotea de este mismo palacio que se hará justicia y que no deben atacar a ninguno de mis soldados. Y solo Alvarado será castigado, no muerto”.

—“Veremos que dicen los ancianos y el juez sobre su sanción; no puedo prometerle nada. Pero puedo hablar con mi amado pueblo y pedir que perdone a los demás. Una tuna podrida puede dañar las otras, y por lo visto, Alvarado es de esas tunas”.

—“Agradezco su magnificencia, Señor. Pero hay que hacerlo pronto, que el gentío está a punto de salirse de control”.

Ese era el mayor miedo de Cortés: con el emperador y su grupo cercano, Hernán podría ejercer influencia; pero no podría controlar a un multitud. Y carecía de fuerza para imponerse, si el pueblo no se dejaba guiar. Estaba en real peligro. Confiaba en sus habilidades de abogado para, con ayuda de Malinalli, ganar el juicio en contra de Alvarado. Pero ahora le urgía ganar tiempo. Muertos no podrían evitar la condena para uno solo. Era importante, primero, calmar los ánimos; después, salvar la vida de sus soldados, incluyendo el traidor Alvarado. Y no porque le importara defender un concepto de nacionalismo, o de defensa de sus tropas, o salvarlo porque sí: quería torturarlo y matarlo él mismo, porque estaba a punto de destrozar sus sueños de grandeza y conquista, y lo iba a hacer de la peor manera posible. Pero no podía y no deseaba hacerlo ante los aztecas: tenía que ser lejos de la vista de sus potenciales enemigos. Y tendría que ser un castigo ejemplar, para que nadie jamás volviera a atreverse a actuar sin órdenes directas de Cortés.


Moctezuma salió a la azotea del Palacio de Axayácatl. Un par de pasos atrás, a su derecha, estaban Cortés y Malinalli. A su izquierda, su hijo Chimalpopoca, su sobrino Cuitláhuac y su Cihuacóatl.

—“Amados míos, mis hijitos: Me duele mucho lo que han pasado. Su dolor es mi dolor, sus lágrimas son mías”.

El reverencial silencio en la plaza era sobrecogedor. La multitud chocaba en las emociones: estaba a la vista el Huey Tlatoani, a quien el pueblo llano rara vez podía ver directamente. No en balde era descendiente directo del Sol, y como Sumo Sacerdote, podía hablar con los dioses. Pero detrás de él estaban los Castilla, el Señor Malinche. Los responsables del ataque de ese día.

—“Quiero decirles que he hablado con el Señor Malinche, y tiene mucho dolor y pesadumbre en su corazón. Él estaba fuera de la ciudad, y ha aceptado entregarnos al responsable de estos hechos para que sea juzgado y castigado conforme a su atroz delito”.

Aún así, la muchedumbre guardaba silencio. Aguantaba el coraje. Confiaba en su líder.

—“Tráiganlo” —dijo Moctezuma.

Cortés volteó a ver al Huey Tlatoani. Era un riesgo que señalaran a Alvarado como el responsable de esa matanza, en público, ante sus propias víctimas. Trató de llamar su atención tomándole de la mano, pero Moctezuma la retiró.

Pedro de Alvarado apareció, escoltado por dos Caballeros Tigre, atadas las manos a la espalda. 

—“Este es Tonatiuh, es el responsable de lo ocurrido y será severamente castigado por su insolencia”.

La multitud rompió el silencio con un violento grito. El odio y el dolor se encarnaron en esas voces masivas. “Mátenlo ya, muerte al asesino” —empezaron a corear desde la plaza. 

—“Debemos demostrar piedad y respeto a la ley. He dicho que será juzgado y así será. No quedará impune, pero no lo ejecutaremos sumariamente. Cumpliremos la ley”.

El mensaje de justicia y paz no es bien recibido. De las paredes y el empedrado del piso empiezan a arrancar pedruscos. Y estos vuelan en dirección a Alvarado. Están a punto de apedrearlo a muerte, ante el Huey Tlatoani.

“Basta. Basta hijitos. He dicho que será juzgado, y se le castigará conforme a la ley”.

Pero las piedras no cesan. Son tantas y con tan mal tino, que apenas alguna golpea al acusado. Pero otro objeto descalabra a Moctezuma. La sangre empieza a brotar de su frente.

Alvarado se sacude y logra desatar sus amarras. Toma la daga que siempre porta en su cinto, y que inexplicablemente no le retiraron sus guardias, y por la espalda ataca a Moctezuma. 

El Huey Tlatoani cae muerto. Nunca sabremos si fue la daga traidora o el efecto de la descalabrada. Guardias e invitados se repliegan hacia el patio del Palacio. Cuitláhuac se agacha y toma un objeto esférico del suelo antes de retirarse.

—“Han matado al Huey Tlatoani, traidores, traidores, asesinos” —los gritos en la plaza crecen en clamor. Otros dicen “No, se ha retirado nada más. Lo hemos ofendido”. Los guerreros aztecas que esperaban órdenes empiezan a llenarse de la misma furia que el resto de las personas. Con el Huey Tlatoani muerto, y aparentemente por un ataque español, no hay control posible.


—“¡Pero qué has hecho, maldito malandrín! ¡Ya había yo arreglado tus fallas, y ahora vienes a agravarlas! ¡Desgraciado, desgraciado, maldito…!” —es Cortés encarando a Alvarado.

—“Hice lo que debimos hacer hace mucho: acabar con el idólatra y someter a su pueblo. Ahora sí, acabemos con esta conquista y dominemos todo”.

—“¡Pero si ya casi la teníamos! Montezuma me había pedido que bautizara y cuidara a sus hijos. Esto ya estaba resuelto… ¡Y vienes tú con tu cabeza dura a arruinarlo todo!”.

Cuitláhuac no atendía esa discusión, no sólo porque se hacía en español, sino porque intentaba ayudar a su hermano. Poco se podía hacer por él: ya estaba muerto. Pidió a la servidumbre que ayudaran a preparar la habitación principal para el funeral.

—“Pero voto a Dios, Alvarado, que esto no se va a quedar así. Tendremos que prepararnos para resistir un asalto a este Palacio, y buscaremos huir en la noche. Hacerlo ahora es muy peligroso. Y usted, usted maldito desgraciado, usted será el responsable de la retaguardia. Nadie, nadie podrá quedar detrás de Usted. ¿Me está oyendo Capitán Alvarado?”.

—“Sí, Señor. Pero prepárese: he matado a un emperador. Con facilidad podría acabar con un Capitán General… aunque sea mi superior”.

Hernán Cortés vio la fría mirada de quien había sido, hasta esa noche, uno de sus hombres de mayor confianza. Y sabía que no mentía. A partir de entonces, cuidaría mucho el adagio de “ten a tus amigos cerca, pero a tus enemigos más cerca”. Y sí, deseaba que acabara pronto ese grave peligro en el que estaba en ese momento, para poder dedicarse, con toda calma y sin prisas, a su venganza. 

La conquista por la vía diplomática acabó esa misma noche. A partir de entonces, sería una guerra de astucia y recursos que llenaría de dolor y destrucción al Imperio Azteca en los años por venir.