32
Había ocasiones (y ésta era una de ellas) en que a Hendricks le molestaba que sus guardaespaldas lo siguieran como si fueran su propia sombra. Le molestaba pensar que sin duda estarían especulando sobre lo que le había impulsado a volver como alma que lleva el diablo a su casa en mitad de un día de trabajo. Y sobre todo le molestaba que lo estuvieran observando desde detrás de las ventanas tintadas mientras él se dirigía a su jardín de rosas, se ponía de rodillas y empezaba a rebuscar.
Uno de ellos, Richards, pensó, salió de su coche y se acercó adonde estaba arrodillado.
—Señor, ¿se encuentra bien?
—Perfectamente —dijo Hendricks con aire distraído.
—¿Hay algo que pueda hacer?
—Puede regresar a su coche.
—Sí, señor —dijo Richards tras una breve pausa.
Hendricks, tras mirar por encima del hombro, vio a Richards hacer un gesto de indiferencia e indicar a sus compañeros que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo su jefe. El secretario de Defensa siguió buscando y trató de calmarse, pero descubrió para su horror que las manos le temblaban incontrolablemente. En el momento en que había cogido la tarjeta de Skara y visto la rosa impresa en ella, tuvo la seguridad de que ella había dejado la tarjeta para que la encontrara. Sólo él comprendería el significado de la rosa.
«Estoy en mi viaje final»
Tenía miedo de que Skara fuera a hacer algo irrevocable. No podía imaginarla suicidándose, pero sabía muy poco de ella. Y sin embargo, extrañamente, sentía que la había conocido toda la vida. Resultaba un completo misterio para él cómo alguien podía convertirse tan rápidamente en parte de su vida. Se le había metido bajo la piel y, alojada allí, se negaba a marcharse. Su súbita desaparición sólo lo hacía más agudamente consciente de lo que la necesitaba.
«Estoy en mi viaje final.»
¿Iba a hacer algo terrible, un acto final que de un modo u otro acabaría con su vida? Éste era el escenario que lo aterrorizaba.
«Estoy en mi viaje final.»
Hendricks se había convencido a sí mismo de que ella le había dejado una pista de lo que estaba a punto de hacer, que quería que la detuviera, que era el único con capacidad para hacerlo. Quería creer desesperadamente que sentía por él lo mismo que él sentía por ella. ¿No lo había dicho en el DVD? Pero albergaba el recelo de que hubiera sido una actuación, de que ella no hubiera revelado realmente lo que había en su oculto corazón, y que ahora él no lo sabría nunca, porque dentro de días, o incluso horas, su vida se extinguiría como la llama de una vela.
Las temblorosas manos de Hendricks estaban cubiertas de tierra, las uñas manchadas de suciedad. Tras empezar por el lado izquierdo del rosal, se abrió paso metódicamente hacia la derecha. En la base de cada planta sus dedos excavaban la tierra, esperando encontrar algo que ella hubiera enterrado allí para que él lo encontrara después de su marcha. Pero llegó al último rosal y, tras excavar, no encontró nada.
Se sentó en cuclillas, apoyando las muñecas en las rodillas mientras contemplaba las flores. Amaba sus rosas, sus colores y aromas, pero ahora todo lo que veía eran espinas. Quizás esta vez una rosa era sólo una rosa. No quería creerlo, pero tenía que hacerlo, porque no había nada más en que creer.
Sus ojos se llenaron de amargas lágrimas y, avergonzado y desesperado, se cubrió la cara con las manos sucias.
Boris estaba ilocalizable. Bourne lo buscó entre los muertos y moribundos, pero no encontró ningún rastro de él, cosa por la que se sintió profundamente agradecido. Tampoco halló al jefe del SVR, Konstantin Beria. Se preguntó brevemente dónde habrían ido, pero tenía que atender sus propios planes.
—Llevo tres años siguiendo a Semid Abdul-Qahhar —dijo Rebeka mientras salían de la sinagoga por donde ambos habían entrado—. Emplea media docena de dobles que se parecen a él y hablan igual que él. Suelen ser los que aparecen en público. Semid Abdul-Qahhar puede verse en los mensajes grabados periódicamente que su gente envía a Al Jazeera. He estudiado esas cintas con detalle. Sé qué aspecto tiene el verdadero Semid Abdul-Qahhar. Virtualmente, nadie fuera de su círculo de lugartenientes lo sabe.
El hecho de que pudiera haber dobles cambiaba radicalmente los planes de Bourne. Boris le había dicho que Semid Abdul-Qahhar estaba en Damasco. Ahora le parecía que la sinagoga era una estratagema. Si de eso se trataba, entonces sabía que el líder de la Mezquita tenía que estar en El-Gabal. Esto tenía muchas implicaciones, sobre todo que la fase de planificación del ataque terrorista había terminado y había comenzado la fase de operaciones. Bourne tenía poco tiempo para infiltrarse en El-Gabal, colocar las tarjetas SIM clonadas y hacer estallar las cargas de las doce cajas de rifles de asalto FN SCAR-M Marca 20 que don Fernando había amañado.
Quería ir a El-Gabal solo, pero ahora se daba cuenta de que tener consigo a Rebeka era vital. Sólo ella podía reconocer a Semid Abdul-Qahhar. Si estaba de verdad en el edificio de la compañía, Bourne no iba a dejar pasar la oportunidad de matarlo. Semid era el verdadero peligro. Con El-Arian muerto, ahora era el corazón y el alma de Severus Domna: sin su apoyo, la organización quedaría tan severamente debilitada que Soraya, Peter y su equipo podrían encargarse de ella. Pero si de algún modo Semid sobrevivía, su dominio sobre Domna sería absoluto, y con sus miembros situados en posiciones legítimas en los negocios y la política, el potencial de Semid para lanzar ataques terroristas se expandiría de manera exponencial. Bourne no podía permitir que eso sucediera.
Cuando llegaron a la calle, le explicó a Rebeka todo lo referente a El-Gabal y cuáles eran sus planes.
—Creo que Semid Abdul-Qahhar está allí. Sé cómo entrar, igual que tú sabías cómo entrar en la sinagoga sin ser vista —concluyó—. O estás conmigo o nos separamos aquí.
Había que reconocer que ella no vaciló ni un instante. Cogieron un taxi hasta la estación de trenes, donde él abrió una taquilla y sacó una mochila con todo lo que había comprado antes. Rebeka lo observó con el fantasma de una sonrisa en los labios.
—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Bourne cuando salieron de la terminal.
—En realidad nada. —Ella se encogió de hombros—. Sólo que yo tenía razón y mis supervisores estaban equivocados. —Su sonrisa se hizo más amplia—. No fue ninguna coincidencia que estuviera trabajando en tu vuelo de Madrid.
—El Mosad me estaba siguiendo.
—¿Crees que soy del Mossad?
Él no respondió mientras la guiaba por las anchas calles que conducían a la avenida Choukry Kouatly. Los dos vestían ropas sirias, así que nadie les prestó atención. La cabeza de Rebeka estaba completamente cubierta por su hijab.
—Te he estado siguiendo —dijo ella—. Cuando identifiqué la conexión entre Semid Abdul-Qahhar y Severus Domna, supe que nuestros caminos iban a cruzarse. Tu nombre falso no me engañó: había visto tu foto y la cotejé con las que tenemos en nuestros archivos.
—Así que no te importó que te dejara tirada.
—Sinceramente, me lo esperaba.
—Te debo la cuenta.
Ella sonrió.
—Yo invito.
—Ahora te invito yo a venir conmigo.
Ella se rio en voz baja.
—Todo lo que mis superiores creen saber de ti está equivocado.
—Dejémoslo así —dijo él.
Veinte minutos más tarde habían llegado a la zona donde se hallaba el complejo de El-Gabal. Las luces estaban encendidas, aunque eran más de las dos la madrugada. Bourne, agazapado en las sombras, observó el aumento de los guardias y la actividad. La zona de carga y los alrededores rebosaban de hombres armados. Los camiones no habían descargado todavía, pero los primeros llegaban por la calle. Bourne tenía menos tiempo de lo que había creído, una hora, quizá menos.
—¿Estás seguro de que podremos entrar? —dijo Rebeka, oculta en las sombras junto a él—. El edificio está repleto de guardias armados.
Bourne descorrió la cremallera de la mochila.
—Obsérvame —dijo.
Boris estaba sentado en un café abierto las veinticuatro horas con una pierna apoyada en lo alto de una silla. El médico que había levantado de la cama para que limpiara y vendara su herida le pidió una escandalosa suma de dinero, aunque lo conocía de visitas anteriores. A Boris no le importó.
Cuando dejó la sinagoga, pasó una mareante media hora buscando a Beria por las calles adyacentes a Bab Touma. Su corazón era un pozo negro donde quería enterrar al director del SVR. Entonces, como si alguien pulsara un interruptor, algo cambió. Posiblemente era el dolor, que se había vuelto tan intenso que apenas podía apoyarse en la pierna izquierda, y, sin adrenalina ya, se sintió abrumado por el cansancio. Beria podía esperar; tenía que cuidar de sí mismo.
Ahora, sentado con una taza de denso café turco sazonado con cardamomo y un platito de empalagosos dulces, se metió unas pastillas en la boca (un analgésico y un antibiótico), y, con una mueca, se las tragó en seco. Sorbió el café, que le calentó el corazón y el alma, y observó el intermitente ir y venir de la gente en la calle.
Tras pensarlo un poco llegó a la conclusión de que interrumpir su persecución tuvo poco que ver con el dolor: había soportado cosas mucho peores y había seguido adelante. Sentía que su cambio de opinión se debía, en realidad, a su breve encuentro con Jason Bourne, que le había dejado claro que sus vidas (la suya y la de Jason) no tenían que basarse únicamente en una cadena de afrentas y desquites. Podía, de hecho, haber un elemento humano en su existencia y, después de todo, eran los amigos como Jason, aunque Jason fuera el único para él, los que hacían que su vida fuera soportable. Brevemente, pensó en el americano, preguntándose dónde estaría. No importaba: no estaba en disposición de ayudarlo. Además, Jason trabajaba mejor cuando estaba solo.
Suspiró y le dio un mordisco a uno de los dulces, conservándolo en la boca mientras las capas de hojaldre finas como el papel se disolvían y la miel se derretía en su lengua. No quería convertirse en un Ahab moderno. Se había hecho promesas a sí mismo, cierto, pero su cumplimiento podía esperar a otra ocasión, a otro lugar.
¿No era la venganza un plato que se servía mejor frío?
Bourne sacó el cable eléctrico y el zapapico de la mochila y ató el mango a un extremo del largo tramo de cuerda. Se levantó y se alejó varios pasos de Rebeka. Los dos se hallaban en la penumbra de la sombra proyectada por un grupo de palmeras reales. Tenían delante el ala oeste del edificio de El-Gabal y, más allá, un banco, oscuro y ominoso. Las luces de seguridad destellaban en todas las esquinas del edificio, pero había una estrecha franja de sombra en el centro del costado de uno de los lados.
Cuando Bourne empezó a hacer girar la cuerda con el zapapico en el extremo, Rebeka entendió lo que iba a hacer.
—Puede que haya guardias en el tejado —dijo.
—Cuento con ello.
Ella le dirigió una mirada intrigada.
Bourne esperó hasta que el rugido del tubo de escape del camión atravesó la noche, y entonces giró el zapapico por encima de su cabeza y lo soltó, viendo cómo se alzaba hacia la noche y aterrizaba en el tejado. El sonido que pudo hacer fue engullido por el rumor de los camiones. Tiró de la cuerda, atrajo el zapapico hacia él hasta que su cabeza curva se enganchó en una grieta entre el tejado y el bajo antepecho. Se cargó la mochila a la espalda y, sin decir otra palabra a Rebeka, inició el ascenso por la franja de pared a oscuras.
Cuando estaba a mitad de camino, ella agarró la cuerda y empezó a subir tras él. El ruido de los camiones había cesado, obligándolos a vigilar en extremo cualquier ruido que pudieran hacer. Bourne llegó al antepecho, se agarró a él con una mano y se alzó lo suficiente para echar un vistazo. Había dos guardias. Uno se encontraba en el centro de lo que parecía ser una enorme diana pintada en la azotea. Alrededor de su circunferencia había una serie de pequeñas luces LED que brillaban con fuerza. El segundo guardia estaba al fondo del tejado, con las manos en el antepecho mientras se asomaba y contemplaba la actividad de la zona de carga.
Bourne se lanzó por encima del parapeto y aterrizó en la azotea. Un momento más tarde, Rebeka se unió a él.
—Tienen un helipuerto aquí arriba —le susurró ella al oído—. Las luces están encendidas porque deben de estar esperando un helicóptero.
Él asintió.
—Parece que el auténtico Semid Abdul-Qahhar va a marcharse volando.
A un lado del helipuerto había una escotilla de cristal lo bastante grande para que hombres y material pudieran pasar del edificio al helicóptero, o viceversa. Era una cómoda solución para llegar y partir con rapidez. Bourne le indicó a Rebeka que se encargara del guardia del fondo mientras él se ocupaba del que estaba en el helipuerto.
La azotea, recubierta de gravilla, estaba salpicada de tarimas, depósitos de agua, respiraderos, casetas de ascensor y dispositivos de aire acondicionado. Bourne fue sorteando las diferentes estructuras. Esto era la parte fácil porque podía mantenerse oculto en las sombras que proyectaban. El círculo de luz de las LED ya era otro cantar. Cuando se detuvo a descansar tras la caseta del ascensor, cogió un guijarro de gravilla y lo lanzó contra un depósito de agua que había a seis metros a su derecha.
El guardia volvió la cabeza al instante y, echando mano a su AK-74, se dirigió con cautela al lugar donde la gravilla había golpeado el depósito. Lo rodeó. Cuando le dio la espalda, Bourne cruzó corriendo el espacio que los separaba, saltó sobre la espalda del guardia y, rodeándole el cuello con los brazos, se lo rompió. Dejó caer el cuerpo flácido y le arrancó el arma automática de las manos inertes.
Rodeó el depósito de agua y se dirigió a la parte trasera del tejado. Vio al segundo guardia tendido en la grava. Sobre él se alzaba Rebeka, pero no estaba sola. Un tercer guardia, oculto a ambos hasta ahora, se le acercaba. Como no quería disparar su arma, Bourne corrió hacia ella, pero en el instante en que el tercer guardia estuvo a su alcance, Rebeka se dio media vuelta, apartó de un manotazo el cañón de su AK-74, le dio un puñetazo en la barriga y lo agarró por la garganta. El hombre se echó hacia atrás, esforzándose por disparar su arma para así alertar a los guardias de la zona de descarga. Rebeka se vio obligada a soltarle la garganta para hacer que tirara el rifle de asalto. Cuando el arma cayó al suelo, algo que destelló en su mano acabó enterrado en el cuerpo de la joven. Rebeka deslizó su brazo por el del hombre, retorció con fuerza y le rompió el codo. El guardia gruñó, sus rodillas cedieron y ella le golpeó con el canto de la mano en la base de la nariz, hundiendo el cartílago en su cerebro. El hombre se desplomó, muerto antes de que su cuerpo alcanzara la grava.
Bourne alcanzó a Rebeka. Ella le sonrió, luego sus ojos se desenfocaron y cayó en sus brazos, la cabeza hacia atrás, el rostro vuelto hacia la noche estrellada. Él vio la densa negrura, sintió el cálido fluir de la sangre que manaba de la herida de cuchillo en su costado. Ella jadeaba con los labios entreabiertos.
La colocó en el suelo y empezó a abrirle la ropa para ver la gravedad de su herida.
—No te molestes —dijo ella—. Tienes que cumplir una misión. No seré yo el motivo de que no lo hagas.
—Cállate. —Los dedos de Bourne se movieron rápida y expertamente por la herida. Era profunda, pero no pudo encontrar ninguna evidencia de daño en los órganos. Esto era bueno, naturalmente, pero ella seguía perdiendo sangre a gran velocidad. Si no actuaba inmediatamente, moriría desangrada. Rasgó en tiras su túnica y la vendó con tanta fuerza como pudo. La sangre dejó de manar durante un momento, pero luego empezó a filtrarse a través del tejido.
—Escúchame —dijo ella con voz urgente—, el auténtico Semid Abdul-Qahhar tiene un tic en la comisura exterior del ojo derecho. Verás latir un músculo diminuto. Es algo que sus dobles no pueden imitar.
Bourne asintió mientras la vendaba con otra capa de tela. Era todo lo que podía hacer.
—Ahora déjame —dijo ella.
Con todo, él vaciló.
—Vamos. —Rebeka le ofreció una sonrisa tensa—. Sé cuidar de mí misma. Pertenezco al Mosad.
—Volveré a por ti.
La sonrisa se volvió sardónica.
—No, no lo harás. Pero gracias, de todos modos.
Bourne se incorporó y miró por encima del antepecho. Las puertas de la zona de carga estaban abiertas. Tenía que llegar al alijo de cajas cargadas antes de que las subieran a los camiones.
Sin mirar atrás, corrió hacia la escotilla que conducía al interior del edificio. Se quitó la ropa y se puso el uniforme del guardia que había matado. Luego escrutó la escotilla. A través de ella pudo ver un almacén, que por el momento estaba oscuro y desierto. Una escalera conectaba el suelo con un lado de la escotilla. No le sorprendió ver un cable de alarma en el borde. Al instante, supo que sin ventosas para sostener el cristal en su sitio después de cortarlo, el cortador de cristal no serviría de nada. Soltó la mochila y sacó el cuchillo de hoja ancha. Metió la punta de la hoja en la base de la escotilla, donde se encontraba con la grava. La punta se rompió, dejando el extremo convertido en algo más parecido a un destornillador que a un cuchillo.
Los goznes de la escotilla estaban en el lado opuesto de la escalerilla. Usando la punta rota de la hoja, Bourne soltó los tornillos lo suficiente para alzar la escotilla. Encontró el cable de alarma, usó el cuchillo para cortar el aislante en dos mitades y luego envolvió los extremos pelados del cable eléctrico en los puntos pelados para mantener el circuito intacto mientras extendía el alambre conector. Luego levantó la escotilla lo suficiente para poder colarse a través de ella. Saltó al suelo del almacén, encontró la puerta y salió a un largo pasillo que se extendía a derecha e izquierda. Frente a él había un muro bajo. Al asomarse, pudo ver toda la estructura del almacén. Buscó las doce cajas alargadas y las divisó casi al instante a la derecha. A la izquierda estaban las puertas abiertas que conducían a la zona de carga. Estaban sacando las primeras cajas para cargarlas en los camiones. Bourne pasó diez segundos memorizando el trazado del almacén, luego encontró la escalera más cercana y bajó rápidamente.
Los pisos superiores no fueron ningún problema: todo el mundo estaba en la planta baja supervisando la carga del material bélico. Todavía no había ni rastro de Semid Abdul-Qahhar, pero Bourne estaba seguro de que no andaría muy lejos. Ese cargamento era demasiado valioso para que dejara su envío en manos de sus subordinados.
Se encontró con el primer guardia en la primera planta. El hombre lo saludó, pero cuando Bourne pasó de largo, lo agarró por el brazo izquierdo.
—¿Dónde está tu arma? —dijo.
—Aquí mismo —respondió él mientras hacía chocar la cabeza del guardia contra la pared. El hombre puso los ojos en blanco y se desplomó. Bourne cogió el AK-74 y continuó su camino. A juzgar por el ritmo de la carga, calculó que tenía diez minutos para colocar las SIM y salir del edificio antes de enviar la señal electrónica que haría volar el lugar por los aires.
El segundo guardia estaba apostado a un lado al pie de la escalera. Saludó desinteresadamente con la cabeza cuando el americano bajó el último escalón. Bourne pasó ante él, se giró y enterró la culata del AK-74 en el vientre del hombre. El guardia se dobló y él le dio un culatazo en la nuca. Después de arrastrar el cuerpo hasta las sombras, se encaminó hacia la ruta que lo llevaría rápidamente a los dos montones de FN SCAR-M, Marca 20 manipulados.
Pasó un minuto precioso mezclándose con el puñado de hombres, dirigiendo a un grupo para que se apartaran de las cajas de don Fernando y fueran hacia un grupo de cajas de madera que había al otro lado del suelo de hormigón. Tenía doce tarjetas SIM clonadas, una para cada caja. El anciano había sido bastante concreto y había insistido en que tenía que colocar las tarjetas en el lado de las cajas. Las diminutas SIM tenían un dorso adhesivo. Todo lo que Bourne tenía que hacer era quitar la película que las cubría y adherirlas en su sitio. Ya había colocado seis cuando una voz imperiosa exclamó:
—¡Eh, tú! ¿Qué estás haciendo?
Bourne se volvió para encontrarse ante un hombre que se parecía a Semid Abdul-Qahhar. Había salido de detrás de una pared de cajas que al parecer no tenían previsto enviar esa noche.
Los ojos de Semid se entornaron cuando examinó a Bourne.
—No te conozco.
—Me asignaron al almacén esta mañana.
Semid asintió con la cabeza a los dos hombres que habían aparecido detrás del estadounidense. Apoyaron las bocas de sus AK-74 en la espalda de Bourne y lo hicieron avanzar hacia detrás de la pared de cajas.
—No han reasignado a nadie a El-Gabal esta mañana —dijo Semid—, ni ningún día de esta semana.
Se acercó más mientras uno de sus hombres despojaba a Bourne de sus armas.
—¿Quién eres? Lo más importante, ¿cómo has entrado en el edificio? —Como Bourne no respondió, sonrió—. Bueno, trataremos de eso en el momento en que la carga esté terminada.
Bourne agarró el brazo del guardia que tenía a la derecha y dobló la cintura, derribando al hombre. Dio un golpe con el canto de la mano a la muñeca del otro guardia y, con la mano del gatillo claramente entumecida, le arrancó el AK-74 y lo golpeó en la cabeza. El primer guardia, tras retroceder, cargó contra el americano con la cabeza baja, pero su cara entró en contacto con la rodilla derecha, algo crujió y el tipo se desplomó.
Bourne se volvió hacia la derecha y se encontró ante el cañón de la Makarov que Semid apoyó contra sus dientes. Estaba tan cerca que pudo ver el diminuto espasmo en la comisura de su ojo derecho.
—No te muevas —dijo el árabe en voz baja y feroz—, o te volaré los sesos. —Cacheó a Bourne con gran precisión y experiencia—. Las manos a los costados.
Como no encontró nada, se inclinó hacia delante, de tal forma que su nariz casi tocó la de Bourne. El abrumador olor a clavo lo inundó.
—No tienes nada más que hacer aquí. Dentro de cinco minutos este lugar estará desierto, a excepción de los muertos, entre los que estarás tú también.
El tiempo se acababa rápidamente. Era ahora o nunca. Bourne se echó a reír y se metió una mano en el bolsillo.
—¿Qué estás haciendo? Saca la mano de ahí. —Semid Abdul-Qahhar agitó la Makarov ante su cara—. Despacio.
Bourne hizo lo que le ordenaba.
—Abre la mano.
El agente americano así lo hizo. Cuando Semid Abdul-Qahhar le agarró la mano y se inclinó para mirar con más atención, la Makarov osciló un poco, y Bourne metió entre los dientes de Semid uno de los dientes falsos que llevaba. Casi en el mismo instante le golpeó con el canto de la mano la barbilla, obligándolo a cerrar la boca. El diente falso se rompió y la cápsula de cianuro inundó la boca de Semid Abdul-Qahhar, que tragó convulsivamente para no ahogarse. Al instante abrió los ojos de par en par y alzó la Makarov. Bourne lo estaba esperando y le arrebató la pistola. Semid trató de agarrarlo por el uniforme para sostenerse, pero no pudo y cayó de rodillas. Bourne le soltó los dedos. Una baba azul asomó por la comisura de la boca de Semid. Emitió sonidos sin palabras, la materia de las pesadillas. Entonces sus ojos se nublaron y Bourne le dio una patada y lo arrastró tras un hueco en la pared.
Tras salir de la pared de cajas, colocó las últimas seis tarjetas SIM en su sitio. Cuatro hombres venían en su dirección. Bourne pulsó 666 en el teclado del móvil. Tres minutos hasta que el edificio y todo lo que había en él fueran reducidos a cenizas.
—Hay que llevar esto al camión —le dijo Bourne a los hombres.
El que iba en cabeza frunció el ceño.
—Creía que tenían que quedarse aquí.
—Cambio de planes —dijo Bourne con cortante voz autoritaria que todos los soldados obedecen automáticamente—. Órdenes del propio Semid Abdul-Qahhar.
El hombre se encogió de hombros y llamó a sus compañeros. Dejaron a un lado las cajas de don Fernando y se pusieron a trabajar en las de detrás. Bourne se enfrentó ahora a una decisión crucial. Si salía de la zona de carga y dejaba atrás a los guardias para ir a la calle trasera, dejaría abandonada a Rebeka, y no podía hacer eso.
En cuanto los tres hombres levantaron la primera caja, Bourne giró sobre sus talones y rehízo sus pasos, cruzó la planta, subió las escaleras y llegó a la plataforma descubierta que conducía a la habitación de suministros con su escalerilla hasta el tejado y la más larga pero preferible ruta a la seguridad.
Abrió la puerta y entró en la habitación para encontrarse con una pequeña Beretta plateada del calibre 22 apuntándole. Parecía idéntica al arma con la que Viveka Norén le había apuntado en Frecuencias, la discoteca de Estocolmo, hacía años. Empuñándola había una hermosa mujer de pelo rubio y con los ojos claros de Viveka. Era exactamente igual que Kaja, pero por su formidable expresión y la forma en que se comportaba no podía serlo. Era su hermana gemela, la peligrosa Skara de personalidad múltiple.