5
—¡Maldición! —Peter Marks descargó un puñetazo contra el volante mientras estaban detenidos ante un semáforo en rojo.
—Tranquilo, chico —dijo Soraya—. ¿Qué te reconcome?
—Está mintiendo. —Peter apretó el claxon con la palma de la mano—. Está pasando algo y Hendricks no nos está diciendo qué.
Ella lo miró con aire de superioridad.
—¿Y te das cuenta ahora?
—Esa chorrada que me ha dicho de que necesita que me quede aquí. Ha resucitado Treadstone con tu red de ultramar para… ¿qué? ¿Para que podamos ser las niñeras de los otros servicios clandestinos? Es una jodida patraña, no hay nada real. —Sacudió la cabeza—. Hay algo que no quiere que sepamos.
Soraya contuvo una réplica mordaz y pensó un momento en lo que Peter suponía. Los dos habían trabajado juntos durante varios años en la CI. Se confiaban sus vidas mutuamente. No era poca cosa. Y los instintos tenían mucho que ver con su confianza mutua. ¿Qué había visto o sentido Peter que ella había pasado por alto? Siendo sinceros, ella estaba tan contenta por haber recibido permiso para investigar el atropello en París que no había prestado demasiada atención a lo que sucedió después. Una tontería por su parte.
—¡Eh, más despacio, vaquero! —gritó cuando él esquivó la parte trasera de un camión—. Me gustaría vivir al menos hasta esta noche.
—Lo siento —murmuró Peter.
Al ver que estaba verdaderamente inquieto, ella preguntó:
—¿Qué puedo hacer para ayudar?
—Ve a París, pon en marcha la investigación sobre tu colaborador asesinado, descubre quién demonios lo mató.
Ella lo miró con escepticismo.
—No me gusta dejarte en este estado.
—No tiene por qué gustarte.
Ella le tocó el brazo.
—Peter, me preocupa que vayas a hacer alguna estupidez.
Él la fulminó con la mirada.
—O algo peligroso.
Peter tomó aire.
—¿Crees que cambiaría algo si estuvieras aquí?
Ella frunció el ceño.
—No, pero…
—Entonces sube al primer avión para París.
—Estás planeando algo.
—No.
—Maldición, conozco esa mirada.
Él se mordió la mejilla.
—Y antes de marcharte, ¿por qué no le haces una llamada a Amun?
Soraya se alegró inmediatamente, pensando que él la necesitaba. Pero al pensarlo mejor vio lo bien fundado de su sugerencia.
—Puede que tengas razón. Amun podría proporcionarnos una perspectiva diferente sobre este misterioso grupo.
Sacó el móvil y escribió un mensaje: «LLEGO A PARÍS MAÑANA POR LA MAÑANA. ASESINATO. ¿PUEDES?»
Descubrió que su corazón latía con fuerza. No había visto a Amun desde hacía más de un año, pero sólo ahora, al contactar con él, se daba cuenta de lo mucho que lo había echado de menos: su brillante sonrisa, su toque certero, su inteligencia.
Frunció el sueño. ¿Qué hora era en El Cairo? Casi las diez y media de la noche.
Mientras calculaba, el móvil zumbó: había llegado un mensaje. «LLLEGO A PARIS 8:34 HORA LOCAL, PASADO MAÑANA».
Soraya sintió un calor que inundaba su cuerpo. Flexionó las manos.
—¿Qué pasa? —preguntó Peter.
—Me cosquillean las yemas de los dedos.
Él echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
Essai llevó en su coche a Bourne, dejando atrás el campamento de Corellos. Los faros encendidos iluminaban el camino de tierra a través del denso Bosque de Niebla de Chicaque, pero una luz azul rosada se colaba ya entre las ramas, arrancando sombras del terreno. Los cantos de los pájaros, que habían estado ausentes durante la madrugada, se repetían de un lado a otro sobre sus cabezas.
—Nos dirigimos al oeste en vez de al este —comentó Bourne—. De vuelta a Bogotá.
—Vamos al aeropuerto regional de Perales —informó Essai—, donde yo tomaré un vuelo a Bogotá y usted se quedará con el coche. Tiene que ir al oeste, a Ibagué. Está en las montañas, a unos noventa kilómetros al suroeste de El Colegio.
—¿Y para qué quiero ir allí?
—En Ibagué buscará a un hombre llamado Esteban Vegas. Es miembro de Domna. Un eslabón débil de la cadena, podríamos decir. Iba a hablar con él para que desertara, pero ahora que está usted aquí espero que tenga más posibilidades que yo.
—Explíquese, Essai.
—Con mucho gusto.
Ahora que estaban lejos del campamento de Corellos, Essai parecía más relajado, casi jovial, si un término así podía aplicarse a un hombre taciturno como él y obsesionado con la venganza.
—En realidad, es sencillo. Para Severus Domna soy un paria, un traidor. Incluso con un hombre como Vegas, cuya lealtad al grupo es endeble, mi presencia sería problemática. De hecho, podía ser contraproducente y darle motivos para ponerse a la defensiva y ser intratable.
—Y como yo soy un desconocido —dijo Bourne—, Vegas se sentirá más inclinado a escucharme.
—Eso dependerá completamente de sus poderes de persuasión. Por lo que sé de usted, otro motivo excelente para que ocupe mi puesto.
Bourne pensó un momento.
—¿Y si habla?
—Sus datos sobre Domna estarán actualizados. Yo, por desgracia, llevo un tiempo desconectado. Ahora estoy ciego y sordo a los detalles de sus planes y conspiraciones.
—Vegas vive en mitad de ninguna parte —señaló Bourne.
—Lo primero de todo: el término «mitad de ninguna parte» no se aplica a Domna —replicó Essai—. Tiene ojos y oídos en todos lados. —Llegaron a una sección pavimentada de la carretera, pero tuvo que reducir la velocidad de forma considerable porque necesitaba urgentemente reparaciones y por todas partes había baches profundos que parecían capaces de romper un eje—. Segundo, aunque Vegas no sepa todo lo que necesitamos saber, tiene que conocer a alguien que sí lo sepa. Entonces su trabajo será encontrarlo y convencerlo para que nos dé información. Luego tomará un vuelo para salir de Perales. Allí le estarán esperando los billetes.
—Y mientras yo intento hurgar en los rincones oscuros de Domna, ¿qué hará usted?
—Idearé una distracción para cubrirle.
—¿Qué, exactamente?
—Será mejor que no lo sepa, créame. —Essai maniobró para sortear dos baches de asombrosa profundidad—. Hay un teléfono vía satélite en la guantera, cargado y listo para funcionar. También un mapa detallado de la zona. Ibagué está marcado claramente, igual que el campo petrolífero que dirige Vegas.
Tras inclinarse hacia delante, Bourne abrió la guantera y comprobó el contenido.
—Encontrará el número de mi móvil programado —continuó Essai—. De esa forma, siempre estaremos en contacto, no importa dónde nos encontremos.
Pasaron ante un barranco de paredes de roca pelada y, dos o tres kilómetros más adelante, se encontraron con una enorme cascada que caía por un acantilado rojo sangre con fuerza. Las copas de los árboles se volvieron bruscamente menos densas, más cargadas de luz, un código morse a través de la maraña de ramas.
Atravesaron la linde occidental del bosque. Un puñado de buganvillas que habitaban una muralla de piedra colonial se estremeció, desprendiendo el rocío de la mañana con los primeros débiles rayos de luz solar.
Bourne contempló el paisaje. Al este se extendía una cadena de montañas formidables, cubiertas por densos bosques. En un par de horas se encaminaría hacia allí.
—¿Qué puede decirme de ese tal Vegas?
—Es correoso, beligerante, a menudo intratable.
—Magnífico.
Essai ignoró el sarcasmo de Bourne.
—Pero tiene otra cualidad. Toda la vida se ha dedicado a la extracción de petróleo. Ha supervisado los negocios petroleros de la zona desde hace casi veinte años. Creo que a estas alturas por sus venas debe correr petróleo. En cualquier caso, es estrictamente práctico: cree en el trabajo duro, incluso ahora, que debe de tener sesenta años… o más. Bebe como una esponja, ha enterrado a dos esposas, perdió a su hija por culpa de un brasileño que la sedujo y luego la abandonó. No la ha visto ni hablado con ella desde hace treinta y tantos años.
—¿Hijos?
El árabe negó con la cabeza.
—Ahora vive con una joven india, pero que yo sepa no se ha quedado embarazada nunca. Aparte de eso, no sé nada más de ella.
—¿Qué no le gusta?
Essai le dirigió una mirada.
—¿Quiere decir qué le gusta?
—Es más importante saber que evitar decir o hacer —dijo Bourne.
—Comprendo. —El árabe asintió, reflexivo—. Odia por igual a comunistas y fascistas.
—¿Y a los capos de la droga?
Essai volvió a mirarlo, como si intentara descubrir adónde quería llegar con sus preguntas. Fue lo suficientemente listo como para no preguntar nada.
—Eso tendrá que averiguarlo usted.
Bourne pensó durante un momento.
—Lo que me parece interesante es que perdiera a su hija y ahora, cuando está en la situación perfecta para tener más hijos, no lo haga.
Essai se encogió de hombros.
—Demasiado dolor. Eso puedo comprenderlo.
—Pero ¿usted no…?
—Mi esposa es demasiado mayor.
—A eso voy. La mujer de Vegas no lo es.
Peter Marks vio a la jardinera subir a su cuatro por cuatro y salir de la casa de Hendricks. La había observado mientras regaba las rosas y luego las rociaba con un vaporizador. Había trabajado lenta, metódica, amablemente, murmurando a las flores como si les estuviera haciendo el amor. Se marchó en su coche sin mirar siquiera al personal de seguridad.
Los cuatro hombres asignados al secretario le preocupaban mucho a Peter. Si iba a seguir a Hendricks en un intento por descubrir qué escondía, tendría que permanecer fuera del alcance de su radar. Lo consideraba un desafío, más que un problema.
Siempre se había enfrentado a los desafíos sin dudarlo: se había encarado a ellos con un fervor que superaba a los mejores desde que era adolescente. No es que el padre Benedict, su párroco local, lo hubiera educado así, sino que había sacado lo mejor de él. Pero al contrario que los otros chicos a los que el padre había llevado a la parte de atrás de la sacristía para tomar vino consagrado y sexo, Peter se lo había contado a su padre. Tenía diez años cuando esto sucedió, pero era un niño precoz y quería denunciar públicamente al cura el domingo siguiente durante la misa.
Su padre se lo prohibió.
—Será mucho peor para ti que para él —le dijo a su hijo—. Todos lo sabrán y tú quedarás marcado de por vida.
No había posibilidad de confusión en el tono de advertencia de su voz. Peter había experimentado la magnitud de la ira de su padre y no estaba dispuesto a provocarla de nuevo.
Ese domingo, cuando fueron a la iglesia, otro sacerdote a quien Peter no había visto nunca antes ofició la misa. Se preguntó dónde estaba el padre Benedict. Después, en las escalinatas de la iglesia, bajo la luz del mediodía, oyó hablar a la gente. Habían atacado al padre Benedict por la noche cuando volvía a su casa. La frase más utilizada era «reducido a pulpa». Ahora se hallaba en estado crítico en el Hospital de las Hermanas de la Misericordia a ocho manzanas de distancia. Peter no fue a verlo, y el padre Benedict no regresó a su parroquia, aunque le dieron de alta seis semanas más tarde. En los años siguientes, nunca volvió a hablar del cura con su padre, aunque sospechaba que el sacerdote había sufrido la ira de su progenitor. Y ahora, naturalmente, era demasiado tarde para preguntarle qué había pasado: su padre había muerto hacía once años.
Los ojos de Peter se despejaron. Hendricks había salido de su casa. Un Lincoln Town Car había aparcado ante la puerta y el conductor se bajó y abrió la puerta para que subiera el secretario. Uno de los hombres de seguridad lo siguió. Otros dos subieron a su Ford sin indicativos y los dos coches se pusieron en marcha al mismo tiempo. Peter, evitando la mirada del cuarto hombre que quedaba atrás, empezó a seguirlos, acompañado por sus recuerdos.
En el instituto y la facultad había experimentado con chicos afines de su edad, teniendo siempre cuidado porque ésa era su naturaleza. Pero entonces se interesó por los servicios clandestinos y empezó a recibir los cursos adecuados. Cuando lo hizo, su tutor universitario cambió. Nunca lo había visto antes ni había oído hablar de él. De hecho, no pudo encontrarlo en la lista de administración de la facultad. Un día, el tutor lo llamó para charlar con él, con el objetivo de decirle que si realmente deseaba hacer carrera en los servicios clandestinos tendría que olvidarse de sus gustos sexuales.
El tema nunca volvió a plantearse, pero Peter, después de haber recibido el consejo y de leer caso tras caso de espías o gente en posiciones importantes que se veían comprometidos debido a sus tendencias sexuales, decidió que no quería convertirse en uno de esos desgraciados. Además, recordaba vivamente lo que le había sucedido al padre Benedict, así que se volvió mejor célibe que el cura.
Amaba a Soraya como la hermana que nunca tuvo, pero desde luego no estaba enamorado de ella. Se preguntaba si alguna vez había sentido celos por su afecto hacia Bourne. Descartó esa idea ahora. ¿Cómo podía haber estado celoso de Jason Bourne? No podría soportar tener la oscura vida de ese hombre.
Los coches salieron de las calles flanqueadas por árboles de Georgetown, dirigiéndose al este a través del corazón de Washington. Caía la tarde, llena de bruma e incertidumbre. Miró el reloj de su coche. En cualquier momento Soraya despegaría, para cruzar el Atlántico camino de París y de su encuentro con Amun Chalthoum. Peter había llamado a su amigo Jacques Robbinet para comunicarle los detalles de su visita. Robbinet, a quien había conocido a través de Jason Bourne, era el ministro de Cultura francés. Era también una de las nuevas luminarias del Quai d’Orsay, el equivalente francés a la Central de Inteligencia, y por eso detentaba un enorme poder tanto dentro de Francia como fuera. Robbinet le había asegurado que le prestaría a Soraya toda su ayuda para abrirse paso a través del nudo gordiano de la burocracia francesa.
Los dos coches redujeron la velocidad al acercarse a East Capitol Street. Dejaron atrás la Second Street, SE, y se detuvieron delante de la Biblioteca Folger Shakespeare, una de las instituciones más destacadas de la capital. Henry Clay Folger fue presidente de Standard Oil, ahora ExxonMobil. Estaba cortado por el mismo patrón que los grandes barones industriales/ladrones John D. Rockefeller, J. P. Morgan y Henry E. Huntington. Sin embargo, Folger pasó gran parte de sus últimos años amasando una sorprendente colección de First Folios de las obras de Shakespeare. Además, la biblioteca albergaba, en ediciones originales o facsímiles, todos los libros importantes sobre Shakespeare impresos desde finales del siglo XVII, incluyendo un ejemplar de cada libro de historia, mitología, y viajes que el dramaturgo pudiera haber tenido a su alcance. De hecho, la biblioteca poseía el 55 por ciento de todos los libros impresos en inglés antes de 1640. Pero las joyas de la corona de la colección eran los First Folios, la única fuente textual de más de la mitad de las obras de Shakespeare.
Mientras veía a Hendricks bajar de su coche a prueba de balas, Peter se preguntó qué estaba haciendo el secretario en la Folger. No creía que hubiera ido a escribir un ensayo sobre Shakespeare o sobre la Inglaterra de los Tudor y los Estuardo.
Aún más intrigante, ninguno de sus guardaespaldas lo acompañó hasta las escalinatas y el interior del edificio. Tras comprobar su reloj, vio que eran más de las cuatro, lo que significaba que el edificio ya estaba cerrado al público.
Peter conocía las instalaciones. Había una entrada lateral utilizada por el personal y, en ocasiones, el puñado de eruditos y becarios. Dio la vuelta a la manzana, aparcó, y se acercó a la puerta lateral, que estaba discretamente situada tras un seto recortado.
Gruesa y sólida, la puerta era de recio roble, tachonada de clavos de bronce del Viejo Mundo. A Peter le recordó la puerta de una fortaleza medieval. Se sacó una ganzúa del bolsillo. Desde que se quedó sin poder entrar en su apartamento hacía cinco años, siempre llevaba un par limadas por él mismo.
Treinta segundos más tarde estaba dentro y recorría un pasillo tenuemente iluminado que olía a aire filtrado y libros viejos. El olor, agradable y familiar, le retrotrajo a los días de juventud en que frecuentaba las tiendas de libros de segunda mano durante horas, buscando títulos, leyendo capítulos o incluso, en ocasiones, secciones enteras. A veces era suficiente sentir el peso de un libro en las manos, imaginarse a su antiguo yo, entre una biblioteca que él mismo había amasado.
Se mantuvo alerta a los becarios o los guardias de seguridad, pero no vio a ninguno. Atravesó salas llenas de libros en vitrinas de cristal reforzadas, recorrió más pasillos, silenciosos, con paneles de madera.
Gradualmente, empezó a oír un murmullo de voces y se volvió hacia esa dirección. A medida que se iba acercando, reconoció una de las voces: Hendricks. La otra persona que hablaba era también un hombre, la voz algo más aguda. Cuando se acercó aún más, le resultó vagamente familiar. El tono, la cadencia, las largas frases sin pausas. Y entonces, cuando cruzó la sala, las voces se hicieron tan claras que estuvo seguro de que procedían de la puerta abierta que daba a la sala siguiente. Una expresión concreta hizo que se detuviera.
El hombre con quien Hendricks estaba hablando era M. Errol Danziger, el vampírico jefe actual de la CI. Había despedido a Soraya, uno de los motivos por los que Peter había dimitido: había visto venir su caída en la CI. Y ahora estaba a punto de desmantelar la orgullosa organización que el Viejo había construido de los restos que le habían dejado aquellos que habían remodelado la OSS de tiempos de la guerra.
Peter se acercó con cuidado a la puerta abierta. Si Hendricks está preparando un trato con Danziger, pensó, no me extraña que no quiera que lo sepamos.
Ahora pudo oírlos claramente.
—¿… hará? —La voz de Hendricks.
—No podría decirlo —replicó Danziger.
—Quiere decir que no.
Un profundo suspiro, probablemente por parte del director de la CI.
—No comprendo esta necesidad suya de hazañas propias de escolares. ¿Por qué hemos tenido que vernos aquí? Mi despacho…
—No podíamos reunirnos en su despacho —dijo Hendricks—, precisamente por el mismo motivo que no fue invitado a la reunión en el Despacho Oval.
A estas palabras las siguió lo que Peter sólo pudo definir como un mortal silencio.
—¿Qué quiere de mí, señor secretario? —La voz de Danziger era tan carente de emoción que podría ser considerada robótica.
—Cooperación —respondió Hendricks—. Es lo que todos nosotros queremos, y al decir «nosotros» me refiero al presidente y a mí. En el asunto de Samaritano, soy su voz. ¿Entendido?
—Completamente —replicó Danziger. Pero incluso a esta distancia Peter pudo oír el veneno en esa única palabra.
—Bien —prosiguió Hendricks. A Peter le resultó imposible decir si había notado la amargura en la voz del director o si había decidido ignorarla—, porque no voy a repetirlo dos veces. —Hubo un suave sonido de roce—. El máximo interés de Samaritano es recabar información. Eso significa que incluso la gente que usted elija no lo sabrá hasta que lleguen a Indigo Ridge. Samaritano es la principal prioridad del presidente, lo que significa que a partir de este momento es también nuestra principal prioridad. Que su gente se reúna con los demás en Indigo Ridge dentro de cuarenta y ocho horas a partir de ahora.
—¿Cuarenta y ocho horas? —repitió Danziger—. ¿Cómo espera que…? Quiero decir, por el amor de Dios, mire esta lista. Lo que está pidiendo es imposible de movilizar en ese espacio de tiempo.
—Los directores tienen la misión de conseguir lo imposible. —La amenaza implícita de Hendricks quedó bastante clara—. Eso es todo, señor Danziger.
Peter oyó las pisadas de uno de los dos hombres resonando en el suelo de madera pulida y luego las del otro. Ambas se desvanecieron en la distancia.
Se apoyó contra la pared. Samaritano, Indigo Ridge…, dos pistas que tendría que seguir. Samaritano es la principal prioridad del presidente, pensó. ¿Por qué accedió Hendricks a que Soraya fuera a París? ¿Por qué no nos implicó en Samaritano? Peter sabía que había preguntas que tenía que contestar, y cuanto antes mejor. Sintió la necesidad de mandar un mensaje de texto a Soraya para informarla de lo que acababa de descubrir y pedirle que regresara a Washington, pero su confianza en ella lo detuvo. Si consideraba que esta muerte era lo bastante importante para investigarla personalmente, para él bastaba. Había descubierto que sus instintos eran impecables.
Entonces su mente se volvió hacia pensamientos más felices. Parecía que Danziger se hallaba ante un precipicio. Peter se sintió jubiloso, sobre todo porque tenía información muy valiosa. Cualquier cosa que pudiera hacer para sabotear la participación de Danziger en Samaritano, fuera la que fuese, sería un paso de gigante para destruir su carrera y echarlo de la CI.
¡Que le corten la cabeza! El grito silencioso de Peter rebotó como una bola de billar en su mente, ganando energía con cada sucesiva carambola.
Tras dejar a Essai en el aeropuerto, Bourne se detuvo en una cantina en las afueras de la zona occidental de Perales. Tenía hambre, pero también necesitaba tiempo para pensar. El lugar era cochambroso, con paredes de adobe. La luz fluorescente parpadeaba, y el ritmo de la antigua nevera contra una pared parecía errático. Había dos camareros, ambos jóvenes, delgados y agobiados. Mientras escrutaba la carta del menú, se fijó en las caras y las expresiones de los otros clientes, ancianos con pieles como pellejos curtidos que leían el periódico local, bebían café, hablaban de política o jugaban al ajedrez, una prostituta de aspecto agotado a quien se le había pasado la edad, y un hacendado que devoraba un enorme plato de comida. Las personas que se dedicaban a tareas de vigilancia tenían un porte distinto. Siempre había cierta tensión delatora en la espalda, el cuello o los hombros. Bourne también estudió a todos los que entraban o salían.
Como no encontró nada fuera de lo común, pidió de beber y una bandeja paisa con arepas. Cuando llegó la aguapanela (agua endulzada con azúcar de caña y un chorrito de lima fresca), se bebió la mitad de un trago y se puso cómodo.
«Hay un teléfono vía satélite en la guantera, cargado y listo para funcionar, —había dicho Essai—. También un mapa detallado de la zona. Ibagué está marcado claramente, igual que el campo petrolífero que dirige Vegas.» Eso lo entendía, pero el árabe había cometido un error cuando dijo: «Encontrará el número de mi móvil programado». Era completamente posible, incluso prudente, que Essai tuviera un móvil vía satélite de repuesto en casa, y el mapa era pan comido. Pero el hecho de que hubiera programado su número en el terminal que puso a su disposición le indicaba que no era un teléfono de repuesto. Bourne se preguntó si era posible que Essai hubiera sabido que lo habían enviado a buscar y matar a Corellos. Tal vez el propio Corellos se lo había dicho, pero, si era así, habría sido mucho después de que Essai pudiera haber conseguido un segundo teléfono vía satélite. Todo esto significaba que era probable que mintiera cuando decía que ya no podía conseguir información de Domna. Si era así, entonces tenía a un hombre dentro del grupo, alguien que le era leal.
Bourne nunca se había creído del todo la sinceridad de Essai, pero no dudó ni por un instante de su deseo de destruir a Severus Domna. En este asunto, ambos tenían el mismo objetivo, así que se necesitaban mutuamente. También necesitaban confiar el uno en el otro, pero la confianza estaba comprometida porque se reducía solamente al asunto de la desaparición de Domna. Después de eso, cualquier cosa era posible.
Llegó la comida, apetitosa y humeante. Bourne, súbitamente hambriento, empezó a comer, usando las arepas para mojar la salsa como si fuera una combinación de cuchara y tenedor. Mientras comía, siguió dándole vueltas al asunto en la cabeza. Estaba la cuestión de Domna alistando a Boris para matarlo. La historia era tan increíble que se había visto inclinado a rechazarla inmediatamente. Hasta que Essai le describió la trampa que Benjamin El-Arian había preparado para su amigo. Sabía que Boris quería ser jefe del FSB-2 más que ninguna otra cosa. En cierto modo, había dedicado toda su vida adulta a alcanzar ese fin. Era imposible saber qué habría hecho si le hubieran obligado a elegir entre conseguir su gran deseo y proteger a Bourne. Boris era su amigo, cierto, y él le había salvado la vida en la zona de guerra temporal del noreste de Irán, pero también era ruso de la cabeza a los pies y sus valores eran muy distintos a los suyos, lo cual hacía difícil predecir sus decisiones, si no imposible.
La idea de que, incluso en este momento, Boris podía estar dándole caza le hizo sentir un escalofrío que no pudo dispersar el ardiente calor de Perales. Sacó el teléfono vía satélite de Essai, lo colocó sobre la mesa y lo contempló durante un buen rato. Resistió la urgencia de llamar a Boris y preguntarle directamente qué había sucedido y en qué posición se hallaba. Eso sería un error imperdonable. Si era inocente, se sentiría mortalmente ofendido: de hecho, se mostraría mortalmente ofendido, aunque fuera culpable. Además, si Essai estaba diciendo la verdad, pondría a Boris sobre aviso, y él perdería una ventaja crucial.
Retiró el teléfono de la mesa como si fuera una pieza de ajedrez. No, pensó, lo mejor que podía hacer era avanzar paso a paso en la oscuridad. Estaba acostumbrado a hacerlo. Había surgido de la oscuridad de una vida desconocida a este mundo de sombras donde todo lo que tenía delante era negro como la noche. Había un dolor en su interior, la agonía de no conocer, con el que llevaba conviviendo tanto tiempo que a menudo olvidaba que estaba allí. Y sin embargo de vez en cuando volvía con la potencia de un tren expreso. Nada en su pasado era real, nada de lo que una vez había hecho o conseguido, nada de lo que había sentido, nadie a quien hubiera conocido o amado. Todo había sido anulado por su caída al vacío. Seguía buscando cosas que ahora era imposible hallar. Los fragmentos ocasionales que regresaban a él de vez en cuando sólo aumentaban su sensación de aislamiento e impotencia. A menudo, eran perturbadores en sí mismos.
Al instante vio de nuevo a la mujer en los servicios de la discoteca nórdica, la pátina de sudor en su rostro, la sonrisa sardónica, la boca de la pistola con la que le apuntaba. ¿De qué marca y modelo era? Se esforzó por recordar, pero todo lo que pudo ver fue su cara, carente de miedo e incluso de resignación. Sintió el cuello de piel contra sus mejillas. Ella había abierto la boca, separando aquellos labios rojos. Le había dicho algo en el momento en que la mató. ¿Qué era? ¿Qué había dicho? Tenía la impresión de que se trataba de algo importante, aunque no sabía decir por qué. Y entonces el recuerdo se alejó, de vuelta a la negrura de un pasado que sentía como si perteneciera a otra persona.
Perderlo todo, tu misma vida, era una agonía inenarrable. Bourne deambulaba en una tierra desconocida. Las estrellas del cielo formaban constelaciones extrañas, y nunca salía el sol. Estaba solo, la impenetrable oscuridad por delante su única compañía.
La oscuridad y, naturalmente, el dolor.