21      

Cualquier encuentro cara a cara con M. Errol Danziger le parecía absolutamente desagradable Christopher Hendricks, pero confiaba en que esta vez fuera diferente.

El teniente R. Simmons Reade, el servil ayudante de Danziger, apareció primero. Era un individuo delgado, con ojos de comadreja, actitud despectiva y modales de sádico sargento instructor de los marines. Los dos pasaban tanto tiempo juntos que, a sus espaldas, los conocían como Edgar y Clyde, una alusión maliciosa a J. Edgar Hoover y Clyde Tolson, la pareja de gays encubiertos más célebre de Washington.

Danziger daba el papel. Era bajito y, al contrario de sus días como agente activo, estaba empezando a echar barriga, clara señal de que le gustaban demasiado los filetes, las patatas fritas y el bourbon. Tenía la cabeza como un balón de fútbol americano y una personalidad que tenía mucho que ver con ese tipo de pelota: era un hombre duro, que siempre quería llegar a la línea de meta y tener la posibilidad de marcar un tanto. El problema se hallaba en sus constantes ascensos. Había sido mortífero en el trabajo de campo, casi brillante como subdirector de la Inteligencia de Señales para Análisis y Producción de la NSA, y un completo fracaso como director de la CI. No tenía ningún sentido de la historia, no sabía cómo funcionaba la CI, y, lo peor de todo, no le importaba. El resultado era muy parecido a intentar meter un taco en un agujero cuadrado. No funcionaba. La realidad, sin embargo, no había hecho nada para detener el apresurado saqueo de los sacrosantos salones de la CI por parte de Danziger.

—Bienvenido al despacho del director de la CI —dijo el teniente Reade con toda la pompa de un canciller de palacio—. Tome asiento.

Hendricks contempló la enorme suite de Danziger y se preguntó qué hacía con todo aquel espacio. ¿Jugaba a los bolos? ¿Hacía competiciones de tiro con arco? ¿Disparaba con su carabina de balines de Red Ryder?

Sonrió sin ganas.

—¿Dónde está su tiburón, Reade?

El hombre parpadeó.

—¿Cómo dice, señor?

Hendricks descartó la idea con un gesto.

—No importa.

Eligió el sillón en el que Danziger se había sentado la última vez que se reunieron aquí.

Reade dio un paso militar hacia él.

—Mmm…, ése es el sillón del director.

Hendricks se sentó, acomodando sus posaderas en el cojín.

—Hoy no.

El rostro del teniente se ensombreció y estaba a punto de decir algo más cuando su amo y señor entró en la habitación. Danziger llevaba un elegante traje de mil rayas, una camisa azul con el cuello y los puños blancos, pasados de moda, y una corbata de rayas formal. En la solapa llevaba una diminuta insignia con la bandera americana. Eso sí, su pausa al ver dónde se había sentado Hendricks fue minúscula. Con todo, el secretario no dejó de advertirla.

Obligado a sentarse en el otro sillón, hizo el gesto de recogerse las perneras de los pantalones sobre las rodillas, y luego estirarse los puños antes de murmurar una sola palabra.

—Me alegro de verle aquí, señor secretario —dijo con rostro serio—. ¿A qué debo este honor?

Naturalmente ya sabía por qué había ido, pensó Hendricks. Había acudido llorando a sus amigos generales del Pentágono, que habían acudido a su vez al presidente. ¿Quién es tu mami, Danziger?, pensó.

—¿Tiene su visita un componente de diversión? —preguntó el director de la CI.

—Ah, no. Sólo ha sido un pensamiento fugaz.

Danziger extendió las manos.

—¿Le importa compartirlo?

—Es un momento privado, Max.

M. Errol Danziger odiaba que lo llamaran por su nombre de pila, y por eso lo había reducido a una inicial.

Reade continuaba presente, pensando en hacerse las uñas, imaginó Hendricks.

—¿Tiene que estar aquí el chico?

Fue interesante, pensó Hendricks, ver cómo Danziger y Reade se encresparon exactamente en el mismo momento.

—El teniente Reade sabe todo lo que yo sé —replicó el director de la CI tras un momento.

Hendricks guardó silencio y, después de unos instantes, Danziger acató la orden. Alzó una mano al perezoso estilo de la realeza del Viejo Mundo, y tras dirigir una mirada asesina a Hendricks, Reade se marchó.

—No debería de haberlo avergonzado de esa forma —murmuró Danziger.

—¿Qué es eso, Max? ¿Una amenaza?

—¿Qué? No. —Danziger se agitó incómodo en su asiento—. Nada más lejos de la verdad.

—Bien. —Hendricks se inclinó hacia delante—. Escuche, Max, dejemos una cosa clara. No me agrada Reade, y desde luego me importan una mierda sus sentimientos. Por tanto, no quiero verlo ni hablar con él la próxima vez que nos reunamos. ¿Está claro?

—Perfectamente —repuso Danziger con voz ahogada.

Sin previo aviso, Hendricks se levantó dirigiéndose hacia la puerta.

—Espere un momento —dijo Danziger—. Ni siquiera hemos…

—El puesto es suyo, Max.

El director de la CI dio un salto.

—¿Qué? —Corrió detrás de Hendricks.

En la puerta, el secretario de Defensa se volvió hacia él.

—Quiere a Samaritano, es suyo.

—Pero ¿y usted?

—Estoy fuera, Max. He retirado a mi gente.

—Pero ¿qué pasa con el trabajo preliminar que han hecho?

—Destruido esta mañana. Sé que tienen ustedes su propia metodología. —Hendricks abrió la puerta, medio esperando que Reade tuviera pegada la oreja en ella—. A partir de ahora, está a cargo de la seguridad de Indigo Ridge.

Maggie oyó sonar el teléfono móvil encriptado incluso dormida. El tono de llamada era «La cabalgata de las valquirias». No era nada aficionada a Richard Wagner, pero le encantaba el ciclo del Anillo. Se dio media vuelta, los párpados pegajosos por el sueño. Tras regresar a su apartamento después del almuerzo con Christopher, se había metido en la cama para quedarse dormida al momento. Se hallaba en mitad de un sueño donde Kaja y ella estaban enzarzadas en la misma discusión que había definido prácticamente toda su infancia. De hecho, le dolía la garganta como si hubiera estado gritando en el dormitorio además de gritar en el sueño. Gritarle a Kaja no había funcionado nunca. ¿Por qué había continuado haciéndolo? Su relación, los secretos mutuos que conocían, hacían inevitable el conflicto. Si hubieran sido chicos, sin duda se habrían dado palizas. Ellas habían trabajado con lo que tenían, que era poquísimo, y al final no pudieron soportar verse. Si las circunstancias no las hubieran separado, se habrían alejado una de la otra de todas formas. Y sin embargo, en sueños Maggie echaba de menos a su hermana. Mikaela no aparecía nunca en ellos, pero Kaja sí. Y al verla, Maggie lloraba lágrimas de sueño, y su corazón de sueño se rompía. Pero sus conversaciones de sueño eran invariablemente agrias desde las primeras palabras: la bilis de dos hermanas que se amaban, pero no podían encontrar un punto en común. En los últimos días sus discusiones giraron en torno a su padre. Los recuerdos que tenían de él eran distintos, como si hubiera sido dos personas. Las discusiones, cada vez más amargas y vitriólicas, la entristecían además de enfurecerla.

Con «La cabalgata de las valquirias» resonando en su mente, se dio la vuelta y miró con hostilidad el teléfono móvil que estaba encima de la mesilla de noche. Sabía quién la llamaba: Benjamin El-Arian era la única persona que tenía ese número.

Se frotó con fuerza los ojos cerrados para obligarse a despertar del todo, pero ignoró la llamada. En cambio, miró las rojizas sombras de la noche que se extendían por el techo. Las valquirias dejaron de cabalgar a media nota. En medio del extraño silencio, Maggie pensó en Benjamin. Era un misterio cómo podía haberse sentido atraída por él. Parecía parte de otra vida, de otra persona.

América la había cambiado. Había viajado a muchos lugares del mundo, pero nunca antes había estado en Estados Unidos. Benjamin había plantado en ella la idea de América como algo corrupto y maligno, un país que se había vuelto débil tras una serie de derrotas militares y diplomáticas. Pero ella no tenía ninguna experiencia de primera mano donde basar esa idea. Ahora que estaba aquí, ahora que había pasado su tiempo junto a Christopher en el corazón del motor principal del capitalismo, como si dijéramos, había descubierto que América era dinámica y vital, y que estaba llena de emocionantes corrientes cruzadas de disentimiento. En resumen, era bastante agradable.

Ahora entendía cuán engañosa era la amarga visión antiamericana de Benjamin. Ella había fingido aceptarla, para acercarse a él, pero sólo ahora, tras haber entrado en contacto con el enemigo jurado de Benjamin, había comprendido la profundidad de su autoengaño.

Incluso ahora, después de haber pasado tanto tiempo con él, no sabía si él había mantenido sus extremos puntos de vista ocultos a los otros directores de Domna hasta que ocupó una posición de poder, o si Semid Abdul-Qahhar se los había contagiado después.

Ella despreciaba al líder de la Mezquita, un hombre movido por un odio tan puro e implacable que en su mundo no había sitio para el compromiso. Si existía el Mal en el mundo, Mal con mayúscula, como predicaba la Iglesia católica, estaba segura de que era cultivado y mantenido por ese tipo de odio.

Al principio la alianza entre los dos hombres la había confundido, pero gradualmente, por incidentes de los que había sido testigo, quedó claro que Benjamin estaba utilizando a Abdul-Qahhar como herramienta para mantener y consolidar su poder, y meter en vereda a los otros directores. Ella había visto qué le había hecho Abdul-Qahhar a un director que había sido lo suficientemente necio como para desafiar en público a El-Arian. Su cadáver había sido una visión tan diabólicamente repugnante que, para protegerse a sí misma, la había consignado inmediatamente al reino de las pesadillas. Sólo Jalal Essai, de todos los directores, había conseguido sobrevivir como disidente, y por eso El-Arian había ordenado a Marlon Etana que lo eliminase.

Ella era plenamente consciente del juego tan peligroso que estaba jugando con Benjamin, pero permaneció firme en su deseo de continuar el camino que había elegido. Sabía que a él le resultaba divertido tenerla bajo su domino, a ella, la hija de Christien Norén. Había sido meticulosa en su planificación, cuidando de darle lo que quería: alguien sometido a su voluntad. Su padre, que trabajaba en secreto para otra entidad, había traicionado a Domna. Era un pecado que Benjamin no estaba dispuesto a perdonar. Maggie comprendía que un día el pecado de Christien Norén le pasaría factura a ella. La parte peligrosa estaba en quitarse de en medio antes de que llegara ese día.

Y ahora estaba aquí en América, un lugar donde, irónicamente, se sentía a salvo. No eran los lujos de la cultura americana lo que le gustaba —había tenido lujos de sobra en París—, era la libertad de poder decir lo que pensaba, de ser quien quisiera sin miedo al ridículo o las represalias. Una nueva vida muy diferente a la de su infancia, que parecía estar a años luz de distancia. Había un motivo por el que lo habían llamado el Nuevo Mundo, y en ciertos círculos todavía lo era. ¿Resultaba extraño que no quisiera volver a su vida dentro de Domna, al lado de El-Arian? Y cada vez tenía más claro que se acercaba el momento en que se libraría de El-Arian y de Severus Domna. Eso, o estaría muerta.

Las valquirias volvieron a cabalgar, haciéndole rechinar los dientes. Esta vez supo que tenía que aceptar la llamada.

Tras coger el teléfono, vaciló un instante, luego Jo activó.

—Es un momento inconveniente —dijo.

—Siempre parece que es un momento inconveniente para ti. —El disgusto de Benjamin era inconfundible—. Llevas dos días de retraso con tu informe.

Maggie cerró los ojos y se imaginó clavándole un cuchillo en el corazón.

—El trabajo de campo es trabajo de campo —replicó—. He estado ocupada.

—¿Haciendo qué exactamente?

—Lo que planeamos: desacreditar a Christopher Hendricks para que FitzWilliams no sea investigado durante nuestra fase de adquisición.

—¿Y? No he visto ningún informe negativo referido a Hendricks.

—Pues claro que no —contestó ella, tajante—. ¿Crees que una cosa así puede establecerse en setenta y dos horas? Es el secretario de Defensa de Estados Unidos.

El-Arian guardó silencio un momento.

—¿Qué progresos has hecho?

Maggie se sentó en la cama, acomodando las almohadas tras su espalda.

—No me importa tu tono, Benjamin.

Permaneció sentada, silenciosa, esperando, decidida a no decir otra palabra hasta que él se disculpara.

—El trabajo de campo es el trabajo de campo, como tú misma has señalado —insistió El-Arian tras permitir que el silencio se extendiera más allá de un lapso normal.

Comprendiendo que era toda la disculpa que iba a conseguir, lo dejó correr.

—¿Crees que alguien que no sea yo podría haber llegado hasta Hendricks en tan poco tiempo?

—No, nadie.

Otra concesión. ¿Cuánta suerte puede tener una chica?, pensó.

—La personalidad que preparaste era perfecta —comentó ella.

En realidad, eran agentes más abajo en la estructura de Domna los que habían preparado su identidad de Maggie Penrod, pero siempre iba bien emplear un poco de azúcar. Sobre todo, pensó, ahora que camino por una cuerda floja tan peligrosa.

—¿Y qué hay del propio Hendricks? —preguntó El-Arian.

—Enganchado —respondió ella—. Por completo.

Fue extraño, y un poco aterrador, cuánta inquietud le causó decirle esto en voz alta a Benjamin.

—Bueno, ahora es el momento de tirar del hilo.

—Lentamente —repuso ella—. No podemos permitir que sospeche.

El-Arian se aclaró la garganta.

—Skara, dentro de veinticuatro horas el periodo de adquisición llegará a su fase final. Necesitamos que cumplas tu misión en ese tiempo.

Veinticuatro horas, pensó ella. ¿Es todo el tiempo que me queda?

—Entiendo perfectamente. Puedes contar conmigo.

—Siempre lo he hecho. À bientôt.

Skara arrojó el teléfono al otro lado de la habitación.

Hendricks se encontraba en el aparcamiento de lo que antaño fue el edificio de Treadstone, pero que había ordenado abandonar inmediatamente después de la explosión del coche bomba. Ésta era su segunda visita al escenario del crimen: la primera fue una hora después de la explosión. En ese momento, tras ordenar que un destacamento de agentes federales hiciera un registro exhaustivo de la zona inmediata y de la casa de Peter, y sin saber si éste había sido enviado al otro barrio, había ordenado crear un equipo de trabajo para investigar el asunto.

El equipo de forenses había determinado que Peter no estaba dentro del coche. Hasta ahí, muy bien. Pero, entonces, ¿dónde estaba? El equipo no había tenido suerte en su búsqueda. Hendricks llamó al móvil de Peter, pero, como antes, sólo contactó con el buzón de voz. A continuación, llamó a Anna a la oficina temporal que había emplazado para el personal de Treadstone, pero ella no había visto a Marks ni tenía noticias de él. El secretario de Defensa se dio por vencido y se marchó de la escena del crimen.

Llegó a casa pronto y sin anunciar. Mientras su equipo de seguridad peinaba el interior en busca de aparatos de escucha electrónicos, como hacían dos veces por semana, Hendricks se dirigió a la cocina y se sirvió una cerveza. Contempló a los agentes hacer su trabajo, controlados y precisos como hormigas. Cogió el teléfono y trató de llamar de nuevo a Jackie, pero su hijo seguía en un puesto de avanzada en las montañas de Afganistán, manteniendo un apagón de comunicaciones.

Había terminado media cerveza cuando los miembros del equipo lo saludaron con la cabeza mientras se retiraban a sus puestos en el exterior de la casa. Dejó el vaso y entró en su estudio, cerrando la puerta tras él. Las ventanas estaban equipadas con persianas que mantenía cerradas todo el tiempo. Se sentó al escritorio, sacó una llavecita de la cartera y la introdujo en la cerradura del cajón inferior izquierdo. Sacó un disco diminuto del tamaño aproximado de su pulgar. Sabía lo que era, pero nunca había visto el diseño antes. Lo que no podía comprender era por qué su equipo de seguridad no había sido capaz de encontrar este micro electrónico en sus continuos barridos de la casa.

Él lo había descubierto hacía diez días, puramente por accidente, al extender la mano sobre la mesa para coger un archivo que le había entregado un mensajero. En el proceso, derribó una Torre Eiffel de cristal que Amanda había comprado la primera vez que estuvieron en París. Era un adorno querido, una manera de sentirla cerca después de su muerte. Los cuatro soportes de la torre estaban cubiertos de fieltro, pero cuando la volcó vio que uno de los discos de fieltro había sido sustituido por este curioso y aterrador micro electrónico.

Inmediatamente se le ocurrieron dos posibilidades. La primera era que alguien de su equipo de seguridad lo había puesto y lo ignoraba deliberadamente durante los registros. La segunda era que este micro era tan sofisticado que resultaba invisible a los barridos electrónicos. Ninguna hipótesis resultaba reconfortante, pero la segunda lo perturbaba más porque significaba que una entidad desconocida poseía un equipo de vigilancia que superaba al del propio gobierno norteamericano. Había hecho varias preguntas discretas, recurriendo a favores a gente bien introducida en la comunidad de inteligencia que consideraba que podrían decirle si un grupo dentro del gobierno estaba trabajando contra él. Hasta el momento, no había salido a la superficie ningún atisbo de ningún grupo semejante.

Miró el micro ahora. Era de color verde plateado, sin brillo, apenas distinguible de los discos de fieltro de los soportes del regalo de Amanda. Deliberadamente lo había mantenido en funcionamiento, allá en su escritorio, y había hecho algunas llamadas inocuas porque no quería que su propietario supiera que había descubierto su existencia. Era este micro lo que le había impulsado a formar el complejo sistema de comunicaciones con Peter Marks. Lo devolvió a su sitio, cerró el cajón y echó la llave.

Abrió luego su portátil, conectó con el servidor del gobierno donde residían sus archivos, localizó el archivo encriptado y lo abrió. Peter había logrado desentrañar el sistema y acceder al archivo codificado del ordenador de Hendricks. Un mensaje detallaba lo que Marks había descubierto. En una reunión en Qatar en la primavera de 1968, Fitz aparecía como consultor de las Minas El-Gabal, una compañía gubernamental ahora desaparecida. Lo que interesaba a Marks (y ahora al propio Hendricks) era que Fitz no había incluido a El-Gabal en su currículum.

A la luz de la investigación de Marks, tal vez no fuera tan sorprendente que no lo hubiera hecho, pensó Hendricks ahora. Si el codirector de Treadstone había descubierto algo más sobre Fitz, entonces, tras el atentado a su vida, tal vez había pasado a una posición encubierta para comprobarlo en persona. Y quizás había contactado con Soraya. Hendricks la llamó de nuevo al móvil, pero de nuevo no obtuvo respuesta. Guardó el teléfono y salió del estudio, recorrió el pasillo y entró en el cuarto de baño, donde abrió todos los grifos.

En París eran más de las nueve, así que llamó a Jacques Robbinet a casa. Su esposa le dijo que aún estaba en el despacho. Al parecer había un incidente internacional del que había tenido que ocuparse. Preocupado ahora, Hendricks llamó a la oficina de Robbinet. Mientras se establecía la conexión, contempló su casa desierta y no por primera vez deseó con todo su corazón poder oír a Amanda trajinando por las habitaciones, limpiando los armarios como le encantaba hacer. Le deprimió pensar que nadie había tocado los armarios desde su muerte. Se preguntó cómo sería la casa con Maggie viviendo en ella permanentemente.

Robbinet contestó por fin.

—Chris, iba a llamarte ahora mismo. Me temo que ha habido un pequeño incidente.

—¿Qué clase de incidente?

Hendricks escuchó con manos sudorosas mientras Robbinet relataba el encuentro con el señor Marchand, cómo Soraya, Aaron Lipkin-Renais y el egipcio Chalthoum habían seguido a Marchand, y todo lo que había sucedido.

—De modo que Chalthoum ha muerto.

¡Dios mío!, ¡qué cagada!, pensó Hendricks. El jefe de Al Mokhabarat asesinado en suelo francés. No era extraño que Robbinet estuviera todavía en el despacho: probablemente se pasaría allí toda la noche.

—¿Está bien Soraya?

—Por lo que sabe Aaron, sí.

—¿Qué demonios significa eso?

—Está todavía inconsciente.

El estómago de Hendricks empezó a latir como un segundo corazón. Abrió la puerta del armarito de las medicinas, sacó otra Prilosec y la engulló en seco. Sabía que estaba tomando demasiadas, pero qué diablos.

—¿Vivirá?

—Los médicos siguen evaluando…

—Maldición, Jacques, tienes que llevarla a un sitio seguro.

—Aaron dice que los médicos…

—Olvida a Lipkin-Renais —dijo Hendricks—. Jacques, quiero que estés con ella.

Silencio durante varios segundos.

—Chris, estoy metido en merde hasta las rodillas por el asesinato de Chalthoum.

—Lo mataron unos extremistas norteafricanos.

—Sí, pero en suelo francés. La embajada egipcia se ha puesto como una fiera.

Hendricks pensó un momento.

—Voy a decirte una cosa, yo me encargo de los egipcios si tú te encargas de Soraya.

—¿Hablas en serio?

—Absolutamente. Jacques, lo considero un favor personal.

—Bueno, será un favor personal por ambas partes si puedes quitarme a los egipcios de encima. Ya tenemos aquí suficientes problemas con los árabes sin el hedor que esto causará cuando llegue a las noticias.

—No llegará —comentó Hendricks sombríamente—. Jacques, haz lo que tengas que hacer, pero que Soraya vuelva a ponerse en pie.

—Me pondré en contacto contigo en cuanto tenga noticias. —Le dio su nuevo teléfono encriptado—. Intenta no preocuparte.

Pero Hendricks no podía dejar de preocuparse. Maldición, pensó mientras cortaba la conexión y buscaba en los contactos del teléfono el número del presidente egipcio, ¿qué demonios le está pasando a mi gente?

Don Fernando estaba esperando en el pasillo cuando Bourne y Essai salieron de su reunión.

—Jason, un momento, si no te importa.

Essai asintió brevemente y desapareció pasillo abajo.

—¿Cómo ha ido? —preguntó el anciano.

—Ya veremos —respondió Bourne.

Don Fernando se sacó un puro del bolsillo, mordió el extremo y lo encendió.

—Supongo que te estarás preguntando por qué he decidido mantener a Esteban a oscuras —dijo, envuelto en una nube de aromático humo azul.

—Cómo trata con sus amigos es asunto suyo.

Don Fernando lo miró un instante.

—Te aprecio, Jason. Te aprecio mucho. Y por eso no me ofendo por la crítica implícita en tu respuesta. —Hizo una pausa un momento, se sacó el puro de la boca y miró el extremo encendido—. La amistad puede adoptar muchas formas. Siendo un hombre de mundo, doy por hecho que lo sabes. —Alzó los ojos para mirar los de Bourne—. Pero sé que no eres de ese tipo de hombres. Eres de una raza que se extingue, amigo mío, una auténtica vuelta atrás a los días en que la consciencia, el honor, el deber y la amistad eran sagrados.

Bourne siguió sin decir nada. Lamentó que le dijera qué tipo de hombre era, aunque fuera la verdad.

—Así que ahora llegamos a la parte difícil. —Don Fernando volvió a meterse el puro en la boca—. Kaja te ha echado el ojo.

—Es una forma rara de expresarlo.

El anciano asintió.

—Muy bien. Se ha enamorado de ti.

—Eso es una locura. A pesar de lo que haya dicho, me odia por haber matado a su madre.

—Una parte de ella te odia, incuestionablemente. Pero esa parte es alguien que no te había conocido nunca, que se movía por la imagen de su madre muerta en una losa de mármol. Construyó una fantasía alrededor deceso. Y entonces apareciste tú, un hombre de carne y hueso. Y contigo llegaron los detalles que rodearon la muerte de su madre. Creo que no estaba preparada para ninguno de ellos.

Don Fernando dio una potente calada.

—Considéralo desde su punto de vista. Apareces y salvas a Esteban y a ella no una, ni dos, sino tres veces, tanto de Domna como de la gente para la que trabajaba su padre. Y cuando lo haces, ella aún no sabe nada de ti, no sabe todavía que mataste a su madre. Es dos personas ahora, ambas luchando entre sí.

—Eso no es asunto mío —dijo Bourne.

Don Fernando chupó su puro, envolviéndolos a ambos en una nube de humo.

—No creo que lo digas en serio.

—¿Está enamorada de Vegas?

—Tendrás que preguntárselo a ella.

—Lo digo en serio. Las circunstancias ya son bastante complicadas sin que Vegas estalle lleno de furia y celos.

—Ella ha salido a la galería.

—No se puede ver la galería desde aquí —señaló Bourne.

—Sé dónde están todos mis invitados.

Se preguntó cómo podía saberlo si no había visto ninguna cámara de vigilancia.

Don Fernando sonrió.

—Ve a buscarla, Jason. Resuelve esto antes de que acabe en una reyerta.

—La cosa irá así —dijo Zachek—. El contacto está esperando en la entrada lateral de la mezquita. Usted le dirá: «No hay más Dios que Alá, —y él responderá—: Alá es bueno, Alá es grande».

Boris y Zachek, envueltos en las negras sombras, estaban agazapados a una manzana del lugar donde se hallaba la mezquita, oscura y ominosa bajo el agitado cielo de Múnich.

—¿Conoces bien a ese hombre? —preguntó Boris.

Zachek asintió.

—Aparentemente trabaja en la mezquita, pero…

—Comprendo —repuso Boris.

Zachek comprobó su reloj.

—Es la hora. Buena suerte.

—Igualmente. —Boris le dirigió una última mirada—. Por cierto, tiene un aspecto horrible.

Zachek le miró con sonrisa lastimera.

—Nada dura eternamente.

Boris lo dejó entonces, salió a la calle y se mezcló con el ir y venir de los transeúntes. Caminó con cuidado: era experto mezclándose con la gente. Mejor de lo que Zachek sería jamás. Mientras se alejaba, se preguntó si podía confiar en el agente del SVR. En su negocio no había nada seguro, todo lo que podías hacer era entrar en la psique de una persona y tratar de pulsar los botones adecuados. El tiempo que habían estado juntos había sido breve, pero tan intenso como si hubieran sido dos soldados que habitaran la misma trinchera en tiempo de guerra. La vida se había comprimido: sentía que había conseguido una buena lectura psicológica de Zachek.

Se acercaba a la entrada lateral de la mezquita y ahora no podía hacer otra cosa. Tenía que confiar en Zachek.

Había dos hombres junto a la puerta, hablando en voz baja, pero cuando Boris se aproximó uno de ellos se separó y se marchó. El ruso avanzó hacia el hombre que se había quedado, que era pequeño y de hombros cuadrados. Su barba poblada y rizada le llegaba al pecho. Olía a tabaco y a sudor rancio.

—¡No hay más Dios que Alá! —exclamó Boris.

—¡Alá es bueno, Alá es grande! —respondió el hombre y, volviéndose, condujo a Boris a la mezquita.

Se quitó los zapatos y se lavó las manos en la pila de una fuente de piedra. Boris lo imitó. El hombre lo llevó por un pasillo estrecho y mal iluminado, dejando atrás cubículos con puertas donde se movían sombras y voces entre susurros conversaban como el suave zumbido de los insectos. A lo lejos, Boris oyó el cántico en masa de una oración, las agudas entonaciones del muecín mientras hablaba a sus fieles. La atmósfera era cerrada y opresiva. Se esforzó por mirar hacia delante.

Giraron a la izquierda, después a la derecha y luego otra vez a la derecha. El lugar era un laberinto, pensó Boris. No era un lugar fácil para salir a toda prisa. Por fin, el contacto se detuvo ante una puerta y se volvió hacia él.

—Entre.

—Usted primero —replicó Boris.

En cuanto el otro volvió la espalda, el ruso empuñó la Makarov con la mano derecha. El hombre se dio media vuelta y, sacudiendo la cabeza, extendió la mano. Boris se detuvo.

—Es el único modo —dijo.

Boris sacó la Makarov, la descargó y se metió las balas en el bolsillo. Entonces entregó la pistola.

El hombre la recogió, cruzó el umbral y él lo siguió. Se encontraron en una pequeña habitación con una ventana a la altura del pecho que tenía el cristal transparente: la luz del día a una farola la iluminaba como si fuera una vidriera.

Un hombre grueso de barba grasienta estaba sentado con las piernas cruzadas sobre una esterilla para orar. Hablaba con dos hombres que inmediatamente se pusieron en pie y se apartaron. Boris advirtió que tomaban posiciones a cada lado de la habitación, de espaldas a la pared.

El hombre grueso se pasó los dedos por la maraña de la barba, que era tan negra como sus ojos.

—¿Es del SVR? —preguntó con voz rasposa— ¿Viene de parte de Zachek?

Boris asintió.

—Quiere saber de Viktor Cherkesov —continuó el hombre—. Por qué vino aquí, a quién vio y de qué se habló.

—Así es.

—Es difícil obtener esa información. Es más, me pone en una posición precaria. —El hombre grueso se aclaró la garganta—. Está usted dispuesto a pagar.

Como no era una pregunta, Boris permaneció en silencio. El hombre sonrió ahora, revelando un par de incisivos de oro. El resto de sus dientes parecían picados, y un olor desagradable emanaba de él, como si la comida se estuviera pudriendo en su boca o en su estómago.

—Procedamos, pues.

—¿Cuánto…?

El hombre alzó una mano carnosa.

—Ah, no. No tengo ninguna necesidad de más dinero. Usted quiere información de mí: yo quiero lo mismo de usted.

Boris no dejaba de estar atento a la presencia de los dos hombres de la pared. Parecían interesados solamente en la luz que se filtraba a través de la ventana.

—¿Qué tipo de información?

—¿Conoce a un hombre llamado Ivan Volkin?

La pregunta casi lo dejó sin aliento.

—He oído hablar de él, sí.

El hombre grueso frunció los labios, que eran rojos y carnosos. Parecían obscenos rodeados por la barba.

—No es eso lo que he preguntado.

—Me he visto con él —reconoció Boris cautelosamente.

Algo cambió en los oscuros ojos del hombre.

—Quizás, entonces, la información que intercambiemos trate del mismo tema.

Boris se encogió de hombros.

—No veo cómo. Quiero saber por qué enviaron a Cherkesov aquí. No tengo ningún interés en Volkin.

El hombre grueso gargajeó y escupió en un pequeño cuenco de latón que tenía a su lado.

—Pero, verá, fue a Volkin a quien vino a ver Cherkesov.

Bourne encontró a Kaja, abrazada fuertemente a sí misma, en la galería. Estaba mirando un ruiseñor que revoloteaba en torno a un árbol como si quisiera encontrar el camino de vuelta a casa. Se preguntó si ella estaba intentando hacer lo mismo.

Ella se estremeció cuando lo oyó, pero guardó silencio hasta que el ruiseñor se posó en una rama y empezó a entonar su hermosa canción. Bourne se detuvo junto a ella.

—No pareces sorprendida de verme —comentó.

—Esperaba que vinieras, como ocurre en las películas.

—No pareces del tipo romántico.

—¿No? —Ella se movió ante él, pasando su peso de una cadera a la otra— ¿Y de qué tipo crees que soy?

—Creo que eres alguien que hará cualquier cosa por conseguir lo que quiere.

Ella suspiró.

—Crees que le romperé el corazón a Esteban.

—Es un hombre sencillo, con necesidades sencillas —repuso Bourne—. Tú eres todo lo contrario.

Ella se miró los pies.

—Supongo que tienes razón.

—Entonces Esteban fue un medio para un fin.

—Durante cinco años le di placer.

—Porque creyó lo que le dijiste. —Bourne se volvió hacia ella— ¿Crees que se habría enamorado si hubiera sabido quién eres realmente y para qué lo necesitabas?

—Es posible, sí.

Ella se volvió a mirarlo. La luz de la luna iluminaba sus mejillas, pero sus ojos permanecían en sombra. Aquí, en la engalanada galería de don Fernando, toda la lozana exuberancia de su figura estaba al descubierto. Bourne no tenía ninguna duda de que deliberadamente se había situado para producir el máximo efecto sensual. Ella conocía muy bien los poderes que tenía en su mano, y no tenía miedo de emplearlos.

—No quiero seguir hablando de Esteban.

—Tal vez, pero yo necesito saber…

Ella colocó las manos a cada lado de su cara, sus labios cerca de los suyos.

—Quiero que hablemos de nosotros.

Y entonces él comprendió. Pudo ver el deseo ardiendo en sus ojos: un deseo que no iba dirigido hacia él en el sentido tradicional. Bourne, como Vegas antes que él, era un medio para alcanzar un fin. Todo lo que ella quería era descubrir la verdad sobre su padre. Y eran los hombres quienes podían ayudarla, no las mujeres, por eso se había convertido en una experta amante. Se pegaba a cualquier hombre que considerara que podía acercarla a su objetivo.

—Don Fernando cree erróneamente que estás enamorada de mí.

Ella frunció el ceño.

—¿Erróneamente?

Entonces avanzó hacia él y lo besó con fuerza en los labios. Al hacerlo, se apretó contra él. Bourne pudo sentir cada ondulación de su cuerpo.

—No —dijo, apartándola.

Ella negó con la cabeza, con los labios levemente separados.

—No entiendo.

Bourne se preguntó si se habría engañado a sí misma para hacerse creer que estaba enamorada de él. ¿Por eso había engañado con tanto éxito a Vegas, porque se había engañado a sí misma?

—Entiendes perfectamente bien —replicó Bourne.

—Estás equivocado. —Ella sacudió la cabeza—. Terriblemente equivocado.

—¡Amun! —gritó Soraya cuando recuperó el conocimiento.

—Ha muerto, Soraya.

Aaron se inclinó sobre ella, el rostro lleno de preocupación.

—¿Lo recuerda?

Y entonces ella lo recordó: el descenso a la oscuridad, estar a punto de morir estrangulada por Donatien Marchand, Amun subiendo a toda prisa las escaleras, los disparos, la sangre, y luego la caída. Sus ojos ardieron mientras las lágrimas se acumulaban y caían por sus mejillas, humedeciendo la almohada.

—¿Dónde…?

—Está en un hospital.

Ella volvió la cabeza, súbitamente consciente de los tubos que se introducían en su brazo.

—Tengo que verle —dijo.

Pero cuando intentó incorporarse, Aaron la empujó suavemente para que permaneciera acostada.

—Y lo hará, Soraya, se lo prometo. Pero ahora no, hoy no.

—Tengo que hacerlo.

Comprendió que su esfuerzo era para nada: no tenía fuerzas. No podía dejar de llorar. Amun muerto. Miró a Aaron a la cara.

—Por favor, Aaron, despiérteme.

—Está despierta, Soraya. Gracias a Dios.

—Esto no puede estar sucediendo.

¿Por qué lloraba? Su corazón parecía haberse resquebrajado. La cuestión de si su amor por Amun era real o no parecía ahora irrelevante. Habían sido colegas, amigos, amantes…, y ahora él ya no estaba. Soraya había tratado con la pérdida y la muerte antes, pero esto era completamente diferente. Tenuemente, fue consciente de sus sollozos, y de Aaron que la abrazaba, de su olor mezclado con los olores dulzones y nauseabundos del hospital. Se aferró a él. Pero era extraño que con Aaron abrazándola se sintiera sola. Y sin embargo así era, y en cierto modo se sentía más sola que nunca antes. Su trabajo era toda su vida. Como Jason, había dejado poco espacio en ella para nadie más, excepto para Amun. Y ahora…

Jason entró entonces en su cabeza. Pensó en las pérdidas que había sufrido, tanto profesionales como personales. Pensó sobre todo en Martin Lindros, el arquitecto de Tifón, su jefe, y el mejor amigo de Jason en la antigua CI. La había estremecido la muerte de Lindros, pero cuánto peor debía de haber sido para Jason. Él había movido cielo y tierra para salvar a su amigo, y había fracasado al final. Pensar en Jason la hizo sentirse menos sola, sentir menos la opresión de sus inmediaciones, le hizo comprender que necesitaba escapar, pensar, resolver las cosas.

—Aaron, tiene que sacarme de aquí —dijo, con una desesperación tan profunda que la sobresaltó incluso a ella misma.

—No tiene ningún hueso roto, sólo algunas costillas lastimadas. Pero a los médicos les preocupa que pueda haber una conmoción…

—No me importa —exclamó ella—. No puedo soportar estar aquí ni un momento más.

—Soraya, por favor, intente calmarse. Está comprensiblemente trastornada y…

Ella lo apartó de un empujón, con tanta fuerza como pudo.

—Deje de tratarme como a una niña y escuche lo que estoy diciendo, Aaron. Sáqueme de una puñetera vez de aquí. Ahora.

Él estudió su rostro un momento, luego asintió.

—Muy bien. Deme un momento y lo resolveré con admisiones.

En el momento en que él salió de la habitación, Soraya se esforzó por sentarse. Esto hizo que le doliera la cabeza, pero lo ignoró. Retiró el esparadrapo y se sacó la aguja del brazo. Con cuidado, pasó las piernas por el borde de la cama. Sintió el suelo frío. Los tobillos le cosquillearon cuando intentó apoyar el peso en las piernas. Esperó un momento, inhaló de manera profunda y regular para llevar más oxígeno a su cuerpo. Agarrada a la cama, dio varios pasos tentativos (uno, dos, tres), como un bebé que examina lo básico. Dolorosamente despacio, logró cruzar la habitación hasta el armario y sacó sus ropas. Estaba actuando por puro instinto. Caminando con las piernas tiesas como un zombi, llegó a la puerta y esperó allí, renovando su energía mientras respiraba.

Entonces abrió la puerta y se asomó y miró a ambos lados. Aparte de un anciano que se alejaba, agarrado al armazón metálico del que colgaba el gotero, no había nadie. Al otro lado del pasillo había un cuarto de servicio. Se preparó y salió. En el momento en que lo hizo, oyó voces acercándose. Una era la de Aaron. No estaba solo. Obligando a sus piernas a moverse, Soraya echó mano hacia el picaporte de la puerta, la abrió, y entró. Justo cuando la puerta se cerraba silenciosamente pudo captar un atisbo de Aaron flanqueado por dos médicos que se dirigían hacia su habitación.

Bourne y Essai encontraron a Kaja y Vegas en la entrada. La puerta estaba abierta y, más allá, se podía ver a don Fernando esperando a dos coches que subían por el camino de acceso.

—Son las diez —dijo Kaja. Como si sintiera que Bourne y Essai, al aparecer juntos, quisieran hablar con ella, añadió—: La hora de la cena es sagrada para don Fernando.

Bourne se acercó a ellos.

—Esteban, ¿cómo se encuentra? Ha dormido durante horas.

Vegas se apretó la frente con los dedos.

—Un poco mareado, pero mejor.

Don Fernando se acercó a la entrada.

—Nuestro transporte ha llegado.

Su destino era un restaurante especializado en marisco al otro lado de Cádiz. Su extensa terraza de terracota asomaba a un rompeolas de piedra que dominaba la parte sur de la bahía. Había barcas ancladas, meciéndose suavemente con la marea. Una lancha perló las aguas al pasar, dejando una estela de espuma que se disolvió rápidamente. La luz de la luna se posaba sobre el agua como una mantilla de plata. En el cielo había puñados de estrellas.

El maître, tras celebrar la presencia de don Fernando, los condujo a una mesa redonda cerca del rompeolas. El restaurante estaba lleno de gente glamurosa. Las joyas de oro y plata en las muñecas y largos cuellos de esbeltas mujeres con zapatos de Louboutin brillaban a la luz de las velas.

—Me siento como un patito feo —dijo Kaja mientras se sentaban.

—Tonterías, mi amor. —Vegas le apretó la mano—. Aquí nadie te hace sombra.

Kaja se echó a reír y lo besó con lo que parecía ser gran afecto.

—¡Qué caballero!

Bourne estaba sentado al otro lado de ella, y sintió el calor de su muslo apretado contra el suyo. Estaba vuelta hacia Esteban, con las manos aún entrelazadas, pero su muslo se frotaba contra él y la fricción creaba un enlace clandestino entre ellos.

—¿Qué hay bueno para comer aquí? —preguntó Vegas a don Fernando, que estaba sentado a su derecha. La respuesta del anciano quedó ahogada por el rugido de las Vespas que corrían por la carretera ante el restaurante.

El camarero descorchó la primera botella de vino de la provisión que don Fernando había traído consigo. Todos brindaron en honor a su anfitrión, que les anunció que ya había ordenado la cena.

Bourne apartó la pierna de la de Kaja, y, cuando ella se volvió a mirarlo inquisitivamente, sacudió la cabeza, breve pero enfáticamente.

Los ojos de ella se entornaron durante un segundo, luego, tras anunciar la necesidad de levantarse de la mesa, echó hacia atrás la silla con fuerza y cruzó la terraza. Don Fernando le dirigió a Bourne una mirada de advertencia.

Vegas soltó su servilleta y estuvo a punto de levantarse.

—Esteban, cálmate, amigo —le dijo don Fernando—. Esto es un asunto de seguridad, prefiero que se encargue Jason.

Bourne se levantó y, tras cruzar la terraza, entró en la parte cerrada del restaurante, donde lo asaltaron los aromáticos olores del marisco cocinado con especias. Localizó a Kaja que salía por la puerta principal, y se abrió paso entre las mesas repletas de comensales ruidosos.

La alcanzó en la estrecha acera.

—¿Qué crees que estás haciendo?

Ella se zafó.

—¿A ti que te parece?

—Kaja, Esteban sospechará algo.

Ella lo miro con mala cara.

—¿Y? Estoy cansada de todos los hombres.

—Actúas como una niña malcriada.

Ella se volvió y le dio una bofetada. Bourne podía haberla detenido, pero consideró que el resultado sería peor.

—¿Te sientes mejor ahora?

—No. No sé qué está pasando aquí —replicó ella—. Don Fernando tiene pavor a que le diga a Esteban quién soy realmente.

—Ahora no sería un buen momento.

—Di lo que quieres decir. Nunca sería un buen momento.

—Ahora mismo, no.

—¿Por qué ahora no? —preguntó Kaja—. Trata a Rosi como a una niña. Ya no soy una niña. No soy Rosi.

Bourne no dejó de mirar la carretera, las nubes de jóvenes en Vespas riendo borrachos, entrecruzándose unos con otros mientras corrían a todo gas.

—Fue un riesgo traeros a los dos a Cádiz, pero la alternativa habría sido vuestra muerte.

—Don Fernando nunca habría permitido que Esteban se implicara en labores de contrabando para Severus Domna —dijo ella—. Está claro que no está hecho para ese tipo de vida.

—Don Fernando buscaba un modo de entrar en el negocio —señaló Bourne.

—Utilizó a Esteban —replicó ella, disgustada.

—Y tú también. —Bourne se encogió de hombros—. En cualquier caso, él podría haberse negado.

Ella hizo una mueca.

—¿Crees que Esteban le negaría algo a ese hombre? Se lo debe todo.

—¡Querida!

Los dos se volvieron para ver a Vegas salir del restaurante con expresión preocupada.

—¿Va todo bien? —Se dirigió hacia ella— ¿Hice algo que te disgustara?

Kaja automáticamente adoptó su sonrisa de Rosi.

—Pues claro que no, mi amor. —Tuvo que alzar la voz sobre el rugido de las Vespas—. ¿Cómo podrías hacer algo que me enfadara?

Esteban la abrazó y la hizo volverse, de espaldas a la calle. Tres disparos zumbaron sobre el hombro y la cabeza de Kaja e impulsaron a Esteban hacia atrás, fuera de su abrazo. Bourne saltó hacia ella, cubriéndola mientras la Vespa blanca con el pistolero aceleraba para alejarse de la acera. Bourne la ayudó a ponerse en pie.

—¡Esteban! —gritó ella— ¡Esteban, oh, Dios mío!

Vegas se había desplomado en un montón ensangrentado contra la fachada del restaurante. El estuco blanco estaba salpicado de sangre. Bourne apartó a Kaja, empujándola a los brazos de don Fernando, que había salido corriendo por la puerta.

—¡Lo han intentado de nuevo! —gritó—. ¡Llévela dentro!

Entonces saltó de la acera, acorraló a un joven motorista que acababa de detenerse para mirar con curiosidad el cuerpo ensangrentado, y le arrebató la Vespa.

El chico cayó de culo a la acera.

—¡Eh! ¿Qué? —gritó mientras Bourne se perdía por la calle llena de tráfico.