Prólogo

Phuket, Tailandia

Jason Bourne se abrió paso entre la multitud. Lo asaltó el sonido de la música que salía de los altavoces de tres metros de altura colocados a cada extremo de la enorme pista de baile, un sonido capaz de estremecer los huesos, provocar un ataque al corazón y destrozar el alma. Sobre las cabezas de los bailarines una aurora boreal de luces se dividía, se juntaba, y luego se estrellaba contra la cúpula del techo como una armada de cometas y estrellas fugaces.

Ante él, al otro lado del inquieto mar de cuerpos, la mujer de la larga melena rubia se abría camino entre las parejas danzantes de todas las combinaciones posibles. Bourne la siguió: era como intentar abrirse paso a través de un suave colchón. El calor era palpable. La nieve del cuello de piel de su grueso abrigo se había derretido ya. Tenía el pelo mojado por eso. La mujer entraba y salía de la luz, como un pececillo bajo la superficie de un lago golpeada por el sol. Parecía moverse con paso vivo e irregular, primero aquí, luego allí. Bourne continuó siguiéndola, el sonido de los bajos y baterías había anulado la sensación de su propio pulso.

Por fin, confirmó que ella se dirigía al lavabo de señoras y, tras detectar un atajo, interrumpió su persecución directa y siguió la nueva ruta a través de la muchedumbre. Llegó a la puerta justo cuando la mujer desaparecía dentro. A través de la puerta brevemente abierta emergieron olores de marihuana, sexo y sudor que lo envolvieron.

Esperó a que un par de mujeres jóvenes salieran dando tumbos en una nube de perfume y risas, y luego se escabulló en el interior. Tres mujeres de pelo largo y rizado y joyas grandes y ruidosas estaban agazapadas en la fila de los lavabos, tan entretenidas esnifando coca que no lo vieron. Tras agacharse para mirar por debajo de las puertas, Bourne pasó rápidamente ante los reservados. Sólo uno estaba ocupado. Desenfundó su Glock y atornilló el silenciador en el extremo del cañón. Abrió de una patada la puerta y, mientras ésta golpeaba contra la pared, la mujer de los ojos azul hielo y la melena rubia lo apuntó con una pequeña Beretta plateada de calibre 22. Él le metió una bala en el corazón, otra en el ojo derecho.

Ya no estaba allí cuando la frente de la mujer rubia golpeó las losas del suelo…

Bourne abrió los ojos ante el brillo diamantino del sol tropical. Contempló el azul oscuro del mar de Andamán, y los barcos de vela y motor que flotaban en la bahía. Se estremeció, como si todavía estuviera en aquel fragmento de recuerdo en vez de en la playa de Patong en Phuket. ¿Dónde estaba aquella discoteca? ¿En Noruega? ¿En Suecia? ¿Cuándo había matado a aquella mujer? ¿Y quién era? Un objetivo que le había asignado Alex Conklin antes del trauma que lo había arrojado al Mediterráneo con una conmoción cerebral. Era lo único que podía asegurar. ¿Por qué la había señalado Treadstone? Se devanó los sesos, intentando recopilar todos los detalles de su sueño, pero se escabulleron como humo entre sus dedos. Recordaba el cuello de piel de su abrigo, su pelo mojado por la nieve. Pero ¿qué más? ¿El rostro de la mujer? Eso aparecía y volvía a aparecer con el eco de los fluctuantes estallidos de luz. Durante un momento la música lo envolvió, luego se apagó como los últimos rayos del sol.

¿Qué había causado aquel fragmento de recuerdo?

Se levantó de la hamaca. Al volverse, vio a Moira y Berengaria Moreno Skydel con el ardiente cielo azul de fondo, las nubes cegadoramente blancas y los peñascos verticales con forma de dedos, marrones y verdes. Moira lo había invitado a la mansión de Berengaria en Sonora, pero él había decidido alejarse de la civilización, así que se reunieron en este enclave turístico en la costa oeste de Tailandia, y aquí habían pasado los tres últimos días con sus noches. Durante ese tiempo, Moira le había explicado qué estaba haciendo en Sonora con la hermana del difunto capo del narcotráfico Gustavo Moreno, las dos mujeres le pidieron ayuda, y él accedió. Moira dijo que el tiempo era esencial y, después de escuchar los detalles, Bourne accedió a partir para Colombia al día siguiente.

Al darse la vuelta, vio a una mujer con un diminuto bikini de color naranja correr alzando las piernas como un caballo al galope por la orilla. Su tupida melena de un rubio pálido brillaba a la luz del sol. Bourne la siguió, atraído por el recuerdo de su fragmento de memoria. Contempló su espalda bronceada y los músculos entre los omóplatos. Ella se giró levemente entonces, y vio que estaba fumando marihuana. Durante un momento, el olor de la brisa del mar quedó endulzado por la droga. Entonces vio que ella daba un respingo y arrojaba el porro a la orilla del mar, y sus ojos siguieron su mirada.

Tres policías avanzaban por la playa. Llevaban trajes, pero no había ninguna duda de su identidad. La mujer se figuró que venían a por ella, pero se equivocaba. Venían a por Bourne.

Sin vacilación, él se metió en el agua. Tenía que alejarlos de Moira y Berengaria porque sin duda Moira trataría de ayudarlo y no quería que se implicara. Justo antes de zambullirse en una ola vio que uno de los policías alzaba una mano, como para saludarlo. Cuando salió a la superficie, vio que había sido una señal. Un par de motos acuáticas WaveRunner FZR se dirigían hacia él desde cada lado. Había dos hombres a bordo de cada una, el piloto y el hombre que iba detrás, con un traje de buceador. Estos tipos cubrían todas las rutas de escape.

Mientras se dirigía al Parole, un barquito de vela que tenía cerca, su mente trabajaba a toda marcha. Por la coordinación y la meticulosa forma en que habían hecho el acercamiento, sabía que las órdenes no venían de la policía tailandesa, que no era conocida por ninguna de las dos cosas. Alguien les impartía las instrucciones pertinentes, y se imaginó quién. Siempre había existido la posibilidad de que Severus Domna buscara vengarse por lo que le había hecho a la organización secreta, Pero las especulaciones tendrían que esperar: primero tenía que escapar de esta trampa y huir para cumplir su promesa a Moira de asegurar el bienestar de Berengaria.

Con una docena de poderosas brazadas llegó al Parole. Tras auparse por la borda, estaba a punto de incorporarse cuando una descarga de balas hizo que el barco se estremeciera. Empezó a arrastrarse hacia la parte central de la embarcación, agarrando un cabo de nailon. Sus manos se aferraban a las regalas. Las WaveRunner estaban más cerca cuando se produjo la segunda descarga, y sus violentas olas hicieron que el barquito bailara y se estremeciera tan violentamente que fue fácil volcarlo. Cayó de espaldas por la borda, agitando los brazos, como si lo hubieran alcanzado.

Las dos motos acuáticas empezaron a cruzarse y entrecruzarse alrededor del barquito volcado, buscando que asomara una cabeza. Como no apareció ninguna, los dos buceadores se pusieron las mascarillas y, mientras los pilotos frenaban sus vehículos, se lanzaron al agua, bajándose las mascarillas con una mano.

Completamente invisible para ellos, Bourne chapoteaba bajo el barco volcado, respirando el aire atrapado. Pero esa pausa fue breve. Vio las columnas de burbujas a través del agua transparente cuando sus perseguidores se lanzaron a cada lado del barquito.

Rápidamente soltó el extremo del cabo de nailon de la cornamusa de estribor. Cuando el primero de los buceadores fue hacia él desde abajo, lo esquivó, enrolló el cabo en el cuello del hombre y tiró con fuerza. Su perseguidor soltó su arpón para contrarrestar el ataque de Bourne y éste le quitó la máscara, cegándolo. Entonces agarró el arpón, se volvió, y le disparó al segundo buceador en el pecho.

La sangre borboteó en una densa nube, dispersada por la corriente que llegaba de las profundidades. Bourne sabía que no era aconsejable quedarse en estas aguas cuando se derramaba sangre. Con los pulmones ardiendo, ascendió y salió a la superficie bajo el barquito volcado. Pero casi inmediatamente volvió a sumergirse para buscar al primer submarinista. El agua estaba oscura, brumosa por la sangre. El hombre muerto flotaba en la bruma, los brazos extendidos a los costados, las aletas apuntando a la oscuridad. Bourne estaba a punto de volverse cuando la cuerda de nailon se enroscó en su cuello y se tensó. El primer buceador le clavó las rodillas en la espalda mientras tiraba de ambos lados de la cuerda. Bourne trató de agarrarlo, pero el tipo nadó hacia atrás, apartándose. Aunque tenía la boca cerrada, una fina línea de burbujas escapó de la comisura de los labios de Bourne. La cuerda se clavaba en su laringe, manteniéndolo bajo la superficie.

Controló el impulso de ofrecer resistencia, sabiendo que eso tan sólo tensaría más la cuerda y lo agotaría. En cambio, flotó inmóvil durante un momento como el hombre-rana que estaba a menos de tres palmos de distancia, retorciéndose en la corriente, haciéndose el muerto. El buceador tiró de él mientras desenvainaba su cuchillo para descargar el golpe de gracia en el cuello de Bourne.

Éste echó la mano hacia atrás y pulsó el botón de expulsión del regulador. El aire salió disparado con tanta fuerza que a su atacante se le escapó la boquilla y, en medio de una densa columna de burbujas, Bourne soltó el regulador. La cuerda se aflojó en torno a su cuello. Aprovechándose de la sorpresa del buceador, Bourne se liberó. Dándose la vuelta, trató de apresar los brazos del hombre-rana, pero éste lanzó el cuchillo hacia su pecho. Bourne lo apartó de un manotazo, aunque al hacerlo el otro se abrazó a su cuerpo, de modo que no pudo salir a la superficie a tomar aire.

Bourne se metió en la boca el octopus (el regulador secundario) e insufló aire en sus ardientes pulmones. El buceador intentó coger su regulador, pero él se lo impidió. El rostro del hombre estaba blanco y contraído. Intentó una y otra vez colocar el cuchillo de modo que cortara a Bourne o al octopus, sin conseguirlo. Parpadeó pesadamente varias veces y sus ojos empezaron a volverse mientras se le escapaba la vida. Bourne quiso cogerle el cuchillo, pero el hombre-rana lo soltó y el arma cayó trazando espirales a las profundidades.

Aunque Bourne respiraba ahora con normalidad por medio del octopus, sabía que después de una descarga quedaría muy poco aire en los tanques. Las piernas del hombre-rana estaban engarfiadas a su alrededor, los tobillos cruzados. Además, la cuerda de nailon se había enmarañado con ambos, creando una especie de crisálida. Intentaba liberarse cuando sintió la potente ondulación. Un escalofrío lo recorrió, surgiendo de las profundidades. Un tiburón apareció a la vista. Tenía unos tres metros y medio de largo, negro plateado, y se dirigía hacia Bourne y los dos buceadores muertos. Había olido la sangre y percibido las delatoras vibraciones en el agua de los cuerpos que luchaban que indicaban que allí había un pez moribundo, posiblemente más de uno, en los que cebarse.

Con gran esfuerzo, Bourne se dio media vuelta. Desabrochó el arnés de los tanques de oxígeno del segundo buceador y los liberó. Inmediatamente el cadáver se hundió entre sus negras nubes de sangre. El tiburón cambió de rumbo, lanzándose directamente a por el cuerpo. Abrió la boca y dio un enorme bocado al buceador. Bourne había conseguido un instante de respiro. En cualquier momento aparecerían más tiburones para unirse al frenesí depredador: tenía que estar ya fuera del agua cuando eso sucediera.

Soltó el cinturón del primer buceador, luego le quitó las bombonas de oxígeno y se puso la máscara. Tras tomar una última bocanada de aire, dejó ir las bombonas: estaban vacías de todas formas. Los dos, entrelazados en un abrazo macabro, empezaron a subir hacia la superficie. Mientras lo hacían, Bourne trataba por todos los medios de librarse de la cuerda de nailon. Pero las piernas del hombre-rana seguían aprisionando sus caderas. Por mucho que lo intentara, no podía soltarse.

Llegó a la superficie e inmediatamente vio que una de las WaveRunner surcaba las aguas directamente hacia él. Saludó. Con la máscara puesta, esperaba que el piloto supusiera que era uno de los buceadores. La WaveRunner redujo velocidad mientras se acercaba. A estas alturas, Bourne había conseguido soltarse de la cuerda. Mientras la moto giraba, se agarró. Cuando le dio un golpecito al piloto en la rodilla, la WaveRunner partió. Bourne todavía tenía medio cuerpo dentro del agua, y la velocidad del vehículo aflojó la tenaza mortal del buceador. Bourne golpeó las rodillas del buceador, oyó un crujido de hueso, y entonces quedó libre.

Se subió a la WaveRunner y le rompió el cuello al piloto. Antes de arrojarlo al agua, le quitó el arpón del cinturón. El piloto de la segunda WaveRunner vio lo que estaba sucediendo e intentó virar, pero Bourne se lanzó directamente hacia él. El piloto tomó la decisión equivocada. Echó mano a una pistola y disparó dos veces, pero era imposible apuntar bien con el movimiento del vehículo. A esas alturas Bourne estaba lo bastante cerca para dar el salto. Blandió el arpón y arrojó al agua al piloto de la WaveRunner mientras se hacía con el control.

Solo ahora en las aguas de color zafiro, Bourne se marchó a toda velocidad.