22
Peter Marks perdía y recuperaba la consciencia como un nadador atrapado en la resaca. En un momento sus pies parecían encontrar suelo sólido y al siguiente resbalaban mientras una ola lo barría, derribándolo y haciéndolo caer girando a una oscuridad rojiza, donde se sentía dominado por el vértigo y el dolor.
Oía sus propios gemidos y las voces de gente desconocida, pero parecían estar muy lejos o filtradas por capas de gasa. La luz le lastimaba los ojos. Lo único que podía admitir era comida para bebés, y sólo ocasionalmente. Sentía como si se estuviera muriendo, como si yaciera suspendido entre la vida y la muerte, un ciudadano reticente en un limbo gris. Por fin comprendió la expresión «lecho del dolor».
Y sin embargo llegó un momento en que el dolor remitió, comió más y, afortunadamente, el limbo se difuminó en el reino de los sueños, sólo recordado a medias, quedando atrás como si estuviera en un tren en marcha que se alejara de un lugar terrible donde había quedado atascado.
Abrió los ojos a la luz y el color. Tomó una bocanada de aire, luego otra. Sintió que sus pulmones se llenaban y se vaciaban sin el dolor aplastante que lo había atenazado durante lo que parecía una eternidad.
—Está consciente.
Una voz desde arriba, como si estuviera flotando un ángel, batiendo sus delicadas alas.
—¿Quién…? —Peter se lamió los labios— ¿Quién eres?
—Hola, soy Tyrone, jefe.
Peter sentía los ojos pegajosos, había halos alrededor de todo lo que miraba, como si estuviera alucinando.
—Yo… ¿Quién?
—Tyrone Elkins. De la CI.
—¿La CI?
—Lo recogí en la calle. Estaba bien jodido.
—No recuerdo…
La cabeza negra se volvió.
—Eh, Deron, eh, eh. —Entonces Tyrone se volvió y le habló de nuevo a Peter—. La ambulancia. ¿Recuerda la ambulancia, jefe?
Algo se formaba en la bruma.
—Yo…
—Los tipos falsos de urgencias. Se escapó usted de la ambulancia, mierda, todavía no sé cómo.
El recuerdo empezó a formarse como una nube acumulándose en el horizonte. Peter recordó el aparcamiento en el edificio de Treadstone, la explosión, ser arrastrado hasta la ambulancia, la comprensión de que no lo llevaban a ningún hospital, que esos enfermeros eran el enemigo.
—Me acuerdo —murmuró.
—Eso está bien, está muy bien.
Otra cara junto a la de Tyrone. Tyrone lo había llamado Deron. Un negro guapo con acento británico cultivado.
—¿Quién es usted?
—¿Recuerda a Tyrone? Es de la CI. Un amigo de Soraya. —El hombre guapo le sonrió al codirector de Treadstone—. Me llamo Deron. Soy amigo de Jason.
El cerebro de Peter tardó un momento en ponerse en marcha.
—¿Bourne?
—Eso es.
Peter cerró los ojos, bendiciendo la buena suerte que lo había llevado al lugar más seguro de Washington.
—¿Sabe quién era esa gente de la ambulancia?
Abrió los ojos.
—No los había visto nunca antes.
Sintió que su corazón latía y comprendió que se había estado esforzando durante algún tiempo, trabajando para mantenerlo con vida.
—No sé…
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Deron—. Ahorre fuerzas. —Se volvió hacia Tyrone—. ¿Puedes encargarte? Tiene que haber un informe policial sobre el tiroteo. Utiliza tus credenciales y mira a ver si puedes conseguir la identidad de los muertos.
Tyrone asintió y se marchó.
Deron recogió un vaso de plástico con una pajita.
—Ahora —propuso—, veamos si podemos meterle algo más de líquido en el cuerpo.
Colocó una mano detrás de su cabeza, la alzó con cuidado y le ofreció la pajita. Peter sorbió despacio, aunque estaba sediento. Sentía la lengua hinchada.
—Tyrone me ha contado toda la historia —dijo Deron—, al menos lo que sabía. —Retiró la pajita de la boca de Peter—. Parece que lo habían secuestrado.
Él asintió.
—¿Por qué?
—Yo no…
Entonces Peter recordó. Había hecho una investigación intensiva sobre Roy FitzWilliams y la empresa establecida en Damasco, El-Gabal, con la que había tenido relaciones. Hendricks se había mostrado absolutamente paranoico en temas de seguridad en lo referido a Roy FitzWilliams. Peter gimió.
—¿Qué ocurre? ¿Le duele?
—No, eso sería demasiado sencillo —contestó con una sonrisa forzada—. La cagué, Deron. Mi jefe me advirtió que tuviera cuidado y me colé en un ordenador de la compañía que usa el servidor del gobierno.
—Así que quien estaba conectado se asustó y envió al equipo de extracción.
—Bueno, intentaron matarme primero. —Peter describió la explosión en el aparcamiento—. El equipo de extracción estaba allí como refuerzo.
—Lo que habla tanto de una planificación meticulosa como de una organización con influencia y recursos. —Deron se frotó la mandíbula—. Yo diría que tiene un gran problema, si no fuera porque Ty me dice que es director de Treadstone. Tiene potencia de fuego suficiente usted también.
—Desgraciadamente, no —replicó Peter—. Soraya y yo seguimos intentando volver a poner Treadstone en pie, pero la mayoría de nuestro personal está en en el extranjero y nuestra estructura doméstica sigue vacía.
Deron se acomodó en su asiento, los antebrazos en las rodillas. Perdiendo su acento inglés, dijo:
—Bueno, colega, ha acabado en el lugar adecuado.
Bourne rodeó una esquina con la Vespa, corriendo detrás del pistolero. Podía verlo por delante en la moto blanca, serpenteando entre el tráfico mientras seguía la carretera junto al mar, dirigiéndose al sur. Era difícil ganarle terreno, pero lentamente, agotando la potencia de la moto, acortó distancias. El pistolero no se había vuelto a mirar atrás: no sabía que lo estaban siguiendo.
Cruzó una calle con un semáforo que se ponía en rojo. Bourne, encogido sobre los manillares, juzgó los vectores del tráfico que cruzaba y, con un giro a la izquierda y luego otro a la derecha, sorteó la intersección.
Manzana abajo, el pistolero se había detenido en la acera detrás de una furgoneta negra. Abrió las puertas traseras y, con la ayuda del conductor de la furgoneta, metió la Vespa dentro. Entonces cerró las puertas y los dos hombres subieron delante. Bourne seguía acelerando, y cuando la furgoneta se internó en el tráfico, ya no estaba más que a un par de coches por detrás.
La furgoneta pronto se apartó de la carretera junto al mar y se dirigió hacia Cádiz. Siguió un tortuoso camino por las calles estrechas y retorcidas. Por fin, se detuvo en una calle de almacenes. El conductor bajó y abrió una puerta que subió electrónicamente, luego regresó al vehículo. Bourne soltó la Vespa y echó a correr mientras la furgoneta entraba. La puerta se cerró y él se coló por debajo justo a tiempo.
Permaneció tendido en un suelo de asfalto que apestaba a creosota y aceite de motor. La única iluminación procedía de las luces de la furgoneta. Las puertas sonaron cuando los dos hombres bajaron. No se molestaron en descargar la Vespa. Bourne se apoyó en una rodilla, escondido detrás de un enorme barril de metal. El pistolero debió de dirigirse a una caja de interruptores, porque un momento después la luz de un par de lámparas en el techo iluminó el interior. En el almacén no parecía haber nada, excepto más barriles y dos montones de cajas de madera. El conductor apagó los faros de la furgoneta y luego los dos hombres se dirigieron a las cajas.
—¿Está muerta? —preguntó el conductor, en ruso con acento de Moscú.
—No lo sé, todo sucedió demasiado rápido.
El pistolero dejó la pistola en lo alto de una de las cajas.
—Es una pena que no te ciñeras al plan —comentó el conductor con un tono de pesar que sólo los rusos podían exhibir.
—Ella salió del restaurante —protestó el pistolero—. La tentación fue demasiado grande. Dispararle y correr. Tú habrías hecho lo mismo.
El conductor se encogió de hombros.
—Me alegro de no estar en tu pellejo.
—Vete al carajo —repuso el pistolero—. Eres la otra mitad de este equipo. Si fallé y no la maté, la responsabilidad caerá sobre los hombros de los dos.
—Si nuestro superior lo averigua —insistió el conductor—, nuestros hombros no podrán sostener nada que merezca la pena.
El pistolero recogió su arma y volvió a cargarla.
—¿Y?
—Mejor será que averigüemos si está muerta. —El conductor se enfrentó a su compañero—. Y si no lo está, rectificaremos juntos tu error.
Los dos hombres salieron de detrás del montón de cajas y abrieron una estrecha puerta. Antes de entrar en lo que Bourne supuso que sería una oficina, el pistolero apagó las luces. El estadounidense se arrastró hasta la furgoneta, abrió con cuidado la puerta del conductor y rebuscó hasta que encontró una linterna. En la parte trasera, revolvió en una caja de herramientas y escogió una palanqueta. Luego se acercó a las cajas y se agachó para que quedaran entre él y la puerta trasera. Conectó la linterna e iluminó las cajas. La madera era de un extraño color verdoso, lisa y virtualmente sin fisuras. El rayo de luz se deslizó por la superficie, y Bourne sintió que su corazón se aceleraba. En las cajas había carteles que indicaban su origen: la compañía petrolífera de don Fernando en Colombia.
Boris sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—¿Cherkesov vino aquí para reunirse con Ivan? —Sacudió la cabeza—. No puedo creerlo.
Su interlocutor hizo una seña a uno de los hombres que estaban junto a la pared, el cual dio un paso adelante. Boris se tensó mientras el acólito rebuscaba en su túnica, pero lo único que sacó fue un puñado de granulosas fotos en blanco y negro, que le tendió para que las cogiera.
—Adelante, eche un vistazo —dijo el hombre grueso—. Por la iluminación, podrá ver que no han sido manipuladas de ninguna manera.
Boris cogió las fotos y las miró, su mente trabajaba a mil por hora. En las fotos aparecían Cherkesov e Ivan hablando juntos. Tras ellos podía verse un poco del interior de la mezquita. Advirtió la fecha que la cámara había impreso en la esquina inferior izquierda de las fotos.
Miró al hombre grueso arrodillado en la esterilla. No se había movido desde que Boris entró en la habitación.
—¿De qué hablaron?
Una sonrisa se formó en los labios del árabe.
—Sé quién es usted, general Karpov.
Boris se quedó muy quieto, con la mirada no en el hombre arrodillado, sino en sus acólitos. Parecían tener tan poco interés en él como antes.
—Entonces me saca ventaja.
—¿Disculpe?
—No sé quién es usted.
La sonrisa se hizo más amplia.
—¡Ah, la curiosidad! Pero es mucho mejor que no lo sepa. —Desenlazó los dedos—. Debemos concentrarnos en el asunto que nos ocupa: Cherkesov y Volkin. —Frunció los rojos labios—. Digamos que soy plenamente consciente de que el FSB-2, del que usted es ahora el jefe, y el SVR están enzarzados en una mortífera lucha por el poder.
Boris esperó en silencio. Estaba empezando a conocer a este hombre sin nombre, su predilección por las pausas y declaraciones dramáticas, la manera en que proporcionaba información de forma exigua y precisa.
—Pero esa lucha por el poder —continuó el hombre— es mucho más complicada de lo que sabe. Hay poderes acechando a cada lado que sobrepasan con diferencia los del FSB-2 y los del SVR.
—Supongo que se refiere a Severus Domna.
Su interlocutor alzó las cejas.
—Entre otros.
Boris sintió un escalofrío.
—¿Hay otros?
—Siempre hay otros, general. —Hizo un gesto con la mano—. Disculpe mis pobres modales. Venga. Siéntese.
Boris avanzó hacia la esterilla, cuidando de sentarse en la misma posición que su anfitrión, aunque ello le causó molestias en las caderas y los músculos flexores.
—Me ha preguntado de qué hablaron Cherkesov y su amigo Volkin —dijo el hombre grueso—. De Domna.
—¿Sabe que Cherkesov dejó el FSB-2 para unirse a Domna?
—Eso he oído —reconoció el hombre.
Boris no le creyó. Sentía que su anfitrión estaba reteniendo información.
—Cherkesov tiene ambiciones que, al menos de momento, sobrepasaban su poder.
—Cree que tenía un plan en mente cuando permitió que lo apartaran del FSB-2.
—Sí —confirmó Boris.
—¿Sabe cuál es?
—Es posible que uno de nosotros lo sepa.
El vientre del hombre empezó a temblar, y Boris advirtió que se reía en silencio.
—Sí, general Karpov, es muy posible. —El anfitrión de Boris reflexionó un instante—. Dígame, ¿ha estado alguna vez en Damasco?
—Una o dos veces, sí —respondió, alerta porque la conversación de repente había virado en una nueva dirección.
—¿Qué le pareció?
—¿El París de Oriente Próximo?
—¡Ja! Sí, supongo que una vez lo fue.
—Damasco tiene huesos hermosos —observó Boris.
El hombre grueso lo pensó un momento.
—Sí, Damasco posee gran belleza, pero también es un lugar de gran peligro.
—¿Cómo es eso?
—Es adonde enviaron a Cherkesov para discutir con su amigo Volkin.
—Cherkesov ya no es bienvenido en Rusia —dijo Boris—, pero ¿Ivan?
—Su amigo Volkin tiene, digamos, varios intereses comerciales en Damasco.
Boris se sorprendió. Ivan había comentado que, aparte de actuar como asesor, se había retirado.
—¿Qué tipo de intereses comerciales?
—Nada que lo tenga en buena relación con los jefes de la grupperovka, con quienes ha hecho negocios durante décadas.
—No comprendo.
En el momento en que las palabras salieron de su boca, Boris supo que había cometido un error fatal. Un aspecto clave del rostro de su anfitrión cambió radicalmente: toda su confidencialidad y amigabilidad desaparecieron como una vaharada de humo.
—Es una lástima —comentó el hombre grueso—. Esperaba que pudiera usted arrojar alguna luz sobre por qué Damasco se ha convertido en el foco de atención tanto de Volkin como de Cherkesov.
Chasqueó los dedos y sus dos acólitos sacaron sendas Taurus PT145 Milleniums, pistolas pequeñas con la fuerza de un calibre cuarenta y cinco.
Boris se levantó de un salto, pero dos hombres más, armados con FN P90 belgas, pequeñas subametralladoras, aparecieron en la puerta.
Tras él se materializó Zachek, con una sonrisa cadavérica en el rostro.
—Me temo, general Karpov —dijo—, que su utilidad se ha acabado.
Bourne acababa de introducir la palanqueta en la abertura entre la parte superior y el lateral de una de las cajas cuando la puerta trasera se abrió. Apagó la linterna un instante antes de que los dos rusos salieran. Ninguno de ellos había podido echar mano al interruptor de la luz cuando arrojó la linterna al otro lado del almacén. Cuando la linterna golpeó el suelo, los rusos se sobresaltaron, empuñaron sus armas y corrieron hacia el lugar de donde procedía el ruido.
Bourne estaba más cerca del pistolero, ya que el conductor se había adelantado. Blandiendo la palanca, golpeó con el extremo la mano del hombre y la pistola cayó al suelo. El pistolero aulló, el conductor se detuvo en seco y se giró sobre sus talones justo cuando Bourne volvía a blandir la palanca. Le golpeó con ella en la cara, derribándolo hacia atrás con tanta fuerza que su cabeza chocó contra el suelo de hormigón, se le rompió el cráneo y murió al instante.
El pistolero, con la mano derecha visiblemente fracturada colgando a un lado, sacó una picana aturdidora con la mano izquierda. Era un arma de dieciséis pulgadas que podía provocar una descarga de trescientos mil voltios. La blandió adelante y atrás, manteniendo a Bourne a raya mientras avanzaba hacia él y lo hacía retroceder junto a la furgoneta. Su plan parecía ser arrinconarlo donde no tuviera espacio para moverse y evitar la picana. Un toque y Bourne acabaría rebulléndose indefenso en el suelo.
Se retiró a lo largo de la furgoneta. El guardaespaldas tenía la mirada puesta en el lugar donde quería que el estadounidense terminara, así que fue un poco lento al reaccionar cuando Bourne abrió una de las puertas traseras de la furgoneta, usándola como escudo entre él y la picana mientras rebuscaba en la caja de herramientas.
El pistolero rodeó la puerta cuando Bourne destapó el aerosol de pintura y roció los ojos de su enemigo. El hombre retrocedió, con las manos en la cara, jadeando, y él golpeó con el fondo de la lata los huesos fracturados. El pistolero gimió, el dolor lo hizo caer de rodillas. Bourne le quitó la picana, pero el tipo se lanzó hacia delante y se abrazó a sus piernas en un intento de hacerlo caer. Abrió la boca para clavarle los dientes en el muslo, pero Bourne le golpeó en la sien. Todo el aliento pareció escapar de su cuerpo y quedó tendido de espaldas, con los dedos de su mano buena intentando sacarse la pintura de los ojos.
El estadounidense le agarró la mano y se la apartó.
—¿Para quién trabajas?
—Vete a follarte a tu madre —dijo el hombre con tono gutural.
Bourne redujo la carga de la picana y le dio una descarga en el costado. El cuerpo del hombre se arqueó, los talones de sus zapatos golpearon contra el suelo.
—¿Para quién trabajas?
Silencio. Aumentó ligeramente la carga y volvió a aplicarla.
—¡Joder, joder, joder!
El pistolero tosió con fuerza y empezó a ahogarse. Tenía la boca llena de sangre: en su frenesí se había mordido la lengua y casi se la había arrancado.
—No volveré a preguntarlo.
—No tendrás que hacerlo.
Las mandíbulas del pistolero se cerraron y, un momento después, su pecho se convulsionó. Una espuma azulina se mezcló con la sangre de su boca, borboteando y cubriendo sus labios. Bourne se inclinó hacia delante, trató de abrirle las mandíbulas, pero ya era demasiado tarde. Un claro olor a almendras amargas llegó hasta él y le hizo retroceder. El pistolero había mordido una cápsula de cianuro.