24
Era de noche. La tranquilidad reinaba en la casa de don Fernando. A través de las ventanas abiertas podía oírse el mar. Los olores de su infinita extensión fluían como olas a través de las habitaciones. La cena parecía haber tenido lugar hacía semanas. Para cuando Bourne regresó al restaurante, el anciano ya había hablado con la policía y telefoneado al tanatorio.
Kaja se fue directamente a su habitación en cuanto llegaron a la casa y Essai hizo lo mismo. Durante un rato, Bourne y don Femando permanecieron sentados en el estudio analizando lo que había sucedido. El estadounidense se mostró cauto. El anciano estaba implicado en este misterio hasta las trancas. Había iniciado el contacto de Domna con Esteban Vegas, en teoría para que la organización pudiera utilizar el campo petrolífero en Colombia para ocultar sus envíos a Damasco, según parecía ahora. Don Fernando decía que estaba practicando un doble juego, usando los envíos para recopilar información sobre Domna: en concreto sobre Benjamin El-Arian, que había estado haciendo viajes a Damasco sin el conocimiento de la organización. Pero la revelación de esta noche de que el almacén y el cargamento pertenecían a la empresa rusa decidida a matar a Kaja reducía esa historia a cenizas. ¿Estaba don Fernando conchabado con el grupo ruso? Si era así, mantenía en secreto para todos la identidad de la organización para la que trabajó el padre de Kaja. Una vez más, Bourne se enfrentaba a la duda de si el anciano era amigo o enemigo. Por tanto, no mencionó la docena de cajas que había visto, ni que había descubierto su destino. Tampoco le contó su encuentro con los rusos en la azotea del almacén. Se había limitado a decirle que el incidente terminó con las muertes del pistolero y su conductor delante del almacén.
Don Fernando bebió varias copas de coñac demasiado rápidamente.
—He perdido a un buen amigo esta noche —dijo. Se volvió a mirar por la puerta del estudio—. Creo que no puedo soportar tenerla más tiempo bajo mi techo.
—No es culpa suya.
—Claro que es culpa suya. —Don Fernando se sirvió más coñac—. Cometí un error, le di demasiada correa. Descubrir la vida secreta de su padre se ha convertido en una obsesión implacable para ella. Esa zorra nos ha traído todo esto.
Eran las tres cuando don Fernando acompañó a Bourne a su habitación, que, junto con los otros dormitorios para invitados, estaba en un ala del otro lado de la casa, frente a la suite principal. El anciano encendió un puro y lo aspiró, pensativo. Parecía haberse calmado tras su breve estallido, pero ¿quién sabía?
—Lo has hecho bien esta noche —dijo, pero ahora sus pensamientos parecían muy lejanos.
—Voy a ver cómo está Kaja —replicó Bourne.
Don Fernando asintió, pero cuando el estadounidense se dio la vuelta para marcharse, lo cogió por el brazo. Sus ojos habían vuelto a mostrar aquel extraño brillo.
—Escucha, Jason, si alguien puede acabar con Severus Domna eres tú. Pero te lo advierto, esa organización es una hidra moderna. En este momento, Benjamin El-Arian es su cabeza, pero hay otros esperando entre bastidores.
—He estado pensando en eso. Tal vez no sea de El-Arian de quien tengo que preocuparme, sino de Semid Abdul-Qahhar.
Bourne llamó suavemente a la puerta del dormitorio que Kaja tenía que haber compartido con Vegas. Oyó un sonido apagado, abrió la puerta y entró en la habitación. Las luces estaban apagadas. La luz de la luna iluminaba la cama, bañando a la mujer de azul mientras yacía boca arriba, mirando el techo. Con el rostro casi en sombras, era imposible leer su expresión.
—¿Lo atrapaste?
—El pistolero está muerto —anunció Bourne—. Junto con varios hombres más.
Ella suspiró.
—Gracias.
Un suave viento entró por las ventanas entreabiertas, y las cortinas temblaron.
—Maté a Esteban —dijo ella. Su voz, ronca por la emoción, la traicionó: había estado llorando.
—No digas eso —repuso Bourne.
—¿Por qué no? Es verdad.
—Tendrías que habértelo pensado antes de utilizarlo como tapadera.
Ella se cubrió los ojos con un brazo.
—No lo pensé —contestó—. Estaba concentrada en mi propia supervivencia.
—Eres humana. —Bourne se acercó y se quedó de pie junto a la cama—. Deberías descansar un poco.
Una risa que era medio llanto surgió de la garganta de Kaja, que apartó el brazo para mirarlo.
—Debes de estar bromeando.
Él se sentó a su lado en la cama. Las cicatrices de ella brillaban lívidas bajo la pálida luz. Volvió la cabeza y, con voz ahogada, declaró:
—Llevo la muerte allá donde voy.
—Ahora estás siendo melodramática.
—¿Eso crees? Esteban está muerto por mi culpa. Don Fernando no quiere saber nada de mí; estoy segura de que te lo ha dicho.
Cuando Bourne la cogió por la muñeca, pudo sentir su pulso, firme y fuerte.
—Quedarse aquí es un callejón sin salida.
El viento agitó las cortinas como si fueran las alas de un búho. La luz de la luna hizo que la colcha brillara.
Ella volvió el rostro hacia él.
—¿Los hombres que mataste, eran rusos?
—Sí. Pero no de la grupperovka.
—De la SVR.
—No son como otros agentes que me haya encontrado o de los que haya oído hablar.
Ella se incorporó, apoyándose sobre los codos.
—¿Para quién trabajaban? Por favor, dímelo.
La breve conversación con el ruso daba vueltas en la cabeza de Bourne. «Es un héroe para nosotros.»
—No lo sé —dijo—, pero actúan contra Domna.
Los ojos de ella chispearon.
—No comprendo.
—Tu padre trabajaba para ellos, aunque Domna lo contrató para matar a Alex Conklin.
Kaja inspiró profundamente.
—¿Era un topo?
—Eso creo, sí.
Bourne tomó aire y lo soltó.
—Creo que también don Fernando trabaja para ellos.
Don Fernando, envuelto en humo como si estuviera ardiendo, vio a Bourne desaparecer pasillo abajo. Entonces se dio media vuelta y llamó suavemente a la puerta de uno de los dormitorios. Un momento después Essai asomó la cabeza.
El anciano le hizo un gesto y Essai salió de la habitación, cerrando la puerta tras él. Cruzó el pasillo y abrió la puerta del dormitorio de Bourne.
—Buena suerte —susurró don Fernando.
El árabe asintió.
—Es un hombre enormemente peligroso.
—Lo sé —dijo Essai, entrando en la habitación.
Cerró la puerta en silencio y el dueño de la casa desapareció pasillo abajo.
Essai se sentó en un sillón en la esquina del oscuro dormitorio de Bourne. Las cortinas de la ventana que daba a la parte sur de la casa y el grupo de palmeras estaban echadas. Al atravesar el cristal, la luz de la luna proyectaba manchas azules sobre una pared. Por lo demás, las sombras flotaban en la habitación como murciélagos. Essai era completamente invisible.
Mientras esperaba, pensó en su vida, en el camino que había elegido y en los otros caminos que podía haber seguido. No estaba satisfecho. Por lo que a él respectaba, ya habría tiempo de estar satisfecho cuando estuviera muerto. La vida era un estado de flujo constante, lo que significaba ansiedad, tensión y conflicto. Pero lo que más pesaba en su mente era lo fácilmente que los amigos se convertían en enemigos al traicionarte. Había creído en Severus Domna, durante un tiempo incluso había creído en Benjamin El-Arian. Posiblemente en el caso de El-Arian se había engañado a sí mismo, dejándose llevar por sus deseos. Al pensar ahora en ello, podía enlazar incidentes pequeños como si fueran una sarta de perlas podridas que deberían de haberlo alertado sobre el auténtico propósito de El-Arian, como sus viajes a Múnich y luego, más recientemente, a Damasco. En retrospectiva, estaba claro que en Múnich se había visto en secreto con Semid Abdul-Qahhar, planeando la alianza que acabaría por corromper a Domna hasta hacerla irreconocible por sus fundadores.
Un leve sonido, no más que el roce de un ratón de campo, lo hizo ponerse plenamente alerta. Al otro lado de la ventana las cortinas se movieron, y, con ellas, la pauta de luz lunar en la pared de enfrente. Como una nube que pasara delante de la luna, apareció una sombra. Durante un largo instante permaneció inmóvil. Luego, muy despacio, se movió junto a la ventana, tan suavemente que si Essai no hubiera sabido qué estaba pasando habría confundido el leve movimiento con el aleteo de una mosca.
Observó, con ojos penetrantes, cómo la ventana se abría muy despacio hasta que hubo suficiente espacio para que la sombra entrara silenciosamente.
Sólo cuando la sombra se volvió hacia la cama, Essai dijo:
—No está aquí.
—¿Dónde está? —preguntó Marlon Etana.
—Te lo advertí —respondió Essai.
Etana se volvió lentamente.
—Nunca he hecho caso a tus advertencias.
—Necesito a Bourne. Te lo dije claramente esta tarde en la barca.
—No le vi mucho sentido a prestarte atención.
Essai se aclaró la garganta.
—Vas a tener que explicar eso.
—¿Por qué?
Essai alzó a la luz de la luna la Makarov que empuñaba. Tenía puesto un silenciador.
Etana la miró con lo que parecía ser una mezcla de diversión y resignación.
—¿Ves, Essai? Ésta es la diferencia entre nosotros. No tendría que decírtelo: deberías saber por qué Bourne tiene que morir.
Essai agitó la Makarov.
—Infórmame.
Etana suspiró.
—Bourne mató a nuestra gente en Tineghir el año pasado. En concreto, mató a Idir.
—Idir Syphax, sí. —Essai asintió—. Así que es verdad.
—¿De qué estás hablando? Sabes que Idir y yo éramos amigos desde la infancia.
Essai ladeó la cabeza.
—Más que amigos, parece.
—No sé a qué te refieres.
—Ahórratelo —Essai hizo un gesto cortante con la mano—. No soy tan hipócrita como otros árabes. Sólo me importa tu orientación sexual en la medida en que me afecte. Bourne mató a tu amante…
—Idir tenía esposa e hijos.
—El hecho de que Bourne matara a tu amante no justifica que busques venganza.
Etana dejó escapar una risa cruel.
—Mira quién fue a hablar. Toda tu vida se basa en buscar venganza por la muerte de tu hija.
—Bourne es un muerto ambulante. Como bien sabes, le da caza un general del FSB-2, quien, francamente, tiene más posibilidades de…
—Rusos —comentó Etana con desdén—. Pero ¿a quién le importa? Ahora proteges a Bourne.
—Por el momento, sí. Sin él, no podré acabar con Severus Domna. Tienes que olvidarlo. Su muerte está predestinada, pero no por tu mano.
Etana se envaró.
—Debe ser por mi mano.
Essai suspiró.
—Déjalo, Marlon.
—No puedo. No quiero.
—No tienes otra opción. —Se puso en pie.
Etana se lanzó contra él antes de que hubiera acabado de incorporarse. Los dos cayeron por detrás de la silla, pero a pesar de la Makarov, Essai estaba en la posición vulnerable. Cuando la parte trasera de sus rodillas golpeó el asiento, perdió el equilibrio y no pudo disparar. En cambio, blandió el cañón alargado, abriendo una media luna roja bajo el ojo de Etana, que le golpeó con saña en el esternón, haciendo que tras sus ojos estallaran estrellas. Notó que el aliento le quemaba en la garganta y sus pulmones tenían problemas para absorber aire.
Los dos hombres lucharon en silencio, eficazmente. Estaban igualados, si no en fuerza, al menos en el conocimiento íntimo del otro, acumulado durante sus años de amistad. Nada de eso importaba ahora, la historia compartida, los planes conjuntos, el haberse cuidado mutuamente. Uno de ellos no saldría vivo de la habitación, y ambos lo sabían.
Essai oyó el chasquido metálico, sintió la navaja de Etana y hundió con fuerza el codo en su estómago. Pudo ver la hoja entonces, fina y de aspecto peligroso. Reflejó la luz de la luna mientras trazaba un arco hacia él. Pero el movimiento de Etana salió desviado. La punta de la hoja rozó su camisa, el tejido se abrió. La piel le cosquilleó como si lo atravesara un ejército de hormigas.
Empujó a Etana, luchando por separarse para poder utilizar la Makarov y poner fin a la batalla. Pero Etana se agarró a él con una mano y no permitió que ganara ventaja. Tan cerca, la navaja era el arma ideal. Si la blandía correctamente, podía hacer más daño con un rápido tajo que con cinco minutos de puñetazos.
Essai golpeó a Etana en la boca. Los labios se rompieron y la sangre llenó su boca, manchando sus dientes de rojo. Escupió sangre a los ojos de Essai y, cuando éste se echó hacia atrás, lo atacó con la navaja. Essai sintió el caliente tajo y gimió para sus adentros. Intentó golpear de nuevo a Etana en la boca, pero falló, y le dio en la mejilla.
Etana se echó hacia atrás, llevándose consigo a Essai, cuya cadera chocó contra una mesilla de noche, derribando la lámpara. La agarró y golpeó con la base la mano de su adversario. La navaja resbaló por el suelo, deteniéndose en la alfombra al borde de la cama. Etana sacudió a Essai, le hizo dar la vuelta y le golpeó el brazo contra la pared. Trató de arrancarle la pistola de la mano, pero acabó recibiendo un codazo en la caja torácica.
Los dos hombres cayeron hacia atrás al suelo, rodando. La pistola se disparó cuando cayó al parqué y la bala se incrustó en el techo. Etana se golpeó la cabeza contra el marco de la cama, y Essai empezó a descargar una serie de puñetazos que hizo que la cabeza de su adversario se moviera de un lado a otro como un péndulo. Luego vio la navaja con el rabillo del ojo y, tras quitarse a Etana de encima, trató de cogerla. Al hacerlo, Etana le golpeó el cuello con el canto de la mano, se hizo con la navaja, echó hacia atrás la cabeza de Essai y le rebanó la garganta de oreja a oreja.
Manchas de luz y sombra reptaban por la alfombra de la habitación del hotel, remedando el tráfico rodado de la calle. Maggie estaba de pie en el lugar donde se suponía que iba a llevar a Christopher. Tenía una mano en la sien, la otra en el costado. En silencio, contó las lentes de las cámaras de vídeo miniaturizadas: en el bar, en el mueble de la tele, en un rincón donde el techo se encontraba con la pared. Incluso el cuarto de baño tenía una oculta en una posición estratégica. Los micrófonos estaban todos en pausa, esperando que se pronunciara una palabra. A través de una de sus muchas compañías subsidiarias, Domna había alquilado esta habitación durante un mes. El día después de reservarla, tres de sus técnicos se pasaron varias horas instalando concienzudamente el equipo electrónico y luego, con yeso y pintura, cubriendo su trabajo.
Era un lugar solitario, y ella sentía el dolor de esa soledad como si le faltara una extremidad. La habitación había sido preparada amorosamente, y sin embargo ahora la odiaba con cada fibra de su ser. No era la misma mujer que había llegado a Washington para destruir a Christopher. El cambio se había producido como por arte de magia, de la mañana a la noche, y la asombraba. Se sentó ahora en la cama, la cabeza entre las manos mientras los rombos de sombra y luz danzaban lentamente a su alrededor.
Tenía menos de veinticuatro horas para atraer aquí a Christopher, para seducirlo y llevarle a una constelación de posiciones comprometidas, y hacerle decir las palabras que lo harían caer en desgracia. Semanas antes, el plan parecía magnífico; también parecía divertido. Al contrario que otros países, en los que Domna se había infiltrado con éxito por medios políticos y financieros, Estados Unidos había resultado ser mucho más difícil, debido a su diversa población, su enorme extensión y su absoluta resistencia. Tenía, entre todas las naciones desarrolladas, una red altamente elaborada de comprobaciones y equilibrios que había frustrado las maquinaciones incluso de la jerarquía de Domna.
Ella estaba en contra de la idea de atacar la economía americana a través de manipulaciones del mercado global del oro, que era el plan de la organización hasta que Jason Bourne lo detuvo en seco el año pasado. Pero tenía que admitir que cambiar el objetivo a la mina de Indigo Rose y sus vastas riquezas en tierras raras era brillante. Los miembros del brazo chino de Domna habían conseguido ahogar con éxito la exportación de tierras raras, y ahora los pedidos de los militares norteamericanos para fabricar armas de nueva generación estaban completamente detenidos. La fase uno se había completado. La fase dos, mucho más difícil de conseguir, era la mina de Indigo Ridge. A través de sus agentes americanos, Domna conocía de antemano la intención del gobierno norteamericano de volver a abrir la mina lanzando una oferta pública de venta de activos financieros en Bolsa. La seguridad tenía que ser el tema principal para el presidente. Benjamin El-Arian había hecho una lista de las personas a las que el presidente nombraría probablemente para dirigir la seguridad en Indigo Ridge. Maggie había visto aquella lista, sorprendentemente corta; en ella sólo había tres nombres: Brad Findlay, jefe de Seguridad Nacional, M. Errol Danziger, el director de la CI, y Christopher. Danziger quedó fuera porque, como le dijo Benjamin, las competencias de la CI estaban fuera de Estados Unidos. La elección obvia era Findlay, pero Benjamin sabía que el presidente confiaba más en Hendricks. En opinión de El-Arian, la alta prioridad extrema de la misión de seguridad hacía que el nombramiento de Hendricks fuera cosa hecha. Por tanto, el objetivo fue Hendricks. La idea era causar un escándalo que desviara los planes de seguridad mientras, al mismo tiempo, apartaba la atención pública de Indigo Ridge durante el tiempo que Domna necesitara para conseguir la fase dos.
Pero ahora… Ahora Maggie no estaba segura. De un suspiro al siguiente todo parecía haber cambiado a su alrededor, o tal vez ella veía el mundo con ojos distintos. Y por eso había aprovechado la sorprendente oportunidad que Christopher le había confiado durante el picnic. Ella le había aconsejado que renunciara a sus deberes en Indigo Ridge (sabía exactamente a qué se estaba refiriendo él), y los entregara a los incompetentes brazos de Danziger. Era lo único que se le había ocurrido para salvarlo y, por extensión, para salvarse a sí misma. Cuando estuviera fuera de Indigo Ridge, él ya no sería de ninguna utilidad para Domna. Ella podía cerrar su operación y olvidarla. Se preguntó por qué Benjamin no la había llamado todavía. Sin duda ya se habría enterado del cambio en seguridad. El suspense era como un cuchillo en el estómago. Con un gemido, cogió el teléfono, marcó el número del servicio de habitaciones y pidió un bistec, patatas fritas y espinacas a la crema. Bien podía comer a pesar de su tristeza.
Se tumbó en la cama con los brazos extendidos a los lados. Inhaló el aire reciclado de la habitación mientras contemplaba el techo. Los sonidos del tráfico que se filtraban desde el exterior ahora parecían fríos, extraños, letales. Se estremeció, aunque su cuerpo parecía febril. Las sombras que se deslizaban por el techo de color azul claro creaban imágenes como nubes en el cielo. Sorprendentemente, vio a su padre. Cuando soñaba con él, se marchaba siempre, la sombra de su gran abrigo de lana llenaba la puerta de su casa en Estocolmo. Más allá, sólo había nieve, chispeando en la pálida luz del norte como montones de azúcar. Y él siempre se desvanecía en aquel mar de blancura, como si no hubiera existido jamás. Ella despertaba de esos sueños-recuerdos pensando que sabía cómo había sido su vida. Otras veces no estaba tan segura. Y en ocasiones temía que sus recuerdos de él fueran parte de una fantasía que había creado de niña y se hicieran pedazos a la luz del día. Pero no, tenía que tener fe, tenía que creer que el camino que había elegido era el adecuado, el único que podía haber tomado. Sin embargo, se había derramado mucha sangre, había mucho dolor y mucha angustia. Su madre y Mikaela estaban muertas. Tenía que creer que esas muertes tenían un sentido, o de lo contrario se volvería loca.
Justo cuando se daba la vuelta, las valquirias empezaron a cabalgar en su teléfono móvil encriptado. Incluso aquí, en el Nuevo Mundo, estoy atada a mi antigua vida, pensó. Extendió la mano y contestó al teléfono.
—¿Dónde estás? —La voz fina y resonante de Benjamin la abofeteó desde el otro lado del Atlántico.
—En la habitación del hotel, asegurándome de que todo está preparado para Hendricks.
—Ha habido un cambio de planes.
Ella se irguió, el corazón redoblando en un arrebato de esperanza.
—¿Qué quieres decir?
—Hendricks ha sido relevado de la seguridad de Indigo Ridge.
—¿Qué? —Ella moduló la voz para mostrar incredulidad— ¿Cómo ha podido suceder?
—En la casa de locos que es la política americana, ¿quién puede decirlo?
Ella se levantó, apoyó sus largas piernas en el suelo y se acercó a la ventana para contemplar el tráfico. Su corazón se animó y la presión en sus pulmones se alivió. Por primera vez en días, inspiró profundamente.
—Entonces, ¿dónde vamos ahora? —preguntó, aunque sabía perfectamente bien la respuesta—. Después de que cierre la misión.
—La misión sigue activa.
El aliento se le congeló en la garganta.
—Yo… no comprendo. —Su corazón parecía estar azotando a su pecho para matarla.
—Hendricks va a por Fitz. Asignó a uno de los suyos, Peter Marks, para investigarlo.
Maggie miró por la ventana, donde las parejas jóvenes miraban los escaparates cogidos del brazo. Una madre hacía footing mientras empujaba a su bebé en uno de esos carritos especiales. Sonaban los cláxones, haciendo evidente la impaciencia de los conductores. Quiso desesperadamente estar en uno de esos coches, marcharse, estar en cualquier lugar menos en esa habitación, hablando con cualquiera que no fuese Benjamin El-Arian.
Se aclaró la garganta.
—Dame dos horas. Puedo conseguir que Hendricks cierre la investigación.
El-Arian no se molestó en preguntar cómo iba a hacerlo.
—Demasiado tarde —dijo—. Marks encontró algo. Nos hemos encargado de él, pero eso sigue dejando un cabo suelto.
Maggie apoyó la frente en el cristal, intentando transferir la frialdad del cristal a su cuerpo ardiente.
—¿No esperas que lo mate yo?
—Espero que sigas las órdenes.
La voz de Benjamin fue como una avispa en su oído.
—Es el secretario de Defensa, Benjamin.
—Sé creativa, pero hazlo —le ordenó él.
Hubo un largo silencio durante el cual Maggie pudo oír la sangre agolpándose en sus oídos.
—¿Estás ahí?
—Sí —respondió ella, casi inaudiblemente.
—Sabes cuál es la única forma en que puede hacerse.
—Sí.
Maggie se quedó sin respiración, y le pareció que sería para siempre.
—Skara, sabías antes de partir cómo podría acabar esta misión.
Ella cerró los ojos, tratando de obligarse a permanecer en calma. Sin embargo, su voz no pudo evitar un levísimo temblor cuando contestó.
—Lo sabía.
—Bien, pues ahora lo sabes con seguridad. —La voz de El-Arian, como una avispa, lanzó su picotazo—. Estás en una misión suicida.
Bourne oyó el sonido ahogado e inmediatamente lo identificó como un disparo hecho con silenciador. Se asomó a la ventana de Kaja justo a tiempo para ver a Marlon Etana salir por la ventana de su propia habitación. Etana serpenteó entre las palmeras y luego saltó por un muro bajo. Bourne abrió la ventana y saltó. Se agarró a una cuerda que lo llevó hasta el muro y le permitió franquearlo más rápido, y alcanzó a Etana a los cien metros.
Cayeron juntos al suelo, rodando. Bourne golpeó primero, pero Etana consiguió zafarse, y se puso en pie y echó a correr de nuevo. El estadounidense se lanzó tras él, llegó al grupito de palmeras al borde de la carretera marítima y lo cruzó, esquivando las veloces Vespas mientras se dirigía hacia el muelle.
Etana llegó al taller de un pequeño astillero, se agachó, cogió una lezna y la arrojó hacia atrás. Bourne la esquivó y siguió avanzando, lanzándose por encima de la quilla de una barca que estaban calafateando. Cogió un palo de madera de poco más de un metro y lo lanzó como si fuera una jabalina. Golpeó a Etana en el hombro izquierdo, haciéndolo girar mientras se tambaleaba, agitando los brazos a los lados para conservar el equilibrio. Se dio contra una pared, que le salvó de caer al suelo, y continuó hacia delante, hacia el otro lado de la barraca, hacia la noche estrellada.
El agua, titilando bajo la luz de la luna, quedaba a su derecha, el rompeolas a la izquierda. Etana saltó a la izquierda en un intento de franquear el muro, pero Bourne le cortó el paso y se vio obligado a dirigirse al otro lado, fuera de las rampas para embarcaciones.
Etana echó a correr por una de las largas rampas, con barcas a cada lado, pero al darse cuenta de que Bourne le ganaba terreno, saltó a una de las barcas y desapareció detrás de la cabina. En vez de ir directamente hacia él, el estadounidense corrió hacia la embarcación de al lado y saltó sobre ella cuando su adversario apareció empuñando una Taurus PT145 Millenium. Etana miró alrededor, sin saber dónde se había metido Bourne.
Las luces de los reflectores barrían los muelles, iluminando para Bourne el camino que tenía que seguir; agachado, se dirigió a la banda de estribor de la embarcación y saltó hacia la de su enemigo. De inmediato, sin duda sintiendo el leve movimiento producido por el peso del americano, Etana apareció.
Los dos hombres se acecharon mutuamente, usando los contornos del barco para escudarse mientras se movían. Etana disparó cuando Bourne se mostró brevemente. Ahora que sabía dónde estaba el otro, el estadounidense retrocedió, saltó a la cabina, dio una voltereta y se lanzó contra él. La Taurus disparó de nuevo, y entonces, con el segundo golpe de Bourne, resbaló por la cubierta.
Etana le descargó un puñetazo en la mejilla y de la boca de Bourne manó sangre. Continuó con un golpe en los riñones que arrojó a Bourne a la cubierta, rebulléndose de agonía. Etana se giró y, agarrando la Taurus, se volvió a tiempo de recibir una patada que le aplastó la nariz. Se tambaleó hacia atrás, con la cara cubierta de sangre, pero consiguió apuntar con la Taurus. No obstante, antes de tener una oportunidad de disparar, Bourne le clavó la punta de los dedos justo debajo del esternón.
Etana se quedó sin respiración, se dobló, y Bourne le quitó la Taurus de la mano y le golpeó en la sien con el cañón de la pistola.
—¡Alto! —llamó una voz desde el muelle— ¡Ya es suficiente!
Bourne se volvió y vio a don Fernando de pie, en pose de tirador, con las piernas separadas y los brazos extendidos con firmeza hacia delante.
—Suelta la Taurus, Jason, y apártate.
Como Bourne vaciló, don Fernando amartilló la Colt Python Magnun 357.
—Ahora o nunca. Sólo hará falta un disparo.