7      

Cuando Peter regresó al cuartel general de Treadstone conectó su ordenador, introdujo su clave, utilizando el algoritmo del día y repasó las bases de datos de los servicios clandestinos buscando la palabra «Samaritano». No le sorprendió no encontrar ninguna respuesta. Permaneció sentado ante la pantalla en blanco durante un momento, luego tecleó «Indigo Ridge».

Esta vez obtuvo una respuesta inmediata. Leyó la valoración gubernamental con creciente fascinación. Indigo Ridge, una zona de California, era la zona cero para la extracción de tierras raras. Las tierras raras, leyó, eran esenciales para las baterías recargables de níquel e hidrógeno, algo que él utilizaba cada día, pero a lo que nunca prestaba atención. El verdadero nombre era hidruro de lantano níquel, una tierra rara. Las tierras raras también eran un componente de todos los láseres y además desempeñaban un papel en la guerra electrónica, los aparatos de intercepción, el cañón de riel electromagnético, el dispositivo acústico de largo alcance y el sistema de negación de zona usado en el vehículo Stryker. La lista de armas de tecnología punta que necesitaba tierras raras era sorprendente.

Los siguientes párrafos estaban dedicados a NeoDyme, la compañía creada para explotar las tierras raras de Indigo Ridge. NeoDyme acababa de salir a Bolsa, pero tenía el respaldo del gobierno norteamericano. Peter inmediatamente comprendió la importancia estratégica de NeoDyme e Indigo Ridge. En tal caso, Samaritano estaba relacionado de algún modo con la explotación de las tierras raras. Pero ¿para qué?

Peter se levantó y se desperezó. Saludó con un gesto a Ann, su secretaria, cuando salió de su despacho y se dispuso a servirse un café y un donut rancio. Se puso azúcar y leche y se llevó el tazón y el donut a su despacho para pensar un rato.

Desde que podía recordar, el azúcar había sido para él el gran estimulante del pensamiento creativo. Mientras mordisqueaba el donut, pensó en el encuentro entre Hendricks y Danziger. Y entonces se le ocurrió la idea: ¿y si Samaritano fuera una iniciativa inter-agencias? Eso sería enorme. Y una vez más sintió un retortijón por haberse quedado fuera. Si Hendricks no confiaba en él, ¿por qué quería que dirigiera Treadstone? No tenía sentido para él. A Peter no le gustaban los misterios, sobre todo cuando brotaban en su territorio. Y entonces otro pensamiento lo hizo erguirse en el asiento. Al intentar encontrar información sobre Samaritano había podido acceder a las bases de datos de todos los servicios clandestinos. Hendricks se lo había dicho, casi de manera casual. Era extraño, considerando, por lo que Peter sabía, que era un gesto sin precedentes. Los diversos servicios eran famosos por su celo a la hora de proteger sus datos, sobre todo después de la publicitada puesta al día tras el 11-S. Como estaba en el ajo, Peter sabía que eso era en parte propaganda, porque había que calmar y aplacar a la opinión pública norteamericana. Seguía quedando la cuestión de que en lo referido a compartir datos entre las agencias no había cambiado nada. La comunidad de los servicios clandestinos seguía siendo una pesadilla feudal de reinos de taifas separados, dominados por mandarines con conciencia política que buscaban fondos del congreso mientras evitaban a la desesperada los recortes presupuestarios y la reducción de personal a los que obligaba el actual clima económico.

Tras limpiarse las yemas de los dedos, le dio un sorbo al café y se introdujo en el galimatías de altos secretos que tenía delante, cortesía de su jefe. En un momento dado, se preguntó si Hendricks había tenido un motivo ulterior para conseguir este acceso para Treadstone.

No pudo evitar preguntarse por qué Hendricks le había hablado del tema de manera tan casual. Su formación se basaba en el recelo, en la búsqueda de motivos ocultos, en asomarse a los oscuros interiores de lo que la gente decía y hacía. ¿Le había suministrado una pista sutil para que se zambullera en el galimatías de las bases de datos? Pero ¿para qué?

¿Y si tenía que ver con el propio Hendricks? Se dirigió al ordenador del secretario de Defensa y permaneció allí sentado un momento, contemplando el parpadeante recuadro que le pedía el código de seguridad. Pensó en las palabras que podía utilizar su jefe. Tras acomodarse en su asiento, cerró los ojos, recordando la reunión en casa de Hendricks esa mañana. Repasó todo lo que se había dicho, todos los movimientos que había hecho el secretario.

Entonces recordó su curiosa frase de despedida: «Oh, por cierto, he podido conseguir acceso para Treadstone a todas las bases de datos de los servicios clandestinos». Frunció el ceño. No, no era eso. Frunció más profundamente el ceño mientras se esforzaba por recordar la frase exacta del secretario.

—Discúlpeme, director.

Alzó la cabeza y vio a Ann de pie en el umbral.

—¿Qué ocurre? —replicó.

Ella dio un respingo. Todavía no estaba acostumbrada a los cambios de humor de su jefe.

—Lamento molestarlo, pero hay un problema con mi hijo en el colegio y necesito un par de horas libres.

—Por supuesto —dijo él, agitando vagamente una mano—. Vaya. —Su mente ya había regresado a su cadena original de pensamiento.

Ann estaba a punto de marcharse cuando se dio media vuelta.

—Oh, casi se me olvidaba. Antes de marcharse, la directora Moore pidió que se añadiera un servidor adicional a su…

—¿Que pidió qué?

Peter se giró hacia ella y casi se levantó de su asiento. La secretaria se puso pálida, claramente asustada. A pesar de su creciente entusiasmo, él se dio cuenta y moduló su voz para hablar en tono más normal.

—Ann, ¿dice que Soraya pidió otro servidor?

—Sí. Lo van a instalar esta noche, así que si por casualidad va a quedarse trabajando hasta tarde…

—Gracias, Ann. —Se obligó a sonreírle—. En cuanto a su hijo, tómese todo el tiempo que necesite.

—Gracias, director.

Con cierto asombro, ella se dio media vuelta, cogió su bolso y su abrigo y se marchó.

Peter, de vuelta a su pantalla, se esforzó por recordar las palabras exactas de Hendricks. Entonces lo tuvo: «Oh, por cierto, he podido conseguir que los servidores de Treadstone accedan a todas las bases de datos de los servicios clandestinos».

Servidores. Peter abrió los ojos. ¿Por qué demonios había dicho eso cuando los servidores no tenían nada que ver con el acceso? Los servidores de Treadstone estaban donde se almacenaban sus propios datos. Contempló el parpadeante recuadro en mitad de la pantalla, haciendo su misteriosa pregunta. Dios, pensó, ¿puede ser tan sencillo?

Sus dedos temblaron levemente y tecleó la palabra: «servidores».

De inmediato, el recuadro fue sustituido por un diagrama en árbol. Peter se quedó mirando, incrédulo. Estaba dentro del ordenador de Hendricks. El secretario lo quería allí, estaba completamente seguro de eso. Le había entregado un mensaje en código. ¿Por qué no se lo había dicho directamente?

Lo primero que pensó fue que su jefe quizá temía que hubiera micrófonos ocultos en su casa, pero inmediatamente descartó la idea. La casa y las oficinas del secretario eran revisadas electrónicamente dos veces por semana. Así que Hendricks tenía miedo de otra cosa. ¿Era alguien de dentro, uno de los suyos?

Peter contempló la pantalla. Tenía la sensación de que encontraría la respuesta dentro del diagrama de árbol del secretario. Tras inclinarse hacia delante, se puso a trabajar con febril intensidad.

—Esto es una locura absoluta —manifestó el comandante de las FARC mientras Bourne conducía el jeep robado por la nacional 40—. ¿Cómo sabían que estaba en el túnel? —preguntó.

—Lo seguirán hasta los confines de la tierra.

El comandante se llamaba Suárez. No había tenido ningún empacho en decirle su nombre ni las formas en que estaba seguro de que iba a morir.

Bourne sonrió.

—No hay ni uno de sus hombres que pueda salir de Colombia.

Suárez se echó a reír, aunque eso le hizo sentir dolor en la zona detrás de la oreja derecha.

—¿Cree que sólo soy un jefe militar de las FARC?

Bourne lo miró y entonces vio el anillo de oro que brillaba en el grueso índice de su mano derecha.

—Es usted miembro de Severus Domna.

—Y usted es hombre muerto —dijo llanamente el comandante.

Sin soltar el volante, Bourne le golpeó la mano con el cañón de la Makarov, y Suárez gritó como un toro enloquecido. Luego retiró la mano y la acunó con la otra.

—¡Mierda, mierda, mierda! —gimió—. ¡Me la ha roto!

—Tranquilícese.

Bourne canturreó para sí mientras aceleraba. Con destreza, hizo que el jeep adelantara los lentos camiones y las furgonetas cargadas.

Suárez, meciéndose dolorido adelante y atrás, preguntó:

—¿Por qué demonios está tan contento, maricón?

Durante un rato, Bourne se ocupó de seguir adelantando vehículos.

—Sé cómo sabían dónde estaba —dijo entonces.

—No, no lo sabe —respondió Suárez.

—Alguien del último control de carreteras antes del túnel me reconoció y los llamó por radio, alguien que también pertenece a Domna.

—Eso es cierto, pero yo no sigo órdenes. Su muerte es un regalo para un amigo mío, un enemigo suyo.

Estaba pálido, el dolor hacía que perlas de sudor corrieran por su frente. Miraba fijamente hacia delante, hasta que su mirada se dirigió al retrovisor lateral. Una sonrisa asomó a sus labios y, en apenas un segundo, desapareció. Bourne, que comprobaba por el retrovisor cada minuto, vio a los dos motoristas que aparecían y desaparecían en el tráfico.

—Roberto Corellos nos ha pagado un montón de dinero para que lo matemos.

Así que Corellos se estaba vengando de Bourne por haberle dejado en evidencia delante de sus hombres. Ahora eran enemigos mortales.

—Será mejor que se abroche el cinturón —dijo Bourne.

Esperó a que los motoristas se libraran de los otros vehículos que tenía detrás, y entonces aceleró. Las motos ganaron velocidad y acortaron la distancia entre ellos. En el momento de máxima aceleración pisó el freno con tanta fuerza que el jeep dejó una capa de goma en el asfalto de la carretera. El vehículo se agitó violentamente de un lado a otro mientras lo dejaba en punto muerto. Los neumáticos luchaban por aferrarse a la carretera.

Las motos lo adelantaron y entonces, virando poderosamente, frenaron y se dieron la vuelta trazando un amplio círculo. Bourne metió la primera y pisó el acelerador; luego cambió a segunda. El jeep salió lanzado hacia delante, golpeó con el morro la moto de la derecha, pillándola de lado y arrojándola fuera de la carretera. La frente de Suárez estuvo a punto de estamparse en el parabrisas. La moto patinó salvajemente. El motorista trató de recuperar el control mientras resbalaba por el asfalto. Un instante después cruzó el estrecho arcén y desapareció por el lado de la montaña.

Un disparo dibujó una telaraña en el parabrisas del jeep y Bourne dio marcha atrás, haciendo girar el vehículo hasta que enfiló directamente hacia la segunda motocicleta. El motorista apuntaba de nuevo con su pistola. La moto se encontraba entre el jeep y la falda de la montaña con su vertiginosa caída de docenas de metros. Debido al bloqueo de las FARC, el tráfico de frente estaba detenido. Ahora los conductores trataban de escapar del caos.

Bourne se lanzó directamente contra el motorista, que le apuntaba con la pistola.

—Dios mío, ¿qué demonios está haciendo? —gritó Suárez—. Va a hacer que nos maten a ambos.

—Si es necesario… —dijo Bourne.

—Los informes sobre usted son ciertos. —El comandante lo miró—. Está loco.

El motorista debió pensar lo mismo, porque después de disparar a ciegas se apartó lanzando una nube de grava. Bourne frenó, extendió el brazo izquierdo y disparó un tiro. El motorista agitó los brazos cuando fue arrancado del sillín. La moto se estampó contra un coche parado, que chocó a su vez con el camión que tenía delante.

Bourne se perdió por la autopista que, debido al bloqueo de las FARC y el incendio en el túnel, estaba ahora completamente desierta.