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Excepto por el aumento de las medidas de seguridad, Boris encontró Damasco tal como estaba la última vez que la visitó, una ciudad moderna creciendo dolorosamente alrededor de un oasis, con minaretes, mezquitas y enclaves que se remontaban a la época en que fue escrito el libro del Génesis, en algún momento del siglo XIII antes de Cristo. Al frente de su ejército, Abraham bajó a Damasco desde la tierra de los caldeos, al norte de Babilonia. Gobernó la ciudad durante algunos años, dándose descanso a sí mismo y a sus hombres, encantado por esta preciosa ciudad en el fragante valle entre los ríos Éufrates y Tigris, antes de continuar hacia Canaán. Más tarde, Damasco fue conquistada por Alejandro Magno y, luego, por el general romano Pompeyo. Séptimo Severo la nombró colonia oficial de Roma, pero el cristianismo también llegó a la ciudad. San Pablo fue abatido por la luz divina cuando iba camino de Damasco. A partir de entonces, santo Tomás y él vivieron en Bab Touma, el barrio más antiguo de la ciudad. Encrucijada importantísima entre Oriente y Occidente, Damasco se convirtió en el hogar espiritual de Severus Domna.

En los tiempos modernos, la ciudad se componía de tres secciones distintas. La antigua Medina (como era conocida la ciudad vieja), y el Protectorado francés, cuya lírica arquitectura y ornadas fuentes databan de los años veinte del siglo pasado, se alzaban unas junto a otras como perlas hermosas, pero lo que había crecido alrededor de ellas era la fea extensión de la ciudad moderna, con sus brutales edificios de hormigón de estilo soviético, centros comerciales, y avenidas ahogadas por el tráfico.

Boris identificó a los agentes del SVR que esperaban en la terminal de llegadas en cuanto atravesó la aduana, tratando sin éxito de mezclarse con el paisaje. Lo sintió por ellos. A las dos de la mañana no había multitudes con las que mezclarse. Entró en el servicio de caballeros, se lavó y se miró en el espejo. Apenas se reconoció a sí mismo. Décadas maniobrando a través de los campos de minas de los servicios clandestinos rusos lo habían cambiado. En tiempos fue joven e idealista, amaba a la patria, estaba dispuesto a sacrificarse para convertirla en un lugar mejor. Y ahora, años más tarde, se daba cuenta de que Rusia no estaba mejor tras sus duros esfuerzos. Probablemente, estaba peor. Había dedicado su vida a un sueño imposible: el sueño de cambiar el mundo. No lo había conseguido; y se daba cuenta, disgustado, de que el que sí había cambiado era él.

Regresó al vestíbulo de llegadas, encontró abierto un kiosco de comidas, compró un plato de meze y se sentó a una mesa redonda no mayor que un frisbi. Comió con la mano derecha mientras vigilaba en la pantalla de llegadas el vuelo que traía a Cherkesov. Venía sin retraso. Tenía cuarenta minutos hasta que aterrizara.

Se levantó y se dirigió al mostrador de alquiler de coches. Quince minutos más tarde estaba sentado al volante de un auto de mala muerte, el motor tosiendo y rugiendo. Aprovechó el tiempo que le quedaba para pensar en su pacto con Zachek. Ojo por ojo, una curiosa variante de Extraños en un tren, una de sus películas favoritas, donde dos desconocidos hablan de cometer asesinatos para el otro evitando convertirse en sospechosos. En los servicios clandestinos, este tipo de pacto no funcionaría. Ningún desconocido podría acercarse a Cherkesov o a Beria. Pero los allegados sí. Incluso después de pasarse a Domna, Cherkesov continuaba siendo una espina en el costado del SVR; según Zachek, todavía más ahora que su poder se había extendido fuera de las fronteras rusas. Boris se había ofrecido para hacerle a Zachek el trabajo de eliminar a Cherkesov. A cambio, Zachek pondría a Beria a dos metros bajo tierra y asumiría el control del SVR. De esta forma Boris habría ganado un aliado en vez de otro enemigo. Naturalmente, él tenía sus propios motivos para querer muerto a Cherkesov. Le debía el puesto a su antiguo jefe, pero mientras estuviera vivo, él estaría siempre bajo su sombra.

Boris miró la hora. El vuelo de Cherkesov había aterrizado. Cuando arrancó el coche, los pasajeros del vuelo habían empezado a salir de la terminal. Esperó hasta que lo vio salir. Sonrió para sí porque estaba seguro de que su antiguo jefe había localizado a los agentes del SVR igual que había hecho él, y de que creería que lo habían estado esperando.

Mientras Cherkesov se apresuraba hacia la corta fila de taxis, Boris enfiló hacia ellos con el coche. Se detuvo en la acera delante del primer taxi e, inclinándose, abrió la puerta de pasajeros.

—Suba, Viktor.

Cherkesov abrió los ojos de par en par.

—¡Usted! ¿Qué está haciendo aquí?

—El SVR le está pisando los talones —le informó Boris con apremio.

Cherkesov subió al coche. En cuanto cerró la puerta, Boris puso el coche en marcha y arrancó con un chirrido de neumáticos contra el asfalto.

Era de noche y las llamadas a la oración resonaban de minarete en minarete, cubriendo la ciudad de un velo de lenguaje cantado con extraños ululares. Al menos le parecían extraños a Boris mientras se dirigía a la ciudad en el chirriante vehículo. En lo alto de los minaretes brillaban luces verdes, muchas más de las que recordaba. Cherkesov permanecía silencioso a su lado, reflexionando mientras fumaba uno de sus horribles cigarrillos turcos. Boris podía sentir la energía que brotaba de él como chispas eléctricas de un cable cortado.

—Ahora —dijo Cherkesov, volviéndose a medias hacia Boris—, explíquese, Boris Illych. ¿Ha eliminado a Jason Bourne?

Boris tomó la rampa de salida de la autopista y se internó en las calles de la ciudad.

—He estado demasiado ocupado cuidando de usted.

Cherkesov lo miró boquiabierto.

—Después de nuestra conversación sobre el SVR volví a ver a Zachek, el hombre de Beria.

—Sé quién es Zachek —replicó Cherkesov, impaciente.

—Hice un trato con ellos.

—¿Que hizo qué?

—Hice un trato para así poder averiguar por qué lo están siguiendo.

—¿Desde cuándo me están…?

—Localicé a uno de sus agentes en el aeropuerto Uralsk. Me pregunté qué estaba haciendo allí. Zachek me lo dijo.

Giró el volante y se dirigieron hacia una calle oscura flanqueada de enormes edificios de hormigón blanco. En algún lugar, una radio emitió la voz grabada de un muecín.

—Beria está muy interesado en su nuevo puesto dentro de Domna.

—Beria no podía saber…

—Pero lo sabe, Viktor Delyagovich. Ese hombre es un diablo.

Cherkesov se mordió ansioso el labio inferior.

—Así que he estado siguiendo a los agentes de Beria, desde Moscú hasta Múnich y ahora hasta aquí, preguntándome cuáles son sus órdenes.

—¿Zachek no se lo dijo?

Boris se encogió de hombros.

—No es que no lo preguntara, pero no pude presionarlo. Existía el riesgo de que sospechara.

Cherkesov asintió.

—Comprendo. Hizo bien, Boris Illych.

—Mi lealtad no terminó cuando me entregó usted la FSB-2.

—Se lo agradezco. —Cherkesov entornó los ojos para ver a través de la neblina de humo amargo—. ¿Adónde vamos?

—A un café que conozco que no cierra en toda la noche. —Boris se inclinó hacia delante para mirar a través del cascado parabrisas—. Pero parece que me he perdido.

—Preferiría ir directamente a mi hotel. —Cherkesov le dio una dirección—. Vuelva a una calle principal. Desde allí, sabré qué camino tomar.

Boris gruñó y giró a la derecha, siguiendo una calle ligeramente mejor iluminada.

—¿Por qué demonios está Beria tan interesado en dónde va y a quién ve?

—¿Por qué está Beria interesado en nada? —dijo Cherkesov, una respuesta que no proporcionaba ninguna información.

Boris llegó a un cruce donde el semáforo estaba roto, algo que no resultaba extraño en ese barrio. El sonido de la voz enlatada del muecín parecía estar siguiéndolos. La noche era absolutamente silenciosa. Los árboles que dejaban atrás parecían esqueléticos, pelados, como prisioneros a punto de ser ejecutados.

Llegó hasta un edificio calcinado, compuesto casi todo por escombros rodeados por una verja de hierro. Se acercó a la acera y paró el coche.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Cherkesov.

Boris colocó suavemente la punta de un cuchillo de cerámica entre dos de las costillas de su exjefe.

—¿Por qué está Beria tan interesado en usted?

—Siempre ha sido…

Cherkesov dio un respingo cuando Boris clavó la punta a través de sus ropas y le hizo sangre. Tras extender la mano, Boris abrió la puerta. Luego agarró a Cherkesov por la camisa y, mientras salía del vehículo, arrastró consigo a su antiguo jefe.

—Algunas cosas no cambian nunca —dijo mientras lo empujaba hacia la verja. Hizo un gesto—. Este lugar es un matadero muy conveniente. Los perros reducen los cadáveres a jirones antes de que alguien se moleste en llamar a la policía.

Tras meter la cabeza de Cherkesov a través de una abertura en la verja, se agachó y lo siguió.

—Esto es un grave error —dijo Cherkesov.

Boris volvió a pincharlo y el hombre se estremeció.

—Creo que ha hecho un chiste, Viktor Delyagovich.

A continuación, lo obligó a seguir avanzando hasta que llegaron al centro del lugar destruido. Los mismos restos pelados se alzaban por todas partes, oscuros y descuidados, pero el solar estaba lleno del movimiento de los perros de los que Boris había hablado. Al sentir la presencia de los humanos, se apartaron y corretearon en círculos, con sus negros hocicos alzados, olisqueando el primer atisbo de sangre derramada.

—Su muerte le está oliendo, Viktor Delyagovich. Viene hacia usted de todas partes.

—¿Qué… qué quiere? —La voz de Cherkesov era un ronco silbido; parecía tener problemas para respirar.

—Un recuerdo —dijo Boris—. ¿Se acuerda de una noche, hará cosa de un año, en que me llevó a una obra…?, ¿dónde era?

Cherkesov tragó con dificultad.

—Ulitsa Varvarka.

Boris chasqueó los dedos.

—Eso es. Pensé que iba a matarme, Viktor. Pero en cambio me obligó a matar a Melor Bukin.

—Bukin tenía que morir. Era un traidor.

—No quiero decir eso. —Boris pinchó de nuevo a Cherkesov—. Me hizo apretar el gatillo. Sabía lo que me sucedería si no lo hacía.

Cherkesov tomó aire.

—Y ahora mírese. Jefe de la FSB-2. Usted, en vez de ese necio de Bukin.

—Y se lo debo todo a usted.

Cherkesov se estremeció ante el tono irónico de Karpov.

—¿Qué es esto? ¿Venganza por una muerte que le llevó donde quería estar? Bukin le desagradaba tanto como a mí.

—Una vez más: Bukin no es el tema. Es usted. Su forma de usarme… o de abusar de mí. Me avergonzó esa noche, Viktor.

—Boris, nunca pretendí…

—Oh, pero lo hizo. Se regodeaba en su poder recién adquirido…, el poder que Domna le había otorgado. Y se regodeó de nuevo en él cuando me obligó a hacer el pacto que me pondría para siempre en sus manos.

Una sombra de la untuosa sonrisa de Cherkesov apareció de nuevo en sus rasgos.

—Todos hacemos pactos con el diablo, Boris. Todos somos adultos, sabemos que estas cosas pasan. ¿Por qué…?

—Porque me obligó a una posición insostenible —dijo Boris—. Mi carrera u otro asesinato.

—No veo el problema.

Boris lo golpeó con fuerza en un lado de la cabeza.

—Claro que lo ve, y por eso me eligió. Una vez más, se regodeó en su poder para obligarme a matar a mi amigo.

Cherkesov agitó la cabeza adelante y atrás.

—Un agente americano responsable de incontables muertes, muchas de ellas rusas.

Boris volvió a golpearlo, y un hilo se sangre manó por la comisura de su boca. Los perros más cercanos empezaron a aullar en contrapunto al muecín. Sus demacrados cuerpos parecían cimitarras.

—Quería destrozarme, ¿verdad? —dijo Boris, echando la cabeza atrás—. Quería que matara a mi amigo para conservar todo lo que había soñado y por lo que había trabajado.

—Tiene que admitir que era un experimento interesante —dijo Cherkesov.

Boris le pateó por detrás las pantorrillas, y el hombre cayó. Sus pantalones se rompieron. Manó sangre de sus tobillos lacerados. Boris se agachó junto a él.

—Ahora dígame qué está haciendo para Domna.

Aquella sonrisa otra vez, oscura como un pozo.

—No me matará porque sabe que Domna lo marcará como enemigo. No pararán hasta que esté muerto.

—Se equivoca por completo, Viktor. No pararé hasta que ellos estén muertos.

Con todo, los ojos de Cherkesov no registraron ninguna comprensión.

—Tienen demasiados aliados, algunos cercanos a usted.

—¿Como Ivan Volkin?

Ahora un negro terror transformó el rostro de Cherkesov.

—¿Lo sabe? ¿Cómo puede saberlo?

Su conducta había cambiado. Su cara estaba amarillenta y parecía estar jadeando.

—Me encargaré de Ivan Ivanovich a su debido tiempo —dijo Boris—. Pero ahora es su turno.

—¿Champán o zumo de naranja, señor?

—Champán, gracias —le dijo Bourne a la joven azafata mientras se inclinaba, sosteniendo una bandeja pequeña equilibrada en los dedos extendidos de una mano.

Ella sonrió dulcemente mientras le tendía la copa.

—Serviremos la cena dentro de cuarenta minutos, señor. ¿Ha decidido ya?

—Sí —respondió Bourne, señalando el menú.

—Muy bien, señor. —La sonrisa de la azafata aumentó—. Si hay algo que necesite durante el vuelo, mi nombre es Rebeka.

Solo en su asiento, Bourne miró a través de la ventanilla mientras bebía el champán. Pensaba en Boris, preguntándose por qué no se había dejado ver. En esta batalla, el ruso tenía la ventaja. Eran amigos porque Boris había dicho que lo eran. Bourne no tenía ningún recuerdo de su primer encuentro, ni de lo que había sucedido. El primer encuentro con Boris que recordaba era en Reikiavik hacía seis años; antes de esto, todo estaba en blanco. Sólo tenía su palabra de que habían sido amigos. ¿Y si le había estado mintiendo todo el tiempo? Esta nube de desconocimiento era el efecto más frustrante (y peligroso) de su amnesia. Cuando aparecía gente de su pasado y decían ser amigos o colegas, tenía que decidir al instante si estaban diciendo la verdad o no. En los seis años que hacía que conocía a Boris, siempre había actuado como amigo. Dos años antes el ruso había resultado herido en el noreste de Irán, y él lo encontró y lo llevó a lugar seguro. Habían trabajado juntos en varias situaciones peligrosas. Bourne nunca había tenido motivos para dudar de su sinceridad. Hasta ahora.

¿Ha decidido ya? Una frase inocente de una azafata, pero tenía muchas connotaciones de las que ella no era consciente. Habían decidido por Bourne cuando se zambulló en el Mediterráneo y llegó a la superficie sin tener memoria de quién era. Desde entonces, su vida había sido una pugna por comprender las decisiones que una vez había tomado, pero que ya no podía recordar, una pugna con las decisiones que Alex Conklin había tomado por él. El último caso que había salido a la superficie de la bruma de su pasado: haber matado a la madre de Kaja, Viveka Norén. Le asqueaba que Conklin lo hubiera enviado en una misión de venganza profesional, para… ¿qué? ¿Para enseñarle una lección a un hombre muerto por haber intentado asesinarlo? La crueldad y la falta de humanidad de la decisión de Conklin lo ponían enfermo.

Había sido el agente de la muerte. No podía exonerarse. «No hay ningún motivo.»

No, pensó ahora, no había ningún motivo.

—Bien, mademoiselle Gobelins —dijo El-Arian—, ¿cómo podemos servir mejor a sus necesidades?

En el momento en que se sentó junto a ella, Soraya sintió como si le hubieran quemado la piel. Hormigas invisibles reptaron por su carne, e hizo un esfuerzo enorme por no apartarse de él. Incluso su sonrisa era oscura, como si la emoción tras ella procediera de un lugar distinto en su interior. Soraya sintió su enorme energía física, y por primera vez en su vida adulta tuvo miedo de otra persona. Cuando tenía cinco años, su padre la llevó a ver a un adivino en un callejón remoto de El Cairo. No tenía ni idea de por qué lo hizo. Cuando su madre lo descubrió más tarde, se irritó enormemente, algo que Soraya nunca había visto en ella.

Cuando el adivino, un joven sorprendentemente joven de ojos y pelo negros y piel oscura que parecía la de un cocodrilo, le cogió la mano, sintió como si la tierra bajo ella se desmoronara y ella se precipitara a un abismo, sin poder dejar nunca de caer.

—Te tengo —dijo el adivino, como para consolarla, pero ella se sentía como una mosca en la telaraña, y se echó a llorar.

Camino de vuelta a casa, su padre no le habló, y Soraya sintió que había suspendido una prueba importante, que nunca la perdonaría, que su amor por ella se escabullía como granos de arena entre sus finos dedos. Después, tras el terrible estallido de su madre, notó que nada era lo mismo entre sus progenitores. Su padre había roto alguna especie de acuerdo no hablado entre ellos, e igual que él no pudo perdonar a Soraya, su madre no pudo perdonarlo a él. Seis meses más tarde, su madre la envió a América. De niña o adolescente, nunca volvería a ver El Cairo.

Sentada junto a Benjamin El-Arian en la primera planta del Nymphenburg Landesbank, experimentó de nuevo aquella aterradora sensación de caer a un abismo insondable.

El-Arian se agitó a su lado.

—¿Se encuentra bien, mademoiselle Gobelins?

—Bastante bien, gracias —dijo ella con voz pastosa.

—Parece un poco pálida.

Él se levantó y ella tomó aire rápidamente, como liberada de un cepo.

Mientras se dirigía a una mesita lateral, El-Arian dijo:

—Tal vez un poco de coñac reviva su estado de ánimo.

—Gracias, no.

Sirvió el coñac de todas formas en un vaso de cristal tallado y se lo tendió mientras volvía a sentarse junto a ella.

—Insisto.

Ella vio que sus oscuros ojos escrutaban su expresión. Sabe algo, pensó. Pero ¿qué exactamente?

Ella forzó una sonrisa.

—No bebo alcohol.

—Yo tampoco. —El-Arian apartó el vaso—. ¿Es usted musulmana?

Ella asintió.

—Así es.

—Árabe.

Ella lo miró con firmeza. El-Arian golpeó rítmicamente un largo índice contra sus labios. Lentamente. Uno, dos, tres, como el metrónomo de un hipnotizador.

—Eso excluye a Irán, y no es usted siria, sin duda. —Alzó las cejas—. ¿Egipcia?

Soraya sintió que necesitaba ganar algo de control en la conversación.

—¿De dónde es su familia?

—Del desierto.

—Eso podría ser casi cualquier parte —dijo Soraya—, incluso del Gobi.

El-Arian sonrió como un tío indulgente.

—Difícilmente. —Sonó un leve pitido—. Discúlpeme.

Se levantó y, tras sacar el teléfono móvil, salió de la oficina.

Soraya se levantó y una oleada de vértigo hizo que se agarrara al brazo del sofá para no caerse. Ignorando el golpeteo continuo en su cabeza, se dirigió rápidamente al escritorio de monsieur Sigismond y observó el contenido repartido sobre la mesa. Cartas y carpetas. Usando el nudillo de su índice, movió ligeramente una hoja de papel para poder leer lo que había en las páginas de debajo. Alzó la cabeza al oír la voz de El-Arian; cuando se apagó, acompañada por unas pisadas, continuó husmeando. No había ninguna foto, ningún recuerdo, nada de índole personal. La oficina era perfectamente anónima, como si la utilizaran sólo de manera esporádica. Tras envolver en el mango de un abrecartas un pañuelo de papel de una caja que había sobre la mesa, usó la hoja para abrir los cajones y revisar su contenido. Buscaba alguna prueba que relacionara los traicioneros tratos de monsieur Marchand con el banco.

Un momento después oyó acercarse la voz de El-Arian. Cerró el cajón, soltó el abrecartas y regresó al sofá, usando el pañuelo de papel para sonarse la nariz cuando él apareció seguido de monsieur Sigismond.

—Mi querida mademoiselle Gobelins, mis más sinceras disculpas por interrumpir nuestra reunión.

—No importa —dijo ella, guardándose el pañuelo en el bolsillo.

—Ah, pero las primeras impresiones son importantes, ¿no le parece?

—En efecto.

Él le tendió la mano y Soraya la aceptó, levantándose del sofá.

Monsieur Sigismond tiene una cita. En cualquier caso, creo que mi despacho le parecerá más apropiado para cerrar nuestro negocio.

La condujo pasillo abajo hasta un gran despacho, amueblado completamente en estilo moderno. Se situó tras el escritorio, que sólo contenía un anticuado tintero, un puñado de plumas, un pisapapeles de cristal tallado con el nombre del banco en letras doradas, un cenicero lleno de colillas y un teléfono de líneas múltiples. Le indicó que se acercara para situarse a su lado.

—Por favor. Voy a pedir que suban los papeles para su depósito. —Sacó un impreso de un cajón—. Pero primero necesitamos recopilar unos datos básicos.

Cuando ella se colocó a su lado, El-Arian pulsó un botón y una imagen de vídeo apareció en el panel de pantalla plana que había al otro lado de la habitación. Soraya se vio a sí misma en la oficina de monsieur Sigismond mientras se levantaba del sofá y se tambaleaba. Sus ojos siguieron su avance mientras se acercaba al escritorio e iniciaba su trabajo clandestino.

—Me pregunto qué estaba buscando —dijo El-Arian.

Su mano agarró su muñeca con una tenaza de hierro y no la soltó.

—Ivan Volkin fue su amigo durante… ¿cuánto? ¿Treinta años?

—Más tiempo —dijo Boris.

Cherkesov asintió.

—Y cuando llegó el momento, lo vendió. —Su cara había recuperado algo de color, y aunque aún estaba arrodillado, respiraba con menos dificultad—. Así son las cosas en nuestro mundo. Hay espacio para la camaradería y las alianzas, pero no para la lealtad. En nuestro mundo la lealtad es demasiado costosa. No merece la pena el precio. —Trató de aliviar la presión de sus rodillas despellejadas—. ¿Cree que es diferente con Jason Bourne? Ese hombre es un asesino nato. ¿Qué sabe de amistad?

—Más que usted.

—Lo cual es nada. —Cherkesov sacudió la cabeza—. Nunca he tenido un amigo en toda mi vida…, al menos no el tipo de amigo en el que usted piensa. ¿Cómo podría? Me habría colocado en una situación vulnerable.

Boris volvió ligeramente la punta del cuchillo.

—¿Cómo coño llama a esto?

Cherkesov se lamió los labios. Cuando habló, las palabras surgieron cada vez más y más rápidas.

—¿No comprende qué favor le he hecho? Le he dado la oportunidad de matar a Bourne antes de que él tenga una posibilidad de traicionarlo igual que ha hecho su amigo de hace más de treinta años, Ivan Volkin. —Algunas palabras parecieron atascarse en su garganta y tosió, los ojos le lagrimeaban por el esfuerzo—. Volkin ha estado asesorando a Domna desde su supuesto retiro del mundo de la grupperovka. De hecho, le diré un secreto: fue Severus Domna quien le metió en la cabeza la idea de retirarse. ¿Quién sabe cuánto le pagaron para que trabajara para ellos?

Boris se puso en cuclillas, considerando las implicaciones de lo que Cherkesov acababa de decir.

Notando una oportunidad, su exjefe insistió.

—Escúcheme, Boris. Le soy de más utilidad vivo que muerto. Formemos una alianza, usted y yo. Le diré qué planea Domna y usted usa el poder de la FSB-2 para hacer caer a Beria y a su gente. Podemos fusionar la FSB-2 con el SVR, con usted a la cabeza y conmigo como asesor. Piense en las posibilidades de estar al mando de los servicios clandestinos tanto dentro como fuera de Rusia. ¡El mundo entero se abrirá para nosotros!

—Viktor, me sorprende —dijo Boris—. Bajo esa gruesa corteza de cinismo, tiene una veta de positividad.

El puño de Cherkesov conectó con la mandíbula de Karpov, derribándolo a un lado de modo que el cuchillo se apartó de su carne. Entonces lo agarró, cortándose un dedo con el filo al hacerlo, y usó el chorro de sangre para cegar a Boris. A continuación, le dio la vuelta al cuchillo y se lo clavó hasta la empuñadura en el vientre.