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Indigo Ridge. Peter había estado trabajando hasta altas horas de la madrugada leyendo sobre la mina de California, sus inicios y el brusco cese de actividad en la década de 1970 cuando China inundó el mercado internacional con tierras raras, hundiendo los precios y convirtiendo Indigo Ridge en una explotación demasiado cara. La explotación minera de tierras raras era un proceso largo y complejo y se veía complicado todavía más por las labores de refinamiento, que eran diferentes para cada elemento. Pasó al presente, cuando China invirtió bruscamente su política, reduciendo en un 85 por ciento las exportaciones de tierras raras y asombrando a todo el mundo y a las supuestas lumbreras del Pentágono, el Departamento de Defensa y la DARPA. Ahora el Pentágono se subía por las paredes. Había sucedido lo impensable: la fabricación de sus armas de nueva generación quedaba retrasada o cancelada debido a la escasez de tierras raras, esenciales para los componentes. Mientras el resto del mundo vivía en la ignorancia, China había estado comprando virtualmente todas las minas de tierras raras fuera de Estados Unidos y Canadá.

Consternado, Peter continuó descargando todo lo que pudo encontrar sobre NeoDyme, la nueva compañía encargada de explotar Indigo Ridge, y sobre su jefe Roy FitzWilliams. Empezó a leer. Entonces recuperó la gráfica de la oferta pública de venta. NeoDyme había salido a Bolsa ayer. En su primer día en el mercado, había caído hasta doce antes de estabilizarse durante lo que parecía ser una hora. Más tarde, varias grandes órdenes de compra devolvieron el stock a dieciséis, cantidad en la que cerró. Un stock altamente volátil, desde luego, pensó Peter. Al leer los comentarios adjuntos que extrajo de los sitios de la CNBC y Bloomberg, pudo ver inmediatamente por qué. Algunos consideraban que harían falta años para extraer las tierras raras y refinarlas, por lo que el stock sería dinero muerto hasta entonces. Otros, que parecían tener más conocimiento de la importancia estratégica de las tierras raras, expresaban la opinión contraria: era el momento de invertir.

Completamente enganchado, siguió leyendo y pasó a una biografía de FitzWilliams. Una licenciatura en Ciencias de la Tierra y Mineralogía en Penn State, grado avanzado por la Universidad de Nueva Gales del Sur, Australia, luego trabajos en las minas de uranio de Australia y Canadá, una estancia en países de Oriente Próximo, entre ellos Arabia Saudí. Luego desapareció del mapa durante más de dos años.

Peter pasó la hora siguiente repasando pistas de 1967-1969 en Internet, para encontrarse siempre en un callejón sin salida. Justo cuando estaba a punto de darse por vencido, descubrió una pista. Una oscura organización llamada Conferencia de Mineralización y Tierras Raras había celebrado una reunión regional en Qatar en la primavera de 1968 y Fitz fue el orador invitado. Otros frustrantes cuarenta y cinco minutos produjeron una pepita más importante: Fitz aparecía como asesor de Minas El-Gabal.

Peter buscó inmediatamente El-Gabal, una compañía siria, sólo para descubrir que ya no existía. Se sabía muy poco sobre ella, igual que de cualquier otro negocio en Siria. El país no era miembro de la Organización Mundial de Comercio, y todos los grandes negocios como El-Gabal eran controlados por el gobierno, así que evaluaciones precisas sobre los beneficios de exportación de Siria eran imposibles de encontrar o siquiera imaginar, y mucho más difícil era encontrar esos datos sobre una compañía.

Un callejón sin salida, pensó Peter, volviendo al currículum de FitzWilliams. Había regresado de Oriente Próximo para dirigir Indigo Ridge, donde conservó su empleo a pesar de que la mina quedó más o menos en hibernación durante la década de 1960. Seguía allí desde entonces, y ahora, aprovechando el estratosférico resurgir de los metales de tierras raras, había recuperado una situación destacada, casi principesca, como jugador principal en ese campo estratégico emergente.

Peter se acomodó en su asiento y se frotó los ojos inyectados en sangre. Estaba agotado y le apetecía con toda su alma una taza de café, pero a esta hora la máquina estaba desconectada y, de cualquier forma, no quería levantarse por miedo a interrumpir su cadena de pensamientos.

Reflexionó un instante, luego llamó a uno de los agentes de Soraya en Siria, le dio un informe somero sobre Fitz y El-Gabal, y pidió tantos datos como pudiera desentrañar. Luego accedió al disco duro de Hendricks y colgó lo que había descubierto en la carpeta pertinente.

Peter quería continuar, pero las cifras, hechos y opiniones habían empezado a darle vueltas en la cabeza como un banco de peces de colores. Necesitaba dormir. Recogió la chaqueta y salió de la oficina. Los pasillos estaban en silencio: sólo el suave rumor del ascensor al subir perturbaba la paz.

Las puertas del ascensor se abrieron y entró. Pulsó el botón de la planta sótano y apoyó la cabeza contra la pared, medio dormido ya. Sonó el timbre cuando el ascensor se detuvo y al abrirse las puertas vio una fornida figura en las sombras de la quinta planta que se le acercaba con claras intenciones. Peter retiró la cabeza de la pared. La luz iluminó entonces a la persona que entró en el ascensor. La puerta se cerró y ambos se quedaron encerrados dentro. Peter vio el revólver en la cadera del hombre.

—Buenas noches, director Marks.

—Hola, Sal.

El grueso dedo de Sal pulsó el botón del vestíbulo y el ascensor continuó su lento descenso.

—Trabajando hasta las tantas, ¿eh?

—Como siempre.

Sal gruñó.

—Ya lo veo, pero me parece que le vendría bien dormir un poco.

—Eso sería quedarse cortos.

—Bueno, pues podrá descansar tranquilo. Todo está despejado arriba.

Las puertas se abrieron en el vestíbulo y Sal salió del ascensor.

—Que descanse bien, director Marks.

—Tú también.

Momentos después, Peter salió al aparcamiento. El espacio, de techos bajos, olía a hormigón, gasolina y cuero nuevo. Sus pisadas resonaron en las paredes y el techo. Había muy pocos coches a la vista. Se encaminó hacia el suyo, sacó la llave y, debido al frío, pulsó el botón de preencendido.

El motor rugió cobrando vida. Un segundo después se produjo la explosión.

Bourne empezó a bajar del pino. Por encima de él caían las arrugadas aspas giratorias del helicóptero. Pero cuando impactaron contra la parte más gruesa del tronco perdieron velocidad, y entonces la pegajosa savia del árbol empezó a actuar como pegamento rápido y las frenó.

Bourne, medio cayendo, medio saltando, sufrió cortes, arañazos y magulladuras en demasiadas partes del cuerpo para contarlos. Tenía los ojos, la boca y la nariz llenos de serrín. Pero al final el hermoso pino se convirtió en su aliado, pues sus recias ramas detuvieron el aparato sobre él lo suficiente para que pudiera descender hasta el suelo.

Tosiendo y jadeando, corrió hacia la casa. Dentro, metió la cabeza bajo el grifo del gran fregadero de esteatita, dejando que un chorro continuo de agua fría lo limpiara y reviviera. Encontró las llaves del segundo jeep justo donde Vegas le había dicho que las había dejado. Debido a su trabajo en los pozos petrolíferos, a menudo peligroso, el cuarto de baño de la casa estaba casi tan bien surtido como el dispensario de un hospital. Cogió al salir frascos de desinfectante y alcohol isopropílico, y un rollo de vendas esterilizadas. En la sala principal vertió el alcohol sobre la pila de troncos junto a la chimenea, luego se retiró, encendió una cerilla de una caja de la cocina y la lanzó a la pila. El silbido de las llamas fue gratificante. Para asegurarse, prendió fuego a las cortinas. El incendio se propagó, ansioso. Satisfecho, Bourne salió de la casa en llamas.

Fuera, el pino que le había protegido estaba destrozado. También ardía. Un trozo de una de las aspas del helicóptero, arrancado por el árbol, había alcanzado al segundo jeep, aplastando el guardabarros delantero por la parte del conductor, pero dejando el motor intacto. Tras arrancar el vehículo, Bourne dio marcha atrás, dando la vuelta y siguió el sendero de Vegas y Rosi, girando a la izquierda de la carretera para introducirse en el denso bosque.

Siguió lo que le pareció un sendero de caza por entre los árboles. Condujo con cautela, plenamente consciente de los tortuosos giros y curvas del camino a medida que se iba internando en la falda de la montaña. De vez en cuando, a través de alguna abertura entre los árboles, podía ver la empinada caída, y advirtió lo cerca que pasaba el camino del barranco que caía casi cortado a pico hasta el pie de la cordillera.

El canto de los pájaros lo animó. Los pájaros eran los primeros en guardar silencio ante una amenaza, ya fuera real o percibida. Si tuviera que apostar, diría que los dos helicópteros eran la suma total de medios del ataque contra Vegas. ¿Por qué iba Severus Domna a pensar que era necesaria más potencia de fuego?

Después de unos treinta minutos, el camino de tierra desembocó en un pequeño prado lleno de diminutas flores silvestres. Más allá se alzaba otro macizo de árboles aún más altos: pinos y abetos, pero también, a medida que el bosque continuaba montaña abajo, un número cada vez mayor de árboles de hoja caduca, incluso algunas variedades tropicales en la brumosa distancia. El humo de la casa incendiada se elevaba sobré esta parte de la montaña como una molesta niebla tóxica industrial, oscureciendo el sol de la mañana y tiñendo de gris el cielo.

Cortando en diagonal el prado, Bourne pudo distinguir las huellas del jeep de Vegas. Las siguió con exactitud. Al otro lado del prado, las huellas se internaban en el bosque durante una breve distancia antes de girar a la derecha. Pudo ver por qué. A la izquierda, la cara del acantilado se cortaba, posiblemente como resultado de un gigantesco desprendimiento de rocas en el pasado. Seguir recto sólo podía significar la muerte segura.

Este nuevo sendero era más estrecho y más duro, el jeep se sacudía cuando torcía y apartaba las ramas que a veces oscurecían la visión de Bourne. Quince minutos después todo terminó tan bruscamente como había empezado, y Bourne se encontró en una serpenteante carretera de dos carriles. La reconoció como la que Suárez y él habían seguido para llegar a la casa de Vegas. Otro jeep, con Vegas y Rosi dentro, estaba esperándolo en el arcén.

—¡Fantástico! En realidad, me sorprende —manifestó el hombre, satisfecho.

Rosi le sonrió.

—A mí no. Tiene que contarnos cómo ha conseguido huir.

—Pero ahora no. —Vegas dio una palmada contra la puerta del jeep—. ¿Quedó alguien con vida?

—No, nadie.

—Tanto mejor. —El hombre entornó los ojos para contemplar la columna de humo—. Un gran fuego.

—Su casa —dijo Bourne—. De esa forma nadie sabrá si Rosi y usted están vivos o no durante días, tal vez semanas.

—Excelente —asintió Vegas—. ¿Y ahora adónde vamos?

—Al aeropuerto de Perales —respondió Bourne—. Pero tanto los federales como las FARC han establecido controles en la carretera principal. ¿Conoce un atajo?

La sonrisa de Vegas se extendió por toda su cara.

—Sígame, amigo.

Marlon Etana, tras haber llegado a Cádiz en un vuelo privado más o menos al mismo tiempo en que Jalal Essai lo hacía en coche, contemplaba maravillado la hermosa y antigua fachada de la casa junto al mar de don Fernando Herrera. Aquí en Cádiz, Etana sentía el terrible peso de la historia en la palma de la mano. Todos en la familia Etana se tomaban muy en serio el estudio de la historia. Maravillosos hombres de negocios en el sentido más puro de la palabra, con el don de convertir en dinero y poder el conocimiento que extraían del pasado. Fueron los Etana quienes fundaron el Club Monition como medio para que Severus Domna se implantara en varias ciudades por todo el globo sin llamar la atención ni utilizar el verdadero nombre del grupo. Para el mundo exterior, el Club Monition era una organización filantrópica dedicada a promover la antropología y las filosofías antiguas. Era un mundo herméticamente sellado donde los miembros secretos del grupo podían moverse, reunirse, comparar trabajos y planear iniciativas.

Los Etana habían concebido una sociedad intercultural de hombres de negocios que abarcara Oriente y Occidente y cuyo poder e influencia combinados pudieran acabar reduciendo incluso a las corporaciones multinacionales más grandes. Duco ex umbra, la influencia de las sombras, era el lema de la familia Etana desde tiempo inmemorial.

El padre del tatarabuelo de Marlon (un gigante entre los hombres) había trazado planes a largo plazo para Severus Domna, un modo de ayudar a crecer al mundo para evitar su división. Era un noble sueño y, desde luego, si hubiera vivido lo suficiente habría dado sus frutos. Pero los seres humanos son falibles: peor aún, son corruptibles, e incluso algunos de los Etana sucumbieron. Uno de ellos fue el padre de Marlon, que era de voluntad débil. Para sofocar una amenaza de un grupo dentro de Domna, había forjado una alianza con Benjamin El-Arian, quien, en vez de convertirse en su salvador, preparó su caída. El-Arian ya había formado un grupo rival dentro de la organización y, con su ayuda, procedió a hacer a un lado al padre de Marlon, que, poco después, se quitó la vida: un pecado terrible. Para un musulmán, el nivel inferior del infierno está reservado a los suicidas, porque Alá lo ha prohibido en muchos versos del Corán. El que Marlon había memorizado, después de contemplar el rostro inexpresivo de su padre, era: «Y no os quitéis la vida. Sin duda, Alá es misericordioso con vosotros».

Marlon ignoraba si su padre creía que Alá había sido misericordioso con él, o si consideraba que lo había abandonado. Todo lo que sabía era que había utilizado las pocas fuerzas que le quedaban para causar un clamor dentro de Severus Domna, para provocar un escándalo y, con suerte, a partir de ese escándalo el comienzo de un difícil debate referido al alma de la organización.

Benjamin El-Arian, diablo astuto, había visto más allá del velo del suicidio y prohibió cualquier tipo de debate. Y por eso, Marlon, el único que quedaba de la antaño poderosa dinastía Etana, sin cuya visión Severus Domna no existiría, se vio reducido a recibir órdenes de El-Arian. Se había convertido en un perro apaleado que mendigaba las migajas que éste tuviera a bien arrojarle.

Justo después de mediodía, vio movimiento en la puerta principal de la casa de Herrera. Salieron Jalal Essai y don Fernando. Hablaron durante unos minutos antes de estrecharse la mano al estilo occidental. El español subió a un coche aparcado en la acera y se marchó solo. Cuando el coche se perdió de vista, Essai se volvió y empezó a caminar hacia el mar. Marlon lo siguió a distancia prudencial.

El ritmo de Essai era el de una caminata normal: daba la impresión de que no tenía nada que hacer y ningún sitio al que ir. Marlon lo siguió por la media luna del paseo marítimo, donde el árabe compró varios periódicos en un kiosco. Un kilómetro y medio más adelante se dirigió a un café con un toldo azul y blanco. En el centro del toldo había bordado el logotipo de un ancla roja.

Marlon Etana lo observó sentarse a una mesa que daba al mar y pedir el almuerzo. Inspiró varias veces y luego se retiró a una distancia que le permitía seguir viendo a Essai y también le facilitaba un campo de visión más amplio. Se introdujo en las sombras de un portal y comprobó que su pistola estaba cargada. Luego sacó un silenciador del bolsillo y lo atornilló a la punta del cañón. Se entregó a uno de sus ejercicios de respiración inspirados por el zen.

En el momento en que vio pasar por segunda vez a un individuo, Marlon caminó rápidamente a lo largo del paseo, como si tuviera que hacer una cosa urgente. El hombre lo siguió. Benjamin El-Arian lo había enviado para asegurarse de que Etana eliminaba a Jalal Essai. Y si por algún imprevisto él fracasaba, la sombra se encargaría de la misión.

Etana llevó a su sombra hasta el extremo de la playa, más allá de los malecones y calas, por una franja de playa cuya incómoda constitución le aseguraba que estuviera desierta hasta mediada la noche, cuando, había observado, los jóvenes la utilizaban para celebrar fiestas, beber y tener sexo clandestino. A Etana le había parecido un espectáculo nauseabundo, otro vivo ejemplo de la corrupción de Occidente.

Una barca de pesca, boca abajo, estaba varada sobre un bloque de madera. La barca estaba podrida, la quilla repleta de lapas y algas secas retorcidas. Un leve olor a descomposición surgía de la fea estructura, que a Marlon le pareció adecuada. Eligió un lugar a lo largo de la quilla y sacó un cigarrillo. Cuando se lo ponía entre los labios, sacó la pistola con su cañón alargado y, girándose, le disparó a la sombra entre los ojos. Hubo un poco de ruido, pero ninguno cuando el cuerpo golpeó la arena.

Tras guardarse la pistola en el bolsillo, Etana se acercó a la sombra y, agarrándolo por la parte posterior del cuello de la camisa, lo arrastró unos cincuenta metros hasta la barca volcada. Con cierta dificultad, metió el cadáver en el espacio abierto bajo la barca. Ya olía tan mal que un cuerpo en descomposición no llamaría la atención durante días, tal vez una semana. Para entonces las gaviotas sin duda habrían hecho su trabajo, y nadie podría identificar el cadáver.

Limpiándose las manos, Marlon Etana dio una calada a su cigarrillo y regresó por donde había venido. No había nadie cerca, nadie que pudiera verlo. Lo mejor de todo, no había nadie que informara a Benjamin El-Arian.

Ahora, pensó, había llegado el momento de ocuparse de Jalal Essai.

Boris Karpov quería asesinar a alguien. Si uno de los policías alemanes estaba todavía acechando en el callejón (como llevaban haciendo desde hacía tres horas mientras el equipo forense realizaba metódicamente su trabajo en el taller del relojero), sería hombre muerto.

En la oscuridad que había caído sobre Múnich, Boris había sufrido espasmos y calambres en las piernas que, lo peor de todo, habían empezado a debilitarle. La cabeza le latía por la necesidad de orinar. Sentía que si no meaba pronto su vejiga estallaría. Y sin embargo tenía la boca seca como un desierto, los labios pegados.

Por fin las luces del taller de Hermann Bolger y las linternas de los policías del callejón se apagaron, y a excepción de un perro que ladraba roncamente, todo quedó en silencio. Boris se obligó a esperar otros agónicos treinta minutos. Hacia el final, tuvo que morderse los labios para no gemir.

Por fin, cuando consideró que era seguro, se agarró al canalón y empezó a bajar. Fue difícil porque sus piernas estaban entumecidas. Dos veces sintió que sus manos, resbaladizas por el sudor, perdían su asidero y se vio obligado a tratar de agarrarse al metal con las rodillas. Funcionó, pero por poco.

Cuando por fin llegó al suelo, se metió entre dos contenedores de basura y, agachado, orinó como una mujer. Dejó escapar un suave gemido de alivio. El líquido acumulado seguía y seguía saliendo, creando un verdadero lago. Poner sus piernas a funcionar fue otro cantar. Tenía los músculos tan tensos que el dolor casi lo abrumó cuando se puso en pie.

Plenamente consciente de que tenía que poner tanta distancia como pudiera entre él y la tienda de Bolger, pasó no obstante los siguientes minutos estirándose torpemente y luego con más vigor. En realidad, no tenía otra opción: sus piernas no le habrían llevado al final del callejón sin ceder. Maldijo el tiempo pasado como directivo, cuando dejó se seguir su rutina de ejercicios, a menudo brutal. Mientras se ejercitaba, silenciosamente y sin pausa, se concentró en respirar lenta y profundamente.

Cuando sus piernas volvieron a recuperar algo parecido a la normalidad, se dirigió al fondo del callejón. Oyó el suave sonido del tráfico y, de vez en cuando, una risa ebria o dos.

En la boca del callejón se detuvo, más cauteloso que nunca. Una lenta y sombría llovizna mojaba las calles, igual que en esas películas americanas de espías. La ciudad estaba llena del ronco murmullo de la tormenta inminente. De repente empezó a llover con más fuerza. Boris se subió el cuello del abrigo y encogió los hombros.

Se mantuvo ojo avizor, tratando de captar cualquier anomalía. Lo habían engañado: había surgido una trampa donde no debería de haber ninguna. Habían burlado su seguridad. ¿Cómo había sucedido? Sólo había entrado en contacto con una persona desde que llegó a Múnich: Wagner, el hombre con el que se había reunido en el museo Neue Pinakothek. Y a menos que hubieran seguido a Karpov desde el aeropuerto hasta el taller del relojero, era Wagner quien había informado a alguien de la Mezquita sobre las pesquisas de Boris. Percatarte de que te seguían era más arte que ciencia, y él era un maestro oliendo sombras: estaba seguro de que no lo habían seguido.

Eso dejaba a Wagner, o a como quiera que se llamase en realidad, como único responsable de aquella trampa, y Karpov estaría en peligro hasta que eliminara la brecha de seguridad. Lo sensato sería llamar a Ivan e informarle que su amigo Wagner estaba jugando a dos barajas. Si alguien conocía el verdadero nombre y el paradero de Wagner, ése sería Ivan. Boris sacó su móvil y estaba a punto de marcar el número cuando un súbito relámpago iluminó el rostro de un hombre que esperaba en un portal casi directamente frente a la boca del callejón. Un momento más tarde resonó un trueno.

Boris se llevó el teléfono al oído como si de verdad estuviera haciendo una llamada y mantuviera una conversación con alguien. Mientras tanto, forzó a sus ojos a mirar a izquierda y derecha, calle abajo, ignorando el portal ahora en sombras que tenía delante.

Se guardó entonces el teléfono en el bolsillo, las manos dentro de los bolsillos del abrigo, salió del callejón y se dirigió hacia la izquierda, avivando el paso bajo la lluvia. Tres manzanas más adelante, entró en una cervecería. Era un lugar cálido y concurrido y olía a salchichas, y col y cerveza. Una enorme claraboya se extendía por todo el establecimiento, dando la ilusión de estar al aire libre sin los problemas del clima. Tras sacudirse la ropa mojada, se abrió paso entre clientes y camareros y se sentó en una mesa alargada al fondo.

Hambriento de pronto, pidió todo lo que había olido al entrar. La cerveza llegó casi inmediatamente en una enorme jarra de cerámica y metal. Tomó dos rápidos sorbos y soltó la jarra. A cada lado, alegres alemanes bebían y comían, pero sobre todo gritaban, cantaban y reían. De buena gana Karpov se habría levantado para marcharse. Pero estaba aquí por un motivo y no iba a ir a ninguna parte hasta averiguar si el hombre del portal lo había seguido o no.

Desde que se sentó, casi una docena de personas habían entrado en la cervecería, ninguna de las cuales disparó en él ninguna alarma. Casi todos eran familias o parejas jóvenes, cogidas del brazo. Al verlos, Boris se esforzó por recordar la última vez que había caminado del brazo de una mujer. Dudaba haberse perdido gran cosa.

Llegó la comida y, justo cuando atacaba su brillante y fragante salchicha, una figura entró por la puerta. El vello del dorso de sus manos se erizó. Se llevó un trozo de salchicha a la boca y masticó, meditabundo.

Estaba esperando al hombre del portal, pero la recién llegada era una mujer joven. Boris la observó con disimulo mientras ella sacudía el paraguas, luego lo cerraba antes de echar un vistazo al restaurante. Él tuvo cuidado de no mirarla a la cara, concentrado en trinchar una patata grasienta. Se la metió en la boca, la regó con cerveza y alzó la cabeza. La joven se había sentado al fondo de una mesa, frente a él. Estaba entre Boris y la puerta principal.

Karpov había soportado suficientes tonterías por hoy: esta gente era mala en su oficio o eran unos simples aficionados. Dejó el cuchillo y el tenedor sobre el plato, cogió el plato con una mano, la jarra de cerveza con la otra, y se levantó.

A medida que había ido pasando el tiempo, el ruido en la cervecería se había hecho insoportable. Más y más clientes se habían convertido en borrachos de caras rojas. Tras abrirse paso entre la multitud, Boris decidió que los aficionados eran el peor tipo de adversarios. No conocían las reglas, lo cual los volvía impredecibles.

Había un pequeño hueco entre la joven y su vecino, un alemán de grueso cuello que se atiborraba de comida y cerveza. Cuando Boris le indicó que se moviera, el grueso alemán alzó la cabeza con los ojos vidriosos.

Estaba a punto de decir algo, pero Karpov se le adelantó.

Sie haben Fett über ihr ganzes Gesicht. —(Tiene toda la cara manchada de grasa.)

El gordo gruñó como un cerdo y, frotándose la boca con el dorso de la mano, movió su enorme masa.

Danke, mein herr —dijo Karpov, ocupando con torpeza el espacio para rozar deliberadamente a la joven.

Je suis désolé, mademoiselle.

Ella giró la cabeza. A Boris le gustó ver que su francés la había sorprendido. Entonces una puerta se cerró en sus ojos y se dio la vuelta para mirar una revista que llevaba. Estaba en inglés, vio Boris, no en alemán. Vanity Fair, Estaba leyendo un artículo sobre Lady Gaga, una de esas estrellas del pop completamente idiotas que sólo podían existir en América.

Volvió la atención a su comida. Poco después, ella alzó la revista para que pudieran ponerle delante un plato de escalope a la vienesa. Lo miró, arrugó la nariz con disgusto y, tras apartar el plato, continuó leyendo.

Boris engulló un trozo de salchicha y llamó a una camarera que pasaba.

Noch ein Bier, bitte. —(Otra cerveza, por favor.) La camarera asintió. Justo cuando se volvía, Boris añadió—: Und eine für die junge Dame.

La joven se volvió y dijo, con más acritud que dulzura:

—Gracias, no.

—Tráigala de todas formas —gritó Karpov a la espalda de la camarera que desaparecía.

La joven tenía el pelo oscuro y la tez blanca, con esa belleza característica que sólo tienen las americanas: sanas, vibrantes, con rostros perfectamente simétricos. En otras palabras, blandas como el pan de molde Wonder Bread. Una vez, hacía varios años, Boris había comido un par de rebanadas de Wonder Bread untadas con mantequilla de cacahuete Peter Pan. La empalagosa dulzura del sándwich se había disuelto en su boca convirtiéndose en una pasta intragable, y tuvo arcadas.

Se volvió hacia la joven y le preguntó en inglés:

—¿Va a comerse su escalope?

—Por favor —contestó ella, estirando las palabras.

Boris miró el escalope de ternera empanado.

—Sí, eso le haría ganar un par de michelines, seguro.

Su comentario hizo que ella lo mirara por fin.

—¿Qué quiere?

—Cielos, Midge —dijo él, con falso acento adolescente—. Estaba a punto de hacerte la misma pregunta.

Ella se echó a reír.

—«¡Midge!» No había oído ese nombre desde que dejé de leer los cómics de Archie. —Al parecer había tomado una decisión, porque extendió la mano—. Lana Lang.

Él le estrecho la mano. Estaba fría, los bordes más callosos de lo que había esperado. Tal vez no era una aficionada, pensó.

—Está bromeando, ¿verdad?

—Ajá. —Su sonrisa podía ser perversa—. Mi padre era un gran aficionado a Superman.

—Hola, Lana Lang. Bryan Stonyfield.

—Sé quién es usted —susurró ella.

Boris, que no le había soltado la mano, apretó con más fuerza.

—¿Cómo es posible? No nos hemos visto antes.

—Soy la hija de Wagner. —Ella retiró la mano y dejó dinero más que suficiente sobre la mesa para cubrir ambas comidas—. Ahora tiene que venir conmigo, sin hacer preguntas.

—Espere un momento —protestó Karpov, irritado—. No voy a ir con usted a ninguna parte.

—Pero tiene que hacerlo —insistió Lana—. Corre un peligro mortal. Sin mí, estará muerto antes del amanecer.