III

 

C

on respecto a las salidas del piso —juntos, siempre juntos—, las navidades fueron lo que en lenguaje insípido y con una frase hecha se conceptúa como un punto de inflexión. Tanto Cornelia como él estaban inquietos por su seguridad, la de el hombre. Y las cosas llegaron a extremos gloriosamente compulsivos cuando, refiriéndose a la manía persecutoria de ella, Iván rehusó travestirse para andar por casa, como hubiera sido el deseo —expreso, aunque no del todo transparente— de su amante. Y es que, siempre según Cornelia, si la identidad de Iván fuera divulgada, o lo que era igual, descubierta por alguna delatora o alguna vecina con uno de esos traumas ambiguamente diagnosticados como androfobia aguda o patriotismo útil —y había tantas mujeres de esa clase, según una candorosa Cornelia le había dejado entrever—, pues bien, en ese caso, las consecuencias serían como poco imprevisibles.

Después de horas de conversaciones, quedaba claro que, por el simple hecho de ser un hombre que residía en el sector femenino de incógnito, siempre habría alguna desaprensiva dispuesta a hacerle la vida imposible, acusándole ante otras desaprensivas de conducta incivil u obscena —en todas sus incontables variantes—, o de hacer proselitismo de la masculinidad. Y aunque tales acusaciones no tuvieran un verdadero fundamento legal, los tiempos no estaban para bromas, ¿por qué, entonces, arriesgarlo todo? Tema aparte era que los riesgos, como siempre, terminasen dependiendo del interés que pusieran los lobbys de comunicación femeninos en revelar medias verdades sobre los hombres, y de la utilidad momentánea de los chivos expiatorios. En resumen, era un riesgo prescindible que alguien descubriera su identidad y su sexo.

Hubo que tomar razonables precauciones para que salir a la calle no fuera la expedición de un comando suicida. Hubo, pues, que travestirse muy asiduamente y echar mano de los más selectos cosméticos. Hacía frío, y eso, menos mal, ayudaba siempre con las bufandas y los abrigos de enterrador que sacan lustre a los talones. Cornelia perfilaba los carnosos labios de el hombre, le hacía la manicura empleando esmaltes fortalecedores, hidrataba el terso cutis moreno de Iván con un fluido antiarrugas sobre el que luego extendía una base de maquillaje de larga duración «antiedad total», color canela, y, con la inestimable ayuda de unas pocas y saltarinas pinceladas de polvos —transparencia siete— lograba dar a esa piel joven y sana el efecto amelocotonado que tanto habrían de admirar sus incondicionales en lo sucesivo. Luego unos toques de colorete en los pómulos a modo de leve rubor, y en seguida, pero no antes de que la brocha lamiese la zona del entrecejo para enmascarar la desmesura de un apéndice nasal casi demasiado fálico, le aplicaba el lápiz para las cejas recién depiladas, más el antiojeras, y el perfilador de ojos indiscutiblemente negro y de aplicación sólo en el borde del párpado, y un dúo de sombra de ojos de color nacarado, para agrandar el ojo, y violáceo, para que ganase en profundidad una mirada que, en palabras de Cornelia, no era lo bastante insondable. Iván alternaba el rímel con las pestañas postizas dependiendo de lo precavida que se mostrase Cornelia. La peluca de importación, negra, salvajemente ensortijada, se ajustaba en el conjunto sin mayores problemas. Y Cornelia hasta agradecía la nota de contraste en el nuevo y sofisticado aire de el hombre. Además, Cornelia encargó otros dos abrigos a una boutique de marcas exclusivas y de tallas bastante por encima de la media, y también una docena de sujetadores de encaje con un discretísimo relleno a su tienda de lencería fina predilecta, y una tarde le regaló a Iván una preciosa maquinilla que tenía una notable semejanza con un arma láser y que «depilaba el vello facial y el de las zonas sensibles, por nutrido que fuese y de forma indolora». Cornelia garantizó a Iván que éste era un modo eufemístico de aludir a la semibarba de las hembras con alteraciones hormonales.

Con todo y eso, muy pronto se dio cuenta Iván de que había multiétnicos montones de mujeres por todas partes —y algunos integrados por mujeres, quién lo diría, tan altas y fornidas, o más altas y fornidas incluso que Iván, que siempre iba con zapatos bajos—, y que él siempre pasaría inadvertido por las calles. Pero la Navidad es siempre eterna, y dio comienzo de forma demasiado turbadora como para ser relatada en dos párrafos.

La tarde del 24 de diciembre, después de comer, con la cena recién preparada a cuatro manos, Cornelia propuso que saliesen a comprar los obsequios de Nochebuena. La propuesta fue gozosamente secundada por Iván, para quien, no obstante, como para casi todos los hombres, las navidades eran tan significativas como el smog del aire. En los sectores masculinos jamás se celebraba lo que se tenía por una fiesta de origen pagano y de clara ascendencia matriarcal; sin embargo, la simple posibilidad de salir de casa y pasear entre mujeres sin temor a que le señalasen con el índice, originaba en él un estado de exaltación casi delirante. Y no sólo eso, había otra causa para esos delirios. Tras unos primeros días de reclusión más o menos comprensible, Iván notaba que, conforme al plan y los objetivos fijados por él, la dependencia y los sentimientos de Cornelia se intensificaban de hora en hora; y, por si fuera poco, aún había algo más que explicaba del todo su estado anímico, algo de lo que él era cada vez más consciente a su pesar: sin prisa, pero de forma irrevocable, se acercaba el momento de conocer a Dolly.

—¿Te falta mucho? Se hace tarde —chilló Cornelia desde el salón.

—Estoy acabando —replicó Iván desde el baño.

Metió la navaja bajo el grifo del agua caliente. La espuma desapareció por el desagüe. Depositó la navaja junto al grifo abierto. Se estiró la piel de la mandíbula, primero de un lado, luego del otro. Con un trozo de papel higiénico limpió una zona del espejo que había empezado a empañarse. Cogió la navaja, pero en seguida desechó la idea de repasarse la piel. El agua caliente seguía corriendo. Entornó la puerta. Se acordó de la sortija. No había día en que no recordase la sortija de amatista de su padre. Aunque no le apeteciera, se esforzaba diariamente en recordarla. Por las mañanas, aunque no todas, cuando estaba solo en casa, se subía a una banqueta, la cogía de la parte alta del armario del dormitorio, un estrecho espacio entre el armario ropero y el techo en donde apenas cabía una mano, y soplaba para desprenderle la pelusa. Ahí guardaba la sortija de platino con la amatista engarzada. Un escondite ideal. Sin el cofre, que había dejado en su verdadera casa. Del cofre había prescindido. Sólo la sortija de su padre, y que antes había sido de ella. Cogió de nuevo la navaja. La miró en el espejo. Se miró los brazos desnudos, el torso desnudo, los antebrazos desnudos, el agua seguía corriendo, pensó en la sortija, el espejo, el vaho progresaba imparable, los antebrazos, aunque fuertes, delicados, la cuchilla relucía, el lavabo color crema, los apliques, el remolino del agua, diminuto, el desagüe, la navaja, Asdrúbal, Cornelia, María de la Consolación de Alba.

—¿Me dejas que te maquille? —chilló Cornelia desde el salón.

—Yo lo hago. Estoy a punto de acabar.

¿Podía un hombre seguir un plan prefijado, sin variaciones, de modo inflexible? ¿Cómo podía la venganza llegar a gratificar tanto? Con pulso firme, se hizo un corte a la altura de la muñeca. Breve. Ligero. A modo de réplica. Como si demarcase una frontera de modo provisional. Como si estuviera delimitando una tierra virgen. Un finísimo hilo de sangre. Otro corte. Y otro hilo de sangre. Por encima. Y otro corte. Y otro. Y otro más. Paralelos. Muy superficiales, cierto. La sangre muy escasa, cierto. Escuchó de nuevo a Cornelia, a lo lejos, antes de cerrar el grifo del agua caliente, plegar la navaja y guardarla en el bolsillo de la falda pantalón mientras buscaba una caja de tiritas.

Ante las reiteradas quejas de Cornelia, terminó de vestirse a toda prisa. Corrió hacia el dormitorio con la toalla ocultando el brazo izquierdo de cualquier mirada casual, desechó, por si acaso, las camisas claras, eligió una camisa negra, la cazadora que hacía conjunto con la falda pantalón, y, cogiendo al vuelo la peluca de blucles, regresó al baño mientras Cornelia, bostezando, pero de excelente humor, repetía que se apresurase y que tardaba más que una mujer.

Los bostezos navideños de Cornelia eran un capítulo insalvable del cuaderno de ejercicios de su vida; sin embargo, los de este año, tenían, felizmente, un carácter distinto. Gracias a Felicity Camberra, el pretexto para no reunirse con mamá Dolly era inmejorable, y así se lo confesó a mamá Dolly, es decir, le confesó que no podían reunirse estando Felicity de por medio. Y aunque Dolly, con su reconocida contumacia, había tratado de convencerla, de repente, asumió lo inevitable, y dejó de llamarla.

—¿Aún estás sin maquillar? Vamos a encontrar las tiendas cerradas —dijo Cornelia.

—Cinco minutos.

A estas alturas, Iván no era un neófito maquillándose, y, al poco rato, se materializó en el umbral del salón transfigurado y con la peluca tapándole media cara.

—Guau —dijo Cornelia—. ¿Me permites descubrirte el rostro?

Abajo, las calles estaban abarrotadas, y, curiosamente, la prisa era más notoria que en un día laborable. A instancias de Cornelia, cogieron un tren elevado, y luego, un breve trayecto desde la estación por calles muy populosas, a paso vivo, y de la mano, con naturalidad.

—¿Me regalas un par? Me muero de ganas —dijo Cornelia que se paró extasiada ante un santuario de medias.

El rutilante escaparate, tapizado en moqueta color negro, estaba decorado con varios escalones que lo atravesaban de izquierda a derecha a lo largo de cinco o seis metros. Allí se exponían docenas y docenas de piernas cuidadosamente alineadas en riguroso orden prusiano, piernas de baquelita color carne, flexionadas en un ángulo de noventa grados, cercenadas hasta medio muslo y embutidas en medias variopintas. Una diversidad cromática a la que era forzoso rendirse. Había pantys de nailon, de seda, de lycra, de poliamida. Salpicadamente, algunas de esas extremidades también lucían ligueros en tonos más claros o intensos que las medias que exhibían. Y no era lo más sugestivo; había pantys de fantasía con dibujos romboidales, de lunares, de cuadros escoceses, de flores, de aves en pleno vuelo, de soles y lunas, de rayas horizontales y verticales, de costura longitudinal trasera, de borlas, haciendo aguas, de pedrería, medias perladas, pantys irisados, satinados y mate, medias de rejilla, pantys reductores, elevadores de glúteos, reductores de talla, pantys con propiedades hidratantes y sensación de frescor instantáneo, con aloe vera, pantys con o sin puntera, con o sin talón, con puntera y sin talón, sin puntera y con talón, en tonos blancos, negros, color crudo, turquesa, rojo pasión o carmesí, verde musgo, verde pistacho, verde caparrosa, verde veronés, medias que recorrían todas las gradaciones del arco iris.

Obviamente, Cornelia tiró de Iván y entraron en el santuario, que estaba a rebosar, y, al igual que el escaparate, tapizado de moqueta negra, y con una iluminación, según Cornelia, un poco agresiva. Había espejos por todas partes, y un hilo musical que Cornelia identificó en seguida con la banda sonora de una antigua y querida película. Se comprende que, al principio, Iván se condujese con cierta timidez, pero, a medida que Cornelia empezó a soltarse con una de las dependientas y, con un exhaustivo conocimiento, a pedir modelo tras modelo y talla tras talla para probárselos ambas, Iván empezó a relajarse, y se relajó a fondo cuando se introdujeron en el probador y, tras cerrar la puerta, él mismo echó, con alguna dificultad, un pestillo chirriante.

Se probaron toda clase de medias, y, para conjurar la mala cara de la joven dependienta, Cornelia, que era quien hacía chirriar el pestillo cada vez que salía con un par de modelos viejos y se enfrentaba a ella para abastecerse de modelos nuevos, escogía metódicamente cuatro pares en cada una de sus visitas al mostrador, no sin antes aliviar a la proveedora devolviéndole el par de modelos viejos y diciéndole me quedo con estos, ya puedes apartármelos, si quieres, pero enséñame tal o cual otro. Así regresaba con otros cuatro pares distintos, e Iván la esperaba con lágrimas en los ojos, vencido, con agujetas en el vientre, como ebrio, la falda pantalón por el suelo, la banda sonora de El último mohicano ocupándolo todo, y la multitud de medias que hasta el momento se habían probado y descartado, por turnos, uno y otra, visiblemente esparcida por la moqueta color negro.

Fue en una de estas salidas cuando el pestillo se negó a seguir chirriando. Realmente ya no cabían casi más medias ni más colores en la moqueta. Pero Cornelia estaba lanzada, e Iván tenía bastante con procurar reírse sin llamar la atención. Cornelia golpeó la puerta sofocando como pudo sus propias risotadas. Una de las dependientas, y luego varias, sucesiva y simultáneamente, se aplicaron a abrirla con nulo éxito. Llamaron a una cerrajera. Aconsejaron calma y serenidad a las de dentro. Los minutos pasaban. Cada poco, una de las dependientas regresaba a la puerta para decir a las dos infortunadas que disculpasen por las molestias, que la cerrajera estaba a punto de llegar. Pero ya Cornelia notó cómo él la ceñía por la espalda, cómo la besaba detrás del oído, cómo el lóbulo de la oreja, sorbiendo, lamiéndole el cuello, abriendo con su lengua la comisura del labio, como forzando con suprema decisión una boca rendida que empezaba a entreabrirse entonces, su lengua tan cálida y gruesa contra la suya, sobre y bajo la suya, alrededor de su lengua húmeda sin dejar de acariciarla con las puntas de los dedos por encima del jersey; fuera de eso, la nada, y ahora la misma dependienta-proveedora-de-medias regresaba para disculparse y lamentar las molestias que les estaban causando, y Cornelia, frente a él, con la boca como una ofrenda, deslumbrante como el vicio, hinchada como el vicio, una mujer, se imaginó él, es siempre eso, una ofrenda viciosa capaz de deslumbrar, confundir, desarmar, aniquilar, enamorar a cualquier hombre con las manos desnudas, y Cornelia diciéndole muy por lo bajo, te necesitaba, me pones como una gata encelada, permítannos disculparnos, no se vayan a preocupar, está en camino, esto no había ocurrido nunca, qué fácil, pues, ir más allá de las palabras, la emoción es siempre inefable, pensaba ella, todo superfluo, también la banda sonora de El último mohicano, cerrar los ojos e irlo desnudando e ir advirtiendo e ir admirando cómo él se resistía con esa mueca melancólica a que le quitara la blusa, y, por el contrario, cómo se soltaba la presilla dejando caer por su propio peso la falda pantalón, cómo terminaba de desvestirla, y ella temblando, sólo dejándose ir, cuando él la acariciaba así suave la piel, idealmente, con esa lentitud que le puso a Cornelia un velo grana sobre los ojos, ¿me estás oyendo? Cornelia dijo que sí, que oía, lo besaba como si antes no hubieran sido besos, sólo simulacros, y un placer inconmensurable la hubiera ganado para la causa de él, que era la suya, y él como si fuera la última ocasión de implorarle a su hermana que no parase, como si dijese enséñame a amarte, Cornelia, no me dejes ni dejes de estar conmigo como ahora, no ves que me temo... Señoras, en un minuto estarán fuera, cuando él la miró a los ojos, desde un palmo de distancia, con el rímel corrido, una mirada que parecía tratar de ponerse a salvo de su presencia, y empezaron a vestirse, y, a toda prisa, él recogiendo la falda pantalón de cuyo bolsillo asomaba la navaja.

 

Pero, lo que comenzó de un modo bien extraño, terminó de un modo aún más peregrino.

El hecho es que regresaban con las bolsas de los regalos. Después de doblar, exhaustos, encogidos y del brazo, la última bocacalle, enfilaron el tramo final de la avenida y ya estaban muy cerca de casa, tanto que Iván, orgulloso de un atractivo que resultaba ser cualquier cosa menos ambiguo, padeció la misma decepción de aquellos lejanos crepúsculos del Club, cuando, después de sentirse amado, admirado y objeto de deseo por Cornelia, la tarde tocaba a su fin. Y todo porque hoy había recobrado la confianza. En cierto modo, se sentía libre, triunfante y bella, y, por unas horas olvidó la navaja que llevaba en el bolsillo de la falda pantalón. No sólo había pasado inadvertido como varón en todas y cada una de las tiendas, sino que, además, los azares del deseo habían obrado el milagro de que algunas mujeres se fijaran en él como mujer. Lo habían mirado como a un congénere apetecible, y, en concreto, una negra de labios zumbonamente lascivos le había guiñado un ojo con tal resolución que, una décima de segundo después, a la negra le costó despegar las pestañas.

—Estoy helándome.

Éstas fueron las últimas palabras que oyó Iván antes de que desacelerase abruptamente la marcha.

—Date prisa. Que me hielo —insistió Cornelia mirando las junturas de los baldosines.

—Esa tía —dijo Iván con voz rota.

—Qué tía.

—Aquélla. No me quita ojo desde que entramos en la calle.

Y aquí Iván se paró y zafándose del brazo de ella se dio media vuelta. Cornelia se paró con él, giró sobre sí misma y miró hacia la otra acera, en la que Iván tenía clavada la vista, y en donde una figura parecía haber brotado de modo muy similar a como un champiñón brotaría junto a una farola.

—Tiene pelo afro. ¿Qué te pasa, pequeña melenuda? —murmuró él.

—Pero bueno, ¿estás loco? Vámonos. Disimula.

—Es una enana, la tía. ¿Qué estás mirando?

Cornelia se puso a darle tirones de manga y, al final, cuando ya casi lo había persuadido para que se fueran de allí, sucedió algo impensable y que tuvo el efecto de detener casi todo excepto lo siguiente: la figura de pelo afro empezó a moverse como si estuviera desentumeciendo sus extremidades y, entonces, repentinamente echó a andar cruzando la calle a paso ni lento ni rápido.

Si habían transcurrido segundos o habían transcurrido minutos, ni Cornelia ni él habrían podido jurarlo porque, en realidad, era como si hubiesen perdido cualquier noción del concepto espacio-tiempo, por lo menos hasta el mismo instante en que la figura, de talla más bien baja y con una melena ya nítida y ostensiblemente afro que se movía al ritmo y con un desazonador balanceo atrás y adelante, cruzaba de acera en diagonal, y, aprovechando que no circulaba un solo coche, se fue acercando y ya todo se descompuso.

Cornelia notó cómo él se enderezaba un poco más, y cómo los discretísimos rellenos del pecho, antes, de un natural encanto, ahora casi reventaban el jersey.

—No digas ni pío —dijo Cornelia.

A unos metros de los dos, la melenuda de pelo afro alcanzó el bordillo de la acera de un salto que a punto estuvo de costarle el equilibrio a la vez que un solitario automóvil la sobrepasaba por la espalda.

Los tres se miraron de frente, inmóviles. La comparación con un duelo no puede establecerse sin merma de la originalidad del autor, pero tampoco se puede omitir que había bufandas al viento, brazos caídos pero tensos, abrigos largos como guardapolvos y, excluyendo una bolsa de plástico blanca que cruzó la imaginaria línea fronteriza rodando y rebotando, una triple pasividad reinaba en toda el área del triángulo.

Tanto Cornelia como su hombre —para quien era imposible erguirse más de lo que estaba— asistieron al primer y titubeante paso de la melenuda hacia ellos. Y luego un segundo, menos titubeante. Y con el tercero, la melenuda cogió simbólicamente carrerilla, se acercó más y más, y, cuando ya estaba al alcance de la mano de Cornelia y ésta tuvo la inmejorable ocasión de comprobar que superaba a ese ser macrocéfalo en cinco o seis dedos —desde el último rizo afro—, la melenuda se cernió, por así decir, sobre ellos, y, con un aire semejante al de un extra el primer día de rodaje, le guiñó un ojo a Iván.

La réplica de Cornelia se debió a que todo había transcurrido con la suficiente lentitud como para pensar en la mejor réplica, y porque ya era el segundo guiño en la misma tarde. De forma que, en síntesis, el brazo extendido de Cornelia describió una parábola de derecha a izquierda, con tal precisión, que la mano con sus cinco dedos abiertos fue a impactar en la cara de la pequeña melenuda logrando un bofetón tan certero que la abofeteada sólo vaciló para tocarse la melena antes de desplomarse como un saco.

Todo esto pasó ante los fascinados ojos de los tres; aunque, en rigor, fue un visto y no visto. El hecho desnudo es que la mujer del peinado afro estaba en el suelo o muerta o desvanecida, e Iván, aplacada su furia por el celo de su amante, y comprensiblemente asustado, se agachó y se reclinó sobre ella.

—¿Está muerta? —dijo Cornelia, agachándose tras él.

—¡No es posible! —dijo Iván.

—¿Por qué no es posible?

—No es posible. No es posible —dijo, y acabó de retirar hacia un lado la peluca.

—Está muerta, ¿no? Dime la verdad. Estoy preparada para todo. ¿A que no respira?

La mancha con la forma y el color de Groenlandia, aunque a medias camuflada por un maquillaje que tenía las humildes propiedades del engrudo, estaba ahí ocupando parte de la frente junto a los cinco dedos de Cornelia irreprochablemente visibles. Iván levantó la cabeza, miró a un lado y a otro y volvió a colocar la peluca en su sitio.

—Es mucho más grave que eso.

—¿Más grave? Qué puede ser más grave que estar muerto —dijo ella.

—Es Nelson —dijo Iván en voz casi inaudible—. Mi amigo Nelson Bekembauer.

Nelson Bekembauer júnior fue velozmente puesto en pie y espabilado, aunque no del todo, por Iván. Cornelia no supo qué pensar ni qué decir ni cómo reaccionar en el corto y silencioso trayecto hasta su propia casa durante el que no pudo evitar apartarse un poco de los dos hombres vestidos con ropas de mujer, uno de los cuales era su amante, y el otro, tenía solamente una vaga idea de quién era, pero iba en brazos de su amante.