Capítulo 17

Para Tinker la excursión a Londres fue monótona y pesada en demasía Siguiendo las instrucciones de su jefe, siguió a Gordon Lyle como una sombra durante todo el día: pero su trabajo fue completamente infructuoso. Lyle no mintió cuando manifestó la noche anterior a Sexton Blake que su viaje a la capital obedecía única y exclusivamente a negocios. Según pudo comprobar el joven detective, Gordon Lyle pasó la mayor parte del día en la City, en casa de unos banqueros muy conocidos y apreciados en el mundo comercial. Comió con ellos en un hotel de Piccadilly, y a eso de las siete de la tarde se dirigió a la estación de Waterloo, donde tomó el tren de Whitchurch. Tinker le tomó la delantera en el pueblo, de manera que cuando el orondo financiero llegó a Stiltley Manor, el joven ya se encontraba allí. Era evidente, por lo tanto, que Gordon Lyle* no tenía nada que ver con los tres misteriosos asesinatos de Stiltley Manor, y que Tinker había perdido miserablemente el tiempo siguiendo una pista falsa.

Después de la cena, la velada transcurrió tan aburrida como la noche anterior. El doctor Stillwater, Agatha Hughes, Lyle y sir Robert, se entretuvieron jugando su acostumbrada partida de bridge, aunque ninguno de los cuatro atendía debidamente a las cartas. El misterio que rodeaba a Stiltley Manor les preocupaba más de lo que ellos querían aparentar. Dick Alperton se retiró en cuanto concluyó la cena, y Tinker se entretuvo charlando con Kathleen Warrender.

Pero bien pronto vio Tinker que la joven sostenía la conversación únicamente por cortesía. Los últimos acontecimientos, la momentánea desviación de su prometido, y, sobre todo, la trágica y repentina muerte de su hermano, pesaban mucho en el ánimo de Kathleen y era evidente que deseaba estar sola. Comprendiéndolo así, Tinker pretextando un sueño que estaba muy lejos de sentir, se retiró a su habitación, no sin haber preguntado antes a Benson si había regresado Blake, y haber cogido un libro cié la biblioteca para entretenerse hasta que pudiera conciliar el sueño.

Una vez en su cuarto pensó Tinker que sería conveniente esperar i Blake, por si éste había logrado descubrir algo, y tenía alguna misión urgente que encomendarle. Para ello, se arrellanó cómodamente en un sillón, y se propuso matar el tiempo leyendo.

El libro que leía era muy interesante, de manera que fueron transcurriendo los minutos y las horas sin que Tinker se diera cuenta. Era ya muy avanzada la noche, cuando oyó algo que le hizo cerrar bruscamente el libro, y escuchar con todos sus sentidos. De la parte de fuera, del jardín, venía el ruido de unos pasos sobre la grava.

Levantándose bruscamente, Tinker se acercó a la ventana de su cuarto y la abrió.

Estaba lloviendo a cántaros, y el joven recibió una verdadera ducha cuando asomó la cabeza.

La oscuridad era intensísima y hasta que sus ojos no se acostumbraron a ella, no pudo ver absolutamente nada. Sólo entonces divisó un bulto, que saliendo de la parte derecha del edificio, se aproximaba sigilosamente al mismo. Cuando se halló más cerca de la ventana, pudo distinguirlo perfectamente, y el corazón le dio un salto.

Era un hombre y sobre los hombros llevaba una escalera. Precisamente en aquel momento apoyaba la escala contra el muro. Tinker no esperó más. Aquel visitante nocturno era digno de atención por todos conceptos y el joven se propuso conocerlo más de cerca. Sin embargo, no olvidó el joven que siempre es necesario obrar con prudencia, y antes de salir de la habitación cogió su pistola automática, y se la metió en el bolsillo de la americana.

En el pasillo, el silencio era absoluto. En Stiltley Manor dormía todo el mundo. Sigilosamente descendió al vestíbulo, donde se detuvo a escuchar. El monótono tictac del reloj era el único ruido que interrumpía el silencio reinante. Acercándose a la puerta, descubrió, asombrado, que estaba entreabierta. Con infinitas precauciones, la abrió un poco, lo suficiente para ver y escuchar sin ser visto. Pero no vio ni oyó nada.

En vista de ello salió silenciosamente del palacio. Su cuarto daba a la fachada trasera, de modo que, pegándose al muro, dio la vuelta al edificio. Al doblar la esquina, pudo abarcar el muro trasero en toda su extensión. La escalera continuaba allí, y en aquel mismo instante, el visitante nocturno ascendía lentamente por ella. Pocos segundos después llegaba al final, y desaparecía en el muro. Era evidente que se había introducido en la casa por una ventana. Lo interesante era averiguar a qué cuarto pertenecía aquella ventana. Tinker no lo sabía; pero de lo que no le cabía la menor duda, era de que estaba a punto de hacer un descubrimiento importantísimo, tal vez decisivo para la solución del asunto que les había llevado a su jefe y a él a Stiltley Manor.

Estaba Tinker pensando qué es lo que debía hacer en aquellas circunstancias, cuando el ruido de unos pasos a sus espaldas le hizo disimularse cuanto pudo junto al muro, y contener la respiración. Pocos segundos después pasó a pocos metros de él un hombre, que no le vio gracias a la oscuridad de la noche. El recién llegado andaba a buen paso, y se dirigió en derechura, a la escalera. Una vez allí, miró recelosamente a su alrededor, e inició el ascenso. Cuando se hallaba ya cerca de la ventana, el desconocido que le había precedido le alargó un bulto, que a Tinker 'e pareció una figura humana, y desapareció nuevamente. El que había recibido el bulto, descendió por la escalera, y sin detenerse un minuto, echó a andar con decisión.

Al pasar por segunda vez junto s Tinker, pudo éste reconocer el bulto, y no pudo evitar un movimiento de indignación y sorpresa. ¡Acababa de reconocer en aquel bulto la figura inanimada de Kathleen Warrender!

Aquellos visitantes nocturnos trataban de apoderarse de la joven. Tinker no sabía con qué intenciones, ni cuál era su objeto. Pero para el joven aquello era lo de menos. Lo único que le interesaba en aquellos instantes era librar a la joven de las garras de sus raptores.

Rápidamente reaccionó de su sorpresa, y empuñando su pistola automática emprendió decididamente la persecución del misterioso visitante Éste debía ser un hombre ágil y dotado de fuerza poco común, porque a pesar del peso con que iba cargado avanzaba con ligereza y sin detenerse. Gracias a ello, no tardaron mucho en llegar, perseguidor y perseguido al gran portalón de entrada de la finca. El desconocido lo traspuso sin detenerse, y torciendo a la derecha se internó en un bosquecillo cercano a la carretera.

Tinker, que lo seguía de cerca, distinguió vagamente la forma de un coche estacionado en el bosquecillo El raptor de Kathleen abrió una portezuela y depositó a la joven en el asiento delantero del automóvil. Tinker juzgó entonces que había llegado el momento oportuno de descubrir su presencia.

—¡Arriba las manos!, —ordenó avanzando resueltamente y encañonando al desconocido con su pistola—. ¡Y dime pronto quién eres y qué pretendes!

El individuo así interpelado se volvió vivamente, como sí hubiese sido picado por una víbora, y sólo entonces se fijó Tinker en que tenía el rostro cubierto con un pañuelo negro.

—¿Quién eres tú?, bramó con voz ronca.

—¡No te importa!, —exclamó el joven—. ¡Levanta las manos y quítate ese trapo de la cara, perro, que tengo ganas de conocerte!

Pero el otro no hizo el menor caso de sus órdenes. Con los ojos clavados en Tinker permanecía inmóvil.

—¡Quieres obedecer de una!…

El joven detective no pudo continuar. Alguien acababa de darle por la espalda, un golpe terrible en la cabeza. Tinker sintió que el suelo temblaba bajo sus pies, y cayó pesadamente al suelo.