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UNA CONVERSACIÓN SOBRE LA JUSTIFICACIÓN
(O DAVID Y EL «CRIPTOINDUCTIVISTA»)

Creo haber resuelto un problema filosófico capital: el de la inducción.

Karl Popper

Como expliqué en el prefacio, este libro no constituye, básicamente, una defensa de las teorías fundamentales de las cuatro vías principales, sino una investigación sobre lo que dicen y la clase de realidad que describen. Ésta es la razón de que no me entretenga en analizar en profundidad las teorías opuestas. No obstante, hay una de esas teorías opuestas —el sentido común— que la razón me exige refutar con todo detalle cada vez que parece entrar en conflicto con aquello que afirmo. De ahí que en el capítulo 2 presentase una completa refutación de la idea de sentido común de que existe un solo universo. En el capítulo 11 haré lo mismo con la noción de que el tiempo «fluye» o nuestra conciencia «se mueve» a través de él. En el capítulo 3 critiqué el inductivismo, la idea de sentido común de que elaboramos teorías sobre el mundo físico gracias a la generalización de los resultados de las observaciones y justificamos esas teorías mediante la repetición de dichas observaciones. Expliqué que la generalización inductivista a partir de la observación es imposible, y que su justificación no es válida. Demostré que el inductivismo se apoya en la idea equivocada de que la ciencia busca predicciones basadas en observaciones, cuando, en realidad, busca explicaciones como respuesta a problemas. Expuse también (siguiendo a Popper) cómo progresa la ciencia: conjeturando nuevas explicaciones y seleccionando luego las mejores para experimentarlas. Todo ello ha sido mayoritariamente aceptado por científicos y filósofos de la ciencia. Lo que, en cambio, no lo ha sido, es que este proceso se halle justificado. Me explicaré.

La ciencia busca mejores explicaciones. Una explicación científica ilustra nuestras observaciones postulando algo sobre qué es la realidad y cómo funciona. Consideramos que una explicación es mejor que otra cuando deja menos cabos sueltos (tales como entidades cuyas propiedades no son explicadas), requiere menos postulados y éstos son más sencillos, es más general, se combina con facilidad con buenas explicaciones en otros campos, etcétera. Pero ¿por qué razón ha de ser una explicación mejor, lo que en la práctica damos por sentado, es decir, la señal de que una teoría es más cierta? ¿Y por qué, invirtiendo los términos, ha de ser por fuerza falsa una explicación indudablemente mala (por ejemplo, una que no tuviera ninguno de los atributos mencionados antes)? En efecto, desde un punto de vista lógico no tiene por qué haber conexiones entre la verdad y la capacidad explicativa. Una mala explicación (como el solipsismo) puede ser cierta. E incluso la mejor y más fiable de las teorías puede dar una predicción equivocada en algunas ocasiones, quizás aquellas en que más confiemos en ella. Ninguna forma válida de razonamiento puede no ya desechar de manera lógica semejantes posibilidades, sino ni siquiera demostrar que son improbables. Pero, si es así, ¿qué justifica nuestra confianza en las mejores explicaciones como guías para la toma práctica de decisiones? Y, de modo más general, cualesquiera que sean los criterios que utilicemos para juzgar a las teorías científicas, ¿cómo es posible que el hecho de que una teoría satisfaga dichos criterios en la actualidad nos induzca a creer que seguirá satisfaciéndolos en un futuro más o menos lejano?

Ésta es la versión moderna del «problema de la inducción». La mayoría de los filósofos están de acuerdo en la actualidad con el argumento de Popper de que las nuevas teorías no se infieren de nada, sino que son meras hipótesis. Aceptan también que el progreso científico se realiza mediante conjeturas y refutaciones (como describí en el capítulo 3), y que las teorías son aceptadas cuando sus rivales son refutadas y no en virtud de numerosas observaciones que las confirmen. Aceptan que el conocimiento así obtenido suele tender a ser fiable. El problema es que no ven el porqué. Los inductivistas tradicionales trataron de formular un «principio de inducción» que afirmaba que las observaciones que la confirmaban hacían a una teoría más plausible, o que «el futuro se parecerá al pasado», o cualquier enunciado por el estilo. Trataron también de formular una metodología científica inductiva desarrollando leyes que especificaban qué clase de inferencias se podían extraer válidamente de los «datos». Fracasaron en todo, por las razones que ya he explicado. Pero, aun en el caso de que lo hubiesen conseguido, en el sentido de ser capaces de elaborar un esquema que pudiese ser seguido con éxito para crear conocimiento científico, ello no habría resuelto el problema de la inducción tal como se plantea hoy día, ya que, en este caso, la «inducción» sería, simplemente, una de las posibles maneras de escoger teorías, y el problema seguiría siendo por qué estas teorías han de constituir bases fiables para la acción. En otras palabras, los filósofos que se preocupan actualmente por el «problema de la inducción» no son inductivistas a la antigua usanza. No tratan de obtener o justificar ninguna teoría inductivamente. No creen que se hunda el cielo, pero no saben cómo justificar esta confianza.

Los filósofos suspiran hoy por esa justificación perdida. No creen ya que la inducción pueda proporcionarla, pero, sin embargo, sienten un vacío en forma de induccionismo en su concepción del mundo, al igual que las personas religiosas que han perdido la fe sufren de un «vacío en forma de Dios» en su concepción del mundo. Pero, en mi opinión, hay poca diferencia entre sentir un vacío en forma de X en la personal concepción del mundo y creer en X. Por ello, para que encaje mejor en el marco de este concepto más complejo del problema de la inducción, deseo redefinir el término «inductivista» y utilizarlo para designar a alguien que piensa que la invalidez de la justificación inductiva constituye un problema para los fundamentos de la ciencia. Dicho de otro modo, un inductivista cree que hay un vacío, y que debe ser llenado, por el principio de inducción o por lo que sea. A algunos inductivistas no les importa que los tachen de tales. Pero a otros sí; son los que denominaré criptoinductivistas.

La mayor parte de los filósofos contemporáneos son criptoinductivistas. Y lo que empeora aún más las cosas es que (al igual que la mayoría de los científicos) subestiman de un modo inexcusable el papel de la explicación en el proceso científico. Lo mismo hace la mayoría de los antiinductivistas popperianos, inclinados a negar que exista la justificación ni nada que se le parezca (ni siquiera a título experimental), lo cual abre un nuevo vacío explicativo en su concepción del mundo. El filósofo John Worrall ha expuesto el problema, tal como él lo ve, en un diálogo imaginario entre Popper y otros filósofos titulado «Why Both Popper and Watkins Fail to Solve the Problem of Induction» [Por qué ni Popper ni Watkins consiguen resolver el problema de la inducción][3]. La escena se desarrolla en la cúspide de la Torre Eiffel. Uno de los participantes —el Planeador— decide saltar al vacío en vez de utilizar el ascensor. Los demás intentan persuadirlo de que saltar significa una muerte segura. Utilizan para ello los mejores argumentos científicos y filosóficos de que disponen. Pero el exasperante Planeador sigue confiando en que descenderá planeando suavemente, sin sufrir el menor daño, y argumenta que, de acuerdo con las experiencias anteriores, no puede probarse lógicamente que una expectativa contraria a la suya pueda ser preferible.

Creo que podemos justificar nuestra expectativa de que el Planeador se mataría. La justificación —siempre a título experimental, desde luego— proviene de las explicaciones proporcionadas por las teorías de eminentes científicos. Hasta el punto en que estas teorías son buenas, está racionalmente justificado fiarse de sus correspondientes predicciones. Así pues, y como respuesta a Worrall, presento aquí mi propio diálogo, que se desarrolla en el mismo lugar: