UNA CONVERSACIÓN SOBRE LA JUSTIFICACIÓN
(O DAVID Y EL
«CRIPTOINDUCTIVISTA»)
Creo haber resuelto un problema filosófico capital: el de la inducción.
Karl Popper
Como expliqué en el prefacio, este libro no constituye, básicamente, una defensa de las teorías fundamentales de las cuatro vías principales, sino una investigación sobre lo que dicen y la clase de realidad que describen. Ésta es la razón de que no me entretenga en analizar en profundidad las teorías opuestas. No obstante, hay una de esas teorías opuestas —el sentido común— que la razón me exige refutar con todo detalle cada vez que parece entrar en conflicto con aquello que afirmo. De ahí que en el capítulo 2 presentase una completa refutación de la idea de sentido común de que existe un solo universo. En el capítulo 11 haré lo mismo con la noción de que el tiempo «fluye» o nuestra conciencia «se mueve» a través de él. En el capítulo 3 critiqué el inductivismo, la idea de sentido común de que elaboramos teorías sobre el mundo físico gracias a la generalización de los resultados de las observaciones y justificamos esas teorías mediante la repetición de dichas observaciones. Expliqué que la generalización inductivista a partir de la observación es imposible, y que su justificación no es válida. Demostré que el inductivismo se apoya en la idea equivocada de que la ciencia busca predicciones basadas en observaciones, cuando, en realidad, busca explicaciones como respuesta a problemas. Expuse también (siguiendo a Popper) cómo progresa la ciencia: conjeturando nuevas explicaciones y seleccionando luego las mejores para experimentarlas. Todo ello ha sido mayoritariamente aceptado por científicos y filósofos de la ciencia. Lo que, en cambio, no lo ha sido, es que este proceso se halle justificado. Me explicaré.
La ciencia busca mejores explicaciones. Una explicación científica ilustra nuestras observaciones postulando algo sobre qué es la realidad y cómo funciona. Consideramos que una explicación es mejor que otra cuando deja menos cabos sueltos (tales como entidades cuyas propiedades no son explicadas), requiere menos postulados y éstos son más sencillos, es más general, se combina con facilidad con buenas explicaciones en otros campos, etcétera. Pero ¿por qué razón ha de ser una explicación mejor, lo que en la práctica damos por sentado, es decir, la señal de que una teoría es más cierta? ¿Y por qué, invirtiendo los términos, ha de ser por fuerza falsa una explicación indudablemente mala (por ejemplo, una que no tuviera ninguno de los atributos mencionados antes)? En efecto, desde un punto de vista lógico no tiene por qué haber conexiones entre la verdad y la capacidad explicativa. Una mala explicación (como el solipsismo) puede ser cierta. E incluso la mejor y más fiable de las teorías puede dar una predicción equivocada en algunas ocasiones, quizás aquellas en que más confiemos en ella. Ninguna forma válida de razonamiento puede no ya desechar de manera lógica semejantes posibilidades, sino ni siquiera demostrar que son improbables. Pero, si es así, ¿qué justifica nuestra confianza en las mejores explicaciones como guías para la toma práctica de decisiones? Y, de modo más general, cualesquiera que sean los criterios que utilicemos para juzgar a las teorías científicas, ¿cómo es posible que el hecho de que una teoría satisfaga dichos criterios en la actualidad nos induzca a creer que seguirá satisfaciéndolos en un futuro más o menos lejano?
Ésta es la versión moderna del «problema de la inducción». La mayoría de los filósofos están de acuerdo en la actualidad con el argumento de Popper de que las nuevas teorías no se infieren de nada, sino que son meras hipótesis. Aceptan también que el progreso científico se realiza mediante conjeturas y refutaciones (como describí en el capítulo 3), y que las teorías son aceptadas cuando sus rivales son refutadas y no en virtud de numerosas observaciones que las confirmen. Aceptan que el conocimiento así obtenido suele tender a ser fiable. El problema es que no ven el porqué. Los inductivistas tradicionales trataron de formular un «principio de inducción» que afirmaba que las observaciones que la confirmaban hacían a una teoría más plausible, o que «el futuro se parecerá al pasado», o cualquier enunciado por el estilo. Trataron también de formular una metodología científica inductiva desarrollando leyes que especificaban qué clase de inferencias se podían extraer válidamente de los «datos». Fracasaron en todo, por las razones que ya he explicado. Pero, aun en el caso de que lo hubiesen conseguido, en el sentido de ser capaces de elaborar un esquema que pudiese ser seguido con éxito para crear conocimiento científico, ello no habría resuelto el problema de la inducción tal como se plantea hoy día, ya que, en este caso, la «inducción» sería, simplemente, una de las posibles maneras de escoger teorías, y el problema seguiría siendo por qué estas teorías han de constituir bases fiables para la acción. En otras palabras, los filósofos que se preocupan actualmente por el «problema de la inducción» no son inductivistas a la antigua usanza. No tratan de obtener o justificar ninguna teoría inductivamente. No creen que se hunda el cielo, pero no saben cómo justificar esta confianza.
Los filósofos suspiran hoy por esa justificación perdida. No creen ya que la inducción pueda proporcionarla, pero, sin embargo, sienten un vacío en forma de induccionismo en su concepción del mundo, al igual que las personas religiosas que han perdido la fe sufren de un «vacío en forma de Dios» en su concepción del mundo. Pero, en mi opinión, hay poca diferencia entre sentir un vacío en forma de X en la personal concepción del mundo y creer en X. Por ello, para que encaje mejor en el marco de este concepto más complejo del problema de la inducción, deseo redefinir el término «inductivista» y utilizarlo para designar a alguien que piensa que la invalidez de la justificación inductiva constituye un problema para los fundamentos de la ciencia. Dicho de otro modo, un inductivista cree que hay un vacío, y que debe ser llenado, por el principio de inducción o por lo que sea. A algunos inductivistas no les importa que los tachen de tales. Pero a otros sí; son los que denominaré criptoinductivistas.
La mayor parte de los filósofos contemporáneos son criptoinductivistas. Y lo que empeora aún más las cosas es que (al igual que la mayoría de los científicos) subestiman de un modo inexcusable el papel de la explicación en el proceso científico. Lo mismo hace la mayoría de los antiinductivistas popperianos, inclinados a negar que exista la justificación ni nada que se le parezca (ni siquiera a título experimental), lo cual abre un nuevo vacío explicativo en su concepción del mundo. El filósofo John Worrall ha expuesto el problema, tal como él lo ve, en un diálogo imaginario entre Popper y otros filósofos titulado «Why Both Popper and Watkins Fail to Solve the Problem of Induction» [Por qué ni Popper ni Watkins consiguen resolver el problema de la inducción][3]. La escena se desarrolla en la cúspide de la Torre Eiffel. Uno de los participantes —el Planeador— decide saltar al vacío en vez de utilizar el ascensor. Los demás intentan persuadirlo de que saltar significa una muerte segura. Utilizan para ello los mejores argumentos científicos y filosóficos de que disponen. Pero el exasperante Planeador sigue confiando en que descenderá planeando suavemente, sin sufrir el menor daño, y argumenta que, de acuerdo con las experiencias anteriores, no puede probarse lógicamente que una expectativa contraria a la suya pueda ser preferible.
Creo que podemos justificar nuestra expectativa de que el Planeador se mataría. La justificación —siempre a título experimental, desde luego— proviene de las explicaciones proporcionadas por las teorías de eminentes científicos. Hasta el punto en que estas teorías son buenas, está racionalmente justificado fiarse de sus correspondientes predicciones. Así pues, y como respuesta a Worrall, presento aquí mi propio diálogo, que se desarrolla en el mismo lugar:
DAVID: Desde que leí lo que dice Popper sobre la inducción, creo que realmente solucionó, como proclama, el problema de la inducción. No obstante, pocos filósofos están de acuerdo. ¿Por qué?
CRIPTOINDUCTIVISTA: Porque Popper nunca se planteó el problema de la inducción tal como nosotros lo entendemos. Lo que hizo fue presentar una crítica del inductivismo. El inductivismo afirmaba que existe un modo «inductivo» de razonamiento que, partiendo de la evidencia de observaciones efectuadas en el pasado, permite enunciar teorías generales sobre el futuro y justificar su uso. Mantenía que hay un principio natural, el principio de inducción, que dice, más o menos, que «las observaciones hechas en el futuro se parecerán a las realizadas en el pasado en circunstancias similares». Hubo varios intentos de formularlo de tal manera que permitiese, en efecto, enunciar teorías o justificarlas a partir de observaciones individuales. Todos fracasaron. La crítica de Popper, si bien influyente entre los científicos, sobre todo, en combinación con sus trabajos de elucidación de la metodología de la ciencia, no era original, ni mucho menos. La endeblez del inductivismo era conocida desde sus orígenes y, por supuesto, desde las críticas de David Hume a principios del siglo XVIII. El problema de la inducción no consiste en cómo justificar o refutar el principio de inducción, sino, más bien —dando por sentado que no es válido—, en cómo justificar cualquier conclusión sobre el futuro a partir de observaciones realizadas en el pasado. Y antes de que me diga que no es necesario…
DAVID: No es necesario.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Sí que lo es. Esto es lo que resulta más irritante de ustedes, los popperianos: que nieguen lo evidente. Obviamente, la razón de que no salte usted por encima de esta barandilla es, en parte, por que considera justificado confiar en la mejor teoría de la gravedad e injustificado confiar en algunas otras. Por supuesto, con «la mejor teoría de la gravedad» quiero decir, en este caso, algo más que la simple teoría de la relatividad general. Me refiero también al complejo conjunto de teorías sobre fenómenos tales como resistencia del aire, fisiología humana, elasticidad del hormigón y disponibilidad de medios de rescate aéreos a baja altura.
DAVID: Sí, consideraría justificado confiar en esa teoría. De acuerdo con la metodología popperiana, en casos así deberíamos confiar en la teoría mejor corroborada, es decir, la que ha superado las pruebas más estrictas, que sus rivales no han podido pasar.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Dice que «deberíamos confiar en la teoría mejor corroborada», pero ¿por qué, exactamente? Puedo presumir que porque, según Popper, el proceso de corroboración la ha justificado, en el sentido de que sus predicciones tienen más probabilidades de ser ciertas que las de otras teorías.
DAVID: Bueno, no es que tengan más probabilidades de ser ciertas que las de todas las demás teorías, ya que, sin duda, algún día dispondremos de mejores teorías de la gravedad…
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¡Un momento! Pongámonos de acuerdo, por favor, en no zancadillearnos mutuamente con observaciones de poca monta, sin importancia para la sustancia de lo que estamos discutiendo. Por supuesto que algún día habrá una teoría mejor de la gravedad, pero usted debe decidir si salta ahora. Dada la evidencia de que disponemos actualmente, ha escogido obrar según una determinada teoría, y lo ha hecho de acuerdo con los criterios popperianos, puesto que cree que son los más adecuados para seleccionar teorías que ofrezcan predicciones ciertas.
DAVID: Sí.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Así que, resumiendo, cree que la evidencia de que disponemos actualmente justifica la predicción de que se mataría en caso de saltar por encima de la barandilla.
DAVID: No, no lo hace.
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¡Pero hombre, se está contradiciendo! Acaba de afirmar que esa predicción está justificada.
DAVID: Y lo está, pero no por la evidencia, si por «evidencia» entiende usted todos los experimentos cuyos resultados predijo acertadamente la teoría en el pasado. Como todos sabemos, esa evidencia es consistente con infinidad de teorías, incluyendo aquellas que predicen todos los desenlaces lógicamente posibles de mi salto por encima de la barandilla.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Así pues, en vista de lo que acaba de decir, repito que todo el problema consiste en encontrar qué es lo que justifica la predicción. Ése es el problema de la inducción.
DAVID: Bueno, ése es el problema que Popper resolvió.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Esto es nuevo para mí, y, créame, he estudiado a Popper a fondo. Pero, en todo caso, ¿cuál es la solución? Estoy ansioso por escucharla. ¿Qué justifica la predicción, si no es la evidencia?
DAVID: La argumentación.
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¿La argumentación?
DAVID: Sólo la argumentación puede justificar algo, aunque siempre a título experimental, por supuesto. Toda teorización está sujeta a error, etcétera, etcétera. Pero, aun así, la argumentación puede, en ocasiones, justificar teorías. Es su razón de ser.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Creo que ésta es otra de sus sutilezas. No puede decir en serio que la teoría puede quedar justificada mediante la pura argumentación, como un teorema matemático[4]. Sin duda, la evidencia tiene también algún papel.
DAVID: Sin duda. Se trata de una teoría empírica, y, por consiguiente, según la metodología científica popperiana, los experimentos cruciales tienen un papel fundamental para decidir entre ella y sus rivales. Éstas fueron refutadas y aquélla sobrevivió.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Y, como consecuencia de la refutación de las unas y la supervivencia de la otra, todo lo cual sucedió en el pasado, por cierto, la utilización práctica de esa teoría para predecir el futuro está ahora justificada.
DAVID: Supongo que sí, aunque me parece capcioso decir «como consecuencia de» cuando no estamos hablando de una deducción lógica.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Bueno, eso nos lleva a otra pregunta importante: ¿Qué clase de consecuencia era? ¡A ver si le pongo en un aprieto! Admite que tanto la argumentación como los resultados de los experimentos justificaron la teoría. Si los experimentos hubiesen tenido resultados distintos, la argumentación habría justificado una teoría diferente. ¿Acepta, pues, que en este sentido, es decir, por la vía de la argumentación, los resultados de los experimentos pasados justifican la predicción?
DAVID: Sí.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Entonces, ¿qué era lo que tenían esos resultados pasados reales que justificaron la predicción, la comparación con otros resultados pasados posibles, que hubieran podido justificar la predicción contraria?
DAVID: Lo que tenían los resultados reales era que refutaron todas las teorías rivales y corroboraron la que ahora prevalece.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Muy bien. Ahora escúcheme con atención, porque acaba de decir algo que no sólo es demostrablemente falso, sino que usted mismo lo reconoció así hace unos momentos. Ha dicho que los resultados de los experimentos «refutaron todas las teorías rivales». Pero, como muy bien sabe, ningún conjunto de resultados de experimentos puede refutar todas las posibles teorías rivales de una teoría general. Usted mismo ha dicho que cualquier conjunto de resultados pasados es, según sus palabras textuales, «consistente con infinidad de teorías, incluyendo aquellas que predicen todos los desenlaces lógicamente posibles de mi salto por encima de la barandilla». De ello se desprende, inexorablemente, que la predicción por la que se inclina no estaba justificada por los resultados experimentales, puesto que hay infinidad de teorías rivales de la suya, asimismo todavía sin refutar, que hacen la predicción contraria.
DAVID: Me alegro de haberle escuchado con atención, como me pidió, porque así he podido comprender que buena parte de esta discusión se debe a que utilizamos una terminología distinta. Cuando Popper habla de «rivales» de una determinada teoría, no se refiere al conjunto de todas las teorías lógicamente posibles que compiten con ella, sino sólo a las verdaderas rivales, propuestas en el curso de una controversia racional. Esto incluye las teorías «propuestas» de modo puramente mental por una persona en el curso de «controversias» mantenidas en su cerebro.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Ya entiendo. De acuerdo, aceptaré su terminología. Pero, incidentalmente, pues, aunque no creo que sea importante para lo que nos ocupa ahora, me inspira curiosidad, ¿no resulta una extraña aserción esa que atribuye a Popper de que la fiabilidad de una teoría depende de algo tan accidental como qué teorías, falsas teorías, han sido propuestas por otros científicos en el pasado, y no exclusivamente de su contenido y de la evidencia experimental?
DAVID: No lo creo. Incluso ustedes, los inductivistas, hablan de…
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¡No soy inductivista!
DAVID: Sí que lo es.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Muy bien. Aceptaré una vez más su terminología, si insiste, pero igual podría llamarme puercoespín. Es realmente inicuo llamar «inductivista» a alguien porque sostiene la tesis de que la invalidez del razonamiento inductivo nos enfrenta a un problema filosófico sin solucionar.
DAVID: Opino lo contrario. Pienso que esa tesis es la que define, y siempre ha definido, a un inductivista. Pero veo que Popper ha conseguido, al menos, una cosa: ¡«inductivista» se ha convertido en insulto! Pero sigamos. Le estaba explicando por qué no resulta sorprendente que la fiabilidad de una teoría dependa de qué falsas teorías hayan sido propuestas con anterioridad. Incluso los inductivistas dicen que una teoría es fiable o no de acuerdo con cierta «evidencia». Pues bien, los popperianos podrían decir que una teoría es la mejor de que se dispone para utilizarla en la práctica de acuerdo con cierto problema-situación. Y las características más relevantes de un problema-situación son: qué teorías y explicaciones compiten, qué argumentación ha sido presentada y qué teorías han sido refutadas. La «corroboración» no es tan sólo la confirmación de la teoría ganadora. Requiere la refutación experimental de las teorías rivales. Los hechos que confirman algo, por sí mismos, son irrelevantes.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Muy interesante. Ahora comprendo el papel de las teorías rivales refutadas en la justificación de las predicciones de la teoría seleccionada. Según el inductivismo, se daba prioridad a la observación. Se tomaba un conjunto de observaciones pasadas, del cual se suponía que se deducía la teoría, y las observaciones constituían también la evidencia que, de algún modo, justificaba dicha teoría. En la concepción popperiana del progreso de la ciencia, lo primordial no son las observaciones, sino los problemas, la controversia, las teorías y la crítica. Los experimentos se idean y realizan únicamente para resolver controversias. Por consiguiente, sólo los resultados experimentales que realmente refuten una teoría, y no una teoría cualquiera, sino una teoría que haya sido competidora válida en una controversia racional, pueden considerarse «corroboración». Así pues, son tan sólo esos experimentos los que arrojan evidencia en favor de la fiabilidad de la teoría vencedora.
DAVID: Correcto. Pero, incluso entonces, la «fiabilidad» que confiere la corroboración no es absoluta, sino sólo en relación con las demás teorías contendientes. Es decir, esperamos que la estrategia de confiar en teorías corroboradas nos ayude a seleccionar las mejores teorías entre las propuestas. Esto ya es suficiente para proceder. No necesitamos, ni podríamos obtener válidamente, ninguna seguridad acerca de lo buena que pueda ser una línea de acción propuesta, incluso la mejor. Es más, podemos equivocarnos siempre, pero ¿y qué? No podemos utilizar teorías que aún no han sido propuestas, ni enmendar errores que aún no hemos cometido.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Cierto. Me alegro de haber aprendido algo sobre metodología científica. Pero ahora, y espero que no lo considere una descortesía, no puedo menos que volver a plantear la pregunta que he estado haciendo todo el tiempo. Supongamos que una teoría ha pasado por todo ese proceso. De vez en cuando tuvo rivales, se realizaron experimentos y todas sus rivales fueron refutadas. Como ella no lo fue, quedó corroborada. ¿Qué es lo que justifica que, por el hecho de estar corroborada, confiemos en ella en el futuro?
DAVID: Puesto que todas sus rivales han sido refutadas, ya no son racionalmente sostenibles. La teoría corroborada es la única que queda que puede sostenerse desde un punto de vista racional.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Pero eso no es más que cambiar de enfoque y concentrarse en el significado futuro de la corroboración pasada en vez de hacerlo en el significado futuro de la refutación pasada. El problema sigue sin resolver. ¿Por qué, exactamente, es «insostenible desde un punto de vista racional» una teoría refutada por la experimentación? ¿Es que el hecho de que tenga una sola consecuencia falsa implica que no puede ser cierta?
DAVID: Sí.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Pero, sin duda, por lo que se refiere a la futura aplicabilidad de la teoría, esta crítica no es relevante. Por supuesto, una teoría refutada no podrá ser universalmente[5] cierta. Es evidente que no puede haber sido cierta en el pasado, cuando fue experimentada, pero podría, sin embargo, tener todavía muchas consecuencias ciertas y, por qué no, ser universalmente cierta en el futuro.
DAVID: Esta terminología de «cierta en el pasado» y «cierta en el futuro» es engañosa. Cada predicción específica de una teoría es cierta o es falsa, y eso no puede cambiar. Lo que usted quiere decir, en realidad, es que, si bien la teoría refutada es estrictamente falsa, puesto que hizo algunas falsas predicciones, todas sus predicciones sobre el futuro podrían, sin embargo, resultar ciertas. En otras palabras, podría ser cierta una teoría diferente, que hiciera las mismas predicciones para el futuro, pero que hubiera hecho unas predicciones distintas en el pasado.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Como quiera. Así, en vez de preguntar por qué una teoría refutada es insostenible desde un punto de vista racional, hablando con propiedad debería preguntar lo siguiente: ¿por qué la refutación de una teoría también convierte en insostenible a cualquiera de sus variantes que esté de acuerdo con ella sobre el futuro, incluso si la variante no ha sido refutada?
DAVID: No es que la refutación convierta en insostenibles a estas teorías; en algunas ocasiones ya son insostenibles por el hecho de ser malas explicaciones. Y es en estos casos cuando la ciencia puede progresar. Para que una teoría venza en una confrontación, todas sus rivales deben ser insostenibles, y ello incluye todas las variantes de las rivales en las que alguien haya pensado. Pero recordemos que son tan sólo las rivales en las que alguien haya pensado las que serán insostenibles. En el caso de la gravedad, por ejemplo, nadie ha propuesto nunca una teoría sostenible que esté de acuerdo con la dominante en todas sus predicciones comprobadas, pero difiera de ella en sus predicciones sobre futuros experimentos. Estoy seguro de que tales teorías son posibles. Sin ir más lejos, la sucesora de la teoría dominante será una de ellas. Pero si nadie ha pensado aún en una teoría así, ¿cómo podemos tomarla en consideración?
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¿Qué quiere decir con eso de que «nadie ha pensado aún en una teoría así»? Yo podría pensar en una ahora mismo, sin la menor dificultad.
DAVID: Lo dudo.
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¡Por supuesto que puedo! Ahí va. «Siempre que usted, David, salte desde una altura, lo que, de acuerdo con la teoría dominante, debería matarlo, en vez de estrellarse, planeará. Por lo demás, la teoría en vigor se mantiene universalmente». No puede negarme que todas las comprobaciones pasadas de su teoría lo fueron por fuerza de la mía, puesto que todas las predicciones de ambas para experimentos pasados coinciden. Así pues, las rivales refutadas de su teoría lo son también de la mía. Por consiguiente, mi nueva teoría ha sido corroborada exactamente del mismo modo que su teoría dominante. ¿Cómo es posible, entonces, que la mía sea «insostenible»? ¿Qué defectos tiene que no comparta la suya?
DAVID: ¡Precisamente, todos los mencionados en el libro de Popper! Su teoría está enunciada añadiendo un apéndice, en forma de la restricción inexplicada de que planearé, a una teoría en vigor. Esa restricción es, en efecto, una nueva teoría, pero no ha presentado usted ninguna argumentación contra la teoría dominante acerca de mis propiedades gravitatorias ni en favor de la nueva teoría. No la ha sometido a ninguna crítica, si se exceptúa la que estoy haciendo en este momento, ni a experimentación. No soluciona, ni se lo propone, ningún problema vigente, ni plantea ningún problema nuevo e interesante que pudiese solucionar. Y, lo que es peor, su restricción no sólo no explica nada, sino que desbarata la explicación sobre la gravedad que constituye la base de la teoría dominante. Es esa explicación la que justifica que confiemos en dicha teoría y no en la suya. Luego, de acuerdo con todos los criterios racionales, la restricción que propone puede ser rechazada de plano.
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¿Y yo no podría decir exactamente lo mismo sobre su teoría? Sólo difiere de la mía por la misma restricción menor, pero formulada a la inversa. Dice que debería haber explicado mi restricción, pero ¿por qué no han de ser simétricas nuestras posiciones?
DAVID: Porque su teoría no va acompañada de una explicación sobre sus predicciones, mientras que la mía sí.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Pero si mi teoría hubiese sido propuesta antes que la suya, habría sido ésta la que habría parecido contener una restricción inexplicada, y, por consiguiente, habría sido «rechazada de plano».
DAVID: Eso es, simplemente, una falacia. Cualquier persona racional que comparase su teoría con la dominante, aunque la suya hubiese sido formulada con anterioridad, la rechazaría inmediatamente en beneficio de la establecida, puesto que resulta evidente, por su mismo planteamiento, el hecho de que su teoría es una modificación inexplicada de otra.
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¿Quiere decir que mi teoría reviste la forma de «dicha teoría es universalmente válida, excepto en tal o cual situación», pero no explico por qué rige esa excepción?
DAVID: Exactamente.
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¡Ajá! Bien, creo que puedo probar, con la ayuda del filósofo Nelson Goodman, que está equivocado en eso. Consideremos una variante del castellano que no tenga el verbo «caer». En su lugar tiene el verbo «x-caer», que significa caer, excepto cuando se refiere a usted: entonces significa «planear». De manera semejante, «x-planear» significa «planear», excepto cuando se refiere a usted: entonces significa «caer». En este nuevo lenguaje, podría expresar mi teoría mediante la afirmación no restrictiva «todos los objetos x-caen si no son sostenidos». Pero la teoría dominante, que dice en castellano normal que «todos los objetos caen si no son sostenidos», diría en el nuevo lenguaje que «todos los objetos x-caen si no son sostenidos excepto David, que x-planea». Así pues, cuál de las dos teorías se considere restrictiva dependerá del lenguaje en que esté expresada ¿no es así?
DAVID: Formalmente, sí. Pero eso es intrascendente. Su teoría contiene, en sustancia, una afirmación inexplicada que restringe la teoría dominante. Ésta es, en sustancia, su misma teoría, despojada de una restricción inexplicada. Lo mire por donde lo mire, es un hecho objetivo, independiente del lenguaje.
CRIPTOINDUCTIVISTA: No veo por qué. Usted mismo ha empleado la forma de mi teoría para señalar la «innecesaria restricción». Dijo que resultaba «evidente» como una cláusula adicional en mi propia formulación de la teoría… en castellano. Pero cuando ésta es traducida al nuevo lenguaje, no se manifiesta restricción alguna, y, en cambio, aparece una restricción manifiesta en la formulación de la teoría dominante.
DAVID: Sí, en efecto, pero no todos los lenguajes son iguales. Los lenguajes son teorías. En su vocabulario y su gramática están implícitas importantes aserciones sobre el mundo. Cuando formulamos una teoría, sólo una pequeña parte de su contenido es explícito. El resto es transmitido por el lenguaje. Como toda teoría, los lenguajes se inventan y seleccionan por su capacidad para resolver determinados problemas. En este caso, los problemas son los de expresar otras teorías en formas convenientes para su aplicación, y compararlas y criticarlas. Una de las principales maneras en que los lenguajes solucionan esos problemas es asumiendo implícitamente otras teorías incontrovertidas y que se dan por sentadas, y permitiendo al mismo tiempo que se exprese explícita y claramente todo aquello que necesite ser planteado o discutido.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Lo acepto.
DAVID: No es casual, pues, que un lenguaje opte por una serie de nociones, y no por otra, para cubrir un determinado marco conceptual. Refleja así el estado actual en que se encuentra el problema-situación de quien habla. Por ello, la forma de su teoría, en castellano, es un buen indicador de su status respecto del actual problema-situación, tanto si soluciona problemas como si los exacerba. Pero no me quejo de la forma de su teoría, sino de su sustancia. Mi recriminación consiste en que su teoría no resuelve nada y sólo exacerba el problema-situación. Este defecto es evidente cuando la teoría es formulada en castellano, y está implícito cuando lo es en su nuevo lenguaje, pero no por ello deja de ser menos grave. Podría manifestar mi crítica igualmente bien en castellano que en lenguaje científico, en su nuevo lenguaje particular o en cualquier otro capaz de expresar la discusión que estamos manteniendo. Uno de los axiomas popperianos es que siempre debemos estar dispuestos a desarrollar la discusión en la terminología de nuestro oponente.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Puede que tenga razón en eso. Pero ¿podría explicarlo un poco más? ¿De qué modo exacerba mi teoría el problema-situación, y por qué resultaría ello evidente incluso para alguien que tuviera mi hipotético lenguaje como propio?
DAVID: Su teoría afirma la existencia de una anomalía física, inexistente según la teoría dominante. Dicha anomalía sería mi supuesta inmunidad a la gravedad. Ciertamente, puede usted inventarse un lenguaje que exprese de manera implícita esa anomalía, de modo que los enunciados de su nueva teoría no tengan que referirse de modo explícito a ella. Pero, sea como fuere, seguirán refiriéndose a ella. Una rosa, aun con otro nombre, olerá igual de bien. Supongamos que usted —o cualquier otra persona— fuese hablante de su lenguaje y creyese que su teoría de la gravedad es cierta. Supongamos que todos la diéramos por sentada, y fuese para nosotros tan natural, que usáramos la palabra «x-caer» para describir lo que usted o yo haríamos en caso de saltar por encima de la barandilla. Nada de ello altera en lo más mínimo la obvia diferencia que existiría entre mi respuesta a la gravedad y la de todos los demás. Seguro que me envidiaría si tuviese la desgracia de asomarse a esta barandilla y caerse al vacío. Lo más probable es que pensase: «¡Si pudiese responder a la gravedad como David, en vez del modo completamente distinto en que lo estoy haciendo!».
CRIPTOINDUCTIVISTA: Cierto. Sólo porque la misma palabra, «x-caer», describe su respuesta y la mía a la gravedad, no pensaría que la respuesta real sería la misma. Bien al contrario, al ser un hablante de mi hipotético lenguaje, sabría muy bien que «x-caer» es físicamente distinto para usted y para mí, del mismo modo que alguien que hable castellano sabe muy bien que no es físicamente lo mismo decir «está agotado» refiriéndose a una persona o a un pozo de petróleo. No pensaría: «Si esto le hubiese pasado a David, estaría x-cayendo como yo», sino «Si esto le hubiese pasado a David, x-caería y sobreviviría, mientras que yo estoy x-cayendo y moriré».
DAVID: Y, lo que es más, a pesar de estar seguro de que yo planearía, no entendería usted por qué. Saber no es lo mismo que entender. Sentiría curiosidad por entender la explicación de esta «bien conocida» anomalía, y, como usted, todo el mundo. Los físicos acudirían, procedentes de los más apartados rincones de la Tierra, para estudiar mis anómalas propiedades gravitatorias. De hecho, si su hipotético lenguaje fuese realmente el establecido y su teoría estuviese admitida de modo general, ¡el mundo científico habría estado esperando con impaciencia mi nacimiento, y haría cola para tener el privilegio de dejarme caer desde un aeroplano! Pero, por supuesto, la premisa de todo esto, es decir, que su teoría estuviese admitida e incorporada al lenguaje establecido, es absurda. Con teoría o sin ella, con lenguaje o sin él, en la vida real ninguna persona racional consideraría siquiera la posibilidad de semejante anomalía física sin que existiese una explicación muy poderosa en su favor. Por lo tanto, su teoría sería rechazada de pleno, al igual que su hipotético lenguaje, que no es más que otro modo de formularla.
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¿No podría ser que hubiese aquí, después de todo, una solución oculta al problema de la inducción? Veamos. ¿En qué cambia las cosas esa consideración intuitiva de la falsedad de mi lenguaje? Mi argumentación se apoyaba en una aparente simetría entre su posición y la mía. Ambos hemos adoptado teorías coherentes con resultados experimentales existentes y cuyas rivales, excepto la una respecto de la otra, han sido refutadas. Dijo que me mostraba irracional porque mi teoría incorporaba una afirmación inexplicada, a lo que argumenté que, en un lenguaje distinto, sería su teoría la que contendría la afirmación inexplicada, de modo que la simetría seguía existiendo. Me dice ahora que los lenguajes son teorías, y que la combinación de mi teoría con mi hipotético lenguaje afirma la existencia de una anomalía física, objetiva, en comparación con la afirmación hecha por la combinación del castellano y la teoría dominante. Es aquí donde tanto la simetría entre nuestras posiciones como la argumentación que he expuesto se hunden sin remedio.
DAVID: Sin duda alguna.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Veamos si soy capaz de aclarar las cosas un poco. ¿Me está diciendo que constituye un principio de racionalidad el hecho de que una teoría que afirma la existencia de una anomalía física, objetiva, es, si por lo demás son iguales, menos susceptible de hacer predicciones acertadas que otra que no lo afirma?
DAVID: No exactamente. Es menos probable que hagan predicciones acertadas las teorías que postulan anomalías sin explicarlas que sus rivales. Más generalmente, es un principio de racionalidad que las teorías se postulen para resolver problemas. Por lo tanto, cualquier postulado que no resuelva un problema, debe ser rechazado. Por esta razón, una buena explicación, restringida por un postulado así, se convierte en una mala explicación.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Ahora que ya comprendo que hay realmente una diferencia objetiva entre las teorías que formulan predicciones inexplicadas y las que no, debo admitir que ello parece prometedor para la solución del problema de la inducción. Se diría que ha descubierto un modo de justificar su futura confianza en la teoría de la gravedad basado únicamente en el problema-situación pasado, lo que incluye la evidencia proporcionada por las observaciones pasadas, y la distinción entre una buena y una mala explicación. No necesita hacer ninguna afirmación como «el futuro se parecerá, probablemente, al pasado».
DAVID: No fui yo quien lo descubrió.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Bueno, tampoco creo que fuera Popper. La razón es que no creía que las teorías científicas pudiesen ser justificadas de ningún modo. Usted establece una cuidadosa distinción entre las teorías que son justificadas por observaciones (como piensan los inductivistas) y las que lo son por la argumentación, pero Popper no la establecía, y, en relación con el problema de la inducción, dijo textualmente que, si bien las futuras predicciones de una teoría no pueden ser justificadas, ¡deberíamos obrar como si lo fuesen!
DAVID: No creo que fuera eso lo que dijo exactamente. Y, si lo dijo, sin duda, no es lo que quería decir.
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¿Qué?
DAVID: Y, si es lo que quería decir, se equivocaba. ¿Por qué se sorprende tanto? Es perfectamente posible que una persona descubra una nueva teoría, en este caso la epistemología popperiana, y, sin embargo, conserve creencias que la contradicen. Cuanto más profunda sea la teoría, más probable es que eso suceda.
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¿Pretende entender la teoría de Popper mejor que él?
DAVID: Ni lo sé, ni me importa. La reverencia que muestran los filósofos por las fuentes históricas de las ideas me parece absurda, ¿sabe? En ciencia no consideramos que el descubridor de una teoría sea quien mejor pueda explicarla. Por ello, rara vez consultamos las fuentes originales. Invariablemente, se vuelven obsoletas a medida que los problemas-situaciones que las desencadenaron se transforman por obra de los propios descubrimientos. Por poner un ejemplo, la mayoría de los teóricos de la relatividad actuales comprenden mejor la teoría de Einstein que él cuando la descubrió. Los fundadores de la teoría cuántica se hicieron un buen lío intentando entenderla. Inicios así de vacilantes son de esperar. Si nos encaramamos sobre los hombros de gigantes, no es de extrañar que veamos más lejos que ellos. Pero, en cualquier caso, es más interesante, sin duda, argumentar acerca de dónde está la verdad que acerca de lo que creía o no un determinado pensador, por grande que éste sea.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Muy bien, estoy de acuerdo. Pero espere un momento. Creo que me precipité cuando dije que usted no postulaba ninguna clase de principio de inducción. Verá: ha justificado que una teoría sobre el futuro, la teoría dominante de la gravedad, es más fiable que otra, la que yo he propuesto, no obstante pueden ser ambas coherentes con las observaciones actualmente conocidas. Puesto que la teoría dominante es de aplicación tanto para el futuro como para el pasado, usted ha justificado la proposición de que, en lo concerniente a la gravedad, el futuro se parecerá al pasado. Lo mismo sucederá cada vez que justifique una teoría como fiable basándose en que está corroborada.
Ahora bien, para pasar de «corroborada» a «fiable», usted examinó el poder explicativo de la teoría. Así que lo que ha demostrado es que lo que podríamos denominar el «principio de buscar mejores explicaciones», junto con algunas observaciones, sí, sí, y argumentaciones, implica que el futuro se parecerá, en muchos aspectos, al pasado. ¡Y esto es un principio de inducción! Si su «principio de explicación» implica un principio de inducción, lógicamente, es un principio de inducción. De modo que el inductivismo es cierto, después de todo, y el principio de inducción debe ser postulado, explícita o implícitamente, para que podamos predecir el futuro.
DAVID: ¡Oh, cielos! ¡El inductivismo es una enfermedad realmente virulenta! Parecía haber remitido durante unos instantes, pero veo que vuelve con más fuerza que antes.
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¿Justifica también el racionalismo popperiano los argumentos ad hominem? Lo pregunto por pura curiosidad, ¿sabe?
DAVID: Le pido disculpas. Permítame ir directamente a la sustancia de lo que ha dicho. Sí, he justificado una afirmación sobre el futuro. Dice usted que ello implica que «el futuro se parezca al pasado». Bueno, superficialmente, sí, en la medida en que cualquier teoría sobre el futuro afirmará que se parece en algún sentido al pasado. Pero esa inferencia de que el futuro se parece al pasado no es el principio de inducción perseguido, ya que nunca podríamos derivar ni justificar teoría o predicción alguna a partir de ella. Por ejemplo, no la podríamos utilizar para diferenciar su teoría de la gravedad de la dominante, puesto que ambas dicen, cada una a su manera, que el futuro se parece al pasado.
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¿No podríamos deducir del «principio de explicación» una forma de principio de inducción que pudiera ser utilizada para la selección de teorías? ¿Qué le parecería: «Si una anomalía inexplicada no sucede en el pasado, no es probable que suceda en el futuro.»?
DAVID: No. Nuestra justificación no depende de que una determinada anomalía suceda en el pasado. Está relacionada con el hecho de si hay o no una explicación para su existencia.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Muy bien, permítame formularlo más cuidadosamente: «Si en el presente no existe ninguna teoría explicativa que prediga que una determinada anomalía sucederá en el futuro, no es probable que dicha anomalía suceda en el futuro».
DAVID: Esto podría muy bien ser cierto. Yo, sin ir más lejos, creo que lo es. No obstante, no es un enunciado semejante a «el futuro se parecerá probablemente al pasado». Es más, al tratar de hacer que se le asemeje tanto como sea posible, lo ha limitado a los casos «en el presente» y «en el futuro», y al caso de ser una «anomalía». Pero sería igual de cierto sin estas limitaciones. Es, simplemente, una afirmación general sobre la eficacia de la argumentación. Resumiendo, si no existe argumentación en favor de un postulado, no es fiable. Pasado, presente o futuro. Anomalía o no. Y punto.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Ya.
DAVID: En los conceptos «argumentación racional» o «explicación» nada relaciona el futuro con el pasado de un modo especial. No se postula, ni mucho menos, el «parecido» de una cosa con la otra, y no serviría de nada hacerlo. El sentido superficial en que el concepto de «explicación» implica que el futuro «se parece al pasado» no incluye nada específico sobre el futuro, de modo que no puede tratarse de un principio de inducción. No hay ningún principio de inducción. No hay ningún proceso de inducción. Nadie los utiliza nunca, ni nada que se les parezca. No existe ya el problema de la inducción. ¿Está claro ahora?
CRIPTOINDUCTIVISTA: Sí. Tenga un poco de paciencia, por favor, mientras reajusto mi concepción del mundo.
DAVID: Para ayudarle a hacerlo, le aconsejo que considere su «teoría de la gravedad» alternativa más atentamente.
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¿Qué?
DAVID: Estamos de acuerdo en que su teoría consiste, básicamente, en una teoría de la gravedad, la dominante, restringida por una predicción inexplicada sobre mí. Afirma que planearía sin ser sostenido. «Sin ser sostenido» significa «sin que ninguna fuerza ascendente actúe» sobre mí, lo que sugiere que sería inmune a la «fuerza» de la gravedad, que, de otro modo, tiraría de mí hacia abajo. Pero, según la teoría general de la relatividad, la gravedad no es una fuerza, sino una manifestación de la curvatura del espacio-tiempo. Esta curvatura explica por qué objetos no sostenidos, como yo, si caigo, y la Tierra, se acercan con el tiempo. Por lo tanto, y a la luz de la física moderna, su teoría, presumiblemente, afirma que hay una fuerza ascendente que actúa sobre mí, indispensable para mantenerme a una distancia constante de la Tierra.
Pero ¿de dónde procede esa fuerza, y cómo se comporta? Por ejemplo, ¿qué es una «distancia constante»? Si la Tierra se moviese hacia abajo, ¿respondería yo instantáneamente para mantener mi altura con respecto a ella, lo que requeriría una velocidad de comunicación superior a la de la luz y contradice otro principio de la relatividad, o me llegaría primero, a la velocidad de la luz, la información acerca de dónde se encuentra la Tierra? En este caso, ¿qué transportaría esta información? ¿Es una nueva clase de onda emitida por la Tierra? Si es así, ¿por qué ecuaciones se rige? ¿Transporta energía? ¿Cuál es su comportamiento, de acuerdo con la mecánica cuántica? ¿Se trata, tal vez, de que respondo de un modo especial a las ondas existentes, tales como la luz? En este caso, ¿desaparecería la anomalía si fuese colocada una barrera opaca entre la Tierra y yo? Pero ¿no es la Tierra, fundamentalmente, opaca? ¿Y dónde empieza la «Tierra»: qué define la superficie sobre la cual se supone que «planeo»?
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¡Difícil pregunta!
DAVID: Sí. Y no lo es menos la de dónde empiezo yo y qué me define. Si me agarro a algo pesado, ¿planeará también? De ser así, a los aviones en que he volado habrían podido fallarles los motores sin que hubiese ocurrido ninguna desgracia. ¿Y qué significa «agarrarse»? ¿Caería el avión en picado si levantase el codo del brazo de mi asiento? Y, si mi capacidad para descender planeando no alcanza a las cosas a las que me agarre, ¿qué hay de mis ropas? ¿Tirará de mí su peso y hará que al fin me estrelle y me mate, después de todo, si salto por encima de la barandilla? ¿Y qué hay de mi última comida?
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¡Ciertamente!
DAVID: Podría seguir así ad infinitum. Lo cierto es que, cuanto más consideremos las implicaciones de la anomalía que propone, más preguntas sin contestar encontraremos. No se trata sólo de que su teoría esté incompleta. Estas preguntas son dilemas. Cualquiera que sea su respuesta, crean nuevos problemas al invalidar explicaciones satisfactorias existentes para otros fenómenos.
CRIPTOINDUCTIVISTA: ¿Y bien?
DAVID: Por lo tanto, su postulado adicional no es sólo superfluo, sino positivamente erróneo. En general, las teorías rivales pero no refutadas, que se puede sacar uno de la manga encajan, grosso modo, en dos categorías. Por un lado, la de las teorías que postulan entidades inobservables, tales como la existencia de partículas que sólo interactúan entre ellas. Pueden ser rechazadas, porque no solucionan nada. Se les aplica la navaja de Occam, de hecho. Y, por otro lado, la de las teorías que, como la suya, predicen anomalías observables, pero inexplicadas. Pueden ser rechazadas, porque, además de no solucionar nada, invalidan soluciones existentes.
No se trata, me apresuro a decir, de que entren en conflicto con las observaciones existentes, sino de que privan de capacidad explicativa a teorías generalmente aceptadas al afirmar que sus predicciones tienen excepciones, pero sin explicar el porqué. Usted no puede decir, simplemente, «la geometría espaciotemporal hace que se atraigan mutuamente los objetos que no son sostenidos, excepto cuando uno de ellos es David; en este caso no los afecta». O bien la curvatura del espacio-tiempo es la explicación de la gravedad, o no. Compare, si no, su teoría con la perfectamente legítima afirmación de que una pluma descenderá planeando con suavidad porque el aire ejercerá sobre ella una fuerza ascensional suficiente. Esta afirmación es consecuencia de la teoría existente que explica qué es el aire, de modo que no crea ningún problema nuevo, mientras que la suya sí.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Ya veo. ¿Me ayudará a reajustar mi concepción del mundo?
DAVID: Bueno, ¿ha leído mi libro La estructura de la realidad?
CRIPTOINDUCTIVISTA: Pienso hacerlo, pero, de momento, la ayuda que le pido concierne a una dificultad muy específica.
DAVID: Adelante.
CRIPTOINDUCTIVISTA: La dificultad es la siguiente: si repaso mentalmente la discusión que estamos manteniendo, no me cabe la menor duda de que su predicción de lo que sucedería si usted o yo saltásemos desde esta torre no se deriva de ninguna hipótesis inductiva como «el futuro se parece al pasado». Pero si doy un paso atrás y considero en su totalidad la lógica de la situación, me temo que sigo sin entender cómo puede ser así. Consideremos la materia prima de la argumentación. Inicialmente, asumí que las observaciones pasadas y la lógica deductiva eran toda nuestra materia prima. Luego admití que el problema-situación en curso también es relevante, puesto que sólo necesitamos justificar que nuestra teoría es más fiable que sus rivales. Luego tuve que tomar en consideración que vastas clases de teorías pueden ser descartadas, simplemente, mediante la argumentación, puesto que son malas explicaciones, y también que, en consecuencia, los principios de racionalidad pueden ser incluidos entre nuestras materias primas. Lo que no llego a entender es cómo puede nacer la justificación de futuras predicciones de esta masa de materia prima, formada por observaciones pasadas, el problema-situación presente y principios atemporales de lógica y racionalidad, ninguno de los cuales justifica inferencias del pasado al futuro. Aquí parece haber un vacío lógico. ¿Estamos haciendo una asunción oculta en alguna parte?
DAVID: No, no hay ningún vacío lógico. Lo que usted denomina «nuestra materia prima» incluye, sin duda, aserciones sobre el futuro. Las mejores teorías existentes, que no pueden ser desdeñadas a la ligera, puesto que son soluciones de problemas, contienen predicciones sobre el futuro. Estas predicciones no pueden ser separadas del resto del contenido de las teorías, como intentaba hacer usted, ya que ello menoscabaría su capacidad explicativa. Cualquier nueva teoría propuesta debe, por lo tanto, o bien ser coherente con las teorías existentes, lo que tiene implicaciones respecto de lo que la nueva teoría pueda decir sobre el futuro, o bien contradecir algunas de las teorías existentes, pero afrontando los nuevos problemas planteados y ofreciendo explicaciones alternativas, lo cual reduce, a su vez, lo que puedan decir sobre el futuro.
CRIPTOINDUCTIVISTA: De modo que no tenemos ningún principio de razonamiento que diga que el futuro se parecerá al pasado, pero sí teorías que lo dicen. ¿Quiere decir eso que disponemos de teorías que implican una forma limitada del principio de inducción?
DAVID: No. Nuestras teorías, simplemente, afirman algo sobre el futuro. De un modo superficial, toda teoría sobre el futuro implica que éste «se parecerá al pasado» en algunos aspectos. Pero sólo podemos saber en qué aspectos dice que lo hará cuando disponemos de ella. Por esa misma regla de tres, se podría decir que, puesto que nuestras teorías afirman que ciertas características de la realidad se mantienen a través del espacio, implican un «principio espacial de inductivismo» en el sentido de que «lo cercano se parece a lo lejano». Debo hacer hincapié en lo siguiente: en todos los sentidos prácticos de la palabra «parecerse», nuestras teorías actuales dicen que el futuro no se parecerá al pasado. Por ejemplo, el Big Crunch cosmológico, la contracción del universo hasta volver a su punto de partida, es un acontecimiento que algunos cosmólogos predicen, pero, desde un punto de vista físico, la posibilidad de que ocurra es tan remota en un hipotético futuro como en la época actual. Las propias leyes que sirven de base para esa predicción ya no le serían aplicables.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Estoy convencido de ello. Déjeme ensayar una última argumentación. Hemos visto que las predicciones futuras pueden ser justificadas recurriendo a los principios de racionalidad, pero ¿qué justifica a éstos? No son, después de todo, verdades de lógica pura, de modo que existen dos posibilidades: o bien no están justificados, en cuyo caso las conclusiones de ellos derivadas tampoco lo están, o bien los justifica alguna razón todavía desconocida. En ambos casos, falta una justificación. Ya no sospecho que éste sea el problema de la inducción disfrazado. Sin embargo, al refutar de modo tan rotundo el problema de la inducción, ¿no habremos destapado otro problema fundamental, también de falta de justificación, que aquél ocultaba?
DAVID: ¿Qué justifica los principios de racionalidad? La argumentación, como de costumbre. ¿Qué justifica, por ejemplo, nuestra confianza en las leyes de deducción, a pesar de que todo intento de justificarlas lógicamente nos conduzca de manera irremediable a la tautología o a una regresión infinita? La justifica que prescindir de ellas no mejora ninguna explicación.
CRIPTOINDUCTIVISTA: No parece una base muy firme para la lógica pura.
DAVID: No es una base firme, ni deberíamos esperar que lo fuese, puesto que el razonamiento lógico es un proceso físico, como el razonamiento científico, y, por consiguiente, intrínsecamente falible. Las leyes de la lógica no son evidentes por sí mismas. Hay quienes, como los «intuicionistas» matemáticos, no están de acuerdo con las leyes convencionales de deducción, es decir, las «reglas lógicas de inferencia». Comento su insólita concepción del mundo en el capítulo 10 de La estructura de la realidad. No se puede probar que estén equivocados, pero argumentaré que lo están, y estoy seguro de que usted estará de acuerdo en que mi argumentación justifica esa conclusión.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Así pues, ¿no cree que exista un «problema de la inducción»?
DAVID: No. No creo que sea problemática ninguna de las formas habituales de justificación de conclusiones en ciencia, filosofía o matemáticas. Sin embargo, es un hecho interesante que el universo físico admita procesos que crean conocimiento sobre él, al igual que sobre otras cosas. Podemos tratar de explicar razonablemente este hecho del mismo modo en que explicamos otros hechos físicos, es decir, mediante teorías explicativas. Como podrá ver en el capítulo 6 de La estructura de la realidad, en mi opinión, el principio de Turing es la teoría indicada en este caso. Dice que es posible construir un generador de realidad virtual cuyo repertorio incluya todos los entornos físicamente posibles. Si el principio de Turing es una ley de física, como he argumentado, no deberíamos sorprendernos de descubrir que podemos elaborar teorías acertadas sobre la realidad, ya que esto no es más que realidad virtual en acción. Al igual que el hecho de que las máquinas de vapor sean posibles es consecuencia directa de los principios de la termodinámica, el hecho de que el cerebro humano sea capaz de crear conocimiento es consecuencia directa del principio de Turing.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Pero ¿cómo podemos estar seguros de que el principio de Turing es cierto?
DAVID: No podemos, por descontado… ¡Ah! Ahora tiene miedo de que, si no podemos justificar el principio de Turing, nos encontremos de nuevo con que no podemos justificar nuestra confianza en las predicciones científicas, ¿verdad?
CRIPTOINDUCTIVISTA: Bueno… Sí.
DAVID: ¡Pero si se trata de una cuestión completamente distinta! Ahora estamos considerando un hecho evidente relacionado con la realidad física, el de que puede hacer predicciones fiables acerca de sí misma. Tratamos de explicar ese hecho, de situarlo dentro del mismo marco que los demás hechos que conocemos. He sugerido que puede estar implicada alguna ley de la física. Pero si me equivocase, incluso si a todo el mundo le resultase imposible llegar a explicar esta notable propiedad de la realidad, ello no menoscabaría ni un ápice la justificación de ninguna teoría científica, porque no empeoraría ni un ápice las explicaciones que proporcionan dichas teorías.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Ahora sí que mis argumentaciones se han agotado. Intelectualmente, me declaro convencido. Sin embargo, debo confesar que siento aún lo que sólo se me ocurre describir como una «duda emocional».
DAVID: Quizás le sea de ayuda un último comentario, no sobre ninguna de las argumentaciones específicas que ha planteado, sino sobre un error que parece subyacer en muchas de ellas. Usted sabe que se trata de un error, pero quizás no se ha percatado de sus consecuencias para su concepción del mundo. Es probable que sea el origen de su «duda emocional».
CRIPTOINDUCTIVISTA: Adelante.
DAVID: Es un error sobre la naturaleza intrínseca de la argumentación y la explicación. Parece usted asumir que las argumentaciones y las explicaciones, tales como las que justifican obrar de acuerdo con una determinada teoría, revisten la forma de pruebas matemáticas y proceden de asunciones a conclusiones. Busca usted la «materia prima», los axiomas, de la que se derivan nuestras conclusiones, los teoremas. Hay, ciertamente, una estructura lógica de esa clase asociada a cada argumentación o explicación que resulta ser válida, pero el proceso de argumentación no empieza por los «axiomas» y termina en la «conclusión». Empieza más bien en el centro, con una versión cargada de inconsistencias, vacíos, ambigüedades e irrelevancias. Todos estos defectos son criticados. Se hacen intentos para reemplazar las teorías defectuosas. Las teorías que son criticadas y reemplazadas contienen, habitualmente, algunos de los «axiomas». Por ello es un error asumir que una argumentación empieza con las teorías que eventualmente le sirven de «axiomas» o es justificada por ellas. La argumentación termina, siempre de modo provisional, cuando parece haber demostrado que la explicación asociada es satisfactoria. Los «axiomas» adoptados no constituyen creencias finales e incuestionables. Son teorías provisionales, que sólo intentan explicar.
CRIPTOINDUCTIVISTA: Ya. La argumentación no es de la misma especie que la deducción o que la inexistente inducción. No se basa en nada ni se justifica por nada. Y tampoco lo necesita, puesto que su objetivo es resolver problemas, demostrar que un determinado problema queda resuelto por una determinada explicación.
DAVID: ¡Bienvenido al club!
EX INDUCTIVISTA: ¡Me he sentido tan seguro todos estos años con mi Problema con mayúscula! ¡Me sentía tan superior, tanto a los antiguos inductivistas como al arrogante Popper!
Y durante todo ese tiempo, sin saberlo, ¡era un criptoinductivista! El inductivismo es, en efecto, una enfermedad. Te ciega.
DAVID: No sea tan duro consigo. Ya está curado. ¡Ojalá sus compañeros de sufrimientos estuviesen tan dispuestos como usted a ser curados por la simple argumentación!
EX INDUCTIVISTA: Pero ¿cómo he podido estar tan ciego? ¡Y pensar que llegué a postular la candidatura de Popper para el Premio de las Ideas Ridiculas cuando, en realidad, había resuelto el problema de la inducción! ¡Oh, mea culpa! ¡Que Dios nos perdone, porque hemos quemado a un santo! ¡Me siento tan avergonzado! No veo otra salida que saltar por encima de la barandilla.
DAVID: No creo que sea necesario. Nosotros, los popperianos, preferimos que mueran las teorías. Arroje el inductivismo al vacío, en vez de saltar usted.