CAPITULO XXI
Caía la noche. Embriagados en su éxtasis en la tumba de los ancestros y a pesar de que todavía no se habían saciado de sus respectivos cuerpos, Isis y Sabni pensaron en File. Sólo el futuro del templo contaba. Su vida de adeptos excluía la ambición personal; habían aprendido a combatirla, a renunciar y a liberarse de ella. La pasión no barría sus años de ascetas pero exaltaba su viaje, en adelante amoroso y compartido en cuerpo y alma, hacia lo invisible.
Sabni salió el primero de la tumba. La luna brillaba. Las estrellas, puertas de luz, taladraban la noche. El sumo sacerdote respiró el aire tranquilo y confió su entusiasmo al universo que tejían las diosas y que el alfarero Jnum formaba a su alrededor.
Apenas había cruzado el umbral cuando un violento garrotazo en el vientre lo dobló en dos. El asaltante, un monje de cabellos largos, gritó de alegría y golpeó por segunda vez. Sabni se echó a un lado, asió el extremo del garrote y desarmó a su adversario. El cristiano, a pesar de su rabia, no era de su talla; olvidó la pelea y emprendió la fuga.
Isis se aproximó a Sabni.
—¿Estás herido?
—Regresemos.
Desde la embarcación contemplaron el acantilado de Occidente sepultado en la oscuridad azulada. La entrada de la tumba había desaparecido confundida entre las tinieblas; sólo se distinguía el arranque de las correderas hacia la cima, llevándose consigo el secreto de un amor vivido más allá del tiempo.
Según la costumbre, Sabni cogió a Isis en sus brazos y franqueó la puerta de la vieja casa del decano. A los ojos de la comunidad reunida, eran ya marido y mujer. No hacía falta ningún documento; su compromiso adquiría así fuerza de ley.
Si hermanos y hermanas saborearon este momento, Crestos lo vivió con particular intensidad. ¿No era él responsable de este matrimonio que los adeptos apreciaban como una nueva ventaja? Con su unión, Sabni e Isis proclamaban la libertad del templo en medio de un mundo hostil.
Los esposos durmieron bajo una fina malla hecha con sedal de pescador, a guisa de mosquitero. Al despertar, se regocijaron con la sencilla felicidad de descubrirse el uno junto al otro.
—Tomemos precauciones contra Maximino —recomendó Isis.
—¿Tan enamorado está?
—Si él supiera…
—Todos nosotros nos debemos al secreto. Ten confianza.
Ella se acurrucó junto a él, abandonada.
Auré se maquilló los ojos y se perfumó con incienso. A veces se reprochaba aquella inclinación a la coquetería, pero la Regla no prohibía a las hermanas estar hermosas; que los hermanos cayeran a sus pies, más o menos enamorados, la divertía sin distraerla de sus sabios trabajos. ¿Acaso no podía ella presumir de una excelente memoria y de un conocimiento de los ritos casi tan perfecto como el de Isis? Evidentemente no envidiaba la función de gran sacerdotisa, que procuraba más inquietudes que satisfacciones, pero sabía que sus sólidas espaldas llevaban una buena parte del peso de la comunidad. Normalmente, Isis tomaba las decisiones que Auré estimaba pertinentes. Esta vez, había descuidado el tiempo de reflexión y arrastraba a los adeptos por un camino peligroso. Criticar a la gran sacerdotisa requería una valentía que algunos calificarían de descaro; pero la ritualista, convencida de que tenía razón, no se echó atrás.
En el vergel del templo, Isis estudiaba los antiguos ritos de fiesta; los pájaros revoloteaban a su alrededor. En la isla nadie los cazaba. Uno de ellos, de cabeza plateada y pecho amarillo, se posó sobre el hombro derecho de Isis, picoteó sus cabellos ungidos de mirra y voló hacia una persea en que anidaban los gorriones.
—¿Qué deseas, Auré?
—¿No te parece que este matrimonio es un poco precipitado?
—¿Temes que Sabni y yo nos olvidemos de nuestros deberes sagrados para arrullarnos el uno al otro?
—Estoy segura de que no. Pero el prefecto…
—Su pasión me preocupa.
—¿Por qué descuidarla?
—¿Desearías que me convirtiera en su esposa?
—Si el sacrificio salvara el templo y a la comunidad…
Isis elevó los ojos hacia la copa de la persea, de hojas verde oscuro en forma de corazón; fue bajo un árbol parecido donde el primer sabio de Egipto había recogido las enseñanzas del dios del conocimiento.
—¿Qué nos aportará tu unión con Sabni, excepto vuestra felicidad egoísta?
—Me sorprenden tus reproches, ya que no están justificados en absoluto. Comprar una paz precaria a Maximino, ¿no habría sido traicionar el espíritu de nuestra fraternidad? Egipto siempre ha sido gobernado por una pareja con una única mirada. Sabni y yo intentaremos hacer revivir una tradición que preludie quizá otras resurrecciones. Puedes estar segura, mi querida hermana, de que nuestros actos no están inspirados por la búsqueda de un placer pasajero.
Auré se alejó; sus celos entristecieron a Isis. Ahora la gran sacerdotisa tendría que vigilar que no se transformaran en amargura, veneno temible para las almas frágiles.
Sentado encima del enorme bloque de granito, el general Narses, como cada tarde, contemplaba la catarata. El Nilo ya no tardaría en retirarse; los campesinos cosechaban las olivas y recolectaban los dátiles mientras las semillas de los cereales sobresalían de la tierra mal regada. Casi la totalidad del trigo estaba reservada para Bizancio; las pequeñas explotaciones encargadas de nutrir Elefantina no producían más que débiles espigas.
¿Cuántos morirían de hambre? Sin embargo, nadie acusaría al Nilo; aquella tierra era demasiado hermosa, demasiado pura para que los sufrimientos humanos justificasen el más mínimo reproche. Narses buscaba un remolino caritativo que lo enviara al fondo del río. El general se había apoderado de un rollo de papiro que relataba las aventuras de un célebre explorador de África, el egipcio Hirjuf, enterrado en el acantilado de occidente; tres mil años después de sus hazañas legendarias, su recuerdo permanecía vivo. Narses desenrolló el documento y se sumergió en la apasionante lectura. Abriendo caminos a través de una comarca desconocida y dirigiendo con mano firme un cuerpo de expedicionarios organizado con esmero, el héroe había vuelto de la lejana Nubia encabezando un cortejo de trescientos asnos cargados con sacos de oro, madera de ébano, incienso, colmillos de elefante y pieles de leopardo; el regalo que más le había gustado al joven faraón había sido un pigmeo procedente del país de los habitantes del horizonte y capaz de ejecutar a la perfección la danza del dios.
¿Cuántas veces había abandonado su morada el explorador para lanzarse a lo desconocido antes de volver, ya viejo, a morir a su tierra? Narses arrojó el papiro al río. Despreciaba aquella existencia tumultuosa llena de honores, de conquistas y de gloria. ¿Quedaba algo que aprender de la especie humana? El juego de la felicidad y la desdicha no le divertía en absoluto.
Una extraña aparición atrajo la atención del general. Más allá de las últimas rocas de la catarata, un hombre de piel negra, encaramado en un animal de largo cuello y piel moteada, estaba inmóvil sobre la ladera de la colina. Ocupaba un excelente puesto de observación, desde el que podía ver con detalle las fortificaciones de la frontera. Cuando el sol declinó, el explorador desapareció.
El obispo y el prefecto escucharon la historia del general.
—Un blemio montado en una jirafa —dijo Teodoro.
—Pero ese pueblo ha desaparecido —objetó Maximino.
—Yo también lo creía. He redactado informes en ese sentido.
—¿Estáis seguro de vuestra identificación?
—Me temo que sí.
—Es probable que sea un superviviente extraviado.
—Los blemios tenían la costumbre de enviar un explorador antes de atacar.
—Nuestras fortificaciones son inexpugnables. Incluso un ejército tres veces más numeroso que el nuestro fracasaría.
—¿Y si nos equivocamos? —sugirió el obispo, irritado por la seguridad del prefecto—. Muchas batallas se han perdido a causa de la vanidad de un jefe.
—¿Me procesaríais?
—Si se prepara un ataque, protejamos Elefantina.
El general Narses consideró necesario intervenir.
—Sin duda nos inquietamos sin razón. Los expertos están convencidos de que los blemios son incapaces de formar una tropa de asalto. De todas formas, pasaré revista a las fortificaciones.
Esta decisión tranquilizó a Teodoro. No había nada que temiera tanto como los invasores procedentes del sur, feroces adversarios del cristianismo, que rabiaban por no poder acceder a File, residencia de su dios, Mandulis, del que estaban separados desde hacía veinte años.
Narses saludó a sus superiores y salió. Maximino miró al obispo.
—No volváis a proferir críticas contra mi persona.
—Sólo me guía mi misión.
—¿Os creeríais capaz de abrirme los ojos?
—Isis no se casará nunca con vos.
—No tiene elección.
—Desengañaos. No cederá a ningún chantaje.
—¿Sacrificaría a su comunidad?
Esta pregunta se la había hecho Teodoro cientos de veces.
—La Regla del templo…
—¡Palabras!, es la misma existencia de File la que está en juego.
—Os impediré ir demasiado lejos —afirmó el obispo con seriedad—. Ese santuario pagano ya no tiene existencia legal; si le dais un trato especial, los cristianos se dirigirán contra vos.
—¿Sois consciente de adónde os llevan vuestros propósitos?
—Enamoraos, Maximino, pero no ofendáis a Cristo.
El prefecto recuperó la calma. Absorto, se dirigió a los casilleros llenos de papiros y consultó un documento con mirada distraída.
—Quiero saber qué pasa en esa comunidad. Nos haría falta tener un espía allí.
—La ley prohíbe a File recibir nuevos adeptos. Si enviamos a alguien, desconfiarán y lo expulsarán.
—Sabni es un insumiso y un conspirador.
Teodoro también temía las iniciativas de su amigo. La idea del prefecto no carecía de interés; estar informado de lo que pasaba en el interior evitaría bastantes problemas.
—Puede que haya una solución.
Al norte de la catarata, a poca distancia del templo, un pescador aprovechaba las primeras horas de la mañana para golpear el agua con un largo bastón y atrapar algunos peces en su red. Acababa de pescar una soberbia perca cuando un chapoteo le indicó que se acercaba un nadador. Mersis reconoció a Sabni que, para descansar, se sujetó a la proa de la barca, dejando la cabeza fuera del agua. El capitán continuó pescando sin mirar hacia donde estaba su amigo.
—Malas noticias. Parece ser que han visto un blemio cerca de la catarata.
—¿Es verdad?
—Narses está inspeccionando el cuartel a fondo. Otro peligro: Maximino está haciendo correr el rumor de su próxima boda con Isis. El obispo está asediado por las protestas. No te fíes, Sabni. Tú eres el único obstáculo entre el prefecto y la gran sacerdotisa.
—Mucho más de lo que te imaginas.
Crestos no dejaba en paz a nadie. Los más viejos tenían que sufrir sus preguntas e intentar responderlas. Crestos arrancaba a los más perezosos de su sopor y les obligaba a ponerse a trabajar. Poco a poco, consiguió fomentar la rivalidad; todos querían demostrar que ocupaban un puesto importante en la comunidad. Hermanos y hermanas intercambiaban de nuevo propósitos, se interrogaban sobre el significado de los símbolos, escrutaban las paredes del templo en las que los ancianos habían grabado los principios de la sabiduría. En los capiteles, la sonrisa de la diosa Hathor se ensanchaba.
Noviembre, cuando comenzaban las labores de limpieza de los campos, fue un mes apacible y feliz. La débil crecida se había retirado; la vida, endulzada por el sabor de los dátiles, se deslizaba con suavidad. El vientre de la bibliotecaria evolucionaba de manera favorable; Isis rezaba todas las tardes a las divinidades del alumbramiento.
File volvió a tener confianza en su propia fe. Los adeptos se habían adormecido sobre un tesoro que reconocían de incalculable valor. ¿No les protegía la gran diosa de un ambiente hostil que, después de estar considerado como vencedor, perdía su virulencia?
Sabni no quiso abandonarse al optimismo. Isis, alabando su lucidez, insistía sobre la visible renovación de la comunidad. ¿No debería el sumo sacerdote preocuparse más por fraternizar con el futuro del templo?