7

La ceremonia

Liriel Baenre regresó a Menzoberranzan después de dos días de ausencia, un tanto maltrecha, despojada de buena parte de su exuberante mata de pelo blanco, pero triunfante al fin y al cabo. O eso se suponía, pues hasta la ceremonia nadie le pidió una prueba formal de que, efectivamente, había dado muerte a su presa.

La casa Shobalar al completo estaba reunida en el salón del trono de la matrona Hinkutes’nat con ocasión de la ceremonia. Aunque la asistencia era obligatoria, la mayoría de los presentes había acudido de buena gana, atraídos por el placer que les reportaba la contemplación de los ensangrentados despojos de la presa cobrada y el gratificante recuerdo de sus primeras víctimas. Tales ocasiones servían para que todos siguieran teniendo bien presente lo que suponía ser un drow.

Cuando llegó Narbondel, la hora más oscura de la noche, Liriel dio un paso al frente para pedir formalmente ser aceptada entre los suyos. El paso siguiente consistía en mostrarle la prueba de su valía a Xandra Shobalar, su ama y mentora.

Liriel sostuvo la mirada de la hechicera durante largo rato, contemplando las rojas pupilas de Xandra con sus ojos dorados y fríos impregnados de un poder no explicitado y una promesa mortal. Otra cosa que había aprendido de su temido progenitor.

Cuando la maga de mayor edad finalmente pestañeó con inseguridad, Liriel rindió una profunda reverencia y rebuscó en el zurrón que llevaba junto a su cadera. Liriel sacó un objeto pequeño y verdoso que levantó en alto para que todos pudieran verlo bien. Un murmullo resonó en la sala cuando varias de las magas Shobalar reconocieron de qué se trataba.

—Me sorprendes, jovencita —dijo Xandra con frialdad—. Me prometiste entablar lucha leal con tu oponente y sin embargo has recurrido a un truco más bien ruin.

—De jovencita nada —corrigió Liriel.

Una sonrisa peculiar apareció en su rostro. Y luego tiró el botellín al suelo con fuerza.

El botellín se hizo añicos. Cristalino y delicado, el ruido resonó ante el silencio atónito de todos. Ante la Dama de la Magia, con los ojos verdes relucientes de odio, apareció el brujo humano. Vivo y coleando, en la mano tenía el collar dorado que lo había tenido aprisionado y sometido a la voluntad de Xandra.

Con una rapidez impensada en un humano de su edad, el mago hizo aparecer una esfera roja de luz y la tiró, no a Xandra, sino al elfo oscuro que montaba guardia en la puerta, a sus espaldas. El desdichado drow al instante se vio hecho pedazos ensangrentados. Antes que los demás pudieran reaccionar, los sangrientos despojos levitaron en el aire y empezaron a cobrar unas formas nuevas y horribles.

Quienes se encontraban en la sala entraron en acción. Los magos y sacerdotisas de la casa Shobalar echaron mano a sus conjuros y los guerreros plantaron cara con flechas y espadas a los seres alados generados a partir de los despojos de su compañero recién muerto.

Al cabo de un instante los únicos que seguían en pie eran Xandra y el mago. El uno frente al otro, ambos se enzarzaron en un intercambio de extraños fulgores mágicos, similar en destreza y rapidez al combate que hubieran establecido sendos espadachines duchos. Todas las miradas convergieron sobre la drow y el esclavo enzarzados en duelo mortal. En la sala de pronto reinaba una malsana atmósfera de expectación ante el resultado que la lucha iba a deparar.

Finalmente, uno de los conjuros del Mago Rojo logró sortear las defensas de Xandra. Un destello de luz análogo a una daga afiladísima rajó el rostro de la drow del pómulo a la mandíbula. La carne se abrió en una herida profunda que dejó el hueso a la luz.

Xandra soltó un aullido de dolor que ni una banshee igualaría y, con una rapidez solo comparable a la de un guerrero curtido en mil batallas, se rehízo y contraatacó sin dar respiro a su rival. El dolor, el desespero y la ira se combinaron para producir una ardiente y enorme bola de fuego que hizo temblar las paredes de piedra del salón.

La bola de fuego impactó en el humano de lleno. Su cuerpo empezó a humear y a agitarse como una flecha desencajada hasta estrellarse contra el muro opuesto, y a deslizarse hacia el suelo dejando en la pared un rastro negruzco que se iba enfriando con rapidez. En su pecho había un boquete del tamaño de un plato grade, mientras que sus ropajes empapados ahora eran de un carmesí más oscuro.

Xandra también se derrumbó, exhausta tras el frenético combate de conjuros y todavía más debilitada por el copioso flujo de sangre que manaba de su rostro desgarrado. Varios sirvientes corrieron a atenderla mientras sus hermanas la rodeaban murmurando encantamientos de sanación. A todo esto, Liriel estaba en pie ante el trono de la matrona, con los ojos fríos y una expresión de cínica diversión en el rostro.

Cuando por fin recobró el aliento y estuvo en disposición de hablar, la Dama de la Magia se las arregló para sentarse y señaló a la joven aprendiza de hechicera con gesto acusatorio.

—¿Cómo has podido cometer semejante… semejante despropósito? —tartajeó—. ¡El ritual ha sido profanado!

—Nada de eso —contestó Liriel—. Me dijiste que era mi prerrogativa acabar con mi presa con el arma que yo escogiera. Y el arma que he escogido eres tú.

Un nuevo silencio preñado de sorpresa se hizo en la gran sala. El silencio se vio roto por un sonido extraño, un sonido que nadie había oído jamás ni esperaba oír en la vida.

La madre matrona Hinkutes’nat Alar Shobalar se estaba riendo.

Era cierto que sus carcajadas sonaban un tanto roncas, pero también eran sinceras, como era sincera la diversión pintada en la voz y los ojos carmesí de la matrona.

—Esto quebranta todas las leyes y costumbres de… —trató de argüir Xandra, pero la madre matrona la hizo callar con un gesto imperioso.

—El ritual del Rito de Sangre ha sido cumplido —proclamó Hinkutes’nat—. Pues su propósito consiste en transformar a una joven elfa en una drow con todas las de la ley. La evidencia de una mente retorcida resulta tan válida como la de unas manos ensangrentadas.

Haciendo caso omiso de la rabia pintada en el rostro de su hija, la matrona se volvió hacia Liriel y la felicitó.

—¡Bien hecho! Con la autoridad que me confieren el trono y la Casa, proclamo que eres una verdadera drow, una auténtica hija de Lloth. Tu niñez es cosa del pasado. ¡Ahora puedes disfrutar y sacar partido a los poderes que son nuestro legado y nuestro orgullo!

Liriel aceptó el reconocimiento, contentándose con agachar ligeramente la cabeza en vez de efectuar una reverencia. Ya no era una niña y, como adulta perteneciente a la noble familia Baenre, nunca más volvería a hacer reverencias a quienes eran sus inferiores en rango. Gomph así se lo había hecho entender, instruyéndola sin descanso en todas las complicadas reglas y convenciones del protocolo. Gomph le había explicado que la ceremonia del Rito de Sangre suponía, no sólo la superación de la niñez, sino también su admisión sin reservas en el seno del clan Baenre. Lo único que seguía separándola de dicha admisión era las palabras rituales de aceptación que en ese momento tenía que pronunciar.

Pero Liriel todavía no había acabado. Siguiendo un impulso que no llegaba a comprender del todo, la muchacha cruzó la sala hasta situarse ante la derrotada Xandra, quien, sentada en el suelo, seguía envuelta en los consuelos de las sacerdotisas de la casa Shobalar.

Liriel se agachó hasta situar su rostro a la altura del de su antigua mentora. La muchacha tendió su mano y acarició la barbilla de la drow de mayor edad. Era éste un gesto poco frecuente en Menzoberranzan, en ocasiones usado para confortar a un niño o, más frecuentemente, para atraer la atención del pequeño antes de decirle lo que tenía que hacer. En el maltrecho estado en que se encontraba, era improbable que Xandra se lo tomara así de forma consciente, si bien el instinto al punto le dictó que la otra estaba jugando con ella. Xandra apartó el rostro y miró a Liriel con unos ojos que eran pura malevolencia.

La joven se contentó con sonreír. Y de pronto situó la palma de su mano sobre el ensangrentado mentón de Xandra. La sangre que manchaba el rostro de la maga al momento empapó su mano.

Liriel se levantó con un movimiento ágil y se volvió hacia la madre matrona, que no había dejado de observarla. Con gesto deliberado, la muchacha se frotó las manos impregnadas de la sangre de Xandra y las mostró a la matrona Hinkutes’nat.

—El rito se ha cumplido —declaró Liriel—. Ya no soy una niña. Ahora soy una drow.

El silencio que siguió a sus palabras fue tan largo como significativo pues las implicaciones de su gesto iban mucho más allá de lo permitido por la propiedad y los precedentes.

La matrona Hinkutes’nat finalmente inclinó la cabeza, aunque no de manera simplemente formularia. La matriarca de la casa Shobalar la inclinó con una deferencia sutil que transformó el gesto de aprobación en un saludo entre iguales. Se trataba de un reconocimiento infrecuente, y más raro todavía resultaban el auténtico respeto y la complicidad divertida visibles en los ojos de arácnido de la matrona.

A la joven drow le pareció más bien irónico. Aunque estaba claro que Hinkutes’nat aplaudía su gesto, la propia Liriel no estaba verdaderamente segura de las razones que la habían llevado a obrar así.

La cuestión siguió rondando a Liriel durante la celebración que tradicionalmente seguía a la ceremonia. El espectáculo que había aportado por su propia ceremonia había sido del agrado particular de los drows, de forma que la fiesta resultó larga y bulliciosa. Por una vez en la vida, Liriel no se entregó a la diversión en cuerpo y alma. Y no lamentó que la última campanada señalara que la fiesta había terminado.