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Sombras rojizas

Tresk Mulander se estaba paseando por su celda, cuyo suelo barrían los faldones de su larga túnica escarlata. No había sido fácil que su ama le consiguiera los rojos ropajes, pero él era un Mago Rojo y siempre lo sería, por muy lejos que se encontrara de su Thay natal.

Habían transcurrido casi dos años desde que Mulander había conocido a Xandra Shobalar e iniciado su extraño aprendizaje con ésta. Aunque en ningún momento había salido de la gigantesca cámara de sólida roca apenas ventilada por unos pequeños agujeros en el techo, muy lejos de su alcance, lo cierto era que no lo habían tratado mal. Tenía comida y vino en abundancia, todas sus necesidades estaban cubiertas y, lo principal, le habían proporcionado una instrucción intensiva en la magia de la Antípoda Oscura. Éste era un privilegio que muchos de sus pares habrían acogido con entusiasmo, y, en el fondo, Mulander no lamentaba su suerte.

El Mago Rojo era un nigromante, un prominente miembro de la facción de los Buscadores, los magos que estaban empeñados en llegar a dominar una magia más potente y terrible. Mulander venía a ser una excepción entre sus pares, pues era uno de los escasísimos magos de primera línea por cuyas venas no corría la sangre pura de la dominante raza mulan.

El padre de su padre era un rashemi, del que había heredado un cuerpo robusto y musculoso, y una exuberante pilosidad facial. Su talento y ambición provenían de su madre, la hechicera, lo mismo que la altura y la tez cetrina, que en Thay se consideraban signos de nobleza.

Los verdes ojos de Mulander, semejantes a dos gemas, y su delgada nariz de cimitarra, le daban un aspecto terrorífico y, a pesar de su cráneo rapado de acuerdo con la tradición, sus largas y frondosas barbas grises era su orgullo, aquello que lo diferenciaba de los mulan, frecuentemente carentes de vello. Su aspecto era en verdad impresionante: Mulander llevaba sus sesenta inviernos con altivez sobre sus hombros, anchos y orgullosos. Fuerte de cuerpo y alma, asimismo estaba versado en la magia. El paso de los años sólo había conseguido tornar menos frondosos sus cabellos grises, lo cual ya le iba bien, pues le facilitaba la diaria labor de rasurarse la cabeza.

La Dama Shobalar se había mostrado comprensiva y le había proporcionado unos afiladísimos enseres para su rasurado y un sirviente mediano a cargo de dicha tarea. De hecho, la drow se mostraba fascinada por los tatuajes que recubrían el cráneo de Mulander. Lo que no era de extrañar, pues cada uno de ellos era una mágica runa que, al ser activada mediante el conjuro apropiado, tenía la virtud de transformar los retazos de materia muerta en temibles servidores mágicos. Si le proporcionaban los suficientes cadáveres, él estaba en disposición de aportar un ejército. Mejor dicho, lo hubiera estado, si tuviera acceso a su magia nigromántica.

Mulander esbozó una mueca y levantó con el dedo el collar de oro que rodeaba su cuello y mantenía cautivo su Arte.

—Cuando llegue el momento podrás quitártelo —repuso una voz con calma a sus espaldas.

Sorprendido, el Mago Rojo se dio media vuelta y se encontró con Xandra Shobalar. Por mucho que hubieran pasado dos años, las inesperadas apariciones de ésta seguían sobresaltándolo, lo que sin duda era el objetivo de Xandra.

Con todo, aquel día, la promesa implícita en las palabras de la drow consiguió disipar el resentimiento que tantas veces sentía.

—¿Cuándo?

—Cuando llegue el momento —repitió ella.

Xandra se acercó a un sillón y se sentó con aire imperturbable. Dos años no era mucho en la vida de una drow, pero a ella no se le escapaba la impaciencia de los humanos y estaba decidida a disfrutar del asunto.

No menos divertida resultaba la rabia homicida apenas oculta en los ojos del Mago Rojo.

Xandra se complació en imaginar aquella rabia desatada contra la pequeña Baenre. Ya faltaba poco para que llegara el día tan largamente deseado.

—Has aprendido mucho —comentó—. Pronto tendrás ocasión de calibrar tus nuevos poderes. Si tienes éxito, la recompensa será generosa.

La drow se sacó una pequeña llave dorada del corpiño y la sostuvo en alto. Luego ladeó la cabeza y dedicó una sonrisa sarcástica al Mago Rojo. Mulander abrió mucho los ojos y la miró con una expresión que iba mucho más allá de la codicia. Su mirada intensa y ansiosa siguió fija en la llave, que Xandra al poco devolvió a su íntimo escondite.

—Veo que conoces la naturaleza de esta llave —dijo a continuación—. ¿Quieres saber lo que tienes que hacer para ganártela?

Un estremecimiento de repulsión recorrió la espalda del Mago Rojo. La sonrisa de Xandra se ensanchó y se tornó abiertamente burlona.

—Tendrás que esperar, mi querido Mulander —indicó—. Ahora mismo tengo otros planes para ti.

Xandra le describió con rapidez el Rito de Sangre, al cacería ritual a la que todo joven elfo oscuro debía someterse para convertirse en un verdadero drow. Mulander la escuchó con creciente aprensión.

—¿Y se supone que yo voy a ser su presa?

En los ojos de Xandra relució una furia tan ardiente como el fuego.

—No seas estúpido —espetó—. ¡Tienes que salir victorioso! En caso contrario, ¿te parece que habría invertido tanto tiempo y dinero en tu persona?

—Una lucha de conjuros… —musitó él, empezando a comprender—. ¿Me has estado preparando para una lucha de conjuros? ¿Y los encantamientos que me has enseñado?

—Son todos los encantamientos de agresión que conoce tu joven rival, junto con los contraencantamientos adecuados. —Xandra fijó los ojos en él y lo miró con la seriedad más absoluta—. No volverás a verme. A partir de hoy contarás con un nuevo tutor, durante unos treinta ciclos de Narbondel. Un guerrero mago. Trabajará contigo a diario y te instruirá en las tácticas de guerra de los drows. Tendrás que prestar atención y aprender bien sus enseñanzas.

—Pues no seguirá con vida para volver a impartir otro curso —razonó Mulander.

—Muy listo —dijo Xandra sonriendo—. ¡Para ser humano, abrigas una prometedora maldad! En todo caso, estás entre los drows, así que aún te queda mucho por aprender sobre la intriga y la traición.

El mago se enfureció.

—¡En Thay también estamos versados en la traición! —declaró—. No habría llegado a mi edad ni a mi posición si no lo hubiera estado.

—¿De veras? —apuntó la drow con sarcasmo evidente en la voz—. Si tal es el caso, ¿cómo es que te encuentras aquí?

Mulander se limitó a dirigirle una mirada sombría. Con todo, la hechicera no esperaba una respuesta.

—Tienes unas habilidades mágicas muy interesantes —observó—. Bastante superiores a las que yo esperaba encontrar en un humano y, a juzgar por tu orgullo, muy por encima de las que posee la mayoría de tus pares. Si es así tu derrota y tu condición de esclavo sólo pueden deberse a la traición ¿me equivoco?

Sin aguardar a la respuesta, Xandra se levantó del sillón.

—Éstas son las condiciones que te ofrezco —agregó, yendo a lo práctico—. Cuando llegue el momento, te llevaremos a los terribles túneles que rodean esta ciudad. Como parte de tu preparación, antes te daremos un mapa de la zona, que tendrás que memorizar. En los túneles deberás enfrentarte a una aspirante a maga, a una hembra drow de ojos dorados. Una drow que estará en posesión de la llave que te liberará de tu collar. Tendrás que derrotarla mediante una lucha de conjuros. Haz lo que sea preciso para asegurarte de que no salga con vida del encuentro.

Entonces podrás hacerte con la llave que llevará encima y marcharte a donde quieras. Quizá te las arregles para encontrar el camino de regreso a la superficie y a tu lugar de origen, si es que éste todavía sigue existiendo a esas alturas. Si no, los encantamientos que te he enseñado, junto con tu recobrada magia letal, te servirán para sobrevivir en la Antípoda Oscura.

Mulander la escuchó con la expresión impasible, esforzándose en ocultar el repentino destello de esperanza que las palabras de la drow habían hecho refulgir en su corazón. Por lo que él sabía, todo podría ser una trampa, de forma que se esforzó en ocultar sus emociones, pues no quería proporcionarle entretenimiento adicional a aquella detestable hembra.

¿O acaso ella estaba esperando verlo temblar de miedo?

Si tal era el caso, igualmente se iba a llevar un chasco. Mulander no conocía el miedo. El Mago Rojo no tenía la más mínima duda del resultado de aquel enfrentamiento, pues era consciente del alcance de sus poderes, por más que Xandra Shobalar no lo fuera.

Mulander era perfectamente capaz de derrotar a una joven elfa en una lucha de conjuros. Lo que era más, se proponía matar a aquella muchachita e instalarse en alguna remota caverna oculta en el mundo subterráneo, un lugar que envolvería en magia de protección y conjuros de desorientación, de forma que ni los poderosos elfos oscuros lograrían dar con ella.

Tal era su propósito, pues la hechicera de Shobalar tenía razón en un punto: Mulander no iba a ser bienvenido en Thay y los Magos Rojos no eran bienvenidos en ninguna región más que en Thay. Xandra tampoco se equivocaba en otra cuestión: la caída de Mulander tenía su origen el a traición. Mulander había sido traicionado por su joven discípulo, del mismo modo que, antaño, él había traicionado a su propio mentor. De pronto se preguntó por el carácter de la traición que la niña prodigio de Xandra tenía pensado dedicarle a su maestra.

—Veo que estás sonriendo —indicó la drow—. ¿Te parece bien mis condiciones?

—Me parecen excelentes —respondió Mulander, a quien la prudencia aconsejaba mantener en secreto sus pensamientos.

—En ese caso, déjame acrecentar tu alegría —musitó Xandra.

Xandra se acercó a él y puso la mano negra y delgada sobre su mandíbula. El instintivo retroceso de Mulander, mal disimulado, pareció divertirla.

Xandra se acercó todavía más: su cuerpo esbelto ahora estaba rozando la túnica de Mulander. Sus ojos rojizos se clavaron en los de él y Mulander sintió que una magia irresistible invadía su mente.

—Dime la verdad, Mulander —pidió ella, en tono burlón, pues ambos sabían perfectamente que el encantamiento lo obligaría a decir la verdad—. ¿Me odias tanto como imagino?

Mulander le sostuvo la mirada.

—Con toda mi alma —contestó, con mayor pasión de la que nunca pusiera en unas simples palabras, con mayor pasión de la que nunca había sospechado que albergara en su corazón.

—Eso es bueno —dijo ella. Xandra levantó los brazos y unió las manos tras el cuello de Mulander; a continuación levitó hasta que sus ojos estuvieron al mismo nivel que los del humano, bastante más alto—. En ese caso, acuérdate de mi cara cuando des caza a esa joven y acuérdate de esto también.

La drow apretó sus labios contra los de Mulander en una macabra parodia de un beso. Su pasión era idéntica a la de él: una mezcla de odio y orgullo.

Como tantos otros besos impuestos a los muchachos y muchachas de los que era mentora, el beso venía a ser una muestra de propiedad, un gesto de crueldad y desprecio absoluto que al hombre orgulloso le resultó más doloroso que la herida de una daga. Su rostro se contrajo con asco cuando los dientes de la drow se cerraron sobre su labio inferior.

Xandra lo soltó de repente y se alejó levitando, suspendida en el aire como un espectro oscuro. Sonriendo con frialdad, se limpió una gota de sangre de la boca.

—No lo olvides —le dijo, antes de esfumarse tan rápidamente como había venido.

A solas en su celda, Tresk Mulander asintió con la expresión sombría. Nunca se olvidaría de Xandra Shobalar y, durante tanto tiempo como viviera, rezaría a todos los dioses oscuros cuyo nombre conocía para que su muerte fuera tan lenta como dolorosa e ignominiosa.

Entretanto, tendría que contentarse con concentrar parte de su furibundo odio en la mocosa drow que se proponía tomarlo como presa. ¡A él, a un Mago Rojo maestro de nigromantes!

—Que empiece la cacería —murmuró Mulander.

Sus labios ensangrentados se curvaron en una sonrisa sin alegría al pensar en los secretos que había aprendido de Xandra Shobalar, unos secretos que no tardaría en descargar sobre la joven aspirante a hechicera.