5
Matar o morir
Moviéndose en silencio, Liriel se adentró en el túnel oscuro. Entre otras cosas, su padre le había proporcionado unas botas especiales de elfo, un calzado maravilloso de cuero fino impregnado de la magia de los elfos oscuros. Calzada con ellas podía caminar tan silenciosamente como su propia sombra.
Liriel, asimismo, vestía una capa nueva y espléndida. No se trataba de un piwafwi, pues esas capas exclusivas de los drows las lucían quienes habían conseguido superar el ritual al que se encaminaba. Por supuesto, había excepciones: la propia Liriel era poseedora de una de esas mágicas capas de ocultación que hasta la fecha le había sido muy útil en sus escapadas de la Casa Shobalar. Pero los jóvenes elfos no estaban autorizados a vestirlas durante el Rito de Sangre. La ventaja de la invisibilidad facilitaba mucho las cosas y se consideraba inadecuada para la primera cacería.
En consecuencia, Liriel estaba a la vista de todos los extraños y mortales seres de la Antípoda Oscura, lo que la ponía en peligro constante.
La joven drow caminaba con todos los sentidos alerta. Sin embargo, su corazón no estaba puesto en la cacería. Liriel ni siquiera estaba segura de seguir contando con un corazón: el dolor y la rabia provocaban que se sintiera extrañamente vacía.
Liriel estaba acostumbrada a las traiciones grandes y pequeñas, y seguía diciéndose que tenía que asimilar lo sucedido y seguir adelante con los ojos bien abiertos. Lo mismo le había sucedido con Bythnara, cuyos comentarios malintencionados y sus pequeños celos le causaran tanto dolor antaño. Lo mismo le había sucedido con su padre, quien doce años atrás la había herido de un modo nunca igualado ni antes ni después.
Pero esta vez no se iba a dejar traicionar por Xandra Shobalar, se juró, sombría. La traición de Xandra resultaba distinta y no iba a pasarla por alto ni abstenerse de vengarse.
El afán de venganza constituía la pasión primordial de los elfos oscuros pero para Liriel se trataba de una emoción novedosa. La muchacha en ese momento la estaba saboreando como si se tratara del vino verde y especiado que había probado en los últimos tiempos: ciertamente amargo pero que agudizaba los sentidos y la resolución. Liriel era muy joven y estaba dispuesta a pasar por alto y aceptar muchas cosas de los elfos oscuros. No obstante, por primera vez había visto pintado en los ojos de una drow el deseo de que encontrara la muerte. De forma instintiva, Liriel comprendió que aquello no podía quedar sin castigo, si es que quería seguir con vida.
A la vez, a un nivel más profundo y personal, la muchacha sentía un amargo resentimiento hacia Xandra por haberla obligado a obrar en contra de sus instintos y su voluntad.
Liriel se rebelaba ante la perspectiva de someterse a las exigencias de su señora, pero ¿qué otra opción le quedaba si quería convertirse en una drow con todas las de la ley?
¿Qué otra opción?
Una sonrisa se abrió paso en el oscuro rostro de Liriel cuando una solución al dilema empezó a cobrar forma en su mente. Su padre le había dicho que la condición de drow iba mucho más allá de la capacidad para verter sangre ajena en combate.
El dolor que la joven sentía en el pecho se calmó un tanto; Liriel se dio cuenta de algo sorprendente: no tenía miedo a la salvaje Antípoda Oscura. Más bien encontraba que era un lugar extraordinario y fascinante, lleno de recovecos inesperados. De la piedra y el aire se desprendía una inequívoca sensación de peligro y aventura. A diferencia de Menzoberranzan, donde toda roca había sido esculpida y tornada en un monumento al orgullo y el poder de los drows, allí todo era nuevo y misterioso, preñado de fantásticas posibilidades. Allí iba a tener ocasión de esculpir su propio destino. Liriel de pronto se sintió apasionadamente enamorada de la indómita y vasta Antípoda Oscura.
—Una aventura espléndida —musitó, repitiendo sin la menor ironía las palabras de su sueño anterior. Una sonrisa repentina iluminó sus facciones cuando su mano palmeó afectuosamente una enorme estalagmita en espiral.
»¡La primera de tantas!
Pillándola completamente de improviso, una reluciente bola de energía apareció por una curva del túnel y se dirigió hacia ella.
Había empezado el combate.
Su instinto y su formación le dictaron la respuesta. Liriel levantó ambas manos, cruzándolas sobre las muñecas, con las palmas hacia el exterior. Un campo de resistencia surgió de la nada un segundo antes de que la bola de fuego llegara a ella. La muchacha cerró los ojos y apartó la cabeza cuando la luz centelleante estalló en una cortina de mágicas llamaradas.
Liriel se tiró al suelo y rodó sobre sí misma hacia un lado, tal y como le habían enseñado a hacer en caso de un ataque semejante. El escudo mágico no podría resistir más de uno o dos impactos semejantes y era prudente alejarse de la línea de fuego. Para su asombro, la segunda bola ardiente llegó girando a baja altura, directamente hacia ella. Liriel se puso en pie de un salto y se lanzó al extremo opuesto del túnel, parapetándose tras la enorme estalagmita.
La explosión estremeció el túnel y proyectó una lluvia de pequeños cascotes sobre la joven drow. Mientras tosía y escupía polvo, Liriel se las arregló para trazar un conjuro con los dedos.
En respuesta a su magia, el polvo y el humo sulfuroso se concentraron en medio del túnel hasta formar un globo enorme. Liriel señaló hacia donde estaba su enemigo, el hechicero, a quien todavía no había logrado ver. En respuesta a su gesto, el globo flotante tomó dicha dirección.
Conteniendo la respiración, Liriel aguardó el próximo ataque. Cuando éste no llegó, la muchacha empezó a acercarse sigilosamente. Del interior del túnel sólo llegaba el sonido del agua al gotear. Lo que era buena señal: el globo de vapor ardiente tenía la misión de envolver a su enemigo. Según lo previsto, el mago humano se habría visto asfixiado por los elementos sulfurosos originados por su propia bola de fuego. Liriel apretó el paso. Si eso había sucedido, no tenía mucho tiempo para dar con el mago y devolverlo a la vida.
En el túnel había cada vez más claridad. El camino empezó a descender de forma cada vez más pronunciada. Liriel se topó con una caverna verdaderamente extraordinaria, distinta a todas las que había visto o imaginado hasta la fecha.
Hongos luminosos recubrían buena parte de las paredes de roca y aportaban a la gruta una débil e inquietante luminosidad azulada. Las estalactitas y estalagmitas se unían en largas e irregulares columnas de piedra. Los grandes cristales en ellas incrustados reflejaban unas brillantes astillas de luz que se clavaban en sus ojos como dagas minúsculas.
Una gran bola de fuego relució de repente en el centro de la caverna. Liriel retrocedió, llevándose la mano a los ojos. Sus oídos detectaron el silbido de algo que se acercaba volando. La joven se arrojó al suelo cuando una nueva bola de fuego llegó ardiendo hacia ella.
La bola de fuego pasó de largo, aunque por muy poco. Su calor hizo que Liriel se estremeciera de dolor cuando la bola pasó rozando su espalda. El humo y el olor de sus propios cabellos chamuscados la asaltaron como un puñetazo a la barriga. Tosiendo y con arcadas, Liriel rodó a un lado, pestañeando sin parar en un intento de disipar los destellos y las chispas que seguían enturbiando su visión.
«¡Piensa, piensa!», se reprendió. Hasta ahora sólo había sabido reaccionar a la defensiva, lo que era el camino más seguro hacia la derrota.
A fin de ganar tiempo, Liriel recurrió a su magia innata de drow e hizo caer un globo de oscuridad sobre la luz mágica que centelleaba al frente. Con ello consiguió nivelar las cosas, aunque sin privar al humano de su ventaja visual: en la caverna seguía habiendo la luz suficiente como para que pudiera ver. A todo esto, Liriel todavía no había logrado detectarlo con la mirada.
La sospecha inicial de Liriel se convirtió en una certeza: el mago parecía saber con exactitud lo que ella iba a hacer en cada momento. Quizá alguien le había estado proporcionando información en dicho sentido. Con un gesto de sombría determinación, Liriel se aprestó a saber cuánto era lo que el otro sabía.
Sus manos dibujaron en el aire un encantamiento aprendido de Gomph; un conjuro difícil e inusual que pocos drows conocían y menos aún estaban en disposición de convocar. Liriel había necesitado casi un día entero para aprenderlo, pero el esfuerzo no había sido en vano, como descubrió al instante.
El humano estaba de pie en el centro de la cueva, protegido y envuelto por un círculo de pilares de piedra. Una expresión de asombro apareció en sus facciones cuando se fijó en sus manos tendidas al frente. El piwafwi que hasta ahora le había estado aportando invisibilidad mágica de pronto descansaba arrugado e inerte sobre sus hombros. Al mago no sólo le habían estado instruyendo, sino que hasta le habían proporcionado equipamiento.
El brujo humano se recobró con rapidez de su sorpresa. Tras respirar con fuerza, soltó un escupitajo en la dirección de Liriel. Un oscuro proyectil salió volando de sus labios y luego otro más. La drow abrió los ojos con sorpresa al advertir que dos víboras vivas llegaban coleando por los aires a una velocidad imposible.
Liriel echó mano a los dos pequeños cuchillos que llevaba al cinto y los lanzó hacia la primera serpiente. Las hojas afiladísimas volaron por los aires y se cruzaron en el cuello del reptil, seccionando su cabeza con limpieza.
La serpiente decapitada se estremeció y coleteó en el aire, obstruyendo la llegada de su compañera y haciendo ganar a Liriel un instante precioso.
Liriel en esta ocasión se contentó con lanzar un solo cuchillo. La hoja entró por la abierta boca de la víbora y fue a salir por la nuca, impregnando el espacio de sangre. Liriel se permitió esbozar una leve sonrisa y se juró darle las gracias adecuadamente al mercenario que la había estado adiestrando en el lanzamiento de cuchillos.
El momento de distracción fue brevísimo pero excesivo. El mago aprovechó para convocar un conjuro con las manos. Un conjuro que a la joven le resultó familiar.
Liriel echó mano a un pequeño dardo que llevaba prendido al cinturón de armamento y escupió en su afilada punta. En respuesta a su designio no verbalizado, el otro elemento necesario para el encantamiento —un frasquito con ácido— surgió levitando del interior de su zurrón de encantamientos. Liriel lo cogió y arrojó ambas cosas en la dirección de su oponente. Sus dedos trazaron un conjuro en el aire, y al instante, una estela luminosa salió volando para contrarrestar otra estela que llegaba centelleando. Los dardos impregnados de ácido chocaron entre uno y otro rival, estallando en una lluvia de mortíferas gotas verdosas que salieron despedidas hacia las paredes de la gruta.
El humano hizo un nuevo gesto con la mano. La magia brotó de las yemas de sus dedos y se trocó en una red enorme que salió proyectada en el aire. La extraña luz azulada de la caverna se cuarteó entre los filamentos de la red enorme y convirtió las gotitas pegajosas a ellos unidas en destellos diamantinos comparables a las mejores perlas y piedras lunares. Liriel se quedó maravillada ante aquella belleza letal que se cernía inexorable sobre su cuerpo.
Una palabra de la drow hizo aparecer un ejército de arañas gigantes, tan grandes como terneros rote. Valiéndose de extraños filamentos, las grandes arañas ascendieron en masa hacia el techo de la gruta, haciéndose con la red y llevándosela con ellas.
Liriel afirmó los pies en el suelo y envió una sucesión de bolas de fuego contra el obstinado humano. Como estaba esperando, su oponente recurrió a un conjuro para generar un campo de resistencia en torno a su persona. Liriel reconoció los gestos característicos y las palabras pronunciadas en el antiguo lenguaje de los drows. El mago había sido entrenado a conciencia.
Por desgracia para Liriel, el humano había sido entrenado demasiado bien. La muchacha esperaba que la sucesión de bolas de fuego sirviera para debilitar los pilares de roca que rodeaban al hechicero hasta que se desmoronaran sobre él una vez agotado el poder del mágico campo de resistencia. Sin embargo, pronto quedó claro que su enemigo había dispuesto la barrera invisible delante de la formación rocosa, abortando así suplan. Lejos de ceder ante la andanada de proyectiles de fuego, el escudo mágico más bien parecía absorber su energía. El campo de resistencia se tornaba más y más brillante a medida que las bolas de fuego impactaban en él. Se trataba de un contraconjuro practicado por los drows pero que Liriel nunca había llegado a aprender.
Liriel bajó finalmente las manos, exhausta por el incesante envío de bolas de fuego a la barrera mágica ideada por Xandra, anonadada por el alcance de la traición proyectada por la maga de la casa Shobalar.
El humano estaba versado en la magia y las tácticas de la guerra en la Antípoda Oscura. Es más, sabía lo suficiente sobre su enemiga drow para adelantarse y contrarrestar todos sus conjuros. El mago había sido escogido y adiestrado con esmero, no con intención de poner a Liriel a prueba, sino con el propósito de matarla. Xandra Shobalar no se contentaba con desear que su pupila fracasara; había hecho todo lo posible para ello.
Liriel se sabía traicionada. Su única esperanza de vencer al humano —y a Xandra Shobalar— consistía en apelar a la astucia antes que a sus recursos mágicos.
Su mente ágil repasó todas las posibilidades. Liriel nada sabía sobre la magia de los humanos, aunque le resultaba muy sospechoso que el mago en todo momento estuviera recurriendo a los conjuros de los drows. Estaba claro que alguien le había enseñado aquellos encantamientos y era seguro que contaba con conjuros propios. ¿Por qué no los empleaba? Cuando sus ojos volvieron a fijarse en el humano, la razón se tornó ostensible. Sus dedos se cerraron en torno a la llave que Xandra le había dado, llave que de pronto arrancó de la cadenita dorada anudada a su cinturón.
La cólera relució en sus ojos dorados al echar mano al verde botellín que su padre le había proporcionado. Liriel abrió el tapón y metió la llave en el interior. Antes de volver a cerrar el botellín arrancó la aguja de mithril y la tiró a un lado.
Matar o ser muerta, le había dicho la Dama Xandra.
Y así iba a ser.