27
Julia se despertó sobresaltada. Abrió los ojos para descubrir que se hallaba en una habitación desconocida. Se incorporó bruscamente, sintiendo una punzada agudísima en la base del cráneo que la obligó a encogerse de dolor. Su mente era un hervidero de imágenes escalofriantes que ahora parecían producto de su atormentada imaginación. Por desgracia, sabía que no. Todo aquel horror no lo había imaginado, ni era una alucinación producida por el síndrome de abstinencia.
Había sucedido en realidad.
Julia se llevó una mano a la nuca y movió la cabeza con lentitud.
—Tranquila —murmuró Olya, que la observaba desde su asiento, a pocos metros del lecho—. Estás en mi casa.
Julia giró la cabeza y la miró confusa, sin entender qué hacía allí. Lo último que recordaba era a Marinoschka, tendida sobre la cama, rodeada de sangre. Inmóvil. Quizá muerta. Y de repente, como si se tratase de un apagón fortuito, todo se había vuelto negro. No sabía si llevaba minutos u horas inconsciente, y cómo había ido a parar a la casa de Olya. Cerró los ojos y tomó aliento, intentando reunir fuerzas para hablar. Una sola cosa le preocupaba, por encima de todo.
—¿Y Marinoschka? ¿Dónde está?
—No te preocupes. Está bien.
—¿Dónde está Marinoschka? —repitió Julia alzando la voz y recibiendo un pinchazo en la nuca que casi la hizo llorar de dolor—. ¿Ha muerto? ¡No me mientas!
—Está bien, ya te lo he dicho.
—¿Marinoschka está bien? —Julia se golpeó la sien con un dedo en un gesto despectivo—. ¿Tú qué entiendes por estar bien?
Olya apretó las manos en el regazo y dejó escapar un profundo suspiro.
—Está atendida y tranquila. ¿Entiendes? Y tú deberías colaborar un poco y tranquilizarte también.
—¿Está en un hospital?
—No.
—¿Por qué?
—Nikolay creyó que no era buena idea.
—¿No era buena idea? —Julia la miró con los ojos desencajados—. ¡Ha sido brutalmente apuñalada y violada y su padre cree que no es buena idea llevarla al hospital!
—Sí, así lo cree.
—¿Estáis locos?
Olya negó lentamente, intentando controlar la rabia.
—Las heridas de navaja son muy superficiales, meros rasguños —respondió Olya en tono monótono—. Y las demás heridas ya se curarán con el tiempo.
—¿Y si está embarazada? ¿Y si aquel hijoputa tenía alguna enfermedad?
—El hombre no llegó a eyacular.
—¡Es igual! ¡Marinoschka necesitará atención psicológica!
—Marinoschka necesitará el amor y el cariño de los suyos.
—¡No es posible superar una experiencia así!
—¿Y qué te piensas que le harán? ¡La medicarán y la convertirán en un vegetal! ¿Eso es lo que quieres?
—Yo quiero lo mejor para ella.
—Sí, claro. —El tono de voz de Olya era muy duro—. Además, ¿no te das cuenta de que si Marinoschka ingresa en un hospital intervendrá la policía y habrá una investigación?
—¿Y qué? ¡Aquellos dos tipos eran dos convictos fugados que habían matado a sus vigilantes! ¡Yo mismo los vi en televisión!
—¿Y quién los mató?
—¡Yo! —gritó Julia—. ¡Y si volviera a nacer, los volvería a matar!
—¡Perfecto, eres una heroína! ¡Lástima que tu situación aquí sea irregular! ¡En cuanto indaguen un poco en tu visado descubrirán que es falso! —Olya la señaló con un dedo—. ¿Y sabes quién acabaría en la cárcel?
—No me importa. —Julia negó con la cabeza—. ¿Qué más me puede pasar?
Olya se levantó de un salto de la silla y se acercó a Julia.
—No te puedes ni imaginar lo que es una cárcel rusa. No puedes ni soñarlo. —Olya la amenazó con la rotundidad de quien sabe muy bien de qué habla.
Julia apretó las mandíbulas y bajó la mirada. No, había aún muchas cosas que le podían pasar. Cosas terribles.
—No quiero que, por culpa mía, Marinoschka no esté bien atendida —musitó.
—No es solo por ti —confesó Olya—. El Kalashnikov que utilizaste era un arma sin licencia, comprada en el mercado negro. Y eso sí que perjudica directamente a Nikolay.
—Diré que es mío.
—Por favor, Julia, deja de decir estupideces. ¿El Kalashnikov es tuyo? ¿Y a quién se lo compraste? ¡Si no sabes hablar ni una palabra de ruso!
Julia lanzó un suspiro de resignación.
—Está bien, supongo que tienes razón.
Olya asintió mientras se levantaba de su silla y se acercaba a la ventana. Fijó la mirada en algún punto, y Julia descubrió que al fondo se distinguía una cortina de humo. Se levantó con lentitud de la cama y se acercó también.
—¿Y ese fuego?
—Ahora ya son solo cenizas de la casa de Nikolay. Lleva varias horas ardiendo.
Julia bajó la mirada.
—¿La ha quemado para destruir los cadáveres?
—Los cadáveres y los recuerdos —murmuró Olya—. Nikolay dijo que nunca más podría volver a entrar allí. Jamás olvidará lo que vio, pero por lo menos intentará recomponer su familia, comenzar una nueva vida.
—Fue terrorífico.
—Me lo imagino —replicó Olya en un tono que daba a entender que no tenía ningún interés en escucharlo de labios de Julia—. Por cierto, Nikolay se ha ido y me ha pedido que me ocupe de ti.
—Pero ¿no ha sido él quien ha quemado la casa?
—No. Se lo encargó a los hombres del pueblo, que también han recogido los animales. Él partió enseguida con Marinoschka y Natasha.
—¿Adónde?
—A un lugar seguro, ya te lo he dicho.
—Quiero ver a Marinoschka.
—Eso es imposible.
—No la molestaré. Solo quiero verla.
—Verás, Julia… —Olya lanzó un suspiro—. Nikolay te está muy agradecido, y te lo estará siempre. Pero me ha dicho que no quiere que te acerques a Marinoschka nunca más.
—¿Por qué?
—Cree que tu presencia la perjudica.
—He superado mi adicción —musitó Julia—. Ya no siento la necesidad de tomar pastillas.
—No es eso.
—¿Entonces?
—Tu influencia puede ser negativa.
—¿Por qué? ¡Yo no he hecho nada malo!
—Lo siento, Julia —concluyó Olya con determinación—. Así lo ha decidido Nikolay.
Julia tragó saliva. Ya no le molestaba el dolor de cabeza, solo el sufrimiento agónico de pensar que nunca más iba a ver a Marinoschka. Quizá la única persona que había querido en su vida.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó, con un hilo de voz.
—Tienes que irte de aquí —respondió Olya—, lo más pronto posible. La policía está tras el rastro de los dos fugados y no tardarán en aparecer por Krasnarozh’ye.
—¿Y adónde voy a ir?
—No es fácil —reconoció Olya—. Con Sasha en el hospital y Viktor en paradero desconocido… Bien, lo único que he conseguido es que te alojes con una amiga mía durante unos días, hasta que Viktor aparezca. Luego, él decidirá.
Jamás en la vida Julia se había sentido tan vulnerable y desamparada. Era evidente que Olya no le tenía ningún afecto. Durante toda la conversación la rusa se había mantenido distante y brusca. Y, en aquellas condiciones, e incluso tratándose de Julia Irazu, aquella actitud resultaba una crueldad.
—Haré lo que quieras —repuso Julia sumisa.
—No quiero apremiarte, pero si estás en condiciones, preferiría partir ahora mismo a San Petersburgo.
Julia asintió. Se miró la ropa, para descubrir que llevaba los mismos andrajos con los que había pasado los dos últimos días. Además, olía muy mal.
—¿Puedo asearme un poco?
Olya se encogió de hombros, resignada.
—Bueno.
—¿Me puedes dejar algo de ropa?
Olya asintió con desgana.
—De acuerdo, pero no tardes. Voy a llamar a mi amiga, para que esté preparada.
—Dale las gracias de mi parte.
—No te equivoques. —Olya negó con la cabeza—. He tenido que pagarle buenos rublos para que aceptase.
Julia entró en el lavabo y se miró al espejo. Casi no se reconoció. Su rostro se había convertido en una máscara inexpresiva y su mirada era opaca y distante, de perturbada. Con horror descubrió que tenía las mejillas cubiertas de pequeñas manchas negruzcas. Los recuerdos volvieron con violencia a su mente.
Tenía la cara llena de salpicaduras de sangre.
Se lavó la cara con ímpetu brutal, como si quisiera arrancarse la piel. La sangre se humedeció y corrió roja por sus mejillas, hasta desaparecer. Julia se miró de nuevo al espejo; su mirada ya no era distante, sino desesperada. Ocultó el rostro entre las manos y lloró, ahogando los sollozos para que Olya no la escuchase. Jamás se había sentido tan sola. O, tal vez, es que jamás había sido consciente de lo sola que estaba. Pero ahora ya no podía esconderse bajo el oscuro manto de una dosis de tranquilizantes, y la realidad se mostraba tal cual era. Brutal. Minutos después y tragándose el llanto, Julia se quitó la ropa y se duchó con rapidez. Sabía que Olya estaba deseando librarse de ella lo antes posible y ella también ansiaba librarse de la rusa y de su mirada despectiva. Era curioso, pero si algo le quedaba a Julia Irazu Martínez, era su orgullo.
En unos pocos minutos volvía al cuarto vestida con las ropas que Olya le había ofrecido. Unos tejanos viejos y una camiseta que le quedaban excesivamente holgados.
—No es de tu talla —repuso la rusa lacónica, a modo de disculpa.
—No importa. —Julia se dobló los bajos de los pantalones para no pisárselos—. Venga, vamos.
La calle estaba desierta cuando salieron de casa. Julia tuvo la sensación de que todos la observaban a través de sus ventanas, aliviados de su partida, como si ella fuese un espíritu perverso que había atraído el mal a Krasnarozh’ye. Se sentó en el asiento del coche, pero no se ajustó el cinturón, en un gesto de inconsciente abandono. Olya se sentó a su lado y arrancó el motor.
Durante más de veinte kilómetros permanecieron en silencio, dejando atrás Krasnarozh’ye, un lugar al que Olya ansiaba volver, para recuperar la paz y la tranquilidad. Un lugar al que Julia no volvería nunca.
—Supongo que he sido algo brusca —dijo Olya.
—No importa.
—No lo pones fácil, Julia.
—Lo sé.
—Yo no quisiera que te llevases una mala impresión de mí.
—No importa la impresión que yo me lleve, Olya. De hecho, nada de lo que yo piense debe importarte.
Olya lanzó un profundo suspiro y se mantuvo en silencio durante unos minutos. No obstante, volvió a insistir. La mala conciencia no la dejaba tranquila, y prefería que fuese Julia la que cargase con ese molesto peso.
—Parece que disfrutas tratando con desprecio a todo el mundo.
—Disfruto una barbaridad.
—No me trates como a una estúpida, Julia. Te he soportado desde el primer momento, intentando ayudarte. ¿Y qué he recibido a cambio? Siempre respuestas desagradables.
—Yo soy desagradable. ¿Qué quieres?
—Sí, lo eres. Desagradable y maniática.
—¿Maniática?
—Sí, y supongo que es por eso que Nikolay no quiere que te acerques a Marinoschka.
—Deja a Marinoschka en paz.
—Te has obsesionado con la niña de una manera enfermiza.
—No estoy obsesionada con Marinoschka.
—Sí. Con ella intentas cumplir tus ensoñaciones de la madre que no eres capaz de ser. Y por eso odias a Natasha.
Julia dio un respingo en el asiento. Una imagen que había estado dormida en su subconsciente fluyó con brutalidad.
—Sí, odio a Natasha. La odiaré el resto de mi vida. Y espero que ella también se odie.
—Estás loca —replicó Olya con rotundidad.
—Seguramente.
—¿Cómo puedes decir que odias a Natasha? ¿Acaso no te importa que ella recibiese dos puñaladas intentando proteger a Marinoschka? ¿No te imaginas el infierno que tuvo que pasar, malherida y sin poder salvar a su hija?
—¿Malherida Natasha?
—¡Sí, con dos puñaladas en el vientre! ¡Yo misma he visto los vendajes ensangrentados!
—¿Te lo ha explicado ella?
—¡No! ¡La pobre Natasha no podía ni hablar! ¡Me lo ha dicho Nikolay!
—Nikolay…
—¡Y también me dijo que tuvo que golpearte en la cabeza porque estabas como loca, acusando a Natasha de no defender a su hija! ¡Temió que la matases a tiros! ¡Pobrecita! ¡Con dos puñaladas en el vientre!
Julia se tapó el rostro con las manos. Ahora entendía la desesperación de Nikolay por alejarla de sus vidas. De Marinoschka.
De la verdad.
—¿Qué pasaría si te dijera que Nikolay miente?
—¿Por qué?
—Para defender a Natasha.
Olya lanzó un bufido de desesperación.
—¿Para qué tendría Nikolay que defender a Natasha?
—Cuando yo encontré a Natasha, ella no había recibido ninguna puñalada.
—¡Yo vi la sangre! ¡Los vendajes! ¡Todos lo vimos!
—Natasha estaba escondida dentro de un armario. ¡La muy cerda se metió allí para salvar el pellejo! ¡Yo la encontré y no tenía ni un rasguño!
—¡No te creo!
—¡Natasha se escondió en un armario y no intentó salvar a su hija! ¡Se escondió y esperó! ¡Eso fue lo que pasó! ¡Que se escondió! ¡Y por eso quieren alejarme de Marinoschka! ¡Para que no le diga la verdad! ¡La asquerosa verdad!
—¡Mientes, maldita loca! —Olya meneó la cabeza con furia y dio un volantazo—. ¡Mientes, mientes, mientes!
—¡No miento!
—¡Mientes, maldita drogadicta! ¡Te odio! ¡Te odio!
Julia tragó saliva e intentó controlar la rabia. Olya iba dando bandazos con el volante.
—Olya, para el coche. Me bajo.
—¡No! ¡No te voy a dejar aquí!
—Olya, para el coche.
—¡No, maldita loca! ¡Le prometí a Viktor que cuidaría de ti y eso haré! ¡Por Viktor! ¡Lo haré! ¡Lo haré!
Julia estiró la pierna izquierda y, con decisión, apretó el pedal del freno. Hasta el fondo. Los neumáticos chirriaron sobre el asfalto y Olya perdió el control del volante. El coche patinó de medio lado como un tiovivo hasta empotrarse contra el quitamiedos. El desvencijado cinturón de seguridad no evitó que Olya chocase contra el volante. Sus costillas crujieron.
Julia salió disparada contra la luna delantera. Rompió el cristal con la cabeza, golpeó el capó y cayó al suelo. Se quedó inmóvil sobre el asfalto mientras la sangre, lentamente, comenzaba a manar de sus oídos.