20

La defensa Morphy de la apertura española es la línea principal tal y como se juega en la actualidad. Sin duda es la variante más aguda, tanto para las blancas como para las negras. Aparte de otras respuestas buenas, la línea principal continúa con dos variantes básicas dentro de la cual encontraremos el peligroso ataque Marshall.

1.e4 e5 2.Cf3 Cc6 3.Ab5 a6 4.Aa4 Cf6 5.0-0 Cxe4…

Julia ensayó la jugada y se quedó absorta en el tablero.

Llevaba poco más de una semana estudiando el libro de Karpov, jugando dos o tres partidas al día con Marinoschka. Poco más de una semana y ya había descubierto sus estrategias. La primera vez, la niña sacó la dama nada más comenzar y la fulminó con un mate pastor. Luego, siguió utilizando la misma jugada, a pesar de que Julia ya estaba preparada. No obstante, Marinoschka insistía, aunque sacar la dama tan pronto no era bueno, ya que quedaba demasiado expuesta. Durante los dos últimos días, Julia había estudiado la posibilidad de matarle la dama.

Pero le preocupaba la reacción de la niña.

Había descubierto que los recursos de Marinoschka eran bastante limitados, y que se movía dentro de los márgenes que le marcaban unas cuantas jugadas aprendidas de memoria. En unos pocos días, ella había adquirido un nivel semejante al que la niña había conseguido después de años y años de esfuerzo. ¿Cómo lo asumiría? Tenía que ser frustrante.

Julia bebió otro trago de tisana. Estaba irritada. ¿Por qué tardaba tanto en causarle efecto? Había aumentado la dosis al mediodía, cuando Natasha y Nikolay descansaban. Comenzó un blíster nuevo de tranquilizantes y lo vació. La infusión estaba cargadísima. Mucho. Y lo peor de todo es que podía ser una mezcla impredecible, explosiva. Aunque eso, a Julia, poco le importaba.

¿Por qué tardaba tanto en hacerle efecto?

Apuró el vaso y se escanció otro. En un arrebato de furia pasó una mano por el tablero, tirando todas las piezas.

La vida era una mierda.

—Hola.

Julia se volvió lentamente para descubrir a Olya. Se limitó a hacer un leve gesto con la cabeza a modo de saludo.

—He visto a Marinoschka en el pueblo con unas amigas y he aprovechado para venir a visitarte —explicó la rusa.

—Bien —murmuró Julia.

—¿Qué es lo que te pasa? Te he visto tirar las piezas de ajedrez como si estuvieses muy enfadada.

—No vale la pena que aprenda más.

—¿Por qué?

—Porque con lo poco que sé, ya me tengo que dejar ganar —murmuró.

La rusa se sentó frente a ella, y la miró sorprendida.

—¿Ya? ¿Tan pronto?

—He leído dos o tres capítulos del libro de Karpov y es más que suficiente para conocer al dedillo el juego de Marinoschka. En definitiva, una apertura, un par de defensas y para de contar.

—¿Tanto te duele?

—Me duele el engaño, Olya. Me hiciste creer que Marinoschka era una experta y eso es mentira. La pobre no domina más que los rudimentos.

—No es tan poca cosa.

—Por favor… Para ella es todo un logro, pero no para una persona normal.

—¿Qué entiendes tú por persona normal? —preguntó Olya—. Hay mucha gente de esa que tú llamas normal que no tiene ni idea de jugar al ajedrez, y que lo único que sabe es manejar el mando de la televisión.

Julia lanzó un bufido de desdén.

—Ya me has entendido.

—Pero tú no me has entendido a mí —replicó Olya—. Te dije que Marinoschka tiene un leve retraso mental que compensa con voluntad de superación. ¿Te lo dije?

—Sí.

—Pues la próxima vez que juguéis juntas, gánale y dile cómo lo has hecho. Enséñale la jugada.

—¿No se enfadará?

—Sí, muchísimo. —Olya sonrió—. Pero si la quieres un poquito, no te queda más remedio que implicarte.

Julia meneó la cabeza, molesta.

¿Implicarme?

A pesar de la vida en el campo, de limpiar los establos y de recoger las manzanas, aún distaba mucho de ser Laura Ingalls ayudando a su hermanita ciega.

Sobre todo porque aún no sentía los efectos de la infusión. Apuró el tercer vaso y se escanció otro sin mirar a Olya.

—Todo esto es ridículo —replicó, crispada—. No pretenderás que yo me convierta en una cooperante de oenegé.

—Plantéatelo como un reto, sin más —rectificó Olya—. Yo estoy segura de que puedes enseñarle algunas jugadas a Marinoschka. Solo eso.

—La estáis engañando, creándole unas expectativas que no se ajustan a la realidad.

—¿Qué expectativas? —preguntó Olya.

—Marinoschka es dependiente, y por mucho que aprenda, necesitará ayuda toda su vida. ¡Y tú quieres que piense que es un genio del ajedrez!

—Eso no es cierto.

—Sí que lo es. Ella tiene una visión irreal de sí misma.

—Marinoschka vivirá en Krasnarozh’ye, rodeada de todos nosotros. Todos la ayudaremos y no consentiremos que le falte de nada. ¿Qué mal hay en intentar que mejore lo máximo posible?

—Qué bonito —murmuró Julia con desdén—. Qué buenos sois todos.

—Marinoschka lo vale —insistió Olya—. Y tú lo sabes.

Julia tardó unos segundos en responder. Al final, meneó la cabeza con obstinación.

—Da lo mismo que yo me implique como que no me implique. Marinoschka seguirá intentando el mate pastor por los siglos de los siglos.

—Amén —concluyó Olya con una sonrisa beatífica—. Venga, relájate.

Julia suspiró profundamente y bebió un nuevo trago de infusión. Lo cierto es que Marinoschka le preocupaba mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Y, además, comenzaba a sentir cierto sosiego, la inequívoca presencia de la benzodiacepina corriendo por sus conexiones neuronales.

—¿Qué tal la tisana? —le preguntó Olya intentando no mostrar inquietud en su pregunta—. ¿Es efectiva?

—Muy efectiva —respondió Julia asintiendo con vigor.

—Te dije que podías beber toda la que quisieras, pero tal vez es perjudicial…

—¿Perjudicial? ¿Por qué?

—Podría sentarte mal.

—No, qué va —respondió Julia acercándole el termo—. ¿Quieres?

—No, gracias.

—¿Tienes miedo de que te siente mal?

—No, no es eso.

Julia sonrió irónica.

—Tienes razón, es mejor que no la pruebes.

Olya la miró intrigada.

—¿Por qué lo dices?

Julia dudó un instante. Cállate, le dijo una vocecita interior, a la cual no hizo ningún caso. Estaba demasiado sobreexcitada para comportarse con sensatez.

—Vete tú a saber cómo te sentaría.

—¿A qué te refieres?

—La infusión lleva tranquilizantes. No quisiera iniciarte en el consumo de benzodiacepinas.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé —replicó Julia—. ¿Ha sido cosa tuya?

La rusa tardó unos segundos en confesar.

—Pensé que conseguiríamos engañarte.

—Y lo hicisteis. Pero un día decidí husmear en el cajón del comedor y vi que faltaban muchas pastillas, y ya me imaginé que no se las había comido el perro. ¿Adónde habían ido a parar? ¡A mi infusión de Leuzea carthamoides!

—No es Leuzea carthamoides —respondió Olya enrojeciendo.

Ahora le tocó a Julia sorprenderse. Por lo visto, el fraude era completo. Aunque, para ser sinceros, en aquel momento comenzaba a darle igual.

—¿Y qué es?

—Valeriana.

Julia lanzó un bufido de indignación.

—Miserables.

—Cuando te traje la infusión, me dijiste que si era valeriana no te causaría efecto —confesó Olya—, así que pensé otro nombre. Imaginé que si alguna vez habías tomado valeriana, habría sido en cápsulas. Efectivamente, no reconociste el sabor. Y cuando fuiste con Nikolay y Marinoschka a la montaña, tampoco reconociste su flor, que es inconfundible para nosotros.

Ahora Julia recordó cómo se había reído Marinoschka cuando Nikolay le hizo creer que habían ido a recoger Leuzea carthamoides.

Aquel descubrimiento, que incluía a la niña en el grupo de mentirosos que la habían engañado le resultaba, paradójicamente, reconfortante.

—Así que Leuzea carthamoides —repuso Julia, dejando escapar una sonrisa amarga—. Qué imaginación más prodigiosa. ¿El nombre también te lo inventaste?

—No, claro que existe. Pero no crece aquí, sino en zonas casi inaccesibles de Siberia. Además, sus efectos no son sedantes.

—¿Y cuáles son sus efectos?

—Se cree que sirve para reponer las energías en el caso de gran actividad sexual.

—Además de miserables, sois unos guarros. ¿Y eso de la actividad ya lo sabe Marinoschka?

—Por supuesto. Aquí es habitual que a los toros sementales se les mezcle con la comida unas raíces de Leuzea carthamoides para que mejoren su rendimiento con las vacas. Y en el caso de las hembras, para alargar su período de celo.

Julia asintió con un rictus irónico en sus labios. Tampoco le hubiese ido mal a ella.

—¿Estás enfadada? —preguntó Olya con suavidad.

—No.

—Lo hicimos por tu bien, créeme —prosiguió Olya más tranquila—. Pensamos que si le añadíamos pastillas a la infusión y luego íbamos bajando la dosis, te sería mucho más sencillo desengancharte.

—¿Se lo habéis explicado a Marinoschka? —preguntó Julia.

Olya pudo comprobar, una vez más, que la única opinión que le importaba a Julia era la de la niña.

—Lo de las pastillas, no. Pero sí lo de que te engañamos diciéndote que era Leuzea carthamoides —reconoció—. Le costó mucho creer que tú no te darías cuenta de que era valeriana. Yo le expliqué que las personas que viven en las ciudades no saben nada de plantas silvestres.

—Es lógico.

—No es lógico, es incultura. Porque no eres capaz de distinguir la valeriana del saúco o la parietaria del malvavisco. Si te quedases sola en la montaña, morirías enseguida.

—¿Y qué interés tengo yo en quedarme sola en la montaña?

—La vida da muchas vueltas, como puedes ver.

Julia la miró con los ojos entornados, harta de aquel sermón edificante.

—No te ofendas, pero es cierto —insistió Olya—. No has tenido ningún contacto con la naturaleza, no tienes ni idea de qué plantas son comestibles ni cuáles no. Te comerías unas bayas venenosas solo por su bonito aspecto, y morirías a los pocos minutos.

Julia asintió con vigor.

—Como una tonta.

—Tampoco conoces el comportamiento de los animales salvajes. Te asustarías, y ellos notarían tu miedo y te atacarían, devorándote.

Julia ocultó el rostro entre las manos, fingiendo terror.

—Francamente, prefiero morir envenenada. Si puede ser.

—¿Quieres que siga? —preguntó Olya, imperturbable.

—No es preciso. Me hago cargo de que soy una ignorante, una zafia inculta y demás.

—Eso dijo Marinoschka. Y se compadeció de ti.

—Me parece correcto. —Julia empezó a columpiarse en la silla como una niña traviesa—. No sé nada de bayas venenosas, porque yo me enveneno con pastillas perfectamente esterilizadas y envasadas.

Olya no apreciaba el sarcasmo, y Julia empezaba a sacarla de sus casillas. Aun así, como buena y paciente maestra que era, perseveró con su alumna más díscola.

—Así que tienes que rectificar tu opinión acerca de Marinoschka, ya que ella ha nacido y crecido en contacto con la naturaleza, y posee unos conocimientos que le permiten desenvolverse allá donde tú no durarías ni cinco minutos.

—Y yo que me alegro.

—Por tanto, ¿puedes corregir esa estúpida opinión acerca de la dependencia, el retraso mental y todas esas ideas preconcebidas?

Julia estuvo a punto de aplaudir, pero se contuvo.

—De acuerdo, Marinoschka es un genio y, además, tengo que reconocer que la quiero un poquitín —confesó impulsivamente.

—También lo sé —repuso Olya suspirando profundamente. Estaba agotada—. Creo que eres buena persona, a pesar de todo.

—Sí, muy a pesar de todo. —Julia dejó escapar una carcajada que sonó como un ladrido.

—Y por eso voy a salvarte.

—¿A salvarme? ¿De qué? ¿De las bayas venenosas?

—De ti misma.

Julia dejó escapar una carcajada estridente, histérica.

—Me ha encantado —exclamó—. Salvarme de mí misma. Un bonito título para un tratado de autoayuda. ¿Podrías adelantarme un par de párrafos para comenzar?

Olya meneó la cabeza, reprochándole su comportamiento. Tras observarla durante unos segundos, la señaló con un dedo.

—¿Le has metido más pastillas a la infusión?

Julia se balanceó, divertida.

—Sí, alguna.

Olya se levantó con lentitud.

—Perdóname por lo que voy a hacer, Julia.

La joven la miró aturdida. De repente se le habían pasado las ganas de reír. Intuía que algo muy malo iba a sucederle.

—¿Qué vas a hacer?

—Se acabó.

—¿El qué? ¿Qué es lo que se acabó?

Olya hizo caso omiso a sus preguntas y entró en la casa. Llamó a Nikolay y Natasha, que le contestaron desde el piso superior. Julia se levantó de la silla y dio un traspiés. Era incapaz de coordinar sus movimientos. Con torpeza, trastabillando, siguió a Olya. Al llegar a la entrada, se apoyó en el umbral de la puerta y observó con la mirada turbia la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Natasha había abierto el cajón donde guardaba las pastillas, y con horror comprobaba que dos de las cajas que ella creía llenas, ya estaban vacías. La mujer miró a Olya, y luego volvió su mirada a Julia, que se apoyó en la pared, torpemente, incapaz de articular una disculpa.

—Ni una pastilla más, Julia —repuso Olya con dureza—. Vas a sufrir un síndrome de abstinencia terrible, pero estamos preparados. Espero que tú también lo estés, porque no va a ser fácil.

—No es buena idea —repuso Julia con lentitud—. Yo no sé si podré aguantar.

—Sí que podrás. Y aunque no nos creas, lo vamos a hacer por ti —concluyó Olya, mientras Natasha y Nikolay asistían a la escena en silencio, con tal decepción escrita en sus rostros que no tenía valor para mirarlos—. No vamos a permitir que te destruyas.

—No hay salvación para mí. —Julia negó con lentitud mientras se sujetaba a la pared—. No hay salvación.

Olya se acercó a ella, y, tomándola por los hombros, la sacudió con fuerza.

—¡Reacciona! ¡No puedes vivir así, sumida en ese infierno!

Julia meneó la cabeza negativamente y salió de la casa a trompicones. Cruzó el porche tambaleándose y se adentró en el prado. Olya fue tras ella y se interpuso en su camino.

—Tienes que hablar, Julia —le ordenó—. Tienes que librarte de esa pena que te atormenta. Tienes que hacerlo.

La joven negó una vez más.

—No puedo.

—Todo viene de la infancia, ¿verdad?

Julia la miró con los ojos empañados.

—¿Por qué dices eso? ¿Qué sabes de mí?

Olya negó con la cabeza. Había hecho un juramento, muy a su pesar, y tenía que respetarlo.

—No sé nada, solo ha sido un presentimiento.

—Olvídate. Y no me acoses con tus intentos de terapia, porque pierdes el tiempo.

—Yo quiero ayudarte.

—Pero yo no quiero que me ayudes —gimió Julia—. Yo solo quiero que no le digas a Marinoschka que no he sido valiente y que no soy capaz de controlarme. Por favor, no se lo digas.

—Basta de lamentarte, Julia. —Olya estaba furiosa—. Deja de comportarte como una víctima y enfréntate a tu vida de una vez por todas.

—No puedo —musitó ella meneando la cabeza con obstinación.

—Todos hemos sufrido, ¿sabes? —prosiguió Olya, implacable—. Tú no has sido la única. Viktor ni siquiera conoció a su padre, y su madre lo abandonó con cinco años, y Sasha, ¿sabes que tiene leucemia?

Aquel fue un golpe bajo, por el estilo y por el momento. Pero Julia no estaba en condiciones de devolverlo.

—Lo lamento —murmuró.

—¡No lo lamentas! —Olya extendió los brazos al cielo—. ¡Vives muy a gusto en tu burbuja de autocompasión! ¡Seguro que piensas que tu drama es muy superior a los nuestros!

—No es eso, no es eso…

Una arcada obligó a Julia a doblarse sobre sí misma. Cayó de rodillas sobre el prado, humillada.

—Es que no puedo superarlo.

Y vomitó.

Cuando Marinoschka regresó, Olya ya se había ido. La niña intentó convencer a Julia de que jugasen una partida de ajedrez, pero la joven se negó repetidamente. Natasha llamó a la niña y le ordenó que preparase la mesa para la cena. Marinoschka obedeció sin entender por qué todos tenían aquel aspecto tan sombrío, pero no rechistó. Estaba demasiado alegre después de una tarde de correrías y travesuras, y ya que había cometido alguna trastada de la cual Natasha recibiría cumplida información al día siguiente, prefería no irritar a su madre de antemano.

Después de cenar en completo silencio, Nikolay y Natasha se sentaron frente al televisor, mientras Julia se ofrecía a lavar los platos y Marinoschka hacía unos deberes que acababa de recordar, entre los blandos reproches de sus padres. Julia miró de reojo un programa en el cual los concursantes tenían que superar todo tipo de ridículas y humillantes pruebas. En definitiva, el sumun del entretenimiento sin desgaste neuronal. De pronto, el programa fue interrumpido por un avance informativo. Una presentadora con dos trenzas rubias enrolladas en la cabeza —modelo Yulia Timoshenko— comunicó una noticia de última hora. En la pantalla apareció la imagen de un furgón policial con las puertas traseras abiertas y atravesado en mitad de una carretera. En el suelo había dos bultos cubiertos por mantas. De ambos fluían espesos regueros de sangre que se habían extendido por la calzada. Tras aquella imagen tan brutal, se escuchó la voz en off de un periodista, mientras en la pantalla salían las fotos de dos individuos. Julia se secó las manos y se acercó a la televisión para observarlos de cerca, atraída por una mezcla de horror y curiosidad morbosa. Se trataba de dos hombres jóvenes, cuya torva mirada transmitía una siniestra impresión de perversidad. Eran dos delincuentes muy peligrosos, que habían conseguido huir dejando un rastro de sangre tras ellos.

Cuando aquellos rostros desaparecieron de la pantalla para dar paso al programa de batacazos, ella observó a Natasha y Nikolay, y comprobó que ellos ni se habían fijado. Ni un comentario, ni la menor inquietud en sus rostros. Marinoschka seguía concentrada en sus ejercicios de matemáticas y solo había dedicado unos segundos de atención a la noticia. El mundo era así de brutal, y los asesinatos se sucedían con tal frecuencia que el espectador los observaba imperturbable. El mundo seguía rodando, y Julia volvió a la cocina y acabó de secar los platos. El mundo seguía rodando mientras en su retina se habían grabado aquellos rostros para siempre.

Unos dos mil kilómetros al oeste y en distinto huso horario, pero en aquel mismo instante, Svetlana cruzaba el lujoso vestíbulo del hotel Beau Rivage. Su rostro era tan sombrío como el de Julia Irazu Martínez, y aunque seguramente no llegarían a conocerse en la vida, tenían mucho en común. Sobre todo un sentimiento desapacible, la certeza de que el futuro iba a depararles sorpresas muy desagradables.

Aquel día había sido un buen ejemplo.

En cuanto Svetlana supo que aquella mujer era Karina Sokolova, intuyó que esta le haría revelaciones acerca de sí misma que cambiarían de forma súbita el curso de los acontecimientos, como así había sido.

Había un antes y un después de aquella entrevista.

Karina Sokolova era la madre de Viktor Sokolov, y como ella bien había dicho, aun siendo malo, no era lo peor.

Svetlana vio a Viktor en el bar Atrium, dentro del hotel. De repente sintió un repentino bienestar, una minúscula gota de alegría insospechada. No había contemplado más que los aspectos negativos de aquella revelación, pero ahora descubría que, quizá, no todo fuese tan malo. Viktor Sokolov había dejado de ser un hombre cualquiera. Era un buen tipo, o es que, ¿sabía algo?

Imposible.

Cuando él la vio, dejó el vaso sobre la barra y se acercó con paso rápido. En su mirada llevaba escrita la ansiedad. Viktor Sokolov se preocupaba por ella. Svetlana respiró profundamente. Era reconfortante. No obstante, recordó de improviso que había flirteado con él y aquel recuerdo la avergonzó. Pero ¿ella qué iba a saber?

—¿Estás bien? —le preguntó Viktor tomándola del brazo.

—Sí, tranquilo.

—Empezaba a impacientarme.

—Todo ha ido perfecto —insistió Svetlana, intentando mostrarse tranquila—. Además, ya sé dónde vamos a encontrarnos con Martín Arístegui. Será mañana, en un pueblo a unos veinte kilómetros de Ginebra que se llama Yvoire. Hemos quedado a las…

—Deja los detalles para más tarde —interrumpió Viktor—. ¿Quién era esa persona tan importante con quien tenías que entrevistarte? ¿Por qué yo no podía acompañarte?

Svetlana recordó las últimas palabras de Karina Sokolova.

«No quiero que le digas nada a Viktor, yo me ocuparé de él cuando llegue el momento».

—Se trata de alguien que va a ayudarnos a atrapar a Djacenko.

—¿Y por qué tengo que quedar excluido?

—Es que ese alguien tiene razones personales para ayudarme.

—¿Razones personales? —repitió Viktor examinándola con detenimiento—. ¿Puedes hablar más claro?

Svetlana reflexionó durante unos instantes. Al fin y al cabo, podía confesarle la mitad de la historia, la que le afectaba a ella. Nada había dicho Karina Sokolova al respecto.

—Esa persona que he conocido —confesó Svetlana con voz temblorosa— es mi madre.