14
Krasnarozh’ye era un pueblecito de postal. No más de treinta casas de madera agrupadas en torno a una pequeña iglesia ortodoxa de sobria cúpula gris. Minutos antes, Sasha se había apartado de la carretera para tomar un camino sin asfaltar. La humedad lo había convertido en un lodazal casi inexpugnable, como si sus habitantes intentasen protegerse del acoso de los turistas.
Tras dos kilómetros de camino serpenteante, internándose más y más en un espeso bosque, tan verde que no parecía de verdad, la senda murió en una amplia explanada. Y frente a ellos, Krasnarozh’ye. Tal y como había imaginado Julia, una aldea perdida en mitad del bosque.
Sasha se detuvo frente a la iglesia, y de la nada surgieron hombres, mujeres y niños. Todos rubísimos y rebosantes de salud. Al bajar del coche lo recibieron como a un héroe, algunos incluso lo abrazaron y besaron efusivamente, mientras Julia miraba la escena con estupor. Él era completamente distinto a todos, como si fuera de otro planeta. Quizá Sasha fuese un campeón mundial de ajedrez, un orgullo nacional. Tal vez los habitantes de Krasnarozh’ye saludaban así a todo el mundo. Bien, ella no estaba dispuesta a someterse a semejante recibimiento.
—Sal del coche —le ordenó Sasha.
—Ni hablar.
—Sal del coche ahora mismo.
Julia obedeció a regañadientes para comprobar, con alivio, que nadie se le acercaba. No solo eso, enseguida descubrió que todos la observaban con desprecio, hasta los niños. Los hombres le lanzaron una mirada analítica, que resbaló por su cuerpo sin encontrar ni una sola curva donde detenerse, y las mujeres sonrieron con suficiencia, conscientes de su superioridad genética. Así que nada de calurosa bienvenida, sino todo lo contrario. Julia hubiera preferido ser recibida con indiferencia.
—Me siento como una cucaracha negra en mitad de un campo de trigo —murmuró, dolida.
Sasha dejó escapar una carcajada. A continuación, dirigió a su rendida audiencia unas palabras tranquilizadoras, y todos transformaron el semblante en una sonrisa compasiva. El momento de tensión había pasado.
—¿Qué les has dicho?
—Que no eres mi novia. Que no tengo absolutamente nada que ver contigo y que no me gustas nada.
—¿Y eso los ha tranquilizado?
—Pues sí —aclaró Sasha—. Mis familiares quieren que me busque una mujer hermosa y sana para tener muchos hijos hermosos y sanos.
—Me encanta —repuso Julia molesta—. Y tú, ¿ya te has mirado bien al espejo?
—Cuidadito conmigo, que aún estoy a tiempo de dejarte en un descampado —replicó Sasha con una sonrisa maliciosa.
Julia se pasó el pulgar y el índice por los labios en un gesto expresivo de silencio.
—Exacto, calladita —dijo Sasha satisfecho—. Y ahora vamos a la que será tu casa.
—No he visto a ninguna niña con síndrome de Down entre tu coro de admiradores.
—Marinoschka y sus padres no viven en el pueblo —aclaró Sasha—, sino en lo alto de la loma. Pero no podemos ir en coche, porque después de las últimas lluvias el camino se ha convertido en un barrizal. Así que, ¡en marcha!
Sasha cogió la bolsa de Julia del maletero, y después de unas breves explicaciones a todos los que les rodeaban, instó a la joven a acompañarlo. Ella se encogió de hombros y comenzó a caminar tras él, sin hacer ningún gesto de despedida y sin recibir ni una palabra de ánimo.
Atravesaron el pueblo en menos de cinco minutos, y al otro lado les esperaba el bosque. El camino de tierra que debía conducirlos a lo alto del montículo ahora parecía un río de barro. Los pies se les hundieron al primer paso, y desde ese preciso instante Julia comenzó a maldecir, y no calló durante todo el trayecto. Sasha iba delante, en silencio, imperturbable, mientras ella hundía una y otra vez los pies en el fango hasta los tobillos, y notaba un dolor creciente en los músculos de las piernas. Cuando ya estaba casi desfallecida y dispuesta a rendirse, el camino dejó de ascender y viró a la derecha.
Entonces vio la casa.
Era una tradicional izby —casa de campo rusa—, de madera, con los marcos de las ventallas tallados y pintados en vivos colores. Julia se detuvo a tomar aliento y la observó admirada. Era un paraje idílico, frente a un enorme prado salpicado de flores amarillas.
A la entrada había una muchacha que se levantó de un salto nada más verlos, y se acercó corriendo, con un perrillo pegado a sus talones que ladraba desaforadamente. Al llegar, se detuvo a tomar aliento y Julia la observó con curiosidad. Era una niña preciosa, a pesar de los rasgos mongólicos y de una incipiente obesidad. Y rubísima, como todos. La niña se abalanzó sobre Julia y la oprimió entre sus brazos, mientras el perro saltaba a su alrededor intentando unirse a la fiesta. Después de estrujarla durante unos segundos, la liberó y sonrió entusiasmada.
—Priv’et! —exclamó—. Min’a zavut Marinoschka!
Julia cerró los ojos y meneó la cabeza, desesperada. Aquel era el abrazo más efusivo que recordaba haber recibido en su vida. En definitiva, un horror. No obstante, abrió los ojos, y después de mirar a Sasha de reojo, contestó:
—Yo me llamo Julia.
—Julia! —exclamó Marinoschka encantada, como si aquella fuera una excelente noticia.
Del interior de la casa habían salido los padres de la muchacha, que alertados por los ladridos del perro, los estaban esperando en la entrada. Al llegar hasta allí, Julia y Sasha recibieron un cálido saludo de bienvenida. Ellos se presentaron como Natasha y Nikolay, y después de dirigir a Julia unas cuantas frases amables, y de ver que ella no mostraba ningún interés en resultar simpática, tomaron a Sasha por un brazo y se apartaron unos metros.
—No hace falta que os alejéis para hablar mal de mí —repuso Julia con menosprecio—. Yo no entiendo ruso, ni tengo la menor intención de entenderlo.
Natasha le envió una mirada de reproche; el tono que había utilizado la joven era inconfundible. No obstante, como si Julia no le mereciese más atención, se volvió hacia Sasha y le lanzó una andanada de preguntas, que este contestó dubitativo. Era evidente que poco podía saber Sasha de Julia Irazu Martínez, aparte de su propia y desagradable experiencia a lo largo de las dos horas que había tenido que soportarla. Julia se encogió de hombros y se sentó en un tronco, mientras el perro brincaba ante ella con la lengua fuera e intentando obsequiarla con un lametón. Al parecer, el can era impermeable al desaliento, y no desistió por mucho que ella intentó alejarlo.
—Putin!
El perrillo miró a Marinoschka, que se hallaba con el grupo de adultos. Movió la cola, pero volvió a la carga. Mientras tanto, ahora era Nikolay el que llevaba el peso de la conversación.
—… pazhalusta, schet, ya sdes pa nuzcha kakoy muy rasbuidite jarosheva, Michael Jackson?
Julia levantó la mirada y lo observó sorprendida.
¿Michael Jackson?
Nikolay se sonrojó, y después de recibir una amonestación de su mujer, todos se apartaron aún más. Bien, ahora ya sabía de qué estaban hablando. Era evidente que aquellos pobres intentaban encajarla en su imaginario de bichos raros. Y francamente, salvando las diferencias, el hecho de que la comparasen con el rey del pop no le parecía mala idea. Por un momento estuvo tentada de levantarse y danzar ante ellos como un zombi, y aquella idea le pareció divertidísima.
Cause this is thriller, thriller night
there ain’t no second chance against
the thing with forty eyes.
Empezó a reír con desmesura, en parte por lo surrealista de la situación, en parte por el descontrol y el estado de ansiedad que se estaba apoderando de su ánimo.
You know it’s thriller, thriller night
¿Y si se levantaba de repente y se dirigía a ellos con los ojos desencajados y enseñando los dientes? Pum, golpe de cadera… Thriller… Soy un muerto viviente… ¿No os habéis dado cuenta, idiotas?
You’re fighting for your life inside of killer,
thriller tonight
La risa se tornó violenta, convulsa, y durante unos segundos Julia temió que iba a ser víctima de un ataque de locura. Respiró profundamente, y consiguió controlar poco a poco los espasmos. Al cabo de unos minutos, extenuada pero serena, dirigió su mirada hacia los que la rodeaban. Todos observaron con un brillo de horror en sus ojos, conscientes de que se enfrentaban a una adicta con síndrome de abstinencia. Ella misma fue consciente de la fragilidad de su cuerpo, de lo fácil que era perder el control. Avergonzada, ocultó el rostro entre las manos, y por eso no pudo ver cómo Natasha entraba en la casa y salía con una pastilla y un vaso de agua. Se la ofreció a Julia, que levantó la mirada, y a pesar de lo humillante de la situación y de la triste evidencia, la tomó con manos temblorosas y se la tragó.
—Gracias —acertó a decir.
Natasha le acarició el cabello con suavidad.
—Gracias nyet, spasiba.
—Spasiba —susurró Julia.
La conversación entre Sasha y los padres de Marinoschka duró poco más, ya que a estos últimos les había quedado muy claro el tipo de espécimen con el que tendrían que lidiar. Julia se había sentido una outsider allá donde estuviera, pero ahora ya había adquirido la categoría de monstruo, algo realmente anormal. Sasha se despidió de los tres miembros de la familia, y se acercó.
—Me voy a ir.
—Adiós. —Julia ni se dignó levantar la mirada.
Sasha se agachó frente a ella y le puso las manos sobre las rodillas, a pesar del gesto de rechazo con que lo recibió la joven.
—Ya sé que no es fácil para ti —murmuró—. Y ya sé que estás pensando que voy a volver a aburrirte con un discursito de los míos.
—Exacto.
—Óyeme, Julia. —Él le tomó la barbilla con las manos para obligarla a mirarlo a los ojos—. Tienes todo lo que yo envidio. ¿No te das cuenta?
—¿Todo? —preguntó, sarcástica—. ¿A qué te refieres? ¿A mi simpatía natural? ¿A mi autocontrol? ¿A mi síndrome de abstinencia?
—Tienes una vida por delante.
Bruscamente, Sasha se acercó, y la besó en las mejillas. Después, sin decir ni una sola palabra más, se levantó y se fue.
Dos miligramos de benzodiacepina eran para Julia lo mismo que, para un niño, pegarle una chupadita a un Maxibon. O sea, tortura psicológica. Quizá fuera lo suficiente para no sufrir alucinaciones y desvaríos, pero ella no notó ni la más mínima sensación de bienestar. Estaba tensa, rabiosa y deprimida. Pasó más de dos horas sentada en el tronco, sin molestarse en conocer la casa ni los alrededores, sumida en aciagos y terribles pensamientos autodestructivos. Hasta Putin se cansó de ella y volvió a sus quehaceres cotidianos.
—Pauzhinat’!
Julia permaneció con la cabeza escondida entre los brazos. Marinoschka repitió la palabra, ahora en voz alta, sin éxito. Tras unos segundos de indecisión, tomó a Julia de un brazo y estiró con fuerza, levantándola de un salto.
—¿Qué haces, maldita mongólica? —Julia intentó deshacerse de la mano de Marinoschka, pero ella apretó con fuerza, clavándole los dedos en el brazo.
—Pauzhinat’, pauzhinat’! —repitió la niña, imperturbable.
—¡Suéltame, estúpida! ¡Suéltame ya!
Marinoschka comenzó a arrastrarla hacia la casa, sin hacer caso de sus palabras. Era muchísimo más fuerte que Julia, y para ella no significaba ningún esfuerzo manejarla como a una marioneta.
—Nyet, nyet! Ochyen’zhdu! Ya jachu tut pauzhinat’!
Era evidente que Marinoschka estaba dispuesta a llevarla a rastras si era preciso, así que Julia dejó de oponer resistencia.
Nada más cruzar el umbral, a la joven le vino un delicioso aroma a carne guisada, que aumentó aún más su sensación de desdicha. No tenía hambre y eso que no había comido durante mucho tiempo. Quizá ni siquiera había almorzado. Tal vez llevaba veinticuatro horas sin ingerir alimento.
No lograba recordarlo.
Su mirada recorrió la estancia. Se trataba de un amplio comedor con la cocina al fondo, todo en madera, vigas incluidas, también talladas. Sobre los muebles, de abedul, había multitud de objetos decorativos, aunque el que despertó la atención de Julia fue una muñeca matryoshka al lado de una colección de jojlomas de todos los colores del arco iris. En vez de una vivienda auténtica, Julia tuvo la sensación de que acababa de entrar en una tienda de souvenirs, tal era la profusión de motivos decorativos y la viveza de sus colores.
Marinoschka se descalzó —el suelo estaba cubierto de alfombras— y esperó a que Julia la imitase. Después, Natasha invitó a la joven a sentarse a la mesa y puso frente a ella una humeante jarra de cerámica. Ella miró en su interior con curiosidad, y descubrió un guiso de carne con patatas.
—Zharkoye —anunció Natasha.
Julia negó con la cabeza, y apartó la jarra. Casi de inmediato, Marinoschka la volvió a acercar, y con expresión amenazante cogió la cuchara. Julia la miró a los ojos.
—¿Me vas a hacer comer a la fuerza? —le preguntó.
Marinoschka asintió con vigor, como si la hubiese entendido.
—Da.
Julia comenzó a comer. Masticó cada bocado lentamente, luchando con el nudo que tenía en la garganta. Después de más de media hora, consiguió ingerir la mitad de lo que contenía la jarra. Levantó la mirada, implorante, y recibió un compasivo asentimiento de Natasha.
La tortura había concluido.
Tras la cena, Marinoschka recogió los platos y los fregó, mientras Nikolay y Natasha se sentaban frente a una antiquísima televisión sin mando a distancia —Julia no sabía que existían—, y se pusieron a ver una serie de ficción plagada de crímenes, en la que un veterano héroe de la guerra de Chechenia —metrallón en mano— se enfrentaba a una horda de patosos espías británicos y delincuentes occidentales en general. O algo parecido. Más tarde, el héroe dio paso a un programa de dibujos animados sospechosamente parecido a South Park, pero con unos personajes que simulaban políticos rusos. Julia lo observó durante unos minutos, pero no vio a nadie que se pareciera a Vladimir Putin ni tampoco a Dimitri Mevdeved.
Aún no eran las diez de la noche cuando Nikolay se levantó del sofá, y tras bostezar ruidosamente, apagó la televisión. Natasha se levantó también y abrió un cajón del mueble del comedor. Ante la mirada de asombro de Julia, sacó una pastilla y se la dio a la joven, acompañada de un vaso de agua.
Sorpresa.
Los tranquilizantes no estaban guardados en una caja de caudales con una combinación de diez dígitos, ni escondidos tras un cuadro de varegos cazando martas en Siberia, ni tampoco protegidos por un cosaco armado con la shashka y dispuesto a rebanarle el cuello. Sus amadas benzodiacepinas estaban dentro de un cajón del comedor, tan accesibles que Julia empezó a sudar copiosamente. Aceptó la pastilla con la mirada brillante, un alegre spasiba, y la certeza de que aquella noche se iba a dar un festín.
A las diez en punto estaba dentro de una cama, en la misma habitación que Marinoschka, y embutida en uno de sus pijamas. Había recibido dos cálidos besos de la niña, de su madre, un lametón de Putin y una palmadita en la espalda de Nikolay. Nada de eso le importó. Nada, solo las veintiocho pastillas de benzodiacepina que la estaban esperando dentro del blíster.
Las horas pasaron lentamente. Las once. Las doce. El corazón de Julia le martilleaba en el pecho con tal fuerza que pensó que despertaría a Marinoschka. No. La niña dormía plácidamente el sueño de los justos, emitiendo un levísimo ronquido que, en otras condiciones, hubiese irritado a Julia. En cambio, en aquella situación le resultaba calmante, un fantástico indicador de que la niña dormía. Faltaban unos minutos para la una de la madrugada cuando Julia se levantó con sigilo y atravesó el cuarto. Ya en el corredor, comenzó a descender con cuidado los peldaños de madera que la conducían a la planta baja. De repente, se acordó de Putin y se detuvo. El perrillo la observaba al pie de la escalera, con la cola en movimiento y la lengua fuera. Julia siguió bajando las escaleras, con la esperanza de que el can no comenzase a ladrar. Al llegar hasta él lo acarició suavemente y murmuró unas palabras amables, algo que no había hecho en su vida, ni con perro ni con humano. Putin pareció satisfecho y siguió a Julia alegremente por el comedor, tan silencioso como la joven.
Julia abrió el cajón. Dentro había seis cajas de medicamentos. Las tomó con manos temblorosas y las miró a la tenue luz dorada que reinaba en el comedor. Su estado de ansiedad era tan extremo que ni siquiera se sorprendió de que a la una de la madrugada entrase la luz del sol por la ventana. Cogió la caja comenzada y empezó a sacar comprimidos de las celdillas. Hasta cinco. Se los metió en la boca y los comenzó a masticar. Le pareció oír un crujido y se detuvo. De repente, la luz del comedor se encendió, y apareció Marinoschka al pie de la escalera.
—Nyet, nyet! —gritó furiosa.
Julia intentó tragar el engrudo, pero antes de que pudiera conseguirlo, la niña ya había llegado hasta ella. Julia se revolvió, dispuesta a defender su botín, pero su inferioridad física era aplastante. Marinoschka la derribó de un brutal bofetón, y del mismo golpe la joven vomitó parte de la masa. Ya en el suelo, la niña se abalanzó sobre ella y le introdujo los dedos en la boca hasta la campanilla, arrastrando todo resto de pastillas. Julia sintió unas arcadas horribles y acabó de expulsar hasta el último grumo de benzodiacepina. Derrotada, se quedó acurrucada en el suelo, en posición fetal. Marinoschka se levantó y se la quedó mirando, con los brazos en jarras y la respiración agitada. Natasha y Nikolay habían bajado las escaleras y observaban la escena, preocupados. Aquello era mucho más complicado de lo que esperaban. Julia se levantó con dificultad, y trastabillando, se dirigió a la puerta de entrada. La niña fue tras ella, pero sus padres la detuvieron.
—Poka vsyo, Marinoschka.
Julio abrió la puerta y salió al exterior. Ni siquiera tenía fuerzas para huir. Dio unos veinte pasos, cayó sobre la hierba y empezó a llorar.
Había pasado un cuarto de hora cuando Putin llegó hasta ella y le lamió las lágrimas que le resbalaban por el rostro. Julia ni se dio cuenta. Tampoco notó que Marinoschka la envolvía con una manta y se sentaba a su lado, abrazándola. Pasó media hora más. Eran las dos de la madrugada y reinaba una tenue claridad, que parecía provenir de una antorcha misteriosa oculta un poco más allá del fin del mundo. Julia comenzó a notar un intenso sopor, y la sensación de que su corazón latía más despacio. La angustia que le oprimía el pecho comenzó a ceder, dando paso al agotamiento. Se incorporó y miró a Marinoschka, que permanecía a su lado, dándole calor. Sonrió levemente, y la niña la apretó entre sus brazos. Julia señaló con un dedo el dorado horizonte.
—Noches blancas —susurró.
—Belye nochi —respondió Marinoschka.
—Belye nochi —repitió Julia con un hilito de voz.
Y se desmayó.