19
Diez días después, Viktor recibió una llamada de Ivanov, para informarle de que tenía que estar a las cuatro de la tarde en una terminal del aeropuerto de Púlkovo. A pesar de que Viktor intentó arrancarle alguna información, el hombre se limitó a recordarle que llevase su documentación y que fuese puntual.
Cuando el ruso miró su reloj y comprobó que ya pasaban treinta minutos de la hora convenida, lanzó un bufido de impaciencia. Había visto en el panel de anuncios que el vuelo con dirección a Ginebra salía en menos de una hora.
Fue entonces cuando la vio llegar y casi no la reconoció.
Svetlana ya no cubría su rostro con una espesa capa de maquillaje, pero tampoco iba con la cara lavada. Curiosamente, ahora no parecía una niña. Después de todo, quizá tuviese veinte años. Al llegar hasta él, Viktor pudo observar que aunque ya no llamaba la atención con su indumentaria provocativa, era una joven de gustos caros. Camiseta Givenchi, pantalones Paige Premiun Jeans, deportivas Bikkembergs. Y en la muñeca, un Cartier.
Evidentemente, el comunismo había fracasado con Svetlana.
—Llegas tarde.
—He tenido que cambiar rublos por francos suizos —se disculpó ella haciendo un mohín—. Por cierto, me gustan estos suizos, siempre tan suyos, pasando del rollo de la Unión Europea y sus estúpidos euros.
—Has tenido diez días para ir al banco.
—No seas paleto. Seguro que eres uno de esos pueblerinos que llegan al aeropuerto tres horas antes.
Viktor estuvo a punto de replicar, pero se contuvo. Era demasiado fácil entrar en aquel juego infantil de acusaciones cruzadas.
—Venga, vamos —la apremió—. Aún perderemos el vuelo.
Facturaron los equipajes. Al mostrar sus pasaportes falsos, a nombre de Ivan Rupniewski y Katrina Karpova, no tuvieron problemas, y eso que Viktor se quedó en blanco y no recordaba su nombre. Después de recorrer Europa bajo cuatro o cinco identidades distintas comenzaba a tener problemas de personalidad. Finalmente, la empleada les entregó las tarjetas de embarque. Ambos dejaron sus respectivas maletas sobre la cinta transportadora. El equipaje de Svetlana también era de marca.
Después de pasar varios controles de seguridad, y ya dentro de la zona de pasajeros, ella quiso dedicar el poco tiempo que le quedaba a recorrer los duty free. Viktor se negó, señalando el reloj.
—Sobra tiempo —insistió la joven.
—Haz lo que quieras —contestó Viktor encogiéndose de hombros—. Por mí te puedes quedar en tierra.
—Qué desagradable eres.
—Mucho.
—¿Sabes cuál es el mejor duty free del mundo? —le preguntó ella, alegremente.
Viktor la miró con los ojos entrecerrados. Aquella muchacha estaba acabando con su paciencia y eso que no llevaba ni diez minutos con ella.
—El de Puerto Iguazú, es maravilloso —concluyó Svetlana, imperturbable.
El ruso creía que las cataratas de Iguazú eran maravillosas, no había oído nada acerca de su duty free. Pero cuando iba a hacerle algún comentario cáustico a la joven, esta ya se dirigía a la tienda libre de impuestos más cercana. Viktor la observó malhumorado mientras ella se dirigía a un mostrador de perfumes, y le pedía varias muestras a la dependienta. Después de olisquear con fruición varias tiras de papel secante y de lanzar todo un repertorio de exclamaciones y grititos, Svetlana se decidió por un pequeño y estrambótico frasquito que, desde la distancia, a Viktor le pareció que tenía la forma de un ángel de color rosa. Desde megafonía una azafata anunció el vuelo a Ginebra, y Svetlana salió del duty free con el perfume, después de abonar una cantidad obscena de rublos.
Viktor la miró con desdén mientras se acercaba.
—Sé que piensas que soy una frívola —repuso ella al llegar a su lado—, pero te equivocas. No soy lo que aparento.
De manera inconsciente, Viktor recordó su último viaje de avión. Con Julia. Ni relojes caros, ni jeans de diseño, ni botes de colonia con formas celestiales. Ella se conformó con una libreta y un bolígrafo, y ni siquiera se molestó en merodear por el duty free. Julia hablaba poco, ni un uno por ciento de lo que bullía en su cerebro. Y sus comentarios, aunque crudos e irónicos, estaban llenos de sustancia. Una sustancia sincera y brutal. Como ella.
La sensación de añoranza fue repentina e intensa, y durante unos instantes lo desconcertó. Aquel desastre de mujer, dependiente de los medicamentos. Bajita, poca cosa, ni guapa ni fea. De mirada oscura, de oscuro pasado y aún más oscuro futuro.
Julia.
Viktor meneó la cabeza, como si con aquel sencillo gesto pudiese disipar sus pensamientos. No. Los sentimientos románticos no entraban dentro de sus planes. Y mucho menos, cuando se trataba de una persona desequilibrada como Julia Irazu Martínez, que no tenía en su vida más objetivo que destrozarla lo antes posible. Era ridículo.
No obstante, aquel sentimiento se aferró obstinado a su ánimo, sumiéndolo en un fastidioso malestar.
Nada más ocupar sus asientos, Viktor se ajustó el cinturón de seguridad y cerró los ojos, dispuesto a dormitar, o como mínimo, a evitar la conversación de Svetlana. Ella se puso unas gotas de perfume en el dorso de la mano y se dedicó a olisquearla durante todo el tiempo que duró el despegue. Luego, cuando una azafata anunció que ya podían desabrocharse los cinturones de seguridad, ella suspiró profundamente y miró a Viktor con desdén.
—Qué aburrido eres.
El ruso entreabrió un ojo.
—Sí.
—¿Quieres que hablemos de algo?
—De perfumes, no. Por cierto, apestas a flor podrida.
—Es Yves Saint Laurent.
—Oh.
—Me tranquiliza.
—¿El qué? ¿Oler a flor podrida?
Svetlana lo miró con tal expresión de odio que Viktor dejó escapar una carcajada.
—Perdona, muchacha —se disculpó—. ¿Qué pasa? ¿Te da miedo volar?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Me da pánico —respondió, haciendo pucheros.
—¿Y esnifar perfume te tranquiliza?
—Sí.
—¿Y no te valdría agua de lavanda?
—La dependienta me dijo que el olor de este perfume era muy seductor.
—La dependienta estaba drogada, seguro.
Svetlana meneó la cabeza.
—Lo que pasa es que no me encuentras atractiva.
—Eso debe de ser.
—Quizá no sabes apreciar una belleza delicada como la mía.
—Ciertamente.
—Porque yo valí un Cézanne.
Viktor la miró, sobresaltado.
—¿Qué?
—Lo que oyes. ¿Podrías tú pagar un Cézanne?
—¿A cambió de qué?
—De mi virginidad.
—No pagaría ni un rublo por la virginidad de nadie.
—No te creo.
—Me importa un rábano que no me creas —concluyó Viktor y volvió a cerrar los ojos, dando la conversación por acabada.
Svetlana se mantuvo en silencio unos instantes.
—Hay muchos hombres dispuestos a pagar fortunas por desflorar a una jovencita, cuanto más jovencita mejor.
—El mundo está lleno de pervertidos —murmuró él.
—Pervertidos con dinero.
—Sí, veo que eso te ha quedado claro —replicó Viktor mordaz.
—¿Qué quieres decir?
—No quiero herirte. —Viktor meneó la cabeza—. Pero tu actitud, digámoslo poéticamente, no encaja con el de una mujer traumatizada. Creo que, en vez de vengarte de Djacenko, tendrías que darle las gracias por enseñarte una forma de ganar dinero fácil.
Svetlana tardó unos segundos en responder. Al final, dejó escapar una carcajada histérica.
—¿Qué te pasa ahora? —preguntó Viktor extrañado.
—Que al final, el Cézanne será para mí.
—¿Qué pasa? ¿Piensas comprárselo a Djacenko?
—No será necesario.
—¿Quieres explicarte mejor, Svetlana? No tengo ganas de jugar a las adivinanzas.
—Tienes que saber que Boris Djacenko no es un simple traficante. —El tono de voz de la muchacha era irritante—. No busca solo enriquecerse, aunque es multimillonario, sino ganar a todos los que, como él, quieren hacerse con la obra de arte más impresionante, la más renombrada. No le mueve el amor a la belleza, solo el deseo de poseer una pieza única. El ansia de propiedad es el valor absoluto. La finalidad no es el arte en sí, sino el coleccionismo.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo?
—Boris Djacenko compite con otros mafiosos para ver quién consigue apropiarse de la obra más extraordinaria —prosiguió Svetlana, impermeable a la creciente impaciencia de Viktor.
—¿Y qué?
—Está poseído por la ambición, y cuando descubre que un cuadro famoso se mueve por el mercado negro, se obsesiona de tal manera que haría lo que fuera por conseguirlo. Lo que fuera, ¿entiendes?
—Lo entiendo —respondió Viktor cansado—. Mataría a su madre.
—No mataría a su madre porque ya está muerta —replicó Svetlana—. Pero tiene una hija. Y no la mataría, porque no le reportaría ningún beneficio. Mejor… venderla.
Viktor tragó saliva al comprender.
—¿Tú eres su hija?
Svetlana lo miró durante unos instantes, y al final asintió con vigor.
—Por eso te digo que el Cézanne será para mí. Porque yo soy su heredera.
Viktor meneó la cabeza, impresionado.
—¿Él te obligó? ¿Tu propio padre te obligó a prostituirte?
Svetlana tardó unos segundos en contestar.
—No, exactamente —confesó—. Él me lo pidió, me dijo que sería la primera y la última vez. En realidad, mentía. Hubo otras veces… Primero fue un Cézanne, después un Dubuffet, más tarde un Watteau, al final un simple boceto de Miró. Mi precio ha ido bajando conforme he sido usada. —Svetlana sonrió amargamente—. Ya ves, me he devaluado.
—¿No pudiste negarte?
Svetlana sonrió amargamente.
—No. Él vino a buscarme a la escuela privada donde estaba interna estudiando. Me dijo que no había otra solución, que si yo no aceptaba, nos arruinaríamos.
—¿Le creíste?
Svetlana se encogió de hombros.
—¿Qué querías que hiciera?
—¿Y tu madre? ¿No se opuso?
—¿Mi madre? No sé quién es mi madre.
Viktor la miró insistente, esperando que ella prosiguiera, a lo que Svetlana accedió con desgana, como si hablar de su madre fuese el tema más aburrido del mundo.
—Ella me abandonó al nacer. Mi padre… —Svetlana meneó la cabeza con irritación—, quiero decir Djacenko, me aseguró que era una mala mujer, que se quiso deshacer de mí. Me dijo que si hubiese sido por ella, hubiera abortado. Bah, qué más me da.
El ruso asintió, abatido. La realidad era mucho más brutal de lo que esperaba, y Svetlana no la había asumido en absoluto, por mucho que quisiera aparentar desinterés. Él lo sabía por experiencia propia.
—Lo siento mucho —murmuró—. No era mi intención juzgarte, ni mucho menos. No debe de haber sido fácil.
—No lo ha sido —añadió ella—. Piensa que yo tenía catorce años cuando Djacenko me vendió. Él era todo lo que yo tenía, el único en el que yo podía confiar. Y me vendió. Entonces supe que estaba sola en el mundo.
—¿Y por qué no huyes? Ahora ya tienes veinte años. Empieza una vida nueva, aléjate de todo.
—Es imposible —negó Svetlana—. Estoy acostumbrada al lujo, no podría vivir como una miserable. Además, soy la heredera legal de Boris Djacenko. Por eso quiero que muera, para quedarme con su fortuna.
Al llegar al aeropuerto de Ginebra, Viktor descubrió que salir de Rusia era mucho más fácil que entrar en Suiza. De hecho, cualquier cosa es más fácil que entrar en Suiza. Los suizos tienen unas leyes de extranjería muy restrictivas, que endurecen a cada nueva legislatura. Con solo pasearse durante cinco minutos por el centro de Ginebra, uno ya se da cuenta del porqué.
Los suizos están forrados.
Ginebra acoge la sede de gran número de organizaciones internacionales, además de las tiendas más selectas del mundo de relojes de lujo. Su sello de calidad —Poinçon de Genève— se otorga con criterios muy estrictos. No obstante, los suizos no solo viven de relojes. También albergan las sedes principales de industrias químicas y farmacéuticas, inmobiliarias, servicios financieros…
Así que, incluso para una mujer experimentada y ducha en el duty free como era Svetlana, un paseo por la Rue du Rhône es la demostración de que el dinero está muy mal repartido en el mundo.
Como no podía ser de otra manera, el taxi recorrió le Quai du Mont-Blanc, que bordeaba el lago Léman, y se detuvo frente al hotel Beau Rivage, un edificio construido en 1865, que había hospedado incluso a la emperatriz Sissi. Un mozo de librea se acercó diligente y tomó las dos maletas de las manos del taxista, mientras el jefe de recepción los saludaba solícito y les deseaba una feliz estancia en Ginebra. Svetlana respondió con un fantástico francés, que despertó la curiosidad de Viktor.
—Te dije que había estudiado en un internado —confesó ella.
—Pensé que era ruso.
—Te equivocaste. Hace años que no vivo en Rusia.
Frente al mostrador de recepción, Viktor miró a su alrededor para observar el trasiego de empleados que se movían por el lujoso y elegante vestíbulo. La recepcionista les entregó las llaves de una habitación doble y después de consultar un dato en su ordenador, imprimió un documento y se lo extendió a Viktor.
—Monsieur Rupnieswski… J’ai un paquet pour vous… Je vous en prie que vous signés cet reçu, s’il vous plaît.
Viktor alzó una ceja, y después de unos segundos de desconcierto, balbució una disculpa en inglés, ante la mirada burlona de Svetlana. No quería parecer un paleto ante la muchacha, aunque no podía parecer otra cosa. La recepcionista sonrió, y después de disculparse, le hizo saber en un correctísimo inglés que había un envío a su nombre, y que debía firmar el recibo de entrega. Viktor tomó el bolígrafo —Mont Blanc, por supuesto— de la mano de la recepcionista, y plasmó una rúbrica con cara de suficiencia. La empleada llamó a un botones que, en menos de un minuto, fue a la caja fuerte, marcó la contraseña de quince dígitos, cogió un paquete, cerró la caja y volvió con el encargo y una permanente sonrisa en los labios.
—Eficiencia suiza —murmuró Viktor a Svetlana, mientras sopesaba un paquete del tamaño de una caja de zapatos—. Demasiado grande para contener las llaves de un Aston Martin y demasiado liviano para ser una Walther P99 —repuso, recordando a James Bond—. ¿Qué puede ser?
Entraron en el ascensor, que los condujo hasta la quinta planta.
—Qué poca imaginación tienes, Sokolov —murmuró Svetlana cuando el ascensor se detuvo.
—¿Sabes qué contiene?
—Por supuesto.
El botones abrió la puerta de una amplia habitación, decorada con todo lujo de detalles, y cuya ventana ofrecía una vista espectacular del lago Léman, y de Le jet d’eau —traducido al castellano pierde algo de su encanto: el chorro de agua—, el símbolo de Ginebra, el principal landmark, el icono de la ciudad: un surtidor de agua que lanza un potente chorro vertical de casi ciento treinta metros de altura. Oh.
Viktor se sentó en una cómoda butaca de estilo dieciochesco y rompió el envoltorio de papel que envolvía una caja de cartón. Abrió la tapa. En su interior había un objeto plano envuelto en plástico de burbujas. Supo lo que protegía antes de descubrirlo.
El icono de Fabergé.
Lo desenvolvió con sumo cuidado ante la mirada atenta de Svetlana. Se trataba de un panel que representaba al Cristo Pantocrátor, una imagen sagrada del cristianismo ortodoxo. Tenía un evidente valor religioso, ya que se trataba de un objeto de culto venerado, al cual incluso se le podían atribuir cualidades milagrosas. El icono había sido concebido como libro del conocimiento para un pueblo iletrado, su fuerza y su potencia radicaba en la energía evocativa y mística, en la capacidad de responder a interrogantes comunes a todos los seres humanos. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?
Viktor suspiró profundamente. Acarició con suavidad, casi con devoción, el marco de oro con incrustaciones de rubíes, zafiros y esmeraldas.
Medio millón de euros.
Con medio millón de euros, uno quizá no hallase la respuesta a los grandes arcanos de la humanidad, pero mientras tanto, podría darse un respiro. Y más cuando no se disfruta de una economía boyante. Así que, durante unos minutos, Viktor Sokolov valoró la posibilidad de convertirse en la versión rusa de Toma el dinero y corre de Woody Allen. El sonido del teléfono móvil de Svetlana lo arrancó bruscamente de sus ensoñaciones.
—Ivanov, ya hemos llegado —respondió la muchacha.
Viktor guardó el icono dentro de la caja mientras comprobaba cómo la expresión del rostro de Svetlana se tornaba sombría. Ella asintió varias veces, y en un gesto instintivo, se acercó a la ventana y comprobó que, aparcado frente al hotel, había un coche oscuro con los vidrios tintados.
—Tengo una cita con Ivanov —anunció ella mientras se guardaba el teléfono móvil en el bolso.
—¿Y yo?
—Ivanov ha sido muy claro. No quiere que vengas.
—¿Por qué? —Viktor meneó la cabeza, extrañado—. ¿No soy yo quien tiene que hacer la entrega a Martín Arístegui? ¿Por qué me excluye?
—Lo siento. —Svetlana estaba nerviosa—. Yo tampoco sé muy bien qué es lo que pasa, pero no tengo más remedio que obedecer.
—¿Qué me ocultas, Svetlana?
La muchacha suspiró profundamente.
—Ivanov me ha dicho que tiene que presentarme a una persona muy importante, y que tú no puedes venir.
—No quiero dejarte sola. Ya sé que estás acostumbrada a tratar con esos tipos, pero ahora me siento responsable de ti.
—Tengo que obedecer, Viktor. —Ella meneó la cabeza—. Tenemos que obedecer los dos.
—No soporto esta obediencia a ciegas —masculló Viktor.
—Confío en Ivanov —repuso Svetlana, mientras se dirigía a la puerta—. Y tú tienes que hacer lo mismo.
—Yo decido en quién confío y en quién no.
—De acuerdo —asintió Svetlana—. Entonces te lo diré de otra manera: no te queda más remedio. Y a mí, tampoco.
El ruso se dirigió a la ventana, y observó a Ivanov, que esperaba impaciente a la entrada del hotel.
—¿Quién puede ser esa persona tan importante?
—Cuando vuelva espero poder explicártelo —respondió Svetlana, ya en el umbral de la puerta—. Por cierto, no me llames. Y no se te ocurra seguirme.
—¿Por tu seguridad?
—Exacto.
El ruso asintió, muy a su pesar.
—Y una última cosa, Sokolov…
Él la miró con el ceño fruncido.
—… gracias por preocuparte por mí —concluyó, y cerró la puerta tras ella.
Viktor la vio salir del hotel y saludar a Ivanov, que estaba frente al vehículo. El hombre le abrió la puerta trasera y la invitó a entrar. Luego, él ocupó el asiento del copiloto y el coche arrancó, alejándose en dirección a Pont du Mont Blanc y perdiéndose entre el tráfico.
Al abrir la puerta del coche, Svetlana descubrió a una mujer madura de aspecto muy elegante sentada en el asiento trasero. Tendría alrededor de cincuenta años o quizás un poco más. Que fuese una mujer tranquilizó a Svetlana. Por lo menos, no se trataba de un repugnante encuentro con un viejo seboso.
La mujer le lanzó una mirada especulativa, intensa, como si pretendiese ver en su interior. No se presentó. De hecho, no dijo absolutamente nada. Se limitó a observarla fríamente. La muchacha aceptó aquel minucioso examen con la serenidad de quien ha sido examinado y valorado muchas veces en su vida. No obstante, cuando ya habían pasado varios minutos en silencio, Svetlana se revolvió nerviosa, y se dirigió desafiante a la mujer.
—¿Qué? —le espetó, descarada—. ¿Le gusto?
Aquel comentario arrancó una sonrisa burlona a la mujer, que se decidió a contestar.
—Eres igual que Djacenko.
Svetlana apretó los puños. Pocos comentarios la habrían herido tanto.
—¿Quién es ella? —preguntó Svetlana furiosa, dirigiéndose a Ivanov—. ¿Por qué tengo que conocerla?
Ivanov cruzó una mirada con la mujer y contestó:
—Te presento a Karina Sokolova.
Svetlana abrió los ojos como platos, estupefacta.
—¿Karina… Sokolova? —repitió, con un hilo de voz.
—Exacto, pequeña —confirmó la mujer—. Como puedes imaginar, la coincidencia de apellidos no es casual: soy la madre de Viktor Sokolov.
Svetlana tragó saliva. El hecho de conocer a la madre de Viktor ya resultaba sorprendente, pero ese descubrimiento no fue el que la dejó paralizada. Algo se revolvió en el fondo de su memoria. Un recuerdo lejano, casi dormido. A su mente vinieron retazos de conversaciones escuchadas a escondidas. Palabras que hablaban de amenazas y traiciones, de ansiadas venganzas. Y entre esas palabras siniestras, Svetlana estaba segura de que había escuchado aquel nombre en boca de su padre.
Karina Sokolova.
Ahora ella estaba a su lado, observándola con curiosidad, pero también con una frialdad en la mirada que resultaba estremecedora. Y más aún porque Svetlana tenía el presentimiento de que aquella mujer iba a hacerle una terrible revelación.
—Soy la madre de Viktor Sokolov, como ya te he dicho —repuso la mujer con una amarga sonrisa en los labios—. Y eso, aun siendo malo, no es lo peor.