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Después de comprobar que no se lo había llevado la grúa —al ertzaina le costaba creer que un ladrón quisiera robar un Volkswagen Golf del noventa y siete—, el agente consintió en tramitar la denuncia.
Finalmente, y después de soportar los consejos bienintencionados de los policías, que aseguraban que su coche había acabado frente a un after hour, o en mitad de un descampado tras celebrar una fiesta rave —los ojos enrojecidos de Julia Irazu apuntaban en esa dirección—, ella consiguió salir de la comisaría con una denuncia en curso y un montón de complicados trámites que realizar. Tenía que renovar el DNI en Bilbao y la lista de espera era interminable. Debía llamar a La Caixa y anular la tarjeta de crédito, aunque seguro que el tipejo aquel ya se había fundido los poco más de trescientos euros que tenía en la cuenta. También resultaba imprescindible renovar el permiso de conducir y la tarjeta sanitaria. Por supuesto, todas aquellas diligencias implicaban rellenar un número ingente de formularios, impresos y solicitudes.
Julia Irazu se recostó en el asiento del Eusko Tren que la conduciría hasta Bilbao. Desde allí tomaría otro tren hasta Portugalete.
Luchando contra sus párpados, que le pesaban como si fuesen de cemento, miró la hora en su reloj de pulsera y comprobó que aún eran las doce. Suspiró. Con un poco de suerte llegaría alrededor de las dos de la tarde al puente y conseguiría enviar un escrito de dos mil palabras antes de las cinco.
Dos mil palabras, con lo poco inspirada que se sentía en aquel momento…
Claro que podía buscar información del Puente Vizcaya en Wikipedia y tunearla, pero Aurora Cruz era un maldito sabueso cuando se trataba de detectar un copy-paste. Así que no tenía más remedio que subirse al puñetero puente y rogar que una vez allí la visitasen las musas. Luego, ya sería cuestión de redactar un texto, utilizando con la machacona frecuencia de un mantra varios epítetos: maravilloso, excepcional, magnífico, fantástico… Pocas cosas había aprendido Julia Irazu de su jefa, pero una de ellas era que, según el libro de estilo de Aurora Cruz, cualquiera de estos adjetivos podía acompañar a un nombre. Por ejemplo; muñequita sensacional de porcelana, puente inolvidable, soldado maravilloso de la Segunda Guerra Mundial, semana fantástica de El Corte Inglés…
Julia cerró los ojos agotada. Había sucumbido al Valium, y el sedante la aplastaba contra el asiento como si quisiera abducirla. Mal, como siempre. Era contradictorio, ya que hasta que no se atiborraba de pastillas no hallaba sosiego, pero luego tampoco, puesto que le remordía la conciencia. Sabía que era peligroso tomar tantas. Por desgracia, la fase de remordimiento era muy breve; en cuanto los efectos se diluían —y eso sucedía cada vez más rápido—, ya volvía a sentir ansiedad o depresión o miedo o náuseas. Y vuelta a empezar.
Consciente de su debilidad, tomó el periódico que había comprado en la estación de Zarautz e intentó leerlo, procurando fijar su atención en algo que no fuese su desquiciado estado mental. No obstante, no consiguió más que pasear su mirada por los titulares.
De improviso, una de las noticias despertó su interés.
EXTRAÑO ROBO EN LA VILLA DE MARTÍN ARÍSTEGUI
GIPUZKOA.– El conocido empresario y coleccionista de arte, Martín Arístegui, fue ayer víctima de un violento atraco en su villa de Zumaia (Guipúzcoa). Los asaltantes accedieron al interior de la villa después de desconectar el sistema de alarma, y consiguieron neutralizar a los guardias de seguridad que custodiaban la mansión, sin que estos llegasen a enviar una señal de socorro.
Tras el robo, los ladrones huyeron en uno de los coches de Martín Arístegui, un Jaguar de color negro, que ahora es buscado por la Ertzaintza. Según información que ha podido conseguir El Diario Vasco, fue una empleada quien descubrió el robo y llamó a la policía. Encontró abierta la puerta de acceso a la finca y halló a Martín Arístegui inconsciente en su habitación, en mitad de un gran charco de sangre. Después, la Ertzaintza comprobó que uno de los guardias de seguridad había desaparecido, mientras que los demás estaban maniatados y amordazados dentro de un cuarto. En este momento, el guardia desaparecido está en orden de búsqueda y captura, ya que se baraja la posibilidad de que fuese cómplice de los atracadores y les ayudase a acceder a la villa.
Martín Arístegui, multimillonario y empresario de éxito, lleva toda su vida atesorando obras de arte, sobre todo de origen ruso. Una de sus últimas adquisiciones fue un icono ortodoxo del famoso joyero Peter Carl Fabergé, que fabricó joyas, cálices y otros objetos, pero que se hizo mundialmente famoso por los huevos de cáscara de platino, oro y diamantes que le encargó el zar Alejandro III para regalarle a su mujer, la zarina María.
El icono ruso, que representa una imagen de Cristo Pantocrátor, tiene un marco de oro con incrustaciones de rubíes, zafiros y esmeraldas, y fue subastado en Christie’s el noviembre pasado. Su valor podría rondar los quinientos mil euros. Seguramente, esta y otras obras de arte habrían sido las elegidas por los ladrones, que parecían tener una información exacta de las piezas de más valor que poseía el empresario, ya que, según fuentes bien informadas, su robo fue selectivo y solo sustrajeron algunos objetos de la colección.
Gran amante del arte ruso, la última aparición pública de Martín Arístegui fue hace más de cuatro años, en la presentación de una exposición itinerante en el museo Guggenheim, en la que participaba como coleccionista privado. De aquel evento recuperamos una fotografía en la que está junto a Aranzazu Araba, de la que se ha separado hace pocos meses.
Al cierre de esta edición, Martín Arístegui se halla ingresado en el hospital Donostia y su pronóstico es reservado. Por otro lado, no se conocerá el valor de lo sustraído hasta dentro de unos días, cuando la empresa aseguradora concluya el inventario de los objetos robados. No obstante, se supone que la cuantía puede ascender a varios millones de euros.
Julia Irazu concluyó la lectura de la noticia sin querer dar crédito a lo que, con horror, acababa de descubrir. No, no era posible tener tan mala suerte. Porque ya era malo ser víctima de un robo a mano armada, como lo había sido ella. Pero que su agresor fuese, además, un temible delincuente que acababa de protagonizar un sonado atraco era aún peor. ¿Cómo no iba a tener miedo? Aquel tipo con el que se había tropezado la noche anterior era uno de los ladrones que habían asaltado la villa del empresario Martín Arístegui. Por otro lado, a Julia no le cabía la menor duda de que el guardia era el muerto que había aparecido carbonizado dentro del maletero del Jaguar.
Y por si fuera poco, eso no era todo.
Julia volvió a mirar la fotografía de archivo en la que se veía a Martín Arístegui al lado de la que aún era su mujer. La foto debía de tener unos cuantos años, pero no dejaba el menor resquicio a la duda.
No necesitaba mirar su nombre en el DNI: estaba completamente segura.
Le había robado el bolso a Aranzazu Araba.
Julia bajó en la estación de Portugalete y miró a su alrededor con aprensión, como si temiese que la Ertzaintza estuviese esperándola. Era una idea absurda, pero las últimas doce horas de su vida le habían demostrado hasta qué punto el azar podía jugar en contra de uno. Durante unos segundos su mirada barrió el andén, y al comprobar que nadie la miraba y que los pocos pasajeros que habían descendido del tren abandonaban la estación con rapidez, suspiró profundamente y lanzó el periódico a una papelera, como si con ese sencillo gesto pudiese lanzar también la angustia que la acompañaba. Tenía que tranquilizarse y resolver su problema más inmediato: los monumentos del Patrimonio de la Humanidad. Si pretendía redactar un artículo de dos mil palabras debía concentrarse en esa labor. Redactaría el artículo del Puente Vizcaya, y al día siguiente tomaría un tren que la llevaría a Lugo y redactaría un artículo sobre la muralla romana, y unos días después tomaría otro tren que la llevaría a A Coruña, y redactaría otro artículo sobre la Torre de Hércules. Y olvidaría lo que le había sucedido durante aquella noche aciaga.
Lo primero que tenía que hacer era conseguir alojamiento. No podía pasearse por el puente arrastrando una maleta, ni tampoco redactar el artículo en un bar. Necesitaba paz y tranquilidad. Pero no sería fácil. Conforme dejaba atrás la estación y caminaba por las calles del pueblo, buscaba alguna pensión de mala muerte en la cual consiguiera una habitación sin tener que dar muchas explicaciones. Un letrero desvencijado anunciando un hostal llamó su atención. Cruzó un vestíbulo maloliente y se enfrentó a una gruesa mujer que la miró con recelo.
—Buenos días, quisiera una habitación para pasar la noche —repuso sonriendo tímidamente.
—¿La has reservado con antelación? —le preguntó la mujer con aspereza.
Por un instante, a Julia le entraron ganas de reír. «Reservado con antelación» eran palabras demasiado pomposas para referirse a semejante antro. No obstante, se mordió el labio inferior y negó con la cabeza.
—No pensé que fuese necesario —musitó.
—Me queda una habitación libre, pero no sé si será de tu gusto. —La mujer la miró especulativa—. Lo siento, pero las mejores habitaciones están ocupadas.
—Será de mi gusto, seguro —afirmó Julia con rapidez.
—Rellena la ficha —repuso la mujer, extendiéndole un formulario—. Y déjame el DNI.
Julia tragó saliva.
—Ese es el problema… —balbució—. No tengo DNI.
La mujer arqueó una ceja, expectante.
—Me lo han robado —explicó Julia—. ¿Quiere que le enseñe la denuncia?
La mujer le hizo un expresivo gesto con la mano.
—Sin DNI no hay habitación.
Julia sacó un billete de cincuenta euros y lo puso sobre el mostrador.
—Le doy mi palabra de que me lo han robado.
La mujer miró el billete con actitud calculadora.
—De acuerdo, te lo han robado. ¿Y puedes decirme cómo te llamas?
—Julia Irazu Martínez.
La mujer negó repetidamente con la cabeza.
—¿Julia Irazu Martínez? —repitió desdeñosa—. ¿Cómo quieres que me crea que te llamas Julia Irazu Martínez si tienes acento catalán?
Julia puso un segundo billete de cincuenta euros sobre el mostrador.
—Llevo muchos años viviendo en Barcelona —explicó.
La mujer cogió los cien euros y negó repetidamente con la cabeza.
—No hace falta que me des explicaciones. Yo no soy policía, así que me importa un pito cómo te llamas y quién eres —masculló, mientras cogía el impreso y lo rasgaba de parte a parte—. No rellenes nada, pero tenlo claro —ahora la señaló amenazadoramente con el dedo—: como me des problemas, te acordarás de mí.
Julia sonrió beatífica.
—No le daré problemas.
—La cena es de siete a nueve, y el desayuno a partir de las ocho de la mañana. ¿Entendido? Y en cuanto desayunes, ¡aire!
Julia asintió mientras recogía un enorme y grasiento llavín que la mujer había puesto sobre el mostrador. Cuando se alejaba en busca de su habitación, oyó su voz a su espalda.
—El ascensor no funciona.
Julia se encogió de hombros, resignada, y empezó a subir a trompicones la maleta hasta el primer piso.
—¡Ten cuidado con los escalones, que son de parqué! —gruñó la mujer.
Cuando Julia llegó a la primera planta, buscó el número doce e introdujo el llavín en la cerradura. Un tufo a vetusto y rancio salió del cuarto al abrir la puerta. Luego buscó a tientas el interruptor de la luz.
La habitación era tan espantosa como imaginaba, pero no estaba para muchos remilgos. Dejó la maleta en la habitación, sin deshacerla, y salió del hotel.