CAPÍTULO DIECINUEVE
A
l iniciar otra vez el acoplamiento, Gabriel sintió el dolor y la angustia de Edén como si fueran propios. Sintió su remordimiento sin límites porque se creía culpable de las muertes. Sintió que el orgullo y el placer se habían convertido en algo oscuro y demasiado doloroso de soportar. Un sentimiento de empatía lo unía a Edén y el corazón de Gabriel sufría con el mismo dolor que ella.
Posó sus labios en la boca de la joven. La respiración de Edén era entrecortada e irregular, pero adhirió sus labios con ansia a la boca de Gabriel. Deslizó los brazos en torno a su cuello y lo abrazó fuerte. Esta vez su anhelo no era sexual.
Ella tenía sed de consuelo y confianza y Gabriel se los proporcionó mientras le sacaba con cuidado la información necesaria.
La maldición no tenía previstas condiciones para esto, pensó él, aturdido.
El la amaba.
Esa revelación lo sacudió por entero, como una onda de choque que cambia todo a su paso.
Sintió una conmoción avasalladora y la abrazó sin decir una palabra, atrayéndola más hacia él. Edén le rodeó la cintura con los brazos mientras él la mecía con dulzura. Abrazándola, abrazando su corazón entre sus brazos.
Gabriel la besó con tierna pasión, sufriendo de amor por aquella mujer valiente, extraña e inteligente que en tan poco tiempo había trastornado completamente su vida.
Dios. Qué tonto era.
Tonto por tentar al destino y dejar que aquello sucediera.
La maldición de Nairne era tan diabólicamente ingeniosa por ese motivo. Estaba escrito que ellos se amarían. Estaba claro. Dos mitades de un todo. Ninguna torpeza.
La sangre le corrió con furia por las venas. Podría amar a Edén de allí a la eternidad. Pero ella jamás debía saberlo, porque si ella supiera cuánto la amaba, nunca lo abandonaría. Y quedarse junto a él implicaba que ella moriría.
El calor desapareció y lo dejó suspendido en una fría realidad.
No se trataba de tomar una decisión porque no existía ninguna posibilidad de decidir nada. Para salvarla, él tenía que anteponer el deber al amor. La única alternativa que tenía era la de no decidir nada.
Sobre el amor, el deber elegiste.
Mi amor despreciaste, mi corazón quebrantaste.
Tu penitencia será ningún orgullo ganar.
De tres hijos en tres hijos cosecharán solo dolor.
Mis poderes te otorgo en memoria mía.
De las alegrías del amor ningún hijo jamás gozará.
Cuando una compañera de vida el corazón de un hijo elija,
no habrá protección, habré vuelto a triunfar
Su dolor profundo será, presto ella morirá.
Su corazón en dos se escindirá.
Sólo cuando sea voluntariamente entregado,
esta maldición acabará.
Para quebrar el hechizo, tres deberán trabajar como
si fueran uno.
¿Qué era lo que ella debía entregar generosamente? ¿Su amor? No. Tres debían funcionar como si fueran uno.
¿Era algo que él, Caleb y Duncan debían hacer juntos? ¿Al mismo tiempo?
Maldita sea, ¿qué era?
¿O la maldición estaba dividida en tres partes? ¿Y cada uno de ellos debía dar generosamente algo para romper el hechizo?
No lo sabía.
Nairne también había puesto un obstáculo en ese sentido. Sus hermanos, sus hijos y los hijos de sus hijos estarían sujetos a la ira de Nairne. Y lo peor es que no tenía a quien preguntar porque sus hermanos estaban tan desconcertados como él. Mierda.
Se arrancó de los brazos de la mujer con delicadeza y se alejó unos pasos. Se alejó de su mirada de aturdimiento y dolor; de la suave curva vulnerable de sus labios pálidos; se alejó de un futuro gozoso que nunca había imaginado que fuera posible.
Le acarició la mejilla con sus dedos y le dijo suavemente:
—Construyamos el robot y le patearemos a alguien el trasero.
El segundo robot no era tan lindo ni sofisticado como el Rx793, pensó Edén, pero haría bien su trabajo. No tenía el aspecto engañoso del rostro dulce de un niño. Parecía lo que era: una máquina sin adornos. El cuerpo hecho de una aleación especial de acero era torpe pero funcional. Mientras que el robot de un metro veinte de alto daba la impresión de que se desplazaría torpemente sobre las cortas piernas de metal, su modo de andar era suave y se movía direccionalmente con facilidad.
Igual que Rex, este... sería capaz de calcular la profundidad y la distancia buscando el punto más alto de distribución de unidades sensibles de velocidad que se encontraban a lo largo del campo visual. De esta forma, extraería simultáneamente la profundidad y la velocidad enviándoles la información de inmediato. Sólo que este robot tenía algunos otros detalles preprogramados. Y un enemigo: Rex. Edén había tomado los recaudos necesarios para que este nuevo robot eliminara a Rex por cualquier medio que fuera.
Los dos sabían bien el peligro que eso representaba, por eso Gabriel ya había ordenado que despejaran la zona hasta trescientos cincuenta kilómetros a la redonda, aunque ella hubiera preferido que fueran mil.
Para hacer más fuerte al nuevo robot, Edén se aseguró de que estuviera compuesto casi por los mismos metales que el original. Con esto sólo ya estaba en condiciones de encontrar a Rex. Además, había reforzado su elasticidad y la capacidad de tolerar un centenar más de compuestos químicos. Los materiales de la nueva matriz que había incorporado duplicaban la relación existente entre resistencia y fallo respecto a la de Rex. Lo más sorprendente y asombroso de todo era que ella lo había hecho sólo con su pensamiento.
Estos factores complejos se debían únicamente a que Gabriel había podido sacar la información directamente de la mente de Edén, y la había traducido en algo tangible.
La idea era tan aterradora como fascinante.
Otra pieza maestra del dominio alcanzado por la ingeniería, pensó con amargura, mirando al torpe robot que tenía frente a ella mientras pasaba sus dedos por el cráneo dolorido.
—¿Te duele la cabeza? —le preguntó Gabriel masajeándole suavemente el cráneo. La tensión era palpable; el estrés, visible.
¿Cómo podía no tocarla?
Edén gruñó.
—Eso es tan agradable como algo ilegal.
—¿Tocarte qué le hace a mi cuerpo para que sea ilegal?—le preguntó él ásperamente. Ella hizo varios movimientos con el cuello para liberar la tensión, y cuando él ahuecó las manos en su rostro, le acarició la palma con sus labios.
La besó en los labios y los humedeció con su lengua, gozando con los pequeños gemidos de placer que ella daba.
—¿Te gustó eso?
—Sí. —Edén imitó el mismo movimiento seductor de su lengua y Gabriel sintió el sacudón del deseo hasta la punta de los pies y la alzó un poco para besarla bien.
Por desgracia, no había tiempo que perder.
— Probemos otra vez la fuente del vídeo. —Gabriel volvió a la terminal del ordenador, del otro lado de la habitación.
Edén se agachó para hacer un ajuste en la flexibilidad de los pies planos del robot. Estaba listo para salir. Se reunió con Gabriel y MacBain. El mayordomo había llegado unos minutos antes para retirar la bolsa con los restos de comida ya fría y había traído fruta, queso, galletitas y un termo grande de café.
Era una buena idea, pero ni ella ni Gabriel tenían tiempo ni ganas de comer. Además, ya estaban bastante excitados como para beber encima un litro de café, por excelente que fuera.
Ellos verían lo que ocurría a través de los ojos insensibles del robot, y Edén podría detener y manipular con la voz sus acciones cuando estuviera lejos del castillo si era necesario. Le había dado instrucciones específicas y las variables posibles para prever situaciones y pensar por sí mismo.
—Carga de vídeo encendida —expresó el robot con voz apagada.
MacBain, que estaba al lado de ella, se sobresaltó.
—Dios mío. Parece... un ser humano.
—Las conclusiones del doctor Kirchner sobre reconocimiento de voces son... eran brillantes. Lo único que yo hice fue retocar lo que él había hecho y presentar una herramienta nueva para especificar y determinar relaciones semánticas. Ve a la mesa que está debajo de la ventana —le ordenó Edén—. Integré la sintaxis y la semántica. Puede comprender el lenguaje natural... —Su voz se apagó, interrumpiendo la línea de sus pensamientos mientras apoyaba una rodilla en la silla y se inclinaba sobre la pantalla. A través de los ojos del robot, observó cómo cruzaba la habitación para ir a la ventana.
Se movía bien, pensó con satisfacción, y su capacidad de examen visual era excelente. Un rato antes había puesto siete lapiceros en la mesa: cinco negros y dos azules.
—Coge el lapicero azul que está a la izquierda.
Los dedos mecánicos cogieron hábilmente de la mesa el lapicero correcto.
—Mierda. Es asombroso —exclamó Gabriel a sus espaldas.
—Vaya precisión —murmuró admirativamente MacBain—. Qué joven extraordinariamente inteligente.
—Demonios —dijo Edén distraídamente, mientras tecleaba una serie de números—. No. No. No. —Le envió nuevos datos al robot, que en lugar de agarrar el lapicero lo había estrujado—. Maldita sea. Esto necesita más tiempo. Quiero...
—¿Edén?
Terminó otra secuencia y miró a Gabriel sin prestarle demasiada atención mientras pensaba en añadir otro rasgo.
—No buscamos la perfección o el funcionamiento pleno —le dijo Gabriel suavemente. Sintió que dentro de él se abría un vacío doloroso al imaginar que pasaría el resto de su vida sin verla a diario con esa expresión de intensa concentración en la cara; que pasaría el resto de su vida recordando, sin ver, la forma en que su sedoso cabello oscuro lucía siempre desordenado, como si acabara de levantarse de la cama.
Se quedó pendiente de la forma en que sus grandes ojos marrones volvieron a la realidad cuando lo miró. Ah, Edén ¿Qué demonios voy a hacer contigo?
—Vamos a terminar lo más rápido posible con estos detalles para poder mandar al robot. ¿Recuerdas?
Edén pestañeó.
—Muy bien. Sí. Entendido. —Abandonó la posición incómoda que había adoptado y se paró junto a la silla. Hundiendo los dedos en el respaldo del asiento hasta que los nudillos se le pusieron blancos, dijo que sí con la cabeza enérgicamente—. Estamos preparados.
Gabriel había discutido en detalle con Sebastián y el equipo que había reunido en la oficina central de T-FLAC cuáles eran las mejores coordenadas para el descenso del robot mientras ella lo probaba. El mapa topográfico de la zona de Yellowstone estaba en el otro ordenador que él había dispuesto junto al monitor de Edén para facilitar la visualización conjunta.
—Ese círculo rojo que parpadea marca la zona de descenso. Saber a qué velocidad puede viajar Rex le permitió a Sebastián calcular con bastante facilidad la ubicación aproximada del mismo en Yellowstone. Así que ahora se trata simplemente de trasladar a este robot a la zona y dejar que él... dejar que esta cosa haga su tarea.
Edén se dio vuelta y lo miró.
—¿Teletransportación?
—Sí.
—¿Ahora?
—Exacto... ahora. —Un punto brillante de color verde se encendió intermitentemente en el centro de la pantalla de Gabriel mientras el robot era teletransportado en el lapso de unos segundos desde el castillo al lugar elegido en Yellowstone Park—. Veamos qué es capaz de ver.
—El ómnibus de turismo estaba aquí, en el aparcamiento que está afuera del centro de visitantes de Oíd Faithful, en Upper Geyser Basin. Verdine pudo obtener fácilmente el horario en que cada géiser entra en erupción.
—¿No te parece demasiada casualidad que Jason haya elegido Yellowstone Park? —preguntó Edén.
—El parque tiene unas diez mil fuentes termales, según nuestros geólogos; y Yellowstone es el lugar con más géiseres en el mundo. No es casualidad. Tiene sentido.
—Pudo haber elegido contaminar el suministro de agua del Ártico o de los Alpes o de cualquier otro sitio del planeta con una montaña sustancial de residuos o de agua proveniente del derretimiento de un glaciar. Pero aquí lo tienes prácticamente en el patio de atrás de tu casa.
—O en el de T-FLAC. Nuestro centro de operaciones está prácticamente al lado. —Gabriel observó la forma en que se conducía el robot entre los pequeños grupos de cuerpos que había en el paseo entarimado cerca de Oíd Faithful. Gabriel sintió un tirón en las entrañas cuando el robot zigzagueaba por el macabro escenario. Muchos cuerpos ya estaban hinchados debido a la alta concentración de toxina. Y ése no era el único efecto secundario: la mayoría de las caras mostraban signos de una muerte repentina con sangre sin coagular que salía de todos los orificios. Era el testimonio de sus rápidas, pero dolorosas muertes.
Si Verdine quería hacer una exhibición vivida y espeluznante para que la vieran sus compradores, había hecho un magnífico trabajo.
—Oh, Dios —exclamó Edén llevándose la mano a la garganta.
Gabriel expelió una bocanada de aire y le rodeó los hombros con su brazo para reconfortarla, atrayéndola hacia él.
—Verdine es un enfermo desgraciado.
Edén temblaba, los ojos clavados en la pantalla. Gabriel le acariciaba el brazo, pero su piel parecía hielo.
—Estoy de acuerdo contigo —dijo—. Pero creo que la pregunta más importante que yo le haría es ¿por qué?
—Sí. La mía también —reconoció—. Una respuesta simple es que cuando se trata de terroristas la razón no tiene por qué ser personal. Pero coincido contigo igual que mis colegas de T-FLAC y de la sección PSI... hay una docena de equipos que están trabajando para averiguar la respuesta.
—¿Por qué Yellowstone? —preguntó ella con el ceño fruncido— ¿Por qué ahora? ¿Por qué un mago sobre el que nadie había oído hablar nunca, eligió un lugar tan cercano no solo al castillo de Edridge, sino también al centro de operaciones ultra secreto de T-FLAC? Y cuatrocientos ochenta kilómetros, es cerca.
Gabriel le rodeó la cintura con sus brazos.
—Estamos trabajando para encontrar la respuesta.
El perfume dulce de su pelo le hacía cosquillas en la nariz. Ella inclinó la cabeza, y la dejó descansar en su pecho mientras miraba las imágenes horrendas del vídeo.
—Yo diría que Jason tiene previsto algo más que una ostentosa y sangrienta ofensiva comercial. Quiere que tú lo notes. Quiere atraerte.
—Sí. Pienso lo mismo.
La CNN cubría exclusivamente la muerte en masa del parque Yellowstone y la zona adyacente. Miles de personas ya habían sido evacuadas. Se creía que al menos unas trescientas personas habían muerto. Gabriel observó en el televisor que estaba suspendido de la pared, encima de los monitores, que las fuerzas conjuntas se reunían en un lugar «que no había sido revelado», tratando de averiguar las razones del ataque.
Todos los agentes de T-FLAC habían sido convocados el día anterior. Los magos de todo el mundo se mantenían en estado de alerta para ofrecer su ayuda.
Y Gabriel esperaba que Verdine regresara al castillo. La lógica indicaba que ése era su próximo movimiento.
—Te tengo, desgraciado.
—Gracias a Dios —susurró Edén cuando la mochila apareció ante la vista. Ella y Gabriel observaban el avance del robot entre las víctimas de Rex desde hacía veinte minutos. Ella quería apartar la vista de las espeluznantes imágenes, pero por mucho que la asqueara no podía hacerlo.
Era su penitencia por haber inventado a Rex.
Aquellas vividas imágenes permanecerían para siempre en su memoria.
—¿Dónde está? —preguntó Edén con la voz ronca. El segundo robot se aproximaba a la pequeña mochila roja apoyada de manera inocente en un afloramiento rocoso, cerca de la barandilla de hierro que separaba al géiser del sendero entarimado—. Cuarenta y cinco metros a la izquierda. Verdine también debe de estar haciendo un control visual. Está esperando la erupción del géiser; cuando se produzca, el agua hirviendo hará contacto con los químicos que están en la bolsa y los dispersará, arrastrándolos también a lo profundo de la tierra para contaminar el acuífero.
—Arruinémosle el día a Jason —dijo ella con decisión y abrió el micrófono para hablar con el robot número dos.
—Toma la mochila.
No sucedió nada.
Volvió a intentar.
—Elimina el objetivo.
Gracias a la lectura del GPS, el rastreador de posiciones, ella podía indicarle al robot las coordenadas exactas de la mochila. —Maldita sea. No funciona. No recibo ningún mensaje de error. ¿Por qué ha dejado de responder?
—Verdine lo controla. Mantén en movimiento al robot, como si tratara de cumplir la orden. —Gabriel se quedó parado detrás de ella.
—Él sigue intentando, maldición. —Edén cerró los ojos en señal de gratitud al sentir la caricia de los dedos de Gabriel en la nuca, y la fuerza fría de su mano que dejó allí apoyada en un gesto extrañamente reconfortante. Ella necesitaba desesperadamente el contacto humano; el contacto de Gabriel. Con él allí, ella podía encargarse de todo.
Él le masajeó los nudos del cuello mientras hablaba.
—Sigue un poco más, Dios —dijo bruscamente—, Verdine es fuerte. Puedo sentir al hijo de puta empujar a nuestro pequeño. Muy bien, cálmate un poco. Eso es. —Dejó de acariciarla—. Tengo algunos trucos en la manga también. Mira esto...
La pequeña mochila roja explotó. Ni bien los pedacitos de tela y un líquido amarillo turbio empezaron a caer al suelo se evaporaron y desaparecieron como si nunca hubieran existido. Fueron sólo unos segundos y después no quedó nada.
Edén cerró de golpe la boca y se dio media vuelta para mirarlo.
—¿Cómo hiciste... cómo hiciste, lo hiciste desde aquí?
—Dirigí mis poderes a través de los ojos de nuestro robot. Ésa fue la parte fácil, ahora hagámosle una invitación. Envía al robot bueno a decirle hola a Rex.
—Avanza hasta... hasta un metro y medio de donde está Rx793 —le ordenó Edén después de consultar con Gabriel—. El monitor mostró cómo se acortaba el espacio que separaba a los dos robots.
De repente la pantalla empezó a dar saltos y se puso negra.
—¡Espera! ¡No! ¡Maldita sea!
Edén tecleó frenética una secuencia numérica para volver a conectarse con el robot y ver lo que sucedía.
Gabriel clavó los dedos en la muñeca de Edén como si fuera un cepo.
—Los tengo.
Ella giró en redondo para mirarlo de frente.
—¿Qué quieres decir con que los tienes? Todavía no había terminado. No le he dado las instrucciones...
—Has hecho un gran trabajo, cariño, pero no podemos hacer nada más por el momento. La magia de Verdine es demasiado poderosa y no podemos contrarrestarla. Más tarde nos ocuparemos de la destrucción de Rex. Los dos robots, por ahora, están seguros en suspensión animada, donde Verdine no puede encontrarlos. Vendrá a hacernos una pequeña visita en cuanto se dé cuenta de...
Edén sintió que un pequeño chisporroteo la atravesaba, se arrojó de la silla y cogió la camiseta de Gabriel.
—¡Ah, no, eso sí que no, Gabriel Edge! ¡Ni se te ocurra despacharme a Tempe ahora. Me quedo aquí mientras esto dure.
—¿Cómo supis...?
—¿ Crees que a estas alturas no sé cómo funciona tu artero cerebro de mago? Haz algo para protegerme de lo que pudiera suceder, pero no me alejes. Por favor, no me alejes de ti.
—Por Dios, Edén. Verdine se ha convertido en uno de los magos más poderosos. Existe una probabilidad bastante cierta de que...
Edén le acarició la boca con sus labios.
—No lo digas. Haz lo que debas hacer, porque yo no he terminado contigo. —Saltó en un pie y se agachó para quitarse el anillo de la suerte de la abuela Rose del dedo del pie—. Toma. Échatelo en el bolsillo. Sé que es una tontería, pero este anillo me ha traído suerte y me ha mantenido a salvo durante veintisiete años. También me salvó de Jason Verdine y hará lo mismo contigo. Tómalo.
Gabriel cogió el anillito y se lo metió en el bolsillo del vaquero.
—Preferiría mandarte a casa donde sé que...
—¿Te encontrarás con él aquí? —lo interrumpió Edén un paso a pesar de que quería colgarse de su cuello y no dejar que fuera a ningún sitio que estuviera cerca de Jason Verdine—. Me parece que una de las habitaciones grandes de la planta baja sería mejor para esta reunión, ¿no crees?
Gabriel le tocó la mejilla y su corazón se aceleró, como siempre. Pasara lo que pasara después de esa noche, siempre tendrían hambre uno del otro.
—El tamaño tiene importancia.
Se inclinó y la besó levemente en la boca.
Cuando Edén abrió los ojos, se encontraban en el comedor.
Hecho un vistazo a su alrededor, extrañada por la rara perspectiva que tenía de la habitación, pero descubrió que únicamente podía mover los ojos. Si miraba al costado, lo único que veía era un pesado marco dorado. Era una sensación rara.
¿Qué diablos me has hecho, Gabriel Edge?
Gabriel alzó la vista sobresaltado. Te oigo. Sus labios no se movían.
Después de todo lo que ha sucedido aquí, ¿esto te sorprende?
No imaginas cuánto.
—Espera allí, cariño. Hasta que esto termine, te he colocado en un retrato desde donde ves, pero no pueden verte. —Extendió una mano y le tocó la cara.
No porque Edén pudiera sentirlo o algo por el estilo. Estaba inmovilizada en su sitio, oculta a simple vista dentro de uno de los cuadros que colgaban de la pared.
Sus dedos siguieron el trazo de lo que, supuestamente, eran sus labios y mirándola a los ojos le dijo con dulzura:
—Permanece a salvo.
Hombre inteligente, pero ¿tiene que ser así de auténtico todo? Estas pajas se hunden en mi carne, y creo que tengo insectos en la peluca.
—Estás preciosa. —El tono contrariado de sus palabras le hizo sonreír, sabiendo que ocultaban los nervios que ella estaba decidida a no demostrarle. Tenía un aspecto tan formal y carente de expresión como todos los otros retratos, pero sus preciosos y grandes ojos marrones brillaban como una promesa.
Ten cuidado.
—Sí, lo tendré. —Se acarició el bolsillo del pantalón—. Tengo mi amuleto de la suerte.
No te burles. Abuela Rose tenía un karma muy bueno.
Como sabía que iba a precisar todas las ventajas, aún la imaginaria buena suerte del anillo de Edén, sencillamente asintió con la cabeza.
—Debo ir a trabajar.
Sí. Tienes un buen plan. Concéntrate en lo que debes hacer. Eres mejor que él. Más fuerte. Más poderoso. Vas a hacer lo que sea necesario para derrotarlo y luego me harás...
Su tono era gracioso, y el corazón de Gabriel se dilató dentro de su pecho.
Ahora vete, y haz lo que tengas que hacer.
El problema estribaba en que él era menos fuerte o menos poderoso que Verdine, pensó mientras reacomodaba la habitación a su gusto y la adorable charla telepática de Edén continuaba. Pero era más voluntarioso y esperaba ser más inteligente. Con eso tendría que ser suficiente.
Tenía algunos ases en la manga, pero sospechaba que Verdine era capaz de transformarlo en una mancha de grasa de la alfombra con un esfuerzo mínimo.
Como no tenía otra cosa que hacer sino esperar, Gabriel se sirvió un trago sin demasiadas ganas, y fue a sentarse frente al retrato de Edén, así podría vigilarla a ella y a la puerta al mismo tiempo.
Repantigado en un sofá mientras esperaba, agitó el whisky ambarino del vaso de cristal e inspeccionó la habitación con los ojos. Había llevado la larga mesa a otro sitio, dejando un espacio largo y estrecho en mitad del piso.
Caleb había dispuesto lo necesario para garantizar la seguridad futura de Edén. Cuando todo acabara, de una u otra forma, ella volvería a retomar su vida en Tempe. Sus hermanos y MacBain se ocuparían de que ella estuviera a salvo y cuidada para el resto de su vida, si él no tenía éxito.
Y en caso de que saliera airoso, Edén estaría mucho más tranquila viviendo lejos de él. Una vez que ella se fuera del castillo, él se aseguraría de que ella no pudiera encontrarlo nunca más. Sabía que ella lo quería profundamente. Pero ella era una mujer que merecía amar y que la amaran.
Era tan inteligente, tan graciosa, tan llena del gozo de vivir que no tardaría mucho en encontrar a un hombre que pudiera darle todo lo que ella se merecía.
El pecho le dolía como si alguien le hubiera pegado un puñetazo en el tórax. Maldición.
Deseaba que Edén lo tuviera todo. Deseaba que su futuro estuviera lleno de alegría en la misma medida que el suyo estaría vacío por la pérdida; deseaba que ella encontrara un hombre al que pudiera entregarse en alma y vida, así como él le había entregado la suya. Quería que se despertara con el sol en la cara, aunque él tuviera que caminar para siempre entre sombras.
Quería que ella jamás sintiera el dolor de la separación, que jamás sintiera un instante de pérdida ni sufriera un soplo de dolor.
Porque él estaba destinado a vivir el resto de su vida envuelto en esos pesares. Él asumiría la pérdida, la soledad, el hambre de amor.
No importaba que hubiera estado con ella tan poco tiempo, pues el amor que sentía por Edén tendría que darle calor suficiente para toda la vida y ella merecía ser dichosamente feliz. No importaba cómo se sintiera él.
Dios. Se pasó una mano por la mejilla hirsuta con ganas de insultar a los hados por haber permitido que sucediera. Y sin embargo, pensó con aire taciturno mientras miraba fijo la bebida sin tocar, ¿cómo podría lamentarse de haber conocido a Edén?
Dios, qué difícil era aquello. Lo más difícil que había hecho en toda su vida.
Él deseaba que al dejar libre a Edén, al hacer lo correcto, al menos se sintiera como un héroe victorioso.
Se rió con una risa breve y amarga, porque lo cierto era que ya se sentía como un maldito mártir victorioso. No podría llamarse maldición si fuera algo fácil.
En quinientos años no había habido un solo Edge capaz de eludir la poderosa maldición de Nairne por más esfuerzos que hicieran, por más desesperadamente que lo desearan.
La bruja Nairne conocía muy bien su oficio.