CAPÍTULO ONCE

G

abriel observó a Edén que terminaba de dar la tercera vuelta alrededor del lago. Se había descalzado de un puntapié junto a la puerta y luego se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros. La cabeza en alto, se ciñó a la suavidad del césped en vez de caminar descalza por el sendero de grava que bordeaba la orilla del agua. Era cerca de mediodía y el espeso seto de matas naturales y abetos Douglas que circundaban el

claro no proyectaba ninguna sombra.

La madre de Gabriel había sido una ferviente jardinera y, con la intención de que su esposo se sintiera cómodo allí, hizo plantar el claro y excavar el pequeño lago artificial. El original estaba enclavado, como éste, más allá de las puertas del solario del castillo, en Escocia. Quería que su marido se sintiera a gusto.

Magnus Edge jamás lo había visto.

Viviendo allí sin el padre, Gabriel y sus hermanos habían visto a su bella madre marchitarse día a día mientras esperaba en vano.

—Hará lo correcto —dijo MacBain, de pie junto a la silla de Gabriel. Los dos hombres observaban los pasos enérgicos que Edén daba en el paisaje desconocido, aunque no parecía abatida. Ella pensaba en las posibilidades futuras, advirtió Gabriel casi como si pudiera escuchar la forma en que su mente se aceleraba ante cada paso que daba mientras reflexionaba.

Una gran parte de él la admiraba por su visión, su inteligencia y el talento que tenía para convertir esa fantasía en realidad. Pero la verdad fría, cruda, era que, según la información que él había recogido, ella había perfeccionado un robot que hoy podía matar a millones de personas.

No importaba lo brillante que era su invento. No importaba ni un ápice qué funciones altruistas era capaz de realizar Rex, pues su capacidad para hacer lo opuesto traería consecuencias mucho más devastadoras y trascendentales

Los agentes de T-FLAC distribuidos en todo el mundo estaban en alerta roja por si aparecía alguna pista de quién había robado el prototipo y para qué lo usaría.

La tarea de Gabriel, su única tarea allí, era rescatar la información necesaria para hacer una copia del robot. T-FLAC tenía un staff de científicos, un excelente equipo de asesores integrado por los cerebros más importantes del mundo, pero nadie podía hacer lo que él hacía: construir en unos minutos un robot que funcionara totalmente, sólo con los pensamientos de Edén.

Una vez que se localizara el original, debía ser destruido.

Igual contra igual.

¿Cuánto tiempo le quedaba antes de que ella transigiera y le dejara entrar? ¿O tendría que usar alguna forma de coacción? Había mucho que decir sobre su autodisciplina, pensó, estirando las piernas debajo de la mesa. Estaba orgulloso de su capacidad para dominar el furioso apetito que sentía por ella; orgulloso de su fuerza de voluntad férrea, y excitado por su capacidad de contenerse.

—No la tocaré.

—Veo tensión en la expresión de tu rostro, muchacho. Se te agotan las posibilidades.

Gabriel le lanzó al anciano una mirada cargada de intención.

—¿Piensas que no soy consciente de eso? Ella dará la información voluntariamente si no se emplea la fuerza.

Pensó en lo que había averiguado sobre su vida: la serie de grados obtenidos antes de cumplir los dieciséis años; la boda temprana; el divorcio rápido después de que el hijo de puta del marido le había robado el trabajo de toda su vida. Todavía seguía estando poco acostumbrada al tipo de engaño que Gabriel conocía muy bien. Edén Cahill era franca, honesta y honorable pese a todo lo que le había sucedido.

Él podía aplastar sus dudas y objeciones para extraer los datos de su mente, pero eso llevaría tiempo, y una astucia que no sentía cuando estaba cerca de ella.

—Todos damos a manos llenas de buen grado si no se recurre a la fuerza —dijo MacBain en voz baja, a su lado—. La maldición que pesa sobre ti es una forma de coacción, ¿no es cierto?

—Es lo que es.

Gabriel vio que Edén se detenía cerca del rosedal. Si daba la vuelta a la pared baja que estaba detrás de ella, encontraría un banquito de piedra, escondido en un rincón sombreado. Allí era donde su madre se sentaba durante horas para hablar por teléfono con su padre, de Montana a Escocia. Más de quince horas de viaje en avión habían separado a sus padres.

Durante quinientos años, los Edge varones habían intentado destruir la maldición.

Ninguno pudo.

No importaba, dijo para sí, mirando cómo Edén depositaba una pálida rosa amarilla en el hueco de su mano. No importaba porque, a diferencia de su padre (antes que él), él no era tan estúpido para rebelarse contra lo inevitable. Gabriel había aprendido la lección en carne propia.

¿Alguna vez había visto sonreír a su padre? ¿Alguna vez había escuchado reír a su madre?

Diablos, no.

Ellos habían creído estúpidamente que lo que había entre ellos era tan fuerte, tan poderoso, por Dios, como para transformar quinientos años de fría realidad en ficción. Edén se inclinó a oler la rosa Peace de su madre. Al doblarse, la camiseta verde se le salió de la cintura de los vaqueros, exhibiendo una sonrisa de piel blanca, y la hendidura de la espina dorsal, en la zona baja de la espalda.

Gabriel quería poner su boca allí.

La deseaba. Y tanto, que la idea le asustaba mucho más que las balas y las bombas.

—Es una muchacha lista. —MacBain apoyó su mano nudosa en el hombro de Gabriel—. Supongo que es casi tan testaruda como tú. Fíjate que he dicho «casi». Pensará muy bien todo y obrará según su conciencia. Pero tú, mi valiente muchacho, estás jugando con fuego teniéndola aquí, y lo sabes. Veo la forma en que te mira, con un deseo que te debe quemar hasta la raíz del cabello. —Sus dedos le apretaron más el brazo como advirtiéndole—. Ten cuidado con la muchacha. Ya está empezando.

—¿Dónde estaría más segura, viejo? —Gabriel miró a MacBain—. Dímelo tú.

—¿Dónde podría estar en mayor peligro? Dímelo tú.

Gabriel pensó con tristeza que la respuesta a ambas preguntas era la misma: allí. Allí en el castillo de Edridge. Con él.

Qué Dios los protegiera a los dos.

—Ella no es para ti. Ha llevado una vida esterilizada, protegida en la insularidad de su mundo científico. Tú le ofreces peligro y excitación. Para una chica como la doctora Cahill eso podría ser muy seductor, sin duda. Es una suerte que la maldición de Nairne te impida jugar con ella, mi muchacho. Es una joven que ante una palabra amable creerá estar enamorada.

Gabriel resopló incrédulo.

—No te engañes, viejo. Edén Cahill no es ninguna tonta. Le desagrado profundamente. No creería en una palabra amable mía ni aunque la hiciera acreditar con un notario, créeme.

—Es una flor mustia de cara al cielo que espera ansiosa una gota de lluvia. Es mejor que te cuides, ¿me escuchas? La muchachita ha tenido muy poco amor en su vida por lo que deduzco, así que no hagas con esta dulce niña más de lo que sea estrictamente necesario.

—Le estás dando azotes a un caballo muerto, MacBain. Ella es nada más que un medio para obtener un fin.

—Acuérdate siempre de eso.

Gabriel ni siquiera pretendía engañarse a sí mismo diciéndose que no observaba cada gracioso movimiento que ella hacía. Miró cómo movía las caderas enfundadas en los vaqueros anchos e intentó imaginar su peso. En lugar de eso, evocó una imagen suya más exuberante, más deseable todavía, si es que eso era posible. Se imaginó a una Edén más joven, tímida como cualquier adolescente de su edad, con exceso de peso, insegura, tratando de relacionarse con estudiantes de mucha más edad y experiencia que ella.

Una brisa ligera jugaba con su cabello, haciendo que los rizos lustrosos brillaran con reflejos chocolate bajo la luz brillante del sol. Gabriel se agarró de los brazos de metal de su silla, refrenándose para no abalanzarse fuera y acercarla a él. Cuánto más tiempo estaba cerca de ella, más fuerte era la avidez de tocarla y de que ella lo tocara. Diablos, pensó, observando la forma en que el viento le levantaba el cabello del esbelto cuello y le provocaba una incómoda erección. La intensidad de su respuesta ante el estímulo representado por la doctora Cahill lo asustaba terriblemente: era demasiado fuerte. Demasiado tentador. Demasiado peligroso.

Idiota.

Era como un perro que corría detrás de un coche. No podía alcanzarla y, aunque lo hiciera, no podía hacer absolutamente nada. Sin embargo, la sed que sentía por dentro era cada vez mayor, como una tormenta que se avecinaba despedazándolo, enloqueciéndolo, nublándole la razón.

Contrólate, gilipollas. Si un hombre de su profesión no era capaz de dominarse, cometía errores. Errores fatales. Querer algo y tomarlo eran cosas infinitamente distintas, se dijo.

Admite que la deseas, haz abstinencia y sigue con otra cosa.

—Está haciendo un pozo en el puto camino con las pisadas

McBain le dio a Gabriel una palmada en la cabeza. No fue un golpecito suave.

—Cuida esa boca, muchacho.

Los niños Edge no habían crecido sin figura paterna, pensó irónicamente mientras veía cómo Edén, ensimismada, comenzaba a dar la tercera vuelta.

Inquieto, arrugó la frente.

Años atrás, mientras se encontraba en una misión en Johannesburgo, Gabriel había ido al zoológico por algún motivo. Había visto una osa polar dar vueltas al perímetro de su exigua jaula, primero en el sentido de las agujas del reloj, después en sentido contrario.

El animal repitió el mismo ritual durante horas. Gabriel volvió al día siguiente, y al otro, empeñado en ver si el animal finalmente se había resignado a su destino. Todos los días era exactamente lo mismo: un andar continuo en círculos. Cuando le pidió una opinión al cuidador, éste le contestó que aquel magnífico animal finalmente moriría porque no dejaría de buscar la forma de escapar del confinamiento.

Gabriel se había ofrecido a comprar al animal. No tenía ni la menor idea de qué diablos iba a hacer con una osa polar de doscientos setenta y cinco kilos. ¿Llevarla a los Estados Unidos en el jet de T-FLAC? Pero, por Dios, si lo hubieran dejado, habría resuelto aquel detalle minúsculo en un segundo.

—Hace mucho calor fuera para esa piel tan blanca. Necesita un sombrero. —MacBain se alejó para enderezar un pliegue del impecable mantel.

—Ya es bastante mayor. Si tiene mucho calor, entrará.

—Claro, pero a lo mejor piensa que aquí dentro hace más calor.

—Es que aquí hace más calor —le contestó Gabriel, lo cual era una ridícula mentira, ya que los muros del antiguo castillo tenían unos treinta centímetros de espesor y conservaban bien tanto el calor como el frío.

—Si me necesitas estaré trabajando en la biblioteca.

Trabajando, no pensando en la osa polar enjaulada que caminaba hasta morir. Gabriel pensaba en la posibilidad de pedirle a Sebastián que regresara, cuando llamara por teléfono. Quería sacar las espadas y practicar intensamente unos tiros de esgrima que tal vez lo liberara de la tensión sexual reprimida.

O quizá no.

MacBain hacía unos gestos con aquellas cejas suyas que lo decían todo, pero verbalizó el significado del pliegue de la frente.

—¿Y por qué habría de necesitarte?

—Digo en el caso de que alguien me necesitara —le respondió tenso. Abandonó el solario a las zancadas, los hombros erguidos, y a punto de estallar.

—Ah.

—¿Ah? —dijo Edén, entrando al solario y entrecerrando las pupilas para que sus ojos se acostumbraran a la penumbra interior. Supo instantáneamente que Gabriel ya no estaba allí; sintió un desencanto desmesurado, pero allí estaba ella, que acababa de tomar la decisión más difícil de su vida. Y esa decisión no se basaba en otra cosa que en una reacción instintiva ante un hombre que no conocía, y en el que probablemente no confiaba.

El otro día en la escalera, vi un hombre que no estaba allí.

Sonrió cuando MacBain le dio un vaso helado de zumo de naranja envuelto en una de las servilletas verde pálido.

—Gracias. —Bebió un sorbo del zumo recién exprimido. El sabor ácido y dulce le estalló en la lengua—. ¿Habla consigo mismo?

—Así parece. Me dijo que le avisara de que estará en la biblioteca.

Edén enarcó las cejas.

—¿Él se lo dijo?

—Seguramente le apetecerá un vaso de zumo de fruta helado.

MacBain sirvió un segundo vaso, cubrió con habilidad la parte inferior con una servilleta y se lo dio a la joven.

—Mencionó que tenía mucho calor.

Sí. Podía comprender esa sensación, aunque quizá no de la misma forma.

—Es un día muy caluroso.

—Y cada minuto que pasa hace más calor —respondió el anciano. Con esa salva de despedida, se dio la vuelta, muy erguido dentro de su elegante traje negro, y se fue arrastrando los pies a la velocidad de un caracol.

Edén dejó los dos vasos, cogió sus zapatos y se sentó para ponérselos mientras le contemplaba alejarse, sonriente.

—Qué anciano adorable y gracioso.

—Ochenta y tres años no es ser viejo —gritó MacBain sin darse la vuelta desde el otro lado de la habitación. Despareció de la vista, detrás de un árbol de hojas gigantescas que había en un macetón de arcilla del tamaño de un coche pequeño.

Edén sonrió abiertamente al oír el golpe de una puerta que se cerraba a lo lejos.

—Tiene oídos de murciélago.

Una vez que se calzó las sandalias, se levantó, cogió los vasos de zumo y se dirigió a la biblioteca para decirle a Gabriel que aceptaría trabajar con él siempre que le asegurara dos cosas. Primero, quería tener garantías y la confirmación de Seguridad Interior de que él era quién decía ser. Segundo, cuando Rex2 encontrara a Rex1, los dos robots debían ser destruidos. Esta vez incorporaría en el robot un mecanismo de autodestrucción, pues no quería que quedara ni una partícula de ellos.

Al acercarse a la puerta entreabierta de la biblioteca, notó que las puertas de entrada seguían abiertas.

Doblar a la izquierda. Hablar con Gabriel

O correr como alma que lleva el diablo y salir por aquellas puertas, posiblemente hacia la libertad.

Decisiones. Decisiones que alteraban la vida.

—La tengo —se escuchaba decir a Gabriel en voz baja, en el interior.

—Estoy de acuerdo. Lo que sea necesario. —Su voz fría y resuelta sonaba impersonal. Eficiente. Como si tal cosa—. No. Como sospeché, nada útil en el disco duro. Tuve cuidado de lo poco que pude encontrar. Sí. Usé una jerigonza —respondió con sarcasmo.

—Tiene una memoria fotográfica, maldición. Te lo garantizo. Un segundo después de que entregue la información, estará muerta...

Él dejó de hablar y ella se dio cuenta de que la había escuchado andar afuera. Se quedó inmóvil, con el corazón a punto de estallarle.

—Un segundo... ¿Edén? —gritó.

Sus dedos nerviosos dejaron caer la bebida.

Los vasos se quebraron en pedazos, salpicándole los pies y el suelo de piedra con jugo de naranja.

Corrió.

Cuando Gabriel se abalanzó fuera de la biblioteca, ella ya había atravesado la mitad del vestíbulo de entrada. La tonta corría frenética por el suelo de piedra irregular, con los tacones.

—¡Edén!

Ni titubeó cuando él volvió a gritar su nombre. Se rompería el maldito cuello.

Gabriel cerró de golpe las puertas antes de que ella pudiera llegar a la salida. El ruido resonó como un disparo en la habitación grande y tenebrosa. Hostia, ¿cuánto había escuchado? Él seguía avanzando, pero a ella parecía no importarle nada.

Se aferró a uno de los enormes picaportes de hierro labrado con las dos manos, tirando con todo el peso de su cuerpo.

—No se abrirá —le dijo él tranquilamente, sin osar aproximarse. Se quedó parado donde estaba, destrozado. El magnetismo que sentía por ella era profundo, aun a veinte pasos de distancia.

Los músculos de la joven se flexionaron bajo las mangas cortas de la camiseta y los nudillos se le pusieron blancos mientras trataba de abrir la puerta empleando cada gramo de fuerza.

—Edén...

Ella se detuvo un momento, con las manos todavía asidas al picaporte. Tenía las mejillas encendidas, debido más que nada a la furia. Ver que las lágrimas corrían libremente por su cara fue para él como si le clavaran un cuchillo en las entrañas.

—Abra ahora mismo esa maldita puerta, Gabriel Edge, o máteme.

—Joder. Éste no es un culebrón. No siga tirando del picaporte de la puerta si no quiere lastimarse. No se abrirá.

—Usted mató a Theo, mentiroso hijo de puta.

Hablaba en voz cada vez más alta, con los ojos inyectados en sangre.

Gabriel no estaba preparado para que ella reaccionara igual que un toro frente a una capa roja.

—No, juro que...

El corazón le dio un sacudón en la garganta y él intentó desaparecer. Pero ella llegó hasta donde estaba él una milésima de segundo antes de que él pudiera apartarse.

Le pegó con las manos abiertas en el pecho cuando chocó con él, y una lluvia de brillantes chispas blancas como la aurora boreal salieron disparadas, formando un arco alrededor de él, cegándolo por un momento.

Al contacto con Edén, una llamarada de calor se propagó por el cuerpo de Gabriel, y lo desconcertó por la virulencia.

Un torrente de pasión y deseo lo cegaron. El placer era tan agudo que gritó al mismo tiempo que ella jadeaba sorprendida y sus ojos se abrían grandes de asombro.

Oh, Dios. Demasiado tarde.

El débil dominio que él ejercía sobre sí mismo desapareció bruscamente.

Tomó la cabeza de Edén entre las manos, enterrando los dedos en sus rizos de seda mientras la estrechaba muy fuerte contra él. El miedo y la rabia de sus expresivos ojos se transformaron en alarma, separó los labios y se arqueó contra él. El cuerpo de Gabriel ardía por entero de auténtica lujuria.

Aplastó con salvajismo su boca contra la de ella, con un ansia imposible de negar ni un segundo más. Ella sabía a naranjas entibiadas por el sol, sustentadas por las lágrimas, y respondía con un calor que alimentaba su propio deseo como gasolina arrojada sobre una llama ardiente.

Envolviendo los brazos alrededor del cuello de Gabriel, Edén se estremeció violentamente bajo la lanza caliente de su lengua, sin negarle nada. Él se hundió profundamente en su boca, temblando por la avidez con la que sus bocas se unían. Tomó lo que ella le ofrecía con un ansia incontrolable

Tenía que detenerse. Tenía... que... detenerse.

Gabriel apartó de un tirón su boca y ella sintió como si le estuvieran arrancando la piel.

—Basta.

Edén gimió en señal de protesta, apretando más los brazos en torno al cuello del hombre; sin soltarlo y sin esperar su conformidad, reclamó otra vez su boca. Se mordió el labio inferior, lo suficiente para sentir el escozor de un dolor agudo y esa sensación aumentó su deseo hasta lo indecible.

El corazón de Gabriel quería salírsele del pecho al advertir que Edén estaba tan fuera de control como él, y su cuerpo se tensó como un arco a punto de disparar una flecha cuando volvió a arrasar la boca que se entregaba voluntariamente.

Estrechó más su cuerpo esbelto mientras la besaba; y bajó las manos por la espalda de Edén para aferrarle las nalgas. Ella jadeó cuando él le aplastó las caderas contra la protuberancia dolorida de su miembro firme y se abrazó con fuerza a su cuello, la boca avara e implacable como respuesta, frotando las caderas contra su cuerpo en una danza enloquecida. Un gemido profundo brotó de su garganta, inclinó la cabeza y precipitó la superficie cálida de su lengua húmeda en la de él, devolviendo con todas sus fuerzas la dolorosa violencia de su beso.

Edén entrelazó su pierna con la de Gabriel, acercándolo más a su calor, el cuerpo apretado contra el de él, los suaves senos aplastados contra la dureza de su pecho plano.

El intenso placer que sintió al besar a aquella mujer no se asemejaba a nada de lo que había experimentado nunca. Necesitaba tocarle la piel. Ardía en deseos de sentir el peso y la tersura de su piel. Ansiaba saborear sus pezones, y beber la humedad de un calor mucho más íntimo.

Era oscuramente consciente de que todavía estaban de pie en el enorme vestíbulo de entrada, cuando en realidad él necesitaba que estuvieran en posición horizontal. Ahora.

Imitando con su lengua el acto que ansiaba, Gabriel se transportó con ella a su dormitorio donde la luz de la luna iluminaba su gran cama deshecha de soltero.

Quería algo más que besar a aquella mujer, pero cuando intentó apartar sus labios de su boca, descubrió que quería repetir otra vez la experiencia de besarlos. La fragancia de su piel, la suavidad como de seda del cabello, el calor húmedo que desprendía su boca lo invadió de una sensación de poder que jamás había sentido. Ella era una adicción y abandonó toda pretensión de resistirse a ella.

Ni cuenta se dieron de que la ropa era una molestia, antes de quedarse desnudos. Ella dio un pequeño grito de satisfacción sin abrir los ojos. La suave caricia de la piel blanca de Edén contra su dureza estremeció a Gabriel.

La depositó en las sábanas entibiadas por el sol, entrelazó sus dedos con los de ella mientras buscaba acomodarse en el hueco de sus muslos.

No podía apartar los ojos de ella: era perfecta. Edén arqueó la espalda, ofreciéndole los senos blancos, rematados por pezones de coral pálido; y abrió los ojos cargados de pasión, que relucían febriles en medio de las espesas pestañas oscuras.

—Júrame por Dios que no tuviste nada que ver con la muerte de Theo.

—Te lo juro.

—Gracias a Dios —musitó fervientemente, y volvió a besarlo. Se separaron, jadeantes.

—Es magia.

Su voz suave estaba muy turbada, y Gabriel supo que no se refería al modo de teletransporte o a la pérdida de su ropa. Sabía exactamente lo que ella quería decir. Era como si cada uno de ellos estuviera inscrito en el ADN del otro: amar a Edén era algo tan natural como respirar. No era de asombrar que fuera imposible resistirse a ella.

—Sí —aspiró el olor a jazmín de su piel blanca—. Es magia.

Que Dios los ayudara a ambos. Sí.

Aturdido por la intensidad del deseo físico, tenía que quedarse inmóvil un instante o estallaría. Bajó la frente hasta coincidir con la de Edén, y al estrecharla fuerte entre sus brazos, oyó el ritmo sincopado de sus respiraciones.

—Eres realmente tan hermosa —musitó con la voz quebrada, haciendo el máximo esfuerzo para dominarse y permanecer quieto—. Y hueles... hueles a algo celestial. A mujer empapada en flores. Dios. La fragancia de tu piel me enloquece. No importa que perfume te pongas, porque cualquiera que se mezcla con el de tu piel me embriaga de deseo

por ti. Cuando entras a una habitación, te huelo y me excito hasta sentir dolor.

Ella movía sin descanso las piernas contra las de él y le sonreía con el rostro iluminado.

—He deseado tocarte. Eternamente.

Edén aflojó apenas los dedos entrelazados con los de Gabriel; él movió con cuidado las caderas, lo suficiente para sujetar las piernas de la mujer contra la suya. Rechinando los dientes a causa de aquella dulce agonía, Gabriel dijo con voz densa:

—Dame un minuto.

Estaba aprisionado íntimamente entre los muslos de ella y sentía la calidez de ese centro húmedo contra su miembro erguido. Apretando los dientes, luchaba por mostrar una mínima señal de control, pese a que sentía que una sed sin límites lo roía

Sentía en carne viva un deseo indómito de ella, y por primera vez en su vida su control se fue al infierno. Tendrían que apuñalarlo repetidas veces en el corazón para que se detuviera. O que Edén le dijera que no.

Su boca ávida decía sí. Sí. Sí.

Ahora era imposible no continuar.

Separando con esfuerzo su boca de la de ella, le mordió suavemente la curva formada entre el cuello y los hombros haciendo que ella inclinara el cuerpo como él preveía. Había percibido la extrema sensibilidad de aquella parte de su cuerpo la noche en que le había hecho el amor a distancia y creyó que se quebraría en mil pedazos por la gran excitación. Pero no había sido nada, nada en comparación con esto.

Si él se deslizaba dentro de ella ahora, en dos segundos él acabaría. ¿Sería tan malo? Era una pregunta desesperada y él conocía la respuesta. Aunque Edén no llegara al orgasmo, el daño ya estaría hecho. Y si él no se hundía pronto dentro de su calor húmedo, acabaría destruido. Moriría.

—Te deseo tanto —admitió, sin reconocer su propia voz. No importaba nada salvo el fuego que le consumía el alma y el cuerpo. Ardía vivo y los suaves reclamos que Edén hacía debajo de él aumentaban sin límites su tensión, retorciéndolo de deseo.

Había sobreestimado su capacidad de control.

Todavía tenía las manos de ella presas encima de su cabeza, y sus uñas le lastimaban la mano mientras ella apretaba las rodillas contra sus caderas, urgiendo la penetración.

—Oh, Dios. Gabriel. Por favor...

Las piernas suaves como seda envolvieron las caderas del hombre; ella cruzó los tobillos, hundiendo los talones en los músculos flexibles de sus nalgas, arrastrándolo más fuerte contra el centro de su cuerpo. Gabriel había olvidado lo tenaz y resuelta que era aquella mujer.

Deslizó una mano debajo de las caderas de la mujer, cogiendo en el hueco de la mano la carne firme de su trasero, alzándola para recibir la primera estocada fuerte. La penetración fue rápida.

No, pensó oscuramente entre las convulsiones y espasmos de su cuerpo. No duró siquiera dos segundos.