CAPÍTULO TRECE
A
Edén le importaba un bledo la organización antiterrorista en la que él trabajaba. Estaba interesada únicamente en saber quién era Gabriel Edge. Su cuerpo sentía aún los efectos del acto de amor que había superado con creces todas las experiencias anteriores.
Deseaba que él fuera a sentarse a su lado. Tenerlo del otro lado de la habitación tras haber pasado las últimas horas en sus brazos le parecía mal en todo sentido.
Gabriel se acercó lo necesario para darle un vaso de cristal lleno de un vino pálido. El roce de sus dedos le transmitió una chispa de electricidad y su corazón empezó a latir más deprisa. Dios. La atracción que sentía por este hombre era inconcebible.
—Por lo menos, tú eres capaz de caminar —dijo ella lacónicamente, y sintió que los latidos de su corazón subían y bajaban el límite de velocidad permitida cuando él curvó los labios en una sonrisa sensual—. Cuéntame.
—T-FLAC es una organización privada que se dedica a contrarrestar el terrorismo mundial. Vamos adonde nos necesitan. Y Dios lo sabe, nos necesitan con frecuencia.
Edén bebía a sorbos el fresco vino frutado, esperando que él se sentara. Pero Gabriel no se sentó ni tampoco bebió.
—Y... ¿todos son magos?
Como científica sabía que los magos no existían y estaba absolutamente segura de eso. Sin embargo, aquí estaban ellos y, salvo que aquella experiencia surrealista fuera una alucinación, él era mucho más de lo que decía ser.
Lo miró desde el otro lado de la enorme biblioteca. Alto y en buena forma, tenía el cuerpo firme, sin un gramo de grasa por ningún lado.
Sintió escalofríos. No importaba qué poderes mágicos presumiera poseer, en el fondo, era un guerrero. Un hombre muy alejado de los científicos y matemáticos con los que estaba acostumbrada a tratar a diario. Un hombre muy alejado de su vida normal. Si no fuera por Rex, su camino y el de Gabriel jamás se habrían cruzado.
Él le echó un vistazo a la pantalla del televisor, donde la CNN cubría un levantamiento producido en otro país más dividido por la guerra.
—No, los agentes de T-FLAC no tienen las mismas capacidades. Yo trabajo en la unidad de agentes especiales paranormales que se conoce como PSI.
Un coche bomba explotó en la pantalla y el fuego de la metralla voló por todas partes mientras la gente gritaba. ¿Ese era el tipo de trabajo al que se dedicaba cuando no hacía las veces de niñera de una científica?
—¿Y todos los que están en esa unidad especial son magos ? —Edén se sorprendió de oír el tono casual que empleaba para preguntar sobre lo anormal.
Él negó con la cabeza, evidentemente, escuchándola a medias mientras miraba lo que ocurría.
—Cada uno tiene su propio talento único.
Su talento especial debía de ser el de hacer el amor, concluyó Edén.
¿Y el tuyo cuál es?
—Esto y aquello. Metamorfosis en un ser viviente...
Ella lo había notado, aunque no creía en lo que había visto con sus propios ojos.
—¿Te puedes metamorfosear en otra cosa?
—En seres humanos no. Únicamente en animales —le dijo con la misma indiferencia con la que uno hablaría de su habilidad para tocar el piano—. Invisibilidad. Teletransporte. Hacer que la gente vea lo que yo quiero que vea. Cualquiera que se acerque al castillo verá una casa abandonada y en ruinas, la casa original en la que mi madre vivía con sus padres. —La miró frunciendo el ceño—. Más interesantes por el momento son las cosas que no puedo hacer.
—¿Cómo que?
—Por lo general, puedo obtener información de la mente de una persona muy fácilmente. —Tenía una expresión contrariada—. Menos de la tuya, por desgracia.
La idea de que era capaz de hacer cualquiera de las cosas que decía era tan estrambótica como fascinante. Lo que intrigaba todavía más a Edén era el hecho de que algunas no habían dado resultado con ella.
—¿Por qué es eso?
—Si lo supiera. —Mentía. Lo supo por instinto, aunque ignoraba el motivo. Edén había sido testigo de la transformación de Gabriel en una pantera. Lo había visto teletransportarse y se había transportado con él. Que Dios la ayudara. Los magos no existían, excepto en la ficción; no obstante, allí estaba él.
Lo miró con curiosidad.
—Sin embargo, me puedes leer la mente cuando tengo un clímax. ¿No es eso lo que me dijiste?
—Sí, cuando tienes las defensas bajas.
No las bajaría. Necesitaba todas las defensas cuando él estaba cerca.
—¿Realmente eres capaz de hacer un doble de Rex si me lees la mente?
—Sí. ¿Estás preparada para que lo intentemos?
Se estremeció porque detestaba la idea de que cualquiera, aun ese hombre de ojos oscuros y magnéticos y aquel cuerpo que le había dado tanto placer, se metiera en su mente.
Se le erizaba la piel con solo pensarlo.
—No. Te dije que cuando haya hablado con Seguridad Interior estaré dispuesta a reconstruir a Rex en tu laboratorio. Necesitaría que Marshall estuviera aquí para ayudarme.
—El sargento Dixon llegará en cualquier momento. ¿Te acuerdas de él?
—Por supuesto —respondió ásperamente—, me entrevistó varias veces. ¿Está enterado de quién eres y lo que haces?
—Soy un agente de T-FLAC —contestó lacónico—. Todo el mundo en seguridad sabe a qué se dedica.
—Vaya, discúlpame por estar tan al margen del tema.
Un pensamiento repentino la asaltó. Era ridículo, pero igual preguntó:
—¿Puedes hacer un doble de las personas?
¿Cómo sabría ella si el agente Dixon era el auténtico?
—Por Dios, Edén. Esto no es Las mujeres perfectas{3}. ¿Quién demonios piensas que soy?
Sus ojos se quedaron como prendidos de los de él.
—¿Sabes qué ? Nunca había conocido a un mago. Ni siquiera estoy segura de que lo que he visto sea real. Y como al parecer tú eres capaz de transformarte en pantera y desmaterializando...
—Teletransportando.
—Teletransportándome por todas partes, tengo derecho a conocer tus habilidades y limitaciones.
—Dios. —Se pasó la mano por el pelo con un gesto exasperado—. Qué desastre. Ni siquiera deberías estar aquí. —Su voz era fría, despojada de emoción; los ojos de un azul oscuro opaco la miraron con una expresión vacía.
Herida en lo más profundo, puso la hermosa copa de cristal con mucha suavidad sobre una mesita lateral y se levantó. Él había hecho el amor con ella durante horas, de hecho, casi todo el día. ¿Y se quedaba allí frío, sereno y compuesto, diciéndole que aquello era un desastre?
¿Qué ella ni siquiera debería estar allí?
¿Cuándo había sido él quien la había llevado allí?
¿Cuándo él era el que la había metido en medio de quién sabe qué manipulaciones?
La presión sanguínea le subió. Se dio cuenta de que tenía las mejillas arreboladas por el enojo. Perdía la calma tan pocas veces que supo que estaba a punto de llorar con una furia verdadera e inocultable. Había llegado al límite de su tolerancia.
—Teletranspórtame de regreso a Tempe y a mi piso —masculló—. No pedí que me trajeran aquí, no pedí que...
Ah, mierda, iba a perder los estribos. La sacaba de quicio el hecho de que cuando se enojaba, rompía en llanto.
—No llores, por el amor de Dios.
Los ojos le escocían y se pasó la mano por las mejillas. Secas y calientes. Pero estaba cerca. Endemoniadamente cerca. Y se negaba a verter una lágrima delante de aquel insensible... bruto.
—Vete al infierno.
—Edén.
Lo atravesó con una mirada candente mientras pisaba la alfombra con sus sandalias de la suerte de cuero dorado. Las consideraba así porque las llevaba puestas cuando le dieron el último aumento importante y cuando Jason le había regalado un Mercedes como premio extra.
Pero era evidente que no le daban suerte con los magos.
Desesperada por escaparse y averiguar dónde se había producido el cortocircuito en su relación, Edén quería salir de ese campo de fuerza negativo en el que se encontraba y patear alguna cosa con sus sandalias de la suerte.
Gabriel se apartó rápido de su camino. Si él la hubiera golpeado, no se habría sentido tan herida, pensó ella, helada por su actitud y su tono de voz evasiva. ¿Qué se creía él después de haberle hecho el amor durante horas? ¿Qué tenía microbios? El muy hijo de puta.
De improviso, volvía a ser una adolescente de dieciséis años con demasiado peso, demasiado cerebral, demasiado vulnerable. Estaba fuera de su elemento, confundida por emociones que no tenían una válvula de escape lógica. Maldito. Maldito.
—¿Adónde vas?
—¿Adónde puedo ir? —preguntó con cansancio.
Ya no tenía dieciséis años, recordó. Ni le sobraban quince quilos. Y sus emociones podían tener una válvula de escape, o por lo menos así era hacía media hora.
Quizá sus emociones avanzaban con retarso debido a la forma en había crecido. Ella sentía como si le faltara un fragmento importante de información para comprender lo que sucedía. Él había pasado de comérsela prácticamente viva al desinterés frío en un suspiro.
Y aunque había sido una lección duramente aprendida ante las rodillas del amo, sabía que no siempre ella tenía la culpa. Era adulta y aceptaba haber cometido errores en las cosas humanas. Pero en esta ocasión, era él quien se comportaba como un imbécil.
—¿Adónde puedes ir? —repitió Gabriel mientras daba un rodeo por detrás de uno de los grandes sillones de cuero para no acercarse a ella, de modo que el mueble los separaba como si fuera un escudo. La miró fríamente con sus ardientes ojos azules—. ¿En cuánto tenga el robot? De regreso a tu vida de antes.
—Muy bien, como si no hubiera cambiado de manera irrevocable —masculló, apretando tan fuerte los dientes que le dolía la mandíbula—Theo está muerto; alguien robó a Rex. —En silencio, agregó a la lista de cosas que alteraban la vida, el tener sexo con un mago—. Muy bien, retomaré mi antigua vida como si nada de esto hubiera pasado. Ojalá nunca me hubieras traído aquí.
—Ya somos dos los que pensamos lo mismo, doctora Cahill.
Estaba sorprendida de su capacidad de movimiento, después de haber recibido un golpe en medio del pecho semejante a la patada de una mula. Edén se sentía helada hasta los tuétanos.
Recorrió a Gabriel con la mirada: camiseta negra, vaqueros desgastados que mostraban no sólo sus piernas largas y musculosas, sino la prueba de que, aunque él no lo reconociera, todavía estaba poderosamente excitado. ¿Y entonces qué? Se burló una vocecita. Los machos saludables se excitan con los comerciales de Victoria's Secret. Y Dios lo sabía bien, ella no era una modelo. La forma en que Gabriel la miraba estaba en directa contradicción con lo que acababa de decirle, lo que la confundía aún más. Su corazón se aceleró, sin importar lo herida que estaba.
Es mi problema, recordó para sí Edén. Éste no es un tipo para toda la vida, por más que yo lo quiera. En cuanto el robot haga lo que él necesita, estaré de regreso en Tempe tratando de recordar si todo esto fue sueño o realidad.
Mentirosa, se burló de su propia ingenuidad. Tendría las cicatrices que deja el dolor en el corazón para probar cuan real había sido aquello.
Edén fue hacia la puerta, enfurecida consigo misma por ser tan crédula. Necesitaba estar sola un tiempo para desenmarañar el embrollo de sus emociones.
Gabriel apretó los dientes cuando ella atravesó la biblioteca, ofendida, los lindos labios estirados como mordiéndose la lengua para reprimir un estallido. Bien. No podía darse el lujo de que ella volviera a cargar contra él, en particular ahora que sabía con exactitud el efecto que podía producirle el simple roce de su mano.
Fue hasta la mesita donde estaban las bebidas y se sirvió vino. Era eso o tocarla, que sería la decisión propia de un imbécil. Al ver la expresión de sus ojos se preguntó cómo sería tener sexo con Edén tumbada encima del escritorio: inolvidable.
Se permitió una milésima de segundo de locura y se imaginó enterrando la cara en la fragancia de su cuello y las piernas de ella apretando sus caderas mientras él empujaba hondo. Cerró los ojos, obligándose a acallar el hambre latente de poseerla antes de volver a abrirlos.
Ella podía quedarse en silencio, pero tenía un repertorio completo de expresiones en la mirada. Aquellos grandes luceros marrones le lanzaron un peligroso mensaje mientras lo mantenía enfocado en su retícula. Se figuró que se sentiría mejor pensando en cosas mundanas que tratando de analizar la mirada que ella le dirigía devorando metros de alfombra con aquellos sensuales tacones altos.
Aunque disfrutara viéndola caminar por allí calzando sólo sus zapatos sexy, no eran prácticos. Por otra parte, le gustaría verla vestida con algo diferente de los vaqueros anchos y las camisetas que usaba como si fueran un uniforme. Los vaqueros sólo insinuaban la curva de su trasero y, pese a la flojedad de la tela, había memorizado la forma y la textura de aquél.
Notó un temblor sutil en sus manos y las apoyó en el respaldo de la silla que tenía frente a él, hundiendo los dedos en el cuero blando como manteca para no cogerla cuando pasaba. Dios Santo. Había perdido el maldito juicio.
La había herido. Coño. Se sentía como un elefante en un bazar, con todas aquellas emociones desconocidas luchando por ganar la delantera dentro de él. ¿Cómo demonio podía volver a desearla? Sólo el hecho de haber sido capaz de que se le levantara tantas veces en las últimas horas debería ser motivo de celebración. O que lo sacaran en un maldito ataúd. Ya era bastante malo que fuera tan adicto sexualmente a ella. Pero ahora que se había acostado con ella, los fuegos de su apetito sexual se alimentaban de algo más insidioso.
Echó a un lado enérgicamente esos pensamientos antes de que se arraigaran. El sexo era una sensación meramente física y, por poderoso que fuera, él podía refrenar ese impulso.
A la larga, él se hartaría.
A la larga, ella habrá desaparecido.
A la larga.
Pero por ahora, aunque fuera solo para sus adentros, tenía que reconocer que la doctora Cahill lo obsesionaba.
Mientras aquella situación durara, debía mantener las manos lejos de ella.
Basta de deslices.
Pero, Dios, no podía apartar los ojos de ella. Quizá debía decir algo, pero sabía que cualquier cosa que dijera en ese momento empeoraría la situación así que miró su copa cuando ella se iba y se quedó callado
Cada vez que pensaba en ella sólo como un objeto de su deseo, Edén lo sorprendía. Sabía que ella era brillante, una de las mejores en su campo, pero junto con ese cerebro superior existía una dosis de sabiduría callejera que a una académica como ella generalmente le faltaba. Detrás de aquellos ojos marrones de corza había una mujer que conocía su propio valor; una mujer que disfrutaba de su sensualidad; una mujer que no se tomaba con demasiada seriedad ni a sí misma ni a sus éxitos.
Una mujer con sentido del humor, y genio vivo.
No compliques las cosas, se recordó a sí mismo. El antiguo principio del beso. No las compliques, imbécil. Simplifica las cosas hasta la estupidez.
No pienses en ella como una mujer agradable, se amonestó. No pienses en ella como mujer.
Piensa que es un cerebro andante.
Por desgracia, el pensamiento era tan absurdo, en especial en aquellas circunstancias, que quería darse la cabeza contra una pared bien dura para ver si adquiría un poco de sentido común.
Edén abrió la puerta y se dio la vuelta.
—Voy a mi cuarto —dijo ella en voz baja—. Si me necesitas, sabes dónde encontrarme.
Necesitarla, ésa era la maldita cuestión, pensó Gabriel con ferocidad, sin molestarse en responder verbalmente. La sangre siguió hirviendo en sus venas, aun después de que la puerta se cerró silenciosamente tras ella, con un tácito portazo.
Mierda, había tenido que interponer el largo de la habitación entre ellos para no agarrarla y arrancarle aquellos vaqueros y cogerle el trasero con las dos manos. Otra vez.
Arrancarse de la mente la imagen de Edén desnuda significaba un esfuerzo enorme.
Si mantener las manos apartadas de ella antes de que se acostaran había sido muy difícil, ahora la intensidad del deseo se había multiplicado.
Dejó a un costado el vino que ni siquiera había probado, fue hasta la mesa donde MacBain dejaba siempre una bandeja con bebidas y, tomando la pesada licorera de cristal Stuart, se sirvió varios dedos de whisky. Al igual que una pantera enjaulada, recorría de un lado a otro la habitación con el vaso en la mano. Se sentía frustrado, impaciente. Hostia, muerto de miedo.
Las dos únicas personas del mundo que tal vez podían comprender por lo que estaba pasando eran sus hermanos. Pero Duncan estaba en un operativo en Oriente Medio y era imposible localizarlo, y Gabriel no tenía la menor idea de dónde estaba el hermano mediano, Caleb había desaparecido en acción hacía varias semanas.
No era algo infrecuente en el trabajo al que se dedicaban, pero Gabriel sentía una urgente necesidad de contactar con los dos hombres. Tenía que advertirles a sus hermanos qué poderosa era la atracción que sentía hacia su compañera de vida. Hombre prevenido vale por dos.
Todas las técnicas de evasión que los tres habían ensayado a lo largo de los años eran risibles frente a la fuerza de la atracción que Edén ejercía. Hasta la palabra atracción era demasiado suave para la profunda sed que le atenazaba las entrañas. Y por primera vez comprendió las consecuencias de la maldición.
Entendió lo que significaba.
Desde el punto de vista intelectual, siempre había pensado que evitar a cualquier mujer por la que sintiera algo que no fuera sólo sexual sería una simple cuestión de fuerza de voluntad; elegir no rendirse a la atracción parecía simple, en teoría. Y así había sido hasta entonces, hasta Edén.
No había sido capaz de evadirse; tampoco había sido tan fuerte, tan astuto ni tan decidido como para mantener las manos lejos de ella.
Aquella bruja vieja se desternillaba de risa viendo aquello, pensó Gabriel, mientras vaciaba el vaso hasta el fondo y luego se servía otro. Se desternillaba de risa y se restregaba las manos con regocijo. Porque él no sólo deseaba sexualmente a la doctora Cahill, sino que también empezaba a gustarle.
Estaba jodido, pues si era bastante malo sentirse atraído por una mujer que uno no podía tener, aquello no era lo único que lo tentaba. En un lapso breve, había encontrado en ella una larga lista de atributos dignos de admiración. El compromiso con su trabajo era admirable; el humor, encantador. Era reflexiva y perspicaz. Inteligente y aguda. Peligrosa y mortal. Al menos, para él.
Peor aún, se dio cuenta de que habían hecho el amor una docena de veces, compartido el fuego de docenas de orgasmos y él todavía no había recuperado los datos que necesitaba.
Vaya, ahora lo sabía.
Cuando Edén perdía el control, él también lo perdía.
Tenía que mantener a raya su libido antes de que ella regresara, dentro de unos minutos. Había oído a MacBain abrir la puerta de entrada, seguido de un murmullo apagado de voces. Dixon había llegado.
La pesada puerta de la biblioteca se abrió y Sebastián entró solo y la cerró tras de sí.
—No es que no seas bienvenido —dijo Gabriel con desánimo, ridículamente decepcionado porque Edén no estaba con él—. Pero ¿qué haces aquí? Esperaba al agente especial Dixon, de Seguridad Interior.
—Está esperando fuera. —Sebastián Tremayne fue hasta donde estaba la mesa con las bebidas y cogió una botella de gaseosa. Le arrancó la tapa, pero no bebió—. Tenemos un problema.
Gabriel le señaló una silla y los dos hombres se sentaron frente a frente.
—¿Qué tipo de problema? Edén está segura aquí, te dije...
—No se trata de la genial doctora. —Tremayne se inclinó hacia delante, olvidando la bebida—. Gabriel, Tom Lindley fue asesinado durante las primeras horas de esta mañana. No quedó casi nada del cuerpo para poder identificarlo. ¿Qué diablos significa esto?
Lindley era otro mago que trabajaba en la unidad PSI de T-FLAC. Gabriel sintió que aquellas palabras aterrizaban en su estómago como un puñetazo.
—Significa que he perdido un amigo
El vello del cuello se le erizó en señal de alerta. Aquél era uno de los factores que formaban parte de la sensación de inquietud que experimentaba desde hacía varias semanas.
—También significa que hay un mago sinvergüenza por ahí.
Su compañero se enderezó.
—¿Qué razones tienes para suponer eso? Lindley estaba en secreto en Barcelona...
—Es el tercero de los de mi clase que ha sido asesinado desde el mes pasado.
Gabriel se incorporó y se acercó al teléfono caminando con pasos largos. Levantó el auricular y marcó tres dígitos al tiempo que alzaba una mano para frenar las preguntas de Sebastián.
El teléfono sonó una sola vez y alguien contestó.
—Edge, Gabriel —dijo—. ¿Dónde está Caleb? —Escuchó a su interlocutor con la frente arrugada por la preocupación—. Mierda. Nunca se toma vacaciones. Búsquenlo y que Duncan contacte conmigo lo más rápido posible. Después de que se comuniquen con mis hermanos, busquen a Stone, en Praga. —Gabriel miró su reloj: las diecinueve horas—. Díganle que esté preparado para teletransportación a las veinte treinta; después convoquen una reunión de emergencia de agentes especiales PSI. Niveles uno y dos, únicamente. Aquí, dentro de una hora. No hay excusas para nadie. Repito: para nadie.
—Por Dios, Edge me estás haciendo cagar de miedo. ¿Qué diablos sucede?
Gabriel cruzó la habitación, con semblante sombrío que reflejaba la inquietud que sentía.
—Si el asesino es otro mago, es capaz de asimilar los poderes de quienes elimina.
En lugar de sentarse, Gabriel cogió su vaso y empezó a caminar de un lado a otro.
—Nos enfrentamos con la posibilidad de que ocurra algo realmente terrible. Jamás te habrás encontrado con nada más aterrador que un mago que se echa a perder. —Él tampoco. Lo único que había oído eran historias y si una décima parte de ellas eran ciertas... Dios.
Fuera de su elemento respecto a esa clase de peligro, Sebastián se puso de pie.
—¿Qué hacemos? —Actuaba como control de la operación del robot mientras Alexander Stone estaba en Praga, en la cumbre antiterrorista. Gabriel comprendía bien el sentimiento de desconcierto de su amigo pues, gracias a Edén, él conocía perfectamente esa sensación.
Se detuvo, advertido por la aceleración de su corazón de que Edén se acercaba. El miedo le había dejado un sabor metálico en la boca.
—¿Quieres saber qué debemos hacer? —repitió con voz ronca cuando el picaporte de la puerta giró—. Cualquier cosa, todo lo que esté en nuestras manos para detenerlo.
Maldición. Este nuevo acontecimiento iba a tener prioridad sobre el problema del grupo de terroristas que tenía al robot. Un mago deshonesto suelto provocaría efectos impensados.
Pero lo mismo sucedería con el robot en manos de personas sin escrúpulos.
Las dos situaciones eran críticas.
Al menos Edén está segura bajo el techo de mi casa.
¿O acaso el castillo es el lugar más peligroso de todos?, se preguntó Gabriel con una sensación de horror.
La puerta se abrió para dar entrada a un hombre alto, anguloso, de pelo cano cortado a lo militar y vestido con un traje negro tan mal cortado que decía a voz en grito que era un Federal. Cerró la puerta con energía y caminó hasta el centro de la biblioteca.
El hombre mayor miró a Gabriel y a Tremayne alternativamente.
—¿Señor Edge? —Ante el gesto que Gabriel hizo con la cabeza, el hombre avanzó. No extendió la mano y Gabriel tampoco; en cambio, se metió la mano en el bolsillo interior y sacó una billetera de cuero—. Walter Dixon, Departamento de Seguridad Interior. Mi credencial. —Abrió en el aire la billetera de cuero mostrando su distintivo oficial.
—Su ¿mayordomo? ha ido a buscar a la doctora Cahill. —Le echó una ojeada rápida a Sebastián—. ¿Puedo hablar con confianza?
—Adelante.
Gabriel se apoyó en la mesa de las bebidas sin ofrecerle al hombre ni asiento ni una bebida. Aquel no era un encuentro social. Un jet de T-FLAC lo había traído sin demora directamente de Tempe, donde investigaba el robo del robot, hasta una pista de aterrizaje cercana. Edén necesitaba hablar con alguien en quien confiara y como él la había entrevistado una media docena de veces, Walter Dixon era la persona indicada.
Había algo en él que a Gabriel no acababa de gustarle, pero no podía decir concretamente qué era. Tenía el aspecto típico de un agente federal, insulso y poco interesante. Nada que permitiera sospechar de su conducta en ningún sentido. La raya del pantalón mal planchada se interrumpía sobre sus brillantes zapatones abotinados. Tenía las uñas limpias y bien cortadas, el pelo corto. Olía levemente a sudor y a caramelos de regaliz. Vaya, el hombre era humano y le gustaban los dulces. Ninguna de esas cosas era un delito punible.
Examinó los ojos celestes de Dixon, pero lo único que vio fue una inteligencia común y un desinterés de esclavo en la opulencia que lo rodeaba. Gabriel confiaba en su instinto, y si Dixon no le gustaba, a la larga sabría por qué.
—¿Alguna novedad sobre el asesinato y el robo? —le preguntó, sabiendo de antemano que T-FLAC tendría pruebas sólidas mucho antes que cualquier agencia gubernamental.
—No, señor. Todavía no. Pero confiamos en que muy pronto tendremos algo.
Sí, correcto.
—El motivo por el que solicitamos su presencia aquí —dijo con soltura Gabriel— es el de disipar la desconfianza de la doctora Cahill para que le entregue a T-FLAC los datos relevantes y construir un segundo robot Rx793. Una vez que usted lo consiga, haré que lo envíen de regreso en otro vuelo y podrá continuar con la investigación en Arizona.
Dixon frunció el ceño intrigado mientras guardaba su identificación en el bolsillo interior de la chaqueta.
—¿Por qué T-FLAC quiere hacer una copia del robot de la doctora Cahill? Pensamos que el prototipo ya está en el mercado. Producir otro más, ¿de qué servirá para mejorar la situación? ¿Es posible entrenarlo para que busque a su antecesor? No estoy muy seguro de comprender esa lógica, señor Edge. Y con franqueza, no estoy seguro de aprobar la copia del Rx793, aunque fuera posible. Todas las notas de la doctora Cahill, como usted ya debe de saber, fueron sustraídas la noche que asesinaron al doctor Kirchner. ¿Me está diciendo que ella tiene acceso a esa información ahora? ¿Qué puede reconstruir el robot de memoria?
—No digo eso en absoluto —respondió Gabriel con desenvoltura, sintiendo que ella se aproximaba, aunque todavía no podía oír el ruido de sus tacones en el suelo de piedra de la entrada. Se imaginó que ya había recorrido la mitad del pasillo ya que su corazón empezó a hacer calistenia.
—A usted no le corresponde aprobar nada —le informó a Dixon—. Su única función es disipar todas las dudas que la doctora Cahill pueda tener sobre la función y legitimidad de T-FLAC.
—Creo que debo llevarme a la joven a Arizona y ponerla bajo custodia preventiva para su protección, como ya se lo sugerí previamente.
Lo que la había mantenido a salvo en Tempe fue su hechizo de seguridad, pensó Gabriel.
—Está bajo custodia preventiva —dijo muy suelto, alejándose de la mesa. La mía.
Cruzó al otro lado de la habitación y abrió la puerta justo cuando Edén y MacBain llegaban. La miró con frialdad.
—Adelante.
Ella no pareció feliz de verlo.