CAPÍTULO QUINCE
E
dén no podía imaginarse nada peor que lanzar a Rex al mundo. Se arrebujó debajo de la lujosa manta liviana y trató de leerles los labios mientras Gabriel y Sebastián conversaban del otro lado de la habitación. Pero era una habilidad que nunca había practicado. Por lo que a ella concernía, ya podían estar hablando chino, o quizá los magos tenían un lenguaje secreto propio.
Walter Dixon la había convertido en una creyente en los magos. Grandioso, pensó, apoyando la mano en su garganta dolorida a modo de protección. Como científica, ella sabía que uno no tenía que ver algo para creer que existía.
Quienquiera o lo que quiera que fuese que había tratado de estrangularla no sólo había existido, sino que era el mal puro.
—Bien, bien, bien. ¿Y quién es este apetitoso bocadito? —dijo ponderativamente un hombre a diez metros del sofá donde se encontraba Edén. Un instante antes no había nada entre ella y los dos hombres que hablaban en voz baja en la habitación, y ahora había un tipo flaco como un palo mirándola con lascivia. Tenía la piel tan tostada y curtida como cuero viejo. Vestía vaqueros azules gastados, muy ceñidos al cuerpo, botas de vaquero, y una camisa a cuadros con botones de perlas. Medía un metro cincuenta y siete de alto en total, incluidas las botas de tacones, y debía de andar entre los treinta y los sesenta.
—Fitzgerald —dijo Gabriel a modo de saludo—. Hazte cuenta de que ella es un mueble.
Unos ojos como pasas de uva relumbraron cuando el hombre la miró.
Empujando hacia atrás el sombrero de paja Stetson que le cubría la frente, y arrastrando las palabras preguntó:
—¿Una cama?
—De espinas —le respondió Edén dulcemente mientras se enderezaba.
El hombre se rió.
—Oh, cara de muñeca, espero realmente que tú seas el problema que he venido a resolver. —Le tendió la mano—. Upton Sinclair, a tus órdenes. ¿En qué puedo servirte...? ¡Mierda! ¿Te importa? —Lanzó un gruñido cuando una chica se materializó prácticamente en el mismo lugar en el que él encontraba parado.
La joven lucía un surtido asombroso de piercings en la cara y pareció no inmutarse por aterrizar casi encima de Fitzgerald. Le lanzó una mirada dulce por debajo del flequillo desfilado negro y fucsia y media docena de aretes plateados en cada ceja.
—Tienes que mover tu culito respingón más deprisa, Uppie, nene.
—Lark Órela. Les das mala reputación a los magos, vaya que sí. Dime, por favor, que no viniste en tu escoba.
—No, volé en mi Dirt Devil. —Le dedicó a Edén una mirada inquisitiva—. ¿Quién es ella?
—Ella —dijo Edén afablemente— es la doctora Cahill, una huésped de Gabriel —No estaba muy segura de si aquella chica con aspecto tan marcadamente gótico realmente había volado en una aspiradora o si estaba bromeando, pero nadie sonreía.
Lark Órela se cogió del brazo del hombre al que casi acababa de partir al medio con sus tacones altos, negros, puntiagudos. .. Oh, Señor. Tenía puestas las últimas y más sensacionales botas de Jimmy de esa temporada de otoño, notó Edén sintiendo una pequeña punzada de envidia. No porque alguna vez fuera a usar botas de charol negras hasta los muslos, con los tacones más altos que había visto en su vida, pero a Edén no le hubiera sabido mal tener un par.
Lark la miró con intensa curiosidad por encima del arete de la nariz.
—¿Ella es el problema?
Un hombre, vestido con un esmoquin bien cortado, camisa plisada con el cuello desabrochado y pajarita colgando, se materializó junto a ellos. Alto, moreno, y ridículamente apuesto, le echó una mirada indagadora a Edén, que a esas alturas ya tenía ambos pies apoyados en el suelo.
La habitación comenzaba a llenarse. Edén se preguntó si debía estar preocupada acerca de su salud mental con tanta gente que aparecía todo el tiempo de la nada sin que ella se sobresaltara y, menos aún, se sorprendiera.
—¿Quién es ella? —preguntó el señor esmoquin con una levísima curiosidad.
—Ey, Simón —dijo alegremente Órela, cogiéndolo con el otro brazo—. Gabriel está en un aprieto, al parecer y no es el pro... Oh. Hola, Alex. —Los ojos rodeados de negro de la chica se agrandaron de admiración, y los de Edén también.
Otro guapo sensacional alto y moreno. Éste chorreaba agua y se tapaba a duras penas con una toalla blanca de hotel que aseguraba apresuradamente alrededor de sus esbeltas caderas.
—Al menos podrías haberme dejado terminar la condenada ducha, Edge.
Gabriel echó un vistazo al reloj que estaba sobre la chimenea. Sus ojos se cruzaron con los de Edén al pasar y se quedó mirándola fijo antes de apartarlos. Aunque breve, la intensidad de la mirada de sus oscuros ojos azules fue casi palpable, y la hizo sentir como si fuera víctima de un lengüetazo... visual. Oh, Dios. Realmente estoy confundida.
—Dije veinte treinta, Stone.
—Así es. —Unos ojos verdes pasaron revista a Edén. Alex Stone le dedicó una sonrisa lenta, una sonrisa sexy y lenta que, cuarenta y ocho horas atrás, le habría acelerado el pulso. Y todo lo que Edén pensaba ahora era: absolutamente guapo.
Su sonrisa se hizo más franca, como si pudiera leerle la mente mientras le decía a Gabriel por encima del hombro.
—¿No te molesta si me visto antes de comenzar?
—Por mí no lo hagas —le respondió Lark, agitando las pestañas llenas de máscara negra frente al hombre prácticamente desnudo.
Ni por mí, pensó Edén divertida mientras Lark hacía un movimiento y Alex estuvo vestido con unos ceñidos pantalones de cuero negro y botas de motociclista anudadas con cadenas plateadas.
Alex agitó la cabeza mirando hacia abajo:
—Lark...
—Aguafiestas —dijo haciendo un mohín—. Ahí tienes. ¿Está mejor ahora?
Los vaqueros ceñidos y un jersey azul pastel con escote en V en él eran apenas menos sexy.
—Mientras me pueda sentar con estos vaqueros, y podamos prescindir de las botas... —Las botas de motociclista ahora eran unos zapatos de atletismo—. Gracias. Sí.
Ella sintió el tirón de la mirada de Gabriel sobre ella y giró la cabeza. Sus miradas se chocaron a través de la vasta habitación. Los ojos azules, cálidos como la medianoche, la quemaron como si la marcaran a fuego, sofocándola y dejándola sin aliento mientras su sangre se agitaba.
Con un esfuerzo visible, Gabriel arrancó la vista de ella y la depositó en Sebastián, que estaba a su lado.
—¿Dónde está Peter? —preguntó Lark, yendo a sentarse en el brazo de la silla de Simón. Un montón de tela negra se agitó a su alrededor cuando cruzó sus largas piernas—. ¿Y Duncan? Y Yancy... Ah. Aquí está. ¡Llegas tarde!
«Yancy» llevaba el brazo derecho en un cabestrillo negro, el pie izquierdo escayolado y hacía esfuerzos por ponerse una camisa sobre el pecho desnudo, manchado de sangre.
—¿Quieres un justificante del médico? —le preguntó, fulminándola con el ojo sano mientras el otro estaba cerrado por la hinchazón y coloreado de un violeta profundo y dolorido. Cojeó hasta sentarse pesadamente en la punta del sofá desde donde Edén los miraba como si estuviera observando una partida de tenis rápida.
—Hey —masculló entre los labios partidos, a modo de saludo.
—Hey. —Edén le sonrió comprensivamente, preguntándose que aspecto tendría el otro hombre. Era evidente que a Yancy lo habían interrumpido mientras recibía atención médica. Olía levemente a antiséptico y era evidente que sólo le habían curado algunas de las heridas, pues sacó un pañuelo y se dio unos golpecitos en un corte de la mejilla que todavía chorreaba.
Mientras catalogaba sin mucha atención las numerosas heridas del pobre hombre, Edén se distrajo con el brillo y el resplandor de las llamas que observaba por el rabillo del ojo. Y al girar la cabeza vio que había llegado alguien más. Este tipo estaba sentado en la silla que estaba frente a la chimenea y, como los demás, había llegado sin hacer alharaca.
Vestido con pantalones negros y una camisa blanca con el cuello abierto, en cierto sentido lograba parecer más elegante que el tipo del esmoquin. Tenía una cara delgada e inteligente que le resultaba vagamente familiar, y miraba a todos con los ojos más oscuros que Edén jamás había visto.
Lo curioso era que, aunque se sentaba con indolencia bastante cerca de una lámpara de pie, se encontraba casi por completo en la sombra. Jugaba descuidadamente haciendo malabares con tres esferas de fuego del tamaño de una pelota de tenis que sostenía entre sus dedos hábiles y delgados.
—Duncan. —La expresión de Gabriel se relajó cuando ubicó al hombre, y atravesó la habitación, esquivando a las personas que se apiñaban en el centro.
Duncan se levantó y los dos hombres se palmearon en la espalda con tanta fuerza como para hacer tambalear a un elefante.
—¿Y Caleb? —preguntó Gabriel.
Duncan agitó la cabeza.
—Ha regresado. Estoy seguro de que está muy bien.
—Me sentiría mejor si tuviera esa certeza.
—Y yo. Veré qué puedo averiguar cuando terminemos aquí.
Al ver a los dos hombres, uno junto al otro, Edén supo de inmediato que eran hermanos. El mismo pelo oscuro, la misma cara magra, la misma boca sensual, los mismos ojos oscuros, penetrantes. Casi podían ser mellizos. Pero Gabriel era mejor parecido, concluyó, fascinada por el evidente amor que los dos se tenían.
No porque el saludo fuera efusivo, ya que Gabriel se alejó del hermano casi en seguida y fue a pararse de espaldas a la maciza chimenea de piedra.
—Blaine podrá ponerse al tanto cuando llegue. —Paseó una rápida mirada por cada uno de ellos—. En los últimos treinta y siete días han asesinado a tres magos.
—¿Tres? —preguntó Simón, sentándose adelante.
—El cuerpo de Thom Lindley fue descubierto hoy por la mañana temprano. El análisis forense confirmó la presencia de un organismo infeccioso evaporado. El mismo modus operandi que con Townsend y Jamison. —Gabriel escrutó las caras de las personas que estaban allí—. Tenemos un mago bribón que puede ser uno de nosotros o un extraño.
—Hombre —dijo Alex con vehemencia—. Lo que aquí tenemos, damas y caballeros, es un asunto muy jodido. Y, por Dios, fíjense en la fecha. ¿El consejo no está reunido en este mismo momento para que un nuevo Maestro Mago asuma como líder?
—Sí. Así es. Iré a hablar con ellos —dijo Duncan, mientras hacía malabares con cinco pelotas de fuego puro más grandes que se movían con tanta velocidad que Edén sólo veía un arco naranja, rojo y amarillo desplazándose sin parar.
—No podemos acercarnos a ellos hasta que se haya elegido un nuevo líder. Caleb primero. —Gabriel instruyó al hermano.
Edén interceptó la mirada que los dos hombres intercambiaron. Duncan dijo que no con la cabeza una sola vez. Gabriel apretó las mandíbulas.
—Dios. —Cerró los ojos un segundo, y cuando los volvió a abrir, estaban tan oscuros como el ónix—. ¿Seguro que no se aplica a los hermanos?
Duncan no interrumpió su juego, ni siquiera miró a Gabriel cuando dijo con voz baja:
—¿Quieres comprobar la teoría, hermanito?
Edén arrugó la frente intrigada. ¿Qué significaba aquello? ¿Existía alguna ley entre los magos que les impedía tratar de buscar al hermano?
—Una cosa más... —dijo Gabriel con tono adusto—. Tremayne y yo actualmente trabajamos en la fabricación de un doble del robot sustraído del laboratorio de la doctora Cahill. Hasta hace media hora, no relacionábamos la muerte de los tres magos con nuestra operación. Pero eso cambió cuando un hombre metamorfoseado en agente de Seguridad Interior trató de matar a Edén mientras la teletransportaba.
—¡Imposible! —exclamó Lark dejando caer el brazo que apoyaba en el brazo de la silla—. Si hubiera habido alguien además de nosotros en esta casa, palacio, castillo, o lo que fuere, durante las últimas veinticuatro horas, yo lo habría sentido. No existe ni una partícula que indique la presencia de un mago desconocido.
Edén sintió la tentación de levantar la mano y pedirles en forma colectiva que se fijaran en su garganta, que ella sentía como si hubiera recibido una paliza tremenda. Pero como un buen mueble guardó silencio.
—Encubierto de alguna forma —murmuró Duncan, al tiempo que agregaba una brillante daga de plata a las esferas de fuego. La daga atrapaba y reflejaba tanto la luz de las bombillas eléctricas como el naranja del fuego mientras volaba y daba vueltas en el aire, encima de su cabeza.
—Imposible —terció Simón—. Muy bien. Imposible no, con el artilugio adecuado, pero sí bastante improbable.
—Improbable o no —agregó Gabriel— es un hecho. Él estuvo aquí, lo que significa que quiere lo mismo que nosotros: información sobre este robot.
—No —dijo cansada Edén—. No quería saber nada del robot. Me quería muerta.
Gabriel escudriñó su rostro. Ella preferiría que él la cogiera en sus brazos y escaparan corriendo. Cualquier lugar sería bueno estando con ella.
—Quería asustarte de tal modo que bajaras la guardia y así podría sacarte los datos sobre Rex —le dijo con la misma indiferencia con la que uno haría una observación sobre el clima.
—Discúlpame, pero era yo la que luchaba por respirar mientras él trataba de quitarme la vida estrangulándome. Tú no viste sus ojos. —Se frotó la piel de gallina de los brazos—. El... se desmaterializó por eso no pudiste atraparlo.
—¿Qué tipo de artilugio? —preguntó Yancy—. ¿Qué clase de artilugio sería capaz de ocultarlo de nosotros?
—Alguna cosa antigua —sugirió Lark—. ¿Algún amuleto especial? —Miró a Edén, y ésta se sorprendió de ver que debajo del maquillaje exagerado y los múltiples piercings había verdadera inteligencia.
—¿Usaba algo fuera de lo común? ¿Alguna clase de joya?
Edén se tomó un instante para pensar. No, no usaba anillos en las manos, estaba segura de eso.
—Nada que yo viera.
—¿Algo en el bolsillo? —Un hombre nuevo se acercó al centro del semicírculo moviéndose con gracia y sin afectación. De estatura mediana y más bien musculoso, llevaba un traje oscuro demasiado ceñido y una corbata conservadora que hacía que la piel blanca de su cuello pareciera rosada sobre el cuello amarillo de la camisa. El mago Blaine se había rezagado, pensó Edén.
—Llegas tarde —le espetó Lark, dando una impresión completamente distinta de la de la chica gótica que aparentaba ser.
—Perdón. He estado aquí lo suficiente como para captar lo esencial.
—Lo esencial —dijo Gabriel con voz firme— es que ahora sabemos que, el robot desaparecido y nuestro misterioso visitante, están indisolublemente vinculados. Sabemos que esta persona es capaz de ocultarse y esfumarse aquí mismo.
Sabemos que es capaz de matar. Y sabemos —miró una por una todas las caras—, sin temor a equivocarnos, que asimila los poderes de los magos que mata.
Edén no necesitó escuchar el murmullo de alarma para sentirse profundamente aterrada. Si aquellas personas estaban nerviosas, ella lo estaba cien veces más.
—¿Asimilar? —repitió, con la boca seca.
Lark sacudió uno de sus pies enfundados en las botas, debajo de su larga falda de gitana.
—En condiciones apropiadas, los poderes se transfieren. Así es cómo Alex obtuvo los suyos. Antes eran sólo poderes telepáticos, pero ahora él...
—Soy...más—la interrumpió Alex sonriendo encantadoramente.
Qué interesante, pensó Edén, observando la interacción que tenía lugar entre los colegas de Gabriel. Alex, al parecer, era modesto respecto a sus... habilidades. Duncan estaba sentado como abstraído mostrando su habilidad no sólo para generar fuego. Diablos, Gabriel también podía hacerlo, pero Duncan aparentaba sentirse más a gusto en lo suyo. Se sentía cómodo, casi despreocupado jugando con una combinación improbable de objetos a la que había añadido lo que parecía ser una bocha y un... dos cuchillos que formaban un arco encima de su cabeza.
Edén tenía la impresión clara de que Duncan era un poco diferente de los demás. Pero no sabía a ciencia cierta si eso era bueno o malo.
Luego se fijó en los ojos del hermano de Gabriel y se dio cuenta de que, lejos de presumir, lejos de no prestar atención, miraba a cada uno de los que estaban en la habitación con una aguda e inteligente mirada negra. La actuación de malabarismo le servía de pantalla para evitar que todos se concentraran en algo más profundo que el arco llameante que él tenía delante.
¿De qué quería distraerlos?
Como si pudiera escucharla, Duncan giró la cabeza un poco y se cruzó con la mirada de Edén a través de las estrías naranjas. Alzó la comisura de los labios en una pequeña sonrisa antes de volver a concentrarse en lo que se decía allí.
Esa poderosa mirada debía de ser un rasgo familiar de los Edge, reflexionó Edén frotándose los brazos para quitarse el frío. Se preguntaba qué habilidades de mago poseía cada una de las personas que estaban en la habitación, y después decidió que quizá fuera mejor para ella ignorarlo.
—Lark —Gabriel le hizo una señal a la joven para que se adelantara—. Ponnos al tanto sobre Lindley, Jamison y Townsend. ¿Qué habilidades especiales tenían exactamente?
Todos debemos saber a qué nos enfrentamos.
—La habilidad especial de Thom Lindley era metamorfosearse en otra persona durante extensos períodos de tiempo.
Gabriel fue a sentarse en el brazo del sofá, junto a Edén. Su corazón palpitaba, enloquecido como siempre, y aumentaba el tempo de sus latidos cuanto más se acercaba a ella. Era imposible negar que como mujer se sentía poderosamente atraída por él.
Ella había hecho algo increíblemente estúpido e impropio de su carácter. No sólo se había acostado con él y no sólo anhelaba su cuerpo como una droga, sino que, sin saber cómo, se había enamorado de Gabriel Edge.
Se sentía perpleja.
Ella sabía que a la gente le gustaba creer que estaba enamorada, pero, a la larga, la emoción que había interpretado como amor en realidad era algo diferente: lujuria, miedo, dependencia o sed de aprobación.
Dios lo sabía bien, ella había experimentado casi todo eso en diferentes épocas de su vida.
Pese a todo, no le tenía miedo a Gabriel Edge. Ni dependía de él, ni precisaba su aprobación para nada. El la atraía físicamente hasta la locura. Pero aquel sentimiento era algo más que un deseo común y corriente; algo más que la habitual liberación química de endorfinas. Como científica, estaba fascinada por determinar cómo se producía la compatibilidad entre feromonas capaces de provocar una reacción física tan intensa. Quizá en el futuro podría agregar ese elemento a algún proyecto de IA: un reloj o alguna otra pieza de joyería que pudiera alertarnos silenciosamente cuándo una persona compatible con nosotros se encontraba a unos pocos metros. La comercializaría como El detector de parejas 2010. Para no acercarse nunca más a otro perdedor.
Dios. ¿A quién quería engañar? Estaba sentada allí, en un castillo medieval, rodeada de magos. Enamorada del mismísimo mago secuestrador.
¿Cómo diablo había sucedido? ¿Cuándo había sucedido? ¿Ayer? ¿Esa mañana en el solario? ¿Esa tarde cuando habían hecho el amor como si fueran a morir si no lo hacían?
Consciente de Gabriel de forma preternatural, Edén sintió el calor de su cuerpo y olió la sutil fragancia de su piel con tanta intensidad como si los dos se estuvieran tocando y ella hubiera hundido la nariz en la garganta de él. Sin embargo, un metro de distancia los separaba.
El no la miraba, pero ella sabía que los dos estaban pendientes el uno del otro. Sintió, estremecida, el peso de su mano en el dorso del cuello, un gesto sexualmente posesivo del que sólo ellos dos eran partícipes. Sintió su mano sobre ella, y sin embargo sabía que él no la estaba tocando realmente.
No físicamente.
Agitó las pestañas como si le estuviera acariciando la nuca de arriba abajo con el pulgar y éste dejara un rastro caliente. La misma caricia erótica y fantasmal con que la había acariciado en el dormitorio, aunque parecía haber transcurrido un siglo desde entonces.
Sus dedos abrían surcos en el pelo de Edén y palpaban con cuidado los rizos mientras le acariciaba el cuero cabelludo con las yemas de los dedos y ella, sospechando que los ojos debían de ponérsele bizcos por el placer, los cerró sintiendo el hormigueo de su caricia secreta hasta los dedos de los pies.
Gabriel le sostenía la sien en el hueco de la mano, suave, muy suavemente, y ejercía sólo la presión necesaria para que ella inclinara más la cabeza y se apoyara en el brazo del sofá donde él estaba sentado.
Unos dedos invisibles se demoraron en la carne de su oreja antes de seguir por las circunvalaciones del oído. Esto es injusto, pensó ella retorciendo los hombros ante la sensación al mismo tiempo erótica y hormigueante que experimentaba. Para ocultar el movimiento revelador, tuvo que fingir que se tapaba con la manta. Prácticamente ardía en llamas por el contacto.
Salvo que él no la estaba tocando.
Le habría gustado tener alguna habilidad propia, pensó con enojo mientras Gabriel le acariciaba la garganta.
—¿Cuánto tiempo podía mantenerse en ese estado Thom? —preguntó Gabriel, mirando a Alex.
—¿Al principio? Me dijo que menos de una hora. Pero después de más de treinta años, indefinidamente.
—¿A qué grado de asimilación de poderes habrá llegado este tipo? —preguntó Simón—. ¿Principiante o avanzado, Alex? —Todos se dieron media vuelta para mirar a Alex Stone.
—Completo. —El tono de su voz era intimidatorio—. Cuando me ocurrió a mí... —Alex no terminó la frase; y tampoco la había dejado terminar a Lark. Hurgó con los dedos en su pelo oscuro mientras sus ojos verdes relumbraban—. Lo hacía con toda la fuerza.
El contacto con Gabriel desapareció al instante, y Edén se sintió despojada. Él juró en voz baja.
—¿Qué más debemos esperar, Lark?
La joven frunció el ceño y empezó a enumerar una lista de cosas que se podían esperar con sus dedos llenos de anillos y uñas pintadas de negro: invisibilidad; levitación; fuerza sobrenatural; astucia animal; transmutación; control mental, y vuelos.
—Creo que eso abarca más o menos todo.
Sí, pensó Edén, aplastando la mano abierta en la garganta llena de cardenales, aquello, más o menos, abarcaba todo el espectro de temores que ella era capaz de imaginar, y más.