Cinco
Lo que él piensa de mí
Laura es una niña estupenda. Me cayó bien desde que Natalia, su mejor amiga, comenzó a hablarme de ella a través del chat.
Creo sinceramente, aunque parezca inmodesto, que yo le gustaba al principio a Natalia, pero ella es fiel a su Daniel de su alma, y lo cierto es que somos grandes amigos desde entonces; jamás se me insinuó. Dicen que entre un hombre y una mujer no puede haber una amistad, sólo amor o sexo... pero yo creo que se equivocan. De hecho, cuando conocí a Laura, me sorprendió que accediera a darme ese beso, ese piquito del que habíamos hablado en los días anteriores a nuestro encuentro. Con el tiempo supe que lo estaba deseando, pero el orgullo femenino del que tanto presumen las mujeres se lo impedía. Pensaba que si nos lo dábamos yo caería en la trampa de caer que era una chica “fácil”. Laura, y las mujeres que piensan así, están muy confundidas. Entre nosotros ya existía algo muy especial. A distancia, sí, pero no dejaba de ser una relación de intensa amistad y que imaginábamos iba a terminar en algo más cuando nos conociéramos, como así fue.
Por cierto, qué manera tan peculiar de conocernos... Ahora muchas parejas se forman por internet, pero creo que pocas se deben a la insistencia de la mejor amiga de uno de los componentes de la pareja.
Si no fuera por lo cabezota que es Natalia...
—De verdad, Pablo, que no sabes lo que te pierdes.
—Pero qué pesada eres, Natalia. Mira, sinceramente, no me apetece conocer a nadie, y menos, a una chica de fuera. Por lo que me has contado, parece una mujer estupenda, y está muy buena, pero, sinceramente, no me gusta la idea de conocer a nadie por internet.
—¡Pero si a mí me has conocido así, serás torpe!
—Ya, pero me refiero a ligar, a algo más que a una amistad como la nuestra.
—Bueno, no seas tan negativo y no adelantes acontecimientos. ¿Y si por casualidad tú no le gustas a ella? No tenéis que terminar como ligue. Conócela, hazte su amigo, y luego me cuentas.
—Sí, chica, pero lo que tú pretendes es que tengamos una cita a ciegas. ¡Tú estás loca, mujer! Yo jamás he hecho eso y te repito que no me apetece.
Esa fue parte de la conversación de más de media hora que tuve por teléfono con Natalia. Teníamos la confianza suficiente como para habernos intercambiado los números de nuestros móviles, y charlábamos con cierta regularidad. Natalia se estaba volviendo muy pesada con el tema. Si llego a saber lo que venía después... no sé qué hubiera hecho.
—¿Y si resulta que es la mujer de tu vida?
—¿Y si resulta que es la mujer que me hará desgraciado? Natalia, ni aquí ni en ningún otro caso se puede saber si alguien es la persona de nuestra vida. Mira tu ejemplo. Me contaste que en realidad Daniel comenzó saliendo con tu hermana, y al final terminó contigo.
—Pablo, dale al menos una oportunidad. ¿Yo te caigo bien?
—Qué tontería de pregunta. Sabes perfectamente que sí. Si no, no seguiríamos siendo amigos.
—Pues ella también te caerá bien. Si no valiera la pena, no sería mi mejor amiga. Así que queda con ella el próximo sábado. Si no te estoy pidiendo que os encontréis físicamente... Sólo se trata de empezar a charlar un poco a través de la red e intercambiaros unas fotos para veros... Además, je, je... ya la has visto en algunas que te envié, y no me negarás que es mona y que está muy bien... Si llega a enterarse de que te he mandado las de Mallorca...
Y ya sabéis cuál fue el resultado de dicha conversación.
Aunque ahora estemos enfadados, no puedo hablar mal de Laura. Tiene un sentido del humor muy particular. De vez en cuando se molesta con Natalia, y habla de no sé qué de descuartizarla lentamente y recomponerla de una manera un tanto rara. Que si le pondría la nariz en una oreja o algo por el estilo. Qué sé yo. A veces parece que está como una cabra, pero en el fondo es muy equilibrada. Se desvive por sus amigos, y por ayudar a los demás. Tanto, que a veces se pasa.
Recuerdo un día en que una anciana que paseaba por la calle no veía bien la hora en su reloj y le pidió ayuda a Laura. Ella, en vez de mirar su propio reloj, agarró a la señora del brazo y directamente se acercó la muñeca de la mujer a la cara. La anciana gritó porque pensó que Laura quería quitárselo; a punto estuvo de llegar la policía porque se formó un pequeño alboroto. Y aun así, a ella no le dio vergüenza alguna. Al contrario… ¡pero si le dio por reírse a carcajadas! Otro día, en una boda, me recordó a Katherine Hepburn en La fiera de mi niña, cuando Cary Grant le pisa la falda y ella no se da cuenta, y todo el mundo le ve la ropa interior... A ella le pasó algo por el estilo, pero siguió bailando, y para colmo tampoco paraba de soltar risotadas. Me pasa a mí, y me da algo.
Y es que mi chica (porque aún lo es, a ver qué ocurre de aquí al final de la historia), es muy especial. Extrovertida, ocurrente, muy impulsiva, habitualmente tiene algo divertido que contar y que casi siempre son cosas que le han pasado. Excepto cuando me habla de su exnovio, Alberto. Estoy de Alberto hasta la coronilla.
Ella me cuenta que cuando él dejó de enviarle correos, se le fue olvidando de una forma gradual: poco a poco se le difuminaría de la memoria su forma de escribir, de contarle todo lo que estaba viviendo tan lejos, en Paraguay.
Después fueron algunos detalles de su noviazgo que pensaba jamás se le iban a escapar. Se le iba diluyendo su olor, tanto el de su colonia favorita como el de su piel. Ni siquiera recordaba bien sus rasgos. Hasta que un día, definitivamente, se le borró la cara.
Pero eso es lo que dice ella. Otra cosa es que lo sienta de verdad. Se cree que soy tonto, o que me he caído de un guindo.
Aun así, creo que todavía la quiero.