XXII
El morbo de la mentira. El silencio. Sólo el silencio.
El entierro de Pablo tuvo lugar el sábado por la mañana. Las escenas de dolor fueron la nota predominante entre todos los asistentes. Su hermana estaba rota. Sin embargo, nadie incluida la afectada Soledad que estaba a su lado, entendía porqué se había presentado vestida con un vestido rojo que hacía lucir su explendida figura. Nadie se atrevió a decirle nada.
Hugo había optado por no asistir, también estaba afectado. Aunque en su caso, fue el agotamiento y los acontecimientos malhechores que sentía haber cometido los que le mantuvieron en casa.
El acto fue íntimo. Ella, su hermana, era la única familia que tenía. Los amigos más allegados la acompañaron en tan triste trámite.
Soledad fue la transmisora de la noticia de la muerte de Pablo, cuando la fue a buscar al hospital. Desde entonces las dos habían permanecido juntas, hombro con hombro, llanto con llanto.
Tras el sepelio fueron a casa de Pablo, ahora pasaba a ser la casa de su hermana, su única heredera. Desde allí Soledad telefoneó a Hugo y lo invitó a acudir, quería que conociera a la hermana. Ambas querían hablar con él.
Fue ella, Soledad, quien le abría la puerta y lo recibía. Hugo la encontró cansada, agotada. Llevaba dos noches casi sin dormir.
–Pasa. Está en el salón –dijo refiriéndose a la hermana de Pablo.
Juntos avanzaron hacia el encuentro. Hugo no pudo evitar sentir cierto escalofrió al regresar al interior de la casa. Los rayos de sol penetraban hambrientos por el gran ventanal que ya conocía a la perfección. Ningún rastro de sangre. Todo limpio e impoluto. Tal como lo dejaron antes de abandonar la casa.
Mirando por la cristalera, de espaldas, con su vestido rojo y con la mirada perdida en el jardín de su hermano, estaba ella.
–Hugo –dijo Soledad–. Te presento a la hermana de Pablo, Carla.
–Siento… –Hugo se quedo seco cuando ella se giró–. Siento lo de tu hermano –concluyó.
–Gracias –quedó mirándolo–. ¿No nos conocemos?
–Creo que sí –dijo pensativo–. Hace… hace una semana.
–En el autobús… –Carla parecía sorprendida.
–Vaya… que casualidad –Soledad estaba entre ambos.
El rostro de Carla estaba desmejorado respecto a la última ocasión en la que se vieron, una semana antes. El dormitivo autobús que Hugo solía tomar para ir a la oficina. La conversación que lo hizo reflexionar. Esa extraña mujer que tanto había llamado su atención. La que había hipnotizado sus sentidos. Era ella. Carla. La hermana de Pablo.
– Tenemos que contarte algo Hugo –dijo Carla.
– Verás… Hay algo que no te he contado –añadió Soledad.
Hugo, que ya de partida estaba consternado, guardaba silencio mientras sentía caer a un precipicio infinito.
Los tres se sentaron en el sofá.
– Cuando visité a Carla en el hospital me contó en que clase de persona se había convertido Pablo y las humillaciones a las que se vio sometida por su culpa– Soledad se mostraba firme pese al cansancio–. Verás… cuando yo lo conocí ya sufría trastornos de personalidad, por momentos era él y al instante su rostro estaba desencajado y se convertía en alguien totalmente distinto, inestable, con una autentica fijación por el sexo. Cuando dejamos de estar juntos estaba algo recuperado, seguía un tratamiento. Pero lo abandonó.
– Lo he llegado a pasar muy mal por su culpa –Carla parecía querer excusarse de algo–. Entré en ese submundo porque él me lo pidió… –miró hacia el ventanal–.No se como pude dejarme convencer.
En realidad Carla si sabía porque se había dejado convencer por Pablo. Varios elementos confluyeron, el deseo de dar un giro a su vida, de explorar un posible camino a la felicidad, pero también esa extraña y desdichada atracción que siempre había sentido hacía su hermano, una fijación de la infancia que nunca supo manejar adecuadamente.
– Soledad… –Hugo no entendía nada– ¿Qué está pasando aquí?
–Ella me pidió ayuda –contestó ella con tranquilidad–, me contó sus sospechas sobre Florencio, temía que pudiera hacerle daño a Pablo. Las dos temíamos por la vida de Pablo.
– Entonces… Tú ya sabías que Florencio… –Hugo reflexionaba en voz alta.
– Cuando vinimos aquí –Soledad se adelantó a sus conjeturas– yo todavía no sabía con certeza qué había pasado. Sólo estaba advertida por ella –dijo señalando con la cabeza –, por Carla.
– No os preocupéis. Nadie encontrará el cuerpo. Nadie preguntará por él. ¡Qué se pudra ese viejo! –Carla lanzó una mirada de odio hacia el exterior, hacia el jardín.
– Tú sabes… –Hugo aunque tranquilo no lograba reaccionar a la situación. Ahora alguien más conocía el destino final de Florencio.
– Puedes estar tranquilo Hugo. Soy parte implicada en todo esto, yo fui quién pidió a Soledad que tomará las medidas que fueran necesarias con Florencio, con él fuera conseguiré hacerme con el control de los Tong. Pero eso sí, nuestro secreto estará a salvo –sus ojos lo miraban fijamente mostrando el compromiso del silencio.
Carla daba así por zanjada la cuestión. Las cuestiones. Ambas pretensiones previas estaban ahora satisfechas. Sus pecados redimidos, pero su culpa… eso era ahora más difícil de limpiar.
Detestar a Florencio y poner a Soledad sobre la pista de éste para que acabara con él no le pareció suficiente. Por eso decidió romper toda la baraja.
Durante su estancia en el hospital comprendió la verdadera naturaleza egoísta de su hermano al meterla en todo aquel submundo, ya no sabía si realmente era él, o si su personalidad original había desparecido para siempre para dejar paso a todo lo peor que un ser humano lleva dentro. Ya le era imposible borrar de su memoria el hecho de que se había llegado a acostar con su propio hermano. Algo que por otro lado siempre había deseado. Quién sabe, puede que no fueran tan distintos. Al fin y al cabo eran hermanos. Sin embargo, este vinculo sanguíneo no le importó demasiado cuando telefoneó a Florencio desde el hospital para contárselo todo. El viejo supo por sus propias palabras que Pablo era su hermano, le contó como él la había introducido en el grupo, su idea de escribir un libro sobre los Tong, de dar nombres…. La intención de Carla con esta llamada estaba clara. Quería que Florencio se ocupara de Pablo, tal y como éste hizo.
Oficialmente la muerte de Pablo había quedado tal y como decía el periódico, un infarto al volante. Sin falsas notas de suicidio. Sólo un desgraciado accidente de tráfico. Una trágica coincidencia como el destino final de sus padres, destino que Carla forzó para que Pablo fuera para ella sola.
–Mi hermano me dijo en el hospital que quería plantar ese nuevo árbol –señaló con frialdad al jardín, en dirección a un nuevo huésped mientras su silueta se recortaba al contraluz del cristal–. Me encargaré personalmente de que nunca le falte abono, aunque creo que sus frutos, si los da, serán algo amargos.
Soledad miró a Hugo que permanecía cabizbajo, enrabietado por sentirse utilizado, por no terminar de entender la mustia indiferencia de Carla ante los acontecimientos, pero eclipsado por el cumulo de acontecimientos que habían sacudido su vida.
Los rayos del crepúsculo vinieron a iluminar con frágil elegancia las verdes hojas de un árbol que iniciaba su vida anclado a la tierra. Una suave brisa otoñal las agitaba despacio.
Hugo y Soledad no dijeron nada. Sólo se miraron mientras Carla permanecía de píe junto al cristal que la separaba del jardín, bañada por la tenue luz del sol que ya se marchaba. Nadie añadió nada más. Todos callaron. Confabularon en el silencio. Silencio. Sólo silencio.