VI
Con los ojos abiertos puedes escuchar lo que no puedes ver en la oscuridad.
Tumbado desnudo sobre su cama no era capaz de recordar nada. Permanecía inmóvil sobre las agitadas sábanas. La luz se filtraba tímidamente por la ventana, encendiendo los colores de un nuevo día.
Por un instante se sintió confundido, como si hubiera tenido un sueño que no conseguía recordar. Mentalmente intentó configurar el puzzle de las últimas horas, pero no era capaz de armarlo. Un punzante dolor de cabeza le impedía concentrarse más allá de los flacos rayos de sol que ya avanzaban hacia el perchero.
Cerró los ojos en un intento desesperado por bucear en su memoria, en busca de algo más que la aparente resaca. No hacía falta ser muy avezado para concluir que, casi con toda seguridad, había bebido más de la cuenta. Sin embargo, el puzzle seguía careciendo de las piezas maestras que le dieran un recuerdo más concluyente.
Algo le hacía pensar que no había llegado solo hasta casa. Semi-incorporado miró a su alrededor desde la cama, el desorden era el habitual. Poco a poco reunió las fuerzas mínimas para sentarse en el precipicio que abocaba al frío suelo. Amarrándose a la necesidad de ir al baño se puso en pie. La cabeza parecía pesarle más de lo normal, y sentía como si latiera al compás del corazón. Arrastrando los pies fue a meterse debajo de la ducha. El agua templada golpeó en forma de afiladas agujas su cara, y sintió como se reactivaba su circulación, como todo su cuerpo se ponía en funcionamiento, como si unos complicados mecanismos y resortes iniciaran su actividad matutina.
El día se presentaba interesante: resaca de las buenas, de las de hacía mucho tiempo, recuerdos inconexos de lo sucedido la noche anterior, y la tremenda sensación de haber abierto una puerta, un pasadizo que le seducía.
A pasos agigantados las agujas del reloj hacían el trasiego diurno, el sol avanzaba en su habitual recorrido este-oeste, la luz daba paso a la sombra, y el ocaso estaba cercano. La practica totalidad de aquel sábado del mes de octubre lo ocupó ordenando su casa, ojeando libros de las estanterías y recolocándolos. Aquel lugar fue en un principio más acogedor, con una imagen más decorosa pero el tiempo hace el desgaste y, como su inquilino, se fue degradando.
Sin embargo, Hugo deseaba un cambio. Quiso darle un nuevo “look” al salón y transformó un frío rincón decorado con gotelé, en un acogedor punto de lectura con los estantes repletos de buenos ejemplares antes dispersos por todo el apartamento. Una casa en la que llevaba viviendo tanto tiempo que la sentía como propia pese a ser alquilada, una transferencia a la cuenta de su casero lo hacían retornar a la realidad cada principio de mes.
Recobrada la imagen digna de un piso de soltero, por lo menos en aquel recién creado espacio, tomó la decisión de servirse una copa de vino. Al acercarse al botellero comprobó que nunca había prestado el debido interés por el mundo de la enología. ¡Sólo una botella!. Además, no era precisamente un gran reserva, pero, sin duda, le serviría.
Servida la copa ahora faltaba algo de ambiente. Su discografía ofrecía una gran variedad de interpretes y estilos, pero se decantó por un cantautor. Una decisión al azar, pero con la aplastante lógica de que son éstos, los cantautores, los que siempre cantan a la esperanza desde un tono de cierta amargura, probablemente la que provoca tanta sin razón. Y fue así como Hugo estrenó su nuevo rincón de lectura, sin leer, pero con una copa de vino e Ismael Serrano como maestro de ceremonias.
Lo de la noche anterior era como un espejismo, un recuerdo turbio. Y qué decir de aquellas fotografías halladas en casa del amable “abuelito”, de Florencio. Al recordarlas, sintió la necesidad de volver a verlas. Las había guardado entre las páginas de un grueso volumen de El Decamerón.
La imagen le produjo cierto grado de excitación. Aquella mujer sobre la mesa del salón, siendo penetrada desde atrás y con otro miembro en la boca. La escena era, sin duda alguna, sugerente.
El vino se agotaba en su copa, pero el deseo palpitaba en su interior. Un desconocido detonante había activado su existencia, quería saber más, deseaba seguir uniendo piezas. La “fachada” de Florencio estaba en duda, aquellas fotos y la misteriosa visita que lo llevo a la calle antes de tiempo… el perfume. Todo confabulaba en la efervescencia del morbo por conocer la identidad de quienes integraban aquella mórbida escena, sensación que le hizo plantearse un paseo por la casa de aquel, aparentemente, afable jubilado.
El portal estaba cerrado, algo predecible. De todas formas tampoco serviría de nada que estuviera abierto. Que iba a hacer, subir, llamar al timbre y preguntarle al “abuelo” ¿quiénes eran los de la foto?
Prefirió apostarse en un lugar discreto y se dió un tiempo prudencial para esperar algún acontecimiento.
La tarde iba cayendo apacible, su paciencia, sin embargo, aminoraba. Salvo, transeúntes y algún vehículo que otro, nada pasaba por aquella tranquila calle del centro. Nadie había entrado ni salido del edificio en los últimos veinte o treinta minutos.
Su teléfono móvil vibró en el bolsillo del pantalón, un mensaje de texto lo sacó del sopor que le provocaba la espera:
“¿Nos vemos a las once donde nos vimos anoche? Soledad.”
–¡Soledad! –dijo en voz baja con tono de sorpresa–. Anoche estuve con ella.
Una leve sonrisa se dibujaba en su boca, mientras respondía al mensaje para aceptar la invitación.
Todavía le restaban tres horas y media para la cita, pero era demasiado tiempo para aguantarlo allí parado. Para colmo la oscuridad empezaba ya a ser casi completa y el ambiente se tornaba tan frío que, sin darse cuenta, sus hombros estaban semiencogidos.
Hacía algunos meses que había dejado de fumar, tal vez influenciado por las nuevas tendencias. Ser fumador ya no estaba de moda, todo lo contrario. Pero aquella situación de espera infructuosa invitaba a retomar viejos vicios.
Justo enfrente, al lado del portal que vigilaba, había un viejo estanco, de esos cuyo mostrador de madera ha visto pasar muchas cajetillas de tabaco. Tras él se encontraba una joven de color chocolate, de ojos grandes del mismo color que su piel. No se lo pensó.
–Hola.
–¡Hola! –respondió ella animosamente.
–Pues… no sé que pedirte, hace mucho que no fumo.
Ella sonrió.
–Entonces mejor que empieces por algo suave, ¿no? –la joven esperaba confirmación.
–Creo que te haré caso –Hugo le devolvía la sonrisa.
–Toma este –dijo tomando una cajetilla del estante –Te gustará. Pero recuerda que fumar no es bueno –ella sonrió.
–¡Anda!, tiene gracia que me lo digas tú trabajando en un estanco.
Una nueva sonrisa y unas monedas en el castigado mostrador les sirvió de despedida. Un encuentro divertido, pensó Hugo mientras regresaba a su “garita” de centinela.
Al tiempo que quitaba el plástico del paquete se dió cuenta de que le seguía faltando algo indispensable, fuego.
Sacó un cigarrillo y lo colocó entre sus labios, se rebuscó en los bolsillos sin mucha fe. Visto el resultado de su búsqueda sólo le quedaba esperar, distraído con el móvil, a que alguien pasara fumando para pedir fuego.
Al levantar la vista comprobó que aquella simpática estanquera lo observaba sonriente mientras encendía un mechero.
Cuando se disponía a cruzar la calle, para aceptar tan amable y persuasivo ofrecimiento, alguien salió del portal. Dos personas, un hombre y una mujer. Él, parecía Florencio, sin embargo ella no le era familiar, por lo menos no de espaldas y sin haberle visto ni un solo rasgo facial.
Hugo se quedó parado en medio de la estrecha calle, sin saber que hacer. De un lado satisfacer el morbo y amortizar el tiempo de espera, de otro una linda joven de ébano que le ofrecía fuego y una amplia sonrisa y quién sabe que mas. Movió su cabeza en ambas direcciones. Finalmente, y tras guiñar un ojo a la chica, se dejó arrastrar por la morbosa curiosidad.
A una distancia prudencial caminaba por la misma acera que ellos. Estos paseaban ajenos a la constante presencia de Hugo. No llegaba a escuchar con claridad la conversación que mantenían, habían salido a una de las arterias principales de la ciudad, el tráfico era intenso. Y sólo podía ver como charlaban animadamente, como reían a carcajadas de cuando en cuando. Ella se detuvo un instante para encender un cigarrillo, siempre de espaldas.
Tras varios minutos caminando, las calles comenzaban a hacerse estrechas. Estaban en pleno corazón de la ciudad, en la zona vieja. Las angostas callejuelas fueron a desembocar a una pequeña placita en la que había un bar de “parroquianos” y justo al otro lado un discreto, pero llamativo, rotulo, en el que se podía leer: “Sex-Shop”.
La extraña pareja había entrado allí. Hugo, por el contrario, encamino sus pasos hacia el bar. Desde allí podría controlar el momento de la salida.
Se apoyó en la barra de bordes metálicos. Un obeso camarero, con pantalones cogidos por tirantes, se acercó hasta él. Pidió una cerveza y fuego para el cigarro que ya había vuelto a sacar del paquete.
Un vasito de media caña se posó ante él, se le antojó como néctar de dioses tras una larga hora y media de vigilancia y caminata. También pudo, por fin, encender ese cigarro. Llevaba tiempo sin fumar y no sabía como le podía sentar. Pero tras dos profundas caladas, y para su sorpresa, confirmó que fumar es como montar en bicicleta, nunca se olvida.
Los parroquianos del bar estaban inmersos en sus respectivos mundos, unos viendo el partido de fútbol televisado mientras jugaban al dominó, otros en la barra bebiendo cerveza y devorando pistachos. Nadie parecía haber notado su entrada y, como siempre, esa sensación de anonimato le gustaba. Pasar desapercibido, de puntillas. Tal vez eso tuviera que ver con su estado, con su estancada vida social.
Mientras bebía la refrescante cerveza a pequeños sorbos y le daba vueltas a la cabeza, la idea de entrar en el “Sex-Shop” planeó sobre su mente. El humo del tabaco le hacía ver aquel rotulo envuelto en una débil neblina que lo teñía de un aspecto aún más tentador. No lo pensó mucho más.
Cuando pasaba bajo las luces de neón sintió su corazón acelerándose, al cruzar la puerta se encontró con un laberinto formado por pasillos de estantes. Hugo avanzó despacio, mirando las incontables carátulas de películas. No cabía esperar otra cosa que ostentosas imágenes de cine porno allá donde dirigiera su vista.
En cualquier momento podía tropezarse con Florencio y esa situación sería muy embarazosa, por lo que el sigilo se acentuaba en cada paso. Al fondo del pasillo en el que se encontraba, se veía una puerta. Al llegar hasta ella comprobó que se trataba de una cabina privada. Sin duda, parecía un refugio perfecto.
Abrió, con cierto aire de disimulo, y se coló dentro. El ambiente en el interior era opresivo. La oscuridad era solo esclarecida por una luz rojiza, en el centro una butaca de plástico rígido anclada al suelo, un dispensador de papel higiénico en la pared de la izquierda y una, pequeña, papelera metálica justo enfrente.
Tras poner el cerrojo, Hugo se sentó en aquel “trono” plastificado. Ante él un cristal del tamaño de un televisor, justo debajo un receptor de monedas y un cartelito que decía “diez minutos x 3 €”. Buscó en sus bolsillos monedas sueltas, e introdujo la cantidad requerida.
Una cortinilla, antes imperceptible, que había al otro lado del cristal, se levantó despacio y dejó ver un habitáculo redondeado, no muy grande, con paredes de terciopelo negro. Otros cristales, como el suyo, rodeaban la sala. En el centro, una pequeña área cubierta de pequeños cojines dorados.
Mientras Hugo observaba la escena se abrió una puerta que antes parecía no existir. De ella salió una preciosa joven de facciones nórdicas con una una larga melena rubia. Muy despacio se acercó hasta aquel oasis de pequeños cojines. Como vestuario unos pantalones de látex color ceniza, la parte superior a juego, con el mismo material y color.
Una pequeña lucecita verde se encendía sobre los otros cristales que rodeaban la sala. La joven sé sabía observada, pero parecía permanecer ajena, tan solo lanzaba ligeras miradas insinuantes. Ahora se arrodillaba sobre la esponjosa superficie y se inclinó sobre sus manos mostrando cuan apetecible podía ser su trasero. Los gestos de la joven iban subiendo de tono. Ahora, uno a uno, introducía sus dedos en la boca, chupándolos despacio.
Hugo tragó saliva y se reclinó en el asiento. El estimulo visual ejercía cierta presión en su entrepierna. Nunca antes había presenciado un espectáculo de esas características.
De repente, la puerta invisible se volvió a abrir, otra mujer apareció en la escena. Su rostro estaba oculto tras una máscara de porcelana blanca. Sus pechos cubiertos con un sujetador de satén azul, tez morena en perfecto contraste con la ropa interior. Se acercó al centro, acariciando la espalda de la joven nórdica que la esperaba como un perrito. Esta, respondió besando sus muslos, lamiéndolos despacio desde las rodillas hasta las ingles.
La enmascarada se tumbo delante, dejando las piernas abiertas, gesto que la otra parecía agradecer con una sonrisa malévola. La mujer de látex jugaba con su lengua en aquel ombligo moreno y delicado, muy despacio fue recorriendo el vientre con su lengua. Se detuvo un instante en los abruptos pechos que parecían palpitar, los lamió y relamió haciendo crecer la intensidad de la escena y la presión en los pantalones de Hugo.
La posición que mantenía, inclinada sobre aquellos bonitos pechos, hacía que el látex se ajustara en su parte trasera, y por tanto, los encantos que antes se insinuaban ahora se plasmaban con una plasticidad digna de ser enmarcada.
Muy despacio se echo hacia atrás, y se dedicó a lamer la parte interior de los muslos, de textura aparentemente firme. Mientras sus manos agarraron con delicadeza las braguitas azules y, poco a poco, hizo lo que fue un interminable camino hasta sacarlas por los pies desnudos. El sexo de la joven enmascarada había quedado al descubierto.
Hugo hizo leves movimientos en su butaca con la intención de poder verlo, pero su ángulo de visión lo hacía imposible.
La espalda que permanecía pegada a los cojines se arqueo levemente, en un gesto inequívoco de placer.
Aquella escena estaba siendo dominada por la joven de larga cabellera rubia, que ahora se incorporaba sin apartar la vista de su presa, para liberar sus apretados pechos, de la prisión de látex que los contenía. Un voluminoso, y bien formado, pecho quedaba a los ojos de cuantos se escondían tras los cristales.
Los minutos corrían y Hugo sabía que en cualquier momento se bajaría el telón y, por lo menos, para él la escena terminaría. Sin apartar su atención del cristal rebusco en sus bolsillos a la caza de más monedas, el espectaculo lo merecía. Pero la búsqueda fue estéril.
En ese preciso instante, la misteriosa puerta invisible se abrió por tercera vez y apareció un fornido y lustroso ejemplar masculino, curtido durante muchas horas en algún gimnasio.
Para cuando este nuevo elemento se acercaba a la acción que tenía lugar en el centro, el temido momento llego, y el telón dió por concluida la historia para Hugo. Miró su reloj, y observó la velocidad a la que había transcurrido el tiempo. Le quedaba una hora y media para su cita con Soledad, y debía cruzar toda la ciudad. Sabía que Florencio y su misteriosa acompañante habían entrado allí, pero desconocía si en el tiempo que él llevaba en la cabina se habían marchado. De todas formas, la mejor opción era salir de allí sin titubear, cruzar el laberinto de estantes que le separaba de la puerta y regresar a la calle.