12

EL ÚLTIMO RECURSO

Los disturbios no le gustan a nadie, salvo a los saqueadores y los periodistas. La Policía Metropolitana es un servicio de policía moderno, dinámico y activo, y por ello dispone de cierto número de planes de contingencia para hacer frente a los desórdenes civiles de todo tipo: granjeros armados con camiones de estiércol, anarquistas de la periferia durante el fin de semana, yihadistas activos en sábado. Pero sospecho que no habían trazado planes para frenar a los cerca de dos mil amantes de la ópera que salieron en masa de la Royal Opera House y sembraron el terror en Covent Garden.

Estaba convencido de que una londinense tan lista como Beverley habría tenido cerebro suficiente como para salir del coche antes de que las turbas le pegaran fuego, pero también sabía que su madre no me perdonaría que no lo comprobara. Eché a correr, gritando con todas mis fuerzas para que los demás me tomaran por uno de los alborotadores.

El estruendo me golpeó tan pronto como hube salido por la puerta. Era como una muchedumbre enfurecida en un pub, pero a una escala mucho mayor. Por todas partes se oían extraños canturreos y aullidos animales. No era un disturbio normal. En los normales, la mayoría de la multitud no hace otra cosa que mirar y, de vez en cuando, lanzar vítores. Si se encuentran una tienda con el cristal roto, acudirán gustosos a expropiar sus contenidos, pero en realidad no quieren complicarse la vida. En cambio, lo que tenía ante los ojos era un alzamiento en el que todo el mundo actuaba de cabecilla: todos, desde el joven sospechosamente bien vestido hasta la matrona con traje de noche, estaban furiosos y dispuestos a romper algo. Me acerqué tanto como pude al Mini en llamas y me sentí aliviado al no ver a nadie en ninguno de sus asientos. Beverley había tenido el buen criterio de marcharse y yo debería haber seguido su ejemplo, pero me distrajo la visión de un helicóptero suspendido sobre nosotros.

La presencia de aquel helicóptero indicaba que el Mando Central de la Policía Metropolitana había tomado control operacional directo sobre los alborotos. Eso quería decir que docenas de miembros de la Asociación de Oficiales Superiores de la Policía habían visto sus fiestas con cena, planes de quedarse en casa a ver un DVD y aventuras extramatrimoniales interrumpidos por llamadas urgentes de oficiales que no formaban parte de dicha Asociación y que estaban desesperados porque no se les atribuyese ninguna responsabilidad. Me imagino que el Mando Central supo desde el principio que la situación se había descontrolado y que, tan pronto como terminaran los disturbios, empezaría una gran investigación con acompañamiento musical. Nadie quería ser el que se queda sin silla cuando la música dejara de sonar.

¡Qué ironía!, fue ese pensamiento el que me distrajo y el comisario auxiliar suplente Folsom pudo acercarse a mí por detrás sin que me diera cuenta. Me volví porque me llamó por mi nombre y me encontré con que venía hacia mí. Su traje clásico —al tenerlo cerca me di cuenta de que era un traje de raya diplomática— había perdido una manga y todos los botones. Era una de esas personas que hacen pequeños gestos con la cara cuando están furiosos; ellos piensan que tan sólo exhiben una calma gélida, pero siempre hay algo que los delata. En el caso de Folsom, ese algo era un desagradable tic en el ojo izquierdo.

—¿Sabes qué es lo que más odio en este mundo? —gritó. Me di cuenta de que trataba de adoptar un siniestro tono conversacional, pero, por desgracia para él, había demasiado barullo.

—¿De qué se trata, señor? —pregunté. Sentí el calor del Mini en llamas a mis espaldas. Folsom me había atrapado.

—Odio a los agentes de policía —dijo—. ¿Sabes por qué?

—¿Por qué, señor? —me volví hacia la izquierda, en busca de un camino por donde huir.

—Porque no paráis de quejaros —dijo Folsom—. Yo me uní al cuerpo en 1982, en los viejos tiempos, antes de la Ley de Pruebas Policiales y Delictivas, antes de Macpherson y de sus objetivos de control de calidad. ¿Y sabes qué? Éramos mierda. Nos dábamos por satisfechos tan sólo con arrestar a alguien, y si encima después resultaba que el detenido era culpable ya ni te cuento. Nos daban por culo desde Brixton hasta Tottenham, ¿y tú crees que nos achantábamos? ¡Ni siquiera costábamos dinero! Mandábamos al más imbécil por un par de pintas de cerveza y unas patatas fritas. —Se calló y, por un instante, una mirada de confusión apareció en su rostro, y luego sus ojos volvieron a fijarse en mí, y el izquierdo parpadeó espasmódicamente—. Y tú —dijo, y el tono que empleó no me gustó nada—, ¿cuánto tiempo crees que habrías aguantado entonces? Te habrías encontrado la taquilla llena de excrementos, y ése habría sido sólo el comienzo. Lo más probable es que unos cuantos de tu turno te hubieran llevado aparte y te hubieran explicado, con toda franqueza, aunque también con buena educación, que no te querían. —Me planteé la posibilidad de arremeter contra él… lo que fuese, con tal de que se callara—. Y no te creas que el inspector de tu turno te habría ayudado —dijo—. No habría sabido suficiente ortografía como para escribir «discriminación racial» en el informe, contando con que se hubiera llegado a escribir un informe…

Le hice una finta para que se volviera y salí corriendo en dirección contraria. Mi intención era alejarme del coche en llamas y de los alborotadores. No funcionó. Folsom no se volvió y, cuando pasaba por su lado, me arreó tal revés que fue como si me hubiera golpeado con un tablón. Me caí de culo y me quedé mirando a un oficial superior rabioso que, como mínimo, me iba a propinar una buena paliza. Acababa de golpearme en el muslo con uno de sus zapatos del cuarenta y cuatro —me quedó un moretón en forma de talón durante un mes entero—, cuando alguien lo golpeó por detrás.

Era el inspector Neblett, que aún llevaba puesta la incómoda guerrera del uniforme, pero también empuñaba una auténtica porra antidisturbios, una de esas de madera que prohibieron durante los años ochenta porque eran un poquito más peligrosas que el mango de un pico.

—Grant —dijo—, ¿qué diablos sucede aquí?

Me arrastré hasta Folsom, que estaba tendido sobre el pavimento.

—Se ha producido una irreversible perturbación en el orden público —dije, al mismo tiempo que colocaba a Folsom en posición de recuperación. La cabeza aún me dolía por el revés y no le manejé con mucha gentileza.

—Pero ¿por qué? —preguntó—. Hoy no había nada programado.

Los disturbios son espontáneos tan sólo en muy raras ocasiones. Por lo general, hay que reunir a la masa y provocarla, y el inspector de policía diligente los ve venir. Sobre todo cuando su territorio comprende un imán de disturbios como Trafalgar Square. La única mentira medio convincente que se me ocurrió fue que alguien había atacado la Royal Opera House con un aerosol psicotrópico, pero pensé que con esa explicación suscitaría más preguntas de las que iba a responder. Aparte de que habría provocado una indeseable intervención militar. Estaba a punto de arriesgarme a decirle la verdad, que una especie de fantasma vampiro tenía bajo control a todo el público del teatro, cuando Neblett se dio cuenta de quién era la persona a la que acababa de golpear en la cabeza.

—Oh, Dios mío —dijo, y se agachó para verlo más de cerca—. Es Folsom, el comisario auxiliar suplente.

Nuestras miradas se cruzaron sobre el cuerpo convulso de nuestro superior.

—No ha llegado a verle, señor —dije—. Si llama usted a una ambulancia, podemos hacer que se lo lleven antes de que recobre la conciencia. Hubo un disturbio, alguien le golpeó y usted lo rescató.

—¿Y cuál será tu papel en todo eso?

—El de testigo de confianza, señor —dije—. Testigo de su oportuna intervención.

El inspector Neblett clavó la mirada en mí.

—Me había equivocado contigo, Grant —dijo—. Tienes madera de policía.

—Gracias, señor —dije.

Miré alrededor. Los alborotadores se estaban desplazando. Deduje que se marchaban por Floral Street y salían a la plaza.

—¿Dónde está el GAT? —pregunté.

El GAT es el Grupo de Apoyo Territorial. Son esos tíos que van por ahí con furgones Mercedes Sprinter cargados con cajas de equipamiento en las que llevan desde cascos antidisturbios hasta tasers. Todos los mandos de distrito tienen un par de ellos dando vueltas por su área de operaciones, sobre todo a la hora de cerrar, y siempre hay una fuerza de reserva por si se producen acontecimientos inesperados. Imaginé que los acontecimientos de ese momento se podían considerar inesperados.

—Se están preparando en Long-acre y Russell Street —dijo Neblett—. Creo que el plan del Mando Central consiste en acorralarlos en torno a Covent Garden.

Se oyó un gran estrépito en la plaza, seguido por vítores entrecortados.

—¿Y ahora qué sucede? —preguntó Neblett.

—Creo que están saqueando el mercado.

—¿Podrías llamar a la ambulancia? —preguntó.

—No, señor, tengo órdenes de ir a por el cabecilla —dije.

La explosión de los cócteles Molotov tiene un sonido muy característico. Si están bien hechos, la sucesión de sonidos es: catacrac, pum, zuuuu. El último sonido es el que produce la gasolina al inflamarse, y es el que te matará si lo permites. Lo sé muy bien porque, para graduarse en Hendon, hay que pasar una prueba muy divertida en la que otros arrojan cócteles Molotov contra ti. Fue por eso por lo que tanto Neblett como yo nos agachamos instintivamente al oír un impacto sobre el asfalto a menos de quince metros de nosotros.

—Esto es el principio —dijo Neblett.

Al mirar hacia el sur, vimos una turba de alborotadores en la esquina de Culverhay con Bow Street. Un poco más allá vi el reflejo de las llamas en los cascos azules y los escudos grises de los antidisturbios.

Aún tenía que encontrar a Lesley, reducirla y llevarla hasta el Hospital Universitario para entregársela a Walid. No tendría problemas para transportarla, porque la mitad de las ambulancias de Londres debían de estar dirigiéndose hacia Covent Garden en ese mismo momento. Sólo tenía que localizarla. Decidí partir de la suposición de que aún quería vengarse de Macklin, que en otro tiempo había tenido una ginebrería en Henrietta Street y estaba enterrado en la iglesia de los Actores. Por tanto, tenía dos opciones: o regresar a la plaza —y eso, por desgracia, habría significado atravesar los estimulantes disturbios del sur—; o ir por Floral Street, donde sólo Dios sabía qué podía haber, en términos de alborotadores y cosas malas.

Por fortuna, al reconstruir la Opera House una de las cosas de las que se aseguraron fue de que tuviera muchas salidas. Tras desearle buena suerte a Neblett y arrearle una subrepticia patada a Folsom en la espinilla, volví corriendo adentro. Entonces me sería muy sencillo dejar atrás la taquilla y la tienda del teatro y salir a la plaza por el otro lado. Lo habría sido, por lo menos, si no hubiera habido alguien saqueando la tienda.

La vitrina estaba rota y los cristales se habían desparramado sobre los DVD, las bolsas de viaje con el logo de la Royal Ballet School y los bolígrafos de recuerdo. Alguien se había llevado el maniquí color plata y marfil de la vitrina y lo había arrojado al otro lado del corredor con tal fuerza que lo había destrozado contra la pared de mármol. Dentro se oían unos sollozos, mezclados con el ocasional estrépito de los destrozos. Al pasar por allí, la curiosidad me dominó y me detuve frente a la puerta rota para echar una cauta mirada al interior.

Un hombre de mediana edad estaba dentro de la tienda, sentado en el suelo, descalzo, rodeado de centenares de paquetes de plástico transparente. Agarró ante mis ojos uno de los paquetes y lo desgarró para sacar un par de zapatillas de ballet de color blanco. Cuidadosamente, con la punta de la lengua asomándole por la comisura de la boca, el hombre trató de calzarse una de las zapatillas en su pie peludo y grande. Como era de esperar, la zapatilla le quedaba demasiado pequeña. No importaba la fuerza con que el hombre en cuestión tirara de los lazos. Acabó por deshacerle las costuras. El hombre sostuvo la zapatilla rota enfrente de su rostro y estalló en lágrimas. Arrojó las zapatillas al otro extremo de la tienda y agarró otro par, y entonces me marché… hay cosas que es mejor no saber.

La puerta trasera de la Royal Opera House da a la columnata que se encuentra en la esquina nororiental de la plaza. Habían reventado la Paperchase de la esquina y jirones de papel de colores volaban sobre los adoquines y por la plaza. A la derecha, saqueaban con entusiasmo la Disney Store, pero, por extraño que parezca, no habían tocado la Build-a-Bear —un oasis de cursilería y paz en colores brillantes—. Daba la impresión de que la violencia se concentraba en el oeste, junto a la iglesia. Supuse que sería allí donde encontraría a Lesley. Me acerqué al mercado cubierto, porque conté con que por allí me sería más fácil ocultarme mientras me acercaba a la iglesia. Estaba a medio camino cuando alguien me dirigió un silbido de admiración. Fue un silbido de verdad, con los dos dedos en la boca, y se hizo oír a pesar del barullo.

Al segundo silbido, localicé su origen. Era Beverley, que me miraba desde el balcón del pub en el primer piso. Al ver que me había dado la vuelta, me hizo un gesto con el brazo y corrió hacia las escaleras. Nos encontramos en la puerta.

—Me han quemado el coche —me informó.

—Lo sé —le dije.

—Mi precioso coche recién estrenado —se lamentó.

—Lo sé —dije, y la agarré del brazo—. Tenemos que marcharnos de aquí.

Traté de llevarla una vez más en dirección a la Opera House.

—No podemos volver allí —dijo.

—¿Por qué no? —le pregunté.

—Porque me parece que hay personas que te siguen —dijo.

Me volví. Los cantantes de ópera estaban allí, seguidos por los que reconocí como miembros de la orquesta y por varias personas que en su mayor parte vestían camisetas y vaqueros; supuse que serían los que trabajaban entre bastidores. La Compañía Real de Ópera es una institución reconocida a nivel mundial que se dedica a escenificar algunas de las óperas más importantes a una escala épica. Tienen a mucha gente que trabaja entre bastidores.

—Oh, Dios mío —dijo Beverley—. ¿Esa de ahí es Lesley?

Lesley se había abierto paso hasta ponerse al frente de la turba. Aún tenía la cara de Punch. Levantó la mano y la compañía entera se detuvo.

—Corre —le ordené a Beverley.

—Buena idea —afirmó ella, y entonces me agarró del brazo y tiró con tal fuerza que estuve a punto de caerme.

Beverley se lanzó a toda prisa por uno de los oscuros corredores con paredes de ladrillo que conducían al interior del mercado cubierto. Estaba anocheciendo y la mayoría de las tiendas habían cerrado, aunque los puestos que servían bebidas y comida étnica debían de hacerse ricos con los turistas. Sin embargo, no se veía a nadie y tuve la esperanza de que se debiera a que los clientes y los tenderos habían huido para ponerse a salvo.

Oí a nuestras espaldas que la compañía teatral profería un fuerte aullido, al unísono, y, sobre él, oí también la risa estridente y chillona del espíritu de la violencia y la rebeldía. Entonces se produjo un silencio amenazador y la primera de las bombas de fuego alcanzó el tejado. Lesley había afirmado que no quería mi muerte, pero empezaba a sospechar que lo había dicho de mentira.

Beverley me llevó por un pasillo hasta uno de los patios cubiertos y fue allí donde encontramos a la familia alemana. Eran cinco: un padre imperturbable de cabellos oscuros, una madre rubia y de facciones angulosas, y tres niños de entre siete y doce años. Debían de haberse refugiado tras uno de los puestos de comida al empezar los alborotos, y nada más salir se habían encontrado con que Beverley y yo corríamos hacia ellos. La madre gimoteó, la hija mayor chilló y el hombre se cuadró. El padre no quería pelear, pero por Dios que estaba dispuesto a defender a su familia de dos individuos que se ajustaban al estereotipo de sujetos peligrosos, por grande que fuera la desventaja en la que se encontraba. Le enseñé mi identificación policial y se deshinchó, entre aliviado y sorprendido.

Polizei —le dijo a su mujer, y entonces me preguntó muy educadamente si podíamos ayudarlos.

Les dije que estaríamos encantados de ayudarlos, empezando por acudir a la salida más cercana y evacuar el área. De pronto, empecé a sudar, y me di cuenta de que era porque a mis espaldas había un incendio. Toda la parte de atrás del mercado cubierto estaba envuelta en llamas. Puse una mano en la espalda del padre y otra en la de la hija mayor y los empujé en la dirección contraria.

Raus, raus! —grité, con la esperanza de que esa palabra realmente significara «salid».

Beverley nos guió hasta la esquina sudoccidental del mercado, que por el momento aún no había sufrido desperfectos, pero a duras penas habíamos pasado la segunda hilera de puestos cuando se detuvo, y la familia alemana y yo nos estrellamos contra su espalda. Enfrente de nosotros, un grupo de alborotadores se valía de la fachada occidental del mercado para enfrentarse desde allí a las fuerzas policiales.

—Hemos quedado atrapados —dijo Beverley.

Los alborotadores nos daban la espalda, pero era cuestión de tiempo que uno de ellos se volviera.

Una de las tiendas cercanas parecía sorprendentemente intacta y, aunque por lo general se considere peligroso meterse dentro de un edificio durante un incendio, no vi que tuviéramos ninguna otra opción. Hasta que nos hubimos metido dentro y me hube agazapado detrás de un maniquí vestido tan sólo con dos minúsculas piezas de seda, no me di cuenta de que nos habíamos metido en una sucursal de Seraglio. Convencí a la familia de que se sentaran detrás del mostrador para que no pudiesen verlos desde fuera.

—Por favor —preguntó la madre—, ¿qué es lo que sucede?

—No lo sé, hermana —dijo Beverley—. Yo sólo trabajo aquí.

El mercado cubierto de Covent Garden tenía cuatro hileras paralelas de tiendas bajo el techo de hierro y cristal. Originalmente se construyó para alojar puestos de frutas y verduras, y luego éstos se habían transformado en tiendas con luna de cristal y suministro eléctrico, pero el espacio entre las hileras seguía teniendo menos de tres metros de anchura. Se habían introducido con calzador tiendas de artesanía especializada, cafés y bonitas versiones en miniatura de las cadenas de tiendas típicas de las avenidas de alto nivel. Como resultado, nuestro escondrijo estaba abarrotado de elegantes maniquíes de abstracto color negro y plateado, apenas vestidos con dos escasos trocitos de satén. Tenía la esperanza de que los maniquíes contribuyeran a camuflarnos si alguien miraba adentro.

Esa posibilidad se puso a prueba cuando algunos alborotadores pasaron por delante del escaparate. A juzgar por las chaquetas de traje hechas jirones y las camisas blancas y sucias, eran miembros del público, y no del reparto. Contuve el aliento, porque se habían detenido fuera y se llamaban los unos a los otros con su acento gutural de corredores de bolsa.

Por extraño que parezca, no sentí miedo. Más bien sentía vergüenza de que aquella simpática familia de imitadores de los Trapp hubiera venido a mi ciudad y, en lugar de poder entregar su dinero a los amables vendedores en las tiendas, tuviera que sufrir violencia, golpes y malas maneras por parte de los londinenses. La situación me cabreaba indeciblemente.

Los corredores de bolsa se marcharon a grandes zancadas en dirección al oeste.

—Bien —dije al cabo de un minuto—. Voy a comprobar que no haya moros en la costa.

Salí por la puerta de la tienda y eché una mirada alrededor. La buena noticia era que no había alborotadores a la vista, y la mala probablemente era el motivo: que, mirara a donde mirase, todo ardía. Corrí hacia la salida más cercana, pero no había dado más de unos pocos pasos antes de que el calor empezara a quemarme el pelo de las fosas nasales. Retrocedí rápidamente hasta la tienda.

—Beverley —le dije—, estamos hasta el cuello de mierda. —Le hablé del incendio.

La madre frunció el ceño. Era la lingüista de la familia.

—¿Hay algún problema? —preguntó. Las llamas se reflejaban sin dejar lugar a dudas en los escaparates de la tienda y en los rostros lisos y plateados de los maniquíes, así que no tenía mucho sentido mentir. Miró a los niños y luego me miró a mí—. ¿No puede hacer nada?

Yo miré a Beverley.

—¿No podrías hacer magia? —me preguntó ella a mí.

El calor era cada vez más intenso.

—¿Y tú?

—Tienes que decirme que no hay problema.

—¿Qué?

—Lo dice el acuerdo —respondió Beverley—. Tienes que decirme que no hay problema.

Uno de los cristales de la ventana se agrietó.

—No hay problema —dije—. Haz lo que tengas que hacer.

Beverley se arrojó de cuerpo a tierra y apretó la mejilla contra el suelo. Vi que movía los labios. Sentí que algo pasaba a través de mí, una sensación de lluvia, el sonido de unos muchachos que juegan al fútbol a lo lejos, el olor de las flores de las afueras y de los coches recién lavados, una televisión que de noche parpadea al otro lado de un visillo.

—¿Qué hace? —preguntó la madre—. Reza por nosotros, ¿no?

—Más o menos —dije.

—Chst —dijo Beverley, y se sentó en el suelo—. Estoy escuchando.

—¿Y qué es lo que escuchas?

Algo entró por la ventana, se estrelló contra la pared con un sonido metálico y me cayó sobre el regazo. Era la cubierta de una boca de incendios. Beverley vio que me había puesto a examinarla y se encogió de hombros como para pedirme disculpas.

—¿Qué has hecho exactamente? —le pregunté.

—No estoy segura —dijo—. En realidad, nunca había intentado hacer esto.

El humo se volvió más denso y nos obligó a poner la cara contra el frío suelo de la tienda para aliviarnos. El niño alemán mediano se echó a llorar. Su madre lo rodeó con el brazo y lo estrechó contra su cuerpo. La más pequeña, una niña, procedía con un estoicismo digno de admiración. Tenía sus ojos azules clavados en los míos. El padre sufría espasmos nerviosos. Se preguntaba si debía levantarse e intentar alguna heroicidad, aunque fuera fútil. Yo sabía muy bien cómo se sentía. La última de las lunas se rompió y llovieron cristales sobre mi espalda. Respiré humo, tosí, respiré más humo. Tuve la sensación de que ya no podía respirar bien. Me di cuenta de que me había llegado la hora… iba a morir.

Beverley estalló en carcajadas.

De repente fue un domingo cálido por la mañana bajo un cielo inesperadamente azul. Olía a plástico caliente y polvo porque habían sacado la piscina hinchable del cobertizo, y los niños, en traje de baño y ropa interior, saltaban de un lado para otro emocionados. Papá tiene la cara roja por haber estado hinchando la piscina y mamá les grita que tengan cuidado, y sacan la manguera por la ventana de la cocina y la encajan en el grifo del agua fría. La manguera carraspea y todos los niños miran su boca…

El suelo empezó a vibrar, y a duras penas tuve tiempo para preguntarme «¿Qué coño es esto?», cuando una pared de agua se estrelló contra la cara sur de la tienda. La puerta se abrió, y, antes de que pudiera agarrarme a algo, la inundación se me llevó por delante y me golpeó contra el techo. El impacto me dejó sin aire en los pulmones, y tuve que reprimir mis propios instintos para tomar aliento. La inundación bajó y, por un instante, vi que Beverley flotaba serenamente entre los escombros antes de que el agua bajara de nuevo y yo me estrellara contra el suelo.

El padre, con más presencia de ánimo de la que había demostrado yo, había apuntalado el cuerpo contra el mostrador y retenía de ese modo a toda su familia. Me aseguraron que estaban todos bien, salvo la más pequeña, que quería repetirlo. Beverley estaba de pie en medio de la tienda y dio un puñetazo al aire.

—¡Toma ya! —dijo—. A ver si Tyburn supera esto.

La euforia de Beverley duró lo suficiente como para poder llevar a la familia alemana hasta la ambulancia más próxima. Según deduje por lo que vi al salir a la calle, la ola de agua de Beverley había empezado en algún sitio cercano al mercado cubierto y había avanzado para inundar la plaza hasta alcanzar un nivel de diez centímetros. Calculé que, con un solo gesto, Beverley había cuadruplicado los daños materiales de aquella noche, pero no lo dije. No había logrado extinguir el fuego del techo, pero, mientras nos escabullíamos, la Brigada de Incendios de Londres acudió a sofocarlo.

Beverley mostró una extraña agitación al ver a los bomberos, y prácticamente me arrastró por James Street para alejarnos del mercado. Parecía que los disturbios habían terminado —salvo por la búsqueda de culpables emprendida por los medios de comunicación—, y los agentes del Grupo de Apoyo Territorial con equipo antidisturbios rondaban por la zona. Discutían técnicas para el empleo de la porra y se volvían a poner las etiquetas de identificación.

Nos sentamos en el pedestal del reloj de sol de Seven Dials y vimos pasar los vehículos de emergencia. Beverley se estremecía cada vez que pasaba un camión de bomberos. Aún estábamos empapados. Empezábamos a sentir frío, aunque fuera una noche cálida. Beverley me agarró la mano y me la estrujó.

—Me he metido en un buen lío —dijo.

Le rodeé el cuerpo con el brazo y la joven aprovechó la oportunidad para meterme sus manos frías bajo la camisa y calentárselas con mis costillas.

—Muchas gracias —le dije.

—Ahora cállate y piensa cosas bonitas —pidió, como si me hubiera sido difícil en esos momentos en los que sentía sus pechos en el costado.

—No has hecho más que reventar varias tuberías —contesté—. ¿Qué problemas vas a tener por eso?

—Lo que he estropeado eran bocas de incendios y eso significa que los del culto a Neptuno se van a cabrear —explicó.

—¿El culto a Neptuno?

—La Brigada de Incendios de Londres —aclaró.

—¿Los de la Brigada de Incendios son adoradores del dios Neptuno?

—No, oficialmente no —dijo ella—. Pero ya sabes… marineros, Neptuno, es un vínculo natural.

—¿Los de la Brigada de Incendios son marineros?

—Ahora no —dijo ella—. Pero en los viejos tiempos, cuando buscaban tíos disciplinados que entendieran de agua, cuerdas, escalerillas y no se asustasen de las alturas, sí. Por otra parte, había un buen número de marineros que buscaban un oficio más estable en tierra firme… existía una bendita afinidad entre una cosa y la otra.

—Pero Neptuno… —dije—. ¿No era el dios romano del mar?

Beverley apoyó su cabeza sobre mi hombro. Tenía el cabello húmedo, pero no me quejé.

—Los marineros son supersticiosos —dijo—. Incluso los religiosos saben que hay que tener respeto por el Rey de las Profundidades.

—¿Has llegado a conocer a Neptuno?

—No seas tonto —exclamó—. No existe nadie que se llame así. En cualquier caso, lamento lo de las bocas de incendios, pero lo que me preocupa de verdad es el agua del Támesis.

—No hace falta que me lo cuentes —repliqué—. Son seguidores del temible Cthulhu.

—No creo que sean religiosos, pero no hay que cabrear a gente que te podría vaciar las cloacas en el nacimiento —dijo.

—¿Sabes? —le dije—, creo que no he visto nunca tu río.

Beverley se volvió y se acomodó contra mi pecho.

—Tengo un lugar cerca de la ronda de Kingston —dijo—. Es sólo una caravana, pero el jardín llega hasta el agua. —Levantó la cabeza hasta que sus labios rozaron los míos—. Podríamos ir a nadar.

Nos besamos. Sabía a fresas y a crema y a chicle. Dios sabrá adónde habríamos ido a continuación, si un Range Rover no hubiera frenado bruscamente frente a nosotros y Beverley no se hubiera apartado de mí a tal velocidad que me quemó los labios.

Una mujer fornida en vaqueros salió del Range Rover y se nos acercó. Tenía la piel oscura y una cara redonda y expresiva, que en ese momento expresaba un serio enfado.

—Beverley —dijo, sin apenas reparar en mi presencia—, te has metido en un buen lío. Sube al coche.

Beverley suspiró, me besó en la mejilla y se puso en pie para marcharse con su hermana. Yo mismo logré incorporarme, sin prestar atención a las magulladuras de mi espalda.

—Peter —dijo Beverley—, ésta es mi hermana, Fleet.

Fleet me echó una mirada inquisitiva. Parecía una mujer de treinta y pocos años, con cuerpo de velocista: hombros anchos y cintura estrecha, con muslos grandes y musculosos. Vestía una chaqueta tweed sobre un polo de cuello alto de color negro. Se había cortado el cabello hasta dejarse un mero rastrojo. Al mirarla, tuve una extraña sensación de familiaridad, como cuando nos encontramos con una celebridad menor cuyo nombre no recordamos.

—Me quedaría a charlar contigo, Peter, pero ahora no es el momento —dijo Fleet. Se volvió hacia Beverley—: Sube al coche.

Beverley me dedicó una sonrisa débil y triste e hizo lo que le mandaban.

—Espera —pedí—. A ti te conozco de algo.

—Fuiste a la misma escuela que mis hijos —aclaró, y volvió a entrar en el Range Rover.

A duras penas se había cerrado la puerta cuando Fleet se puso a pegarle gritos a Beverley. El sonido quedaba amortiguado, pero alcancé a distinguir las palabras «cría irresponsable». Beverley se dio cuenta de que la miraba y entornó los ojos. Me pregunté cómo habría sido crecer con tantas hermanas. Se me ocurrió que tal vez habría estado bien tener a alguien que pasara a recogerme con un Range Rover, aunque luego me pegara gritos de vuelta a casa.

Un rasgo curioso de los disturbios londinenses: en cuanto abandonas la zona donde se han producido, parece que todo siga igual. La mala noticia era que Covent Garden había estado a punto de desaparecer bajo las llamas, pero la buena era que ninguna de las principales líneas de autobús ni de metro se habían visto afectadas. Había oscurecido, yo estaba empapado, aún no podía entrar en la Locura y tampoco quería pasarme otra noche en la silla de la habitación del hospital donde se encontraba Nightingale. Hice lo que hace todo el mundo cuando no le queda ninguna otra posibilidad: regresé al único lugar en el mundo en el que siempre me abrirían la puerta.

Cometí el error de ir en metro. Estaba lleno de gente que volvía a casa después de una noche de juerga. Incluso a esas horas, el ambiente que reinaba en el vagón era cálido y cercano, pero un tío empapado, desastrado y con rasgos ligeramente étnicos como yo disponía de más espacio a su alrededor que el resto de viajeros.

La espalda y la pierna me dolían, estaba fatigado, y convencido de que había algo que se me escapaba. Jamás en mi vida había creído que un policía debiera guiarse por sus instintos. Había visto trabajar a Lesley, y cada vez que acertaba en sus hipótesis era porque se había fijado en algo que a mí me había pasado por alto, había investigado mejor o había dedicado más esfuerzos a pensar en el caso. Si quería salvarle la vida, tendría que hacer lo mismo.

Subieron más personas en el vagón en Goodge Street. La temperatura aumentó, pero por lo menos empezaba a secarme. Un muchacho con pantalones beige y blazer azul de percha se puso al lado de la puerta de conexión entre vagones que quedaba a mi derecha, lo bastante cerca como para que pudiera oír el ritmo metálico que sonaba en los auriculares de su iPod. Tuve la reconfortante sensación de recuperar el anonimato.

Ninguna de las referencias sobre revenants que había leído hasta entonces explicaba cómo era posible que un fantasma ordinario adquiriese la habilidad de succionar la magia de otros fantasmas. Mi hipótesis de trabajo era que los fantasmas eran copias de personalidades que habían quedado grabadas de algún modo en el residuo mágico que se acumula sobre los objetos físicos: los vestigia. Sospechaba que los fantasmas se degradaban con el paso del tiempo, igual que se degrada la música grabada en una cinta magnética, a menos que su señal se reforzara mediante nueva magia. Ése era el motivo por el que tenían que absorberla de otros fantasmas.

Debimos de recoger a un borracho furioso en Warren Street porque, tras un breve período de preparación, desplegó todas sus habilidades cuando llegamos a Euston. Yo estaba distraído con una joven que vestía un top rosado, con un escote más largo de lo que creía posible de acuerdo con las leyes de la física. Había subido al metro y se había apoyado en la ventana que se encontraba frente a mí. Aparté los ojos antes de que se diese cuenta de que la miraba y me fijé en el anuncio más cercano. Tuve la sensación de que el tío del blazer azul también cambiaba de posición y adiviné que debía de estar haciendo lo mismo.

Un muchacho blanco se metió dando tumbos en la pequeña esquina que yo ocupaba y me llegó a la nariz el olor a pachuli, tabaco y marihuana. La mujer del top rosado dudó y entonces se acercó a mí… parece que me consideró el mal menor.

—A la mierda, a la mierda —gritó el borracho desde algún lugar, en el otro extremo del vagón—. Este país se va a la mierda.

El simpático vagón de metro pegó una sacudida y se puso en marcha de nuevo.

Los revenants tenían que ser muy pocos, porque, si no, no les habrían quedado fantasmas de los que alimentarse. Y con eso volví a la primera pregunta: ¿cuál era el motivo por el que un espectro se transformaba en revenant? ¿Tal vez por su estado psicológico en el momento de la muerte? Henry Pyke había sufrido una muerte injusta y sin sentido, incluso si la juzgamos de acuerdo con los laxos cánones del siglo XVIII, pero, aun así, el resentimiento que podía albergar contra Charles Macklin y la ardiente insatisfacción que sentía por el triste desarrollo de su carrera como actor no me parecían motivación suficiente para obligar al pobre Brandon Coopertown a golpear a su propia mujer hasta matarla.

—Y eso que fue un puto paraíso —gritaba el borracho furioso. Seguro que no hablaba de Camden Town. A pesar de los mercados, Camden Town nunca había aspirado a nada más que a alcanzar una modesta respetabilidad.

En la estación de Camden, la Línea Norte se bifurca en dirección a Edgware y a High Barnet, mucha gente se baja del vagón y sube otra mucha. Tuvimos que apretujarnos un poco más y, sin darme cuenta, me quedé mirando la cabeza de la mujer del top. Tenía raíces rubias y caspa. Al hombre del blazer azul lo empujaron desde la derecha y entre los dos me atraparon contra la puerta. Todo el mundo se movía, en un intento por no meterle el sobaco en la cara al de al lado. Por muy incómoda que sea la situación, no hay nada que nos excuse de mantener las mínimas normas de cortesía y no mirar a los ojos a los demás.

El borracho furioso le daba la bienvenida a todo el mundo.

—Cuantos más seamos, mejor —decía—. Que todo el puto mundo se meta aquí dentro… ¿por qué no?

El olor del muchacho blanco con rastas se intensificaba, se sentían con más fuerza la orina y el excremento. Me pregunté cuándo se habría cambiado por última vez sus falsos pantalones de camuflaje.

Hacía menos de un minuto que habíamos dejado atrás Camden Town cuando el metro se detuvo bruscamente. Los pasajeros emitieron un gimoteo casi subliminal, sobre todo porque las luces también perdieron intensidad. Oí una risilla al otro extremo del vagón.

Tenía que haber alguna otra cosa detrás de Henry Pyke —pensaba yo—, algo mucho peor que un actor fracasado y resentido.

—¡Pues claro que hay algo más! —gritó el borracho furioso—. ¡Ese algo soy yo!

Estiré el pescuezo para ver al borracho, pero tenía en medio al chico blanco con rastas, en cuyo rostro se pintaba ahora una expresión de estúpida satisfacción. El olor a mierda era cada vez peor y me di cuenta de que el muchacho acababa de hacérselo en los pantalones. Vio que lo miraba y me respondió con una ancha sonrisa de contento.

—¿Quién eres? —grité.

Traté de abandonar la esquina del vagón, pero la mujer del top retrocedió violentamente y me retuvo contra la pared. Las luces se debilitaron todavía más, y en esta ocasión el gimoteo de los pasajeros ya no fue subliminal.

—Soy la bebida del demonio —gritaba el borracho furioso—. Soy la Calle de la Ginebra y la casa de tu barrio donde se vende el crack. Soy discípulo del capitán Swing, de Watt Tyler y de Oswald Mosley. Soy el rostro que sonríe en la ventana del cabriolé; fue por mí por quien Dickens añoraba la vida en el campo y soy lo que temen tus maestros.

Le di un empujón a la mujer del top, pero los brazos me pesaban, no podía valerme de ellos, como en una pesadilla. La mujer empezó a frotar su cuerpo contra el mío. Hacía cada vez más calor en el vagón y empecé a sudar. De pronto, una mano me agarró por el culo y me lo estrujó. Era el hombre del blazer azul. La sorpresa fue tan grande que me quedé inmóvil. Le miré a la cara, pero él me miraba a mí con la típica expresión de aburrimiento y ausencia del que viaja habitualmente en metro. El sonido de su iPod era más fuerte y más irritante que antes.

Empecé a asfixiarme con el olor a mierda y empujé a la mujer del top para poder ver lo que sucedía en el vagón. Contemplé al borracho furioso… tenía la cara del señor Punch.

El hombre del blazer me soltó el culo y trató de meterme la mano por la parte de atrás de los pantalones. La mujer del top me apretó la delantera con su trasero.

—¿A ti te parece —gritaba el señor Punch— que un hombre joven tiene que llevar una vida como ésa?

El chico blanco con rastas se inclinó hacia mí y, de manera totalmente deliberada, me apretó la cara con el dedo índice.

—Dedito —dijo, y soltó una risilla. Luego volvió a hacerlo.

Hay un punto en el que los seres humanos pierden el control y arremeten contra todo lo que tienen a su alrededor. Hay personas que se pasan la vida siempre muy cerca de ese punto… la mayoría de ellas termina en prisión. Los hay —muchas veces son mujeres— que van aguantando año tras año hasta que por fin llegan a ese punto, y entonces cierto día dicen «hola», pegan fuego a la cama donde duerme el marido y alegan en su defensa que lo hicieron bajo provocación extrema.

Yo había llegado a ese punto y sentía que mi ira era justa. Qué maravilloso habría sido prescindir de las consecuencias y dejarse llevar. Porque a veces nos apetece que el puto universo se entere de nuestra existencia… ¿es que eso es mucho pedir, joder?

Entonces me di cuenta de que ésa era la cuestión.

El señor Punch, el espíritu de la violencia y la rebeldía, hace lo que le dictan sus impulsos más inmediatos. Ése era el tío que actuaba a través de Henry Pyke, y me estaba jodiendo el cerebro.

—Ya lo entiendo —dije—, Henry Pyke, Coopertown, el mensajero… todos ellos cargaban con una frustración… pero eso mismo les ocurre a todos los que viven en la gran ciudad, ¿no, señor Punch? ¿Y cuál es el porcentaje que se rinde a ti? Apuesto a que tus índices de éxito son una puta mierda, así que te puedes ir a tomar por culo, yo me marcho a mi casa a dormir.

En ese mismo momento me di cuenta de que el metro volvía a avanzar, las luces se habían encendido y el hombre del blazer azul no me había metido la mano en los pantalones. El borracho furioso se había callado. Todos los que viajaban en el vagón evitaban mirarme.

Me bajé en Kentish Town, la parada siguiente. Por fortuna, era allí donde quería ir.

Desde septiembre de 1944 hasta marzo de 1945, el simpático pillastre nazi Wernher von Braun apuntó sus V2 a las estrellas, y sin embargo, como dice la canción, le dio a Londres. Cuando mi padre era joven, aún se apreciaba por todas partes el rastro del impacto de las bombas: vacíos en las hileras de casas adosadas que daban testimonio de que el edificio que se encontraba allí había sido destruido. Durante los años de la posguerra se fueron retirando los escombros de esos lugares y construyeron en ellos una serie de horrendos errores arquitectónicos. A mi padre le gustaba decir que el error donde yo crecí se había edificado sobre el punto de impacto de una V2, pero sospecho que en realidad se trató de una carga ordinaria de explosivos alemanes procedente de un bombardero convencional.

Sea cual fuere el origen del hueco de doscientos metros de ancho que quedó entre las casas adosadas victorianas de Leighton Road, los planificadores de posguerra no perdieron la oportunidad de construir un error a tan gran escala. Los bloques de Peckwater Estate se construyeron durante los años cincuenta. Tienen seis pisos de alto, son rectangulares y, a modo de toque estético definitivo, se hicieron con un ladrillo gris y sucio que envejeció con gran rapidez. Como resultado, cuando aprobaron la Ley de la Pureza del Aire y se acabaron las célebres brumas londinenses y limpiaron los edificios viejos con chorros de arena, lo de Peckwater Estate quedó todavía peor que antes.

Los apartamentos eran sólidos, así que al menos, cuando era niño, no me vi obligado a seguir en directo la teleserie del piso de al lado. Pero se construyeron sobre el dudoso axioma, muy del gusto de los planificadores de posguerra, de que la clase obrera de Londres estaba compuesta en su integridad por hobbits. Mis padres tenían un apartamento en el tercer piso con una puerta de entrada por la que se salía a una pasarela al aire libre. Durante mi niñez, a principios de los años noventa, las paredes quedaron cubiertas de grafitis y la escalera exterior, de mierda de perro. Hoy, los grafitis han desaparecido en su mayor parte, y la mierda de perro se limpia con mangueras y termina en una cloaca que, dentro de los parámetros de Peckwater Estate, puede considerarse como un intento de elevar el nivel social de los inquilinos. Aún tenía por costumbre llevar encima la llave de la puerta de entrada, y fue una suerte, porque, al entrar, me encontré con que mis padres no estaban.

Era una circunstancia tan inusual que tuve que pararme a pensar. Mi padre tiene setenta y pocos, y raramente sale. Me imaginé que debían de haberlos invitado a una celebración importante, como una boda o un bautizo, para que mi madre lo vistiese y lo arrastrara fuera de casa. Me imaginé que me lo contarían cuando regresaran. Me preparé una taza de té con leche condensada y azúcar, y me comí un par de bizcochos de marca blanca. Tras reunir fuerzas de este modo, me dirigí a mi antiguo dormitorio, para ver si aún quedaba un espacio donde pudiera dormir.

Tan pronto como me marché —quiero decir, diez minutos después de que la puerta se cerrara a mis espaldas—, mi madre había empezado a utilizar mi dormitorio para guardar cosas. Estaba repleto de cajas de cartón, todas ellas llenas hasta los topes, y cerradas con cinta de embalar. Tuve que sacar varias de encima de la cama para poder echarme. Eran pesadas y olían a polvo. Mi madre guardaba siempre ropa, zapatos, utensilios de cocina y cosméticos sin fecha de caducidad y, aproximadamente cada dos años, se los mandaba a su familia en Freetown. Aunque buena parte de su familia más cercana hubiera emigrado al Reino Unido, a Estados Unidos y, por extraño que parezca, a Dinamarca, la cantidad de envíos no había disminuido. Las familias africanas son notablemente extensas, pero yo había llegado a la conclusión de que debía de estar emparentada con media Sierra Leona. Había aprendido desde una edad temprana que todas las posesiones que yo no defendiera estaban sujetas a confiscación arbitraria y deportación. Mi Lego, sobre todo, fue motivo de combate incesante desde que cumplí los once años y mi madre llegó a la conclusión de que ya era demasiado mayor para esas cosas. Cuando tenía catorce años desapareció misteriosamente mientras yo me encontraba de viaje con la escuela.

Me quité los zapatos, me metí bajo las sábanas y me dormí sin tener tiempo a preguntarme a dónde habrían ido a parar los pósteres.

Me desperté brevemente, varias horas más tarde, al oír que alguien cerraba sigilosamente la puerta del dormitorio y que mi padre hablaba al otro lado. Mi madre dijo algo que hizo reír a mi padre y, reconfortado porque todo andaba bien, me dormí de nuevo.

Volví a despertarme mucho más tarde. La luz de la mañana se colaba por la ventana de mi dormitorio. Estaba tendido de espaldas y me sentía vigoroso, con una sólida erección y el vago recuerdo de un sueño erótico con Beverley. ¿Qué iba a hacer con Beverley Brook? Estaba claro que me gustaba, era evidente que yo le gustaba a ella, y el hecho de que no fuese completamente humana era una preocupante posibilidad. Beverley quería que fuese a nadar a su río y yo no tenía ni idea de lo que eso podía implicar. Sólo sabía que Isis me había advertido que no lo hiciera. Tenía la sensación de que uno no se beneficia a una hija del río Támesis sin llegar al fondo… literalmente.

—No es que tema al compromiso —le dije al techo—. Es que querría saber con qué me comprometo.

—¿Estás despierto, Peter? —oí que decía una voz suave al otro lado de la puerta. Era mi padre.

—Sí, papá, estoy despierto.

—Tu mamá te ha dejado hecha la comida —dijo.

«¿Es mediodía?», pensé. Había pasado la mitad del día y no había hecho nada. Salí de la cama, me abrí paso entre la pared y un montón de cajas de cartón y me dirigí a la ducha.

El cuarto de baño estaba pensado para hobbits, igual que el resto del apartamento, y había sido necesario recurrir a la más avanzada tecnología polaca para instalar una ducha de verdad entre el lavadero y la ventana. Fui yo quien lo pagué, para no tener que agacharme cada vez que quisiera mojarme el cabello. Había un nuevo dispensador de jabón al lado de la ducha, uno de esos que encuentras en los lavabos de los edificios de oficinas. Lo habían comprado o expropiado a un mayorista especializado en productos de limpieza. Me di cuenta de que el papel higiénico y las toallas de baño eran de marcas mucho mejores que cuando vivía con ellos. Mamá debía de estar limpiando en una oficina más lujosa que la de antes.

Salí y me sequé con una gigantesca toalla cubierta de pelusa con las palabras «Aquí irá el nombre de su empresa», bordadas en una esquina. Mi padre era de esa escuela de los hombres que sufren en silencio las enfermedades de la piel reseca de acuerdo con la divisa «Los-hombres-de-verdad-no-se-ponen-crema-hidratante», y mi madre tan sólo tenía un tubo de manteca de cacao de mayorista. No tengo nada contra el empleo de manteca de cacao, pero te deja un olor como de chocolatina Mars durante el resto del día. Una vez me hube encargado del cuidado de mi piel, regresé a la habitación. Abrí varias cajas al azar hasta que encontré ropa para cambiarme. Uno de mis primos lejanos tendría que prescindir de ella.

La cocina era un nicho que se podría haber utilizado para entrenar al servicio de cocina de un submarino Trident. Tenía el tamaño justo para que cupiesen el fregadero, los fogones y una superficie de trabajo. Una puerta en el otro extremo daba paso a un balcón igualmente residual que, por lo menos, recibía durante la mayor parte del año luz solar suficiente para secar la ropa. Por esa puerta entraban volutas de humo azulado de tabaco, y eso quería decir que mi padre había salido para fumarse uno de sus cuatro preciosos cigarros de liar diarios.

Mi madre había dejado pollo al maní y aproximadamente medio kilo de arroz basmati sobre los fogones. Metí ambos platos en el microondas y le pregunté a mi padre si quería un café. Sí quería, así que preparé dos tazas de Nescafé instantáneo que saqué de una lata de catering. Les eché encima un centímetro de leche condensada para enmascarar el sabor.

Mi padre tenía buena pinta y eso quería decir que se había tomado su «medicina» durante la mañana. En el punto álgido de su carrera se había ganado la fama de vestir bien, y a mi madre le gustaba que tuviese un aspecto respetable: pantalones de color caqui y chaqueta de lino sobre un jersey de color verde pálido. Siempre me había parecido que esa ropa podía considerarse chic Imperio, y desde luego que a mi madre le gustaba. A la luz del sol, tenía como un aire colonial, sentado en una silla de mimbre casi tan ancha como el propio balcón. A duras penas quedaba espacio para un taburete y una mesilla de plástico blanco. Dejé los cafés sobre la mesa, al lado de un cenicero Lager tamaño pub de Foster y de la lata de Golden Virginia de mi padre.

Desde el balcón, en un día claro, se veía el patio entero hasta los visillos de los vecinos.

—¿Qué tal le va a la Porquería? —preguntó. Siempre llamaba «Porquería» a la policía, aunque asistió a mi graduación en Hendon y aquel día pareció enorgullecerse de mí.

—No es fácil controlar a las masas —dije—. No dejan de pelearse y de meterse cosas en el cuerpo.

—Ésa es la triste vida del obrero —dijo papá. Bebió un sorbito de café, dejó la taza y agarró la lata de tabaco. No la abrió, tan sólo se la puso sobre el regazo y colocó los dedos encima.

Le pregunté si mamá estaba bien y dónde estaban la noche anterior. Estaba bien y habían estado en una boda. No recordaba muy bien quién era el que se casaba; uno de mis muchos primos, una definición que podía abarcar desde el hijo de mi tía hasta algún chaval que se hubiera metido en casa de mi madre y no se hubiera ido en dos años. De acuerdo con la tradición, una buena boda sierraleonesa tenía que durar varios días, igual que un funeral, pero, en deferencia al acelerado ritmo de la vida británica moderna, los expatriados se pasaban tan sólo un día en las celebraciones, o, como mucho, treinta y seis horas. Y punto. No se incluía el tiempo de preparación.

Mientras me explicaba qué música habían escuchado —no recordaba muy bien la comida, la ropa y ni la ceremonia—, mi padre abrió la lata de tabaco, sacó un paquete de Rizlas, y con mucho cuidado y atención se lió un cigarro. Cuando estuvo satisfecho con su obra, metió tabaco, Rizlas e incluso el cigarro que acababa de liar dentro de la lata, la cerró y volvió dejarla encima de la mesa. Cuando agarró la taza de café, me di cuenta de que le temblaba la mano. Mi padre dejaría la lata encima de la mesa todo el tiempo que pudiese aguantar antes de volver a cogerla y colocársela sobre el regazo, y luego tal vez retocaría el cigarro o, si ya no podía más, se lo fumaría, maldita sea. Mi padre se hallaba en los primeros estadios de un enfisema. El mismo médico que le había proporcionado la heroína le había dicho que, si no podía dejar de fumar, por lo menos se fumara menos de cinco por día.

—¿Tú crees en la magia? —le pregunté.

—Una vez oí a Dizzy Gillespie en directo —dijo mi padre—. ¿Eso cuenta?

—Tal vez —le contesté—. ¿De dónde crees que proviene una manera de tocar como la suya?

—¿La de Dizzy? En su caso todo era talento y trabajo duro, pero en otro tiempo conocí a un saxofonista que decía que había aprendido del diablo, que habían hecho un pacto en la encrucijada, todo ese rollo.

—No me digas —le repliqué—. ¿Era del Mississipí?

—No, de Catford —explicó mi padre—. Dijo que había cerrado el pacto en Archer Street.

—¿Y era bueno?

—No era malo —dijo mi padre—. Pero ese desgraciado cabrón se quedó ciego dos semanas más tarde.

—¿Y eso formaba parte del trato? —pregunté.

—Parece que sí —afirmó mi padre—. Tu madre se lo creyó cuando se lo conté. Dijo que sólo un imbécil se cree que va a conseguir algo a cambio de nada.

Sí, una frase como ésa parecía propia de mi madre, que solía repetir: «Lo que no cuesta nada, no vale nada». En realidad, su frase más repetida, o por lo menos la que más me repetía a mí, era: «No creas que porque seas tan grande no puedo arrearte». Lo cierto es que no me había pegado nunca. Tiempo después dijo que era por esa deficiencia por lo que yo no había sacado la nota máxima. Citaba a muchos de mis primos que habían ido a la universidad como patentes ejemplos de disciplina adquirida mediante la violencia física.

Mi padre agarró la lata de tabaco y se la puso en el regazo. Yo agarré las tazas y las lavé en el lavadero. Me acordé del pollo al maní y del arroz que había dejado en el microondas. Me los llevé al balcón y me comí el pollo, pero dejé la mayor parte del arroz. También me bebí como un litro de agua fresca: un efecto secundario que padezco al comerme los platos que prepara mi madre. Consideré seriamente la posibilidad de volver a la cama. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Saqué la cabeza al balcón y le pregunté a mi padre si necesitaba algo. Me dijo que se encontraba bien. Abrió la lata delante de mí, sacó el cigarro que había liado y se lo puso en la boca. Sacó su mechero de parafina de color de plata y encendió el cigarro con el mismo y calculado aire ceremonioso con que antes lo había liado. A la primera calada, una mirada beatífica apareció en su rostro. Luego se puso a toser con una desagradable tos húmeda que sonó como si estuviera echando afuera el tejido de los pulmones. Con un estudiado giro de muñeca, apagó el cigarro y esperó a que la tos se le pasara. Luego volvió a meterse el cigarro entre los labios y lo encendió de nuevo. No me quedé a mirar… ya sabía la continuación.

Quiero a mi padre. Es un magnífico ejemplo de lo que no hay que hacer.

Mi madre tiene tres teléfonos fijos. Agarré uno y llamé a mi servicio de correo de voz. El primer mensaje era del doctor Walid.

—Peter —decía—, quería decirte que Thomas está consciente y pregunta por ti.

Los periódicos de gran formato lo llamaron «Locura de mayo», como si hubiera sido un tea dance[12]. Los tabloides prefirieron «Ira de mayo», seguramente porque tenía una sílaba menos y el titular les cabía mejor en primera página. La televisión pasó imágenes muy buenas de señoras de mediana edad con vestidos largos arrojando ladrillos a la policía. Nadie tenía ni idea de lo que había ocurrido, así que los gurúes de los medios de comunicación acudieron en masa a explicar que los disturbios habían sido consecuencia del factor sociopolítico que explicaban en su último libro. No cabía ninguna duda de que el suceso entrañaba una enérgica condena de algún aspecto de la sociedad moderna… ojalá hubiéramos sabido de cuál.

Había un fuerte despliegue policial en la sección de Urgencias del Hospital Universitario. La mayoría de los agentes iban de un lado para otro en busca de horas extra o trataban de obtener declaraciones de las víctimas de los disturbios. Yo no quería tener que declarar, así que agarré una fregona y entré por la puerta trasera haciéndome pasar por personal de limpieza. Me perdí en los pisos de arriba mientras buscaba el despacho del doctor Walid y al fin encontré un pasillo que me resultaba vagamente familiar. Abrí puertas al azar hasta que encontré la de Nightingale. No parecía que estuviera mucho mejor que la última vez.

—Inspector —dije—, ¿quería usted verme?

Sus ojos se abrieron y se volvieron hacia mí. Me senté en el borde de la cama para que pudiese verme sin necesidad de moverse.

—Me dispararon —susurró.

—Lo sé —dije—. Yo estaba allí.

—Me dispararon antes —dijo.

—¿Ah, sí? ¿Dónde?

—En la guerra.

—¿En qué guerra? —pregunté.

Nightingale hizo una mueca y se agitó sobre la cama.

—En la segunda —dijo.

—La segunda guerra mundial —dije yo—. ¿En qué unidad combatió… en la Brigada Bebé?

Para poder alistarse en 1945, Nightingale habría tenido que nacer en 1929, contando con que ocultara su verdadera edad.

—¿Cuántos años tiene usted?

—Soy viejo —susurró—. Nací en el cambio de siglo.

—¿En el cambio de siglo? —pregunté, y él asintió—. ¿Nació usted en el cambio de siglo… al empezar el siglo XX? —Parecía que tuviera unos cuarenta y cinco años, lo cual es un buen truco cuando estás medio muerto en una cama de hospital conectado a una máquina que hace «ping» a intervalos regulares—. ¿Tiene usted más de cien años?

Nightingale hizo como un resuello que en un primer momento me alarmó, hasta que me di cuenta de que era una risa.

—¿Esto es natural?

Negó con la cabeza.

—¿Sabe usted por qué se encuentra así?

—Caballo regalado —respondió—. Dentado.

No podía discutírselo. No quería fatigarle demasiado, así que le hablé de Lesley, de los disturbios y de que no podía entrar en la Locura. Cuando le pregunté si Molly podría ayudarme a encontrar a Henry Pyke, negó con la cabeza.

—Sería peligroso —dijo.

—Hay que hacerlo —dije—. No creo que se detenga hasta que nosotros le detengamos.

Poco a poco, palabra por palabra, Nightingale me explicó con precisión lo que había que hacer… y no me gustó nada. Era un plan espantoso y dejaba abierta la cuestión de cómo regresar a la Locura.

—Recurre a la madre de Tyburn —dijo Nightingale.

—¿Quiere que contradiga a su propia hija? —pregunté—. ¿Qué le hace pensar que lo hará?

—El orgullo —aclaró Nightingale.

—¿Pretende que le suplique?

—Su orgullo no —exclamó Nightingale—. El tuyo.