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UN PERRO CAZADOR DE FANTASMAS

A la mañana siguiente, Lesley me preguntó qué tal me había ido la cacería de fantasmas. Pasábamos el tiempo a la puerta del despacho de Neblett, en el mismo lugar donde tenía que caernos el golpe fatal. No teníamos ninguna obligación de estar allí, pero ninguno de los dos quería prolongar el suplicio.

—Hay destinos peores que la Unidad de Seguimiento de Casos —dije yo.

Ambos nos pusimos a pensar cuáles podían ser.

—La policía de tráfico —dijo Lesley—. Eso sería peor que la Unidad de Seguimiento.

—Pero ésos te dan cochazos para conducir —expliqué yo—. BMW Five, Mercedes M Class…

—¿Sabes una cosa, Peter? Eres una persona muy superficial —observó Lesley.

Estaba a punto de protestar, pero en ese instante Neblett salió del despacho. No pareció que se sorprendiera de vernos. Le entregó una carta a Lesley. Ella se mostró extrañamente reacia a abrirla.

—Te esperan en Belgravia —dijo Neblett—. Ya puedes ponerte en marcha.

Belgravia es la sede de la Brigada de Homicidios de Westminster. Lesley me hizo un gesto breve y nervioso con la mano, se volvió y se escapó por el corredor.

—Esa muchacha es una genuina cazadora de ladrones —dijo Neblett. Me miró a mí y frunció el ceño—. Por lo que a ti respecta —continuó—, todavía no sé lo que eres.

—Un agente que de manera responsable realiza una valiosa aportación, señor —dije.

—Di más bien un jeta tocahuevos —me respondió Neblett. No me entregó un sobre, sino una hojita de papel—. Vas a trabajar con Thomas Nightingale, inspector superior.

El nombre y la dirección de un restaurante japonés de New Row estaban escritos en el papel.

—¿Para quiénes voy a trabajar? —pregunté.

—Creo que para los de Delitos Económicos y Especializados —dijo Neblett—. Te quieren vestido de paisano, así que será mejor que vayas a cambiarte.

Delitos Económicos y Especializados era un cajón de sastre en el que se hallaba un gran número de unidades especializadas en campos muy diversos, desde obras de arte y antigüedades hasta inmigración e informática. Lo importante era que la Unidad de Seguimiento de Casos no se encontraba entre ellos. Me marché a toda prisa antes de que Neblett pudiera cambiar de opinión, pero quiero hacer constar que no me escapé.

New Row era una calle peatonal y estrecha que se hallaba entre Covent Garden y St. Martin’s Lane. En uno de sus extremos había un Tesco’s y en el otro los teatros de St. Martin’s Lane. Tokyo A Go Go se encontraba a medio camino, embutido entre una galería de arte privada y una tienda que vendía ropa deportiva para chicas. El interior era alargado y a duras penas había espacio para sus dos hileras de mesas. El decorado era escaso, de acuerdo con el típico minimalismo japonés: suelo de madera pulida, mesas y sillas de madera lacada, profusión de ángulos rectos y papel de arroz en cantidad.

Vi a Nightingale en una mesa del fondo. Comía de una caja de madera negra lacada. Se puso en pie al verme y me estrechó la mano. En cuanto me hube sentado frente a él, me preguntó si tenía hambre. Le dije que no, gracias. Estaba nervioso y tengo por norma no llenarme el estómago con arroz frío cuando lo noto revuelto. Pidió té y me preguntó si me importaba que siguiera comiendo mientras hablábamos.

Le dije que no, que para nada, y él siguió arponeando la comida de la caja con rápidas pasadas de palillos.

—¿Volvió? —preguntó Nightingale.

—¿Quién?

—El espectro —dijo Nightingale—. Nicholas Wallpenny: bandido, ladrón de borrachos y descuidero. Adscrito en vida a la parroquia de St. Giles. ¿Te imaginas dónde puede estar enterrado?

—¿En el cementerio de la iglesia de los Actores?

—Muy bien —dijo Nightingale, y agarró un trocito de pato con los palillos—. Bueno, dime de una vez si volvió.

—No, no volvió —informé.

—Los fantasmas son caprichosos —explicó—. En realidad, no son testigos fiables.

—¿Me está diciendo usted que los fantasmas existen?

Nightingale se secó cuidadosamente los labios con una servilleta.

—Has hablado con uno —dijo—. No sé, ¿a ti qué te parece?

—Aguardo confirmación de un superior —dije.

Dejó la servilleta sobre la mesa y tomó la taza de té.

—Los fantasmas existen.

Se tomó un trago.

Me quedé mirándole. Yo no creía en fantasmas, ni en hadas, ni en dioses, y durante los dos últimos días había sido como un hombre que asiste a un espectáculo de magia. Esperaba a que un mago saliera de detrás de una cortina y me dijese que sacara una carta, una carta al azar. No estaba dispuesto a creer en espectros, pero ése es el problema con la experiencia empírica: que no la podemos negar.

¿Y si resultaba que los fantasmas existían?

—¿Ha llegado el momento de que me diga que la Policía Metropolitana tiene un departamento secreto que se enfrenta a fantasmas, trasgos, hadas, demonios, brujas y magos, elfos y duendes…? —pregunté—. Le doy permiso para hacerme callar antes de que se me acabe la lista de criaturas sobrenaturales.

—A duras penas has empezado —indicó Nightingale.

—¿También extraterrestres? —tuve que preguntar.

—Por ahora, no.

—¿Y la Metropolitana tiene un departamento secreto?

—Mucho me temo que soy su único miembro —dijo.

—¿Y qué quiere usted de mí… que me apunte?

—Que me ayudes —dijo Nightingale— en esta investigación.

—¿Piensa usted que se dio alguna intervención sobrenatural en ese asesinato? —pregunté.

—¿Qué te parece si me explicas lo que te contó tu testigo? Luego veremos adónde llegamos con eso.

Así que le hablé de Nicholas y del elegante asesino que había cambiado de ropa. Le hablé de las imágenes captadas por la cámara de videovigilancia y de la Brigada de Homicidios, que los había tomado por dos personas distintas. En cuanto hube terminado, le pidió la cuenta a la camarera.

—Ojalá me hubiese enterado ayer —dijo—. Pero es posible que aún podamos encontrar pistas.

—¿Pistas de qué, señor? —pregunté.

—De lo sobrenatural. Siempre deja pistas.

El coche de Nightingale era un Jaguar, un genuino Mark 2 con un motor XK6 de 3,8 litros. Mi padre se habría vendido la trompeta con tal de tener un coche como ése, y os estoy hablando de los años sesenta, cuando eso aún habría significado algo. No estaba impecable: tenía varias abolladuras en la carrocería y un feo arañazo en la puerta del conductor. Pero, tan pronto como Nightingale le dio la vuelta a la llave de ignición y el motor de seis cilindros bramó, fue perfecto para lo que importaba.

—Hiciste el bachillerato de ciencias, ¿verdad? —dijo Nightingale cuando arrancábamos—. ¿Por qué no estudiaste una carrera?

—Es que me distraje, señor —dije—. No saqué notas suficientemente buenas y no pude entrar donde quería.

—¿De verdad? ¿Y qué es lo que te distrajo? —preguntó—. ¿La música, tal vez? ¿Te metiste en un grupo?

—No, señor —dije—. No fue por algo tan interesante.

Bajamos por Trafalgar Square y aprovechamos el discreto reflejo en el parabrisas propio de los coches de la Policía Metropolitana para cortar por el Mall, dejar atrás el palacio de Buckingham y entrar en Victoria. Yo sabía que tan sólo había dos lugares a los que nos pudiéramos dirigir: a la comisaría de Belgravia, donde la Brigada de Homicidios tenía su sala de trabajo, o al tanatorio de Westminster, que era donde se hallaba el cadáver. Yo tenía la esperanza de que fuéramos a la sala de trabajo, pero, por supuesto, fuimos al tanatorio.

—Pero, de todos modos ¿comprendes el método científico?

—Sí, señor —dije, y pensé: Bacon, Descartes y Newton… y punto. Observación, hipótesis, experimentación y alguna otra cosa que pensaba consultar en cuanto tuviese el portátil a mano.

—Bien —dijo Nightingale—, porque voy a necesitar a alguien que trabaje con cierta objetividad.

«Definitivamente, vamos a la morgue», pensé.

Su nombre oficial es Clínica Forense Iain West, y es el mayor éxito que ha cosechado el Ministerio del Interior en sus intentos por conseguir que sus tanatorios se vean tan cool como los de las series estadounidenses. A fin de impedir que los policías corruptos pudieran manipular los cadáveres para presentar falsas pruebas, había un área especial bajo control en la que las autopsias se retransmitían en directo por circuito cerrado. Como consecuencia, las post mortem más espantosas se veían reducidas a poco más que macabros documentales televisivos. A mí me habría bastado con eso, pero Nightingale dijo que teníamos que acercarnos al cadáver.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Porque, aparte de la vista, disponemos de otros sentidos.

—¿Se refiere a la percepción extrasensorial?

—Será suficiente si tienes la mente abierta —dijo Nightingale.

El personal del tanatorio nos mandó que nos pusiéramos trajes antisépticos y máscaras antes de acercarnos a la mesa de autopsias. Como no éramos parientes, no se habían molestado en colocar un discreto paño que disimulara que la cabeza estaba separada de los hombros. Me alegré mucho de no haber comido nada esa mañana.

Me llevé la impresión de que William Skirmish había sido un hombre insignificante en vida. De mediana edad, peso algo superior a la media y musculatura fláccida, sin llegar a estar gordo. Me resultó sorprendentemente fácil contemplar la cabeza cortada y el irregular contorno de la piel y la carne desgarradas que ocupaban el lugar del cuello. Todo el mundo piensa que el primer cadáver que verá un agente de policía será el de la víctima de un asesinato, pero en realidad suele tratarse de una persona muerta en un accidente de tráfico. Vi mi primer cadáver en mi segundo día de trabajo: un mensajero que iba en bicicleta y había quedado decapitado al estrellarse contra una camioneta. No es que nos acostumbremos después de ver el primero, pero sí que nos damos cuenta de que podría ser mucho peor. No disfruté con la visión del decapitado señor Skirmish, pero tengo que reconocer que intimidaba mucho menos de lo que me había imaginado.

Nightingale se inclinó sobre el cuerpo y prácticamente metió la cara entre las dos mitades del cuello cortado. Negó con la cabeza y se volvió hacia mí.

—Ayúdame a darle la vuelta —dijo.

Yo no quería tocar el cuerpo, ni siquiera con los guantes de cirujano que me había puesto, pero ya era tarde para evitarlo. El cuerpo que dejamos caer barriga abajo era más pesado de lo que imaginaba, frío e inerte. Di un paso hacia atrás, pero Nightingale me hizo volver con un gesto.

—Quiero que acerques la cara todo lo que puedas a su cuello, cierres los ojos y me digas lo que sientes —pidió Nightingale.

Vacilé.

—Te prometo que luego entenderás el porqué —dijo.

La máscara y los protectores oculares ayudaron lo suyo; no había ninguna posibilidad de que besara por accidente al muerto. Hice lo que me mandaba y cerré los ojos. En un primer momento tan sólo percibí los olores del líquido desinfectante, el acero inoxidable y la piel recién lavada, pero, al cabo de unos instantes, noté otra cosa, una sensación como de picores, pelambrera hirsuta, jadeos, morro húmedo y meneo de rabo.

—¿Y bien? —preguntó Nightingale.

—Un perro —dije—. Un perrito que se deshacía en gañidos.

Gruñidos, ladridos, gimoteos, visiones fugaces del adoquinado, palos, risas… una risa de maníaco, una risa chillona.

Me puse en pie bruscamente.

—¿Violencia y risas? —preguntó Nightingale. Asentí.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Lo sobrenatural —aclaró Nightingale—. Deja un rastro, igual que seguimos viendo el fulgor de una luz brillante después de cerrar los ojos. Se llama vestigium.

—¿Y cómo podemos estar seguros de que no se trata de meras imaginaciones?

—Por experiencia —respondió Nightingale—. La experiencia nos enseña a distinguir entre lo uno y lo otro.

Por fortuna, le dimos la espalda al cuerpo y nos marchamos.

—Apenas he llegado a sentir nada —dije, mientras nos cambiábamos—. ¿Ese efecto es siempre tan débil?

—Ese cuerpo llevaba dos días guardado en hielo —dijo Nightingale—, y los cuerpos muertos no retienen muy bien los vestigia.

—Así, fuera cual fuese la causa, debió de ser muy fuerte —dije.

—Desde luego —dijo Nightingale—. Por ello, tenemos que suponer que el perro es muy importante, y debemos averiguar por qué.

—Tal vez el señor Skirmish tuviera un perro —dije.

—Sí —afirmó Nightingale—. Empecemos por ahí.

Nos cambiábamos, y ya salíamos del tanatorio cuando el destino nos vino al encuentro.

—A mí ya me habían dicho que hoy este edificio olía mal —dijo una voz a mis espaldas—. Y que me den por culo si no es verdad.

Nos detuvimos y nos volvimos.

Alexander Seawoll, inspector superior de detectives, era un hombre corpulento, de casi dos metros de estatura, con pecho de armario, barriga cervecera y una voz que hacía retemblar las ventanas. Era de Yorkshire, o de algún sitio parecido e, igual que muchos otros norteños con problemas, se había mudado a Londres porque le resultaba más barato que la psicoterapia. Lo conocía por su reputación, y su reputación era que no había que tocarle los huevos bajo ningún concepto. Vino hacia nosotros por el pasillo como un toro subido de esteroides. Al verle, tuve que refrenar el impulso de esconderme detrás de Nightingale.

—La mierda esta de investigación es mía, Nightingale —dijo Seawoll—. No quiero que me salgas ahora con tus gilipolleces. No quiero que tu gilipollez de Expediente X interfiera con el trabajo de la policía de verdad.

—Inspector —dijo Nightingale—, le aseguro que no tengo ninguna intención de darle problemas.

Seawoll se volvió para mirarme a mí.

—¿Y quién coño es éste?

—Es el agente Peter Grant —informó Nightingale—. Trabaja conmigo.

Me di cuenta de que Seawoll se había sorprendido. Me miró con detenimiento y luego se volvió de nuevo hacia Nightingale.

—¿Te has buscado un aprendiz? —preguntó.

—Aún no está decidido —dijo Nightingale.

—Tendremos que hablar de esto —dijo Seawoll—. Habíamos llegado a un acuerdo.

—Habíamos hecho un trato —replicó Nightingale—. Pero las circunstancias cambian.

—¡Y una puta mierda! No han cambiado para nada —exclamó, pero me pareció que no hablaba con la misma convicción que antes. Volvió a mirarme—. Te voy a dar un consejo, muchacho —añadió en voz más baja—. Ahora que aún estás a tiempo, escápate cagando leches del tío este.

—¿Eso es todo? —preguntó Nightingale.

—Y no te metas en mi investigación —dijo Seawoll.

—Yo voy donde me necesiten —dijo Nightingale—. El trato era ése.

—Las putas circunstancias pueden cambiar —dijo Seawoll—. Y ahora, si me disculpan ustedes, caballeros, me marcho. No quiero llegar tarde para la irrigación en el colon.

Se marchó por el pasillo, atravesó ruidosamente la puerta de doble batiente y desapareció.

—¿En qué consistía ese trato? —pregunté.

—En nada importante —dijo Nightingale—. Vamos a ver si encontramos a ese perro.

El extremo septentrional del distrito londinense de Camden está dominado por dos colinas, Hampstead al oeste y Highgate al este, con el Heath, uno de los parques más extensos de Londres, entre ambos cual silla de montar verde. En esas alturas empieza un suave descenso hasta el río Támesis y los terrenos inundables que acechan bajo el centro edificado de Londres.

Dartmouth Park, donde había vivido William Skirmish, se encontraba en lo más bajo de la falda del Highgate y se podía llegar a pie desde el Heath. Skirmish había ocupado un apartamento en la planta baja de lo que había sido una vivienda adosada del período victoriano, en la esquina de una calle arbolada en la que el tráfico rodado era tan escaso que parecía desierta.

Más abajo, por la misma ladera, se encontraban Kentish Town, Leighton Road y la finca donde crecí. Algunos de mis compañeros de escuela vivían muy cerca del piso de Skirmish, y por ello conocía bien la zona.

En el mismo momento en el que enseñábamos los carnets al agente que guardaba la puerta, divisé un rostro en la ventana del primer piso. Igual que en tantos otros edificios que antaño fueron viviendas unifamiliares adosadas, el elegante vestíbulo de otros tiempos había quedado separado por un tabique de cartón-yeso y se había transformado en un recibidor estrecho y oscuro. Se le habían añadido dos puertas de entrada al fondo. La puerta de la derecha estaba a medio abrir, pero simbólicamente cerrada con cinta policial. La otra debía de dar acceso al piso de arriba, el piso cuyas cortinas se habían movido nerviosamente.

El piso de Skirmish era pulcro y estaba amueblado con el rompecabezas de estilos que elige para sus hogares la gente ordinaria, la que no se deja llevar por los demonios de la distinción. Para tratarse de un hombre que trabajaba en los medios de comunicación, había pocas estanterías con libros; muchas fotografías, pero las de niños eran en blanco y negro, o en el color ya desvaído de las viejas cámaras Instamatic.

—Una vida de callada desesperación —dijo Nightingale. Me di cuenta de que se trataba de una cita, pero no le di la satisfacción de preguntarle por su autor.

El inspector superior Seawoll podía ser muchas cosas, pero desde luego no era ningún tonto. Nos dimos cuenta de que su Brigada de Homicidios había llevado a cabo un trabajo exhaustivo: había restos de polvo para huellas dactilares en el teléfono, en los pomos y en los marcos de las puertas, y habían sacado los libros de los estantes y los habían puesto del revés. Esto último pareció molestar a Nightingale mucho más de lo que habría sido estrictamente apropiado. «Pura chapucería», dijo. Habían abierto los cajones, los habían registrado y los habían dejado sin cerrar del todo para dejar constancia de su estatus. Sin duda, habían tomado nota de todo lo que pudiera tener algún interés y lo habían mandado al HOLMES. Probablemente habían confiado esa tarea a pobres panolis como Lesley. Pero la Brigada de Homicidios no tenía noticia de mis poderes psíquicos ni del vestigium del perro ladrador.

Y, en efecto, allí había habido un perro. O eso, o Skirmish se había aficionado a comer carne con salsa marca PAL, y no me parecía que su vida hubiera llegado a tal punto de desesperación.

Llamé a Lesley por el móvil.

—¿Estás cerca de algún terminal del HOLMES? —le dije.

—No me separo de ese maldito sistema desde que estoy aquí —dijo Lesley—. Me han puesto a trabajar en introducción de datos y en la maldita verificación de declaraciones.

—¿De verdad? —pregunté, esforzándome por disimular la risilla—. ¿Sabes dónde estoy yo?

—Estás en el piso de Skirmish, en el maldito parque de Dartmouth —respondió.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque oigo los gritos del inspector superior de detectives Seawoll al otro lado de la pared de esta oficina —dijo—. ¿Quién es el inspector Nightingale?

Miré de reojo a Nightingale, que me contemplaba con impaciencia.

—Te lo cuento luego —dije—. ¿Podrías consultar algo para nosotros?

—Pues claro —aceptó Lesley—. ¿De qué se trata?

—¿La Brigada de Homicidios encontró algún perro al entrar en el edificio?

La oí teclear mientras hacía la búsqueda de texto en los archivos relevantes.

—En el informe no se dice nada de ningún perro.

—Gracias —dije—. Has hecho una valiosa aportación.

—Bueno, pues esta noche invitas tú a la bebida —replicó, y me colgó.

Le hablé a Nightingale de la desaparición del perro.

—Vamos a ver si encontramos a algún vecino fisgón —dijo Nightingale. Era evidente que él también había visto el rostro en la ventana.

Al lado de la puerta de entrada había un interfono instalado sobre un timbre más antiguo. Nightingale apenas había tenido tiempo de pulsar el botón cuando se oyó el zumbido de la puerta que se abría y una voz que decía: «Ya puede subir». Se oyó otro zumbido al abrirse la puerta interior. Llegamos a una escalera polvorienta, pero, por lo demás, limpia, que llevaba al piso de arriba. En cuanto estuvimos en él, oímos los ladridos chillones de un perro pequeño. La mujer que nos esperaba arriba no tenía el cabello teñido de azul. En realidad, no sé muy bien cómo quedaría el cabello teñido de azul y, además, ¿a quién se le ocurriría teñirse el cabello de azul? Tampoco llevaba guantes con las puntas cortadas ni tenía un montón de gatos, pero había algo en ella que me hizo pensar que su estilo de vida futuro podía decantarse por esas opciones. Además, era muy alta para ser una viejecita, enérgica, sin el más leve indicio de senilidad. Se presentó como Shirley Palmarron.

Nos hizo pasar a una salita cuyo mobiliario debía de haberse renovado por última vez en los años setenta, y nos ofreció té y galletas. Mientras la mujer estaba atareada en la cocina, el perro, un terrier mestizo de color blanco y marrón, y pelo corto, meneaba la cola y ladraba sin cesar. Era evidente que el perro no tenía claro cuál de nosotros dos era una amenaza más seria y movía la cabeza de un lado para otro y ladraba sin cesar, hasta que Nightingale le señaló con el dedo y murmuró algo entre dientes. Al instante, el perro se echó en el suelo, cerró los ojos y se durmió.

Me volví hacia Nightingale, pero se limitó a enarcar una ceja.

—¿Toby se ha echado a dormir? —preguntó la señora Palmarron al regresar con una bandeja de té.

Nightingale se levantó y la ayudó a colocarla sobre la mesita de café. Esperó a que nuestra anfitriona se hubiera acomodado antes de volver a sentarse él mismo.

Toby agitaba las patas y gruñía en sueños. Estaba claro que no habría nada que mantuviese al perro en silencio, salvo la muerte.

—Qué ruidoso es, ¿verdad? —preguntó la señora Palmarron mientras nos servía el té.

En ese momento en el que Toby estaba relativamente tranquilo, me di cuenta de que se apreciaba cierta falta de perrería en el piso de la señora Palmarron. En la repisa de la chimenea había fotos en las que aparecían la propia señora Palmarron y los que debían de ser sus hijos, pero nada de telas satinadas ni pañitos de adorno. No había ningún cesto para el perro al lado de la chimenea, ni pelo en el sofá. Saqué el bloc de notas y el bolígrafo.

—¿El perro es suyo? —le pregunté.

—No, por Dios —dijo la señora Palmarron—. Era del pobre señor Skirmish, pero hace ya algún tiempo que lo tengo a mi cuidado. No es malo cuando una se acostumbra a él.

—¿Ya lo tenía aquí antes de la muerte del señor Skirmish? —preguntó Nightingale.

—Sí —contestó Palmarron con delectación—. ¿Sabe usted?, Toby es un prófugo de la justicia, un fugitivo.

—¿Cuál fue su delito? —preguntó Nightingale.

—Se le busca por asalto grave —explicó la señora Palmarron—. Mordió a un hombre. Justo en la nariz. Llamaron a la policía y todo eso. —Miró a Toby, que perseguía ratas en sueños—. Si yo no te hubiera escondido aquí, ahora estarías en la cárcel, muchacho —añadió—. Y te habrían administrado la inyección letal.

Llamé a la comisaría de Kentish Town, que me puso con la comisaría de Hampstead, y ellos me dijeron que sí, que había habido una llamada por la mordedura de un perro justo antes de Navidad. La víctima no había querido poner una denuncia y eso era todo lo que constaba en el informe. Me dieron el nombre y la dirección de la víctima: Brandon Coopertown, Downshire Hill, Hampstead.

—Ha hechizado usted al perro —dije mientras salíamos de la casa.

—Tan sólo un hechizo pequeño —confirmó Nightingale.

—Así que la magia existe —dije—. Y entonces usted debe de ser un… ¿un qué?

—Un mago.

—¿Cómo Harry Potter?

Nightingale suspiró.

—No —negó—. Como Harry Potter, no.

—¿En qué se diferencian?

—En que yo no soy un personaje de ficción —dijo Nightingale.

Montamos en el Jaguar y fuimos en dirección oeste, rodeamos Hampstead Heath por el sur y luego giramos al norte, y subimos por la ladera de la colina hasta Hampstead propiamente dicho. A esa altura, la colina era un laberinto de callejuelas abarrotadas de BMW y Chelsea Tractors. Las casas tenían precios de siete cifras, y si por alguna parte reinaba una callada desesperación debía de ser por algo que no se podía comprar con dinero.

Nightingale dejó el Jaguar en un aparcamiento reservado a los vecinos y subimos a pie por Downshire Hill en busca del domicilio de Coopertown. Resultó que formaba parte de una hilera de lujosas mansiones semiadosadas del período victoriano situadas a cierta distancia de la acera norte de la carretera. Era una casa muy pija, con molduras góticas y ventanas mirador; el jardín de entrada debía de hallarse al cuidado de un profesional y, a juzgar por la falta de interfono, los Coopertown debían de ser propietarios de toda la casa.

Cuando nos acercábamos a la puerta principal, oímos el llanto de un niño. Era la clase de llanto continuo y mesurado propio de un bebé que tiene la intención de berrear durante un buen rato, todo el día, si es necesario. En una casa tan cara, habría esperado encontrarme con una niñera o, por lo menos, con una au paire, pero la mujer que abrió la puerta estaba demasiado ojerosa como para pertenecer a cualquiera de las dos categorías.

August Coopertown tenía veintimuchos años. Era alta, rubia y danesa. Nos enteramos de su nacionalidad porque se las apañó para sacarla a relucir de inmediato durante nuestra conversación. Antes de tener al niño había sido una muchacha de tipo esbelto, sin apenas curvas, pero el parto le había ensanchado las caderas y le había añadido grasa a los muslos. También se las apañó para contárnoslo en seguida. En opinión de August, la culpa de todo la habían tenido los ingleses, porque su modo de vida no se ajustaba a los exigentes criterios a los que estaba acostumbrada una escandinava de buena crianza. No sé a qué se referiría; tal vez las maternidades de los hospitales daneses tengan salas para hacer gimnasia.

Nos invitó a sentarnos en su «sala de estar-guión-comedor», producto del derribo de una pared y de la fusión de dos habitaciones más antiguas, con un entarimado de madera de tonos claros y una cantidad de pino natural que me parecería excesiva casi en cualquier parte, excepto en una sauna. Por mucho que se esforzara August, el bebé había empezado a alterar el implacable aseo de la casa. Un biberón había rodado hasta detenerse entre las robustas patas de roble del armario y un pelele había quedado tirado de cualquier manera sobre el estéreo Bang & Olufsen. Olía a leche rancia y a vómito.

El niño estaba en su cuna de cuatrocientas libras esterlinas y no paraba de llorar.

Los retratos de familia estaban distribuidos con buen gusto sobre una chimenea minimalista de granito. Brandon Coopertown era un hombre maduro con buena presencia, de unos cuarenta y cinco años, moreno y de facciones angulosas. La señora Coopertown iba y venía, y aproveché para sacar una foto con la cámara del teléfono sin que ella se diera cuenta.

—Nunca me acuerdo de que puede hacerse eso —murmuró Nightingale.

—Bienvenido al siglo XXI —dije—, señor.

Nightingale se levantó respetuosamente cuando la señora Coopertown volvió a entrar. En esta ocasión estaba atento y me levanté también.

—¿Puedo preguntarle en qué trabaja su esposo? —inquirió Nightingale.

Era productor televisivo y le iba bien. Había ganado premios BAFTA y vendido formatos en Estados Unidos. Eso explicaba la casa de siete cifras. Habría podido irle mejor, pero su ascensión a las alturas de la producción internacional se veía totalmente imposibilitada por el carácter provinciano de la televisión británica. Si los británicos hubieran sido capaces de dejar de producir programas que se dirigieran sólo al público local, o trabajaran con actores que tuviesen algún atractivo…

Por muy fascinantes que fueran las observaciones de la señora Coopertown sobre el provincianismo de la televisión británica, nos sentimos obligados a preguntarle por el incidente con el perro.

—También fue de lo más típico —dijo la señora Coopertown—. Por supuesto que Brandon no quiso presentar cargos. Brandon es inglés. No quería crear problemas. Sin embargo, el agente de policía tendría que haber denunciado al propietario del perro. No cabía ninguna duda de que el animal era un peligro público… mordió en la nariz al pobre Brandon.

El niño calló durante unos momentos y todos nosotros nos quedamos expectantes, pero entonces eructó y empezó a llorar de nuevo. Miré a Nightingale y puse cara de desesperación en referencia al niño. Quizá Nightingale pudiera recurrir al mismo hechizo que había utilizado con Toby. Me miró con el ceño fruncido. Quizá utilizarlo con bebés le planteara problemas éticos.

Según la señora Coopertown, la conducta del bebé había sido impecable hasta que tuvo lugar el incidente con el perro. Ahora, bueno… ahora, según la señora Coopertown, debían de salirle los dientes, o tenía cólico, o reflujo. Parecía que el médico de familia no tuviese ni idea y era imperdonablemente reacio a darle explicaciones. La señora Coopertown había pensado en acudir a una consulta privada.

—¿Cómo consiguió el perro morderle a su marido en la nariz? —pregunté.

—¿Qué quiere decir? —preguntó la señora Coopertown.

—Me ha dicho que el perro mordió a su marido en la nariz —dije—. Ese perro es muy pequeño. ¿Cómo llegó hasta la nariz?

—El imbécil de mi marido se agachó —dijo la señora Coopertown—. Habíamos salido los tres a pasear por el Heath cuando ese perro vino corriendo. Mi marido se agachó para darle unas palmaditas al perro, y entonces, zas, sin previo aviso, el perro le mordió en la nariz. En un primer momento lo encontré muy cómico, pero Brandon se puso a chillar y luego vino el hombrecito ese tan desagradable y se puso a gritar: «¡Ah! ¿Qué le hacéis a mi perro? Dejadlo en paz».

—¿El «hombrecito ese tan desagradable» era el propietario del perro? —preguntó Nightingale.

—Un hombrecito desagradable para un perrito desagradable —dijo la señora Coopertown.

—¿Su marido se alteró?

—¿Y yo cómo voy a saberlo, si es inglés? —preguntó la señora Coopertown—. Fui a buscar algo para aplicárselo en la herida y cuando regresé, Brandon se reía. Ustedes lo encuentran todo divertido. Tuve que llamar yo misma a la policía. Vinieron, Brandon les enseñó la nariz y se pusieron a reír. Todos estaban alegres, incluso ese perrito tan desagradable estaba alegre.

—Pero ¿usted no lo estaba? —le pregunté.

—La cuestión no es si estaba alegre —dijo la señora Coopertown—. Si un perro muerde a un hombre, ¿qué le impedirá morder a un niño, o a un bebé?

—¿Puedo preguntarle dónde estuvo usted la noche del jueves? —inquirió Nightingale.

—Donde suelo estar todas las noches —respondió la señora Coopertown—. Aquí, cuidando de mi hijo.

—¿Y dónde estaba su marido?

August Coopertown —molesta, sí; rubia, sí; estúpida, no— respondió:

—¿Para qué quiere usted saberlo?

—No es nada importante —dijo Nightingale.

—Yo pensaba que habían venido por lo del perro —replicó la señora Coopertown.

—Sí, desde luego —afirmó Nightingale—. Pero nos gustaría confirmar varios detalles con su marido.

—¿Piensa usted que me he inventado esa historia? —preguntó la señora Coopertown. Tenía la mirada de conejo sobresaltado típica de los civiles que llevan un rato colaborando con la policía en una investigación. Si conservan la calma durante demasiado rato es un indicio de que son delincuentes profesionales, o extranjeros, o simplemente imbéciles. Todo lo cual puede llevarlos a la mazmorra si no se andan con cuidado. Os voy a dar un consejo: si habláis con la policía, lo mejor es mantener la calma pero poner cara de culpables. Es la opción menos peligrosa.

—No, desde luego que no —dijo Nightingale—. Pero, al tratarse de la víctima principal, tendremos que tomarle declaración.

—Se encuentra en Los Ángeles —informó la señora Coopertown—. Va a llegar esta noche, pero no estará aquí hasta muy tarde.

Nightingale dejó su tarjeta y le prometió a la señora Coopertown que él mismo, y por extensión todos los policías que procedían bien, se tomaban muy en serio las agresiones perpetradas por los perritos ladradores, y que seguirían en contacto.

—¿Qué sensaciones has tenido ahí? —me preguntó Nightingale mientras regresábamos al Jaguar.

—¿Se refiere a los vestigium?

Vestigium es el singular, el plural es vestigia —aclaró Nightingale—. ¿Has sentido vestigia?

—A decir verdad —dije—, no, ninguno. Ni siquiera un vestigio.

—Un niño llorón, una madre desesperada y un padre ausente. Por no hablar de la casa, tan antigua —dijo Nightingale—. Tenía que haber algo.

—La mujer esa parecía una maniática de la limpieza —dije—. ¿No será que ha eliminado toda la magia a golpe de aspiradora?

—Lo que es seguro es que ha habido algo que la ha eliminado —indicó Nightingale—. Mañana hablaremos con el marido. Regresemos a Covent Garden, a ver si encontramos su rastro allí.

—Han pasado tres días —dije—. ¿No se habrán borrado los vestigia?

—La piedra retiene muy bien los vestigia. Por eso los edificios antiguos tienen ese carácter —dijo Nightingale—. Por otra parte, también es verdad que entre el continuo tráfico peatonal y los componentes sobrenaturales presentes en esa zona no nos será nada fácil encontrarlos.

Llegamos al Jaguar.

—¿Los animales sienten los vestigia?

—Depende del animal —contestó Nightingale.

—¿Y si se trata de un animal que pensamos que podría estar relacionado con este caso? —pregunté.

—¿Por qué nos hemos puesto a beber en tu cuarto? —preguntó Lesley.

—Porque no me dejan entrar con el perro en el pub —dije.

Lesley estaba sentada en mi cama. Alargó el brazo y rascó a Toby por detrás de las orejas. El perro gimoteaba de placer y trataba de meterle la cabeza entre el muslo y la pantorrilla.

—Tendrías que haberles explicado que se trata de un perro cazador de fantasmas —dijo Lesley.

—Nosotros no cazamos fantasmas —dije—. Lo que buscamos son huellas de energía sobrenatural.

—¿Dijo en serio que era mago?

Ahora me arrepentía de habérselo contado todo a Lesley.

—Sí —afirmé—. Le vi lanzar un hechizo.

Nos estábamos bebiendo unas botellas de Grolsch de una caja que Lesley había rescatado de una fiesta de Navidad en la comisaría y había escondido tras una plancha suelta de cartón-yeso en la cocina.

—¿Recuerdas a ese tío que arrestamos por asalto la semana pasada?

—Cómo iba a olvidarlo. —Me había lanzado contra la pared durante el forcejeo.

—Me parece que el golpe que te diste en la cabeza fue mucho más fuerte de lo que creías —dijo.

—Todo eso existe de verdad —insistí—. Los fantasmas, la magia, todo.

—Entonces, ¿cómo puede ser que todo siga igual? —preguntó.

—Porque todo eso lo has tenido siempre enfrente de ti —le dije—. No ha cambiado nada, así que, ¿por qué ibas a notar nada? —Terminé la botella—. ¡Puaj!

—Yo pensaba que eras un hombre escéptico —repuso Lesley—. Pensaba que creías en la ciencia.

Me dio otra botella y la agité delante de su cara.

—Bueno… —dije—. ¿Tú sabías que mi padre era músico de jazz?

—Sí, claro —dijo Lesley—. En cierta ocasión nos presentaste… ¿no te acuerdas? A mí me pareció simpático.

Traté de contener el respingo que me provocó lo que acababa de oír y proseguí:

—¿Y sabes que el jazz consiste en hacer improvisaciones sobre una melodía?

—No —negó—. Yo pensaba que consistía en hacer canciones sobre variedades de queso y sobre cómo atarse las polainas.

—Qué graciosa eres —dije—. Recuerdo que una vez mi padre estaba sobrio y le pregunté cómo sabía lo que tenía que tocar. Y él me contestó que cuando encuentras la melodía adecuada te das cuenta en seguida porque te queda perfecta. Sólo tienes que encontrar esa melodía y seguirla.

—¿Y qué coño tiene eso que ver con esto?

—Las habilidades de Nightingale cuadran con mi manera de ver el mundo. Nightingale conoce la línea, la melodía adecuada.

Lesley se rió.

—Ahora quieres ser mago —concluyó.

—No lo sé.

—Mentiroso —dijo—, quieres que Nightingale te acepte como aprendiz, y aprender magia y volar con una escoba.

—No creo que los magos de verdad vuelen con escobas —dije.

—¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? —preguntó Lesley—. De todas maneras, ¿cómo vas a saberlo? Ahora mismo podría estar volando con la escoba.

—Con un coche como ese Jaguar no creo que pierda tiempo dando vueltas con una escoba.

—Buen argumento —dijo Lesley, y entrechocamos las botellas.

Otra noche en Covent Garden. En esta ocasión con un perro.

Además, era viernes, y eso quiere decir que había por allí multitudes de jóvenes espantosamente borrachos que gritaban en dos docenas de idiomas distintos. Tuve que llevar en brazos a Toby, porque, si no, lo habría perdido entre el gentío, correa incluida. Toby disfrutó del paseo. Se dedicaba alternativamente a gruñirles a los turistas, lamerme la cara y tratar de meter el morro en los sobacos que pasaban cerca de él.

Le ofrecí a Lesley la posibilidad de contribuir con horas extras no remuneradas, pero, por extraño que parezca, no quiso. Le pasé la fotografía de Brandon Coopertown y me prometió que introduciría en el HOLMES toda la información que teníamos sobre él para que pudiera consultarla. Debían de ser las once cuando llegué a la plaza con Toby y encontré el Jaguar de Nightingale aparcado tan cerca de la iglesia de los Actores como se podía aparcar sin que viniese la grúa.

Nightingale salió del vehículo mientras me aproximaba. Llevaba el mismo bastón de pomo de plata que le había visto en nuestro primer encuentro. Me pregunté si tendría algún significado en concreto, más allá de tratarse de un arma contundente sin filo que podía resultar práctica en momentos de peligro.

—¿Cómo quieres que lo hagamos? —me preguntó Nightingale.

—El experto es usted, señor —dije.

—He consultado bibliografía sobre estas cuestiones —expuso Nightingale— y no me ha servido de mucho.

—¿Hay bibliografía sobre estas cuestiones?

—Te sorprenderías si supieras sobre cuántas cuestiones hay bibliografía.

—Tenemos dos opciones —dije—. O uno de nosotros lo pasea por la escena del crimen, o lo soltamos para ver hacia dónde va.

—Creo que tendríamos que hacer ambas cosas en ese mismo orden —aceptó Nightingale.

—¿Piensa usted que una primera ronda dirigida nos permitirá una mejor evaluación? —pregunté.

—No —dijo Nightingale—, pero si soltamos la correa y escapa de nosotros, será el fin. Yo lo llevaré a dar una vuelta. Tú te quedarás junto a la iglesia, ojo avizor.

No me dijo por qué tenía que estar ojo avizor, pero me había formado una certera idea de sus motivos. Tal y como me había imaginado, en el mismo momento en el que Nightingale y Toby desaparecieron tras la esquina del mercado cubierto, oí que alguien se dirigía a mí en susurros. Me di la vuelta y vi que Nicholas Wallpenny me hacía señas desde detrás de una de las columnas.

—Aquí, caballero —murmuró Nicholas—. Antes de que regrese. —Me llevó tras la columna, donde al abrigo de las sombras, Nicholas, parecía más sólido y menos inquietante—. ¿Sabe usted con qué género de hombre tiene tratos?

—En estos momentos, con un fantasma —respondí.

—No le hablo de mí mismo —dijo Nicholas—. Le hablo del hombre del traje bonito y el palote ese con empuñadura de plata.

—¿El inspector Nightingale? —pregunté—. Es mi superior.

—Pues yo, en su lugar, me buscaría a otro superior. Uno que estuviera menos tocado.

—¿Tocado en qué sentido? —le pregunté.

—Pregúntele por el año de su nacimiento —dijo Nicholas.

Oí los ladridos de Toby, y de pronto me di cuenta de que Nicholas ya no estaba allí.

—Así no vas a hacer amigos, Nicholas —dije.

Nightingale regresó con Toby y sin nada de que informar. No le hablé del fantasma, ni de lo que éste había dicho sobre él. No creo que sea conveniente sobrecargar a tus propios superiores con más información de la que necesitan.

Agarré a Toby y lo levanté del suelo para que su absurda cara de perro quedase al mismo nivel que la mía. Traté de ignorar el olor de la carne en salsa para perros de PAL.

—Escucha, Toby —le dije—, tu dueño ha muerto. Yo no soy amante de los perros y mi superior se haría un par de guantes con tu piel nada más verte. Te van a pagar un billete de ida para las perreras de Battersea y para el sueño eterno. Tu única esperanza de no ir a parar a la perrera de los cielos es que utilices todos los sentidos sobrenaturales que tengas para buscar… a lo que fuera que mató a tu dueño. ¿Entiendes?

Toby jadeó y ladró una sola vez.

—No está mal —exclamé, y lo dejé en el suelo.

Corrió hasta la columna y levantó la pata.

—A mí no se me ocurriría hacerme unos guantes con su piel —dijo Nightingale.

—¿No?

—Los de esa raza tienen el pelo corto… los guantes quedarían fatal —dijo Nightingale—. En cambio, sí que me valdría para un sombrero.

Toby husmeó en el suelo cerca de donde había muerto su dueño. Levantó los ojos, ladró una sola vez y se marchó corriendo en dirección a King Street.

—Maldita sea —dije—. Eso no me lo esperaba.

—Vamos tras él —ordenó Nightingale.

Yo ya me había puesto en marcha. Los inspectores superiores del cuerpo de detectives no corren… para eso están los agentes. Así, eché a correr en pos de Toby, que, como todos los perros tipo rata, cambiaba de dirección cada vez que se le antojaba. Pasó de largo frente a Tesco’s y siguió por New Row, tan rápido que el contorno de sus patitas parecía perder nitidez como en unos dibujos animados de bajo presupuesto. Después de dos años persiguiendo a borrachos por Leicester Square, había adquirido velocidad y vigor, y así pude ganarle terreno mientras cruzaba St. Martin’s Lane y accedía a St. Martin’s Court. Me dejó atrás porque tuve que esquivar a una larga hilera de turistas holandeses que salían del Teatro Noël Coward.

—¡Policía! —grité—. ¡Apártense de mi camino!

No grité «detengan a ese perro». Tengo ciertos límites.

Toby pasó a toda velocidad frente al bar J. Sheekey Oyster y el puesto de carne en lata y falafel de la esquina, y salió disparado por Charing Cross Road, una de las calles más transitadas del centro de Londres. Tuve que mirar a ambos lados antes de cruzarla, pero, por suerte, Toby se había detenido en una parada de autobús y estaba orinándose en la máquina de los billetes.

Toby me echó esa mirada de suficiencia y autocomplacencia típica de los perros pequeños que han superado nuestras expectativas o han arrasado el jardín de nuestra casa. Miré cuáles eran los autobuses que paraban allí. Uno de ellos era el 24: Camden Town, Chalk Farm y Hampstead.

Nightingale me dio alcance y entre los dos contamos las cámaras de seguridad. Había por lo menos cinco que cubrían el área de la parada de autobús, y eso sin contar las que Transportes Londinenses suele instalar en los vehículos. Dejé un mensaje en el móvil de Lesley en el que le sugería que empezara por revisar las filmaciones del 24. Estoy seguro de que se estremeció de emoción al oírlo.

A modo de venganza, me llamó a las ocho de la mañana del día siguiente.

No soporto el invierno; no soporto tener que levantarme cuando aún está oscuro.

—¿No duermes nunca? —le pregunté.

—A quien madruga, Dios le ayuda —dijo Lesley—. ¿Te acuerdas de esa foto que me enviaste, la de Brandon Coopertown? Creo que se subió a un autobús de la línea 24 en la parada de Leicester Square, menos de diez minutos después del asesinato.

—¿Se lo has contado a Seawoll?

—Pues claro que sí —respondió Lesley—. Te quiero mucho, pero no voy a joderme la carrera profesional por ti.

—¿Qué le has dicho?

—Que había encontrado una pista del Testigo A. Tengo que decir que sólo es una entre varios centenares que han aparecido estos dos últimos días.

—¿Qué te ha dicho?

—Me ha dicho que lo comprobara —dijo Lesley.

—Según la señora Coopertown, debería regresar hoy mismo.

—Pues aún mejor.

—¿Podrías pasar a buscarme? —le pedí.

—Por supuesto —aceptó Lesley—. ¿Qué hay de Voldemort?

—Ya tiene mi número —le dije.

Me dio tiempo de ducharme y tomarme un café antes de que Lesley estuviera en la puerta. Llegó con un Honda Accord de hacía diez años que tenía pinta de haber participado en demasiadas persecuciones de narcotraficantes. Me puso mala cara al ver a Toby meneándose en el asiento trasero.

—Es que me lo han prestado, ¿sabes? —me dijo.

—No podía dejarlo en el cuarto —dije yo, mientras Toby husmeaba Dios sabrá qué en el hueco entre los asientos—. ¿Estás segura de que era Coopertown?

Lesley me enseñó un par de imágenes impresas en papel. La cámara de seguridad del autobús estaba orientada para captar imágenes de todos los que entraban, y no había confusión posible: era él.

—¿Verdad que tiene moretones? —le pregunté. Se apreciaban unas manchas en sus mejillas y en su cuello.

Lesley me dijo que no lo sabía, pero que había sido una noche fría y que tal vez se debieran a la bebida.

Como era sábado, había un tráfico espantoso, y tardamos casi media hora en llegar a Hampstead. Por desgracia, al aparcar en Downshire Hill descubrí la familiar silueta plateada del Jaguar, oculto entre los Range Rovers y BMW. Toby se puso a ladrar.

—¿No duerme nunca? —preguntó Lesley.

—Me imagino que habrá estado aquí haciendo guardia durante toda la noche —dije.

—Yo no lo tengo como superior —dijo Lesley—, así que voy a ir por mi cuenta. ¿Vienes?

Dejamos a Toby en el coche y nos dirigimos a la casa. El inspector Nightingale salió de su Jaguar y nos interceptó antes de que llegáramos a la puerta. Me di cuenta de que llevaba el mismo traje que la noche anterior.

—Peter —dijo, e inclinó la cabeza ante Lesley—. Agente May. ¿Debo entender que habéis tenido éxito en vuestra investigación?

Ni siquiera la Reina de la Jeta se atrevió a desafiar a la cara a un oficial superior. Le habló de las imágenes que había tomado la cámara de seguridad del autobús y le dijo que estábamos seguros al noventa por ciento de que esa prueba, sumada a la actuación de nuestro perro cazador de fantasmas, demostraba que Brandon Coopertown debía de ser, por lo menos, el Testigo A, si no el propio asesino.

—¿Habéis contactado con Inmigración para obtener información sobre su vuelo? —preguntó Nightingale.

Miré a Lesley, y ella se encogió de hombros.

—No, señor.

—Así pues, tal vez se encontraba en Los Ángeles en el momento de cometerse el crimen.

—Teníamos la intención de preguntárselo, señor —dije.

Toby se puso a ladrar, no con sus habituales y molestos gañidos, sino con ladridos furiosos de verdad. Por un instante me pareció que sentía algo, una oleada de emoción, como la que se siente al estar entre el público de un partido de fútbol cuando se marca un gol.

Nightingale volvió la cabeza para contemplar la casa de los Coopertown.

Oímos que una ventana se rompía y una mujer chillaba.

—¡Alto, agente! —gritó Nightingale, pero Lesley había entrado ya por la puerta principal y corría por el jardín.

Luego se detuvo con tal brusquedad que Nightingale y yo estuvimos a punto de estrellarnos contra su espalda. Miraba fijamente a algo que se encontraba sobre el césped.

—Dios mío, no —susurraba.

Miré. Mi cerebro rechazaba la idea de que alguien hubiese arrojado a un bebé por la ventana de un primer piso. Trataba de convencerse de que lo que veía era un trapo o un muñeco. Pero no lo era.

—Llamad a una ambulancia —ordenó Nightingale, y corrió escaleras arriba.

Mientras yo sacaba el móvil, Lesley se acercó al bebé con una torpe zancada y se puso de rodillas. Vi cómo le daba la vuelta al cuerpecito y le buscaba el pulso. Marqué el código de emergencias y comuniqué la dirección al contestador automático. Lesley se agachó sobre el pequeño y trató de hacerle el boca a boca. Sus labios cubrieron los labios y la nariz del bebé de acuerdo con el procedimiento prescrito.

—Ven aquí, Grant —dijo Nightingale. Hablaba con voz firme, de persona centrada en su tarea.

Subí por la escalera y entré en el porche. Nightingale debía de haber derribado la puerta de una patada, porque la encontré en el suelo, y pasé corriendo sobre ella en dirección al vestíbulo. Teníamos que descubrir de dónde coño provenía el estrépito.

La mujer chilló de nuevo… en el piso de arriba. Se oyó un golpe sordo, como si alguien hubiera aporreado una alfombra. Una voz —a mí me pareció que podía ser masculina, aunque muy aguda— gritaba:

—¿Volvemos a estar con dolor de cabeza?

No recuerdo siquiera las escaleras. De pronto estuve en el rellano y me encontré cara a cara con Nightingale. Vi a August Coopertown en el suelo, de bruces, al otro extremo del rellano. Uno de sus brazos había quedado atravesado en la barandilla. Tenía el cabello empapado en sangre y se le estaba formando un charco bajo la mejilla. A su lado había un hombre armado con un bastón de madera de por lo menos un metro y medio de longitud. Jadeaba pesadamente.

Nightingale no tuvo ni un momento de vacilación. Se arrojó contra él con el hombro bajo y la indudable intención de derribarlo mediante un placaje de rugby. Yo también arremetí contra él, porque pensaba que podría sujetarle las manos tras la espalda cuando estuviera en el suelo. Pero el hombre se volvió y, con aparente desenfado, golpeó a Nightingale con fuerza suficiente para arrojarlo contra el pasamanos.

Le miré a la cara. Me imaginé que debía de ser Brandon Coopertown, pero en realidad no lo sabía. Le vi uno de los ojos, pero el otro quedaba oculto por un jirón de piel que se le había desprendido en torno a la nariz y le había quedado colgando. En vez de boca, tenía unas fauces sanguinolentas llenas de manchas blancuzcas, de dientes y huesos rotos. Mi asombro fue tal que tropecé y me caí, y fue eso lo que me salvó la vida, porque Coopertown me atacó con el bastón, pero éste me pasó por encima de la cabeza.

Caí al suelo y el cabrón pasó corriendo por encima de mí. Me pisó el pecho con tal fuerza que me quedé sin aire en los pulmones. Oí que ya estaba en la escalera y entonces giré sobre mí mismo, y logré andar a gatas. Noté una sustancia pegajosa y húmeda en los dedos, y me di cuenta de que un espeso reguero de sangre atravesaba el rellano y bajaba por las escaleras.

Se oyó un violento estrépito y una serie de golpes sordos en el vestíbulo de abajo.

—En pie, agente —dijo Nightingale.

—¿Qué coño era eso? —le pregunté mientras me ayudaba a levantarme.

Miré en dirección al vestíbulo donde Coopertown, o quien diablos fuera, se había caído. Por fortuna, se había quedado boca abajo.

—En realidad, no tengo ni idea —dijo Nightingale—. Trata de no pisar el reguero de sangre.

Bajé por las escaleras tan rápido como pude. La sangre fresca era de un color rojo brillante, arterial. Me imaginé que debía de haberle brotado a chorro por el agujero de la cara. Me agaché y le palpé cautelosamente la garganta en busca del pulso. No tenía.

—¿Qué ha sucedido? —pregunté.

—Peter —dijo el inspector Nightingale—, necesito que te apartes del cuerpo y salgas afuera con cuidado de no tocar nada. No contaminemos este lugar más de lo que ya lo hemos hecho.

Para eso se estudian los protocolos, y luego se practican y se hacen simulaciones. Porque gracias a ellos podemos actuar aunque nuestro cerebro haya sufrido una impresión tan fuerte que no sea capaz de pensar por sí mismo. Preguntádselo a cualquier soldado.

Salí afuera, a la luz del día.

Oí sirenas a lo lejos.